CAPÍTULO 31

MIKE lleva a Zoé en brazos hasta una habitación adornada con pósteres satánicos de bandas de rock. Zoé se pone a llorar. Yo me cruzo de brazos y enarco una ceja, mirando a Mike. Él no dice nada. Simplemente se dedica a descolgar uno a uno todos los pósteres que hay en la habitación. Los saca de allí, y para mi sorpresa, vuelve con un peluche del monstruo de las galletas que Zoé recibe encantada. Yo lo miro con dulzura.

—¿Qué? Me gusta el monstruo de las galletas —se defiende.

—Nada —respondo, encantada de conocer esa faceta suya.

Mike señala a Zoé.

—Me lo ha regalado mi madre, ¿me lo cuidas? La niña asiente, encantada de la vida con su nuevo juguete. —Tienes que devolvérmelo mañana. Lo quiero mucho. Zoé se da media vuelta, ignorándolo. Yo me río. —¿Todas las Santana son así? —me pregunta. —Anda, vamos a curarte esas heridas.

Lo cojo del brazo y lo saco de la habitación, pero Mike se queda parado en la entrada, embobado observando a mi sobrina dormir.

—Alguna vez me gustaría tener una hija. Una niña preciosa y que me robe el corazón —me informa.

Eso me sorprende. No es la idea que tengo del Mike Tooley que conozco, el ligón y juerguista irresponsable. Entramos en la cocina y Mike se sienta en un taburete tapizado con la película de "Cars".

—Mis sobrinos —me explica.

Los imanes de la cocina también pertenecen a películas de dibujos animados. La casa de Mike, a diferencia de la de Héctor, es un lugar muy acogedor. Un hogar, con todas las letras. Hay cuadros de su familia por toda la casa, dibujos de sus sobrinos colgados en las paredes, chapas de los lugares que ha visitado, cartas de sus fans enmarcadas y un perro durmiendo frente a la chimenea encendida. Cojo un cuadro y me intereso en la chica que sale en la foto. Una mujer preciosa con los mismos ojos de Mike.

—Mi hermana —me informa.

Asiento y cojo otra fotografía. En ella sale Mike con todos sus sobrinos. Él está dormido y tiene la cara pintada de garabatos que le han dibujado esos pequeños traviesos.

—¿Tú tienes hermanos? —se interesa.

—Falleció —le explico, sin poder ocultar mi tristeza.

—Lo siento muchísimo.

Yo trato de cambiar de tema.

—¿Dónde tienes el botiquín? —le pregunto.

—Segundo armario, detrás de las galletas de ositos.

—¿También por tus sobrinos? —bromeo.

Él aparenta seriedad.

—Me gusta desayunar ositos, ¿qué pasa?

No puedo evitar reírme.

Cojo el botiquín, abro una gasa y la impregno de alcohol. Mike señala la gasa con horror.

—Utiliza agua oxigenada. Eso escuece. Pongo los ojos en blanco. —¡No seas crío!

—¿Si lo fuera, utilizarías agua oxigenada?

—Mi sobrina no se queja cuando le limpio una herida con alcohol. —Tu sobrina es muy valiente. Se parece a su tía —se burla. Le limpio la herida de la ceja y aprieto un poquito, sólo para molestarlo. Mike se queja.

—Joder, no seas bruta. —No seas quejica.

Acerco mis labios a la herida de su ceja y le soplo para calmarle el escozor. Entonces, un aire cálido me eriza el vello de mi cuello. Cierro los ojos con cierto placer, hasta que me doy cuenta de lo que pasa y me separo de Mike, lanzándole una mirada acusadora.

—Era una broma. Perdón.

—Mantén las distancias, Mike Tooley —le espeto. Él sonríe, y se le marca un sexy hoyito en la barbilla. —¿Por qué, temes no poder controlarte?

Cojo la gasa y vuelvo a apretar sobre su ceja. Mike da un respingo. Así aprenderá.

Examino la cara de Mike y me preocupo al ver las heridas de su rostro. Tiene varias magulladuras por todo el rostro. Héctor debe de tener el mismo aspecto...

Mike se percata de mi malestar.

—Tranquila, "yo ser" hombre fuerte —me dice, con una mano en el pecho a lo Tarzán.

—Tú "ser idiota". Ambos nos reímos.

Sigo curando a Mike, y no me doy cuenta de que ahora estoy demasiado pegada a él. Su cuerpo emana un calor en el que deseo perderme. Lo miro a los ojos, unos apasionados ojos azules que me hacen perder la razón. Durante unos segundos siento el deseo de besarlo. Le evito la mirada y me separo de él, y al hacerlo, su rodilla roza la mía y siento la electricidad de nuestro contacto.

Ay Sara, ¿qué te está pasando?

Mike me agarra la mano y me acaricia la palma. Es un gesto inocente, pero a mí me parece todo lo contrario. Sugerente. Provocativo. —¿Estás bien? —me pregunta. Y sé que sus palabras ocultan muchas, muchas cosas... —Gracias por dejarme dormir en tu casa. —El tiempo que haga falta. —Sólo esta noche —le aclaro. —Como quieras.

Mike me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. —No deberías haberle golpeado.

—Lo estaba deseando —yo le echo una mirada reprobatoria, pero él continúa—, lo haría de nuevo. Lo siento. Es la verdad.

Suspiro y cojo una tirita del botiquín. Una tirita de princesa.

—Mi sobrina no deja que la curen con una tirita que no sea de color rosa —me explica.

Así que Mike Tooley, definitivamente, tiene corazón...

Trato de no caer presa de su encanto, pero es imposible. Quizá las chicas se enamoren del roquero irresponsable, pero a mí me gusta más esta faceta suya.

Mike y yo volvemos a estar demasiado juntos. Sus piernas están abiertas de manera que mi cuerpo encaja dentro del suyo. Yo me afano en buscar una tarea y le coloco varias tiritas en el rostro que le confieren un aspecto ridículo. Mike pone mala cara, y para vengarse, comienza a hacerme cosquillas. Yo me encojo y me río, tratando de defenderme en vano. Él continúa, con sus manos inquietas volando por mis costillas. Me río tanto que no puedo respirar, y no sé cómo sucede, pero él me coloca sobre la encimera y se pone encima de mí. Yo me quedo quieta, sintiendo su cuerpo sobre el mío. Los ojos de Mike brillan. Lo noto tragar con dificultad.

—Tengo hambre —me informa.

¿Se refiere a...?

—¿Tú tienes hambre? Preparo unas tortitas riquísimas. Suspiro aliviada. Mi estómago ruge.

Mike me ofrece una mano que yo cojo para bajarme de la encimera. Tengo el extraño presentimiento de que si él se hubiera referido a otra cosa, yo habría sido incapaz de negarme. "¡No!", me digo.

"Por favor, Sara, sabes que amas a Héctor", me recuerdo. Mike me toca el brazo.

—Estás helada. Vete a sentarte junto a la chimenea. Ahora te llevo las

tortitas.

—¿No quieres que te ayude?

Me acuerdo de la noche que pasé con Héctor preparando tortitas, y me siento repentinamente mal.

—Sabes que necesitas descansar. Hoy no has tenido un buen día.

Yo no insisto y me voy a sentarme delante de la chimenea. Al ver el bulldog de Mike, me percato de que he olvidado a Leo en casa de Héctor. Mañana mismo iré a buscarlo.

A los pocos minutos, Mike se sienta a mi lado y llega con dos vasos de leche y un plato lleno de tortitas. Pruebo una. Está riquísima.

—Muy buena —le digo.

—Mi madre me enseñó la receta. El toque mágico se lo da el ingrediente

secreto.

Lo miro interesada. —¿Cuál es?

—No puedo decírtelo. Se supone que estoy obligado a revelárselo a mi futura novia.

—¡Oh, venga ya! —me quejo.

—No insistas, en serio. Mi madre aún tiene esperanzas de que yo siente la cabeza.

Devoro otra tortita medio riendo por las ocurrencias de Mike. Al ver el jarrón que hay sobre la chimenea, la cara se me cambia. —¿Qué pasa?

—Me he olvidado a mi hermana en casa de Héctor —le digo, sintiéndome terriblemente culpable.

Mike parece desconcertado.

—Pero si has dicho que estaba.

—Sus cenizas. He olvidado sus cenizas —aclaro.

Mike intenta poner cara seria, pero sé que está tratando de no reírse con todas sus fuerzas.

—¡Oh, ríete todo lo que quieras! —lo animo—. Este día no podría haber sido peor.

—Lo siento. Pero conviertes hasta el momento más trágico en algo totalmente surrealista.

Muerdo una tortita, sin ocultar mi mala cara. Mike me golpea con dos dedos en el hombro, y al final, su cara imitando a un puchero provoca que me ría. Este hombre es imposible.

—Este día no ha sido tan malo después de todo, ¿no crees?

Mike me habla totalmente en serio, y para mi mortificación, yo asiento con una sonrisa de boba. Algo capta mi atención, me levanto y voy hacia un cuadro enmarcado con la carta de una niña.

—Enmarcas las cartas de tus fans —comento con admiración.

—Las leo todas, pero sólo enmarco las que me emocionan.

—Eso es muy bonito.

Leo la carta de una niña que Mike tiene colocada en la mesa del salón, junto a un peluche en forma de estrella. Es una niña de nueve años que agradece a Mike que la invitara a pasar sus vacaciones con él en la playa. La niña está muy enferma, y al parecer, Mike la visita varias veces al año. No puedo evitar emocionarme al leer la carta de esa niña, que refleja una imagen de Mike que nunca habría imaginado.

—Sara. ¿Estás llorando?

—No —respondo, enjugándome las lágrimas.

Mike abre los brazos y me hace un gesto con la cabeza para recibirme, y yo no puedo evitarlo, lloro como una niña pequeña. La carta de esa niña me ha emocionado, y ahora, todas las emociones contenidas de este día fluyen al exterior. Los paparazzis, la ruptura con Héctor, mi hermana, mi madre...

Mike me susurra al oído palabras que intentan calmarme.

—Tranquila, chissst, tranquila.

Me acaricia el pelo y me abraza, tan sólo susurrándome al oído palabras de consuelo. Y así, en sus brazos, consigo quedarme dormida olvidándome de todo lo malo. Al menos, durante unas horas.

Me despierto al amanecer. La casa está iluminada por los rayos de sol que se cuelan por las cristaleras de la habitación. Entrecierro los ojos, tratando de acostumbrarme a la luz del día. Al principio me desconcierta estar tumbada en un confortable colchón, frente a una chimenea en la que el fuego no deja de crepitar. Poco a poco voy recordando los sucesos de la noche anterior: la pelea con Héctor, las tortitas de Mike. Pese a todo, lo último que recuerdo es haberme quedado dormida en el salón, por lo que lo más seguro es que sea Mike quien me ha llevado en brazos hasta la habitación.

Me sobresalto al verlo tumbado a mi lado. Está sobre el costado, contemplándome con una extraña expresión en sus ojos azules que no logro discernir. Me sonríe al verme despierta.

—Tranquila, yo he dormido en el sofá —me informa.

Eso me tranquiliza. La ruptura con Héctor está aún muy reciente. No voy a negarlo, Mike es atractivo, divertido y me atrae, pero en lo último que puedo pensar ahora mismo es en estar con otro hombre que no sea Héctor. Estoy dolida, y puedo sentir la humedad de la almohada a causa de las lágrimas derramadas durante toda la noche.

Mike sigue mirándome, y en cierto modo eso me incomoda. No soy de piedra, y tenerlo tan cerca me hace sentirme insegura. Ahora que lo tengo tan cerca, puedo observar con mayor detenimiento sus rasgos. Su rostro está bien perfilado, de rasgos afilados. El pelo rubio despeinado, la mueca de la barbilla y sus ojos azules ligeramente rasgados, unidos a la expresión risueña de su rostro le confieren un aspecto de encantador libertino.

Es como si todo él dijera: "Cómeme". Y yo repentinamente tengo hambre. Mucha hambre.

Mike sonríe y yo no puedo evitarlo, le devuelvo la sonrisa. Cuando estoy con él siento ganas de reír. Excepto cuando discutimos, en cuyo caso, siento el deseo de golpearlo.

No sé cómo pasa, pero de buenas a primeras, Mike se acerca a mí, al principio dudoso. Yo me quedo quieta, y él, al no percibir mi rechazo, acerca su rostro al mío, y sorpresivamente para mí, intenta besarme. Me aparto de inmediato y me bajo de la cama. Lo miro con los ojos cargados de acusación.

—¡Tendría que haberlo imaginado! —le reprocho.

El rostro de Mike es el vivo reflejo de lo mucho que le ha molestado mi rechazo.

—¿Pensabas aprovecharte de mí cuando estoy con las defensas débiles? Mike echa la cabeza hacia atrás y se ríe con rabia. —Jamás me he aprovechado de ninguna mujer. No creo que lo que hice ayer pudiera definirse como aprovecharme de ti —replica herido. Yo me niego a apartarme de mi opinión.

—Gracias por lo de ayer, pero no tenías ningún derecho a besarme.

Mike se baja de la cama, camina hacia donde estoy y se coloca demasiado cerca de mí. Puedo sentir la electricidad que nuestros cuerpos en tensión irradian.

—Sara Santana, eres la mujer más desagradecida del mundo. No vuelvas a decir que me he aprovechado de ti. Tengo todo el derecho del mundo a besar a quien me dé la gana, y en este caso, sólo trataba de consolarte. Tú puedes negarte, y lo has hecho, pero ¿sabes por qué estás molesta? Porque estabas deseando que te besara y tienes miedo a aceptar que te sientes atraída por mí.

—¡Yo no me siento atraída por ti! ¡No me sentiría atraída por ti ni en un millón de años! Y en cuanto a lo de consolarme. ¡Yo no necesito que me consuelen, y menos que lo haga un creído papanatas como tú! —exclamo indignadísima.

Le doy un empujón y trato de salir de la habitación, pero Mike me detiene cogiéndome del codo. Mi corazón se acelera cuando sus labios se acercan a mi cara para hablarme.

—¿Y entonces por qué te pongo nerviosa cuando estoy cerca de ti? —me pregunta, con la ceja enarcada, los ojos brillantes y una sonrisa.

Me suelto de su agarre y le hablo fríamente.

—Eso es lo que tú quisieras, causar alguna impresión en mí. Para bajar tu ego te diré que yo no soy como el resto de mujeres que caen rendidas a tus pies. Tú a mí no me gustas.

Mike pone mala cara.

—No, no eres como el resto de mujeres.

No tengo ni idea de a qué se ha querido referir con esto último, pero salgo de la habitación sin preguntárselo. Voy hacia la habitación en la que Zoé está dormida, la despierto, y pese a las continuas protestas de la niña por quedarse con el monstruo de las galletas, me muestro inflexible.

—El monstruo de la galletas se queda en la habitación —le digo.

—Déjala que se lo lleve.

Mike aparece detrás de mí con el rostro más calmado. Yo no lo estoy, en absoluto.

—No, quédatelo. Nos marchamos ya. Gracias por tu hospitalidad. —Podéis quedaros a desayunar. —Nos vamos ya.

La niña se pone a llorar y yo pierdo los nervios y le grito que se calle, lo que la hace llorar aún más fuerte. Al final, trago todo el aire del mundo y la cojo en brazos.

—Sara, no seas cría. Quedaos a desayunar. ¿A dónde ibais a ir en este momento? Quédate y busca con tranquilidad algún piso de alquiler.

Él parece sincero, pero yo sigo estando enfadada.

—Comportémonos como dos adultos. No pienso dejar que te vayas sin saber a dónde. Pide el día libre en el trabajo, lleva a Zoé al colegio y yo te ayudaré a buscar un piso de alquiler. No tenemos por qué estar enfadados por algo que no tiene la menor importancia —me dice.

—Supongo que tienes razón —respondo sin ganas.

—La tengo, aunque te cuesta admitir que soy yo el que se está comportando de manera racional.

—Oh sí, fue muy racional golpear a Héctor —lo contradigo.

—Eso fue fantástico.

Mike sube a la niña a su espalda y baja las escaleras con ella a cuestas, cantándole la canción de Barrio Sésamo. Al final, mi malhumor se desvanece y bajo a desayunar.

El autobús escolar pasa a recoger a Zoé, como de costumbre. Siento un escalofrío al pasar por la casa de Héctor y ver la puerta cerrada. Es la mejor metáfora para explicar que hemos terminado. El resto del día lo paso buscando pisos de alquiler, con Mike, para mi irritación, poniendo más objeciones que yo. Es un quisquilloso y me pone de los nervios. Para él, todos los pisos son o muy pequeños para Zoé y yo, o demasiado grandes para una mujer y una niña. Al final, opto por llamar a Sandra y preguntarle si ella conoce a alguien que alquile algún piso. Para mi sorpresa, Sandra me dice que su compañera de piso se ha marchado de Erasmus, y que por tanto, ella está buscando una nueva compañera. El piso de Sandra tiene otra habitación sin amueblar, por lo que pactamos que yo me encargaré de comprar los muebles para instalar allí a mi sobrina.

La vida ha vuelto a encaminarse para mí, aunque esta vez, tomando un sendero que no me gusta nada.