CAPÍTULO 23
—CLAUDIA, necesito saber cualquier cosa que pueda ayudarme a descubrir al asesino de mi hermana —le digo, directa y sin tapujos.
Claudia agacha la cabeza y el cabello se esparce por delante de sus ojos. Durante unos segundos permanece así, alicaída y pesarosa, hasta que se aparta el cabello del rostro y entorna los ojos hacia mí, para contemplarme con notable tristeza.
—Ni siquiera sabía que Érika estaba muerta. Yo dejé el país hace unos meses, antes de que ella me asegurara que haría lo mismo. Lo hablamos cuando aún estábamos con nuestros maridos. Yo tenía tanto miedo que me marché antes de volver a verla en el centro. Mi exmarido es amigo de "El Apache", y sé muy bien lo que eso significa. Pensé que Érika lo adivinaría cuando no me encontrara en el centro.
—¿Mi hermana tenía pensado abandonar el país? Creí que ella se cambiaría de ciudad —comento, sin poder evitar cierto reproche en mi voz.
Es absurdo. Érika ya nos había abandonado antes, y no tenía ningún contacto con nosotros. Aun así, yo siempre albergué la esperanza de que ella volvería algún día a casa. A mi lado.
—Cambiarse de ciudad no habría servido de nada. El Apache la habría encontrado de todos modos.
—El Apache ahora está en la cárcel.
—Por influencia de Héctor. Ella no hubiera confiado su destino a nadie. Era muy desconfiada, y hacía bien.
—Sí, ni siquiera confió en su familia —admito yo, casi derrotada. Claudia me echa una mirada compasiva.
—Dijo que no quería poneros en peligro. El Apache no sabía que Érika tenía familia, y créeme, si él lo hubiera descubierto no habría dudado en hacerte daño a ti y a los tuyos, aunque desconocierais el paradero de Érika.
No lo dudo. Sólo lo vi una vez, y guardo como recuerdo un labio partido y un rostro lleno de magulladuras. Un hombre encantador, ¿sabes?
Aunque, con los sucesos acontecidos hace poco, he de admitir que "El Apache" me resulta desconcertante. La pareja perfecta para mi ambigua hermana, a pesar de que me duela admitirlo.
—Érika te quería, no paraba de hablar de ti. Estaba orgullosa de su hermana, aunque eso sólo lo sabíamos unos cuantos. Ella estaba segura de que en el futuro serías una gran periodista. Además, dijo que si algún día le pasaba algo no habría mejor madre para Zoé que tú. Si alguien te confía a su hijo es porque te quiere, ¿no crees?
Asiento, tratando de no llorar en vano. Claudia tiene razón. Mi hermana me quería, aunque fuera a su manera. Ella era tan distinta a mí que es absurdo pedirle algo que jamás podría haber dado.
Claudia me mira con cierta dureza, como si el hecho de que yo juzgara a mi hermana le doliera de una manera íntima.
—¿Querías a mi hermana? —le digo.
—Así es. Ella me convenció de dejar a mi exmarido. Érika tenía una gran fortaleza, y eso se contagiaba. Para mí fue una gran amiga. Como una hermana. No me puedo creer que ella esté muerta. Supuse que estaría en algún paraíso tropical empezando una nueva vida lejos de todo, tal y como ella había deseado.
—¿Y no te extrañó que no se pusiera en contacto contigo? —trato de no sonar recelosa.
—En absoluto. Érika era así. Empezar una nueva vida suponía para ella desvincularse de todo su pasado. Era una persona muy generosa, pero a su modo poseía un especial egoísmo por el que apartaba a todos aquellos que ya no encajaban en su nueva vida. A Érika sólo podías quererla si la comprendías. Y yo aprendí que, por encima de todo, ella era una buena amiga.
Yo jamás hubiera descrito mejor a mi hermana. Me duele que Claudia la conozca tan bien, pero ¿quién soy yo para juzgarla? Por primera vez en mi vida, empiezo a pensar que si yo no fui capaz de comprender a mi hermana durante veinte años y otras personas sí en un tiempo tan corto, tal vez la culpa fue mía. Estaba demasiado ocupada exigiéndole que fuera como yo quería en vez de tratar de comprenderla.
—Claudia, he averiguado que mi hermana estaba saliendo con un hombre. Ya sé que tú te marchaste antes de encontrártela en el centro, pero tal vez tengas una idea de quién podía ser. Estoy segura de que el asesinato de mi hermana y esa relación oculta tienen algo que ver.
—No se me ocurre quién puede ser. Si has echado un vistazo a ese pueblo te habrás dado cuenta de que no hay una gran oferta de varones —apunta.
—Sí, lo sé. Pero dada tu estrecha amistad con Érika, supuse que tal vez conocías sus gustos.
Claudia se ríe apagadamente y niega con la cabeza.
—Era su amiga, pero Érika era una persona difícil de conocer. Un espécimen raro. Tú ya lo sabes.
—Qué me vas a decir a mí. aún no entiendo cómo mi hermana pudo hacerse amiga de Diana.
Los ojos de Claudia se abren llenos de sorpresa.
—¿Tu hermana era amiga de Diana?
—Sí, así es. Bueno.su amistad no era tan sincera. En realidad, dudo que Diana sintiera por mi hermana algo más allá de una envidia insana. Está trastornada porque no puede ser madre y su ambición era quedarse con Zoé.
Observo que la expresión de Diana se transforma cuando nombro a Zoé. Ella aprieta los labios al escuchar el nombre de mi sobrina y cierra los ojos, como si acaso los párpados le pesaran. Cuando vuelve a abrirlos hay una expresión de férrea determinación en su mirada, que se clava en la mía.
—Desde que conocí a esa mujer, supe que no era trigo limpio. Aunque no siempre fue así. Cuando llegué al centro, intenté hacerme su amiga y ella se mostró amable y cercana. Todo cambió un día. Supongo que no tiene relación con tu hermana pero ya que me has dicho que eran tan amigas, quizá.
Claudia duda, pero mi ansiedad es demasiado fuerte para obviarla.
—¿Quizá qué? —la insto a continuar.
—Me has dicho que tu hermana salía con un hombre —me dice. —Así es.
—Diana también salía con un hombre. Y al igual que tu hermana, lo mantenía en secreto.
Me excito al notar la conexión entre ambas mujeres. Tal vez el odio irracional de Diana hacia mi hermana no se base tan sólo en Zoé, sino que por medio exista también la lucha por el amor de un hombre.
—Una vez, pillé a María y a Diana hablando. Ambas se callaron cuando yo llegué, pero pude oír cómo María le decía a Diana que "era necesario que se mantuviera apartada de él, porque de lo contrario Diana le causaría problemas". Creo que ese hombre fue el causante de su disputa, porque días después de la conversación, Diana cambió radicalmente su carácter. No me malinterpretes, siempre fue irónica y altiva, pero a partir de entonces, se mostró odiosa con María.
—¿Y por qué María habló con ella? He visto que Diana desprecia a María, ella no tenía por qué preocuparse de ella.
Los ojos de Claudia se encienden con sagacidad.
—Tal vez no se estaba preocupando por ella, ¿qué harías tú si alguien te hace la vida imposible? ¿No querrías devolvérsela?
Fíjate por dónde, la cara de Daniela se me viene a la mente.
No contesto a su pregunta, y en lugar de ello, hago otra.
—¿Diana le hacía la vida imposible a María? No tenía constancia de ello.
—Hay muchas formas de hacerle la vida imposible a una persona. La indiferencia, por ejemplo. Diana es una mujer altiva y agresiva, cualidades que ejerce en silencio. Aunque no te lo creas, el resto de mujeres le tiene cierto temor reverencial. Por eso María está sola.
—Hablaré con Diana. No voy a permitir que se desprecie a ninguna mujer en el centro —asegura Héctor.
—Ten cuidado. Las disputas femeninas son complicadas —le aconseja Claudia.
Claudia se levanta para marcharse, pero antes me pide ver a Zoé. Yo acepto, y la llevo a ver a mi sobrina. Zoé corre a abrazarla, y me doy cuenta de que Claudia era una buena amiga de mi hermana. Tanto, que se ha ganado el cariño de Zoé.
La acompaño a la salida y le agradezco su visita.
—No tienes nada que agradecerme. Se lo debía a Érika, y también a Héctor. Él fue muy insistente. Casi sentía su desesperación al hablar por teléfono. Ese hombre te adora. Se nota en la forma que tiene de mirarte.
Yo contengo una sonrisa.
—Estaré aquí todo el mes. He pensado en visitar a mi familia, y Héctor me ha asegurado que mi exmarido no me molestará. Si necesitas algo, o simplemente quieres una amiga con la que tomar un café y charlar, llámame.
—Lo haré —le aseguro.
Le doy dos besos a Claudia y me despido de ella. Al cerrar la puerta, trato de organizar toda la información que tengo en mi mente. Héctor se me acerca para decirme algo, pero yo le pido que se espere. Mi mente intenta desentrañar el engranaje de piezas que Claudia me ha descubierto para montar este rompecabezas.
"Diana". "Celos". "Un hombre". "María".
"Indiferencia".
"Erika".
El puzle se va armando en mi mente. Sólo necesito una pieza. Una pieza y todo encajará.
"Amor".
"Celos".
"Un hombre".
"Diana".
"María".
"Érika".
El puzle de mi mente se arma por completo.
—¡Las tres estaban enamoradas del mismo hombre! —exclamo en voz
alta.
Héctor y mi cuñada me miran sin entender a qué me refiero.
—Todo tiene sentido. María habló con Érika para que ella disuadiera al hombre. Lo hizo porque odia a Diana. Porque en verdad la odia. ¡Y porque ella también está enamorada! Lo que nunca se imaginó es que Érika, que nunca se había interesado por ningún hombre, se enamorara también.y al parecer, fuera correspondida. Los celos de Diana tienen fundamento, y el comportamiento extraño de María también —explico muy excitada.
—¿Y eso adónde te lleva? Que las tres estuvieran enamoradas del mismo hombre no prueba nada.
—¡Claro que sí! Él trataba de ocultarlo. ¿Y si mi hermana lo hubiera amenazado con desvelar la verdad?
—En ese caso, tenemos que saber quién es el hombre. Si no, no tenemos nada.
—Sé quién es el hombre —le digo, con una sonrisa. Héctor me mira sorprendido.
—Pero no voy a contártelo hasta que lleguemos. Serías capaz de cometer una locura si te digo quién es.
La cara de Héctor refleja el más puro estupor.
—Por supuesto, si te refieres a estrangular al malnacido que asesinó a tu hermana y te está amenazando, no lo dudes.
—¿Lo ves? No pienso decírtelo hasta que él esté frente a la Policía. —¿En serio no vas a contarme quién...?
—No.
Él niega con la cabeza, casi enfadado.
—Muy bien. Pero llevaremos a Jason como escolta. No te atrevas a decir que no. Vamos a un pueblo en el que cualquiera puede querer matarte, y tú no quieres decirme quién es —me reprocha.
Por esta vez, me limito a darle la razón.
El zumbido del motor del avión me pone nerviosa, y a la azafata, que con todo su buen hacer me ofrece un vaso de agua, me dan ganas de mandarla a la mierda. Mi pánico a volar es surrealista. Gracias a Héctor he montado más veces en el avión que en todos mis veinticuatro años de vida juntos.
—Detesto volar —comento en voz alta.
—Creí que querías llegar cuanto antes a Sevilla —me recrimina.
Sí, eso dije. Bonito momento para recordármelo, por cierto.
Clavo las uñas en el cuero del asiento y pego la espalda al respaldo cuando otra nueva turbulencia sacude el avión. Voy a morir. Lo presiento.
Héctor está hablándome, pero yo no lo escucho, demasiado ocupada mirando un bonito cuadro de dos girasoles. No entiendo lo que pintan dos girasoles en un avión. Estoy asustada y mareada. Sí, soy muy completita.
—Es increíble que aún no me hayas contado blablablabla.. —su voz suena lejana y apagada. Yo reprimo una arcada y me levanto, pero la inestabilidad del avión me devuelve al asiento. Busco una bolsita, y al no encontrarla, le doy un codazo a Héctor, que sigue cabreado con el mundo.
—No, ahora no me interrumpas, me parece que ya te estás pasando,
Sara..
No puedo contenerme. Vomito en el suelo del avión, con la mala suerte de que otra turbulencia aparece justo en ese momento, y me sacude en dirección a Héctor. Le mancho de vómito los zapatos y el bajo de los pantalones. Su cara es un poema.
—No me lo puedo creer.
Yo lo miro apáticamente.
—Iba a decirte que me dieras una bolsa —me justifico.
Tengo que dar tanta pena que Héctor suaviza su gesto, se levanta y va a buscar papel. Vuelve con una botella de agua, bolsas y un paquete de clínex. Me limpio la cara y él se limpia, o más bien lo intenta, los zapatos y los pantalones. Cuando termina me tiende una bolsa. Yo pongo mala cara. —Supongo que ya no lo necesitas.
Me da un tímido golpecito en la espalda, que pretende ser algo así como un acto de consuelo. No me pasa por alto que lo hace con dos dedos y un poco de asco.
¡Traidor!
—Me voy al cuarto de baño.
Paso el resto del viaje, que es menos de una hora, encerrada en el servicio. Héctor golpea la puerta de vez en cuando para preguntarme qué tal estoy. Entonces yo le grito: "¡Obviamente mal!", y lo oigo reírse.
Tras la hora más larga de toda mi vida, salgo del cuarto de baño del avión con el estómago revuelto y la cara blanca.
—De vuelta cogemos un coche —le digo, en un tono que no admite discusión alguna.
Héctor me pasa un brazo por el hombro, esta vez, me pega hacia sí y me da un beso en la frente. —Como tú quieras.
Llegamos al pueblo cuarenta minutos más tarde. Erik nos está esperando a la entrada del centro, y en cuanto lo veo, lo saludo efusivamente. Sé que eso molesta a Héctor, quien detrás de su rostro formal, oculta la ira contenida. Sin embargo, yo no estoy dispuesta a cambiar mi forma de ser con los que considero mis amigos. Y Erik lo es, aunque a veces me saque de mis casillas. Bueeeeeno, a veces no, casi siempre. Pero eso no tiene importancia en este momento. Héctor y él se dan un apretón de manos, y desde entonces, dejan de prestarse mayor atención.
—Supongo que me has llamado por algo importante —me dice.
—Siempre tan simpático. Claro que te he llamado por algo importante. He descubierto con quien salía mi hermana.
—¿El que le regaló el collar? Impresionante, no se te escapa una...
—Sí, puedes guardarle un puesto en la Policía. Haría genial tu trabajo —lo ataca Héctor.
Me vuelvo hacia Héctor y lo fulmino con la mirada.
Erik y él se retan silenciosamente, y yo siento deseos de que la tierra me trague. Me sudan las manos y siento la incomodidad que produce la situación de estar ante dos hombres que no se soportan.
¿Y dicen que las mujeres somos malas? El que escribió esa historia fue el mismo que dijo que Eva había mordido la manzana. Segurísimo.
Entramos en el centro en un tenso e incómodo silencio, hasta que Héctor me dirige la palabra.
—Ahora sí, ¿a quién hemos venido a ver?
—A Miguel, el jefe de médicos.