CAPÍTULO 37
HÉCTOR y yo vamos al restaurante en el que cenamos juntos por primera vez. Ante mi insistencia, bajamos a la playa y paseamos con los zapatos en las manos y los pies descalzos sobre la arena húmeda. Recibo una llamada de Mike y vuelvo a apagar el teléfono sin que Héctor se percate de ello.
Mike.
Su recuerdo provoca que me sienta momentáneamente culpable. No hemos hecho nada de lo que yo tenga que avergonzarme, y sin embargo, el creciente deseo que percibo en mi interior por el rubio roquero me asusta. Mike es el paraíso tropical donde toda chica ansía perderse. La onza de chocolate que sabes que no debes comer.
Héctor me pasa un brazo alrededor de mi cintura y el recuerdo de Mike se evapora de mi mente. Apoyo la cabeza en su pecho y cierro los ojos, disfrutando de esa sensación cálida y protectora que siento cada vez que estoy en sus brazos. Ahora sé a qué se debe, y la tristeza me embarga al imaginar a Héctor como un adolescente desamparado en un orfanato lejano a su familia, con un padre maltratador y una madre sufriendo por los golpes y la seguridad de sus hijos. El refugio, su instinto innato de protección. todo ello cobra un verdadero sentido.
Hay una roca semiplana a orillas de la playa en la que me siento a descansar y a contemplar el mar. Héctor se sienta a mi lado y yo apoyo la cabeza en su hombro. La imagen de mi desnudez atrayendo a Héctor dentro del agua me provoca un creciente deseo. Me muerdo el labio y coloco mi mano en la entrepierna de Héctor.
—¿Tienes ganas de jugar? —me provoca.
—Como aquella vez, en esta misma playa —le recuerdo.
—Pero hace mucho frío y el agua debe estar helada —me advierte.
Yo esbozo una sonrisa pícara.
—No he dicho que vayamos a meternos en el agua.
Me pongo de rodillas y le desabrocho el pantalón, liberando su erección. Héctor mira hacia uno y otro lado de la playa, buscando a algún intruso, pero yo no lo dejo acabar su inspección, tomo su pene entre mis manos y me lo meto en la boca. Él cierra los ojos y aprieta los dientes.
—Sara. —murmulla tensamente.
Paso la lengua por la punta de su pene y me satisface verlo echar la cabeza hacia atrás. Las manos de Héctor agarran mi cabello y me introducen su erección más adentro. Yo succiono la punta y lo masturbo con la mano. Los gemidos roncos de Héctor me provocan una creciente oleada de deseo. Me vuelvo loca al verlo disfrutar por el inmenso placer que yo le estoy otorgando. Tomo sus testículos en mis manos y los masajeo con suavidad, al tiempo que mis labios rodean su erección y mi lengua acaricia su polla.
Héctor me agarra la cabeza, arquea la pelvis y me penetra hasta la garganta. Emite un sonido gutural al correrse, y cuando termina, me coge de las caderas y me sienta sobre la roca. Me besa, y ambos compartimos su propio sabor. Sus manos pasean ávidas por mis pechos y me suben el vestido hacia la cintura. No se corta en romperme las medias y arrancarme la ropa interior, que queda hecha un desastre sobre la arena.
Su pulgar acaricia mi clítoris y yo exhalo gemidos de placer incontenibles. Su otra mano me agarra las nalgas y las aprieta, masajeándome y palpándome de una manera apasionada. Mis manos se pierden en su cabello negro azabache, y mi boca va directa a su hombro. Lo muerdo. Otra vez. Y luego otra más.
Héctor gruñe y me suelta una cachetada en la nalga derecha. Me mira advirtiéndome para que no vuelva a hacerlo, pero yo observo la carne de su cuello, demasiado tentadora. Le suelto un mordisquito en el cuello, y Héctor se aferra a mis glúteos, entre desesperado y perdido por lo que acabo de hacerle. Vuelvo a morderlo, esta vez con mayor fuerza.
—¡Sara! —se queja.
Le paso dos dedos por su incipiente y descuidada barba, que le otorga un aspecto leonino y de feroz atractivo.
—Tu barba me pone mucho —ronroneo.
Héctor aprieta mis glúteos y me alza, provocando que mi vulva roce su pene. Cierro los ojos ante la sensación de placer que me provoca el simple roce de nuestros genitales.
—Joder nena, tú sí que me pones.
Héctor se agarra el pene y me penetra. Nos quedamos unidos, y yo entrelazo mis piernas alrededor de las caderas y me aferro a su espalda. Héctor sale y vuelve a entrar en mí. Lentamente. Atormentándome con cada nuevo movimiento.
—Oh. —logro balbucear.
—Quiero oírte gritar.
Héctor me penetra hasta el fondo y se queda completamente quieto. Yo cierro los ojos, intentando absorber la sensación tan intensa. —Grita —me ordena.
—¡Sí, Héctor, sí, sigue.no pares, maldita sea! —le suplico.
Héctor me mira satisfecho, sale de mí y entra más fuerte. Sus movimientos se vuelven más rápidos, sin perder el compás. Yo dejo de abrazarlo y me tumbo sobre la roca. Mi mano va directa a mi clítoris, y me toco ante los ojos de Héctor.
—Tócate nena.me gusta ver cómo lo haces —me dice con voz ronca.
Sus palabras me calientan. Me meto un dedo en la boca y lo hago descender hacia mi clítoris. Me masturbo sin dejar de mirarlo a sus intensos ojos verdes. La masturbación y su penetración me provocan un orgasmo brutal que me recorre todo el cuerpo y me deja laxa. Héctor se corre y cae sobre mí, quedando al fin nuestros cuerpos tendidos sobre la roca húmeda y arenosa.
—Sé que alguien intentó entrar en tu casa la otra noche —me dice, aún tumbado encima de mí.
—Tú y tu puñetera habilidad de estropear el final de un polvo —le digo de mala manera.
Héctor me pellizca el glúteo izquierdo y yo doy un respingo. Le echo una mirada asesina e intento apartarlo de encima de mí. Todo lo que consigo es que él me sostenga las muñecas y las coloque encima de mi cabeza. Sus piernas inmovilizan las mías y me quedo desnuda y quieta bajo su cuerpo.
—Deberías habérmelo contado.
—¿Cuándo? Llevamos más de una semana sin hablarnos. Habíamos
roto.
Héctor me mira como si eso no tuviera importancia. —Eso no tiene nada que ver. Tú siempre serás mi prioridad. Estés o no junto a mí.
Vuelvo la cabeza hacia otro lado, evitando su mirada. —¿Podemos hablar de otra cosa? Acabamos de reconciliarnos. —No —responde sin vacilar.
Lo miro rabiosa e intento apartarlo de nuevo de mí, pero él me separa las piernas con una rodilla y siento cómo su polla crece y la erección apunta hacia la entrada de mi vagina.
—Por mucho que luches. —me dice.
Yo trato de apartarlo, enfadada porque él tenga más fuerza que yo. La punta de su pene se empapa con mi humedad, y yo me irrito al notar cómo mi cuerpo lo desea.
—Por mucho que intentes escapar de mí.
La cabeza de su polla entra lentamente en mi vagina, y yo exhalo un suspiro al notarla dentro.
—No hay nada que pueda separarnos —finaliza.
Empuja dentro de mí hasta penetrarme por completo. Inconscientemente abro las piernas, recibiéndolo. Héctor mantiene la sujeción en mis muñecas. Se mueve encima de mí, siendo el dueño de la situación. Controlándome.
Ese completo descontrol de mi cuerpo, exponiéndome a su merced, me enloquece hasta el punto de perder la razón. Cierro los ojos y pienso. Pienso en lo mucho que me gusta lo que me hace. Pienso en lo mucho que amo a Héctor. Pienso en que él nunca cambiará.
Cenamos en el balcón de la suite principal del hotel. Héctor prefiere pasar el mayor tiempo conmigo, y yo estoy totalmente de acuerdo. Además, las miradas curiosas de algunos de los huéspedes del hotel me incomodan, y sé que Héctor, aunque pretende hacer caso omiso de ellas, se siente igual de incómodo que yo.
Ceno con vistas a la playa y la mejor compañía posible: la suya.
Cuando acabamos nos metemos en la habitación y yo enciendo la tele, pero Héctor la apaga con el mando a distancia.
—No pienso ver la tele cuando existen otras opciones más interesantes —me explica.
—¿Como cuáles? —pregunto, con una sonrisa.
Héctor me da un empujoncito y me tumba en la cama.
—Quítate la ropa —me dice.
Yo voy a hacer lo que me dice cuando él coloca una mano sobre la mía.
—Así no. Ahora te toca a ti hacer un striptease.
Él parece hablar en serio.
—¡Oh, vayamos al grano! —me quejo.
—De eso nada. Tú te lo pasaste muy bien. Es mi turno de disfrutar.
Suspiro y voy hacia el reproductor de música colocado en la pared. Busco entre todas las emisoras de radio hasta dar con la adecuada. Una de música chill out en la que suena una canción de tonos lentos y exóticos. Señalo a Héctor una silla para que se siente. Es la primera vez que hago un striptease, y estoy segura de que todo depende de mantener una actitud segura de mí misma.
Camino decidida hacia Héctor y le pongo el pie en la entrepierna. Sus ojos se oscurecen y sus manos van directas a mi tobillo, pero yo lo detengo.
—Prohibido tocar —le digo, con la voz ronca.
Héctor pone las manos en alto, evidentemente disfrutando del momento. Yo me doy la vuelta y contoneo las caderas delante de él, moviéndolas de lado a lado y echando mi cabello hacia atrás, de esa manera que sé que le vuelve loco. Me doy la vuelta y me bajo una de las mangas del vestido, dejando un hombro al descubierto. Luego el otro.
Agarro la corbata de Héctor y se la voy desabrochando, sin dejar de contonear mis caderas. Se la quito y me propongo amarrarle las manos a la silla. Héctor me detiene.
—Mi striptease, mis normas —le digo.
Él me suelta las manos y me deja continuar. Lo veo confundido y tratando de relajarse ante la situación. Definitivamente, no está acostumbrado a que le manden. Bien.
Una vez que lo tengo atado a la silla, continúo con mi striptease. Voy bajando mi vestido, hasta que este cae a mis pies. Me contoneo y me siento la mujer más sexy del mundo cuando los ojos de Héctor se oscurecen. Me paso las manos por mi cuerpo y subo hacia mi cabeza, sosteniendo mi pelo en alto y dejándolo caer provocativamente a un lado.
Desabrocho mi sujetador y me voy bajando los tirantes. Primero una, luego la otra. Me lo quito y me cubro el pecho con ambas manos. Le tiro el sujetador de encaje a la cara, y Héctor lo aparta con la cabeza mosqueado. No quiere perderse el espectáculo que le estoy ofreciendo.
De nuevo, coloco un pie en su entrepierna y me voy bajando las bragas. Me quedo desnuda delante de él, bailando al son de la música. Desinhibida.
Me siento a horcajadas encima de Héctor y le pongo mis pechos en la cara. Él intenta agarrarlos con la boca, pero yo me aparto y sonrío.
—Desátame —me ordena.
Yo niego con la cabeza, disfrutando de tenerlo en mis manos. Héctor intenta zafarse del agarre, pero el nudo que he hecho es muy resistente.
—Sara... —amenaza.
—Ahora soy yo la que mando —le digo.
Le abro la cremallera y libero su erección. Me siento a horcajadas sobre su polla y me ensarto en su erección. Me agarro a sus hombros, y Héctor, sin poder moverse, apoya su cabeza en mi hombro para poder empujarse de algún modo.
Me muevo encima de él, lentamente. Héctor me mira extasiado.
—Muévete nena —me pide, esta vez sin ordenación alguna en su voz.
Es una súplica. Una desesperada súplica para que yo le proporcione el placer que necesita.
Me muevo encima de Héctor, agarrándome a sus hombros. Tomo posesión de sus labios, y nuestras lenguas se encuentran. Lo beso mientras lo cabalgo, y Héctor se deja hacer. Ahora soy yo la que está al mando de la situación.
Me separo de él y Héctor intenta en vano acercarse a mi boca, pero ahora soy yo quien pone las normas, y lo que quiero es que él bese mis pechos. Los acerco a su boca y Héctor los besa ansiosamente succionando mis pezones y pasando su lengua ávida por la rosada carne.
Héctor alza las caderas a mi encuentro, necesitando que la unión entre nosotros sea máxima. Yo hago lo que él me pide, y desciendo hacia su encuentro. Él me muerde el cuello y nos corremos juntos.
—Desátame —me pide.
Yo hago lo que él me pide, y apenas lo he liberado, Héctor me coge en brazos y me tira en la cama. Estoy a punto de preguntarle que qué demonios le pasa cuando noto cómo él agarra mi muñeca y la ata al cabecero de la cama.
—¡Serás cabrón! —le grito.
Él me dedica una sonrisa y coge mi otra muñeca. Yo trato de impedírselo, pero él es más fuerte que yo y consigue su objetivo ante mis vanos forcejeos. Lo miro anonadada.
—¿Estarás de broma? —le digo.
Héctor se desabrocha la camisa y la tira al suelo.
—En absoluto. Has sido una chica mala y debes pensar en lo que has
hecho.
Me quedo perpleja.
—¿Quieres que te encienda la tele? —Vete a la mierda —le espeto. Él va directo al baño. —¿Dónde vas?
—A ducharme. No te muevas —me dice, y se ríe.
Héctor se pierde dentro del baño y yo me quedo atada a la cama. He perdido la voz. Él vuelve quince minutos más tarde con una toalla blanca alrededor de la cintura. Los isquiotiviales asoman por encima de la tela y la boca se me seca.
Le echo una mirada glacial cuando nuestros ojos se cruzan. Él, ante mi enfado, parece estar disfrutando de lo lindo. —Eres.un.cabronazo —le espeto.
Héctor se tumba en la cama y se apodera de mis labios. Yo trato de rechazarlo, pero todo lo que consigo es que mi cabeza choque contra el cabecero.
—Quien juega con fuego se quema —me dice tan pancho.
—Ya verás quién se va a quemar en cuanto yo esté desatada —lo amenazo.
—¿Prefieres pasar toda la noche atada?
—¡No serás capaz!
—Pruébame.
Suspiro tratando de quitarme el pelo que está pegado a mi cara. No lo consigo, y es él quien me aparta con delicadeza el cabello y me lo coloca detrás de la oreja. Eso me irrita aún más.
—Héctor, me duelen las muñecas —le miento.
—No cuela —se ríe.
Trato de darle una patada pero no atino. Él vuelve a reírse. —Ahora soy yo el que manda —me dice, imitando mi tono de voz. —Qué gracioso —siseo.
Héctor deja caer la toalla al suelo y yo me sofoco al verlo desnudo. Deseo tenerlo nuevamente dentro de mí, a pesar de lo extremadamente enfadada que estoy con él en este momento.
¡Qué cretino!
Él nota la intención de mi mirada, fija en su erección. Se coloca encima de mí y sin darme tiempo a reaccionar me agarra de las caderas y me penetra hasta el fondo. Cierro los ojos y me tenso al sentirlo tan dentro y apretado. Héctor coloca una mano en mi nuca y me obliga a mirarlo.
—Te gusta cómo te follo —me dice, mirándome a los ojos.
Siento ganas de pegarle por todo lo que él me hace. Por la autoridad que cree tener en mí. Todo lo que consigo es que mi cuerpo reaccione ante sus embestidas. Mi piel se acalora y yo me humedezco. Él resbala dentro de mí, empujando cada vez más fuerte. Lo noto furioso. Casi agresivo. Como si él quisiera demostrarme algo que no logro entender.
—Te gusta esto —me dice.
Yo cierro los ojos, pero él vuelve a colocar su mano en mi cabeza y me obliga a mirarlo. Me besa furiosamente, y yo dejo que él posea mi boca con esa necesidad urgente y apremiante. Parece necesitarme de una manera que no comprendo.
—Héctor —sollozo, ante la intensidad de sus embestidas. Él embiste una última vez dentro de mí y se corre, mientras yo me dejo ir en un orgasmo que me conmueve y me preocupa.