CAPÍTULO 13
LLEVO cerca de veinticuatro horas sin ver a Héctor. No recuerdo que esta noche haya dormido conmigo, por lo que imagino que habrá pasado la noche en otra habitación de la casa. Total, hay muchas. Para colmo, se fue esta mañana a trabajar sin decir nada, y Ana me ha informado de que tampoco tiene pensado venir a cenar esta noche.
¡Fantástico! ¡Maravilloso!, exclama mi mente, ironizando con la situación.
Apenas llevo una semana en Madrid y ya me he peleado con Héctor. Para más inri, a causa de su trabajo, apenas nos vemos.
Miro el móvil y constato que no tengo ningún mensaje nuevo. Héctor no parece tener intención alguna de ponerse en contacto conmigo, así que decido ser yo la que dé el primer paso.
"Llevamos casi veinticuatro horas sin vernos, ¿en serio no puedes venir a cenar?".
Espero un rato, y al no recibir respuesta, me enfado aún más.
En el salón, justo en una estantería desierta, está Érika. Bueno, no Érika, sino sus cenizas. Le prometí que liberaría sus cenizas el día que conociéramos a su asesino, y tal y como están los hechos, me temo que Érika va a pasar un largo tiempo en casa. Observo las cenizas y le traslado mis pensamientos. Las constantes discusiones con Héctor, la relación con Zoé, mis inquietudes laborales. La urna no contesta. Es extraño, pero desde que he dejado de ver a Érika estoy más triste de lo normal. Prefiero aterrorizarme al verla ahogada que vivir sin saber de ella. Eso implicaría que Érika se ha ido para siempre, y en ese caso, no volveré a verla más.
Me voy a la cocina, dispuesta a ocupar mi tiempo en algo. Ana, después de mucho insistir por mi parte, me deja que la ayude a hacer un pastel de queso. Al menos así tendré menos tiempo para pensar en todo lo malo que ha sucedido en tan poco tiempo.
"¡Crac!".
Un sonido certero que proviene del salón. Como si se hubiera roto algo.
¡No!
Corro al salón, rogando que no sea lo que creo que ha sido. Al llegar, me encuentro la urna rota en pedazos esparcidos por el suelo, y las cenizas de Érika manchando la bonita alfombra persa. Me dan ganas de vomitar y llorar.
Zoé está subida en una silla con las manos temblorosas y la cara pálida.
—¡Zoé! ¿Qué has hecho? —exclamo alterada.
Mi sobrina señala a la urna rota. No hace falta que diga nada. Puedo imaginar lo que ha pasado. Fuera de mí, no logro controlar la rabia que bulle en mi interior, que sale a borbotones en forma de palabras incontroladas.
—¡Zoé, vete ahora mismo a tu habitación! —le grito a la niña.
La pequeña se queda paralizada, por lo que la bajo de la silla, la agarro del brazo y la zarandeo.
—¡Vete a tu habitación y no toques nada, mira lo que has hecho!
Zoe corre despavorida escaleras arriba. Ana está a mi lado, sin saber qué decir.
—Iré a por una escoba. Tranquila, lo recogeremos.
Yo asiento, con los labios apretados y las lágrimas asomando furiosas. Érika, o mejor dicho, sus cenizas, están desparramadas en la alfombra. Es una situación tan absurda que me entran ganas de llorar y reír a la vez, porque no soy capaz de asimilar lo que acaba de suceder.
Ana llega con una escoba. Yo se la quito sin decir nada, y me pongo a barrer las cenizas. Las recojo y las dejo en un jarrón. Luego quito la alfombra y la echo a lavar. Veinte minutos más tarde, me doy cuenta de una cosa: Leo ha desaparecido.
—¿Has visto a Leo? —le pregunto a Ana.
—Lo vi salir corriendo hacia el jardín cuando la urna se rompió. Se habrá asustado por el ruido.
Salgo al jardín y lo llamo, pero el perro no aparece por ningún lado. Entonces me fijo en un pequeño y absurdo detalle que lo cambia todo. La puerta del jardín está entreabierta. El perro se ha escapado.
¡Vaya manera de empezar el día!
Me echo las manos a la cabeza y trato de tranquilizarme. Es un perro pequeño y no puede haber ido muy lejos. Salgo a la urbanización sin importarme mi aspecto desaliñado: un chándal y el pelo recogido de mala manera en una pinza.
Llamo a Leo a gritos, sin importarme que algunos vecinos se asomen a la ventana y me miren con cara de espanto. La urbanización consta de varios kilómetros, y paso más de una hora sin hallar resultado alguno. Rehago mis pasos y sigo llamando al perro, sin darme por vencida.
—¡Leo! ¡Leeeeeooooooo! —grito desesperada. Tengo ganas de llorar y de gritar en voz alta que la vida es una mierda. No me he dado cuenta hasta ahora de lo mucho que quiero a ese perro. Si lo pierdo, perderé una parte de mi hermana. No pienso consentirlo.
—¡Leo! ¡Vamos perrito bonito, mami está muy preocupada por ti! — exclamo, con un fingido entusiasmo que no siento.
Nada. Ni rastro del perro.
Busco entre los arbustos florales bien cuidados, hasta el punto de que llego a meterme dentro y me araño los brazos. No me importa. Todo lo que quiero es encontrar al perro.
—¡Leoooooo, vamos perrito bonito, te prometo que te dejaré los huesos de pollo que tanto te gustan si vuelves a casa! —le digo a la calle desierta.
Me hago a la idea de que tendré que empapelar las farolas y árboles de la urbanización con la foto de Leo. Entonces, oigo pasos a mi espalda. Me vuelvo y me quedo paralizada.
—¿Buscabas esto? —pregunta Mike.
Mike sonríe con el perro cogido en brazos. Me lo da.
—¡Gracias! ¡Gracias! —exclamo, mientras beso a Leo y lo sermoneo para que no vuelva a escaparse.
—De nada. Te escuché gritar, bueno, yo y todo el vecindario. Salí a buscar a tu perro porque necesitaba dormir, y con tus gritos era imposible.
Le sonrío, sin importarme las absurdas razones que haya tenido para hacerlo. En el fondo, sé que detrás de sus palabras se esconde una intención noble.
—Le debes un hueso de pollo, te hemos oído —me dice burlonamente. —¿Quieres otro para ti? —lo reto.
Mike se mete las manos en el bolsillo, ladea la cabeza y me lanza una sonrisa seductora.
—Creo que merezco otra cosa. Algo que me haga olvidar que eres una mujer aborrecible, ¿se te ocurre algo? —me provoca, con una sugerente ceja enarcada.
Yo me sonrojo, agarro a Leo para que no vuelva a escaparse y le digo. —¿Qué tal una zanahoria? A Mike se le cambia la cara.
—Agarra a tu perro. Aunque no me extraña que con una dueña tan histérica el pobre se escape. Yo haría lo mismo.
—Qué gracioso —siseo—. Te aseguro que mi perro está muy bien educado y no tiene intención alguna de dejarme. No como tú, que tendrían que ponerte un bozal.
—Vecina, eres un encanto —dice con ironía.
Se da media vuelta para marcharse y yo hago lo mismo. Ambos caminamos el uno al lado del otro, sin decir nada. Una situación un tanto absurda, pues nos quedan unos diez minutos de camino hasta llegar a nuestra correspondiente casa, situada una al lado de la otra. Como no puedo estarme calladita, busco un tema de conversación.
—¿Qué hace un roquero inglés viviendo en España? —le pregunto.
—¿No puedes estarte calladita, verdad?
Yo apresuro el paso y lo dejo atrás.
—No contestes si no quieres. Tu vida no me importa.
—Eres periodista, cotilla por naturaleza.
—¡Qué sabrás tú! —exclamo indignada.
—Estoy aquí de vacaciones, me gusta España. Su comida, su clima, sus mujeres.
Yo me río abiertamente.
—Algunas menos que otras —señala.
Llegamos a la casa justo en ese momento. Yo me vuelvo con una
sonrisa.
—Diría que espero no volver a verte, pero puesto que eso es imposible, hasta luego.
Mike me dedica una burlona reverencia. —Siempre es un placer.
Paso el resto del día sin hacer nada, tan sólo tumbada en el sofá viendo la tele. Me aburro muchísimo. En esta casa desierta no tengo nada en lo que ocupar mi tiempo. Podría echar un polvo con mi guapo y sexy novio, pero está enfadado conmigo, volcando su frustración en una fusión de empresas que le reportará miles de millones de euros. Casi nada. También podría ayudar a Ana, pero intuyo que mi comportamiento al gritar a Zoé la ha aterrado, razón por la que se ha escondido tras las cacerolas de la cocina y no me dirige la palabra. O podría ir a ver a Zoé, quien sigue recluida en su cuarto sin hacer ruido alguno, pero en el fondo, y alucino con lo que voy a decir, temo su reacción. Sí, soy tan patética que tengo miedo a una niña de cuatro años.
Justo cuando estoy planteando suicidarme por aburrimiento mortal, me llaman al móvil. Reconozco la voz en seguida. Es el tono dulce y apocado de la chica que no encajaba en la revista.
—Hola Sara, soy Sandra Vázquez, te llamo de Musa. Has sido seleccionada para entrar a trabajar en la revista. Estás en la sección de "celebrities".
Grito como una loca, y el silencio sepulcral de mi interlocutora me obliga a relajarme.
—¿Cuándo empiezo? —trato de sonar seria.
—Mañana a las nueve. Te he enviado un correo electrónico con ciertas directrices que te servirán para integrarte en la redacción. "Instrucciones", me imagino.
—¿Cómo tener un rostro digno de Max Factor? —bromeo.
Oigo cómo Sandra se ríe tensamente, ¿he acertado?
—No te preocupes, bastará con unos taconazos de vértigo y máscara de pestañas. ¡Ah, casi se me olvida! Intenta ser puntual, Mónica detesta a la gente que llega tarde y.dice que está deseando catar tu trabajo.
Perfecto, haciendo amigas en el trabajo.
—Qué simpática es Mónica —digo, con los dientes apretados.
—Es una jefa muy exigente —me explica Sandra, y por su tono de voz, observo que calla más de lo que dice—, te conviene llevarte bien con ella. He visto a muchas chicas ser despedidas por su.criterio.
Sandra me cae bien, a pesar de haber tenido un escaso contacto con ella. Parece una chica tímida y sincera, el tipo de persona a la que adoras en una redacción llena de víboras, con Mónica repipi coronada como reina lagarta.
—Gracias por tu consejo, Sandra. Nos vemos mañana.
—¡No te olvides de leer el correo! —me aconseja con énfasis.
Nada más colgar el teléfono, hago lo que ella me dice. Prefiero saber lo que me espera en mi primer día de trabajo a llevarme una sorpresa desagradable. El mensaje es un banner de color rosa vomitivo, decorado con pintauñas vistosos, tacones de vértigo y un sinfín de productos de maquillaje. Hay poca letra, todo lo contrario sucede con las fotografías, que inundan el mensaje. Es típico en una revista de moda.
¿Quién diablos compra una revista si lo más interesante que puede leer es el precio de la nueva barra de labios de Channel?
Estimada Sara:
Me complace darte la bienvenida a Musa, la revista de la gente glamourosa. Estoy segura de que encajarás a la perfección con los empleados de la redacción, quienes forman una familia de excelentes profesionales. Por si acaso, para hacer tu integración social más fácil, te dejamos una serie de consejos:
-La mejor carta de presentación es una sonrisa. Los redactores de Musa siempre sonríen, pues les apasiona su trabajo.
-El aspecto en Musa es muy importante. La mujer de Musa es valiente y marca tendencia. Debes vestir con decoro y estilo: zapatos de tacón, vestidos de corte clásico, estampados a la moda, camisas, trajes de chaqueta, pantalones palazzo, faldas de tubo, americanas y abrigos abotonados...
-El maquillaje denota buen aspecto. No olvides que una buena cara es sinónimo de felicidad. Puedes pasarte por la sección de maquillaje para que las chicas te aconsejen.
Deseándote una incorporación satisfactoria,
Redacción de Musa.
Releo la carta un par de veces, intentando desentrañar la cabeza pensante que ha ideado semejante patraña como carta de presentación. Al final, saco varias cosas en clave de la lectura:
—Tengo que renovar mi armario.
—Necesito un curso de maquillaje.
—Dudo que en Musa la gente sonría mucho. O sonría, simplemente.
Dispuesta a lograr el punto número uno, me voy de compras. Antes, paso por la habitación de Zoé y le pregunto si quiere acompañarme. Después de muchas insistencias, y tras chantajearla con un fallido intento de llevarla a comer un helado, me doy cuenta de que la niña me odia.
En el centro de Madrid, me gasto, no sin cierta reticencia, mis últimos ahorros. Compro americanas de varios colores, un abrigo rojo cereza que es precioso, vestidos ajustados, varios pantalones palazzo, o como se llamen, un traje de chaqueta de color negro, un par de blusas de estampados florales y una colección de zapatos de tacón con los que me van a salir juanetes, lo sé. Además, me hago con un reloj de color crema que es una monada, un collar babero que se anuda con un lazo y varios pendientes extralargos.
¿Una monada, he dicho yo eso? No he empezado a trabajar y ya me estoy volviendo de color rosa. Vomitivo.
Llego a la casa cargada de bolsas, y con cierto desprecio hacia mí misma por haber fundido la tarjeta de crédito. Nada más llegar, me encuentro con las cejas enarcadas de Héctor, quien me observa con incredulidad y cierta ternura.
—¿Has comprado todo eso?
—Renovación de vestuario por orden de Musa. Soy la nueva redactora de la sección de famosos —le explico, y de inmediato me paro a observar su reacción.
Él no parece impresionado, y para mi dicha, tampoco parece enfadado
por ello.
—Sabía que lo conseguirías —me dice—. Su rostro cambia cuando vuelve a hablar.
—¿Estás segura de que quieres trabajar en esa revista? Tengo un puesto en la editorial si lo quieres.
—Ya hablamos de eso —lo corto.
Él asiente de manera despreocupada y señala hacia el vestido color crema que asoma por una de las bolsas.
—Quiero vértelo puesto —me pide. Yo me muerdo el labio. —¿Ya no estás enfadado?
Héctor se acerca hacia mí, me agarra del trasero y me besa en los labios. —Es imposible que esté enfadado contigo por más de un día. Yo apoyo la frente sobre su pecho firme.
—Te he echado de menos. Parece una tontería, pero vivir bajo el mismo techo y pasar un día entero sin saber de ti me ha hecho sufrir —me sincero. —No es ninguna tontería.
Me pasa un dedo por el rostro y me aparta el pelo de la cara. Como necesito hablar con alguien, y él es mi único amigo en Madrid, aprovecho este momento de intimidad para hacerle saber mis inquietudes.
—Le he gritado a Zoé —le explico, muy arrepentida.
Desde que le grité, no puedo apartarme de la cabeza la idea de que soy un ogro para la niña.
—¿Y eso?
Señalo hacia las cenizas de Érika, que ahora reposan en un jarrón distinto. Es como si se hubiera cambiado de ropa. Lo sé, estoy mal de la cabeza. No es necesario que le explique a Héctor lo que ha sucedido: un nuevo jarrón implica que el otro se ha roto. Héctor, al principio, se queda turbado. Luego me agarra con ternura.
—Sara, este no es lugar para ella —me dice, sin ningún reclamo en su
voz.
—Lo sé. Es sólo que no puedo deshacerme de mi hermana hasta que sepa que ella descansa en paz. Dame tiempo.
—Todo el que necesites, nena. Pero no puedes culpar a Zoé por ello, es sólo una niña pequeña.
—Y yo soy la peor tía del mundo. Mi sobrina no me quiere, y tiene toda la razón del mundo. A veces pienso que nunca llegaremos a entendernos.
—Eso es una tontería. La niña, al igual que tú, necesita tiempo para adaptarse a su nueva vida.
—Lleva todo el día encerrada en su habitación, yo he intentado hablar con ella, pero ni siquiera me escucha. ¿Puedes hablar tú con ella? Zoé te adora.
—Haré algo mejor. Ponte ese vestido tan bonito. Hoy toca cena familiar. He descuidado a mis chicas por demasiado tiempo debido al trabajo.
—Y a que estabas enfadado —aclaro, para picarlo.
—Sí, a veces eres insoportable —admite, haciéndose el atormentado.
Yo me río, lo atraigo hacia mí y le cojo el paquete. Héctor pone cara de sorpresa.
—Esta noche te vas a enterar de lo insoportable que puedo llegar a ser. No te voy a dejar dormir. Te tengo muchas ganas, cariño —le digo, ronroneando como una gatita.
Los ojos de Héctor se oscurecen, y gruñe cuando le suelto el paquete y me alejo de él, subiendo las escaleras y contoneando las caderas. Me visto tal y como él me ha pedido: con el vestido color crema, que se ciñe a cada curva de mi cuerpo y acentúa el tono moreno de mi piel. Rehago el peinado de la entrevista. Las amplias ondas cayendo sobre mis hombros me otorgan un aspecto muy sensual, y unos tacones negros me estilizan las piernas. Al bajar, me encuentro a Zoé agarrada de la mano de Héctor. Lleva una graciosa, aunque desastrosa, coleta llena de bollos. Miro a Héctor, quien parece el padre más orgulloso del mundo.
—Te has lucido, Llongueras —le susurro al oído, sin poder evitar
reírme.
Héctor me lanza una mirada feroz y paternalista. Este papá sexy me encanta. Me acerco a mi sobrina y le intento dar un beso que esquiva. —¡Qué guapa estás! —exclamo.
Ella señala a Héctor y entierra el rostro en la pierna de él. Me ha salido un duro competidor.