CAPÍTULO 10

DOY un paseo por la urbanización. Hay pistas de pádel, pistas y más pistas de pádel, lo que me da una ligera idea de que mi culo gordo y yo no vamos a encajar con mis deportistas vecinos. Después de veinte minutos andando, descubro también un extenso campo de golf. Genial, el bonito cuadro de la urbanización de pijos deportistas acaba de completarse.

Camino mirando al suelo, hablando conmigo misma y pateando la misma piedra durante más de un kilómetro. Estoy tan absorta en mis pensamientos que casi puedo oír la voz de mi cantante favorito tarareando una de sus canciones. Una de esas canciones melancólicas acerca de lo difícil que es el amor. Pienso en decirle a Héctor que tiene un problema de egoísmo que va a tener que superar, cuando algo choca contra mí y me lanza al suelo. Mi cabeza va a dar contra el bordillo y un agudo dolor se apodera de mi sien.

—¡Joder! —grito, llevándome las manos a la cabeza.

A pocos metros de mí, un tipo vestido con bermudas deportivas y zapatillas de running está agachado en la carretera. Lo veo quitarse los cascos de música y voltearse para mirarme.

Como no estoy de buen humor, y auguro que me va a salir un buen chichón, opto por la vía rápida.

—¡Eh, tú, pedazo de gilipollas, mira por dónde vas!

El pijo de las zapatillas, al oírme, deja de ofrecerme la mano que antes iba a levantarme.

—Además de torpe, eres una maleducada —dice con guasa.

Me levanto como si me hubieran puesto un petardo en el culo y lo encaro. Lo miro a la cara y me quedo sin habla. No me pasa desapercibido que él esboza una sonrisilla burlona al percatarse de que yo me he dado cuenta de quién es.

Cabello rubio y despeinado, ojos color cielo, tatuaje en el brazo derecho.

Sí, no hay duda.

Acabo de descubrir que tengo como vecino al cantante de una de las bandas de rock más famosas del planeta.

¡Es Mike Tooley, el vocalista de Apocalypse!

Mi momento fan queda eclipsado por mi momento cabreo. No hay quien pueda con mi orgullo, y aunque lo que de verdad quiero es pedirle un autógrafo, decido que la estrellita de rock merece que le bajen los humos.

—Y tú, además de cantar como el culo, eres un chulo. Me tiras al suelo y ni siquiera preguntas qué tal estoy.

Mike queda momentáneamente desconcertado. Entonces se ríe. —No sabía que admitieran burros en la urbanización. —Obvio, contigo hicieron una excepción.

—Oye...antes de que te pongas a gritar como una histérica y me pidas un autógrafo, ¿por qué no vas al médico a que te miren ese chichón?

—Primero tendrías que ir tú al oculista. Si quieres te acompaño, se ve que tienes problemas para ver de cerca.

Mike tuerce el gesto.

—Te aseguro que incluso de lejos se te ve a simple vista. Genial, la estrellita del rock acaba de llamarme gorda. —Sí, como tus canciones. Apestan desde la radio —miento, sólo con tal de provocarlo.

En realidad Mike Tooley es uno de mis cantantes favoritos. Aunque desde ahora, pasará a formar parte de la lista negra de Sara Santana. Mike vuelve a la carga.

—Monada, me ha encantado conocerte, pero tengo mejores cosas que hacer que perder el tiempo escuchándote soltar perlitas por ese piquito de oro que tienes. Así que si ya te has cansado de comerme con los ojos, me temo que tengo que apartarme de tu vista.

Yo entrecierro los ojos y me paso la mano por el cabello, algo cansada y mareada.

—¿Comerte con los ojos? Para mi gusto sólo eres otra de esas figuras del rock con un corte de pelo pasado de moda, una pose estudiada de pasota deslenguado y una legión de fan a sus espaldas. No eres mi tipo, monada —le digo con una sonrisa irónica, repitiendo lo que él me ha llamado—, y ahora, si me disculpas, voy a seguir con mi paseo.

Lo aparto del camino de un manotazo, y justo entonces, siento cómo todo a mi alrededor se va haciendo borroso. Oigo a Mike hablarme, pero no logro entender lo que me dice. Su voz suena lejana, distorsionada y apagada, como si alguien estuviera quitándole el volumen a la radio. Entonces todo se vuelve oscuro.

Pi, pi, pi. Pi, pi, pi. Pi, pi, pi.

El sonido del monitor cardiaco me despierta de mi inconsciencia. Me bastan unos segundos para asimilar lo que me ha sucedido, y un breve vistazo a mi alrededor me sugiere varias cosas:

a) Estoy en una habitación de un hospital.

b) Mike Tooley me ha traído hasta aquí.

c) Mike Tooley está ligando con las enfermeras.

d) Mike Tooley es idiota, y yo tengo que mirar por dónde ando la próxima vez.

—¿Qué tal estás, monada? —me pregunta.

Le dedico una sonrisa asesina y me quito las ventosas pegadas por todo mi cuerpo. Mike se levanta y llama al médico, no sin antes lanzarle una miradita cargada de intenciones a una de las enfermeras, una chica rubia y de ojos tímidos que se ríe como una colegiala.

—Hola, Sara —me saluda el médico.

—¿Y cómo es que sabe mi nombre?

—Lo ponía en tu cartera. No te preocupes, ahora mismo es normal que estés confundida. Se te pasará.

Yo me siento en la cama, dispuesta a salir de esta habitación de hospital cuanto antes. Desde siempre, los hospitales me han dado cierto repelús que no estoy dispuesta a superar a mis veinticuatro años.

Miro a Mike, aunque mis palabras van dirigidas al doctor.

—Le aseguro que me acuerdo perfectamente de lo que ha pasado.

—Eso es buena señal. De todas maneras le haré unas cuantas preguntas para cerciorarme —me indica el médico—. Ha tenido suerte, un golpe así podría haberle salido muy caro.

—Le aseguro que tiene la cabeza bien dura —murmura Mike, visiblemente divertido por mi mala cara.

El médico comienza con una serie de preguntas rutinarias.

—¿Nombre?

—Sara Santana.

—¿Edad?

—Veinticuatro años.

—¿En serio? —duda Mike, divirtiéndose de lo lindo. Lo fulmino con la mirada. —¿Número de teléfono? Lo recito de memoria.

—Voy a apuntarlo como spam en mi agenda —comenta Mike, sacando el móvil.

Estoy a punto de gritarle algo acerca de meterse el teléfono por donde le quepa, pero un nuevo estallido de dolor me deja callada.

—Es normal que le duela. Tendrá un chichón durante unos días, luego no le quedará señal alguna —me informa el médico.

Yo asiento más tranquila.

—No importaría, doctor, tampoco es muy guapa —comenta Mike por lo bajini.

—¡Pues a ti tendrían que ponerte una careta para que no fueras mostrando por ahí esa cara de palurdo! —le grito.

Me vuelvo a llevar las manos a la cabeza. Lo pillo, será mejor que no vuelva a gritar.

—Sara, hoy sería conveniente que se tomara el resto del día con calma. No haga esfuerzos, descanse y evite ponerse de mal humor —me recomienda el médico.

—Le juro que estaré feliz cuando ese cretino se largue —digo, señalando a Mike con desprecio.

—No, no puede marcharse. Tiene que estar acompañada hasta que se vaya a casa.

—Llamaré a un taxi.

Mike no parece afectado por ello, y se limita a decir:

—¿Ya está, doctor? ¿No va a hacerle más preguntas? Podría tener algo malo. No estaba muy bien de la cabeza cuando la conocí, pero aun así.

—No será necesario. Espere unos minutos y llévela a su casa. Sea un caballero—comenta el médico, con una extraña sonrisa en la cara. —Imposible —replico.

Cuando el médico se va, Mike se sienta en el borde de la cama y me mira a los ojos, muy fijamente, con sus ojos fijos en mis labios.

—Ahora que estamos solos. —me dice con voz sugerente. Yo me atraganto con mi propia saliva, ¿no pretenderá ligar conmigo? Mike se acerca a mi cara y me habla a escasos centímetros de los labios. —¿Uno más uno?

—La respuesta es que eres. ¡Gilipollas! —le grito, fuera de mí.

Me levanto de la cama y comienzo a buscar mi cartera y mi teléfono móvil, sin encontrarlos. Miro a Mike con acusación, y a él no parece afectarle.

—Calma, tigresa, el médico ha dicho que no te pongas de mal humor —saca el móvil y la cartera del bolsillo de su pantalón y me los devuelve—. Aquí los tienes. Tu novio ha llamado, como unas cincuenta veces. Decidí que sería mejor cogerlo. Viene de camino.

—Menos mal —suspiro.

Me siento en la butaca y me echo las manos a la cabeza, augurando el bulto que me va a salir en el cogote. Mi llegada a Madrid no podría haber sido peor.

—¿Te duele? —me pregunta.

—¿Y a ti qué te importa? —grazno.

Él se encoge de hombros.

—¿Por qué no te largas? —lo increpo, deseosa de que se marche y pueda quedarme sola hasta que llegue Héctor.

—¿Y perderme tu transformación? ¡Ni hablar!

No voy a perder los papeles.no voy a perder los papeles.no voy a perder los papeles.

Cinco minutos más tarde, Héctor entra en la habitación y recorre la distancia desde la puerta hasta donde yo estoy en dos zancadas. Me coge el rostro entre las manos y me examina.

—¿Cómo te has caído? —me pregunta.

Echo una mirada de reojo a Mike, quien no parece preocupado por lo que yo vaya a decir. Estoy segura de que si le digo a Héctor lo que ha sucedido, esto se convertirá en la segunda parte de Gladiator. Así que opto por contar una mentirijilla con el fin de salir del hospital cuanto antes.

—Me tropecé y me di contra el bordillo.

Héctor me acaricia el pelo y sus ojos se dulcifican. Me doy cuenta de que mi enfado se ha evaporado, y a él parece haberle sucedido lo mismo. Se vuelve a Mike y le da un fuerte apretón de manos.

—Gracias por traerla al hospital.

—No hay de qué —responde Mike.

—Será mejor que nos vayamos, tengo ganas de descansar —le digo a

Héctor.

Él asiente y se despide de Mike, quien para mi irritación, acaba por llevarse el agradecimiento de mi novio. La vida es injusta, en fin... Nos montamos en el coche, de vuelta a la urbanización. —¿No sabías quién era? —pregunto a Héctor. —¿Quién?

—El tipo que me ha traído al hospital. Héctor me mira extrañado. —¿Y quién se supone que es?

—Es Mike Tooley, el vocalista de Apocalypse, la banda de rock —le informo—. Creo que debes ser la única persona en el mundo que no lo conozca. Héctor se encoge de hombros.

—No me gustan las modas pasajeras —se explica—, aunque el tal Mike parece simpático.

Yo me callo y decido guardarme para mí la opinión que me merece Mike. De ahora en adelante, caminaré con más cuidado.

Al llegar a casa, Héctor me ayuda a bajar del coche como si yo, en realidad, estuviera enferma. Me dejo hacer, a pesar de que me encuentro perfectamente. En el fondo, y a pesar de todas nuestras discusiones, sé que amo a este hombre. Amo su sonrisa, su manera de mirarme y de cuidarme.

Mi sobrina Zoé, al verme el chichón, lo señala con un dedito, y para mi sorpresa, hace un puchero. La pobre se pone a llorar y tengo que cogerla en brazos para que se calme.

—No pasa nada, cariño, la tita se ha hecho un chichón pero ya no me duele —le digo, tratando de calmarla.

Aunque la verdad es que me duele mucho. Muchísimo.

Debo estar mal de la cabeza, puesto que tengo que reconocer que por dentro mi alma está regocijándose de placer. Vale, no está bien alegrarse de que una niña pequeña llore, pero lo cierto es que su llanto me ha demostrado que Zoé no siente la indiferencia hacia mí que yo creía.

Al final, tengo que dejar que Zoé pase su manita por el bulto que me está saliendo en la frente para que se calme. Trato de sonreír cuando lo hace, pero lo cierto es que duele, ¡mucho!

"Jodido Mike Tooley", pienso, y me paso las yemas de los dedos por el chichón, tratando de calmar el dolor que siento.

¡Todo esto es culpa suya!

De ahora en adelante, lo juro, no pienso comprar ninguno de sus discos. En cuanto al resto de sus discos, pósteres, reportajes, camisetas y "merchandising" diverso, voy a guardarlo en una caja en el fondo del sótano, lo más alejado posible de mi vista.

Ceno un exquisito risotto que me prepara Ana, y para hacerme sentir un poco culpable, lo sé, la mujer me ofrece una infusión que dice que calmará todo mi dolor. Yo me la bebo con cierto recelo y cara de asco, y al final, resulta que la infusión cumple su propósito. Desecho el ibuprofeno y le pido la receta para la próxima vez.

Estoy en el dormitorio de Héctor, con unas ganas tremendas de dormir y dar paso al siguiente día, que espero, sea mejor que éste. Lo cual, para qué engañarnos, no va a ser complicado. Héctor entra en la habitación y cierra la puerta. No se me pasa por alto que cierra con pestillo.

—Zoé ya está dormida —me informa.

Yo asiento y me meto dentro de las sábanas. Héctor hace lo mismo, y para mi sorpresa, pues esperaba que él sacara a relucir nuestra discusión, él se dedica a masajear mi espalda. En pocos segundos me vuelvo floja bajo sus manos. Él masajea mi espalda con sus dedos hábiles, que presionan en los puntos exactos. Cuando termina, suelto un suspiro de reproche.

Él me mira con ojos divertidos.

—¿Sigues pensando que no quieres que te oigan gritar? —me pregunta en un tono demasiado revelador.

—Haz que se me olvide —le pido.

Héctor me besa y me arranca varios suspiros de placer. Se acomoda entre mis piernas y me quita la ropa, sin dejar que yo sea partícipe de la acción. Se quita los pantalones de una patada, se desabrocha la camisa y vuelve a besarme. Yo lo recibo encantada, y sí, él consigue que me olvide de todo.

Héctor me agarra un pecho entre las manos y se lo mete en la boca. Mis pezones se vuelven tensos. Anhelantes. Sus manos me tocan en cada trozo de piel expuesto, y yo respondo a sus caricias con gemidos de súplica para que continúe.

Él vuelve a besarme. Pasa su lengua por mi labio inferior, lo toma entre sus dientes y tira de él. Mis labios se colorean y se hinchan, tan anhelantes por él como el resto de mi cuerpo.

Yo me agarro a su espalda, y sin importarme su integridad, clavo las uñas en la piel. Héctor gruñe, se agarra a mis caderas y me penetra. Se queda dentro de mí, sin moverse, y me mira a los ojos.

—Dime cómo te gusta que te folle —exige saber.

—Fuerte y rápido.

Él sonríe, sale de mí y vuelve a entrar, empujando de una manera violenta que me vuelve loca. Muerde el lóbulo de mi oreja y susurra roncamente. —Me alegro que estemos de acuerdo. Entonces me folla, tal y como a mí me gusta.

Yo enredo mis piernas alrededor de sus caderas y me dejo llevar por sus embestidas. Cada vez que entra en mí me hace perder la cabeza. Sólo siento su cuerpo. Sólo lo quiero a él. Sólo necesito esto que me da.

Me abrazo a su cuerpo al sentir el orgasmo brutal y desolador, que arrasa con cada célula viva dentro de mí. Él se deja caer sobre mí y rueda sobre su costado, poniéndose de lado y mirándome.

Durante cinco, o tal vez, diez minutos, nos miramos sin decir nada. Al final, sus palabras rompen el silencio.

—Estaba muy enfadado cuando te largaste —me dice.

Yo me pongo tensa y voy a contestarle, pero él se me adelanta.

—Pero cuando me llamaron del hospital creí que me moría.

Yo intento no sonreír, pues no quiero que él vuelva a hacer lo mismo. Siempre consigue que me derrita con cada palabra que me dice.

—¿Y has llegado a alguna conclusión? —pregunto de manera distante.

—Sí.

Él se detiene y lo piensa mucho antes de hablar. Entonces, se pone encima de mí y me mira a los ojos.

—No hay nada en el mundo que pueda separarme de ti, ni siquiera tú.

Yo me acaloro debajo de su cuerpo. Él es demasiado...demasiado... perfecto.

—O tú —lo reto, intentando no caer embaucada por sus palabras, sus gestos, su cuerpo.en vano.

—Puede ser —admite.

—Esta relación es cosa de dos —lo informo, tratando de sonar segura de mí misma.

Él pone una cara tan extraña que no soy capaz de desentrañarla. —Aunque no lo creas, tú sólo eres cosa mía —me dice.