CAPÍTULO 7
TRES días después de lo sucedido, estoy completamente recolocada en casa de mi tía Luisa. Si me pongo a pensarlo es un poco triste. De vuelta a casa de la familia, en paro y con una ruptura sentimental a la espalda, ¿no te parece que mi vida es maravillosa?
Además, para no aburrirme, sigo recibiendo llamadas inquietantes. Esta vez, nadie me amenaza de muerte. Sólo se oyen jadeos. Jadeos asquerosos que me ponen los pelos de punta.
Y para colmo, no puedo evitarlo. Pienso en Héctor constantemente, sobre todo por las noches. Y además, para sobrellevarlo con mayor dignidad, escucho música deprimente, comparto mis desgracias en foros de Internet y me inflo a helado de chocolate. Soy un ser patético. Lo sé y lo asumo.
Durante el día estoy demasiado ocupada tratando de desentrañar el misterio que supone Zoé para mí. No la entiendo. La niña no articula palabra alguna. No ha hablado desde que la conocí. Para más inri, he descubierto que me rehúye. A pesar de su mutismo, Zoé resulta ser una niña cariñosa que ansía estar cogida en brazos. En todos los brazos menos los míos. Por más que intento tocarla, abrazarla o besarla, ella corre espantada hacia otra parte. En cambio, está encantada de ser el centro de atención de los abrazos, besos y mimos de mis tíos. Le da la mano a mi tío Rafael, el marido de Luisa, para ir al parque. Cuando yo intento que vaya conmigo, por el contrario, es como si quisiera llevarla a un matadero.
La indiferencia, peor aún, el pánico que la pequeña Zoé parece sentir hacia mí, me descoloca. Me descoloca y me hiere, para qué engañarnos. Tras la ruptura con Héctor, pensaba que la pequeña Zoé sería un bálsamo con el que cicatrizar mis heridas. El reflejo de mi hermana. Estaba segura de que con ella lo haría mejor, y que de alguna forma, tendría otra oportunidad. Que podría solventar los años de distanciamiento con Érika. Me equivocaba.
Sé que suena egoísta. Parece que considero a la niña como una especie de medicamento con el que sanar mis heridas. Pero si quieres una explicación, en mi defensa diré que... soy egoísta. No se puede intentar cambiar la naturaleza de una persona de un día para otro, ¿no?
Mi tía Luisa es mi paño de lágrimas, y no sé cómo no me ha mandado ya a freír espárragos. Supongo que porque sabe que para mí es como una segunda madre. Tras la enfermedad de mi madre, se ha convertido en esa figura materna a la que pedir consejo.
Mi sobrina está jugando con mi tío Rafael a las Barbies. Es en ese momento cuando ya no puedo más y estallo en otro de mis arrebatos celosos, muy comunes en estos dos días.
—Mírala Luisa. Le he comprado esa muñeca en un intento por ganarme su confianza y la niña no me ha hecho ni caso. Estoy empezando a creer que todo lo que lleve el gen de Érika está destinado a sentir una verdadera indiferencia hacia mí.
Mi tía Luisa me mira como si estuviera loca.
—Deja de comportarte como una niña pequeña —me reprende—, Zoé es un cielo y si se comporta así contigo es porque eres clavadita a su madre. Eso la tiene desconcertada. Sabe que no eres ella.
¿Por qué todo el mundo alude a mi comportamiento infantil? Tengo veinticuatro años. VEINTICUATRO AÑOS. Mi pecho grande y mi talla cuarenta lo evidencian. Lo juro.
—Eso lo dices porque a ti sí te hace caso —contraataco.
Mi tía deja de prestarme atención y se pone a jugar con Zoé. Vuelvo a estar excluida. Enfurruñada, me siento en el sofá y comienzo a hacer zapping en la tele. Mi tío Rafael se sienta a mi lado, y sé que me va a echar la charlita. Es la figura paterna que nunca tuve y me trata como al hijo que nunca ha tenido.
—¿Qué tal el novio, todavía no os habéis arreglado? —me suelta.
El pobre nunca ha tenido mucho tacto para estas cosas. Capto la mirada de advertencia que mi tía Luisa le echa a su marido, pero él, que nunca ha sido muy dado a las sutilezas, ni se entera.
Yo intento no irritarme ante él, que en el fondo no tiene la culpa de que mi vida sea tan miserable.
—Pues no tío, no nos hemos arreglado. Somos muy distintos y lo mejor es que estemos separados.
—¡Anda ya! Pero si se te ve enamoradita perdida.
¡Pero si tiene ojos en la cara!
—No puedo negarlo, pero eso no siempre es suficiente —le aclaro.
—¿Y por qué no? Míranos a tu tía y a mí. Si no fuera por el amor que le profeso, no aguantaría sus caprichos menopáusicos.
—¡Rafael! —le grita mi tía, y le lanza una zapatilla que impacta en toda su frente.
Me río por lo bajini, sin poder contenerme. Mi tío se acaricia la frente y le echa una mirada incriminatoria.
—¿Qué? A ver si voy a tener yo la culpa de que te haya dado por hacer ejercicio a estas alturas de la vida. Y lo que es peor, está decidida a que yo la acompañe todas las mañanas.
—Si no estuvieras tan gordo no tendrías que correr —lo reprende mi tía.
Yo me carcajeo.
Mi tíos son un caso aparte. Son el tipo de pareja entrañable que discute y se reconcilia a los dos minutos. Como Héctor y yo, sólo que nosotros no estamos juntos. Mi corazón llora de pena al recordarlo, y mi subconsciente me dice, con una sonrisita burlona en la cara:
"¡Te lo dije! Siempre lo estropeas todo, Sara problemas".
—Lo que yo te diga, sobrina, para aguantar a tu tía hay que tenerlos muy bien puestos —mi tía pone los ojos en blanco y se mete en la cocina. Él continúa—. Si nosotros dos hemos conseguido vivir juntos durante veinte años seguro que tú consigues a un hombre que te haga feliz.
—Eso espero, tío —respondo sin esperanza alguna.
Esta misma noche, influenciada por la enternecedora reconciliación de mis tíos (Rafael le ha dedicado una romántica canción en el karaoke a mi tía, cambiándole las letras por cosas como "no te cambio pichurri por nada del mundo" o "el jardín de mi Luisa lo riego esta noche"), me he decidido a enviarle un mensaje a Héctor. Tan pronto como lo he escrito y he pulsado la tecla de enviar, he deseado que la tierra me tragara. El mensaje decía lo siguiente:
"Sé que después de todo lo que te dije hace dos días no tiene sentido que te mande este mensaje, pero si no te digo esto reviento: estoy enamorada de ti, y por más que lo intento no puedo obviar lo que siento. Te quiero Héctor. En pocas semanas me enamoré de ti y dudo que pueda sentir algo tan intenso como lo que experimenté contigo. Cuando estábamos juntos imaginé mi futuro de una forma muy distinta a lo que es ahora. Soñaba con formar una familia junto a ti y a Zoé, y aunque ahora sé que no es posible, deseo que seas feliz y encuentres una mujer que te quiera y sepa valorar el hombre que eres. Siento haberte mentido y cada día que pasa me arrepiento por haberlo hecho. No puedo cambiar el pasado, pero si logro que creas en lo que te digo, al menos habré ganado algo.
Gracias por todo lo que has hecho por mí".
Leo el mensaje que ya está enviado y me doy cuenta de dos cosas. La primera, que ya no hay marcha atrás. La segunda, que soy idiota. Rematadamente idiota. I-d-i-o-t-a.
Me paso la noche riéndome como una histérica y recordando párrafos sueltos del mensaje. Uno de ellos me hace delirar de risa:
"Deseo que seas feliz y encuentres una mujer que te quiera y sepa valorar el hombre que eres".
Eso no me lo creo ni yo. Es pensar en Héctor en brazos de otra mujer y me entran los siete males.
A la mañana siguiente me despierto con una cara digna de que hagan una careta en Halloween para aterrorizar a los niños. Mi tía Luisa me lo hace saber, y yo, dedicándole mi mejor sonrisa, le digo que si no le gusta, eso es lo que hay.
Estoy regando las flores del porche mientras que mi sobrina está jugando con Leo a lanzarle la pelota, cuando escucho la verja del porche moverse. Seguro que es el hijo de mi vecina, dando por saco con la pelotita de las narices.
—Paquito, como sigas jugando con la pelotita cerca de la casa y partas de nuevo otra maceta te voy a meter la pelotita por donde amargan los pepinos —lo amenazo.
Soy el "Grinch" de los niños.
—Lo tendré en cuenta —responde una voz masculina en tono guasón. Me vuelvo de inmediato y dejo caer la regadera al suelo. Es Héctor.
—No soy Paquito —se disculpa, y por la expresión de su rostro, se nota que se está divirtiendo—, y me alegro de no ser él.
—No te esperaba —respondo nerviosa, sin saber qué más decir.
Joder, y es evidente que no lo esperaba. Voy en chándal, con un moño y las alpargatas puestas.
—Recibí tu mensaje —me informa.
No sé descifrar el tono de su voz.
¿Está alegre?
¿Indiferente?
¿Molesto?
Yo me pongo roja como un tomate. ¡Qué vergüenza!
Una cosa es mandarle un "cursi mensaje" a un ex con el que piensas que no vas a volver a toparte en la vida, y otra muy distinta es tenerlo delante con la necesidad de hacerle frente.
—Ah —digo como respuesta.
Reparo en lo guapo que es, y de nuevo, sucede como cada vez que lo tengo cerca. Las piernas me tiemblan, el corazón se me acelera y el clítoris me grita: "¡Fóllatelo, fóllatelo!".
Él se acerca hacia mí, y a medida que lo va haciendo, puedo observar cómo la expresión de su rostro se suaviza y mis piernas se convierten en gelatina. Camina decidido y relajado, con las manos en los bolsillos y los labios curvados en una sonrisa.
¡Lámelo, lámelo!
—¿No vas a preguntarme lo que me pareció tu mensaje? —me dice, mirándome a los ojos con ternura. —No sé si quiero saberlo.
—¿No?
Héctor me rodea la cintura con un brazo y me acerca hacia su pecho. Yo puedo sentir su respiración fuerte y calmada, sus ojos ardiendo en mi piel y su sonrisa hipnotizándome.
—¿Por qué estás aquí, Héctor? —le pregunto, esta vez sin vacilar. Con una ansiedad que es palpable.
Héctor me pasa un dedo por la mejilla, acariciándome. He echado tanto de menos que él me tocara.
—Creo que es evidente.
Yo pongo una sonrisa de boba, y las aletillas de mi nariz tiemblan, esperando la respuesta que tanto ansío. Héctor me habla a escasos centímetros del rostro, con su voz ronca y deliciosa. Me mira a la cara y no deja de abrazarme.
—Mis sentimientos hacia ti no han cambiado en todo este tiempo, y sería un estúpido si no hiciera lo que me pide mi corazón. Si sientes lo que decías en tu mensaje, he pensado que...si yo te quiero y tú me quieres a mí, no veo por qué no podemos estar juntos. Tú, yo y Zoé. Los tres juntos. No hay nada que desee más en este mundo que haceros feliz a las dos.
Me lanzo a sus labios y los beso, y Héctor me recibe encantado. Nuestras lenguas se encuentran y nuestros labios se besan en un abrazo que nos une. Es irremediable. Mi cuerpo ha nacido para ser tocado por él. Mi corazón no puede amar a otra persona.
Héctor se separa de mí y me deja un beso en la frente.
—De ahora en adelante no habrá mentiras entre nosotros —prometo.
—Nada de mentiras —repite él.
Yo caigo en la cuenta de algo y lo miro con recelo.
—Genial, porque ahora que podemos sincerarnos el uno con el otro quiero saber quién era la pelirroja del pub y qué hubo entre vosotros.
Héctor suspira y mueve la cabeza de un lado a otro, como pensando: "Nunca cambiarás.". Yo me cruzo de brazos esperando una respuesta.
—Es la dueña de la empresa en la que estoy pensando invertir. No hubo nada entre ella y yo, Sara. Durante todos estos días sólo he estado trabajando para evitar pensar en ti —me explica con naturalidad.
Yo lo creo y doy por zanjado el tema, pero hay algo que aún me hace dudar y se lo hago saber.
—Héctor, no quiero que sigamos peleándonos, pero lo veo difícil. Tenemos personalidades muy opuestas.
—Con lo cabezota que eres, estoy seguro de que tendremos muchas discusiones —se burla él.
—¡Héctor! —lo acuso, irritada porque no se lo tome en serio.
Él me calla con un beso. Y otro. Y otro. Y otro...
Me empuja contra la pared y una de las macetas cae al suelo, haciéndose añicos. Él se ríe, y comenta algo acerca de no estar dispuesto a recibir por donde amargan los pepinos. Yo también me río. Lo abrazo, me enredo en su cabello azabache, nos besamos y siento cómo me derrito de deseo, necesitándolo dentro de mí.
—¡Iros a un hotel! —nos grita la voz de mi tía, encantada de lo que está viendo.
Yo me separo de Héctor, acalorada, y él pone cara de no saber dónde meterse.
—Lo digo en serio —aclara mi tía.
—¡Tía! —la reprendo, y no puedo evitar que una risita de adolescente enamorada se me escape.
Mi tía Luisa se acerca a nosotros con la pequeña Zoé en brazos, que mira a Héctor embobada. Nos señala con un dedo amenazante.
—Ahora mismo te vas a arreglar y te vas a ir con este americano tan buenorro—luego se dirige a Héctor—, y tú te la vas a llevar a un sitio bonito y caro y le vas a quitar las tonterías de un polvazo.
—¡Tía! —grito horrorizada por su falta de decoro.
—¿Qué, hija? Es evidente que te hace falta.
Yo me echo las manos a la cara, avergonzada por la poca vergüenza de mi tía. Una cosa es que me haga ese tipo de comentarios en privado y otra muy distinta es que lo haga delante de Héctor. Como no quiero seguir escuchándola, subo las escaleras y corro a arreglarme, mientras dejo a Héctor que se defienda a su suerte. Al bajar lo encuentro encantado, hablando con total familiaridad con mis tíos como si se conocieran de toda la vida, y llevando a Zoé en brazos, quien se cuelga de él como si fuera un monito. Héctor se la devuelve a Luisa cuando me ve llegar.
—Os quiero ver aquí para la hora de la cena. Vienen unos amigos a cenar y tienen que conocer a tu novio —nos amenaza mi tía.
—Sí, sargento de hierro —le aseguro bromeando.
Mi tía me echa una mirada de "ya verás cómo no te lo traigas".
Minutos más tarde, Héctor está conduciendo y yo no tengo ni idea de hacia dónde vamos. Tiene una sonrisa en la cara y de vez en cuando lo pillo riéndose, así que le pregunto a qué se debe.
—Así que no me tengo que preocupar de que hayas estado con otros. Ha habido secano —bromea.
Yo lo fulmino con la mirada.
—Porque a mí me ha dado la gana, majo. Pretendientes no me han faltado—me defiendo—. ¿Y tú qué?
—No he estado con nadie en todo este tiempo —me asegura, pasándome una mano que va directa al interior de mi muslo.
—Las manos al volante —le ordeno.
Él se ríe pero no aparta la mano, que comienza a acariciarme por encima del pantalón.
—¿Dónde vamos? —digo, intentando centrarme en otra cosa que no sean sus caricias.
—A obedecer las órdenes de tu tía. Yo también he estado muy necesitado de cariño.