CAPÍTULO CXLVII
Ya dejamos salido el Almirante de la Tierra Firme y de sus comarcanas islas; conviene al orden de nuestra historia, que contemos el viaje que hicieron los tres navios que el Almirante despachó de las islas de Canaria, viniéndose él a las de Cabo Verde, para hacer el descubrimiento de la Tierra Firme, que agora hizo.
Ya dijimos arriba en el cap. 120.º, como Francisco Roldan con los de su rebelión se fueron a la provincia de Xaraguá, reino del rey Behechío, estando allí haciendo vida nefanda, y espurcísima y tiránica, teniendo cada uno las mujeres que queria, tomadas por fuerza o por grado a sus maridos, y a los padres sus hijas para camareras, lavanderas cocineras, y cuantos indios les parecía para servirse, y traer consigo, que le acompañasen, como si hobieran nacido de ilustres padres, haciendo fuerzas e importunas violencias donde quiera que estaban y andaban; matando y acuchillando fácilmente a cualesquiera tristes indios por cualquiera desabrimiento que dellos tuviesen. Así que, obrando estas heroicas obras y tales ejemplos de bien vivir a los infieles, que por las obras de los cristianos debieran bendecir al Padre celestial, dando por permisión de Dios, que suele, según los desmerecimientos de los que están en pecados, desampararlos de su mano, y ponerles ocasiones para que, perseverando en su malicia más profundamente, caigan, por la ignorancia de los pilotos, que entonces era harta, y por las corrientes grandes que por esta isla, al menos por esta costa del Sur, van abajo, habiendo de venir a este puerto de Sancto Domingo, los dichos tres navios fueron más de 470 leguas abajo, a donde estaban todos los alzados, donde se hallaron sin saber dónde estaban ni por dónde venían; y paréceme a mí, que aunque adrede lo quisieran hacer, no pudieran peor errarlo. Y, cierto, si hubiera sido posible deste alzamiento en Castilla haberse sabido algo, gran sospecha pudiera tenerse de malicia de los pilotos o de los Capitanes, pero no pudo haberse algo sabido.
Pues como Francisco Roldan y su compañía supieron de los navios, parte temiendo y parte se alegrando, y algo dudando, quedaron espantados; fueron al puerto, que estaba dos leguas, disimularon estar en obediencia del Adelantado, preguntan cómo aportaron allí y qué nuevas habia del Almirante; responden que por yerro y por las corrientes, y que el Almirante sería presto en esta isla con otros tres navios, que tantos dias habia que se apartó para ir a descubrir tierra hacia el Austro: entraron en los navios y hablaron, y regocijáronse con los Capitanes, dos dias. Dióles el Capitán Alonso Sánchez refresco, y tornados a salir con buena paz en tierra como si no estuvieran rebelados, parecióles a los Capitanes que debia salir la gente que traían de sueldo para trabajar, y que se viniese por tierra a esta ciudad de Sancto Domingo, por la dificultad grande que habian de tener los navios por las corrientes y brisas que siempre corrían, y, para guiarla, acordaron que el Capitán del un navio, Juan Antonio Columbo, los llevase, y el Capitán Arana trújese los navios a este puerto. Saltaron 40 hombres, todos con sus ballestas, lanzas y espadas bien aderezadas, a los cuales fácilmente provocó Francisco Roldan y los suyos a que con él se quedasen, afirmándoles que los habian de hacer trabajar y cavar por fuerza, y con mucha hambre y laceria, pero allí en su compañía habian de tener la vida que vían que ellos tenian, la cual no era otra sino andar de pueblo en pueblo de los indios, cada lino con las mujeres que le placía tener, y los sirvientes cuantos querían, fuesen hijas o hijos de los señores y Caciques, aunque les pesase, y haciendo cuanto querían sin que nadie les fuese a la mano, y del todo corrompiendo y alborotando la tierra y las gentes della, robándoles cuanto oro tenian y cualquiera cosa que tuviesen de valor, y cortando las orejas y matando a los que no les servían a su sabor, y otras cosas semejantes, infinitas. Con los cuales hobo poco que trabajar para haberlos de inducir, porque algunos, y hartos, eran homicianos, delincuentes, condenados a muerte por graves delitos, como en el cap. 112.º dijimos, sino fueron siete o ocho que no quisieron cometer tan gran vileza.
Desque cognoscieron los Capitanes que estaban rebelados y andaban sin obediencia, perpetrando los daños que hacían, y desvergonzándose a sosacar los que nuevamente venian de Castilla, fueron a Francisco Roldan, en especial Juan Antonio, el Capitán, que parecía que más de veras aquella maldad sentía, y díjole que por qué hacia cosa tan contraria al servicio de los Reyes, pues tanto él afirmaba estar allí y andar en servicio dellos, que mirase que aquella gente enviaban los Reyes, que ganaban su sueldo, del cual en Castilla habian la mitad de un año recibido, para que le sirviesen en sacar oro de las minas y en otras cosas y oficios, para los cuales dedicados venian, y cuánto estorbo al servicio de los Reyes se causaría, por eso que no diese lugar a tanto daño, escándalo y confusión como dello se crecería. Roldan no curó de sus palabras ni de los daños que le ponían delante futuros, sino del provecho que al presente con tan buen lance se le ofrecía, porque se engrosaba y fortificaba para se defender del Almirante, a quien él harto temia (como a quien tanto habia sido ingrato y ofendido), allegándosele gente más de la que tenia. Estaban con él 75, y creo que algunos más hombres, y 40, pocos menos, que allí le habian recrescido, tenia ya 100 y más, por manera que Juan Antonio acordó de volverse a los navios, y él y Pedro de Arana pusieron recaudo en la otra gente que quedaba en ellos no se les saliese; y acordaron partir para este Puerto de Sancto Domingo, quedándose el Capitán Alonso Sánchez de Carvajal para venirse por tierra y trabajar con el Roldan, si pudiera a la obediencia reducirlo.
En este tiempo alcanzó el Adelantado a saber, por nuevas y relación de indios, como andaban tres navios hacia el Poniente, luego sospechó que debían venir de Castilla y haber errado el camino; despachó luego una carabela para buscarlos y traerlos.
Antes que estos tres navios llegasen, habia escrito Francisco Roldan y los que con él estaban, a algunos amigos suyos de los que estaban con el Adelantado, que tuviesen manera con el Almirante, si viniese, de lo aplacar y reconciliar con él, y que él quería a la obediencia prístina reducirse; aunque después tuvo mil mundanzas y engaños.