XXXVIII
Sabrás, Tácito, que en un último y desesperado esfuerzo para salvarse a sí mismo, Vitelio mandó mensajeros al general de las fuerzas flavianas, Antonio Primo, buscando condiciones o al menos una tregua. Pero era demasiado tarde; la lucha había ya explotado en los alrededores, entre los jardines, granjas y senderos serpenteantes o callejones. Aun así, Vitelio no parecía abandonar la esperanza, que, como ocurre a menudo, sobrevivió a la pérdida de su sentido de la realidad. Se reclutó a las sacerdotisas vírgenes de Vesta para que obtuvieran para él, con sus plegarias, unas pocas horas más de vida y un Imperio ficticio. Se dirigieron a Antonio y le instaron a que les concediera al menos un solo día de tregua, tiempo durante el cual se podía solucionar todo. Se asumió que, al hacer esto, tenían la intención de poder asegurar un medio de transferir el poder sin más derramamiento de sangre. Todo fue en vano. Antonio replicó adecuadamente que, con el asalto al Capitolio, todas las cortesías usuales de la guerra habían desaparecido; no quedaba nadie que pudiera dar crédito a las palabras de Vitelio.
De todo esto me enteré después por el propio Antonio.
Entonces preparó el asalto a la ciudad. Avanzó con tres divisiones, una directamente a lo largo de la Via Flaminia, la segunda siguiendo las orillas del Tíber, mientras que la tercera se dirigió a la Puerta Colline por la Via Salaria.
Las tropas de Vitelio, inferiores en número, tuvieron que ceder continuamente.
Hacia el mediodía me atreví a subirme al tejado del bloque del apartamento de Hipólita esperando poder seguir desde allí el desarrollo de la batalla y de esta manera escoger el momento más oportuno para unirme a mis amigos. Pero sólo podía ver fragmentos aislados. Fueron suficientes para persuadirme de que los vitelianos estaban cediendo terreno, pero que, desesperados y con ninguna posibilidad de escapar, cayeron en esa danza de la muerte que el momento extremo provoca. Así que, abrazando a Sibila y dándole las gracias a Hipólita, a la que no le desagradó verme listo para emprender la marcha, yo me despedí, asegurándoles que, fuera cual fuera el resultado del día, las vería sanas y salvas. Me alegro de poder decir que cumplí mi promesa.
Tácito, no quiero volver a ver jamás la degradación que se presentó aquel día ante mis ojos. Fue macabro. Bandas de soldados tomaban parte en combates cuerpo a cuerpo a lo largo de los estrechos callejones. No había ni orden ni dirección, porque en las luchas callejeras se trata de que cada hombre ataque y se defienda por sí mismo. Sin embargo, los ciudadanos eran espectadores. Se podía ver un grupo de hombres, de pie junto a la puerta de una taberna, con tazones de vino entre los puños apretados, mientras que, a pocos pasos de ellos, los soldados jadeaban, sudaban, chillaban y apuñalaban. Cuando se desencadenaba una pelea, no por un deliberado acto de voluntad, en una de las plazas de la ciudad, las gentes se asomaban a sus ventanas, sacando casi todo el cuerpo por ellas y dando voces de aliento o profiriendo juramentos, como si fueran aficionados en el Circo y los gladiadores legionarios estuvieran condenados a muerte. Tal era el espectáculo de esos encuentros que se oían los gritos más extraños y degradantes, como «¡Viva la muerte!», y se hacían apuestas por el resultado de peleas individuales. En un callejón vi a un niño pequeño, de no más de tres años de edad, salir tambaleándose de un portal, vestido sólo con una camisilla, con el culo al aire y sucio de barro, y después, otra vez tambaleándose, con una expresión de indiferencia, meterse entre dos soldados que se movían adelante y atrás y que se embestían el uno al otro. El niño puso su brazo alrededor de la musculosa pierna de uno de los que estaban luchando, y se agarró a ella, mientras que la sangre chorreaba de una herida en el muslo del soldado y se mezclaba con el cabello rizado del pequeño. El soldado, incapaz de quitarse al niño de encima o no dándose cuenta de su presencia, intentó atacar a su adversario y, al balancearse excesivamente, expuso su garganta a una estocada. Se desplomó, el niño cayó con él y, repentinamente asustado, empezó a llamar a gritos a su madre. El soldado victorioso avanzó sobre el cuerpo de su víctima, sin tener en cuenta al niño y, empezando a correr, se fue en busca de nuevos enemigos y desapareció detrás de la esquina al final del callejón. Sólo entonces la madre del niño —o tal vez otra mujer— lo cogió en brazos, le sacudió el polvo y trató de calmarlo.
La batalla más encarnizada fue en el campo de Marte. Yo me uní a una cohorte de legionarios, o a lo que quedaba de ella. El centurión de más alto rango, con sangre que le chorreaba de un corte profundo en el ojo, me reconoció: había luchado por Otón unos meses antes.
—Están luchando hasta el último hombre —dijo—. Sólo los dioses saben por qué.
—Apuesto a que no —masculló un soldado.
—Será peor en el campamento de los Pretorianos —dijo el centurión. Entonces, levantando su espada ensangrentada, gritó—: Vamos, amigos, una carga más.
Durante unos momentos pareció una batalla regular. Apareció un espacio entre las dos fuerzas combatientes. A los hombres se les gritaba y empujaba para que formasen en línea. Del caos resurgió el orden. Entonces avanzamos, primero a un paso fijo y regular y después, siguiendo las órdenes del viejo centurión, las líneas iniciaron un trote. No pudo haber durado más de diez o doce pasos, pero nos dio un impulso. Las espadas chocaron con los escudos. Yo llevaba la mía a la derecha, el escudo siguiendo a la hoja que se introduce en el cuerpo, y, con un movimiento de la muñeca, pasé el escudo al lado del cuerpo y le metí la punta en el cuello, justo por encima del peto. Mi adversario cayó de rodillas, la sangre empezó a salirle a borbotones por la boca, y yo entonces retiré la espada mientras él caía sobre los adoquines del suelo.
La formación enemiga se deshizo y varios de ellos —eran soldados auxiliares germanos— arrojaron al suelo sus armas para librarse de su peso y poder huir más deprisa. El viejo centurión gritó para que nos detuviéramos. La mayoría obedeció. Algunos, a los lados, que tal vez no habían oído el grito, continuaron su persecución, lo suficientemente deprisa para matar a unos cuantos más de nuestro enemigo derrotado.
Entonces avanzamos otra vez en cierto orden, testimonio de la profesionalidad de los soldados y las órdenes del centurión, más allá del Campo de Marte (que era ahora nuestro) y hacia el Capitolio. Había cadáveres por todas partes. Todos los canalones manaban sangre. Tres hombres habían sucumbido junto a la entrada de un prostíbulo. Vi a un desgraciado abrirse camino entre los cadáveres y examinarlos, respondiendo a la sugerencia de una prostituta nubia.
Tácito, ¿debo cansarte a ti, y rememorar la repugnancia que sentí, relatando los sucesos de ese terrible día? La oscuridad iba cayendo sobre la ciudad, pero la matanza no cesaba, ni la más degradada parte del populacho parecía dispuesta a dejar de contemplar, con avidez, la ininterrumpida masacre. Me pareció entonces que eran como esos hombres que obtienen placer del acto sexual de otros.
Puedo dejar a tu imaginación —a tu muy literaria imaginación— la recreación de un espectáculo más vívido del que yo te pueda describir, y puedo confiar en que pierdas el punzante desprecio de un hombre cierto de su propia virtud, ante los horrores que se producían por doquier. Por un lado, estaba el libertinaje de una ciudad entregada al lujo y a un placer más degradantemente ávido si se tenían en cuenta los desastres que en los últimos meses habían caído sobre Roma y aquellos, todavía peores, que eran aún inminentes; y por otro, estaban las crueldades y la miseria de una ciudad saqueada por hombres que habían olvidado todo lo que distingue al hombre civilizado del bárbaro.
Sí, te lo puedo dejar a ti. Tú lo sabrás describir más convincentemente.
Pero hay ciertas escenas que angustian mi memoria y que recuerdo todavía, tantos años después, en las horas de insomnio, cuando, privado del sueño, vuelvo a vivir una y otra vez la pesadilla de mi vida. Pongamos, por ejemplo, el caso de un legionario al que vi —un hombre rechoncho, barbudo y barrigón— arrancar su espada del cuerpo de un conciudadano, escupir en el contorsionado rostro que levantaba los ojos hacia él y coger entonces a una niñita de no más de diez años de edad, que estaba de pie en la puerta de una casa vecina, con el dedo pulgar en la boca. Cogió violentamente a la niña, que ahora se resistía y gritaba, y poniéndosela debajo del brazo salió corriendo a lo largo de un ruidoso callejón. Entonces la lanzó sobre el carro de un transportista, que estaba allí abandonado, y rasgó su ropa hasta dejar a la vista los genitales de la niña. Estaba a punto de abalanzarse sobre ella, cuando aparecí yo y clavé mi espada en su enorme culo. Puedo oír todavía sus gritos y oler sus excrementos. Cuando cayó al suelo, conteniendo mi repugnancia, le di una patada en la cabeza y escurrí mi espada sucia en sus carrillos. La niña saltó del carrito y echó a correr. Me pregunto aún si llegó a casa y si vivió.
Noté una mano en el hombro. Era la del viejo centurión.
—Era uno de los nuestros —dijo—, el asqueroso bruto.
—¿Fue esto por lo que te enrolaste en el ejército? —le dije. Sus ojos azules estaban inyectados en sangre.
—Ésa es una pregunta que no quisiera hacérmela a mí mismo.
Un joven soldado pasó corriendo y, con gran asombro mío, saludó al centurión.
—Hay rumores de que se han entregado en el campamento pretoriano.
—Puede haber rumores —contestó el centurión—, pero yo en tu lugar no contaría con ello, muchacho. Se volvió hacia mí.
—Conoceréis el palacio, señor —dijo—, estando como estabais en el personal de Otón. Pobre desgraciado, en un día como éste se suicidó. Pero, conociendo el palacio como lo conocéis, ¿qué os parece si vamos ahí en busca del bastardo de Vitelio? No nos perjudicará mucho ser quienes le arrestemos.
Cuando era niño, ya casi en la adolescencia, tenía un sueño que se repetía con frecuencia. Me encontraba abandonado en una gran casa. La primera habitación estaba llena de objetos bellísimos y hermosas estatuas que, sin embargo, me asustaban, porque parecían moverse siempre que mis ojos dejaban de mirarlas. Entonces fui conducido por una fuerza que yo no reconocía pero que no tenía poder de resistir, a través de una serie de habitaciones, cada una más mezquinamente amueblada que la que yo acababa de dejar. Al moverme oí pesadas pisadas, como si fueran de piedras ambulantes, por detrás de mí. Finalmente, pasé a través de una larga cámara cuyo suelo estaba cubierto por una espesa capa de polvo y donde colgaban de las cornisas telas de araña. La cámara tenía en uno de sus extremos una puerta tachonada de trozos de pesado metal que no cedía a mi empuje. La llave de hierro, grande como la mano de un hombre, no giraba, y empujé mi cuerpo contra la puerta, al tiempo que las pisadas se acercaban cada vez más y una risa burlona llenaba el aire vacío.
Entonces el sueño se hizo realidad. El palacio imperial, abarrotado de soldados, oficiales, secretarios clientes, libertos y esclavos sólo unos días antes, estaba ahora desierto, silencioso como una tumba, a no ser por el distante murmullo de la ciudad que se extendía abajo. Pasamos silenciosamente a través de las habitaciones como en un estado de sobrecogimiento. No éramos los primeros en llegar. Otros soldados habían estado allí antes que nosotros. Había señales de robo: arcones boca abajo o saqueados, tapices arrancados de las paredes, plintos que ya no sostenían bustos, cerámica rota, botellas de vino vacías. En una habitación, donde tal vez los hombres habían expresado su desprecio por el destrozado emperador, se sentía un acre olor de orina. En otra yacía un esclavo con la garganta cortada. Tal vez había vuelto o se había demorado en busca de botín, y soldados que le habían descubierto le arrancaron su tesoro de las manos.
Las estancias personales del embajador eran las más maltratadas. No había un solo mueble que no hubiera sufrido daño. El contenido de los arcones revueltos que no tenía valor estaba desperdigado por el suelo. Las pinturas murales arañadas. Había un montón de excrementos en un rincón de su dormitorio.
—Hemos llegado demasiado tarde —dijo el viejo centurión—. Otros bastardos lo han apresado.
—Creo que no —repliqué—, es imposible que no nos los hayamos encontrado, o al menos hayamos oído los gritos de la chusma que debía seguir a la aparición de Vitelio. Tal vez no esté aquí. Es posible que en los últimos tiempos no estuviera aquí. En cualquier caso, no ha sido apresado aquí, de eso estoy seguro.
Una pareja de soldados se acercó a nosotros, arrastrando a un flaco y quejumbroso muchacho entre ellos.
—Lo encontré en las cocinas, señor. Dice que es el pastelero. —Puso la punta de su espada bajo la barbilla del muchacho—. Dile al oficial lo que me dijiste a mí.
La historia, que salió de sus labios entre quejidos de terror y súplicas de misericordia, era simple: Vitelio había ciertamente salido del palacio transportado en una litera hasta casa de su suegro en el Aventino. Ésa era su intención. Pero él había regresado, el muchacho no sabía por qué. Fue entonces cuando él, el pastelero, se había escondido, porque no tenía ningún sitio donde ir. Era un esclavo, sin familia. ¿Dónde había un refugio para seres como él? Así pues, se había ocultado en el armario de la carne, en la cocina. La última vez que había visto al embajador fue cuando la litera regresó, colina arriba, al palacio.
—Déjale marchar —ordenó el centurión—. No puede hacer ningún daño. El chico nos miró asustado y salió corriendo hasta perderse de vista.
En algún lugar, en los recovecos de las estancias traseras, un perro ladró. Volvió a ladrar.
Fuimos en la dirección del sonido. Seguimos las vueltas de los pasillos en la penumbra de la noche que se nos echaba encima. Al cabo de poco tiempo reinaría la total oscuridad y no disponíamos de lumbre. Entonces, al final de un largo corredor vimos al perro. Estaba sentado sobre las ancas y volvió a ladrar cuando nos vio. Al acercarnos, saltó hacia nosotros, pero se vio impedido por la cadena que llevaba sujeta al cuello. La cadena estaba enganchada al pomo de la puerta frente a nosotros. Un soldado la soltó y se llevó al perro, que saltaba junto a él, contento de que lo hubieran liberado. Intentamos abrir la puerta, pero no se movía. El perro estaba ahora tranquilo y por un momento todo estuvo en silencio. Entonces, uno de los legionarios, un corpulento ilirio, empujó a los otros a un lado, dio tres pasos hacia atrás y se abalanzó contra la puerta, golpeándola con el hombro. Se oyó el ruido de madera rota y la puerta cedió. Ahora era fácil abrirla. Alguien había puesto una cabecera de cama y una mesa contra ella. Daba a una habitación pequeña, donde se almacenaban artículos que no se necesitaban. No se veía a nadie. Pero poco después se oyó desde un rincón, donde estaban amontonadas alfombrillas y cubiertas de muebles, el sonido de un hombre conteniendo el aliento. A este sonido le siguió un estornudo. Me adelanté, me coloqué sobre el montón de alfombras y pude distinguir una figura humana; bajé la mano y, cogiéndolo por el brazo, saqué a Vitelio y le ayudé a incorporarse.
Oirás diferentes versiones de esta captura, no tengo la menor duda de ello. Pero créeme, Tacito, la mía es la cierta. Puedes creerme porque no me enorgullezco de lo que siguió. De hecho, el recuerdo me llena de vergüenza.
Mi intención era someterlo a un arresto formal y mantenerlo cautivo hasta que se restableciera el orden en la ciudad y los jefes de nuestro partido —ciertamente, el propio Vespasiano— decidieran qué se podía hacer con él: si debía ser formalmente enjuiciado o convenía deshacerse de él por orden imperial. Ésta habría sido la manera adecuada de comportarse. Así que le saludé con el respeto debido a un hombre que había sido aclamado como emperador, aunque yo nunca había reconocido su título. Estarás de acuerdo en que esto era lo correcto.
Al principio, lamento tener que decirlo, él negó ser quien era. No, balbuceó, no era Vitelio.
¿Cómo podíamos suponer que lo era? Estas protestas dieron lugar a burlas e insultos de los soldados, que ese día habían luchado contra hombres dispuestos a dar la vida por esta criatura y que habían aguantado mucho hasta llegar a este momento. Entonces Vitelio cambió de táctica, después de que yo le recordara quién era y lo recientemente que había estado en su presencia como emisario de Flavio Sabino, «cuya muerte no tuviste la fortaleza de evitar», añadí. Cuando oyó estas palabras, se arrojó al suelo y me puso los brazos alrededor de las piernas rogándome que le perdonara la vida.
—Tengo algo importante que decir en relación con Vespasiano —gimió—. Llevadme a un lugar en que esté custodiado pero a salvo; será para ventaja vuestra, os lo aseguro, os lo garantizo.
—¿Le clavo la punta de la espada en la molleja, señor? —preguntó el centurión—. Es un hombre repugnante, y cuanto antes terminemos con este saco de mierda mejor será para todos nosotros. Es peor que Nerón. Al pensar que pueda haber hombres que coloquen a seres como éste en el lugar del divino Augusto o de Tiberio, el estómago se me revuelve.
—No —dije—, aunque comprendo lo que sientes; créeme, de verdad lo comprendo. No obstante, haremos lo que nos pide. Le corresponde al emperador Vespasiano decidir el destino de este desgraciado.
Hubo un murmullo de desaprobación por parte de los soldados, una insinuación de motín, pero el centurión era un hombre de honor y dijo:
—Como lo ordenéis, señor.
Envainó la espada y ordenó a los soldados que hicieran lo mismo. Ordenó a dos de ellos que sujetaran a Vitelio, que apenas parecía poder andar solo debido a la debilidad de su voluntad más que a la de su cuerpo.
Así, dando una gran impresión de orden y dignidad, salimos del palacio. En ese mismo momento nos interceptó una tropa conducida por el tribuno Julio Plácido.
—Tenemos problemas —masculló el centurión.
Yo me presenté al tribuno, que me conocía de nombre pero se sabía más importante y superior en jerarquía. Me felicitó sin mucho énfasis y aseguró que ahora era él quien se iba a ocupar del asunto. Ordenó que ataran las manos detrás de la espalda a Vitelio para demostrar que era un prisionero. Yo le comuniqué mis intenciones, añadiendo, como era mi deber, que Vitelio alegaba que tenía algo de importancia que decirnos relativo al bienestar de Vespasiano. El tribuno replicó:
—¿Y tú le creíste?
—No —respondí—, pero, en cualquier caso, eso es irrelevante. Es un prisionero del Estado.
—Yo me encargaré de él.
¿Qué podía hacer yo? Habría sido impropio insistir en mi petición. Se trataba de un superior. Ciertamente, al no tener un puesto oficial, incluso el centurión era superior a mí, y la consideración que me mostraba se debía más a mi familia y crianza, o tal vez a mis modales. Yo sólo podía situarme a la cola, un inútil testigo de un espectáculo degradante, al que se añadía la sensación de culpabilidad que me infundía la mirada preñada de reproche, que el miserable Vitelio me dirigía.
Le hicieron marchar lentamente desde la colina de los emperadores. Los soldados que le sostenían a ambos lados mantuvieron las espadas desenvainadas, por orden del tribuno, y las levantaron de manera que las puntas tocaran la parte inferior del mentón de Vitelio. Así pues, se vio obligado a mantener la cabeza alta y no pudo ocultar la vergüenza de su situación. De esta manera descendieron por la Via Sacra.
Sólo un incidente alteró el melancólico avance. Un soldado germano, miembro de la guardia personal de Vitelio (como se confirmó después), saltó de detrás de una columna con la espada levantada sobre su cabeza. Creo que su intención era deshacerse de su señor, bien en un momento de cólera, o, más probablemente (como yo me incliné a creer), por compasión: para salvarle de la degradación que le esperaba antes de la muerte. Pero se lo impidió un legionario que se precipitó hacia él. Hubo un forcejeo; durante un instante el germano se soltó de ellos. Blandió su espada otra vez, pero, no pudiendo alcanzar a Vitelio, sólo logró cortarle la oreja al tribuno. Entonces dos soldados cayeron sobre él y le mandaron delante de su amo, a la oscuridad que a todos nos espera.
Se había ido congregando una multitud, alertada como siempre por el rumor de lo que estaba ocurriendo, y se reunió alrededor de la pequeña columna al entrar en el Foro. Había entre ellos muchos que unos días antes habían vitoreado a Vitelio. Algunos de los que se encontraban allí le habían obligado a romper el acuerdo que había pactado con Flavio Sabino (ese acuerdo que le garantizaba su seguridad, prosperidad y una ancianidad tranquila). Ahora le insultaban a gritos, algunos le arrojaban excrementos, otros barro o lo que tuvieran más a mano. Con las vestiduras destrozadas, el rostro y el cuello embadurnado de porquería, la cabeza mantenida aún erguida por la punta de las espadas, Vitelio ofrecía un espectáculo que era tan digno de lástima como causante de repugnancia. Porque una chusma en estado de frenesí no conoce la compasión. Vitelio sufría. Una vez, y creo que fue sólo una vez, sus labios se movieron y fue capaz de hablar. Se dijo más tarde que sus palabras no carecían de dignidad: «Sin embargo, yo fui vuestro emperador». Pero no sé si fue ciertamente esto lo que dijo, o si alguien puso después en sus labios las palabras adecuadas. Yo no estaba suficientemente cerca para oírle. Es muy probable que mascullara una palabra pidiendo merced, aunque sabía que estaba ya lejos de que se le otorgara.
De este modo le condujeron hasta las Gemonias, adonde unos días antes se había arrojado el cuerpo de Flavio Sabino. Allí lo mataron, no de una manera varonil, con un solo golpe de espada, sino lentamente, con una acumulación de pequeños cortes y tajos hasta que, finalmente, el tribuno, sujetando con una mano un paño para restañar su propia herida, les dijo a los soldados que se hicieran a un lado y él mismo dio unos hachazos al cuello de Vitelio hasta que la cabeza estuvo medio separada del cuerpo.
Después fue arrastrado al Tíber y arrojado a las aguas, que estaban ya rojas con la sangre de las batallas luchadas corriente arriba.
Así terminó…
¿Qué puedo decirte, Tácito?
Nada. Me alegra haber concluido la tarea que me encomendaste y que he llevado a cabo dolorosamente, con honestidad y respeto a la verdad. Haz tú lo mismo en tu Historia. Estoy seguro de que la leerán cuando yo esté ya relegado al olvido, porque tú eres un gran artista. Nunca lo he dudado. Te ruego solamente que me prestes el honor debido en lo que escribas y que reconozcas mi contribución. Esto me proporcionará un destello de inmortalidad.
¡Qué vano deseo!
Sabrás, naturalmente, que Domiciano, al salir de su escondite, desempeñó inmediatamente el papel de hijo del emperador de manera tan altiva e imperiosa que cualquiera que le observara entonces podía haber adivinado cómo se comportaría cuando le llegara su propia hora. Pero no hay nada de importancia que pueda contarte concerniente a eso.
Así que ¡adiós! y que la buena fortuna guíe tus pasos en tu trabajo y en tu vida.