XXIX
Es necesario ahora, Tácito, hablar de lo que estaba pasando en Oriente, incluso mientras esperábamos a Vitelio en Roma. Naturalmente, lo que tengo ahora que relatar tiene un carácter distinto de lo que he relatado antes, porque no puedo hacerlo como testigo ocular. Tendrás también otras fuentes de información, que puedes de hecho preferir a las mías. Eso es cosa tuya. Pero yo también deseo asegurarte que lo que te tengo que decir es auténtico, en la medida que una versión individual de la historia puede serlo. Te darás cuenta de que la persona que me informó de esta historia fue Tito. Así que tendrás que ser indulgente en lo relativo a la posibilidad de que me haya dado la versión de los acontecimientos y el análisis de la situación que a él le habría gustado que los historiadores como tú aceptaran. Pero también comprenderás que hasta una versión partidista tiene su valor; y no dudo que la compararás con otras versiones que recibirás de otros testigos e informadores, algunos de los cuales tal vez contradigan lo que tengo ahora que contarte. Eso es todo.
Como sabes, los generales de Oriente habían planeado un asalto contra el Imperio incluso mientras Otón vivía. Luego, durante algún tiempo, estuvieron dudando. Esta vacilación irritó a Tito. Comprendió, no obstante, que su padre se contuvo de tomar iniciativa alguna, no por temor o falta de ambición, sino porque era su costumbre sopesar las ventajas y desventajas de cualquier objetivo que se propusiera. Vespasiano tenía sesenta años. Hay hombres que al hacerse viejos se hacen más atrevidos, otros más precavidos. Vespasiano no había sido nunca precipitado. Era natural que ahora vacilara. Tenía motivos para ser cauteloso. En primer lugar, conocía la calidad de las legiones germanas, algunas de las cuales había mandado él mismo. Le impresionó que, con toda la fuerza de la posición defensiva de Otón, los hombres de Vitelio hubieran tenido la decisión de superarlos. No se habían mostrado reacios a asesinar a sus conciudadanos en una guerra civil. No podía tener la seguridad de que sus propias tropas mostraran una falta semejante de escrúpulos. Es más: Vitelio tenía ahora la ventaja de la posición defensiva que Otón había desperdiciado tan imprudentemente. Aunque Vespasiano no sentía respeto alguno por Vitelio, sabía que Cecina y Valens eran hombres con habilidad bélica. Sabía también que la suerte de la guerra nunca está decidida, y que su resultado no puede ser calculado con anticipación. Había tenido que luchar con muchas dificultades para lograr su presente y honorable posición; se resistía a arriesgarlo todo en una tirada de dados.
Al principio, se sentía inseguro de si el ejército oriental prefería ser dirigido por él o por Muciano. El prefecto de Egipto, Julio Alejandro, no ocultó su creencia de que Muciano debía ser el que fuera proclamado emperador. Y Muciano era más popular con las legiones. Respetaban a Vespasiano, como los soldados respetan siempre a un general que se preocupa de sus vidas en la batalla. Pero amaban a Muciano, como aman los soldados a un general disoluto que no obstante es un favorito del dios de la guerra. Para ellos, Muciano, con sus perritos y los jovencitos pintados de su séquito, era una «personalidad», un «tipo cómico», como lo expresaban ellos. Les habría gustado nombrarle emperador y cantar canciones obscenas en su triunfo.
Pero Muciano no estaba tomando parte en el juego. Tenía dos razones para renunciar a la oportunidad de ostentar la púrpura. Primero, era perezoso. Simplemente, no podía imaginarse a sí mismo cargado con la administración del Imperio y, como era inteligente y lo suficientemente responsable para saber que cualquier emperador que descuida los asuntos del gobierno es despreciable, conservaba, a pesar de sus muchos vicios, un fuerte orgullo. En segundo lugar, no tenía hijos. Se decía que nunca se había acostado con una mujer, y yo creo que esto es cierto, aunque estuvo casado al menos una vez, y tal vez dos. Pero no le gustaba la forma del cuerpo femenino y tampoco, dijo él mismo, el olor de las mujeres. Como no tenía heredero, le importaba un bledo la posteridad.
Eso no era todo. Muciano adoraba a Tito. Creo que fueron amantes por un tiempo breve, aunque Tito lo negó una vez cuando yo le acusé de ello. Naturalmente, aunque lo hubieran sido, no lo eran ya. Ahora Tito estaba demasiado viejo para Muciano, cuyo deleite eran los jovencitos lampiños. Pero, sin embargo, seguí adorando a Tito y no podía mirarle sin revivir los recuerdos de su antiguo deseo. Y le encantaban el porte, la belleza, el ingenio y la inteligencia de Tito. Por lo tanto, le dijo a Vespasiano: «Si me eligieran emperador, lo primero que haría sería adoptar a tu encantador Tito como mi heredero. Pero como es ya el tuyo, esto me parece particularmente innecesario, querido. Tito será emperador si los dioses así lo desean y nuestras armas lo favorecen, cualquiera de nosotros dos que ostente primero la púrpura. Lo lógico es que seas tú. Sus dones le granjearán respeto, ese respeto que un emperador necesita y que no se le ha concedido a ninguno desde Tiberio. Pero su sucesión será la más segura e indiscutible si sigue a su padre natural, en vez de ser el heredero adoptado de un hombre cuya forma de vivir hará pensar a muchos que escogió a Tito porque el muchacho fue una vez el destinatario de lo que llamarán sus “vergonzosas atenciones”».
Se rió al pensarlo. Pero sé de buena tinta que su manera de hablar le hizo preguntarse a Vespasiano, por primera vez, si su hijo había sido alguna vez el amante de su colega. Sin embargo, no podía por menos de agradarle que Muciano estuviera tan convencido en su decisión de hacerle a él emperador.
Y de ello dio una prueba inmediata cuando persuadió u obligó a Julio Alejandro a transferir su apoyo a Vespasiano. Esto tuvo una gran importancia porque, como tú indudablemente recordarás a nuestros lectores, quienquiera que domine Egipto puede exigir un rescate por Roma, a causa de su control del comercio de grano.
Así que en cualquier guerra larga, el señorío sobre Egipto le aseguraba una ventaja a Vespasiano.
Sin embargo, incluso ahora, aunque había llegado el rumor de que Vitelio estaba establecido en el Palatino, Vespasiano dudó en permitirse a sí mismo ser proclamado emperador. En su opinión, no podía moverse hasta que se hubiera asegurado de que las legiones estacionadas en el Danubio estaban a su favor. Aquí tuvo un golpe de fortuna. Una de las últimas acciones de Nerón, o más bien de sus ministros, porque a Nerón no le gustaba molestarse con asuntos así, fue el trasladar la tercera legión (en la Galia) a la frontera del Danubio. Esta legión, cuyo mando había estado anteriormente a cargo de Vespasiano, había ganado entonces honores y lo tenían a él en gran estima. Así que sus oficiales habían decidido persuadir a los generales de las otras legiones del Danubio de que sólo Vespasiano podía rescatar al Imperio del desprecio y de la maldición de una guerra civil.
Muciano aconsejó también a Vespasiano que mandaran emisarios de sus legiones a Roma, para informar a Vitelio de que todas las legiones de Oriente le habían jurado lealtad a él.
—De esta manera —dijo—, ganaremos la ventaja de unas cuantas semanas. Si conozco a Vitelio, creerá lo que quiere creer, aflojará su vigilancia y se dedicará al placer.
Y esto, ciertamente, fue lo que sucedió.
Pero los mismos emisarios llevaron también, secretamente, cartas de Vespasiano a su hermano Flavio Sabino, urgiéndole a que no perdiera tiempo en organizar ayuda para él en Roma, y me trajeron también a mí una carta de Tito. Domiciano volvió a manifestar su descontento y decepción ante el hecho de que ni su padre ni su hermano le hubieran escrito directamente a él. También entonces yo pensé que tenía motivo para ofenderse, así que no le dije que Tito me había escrito a mí. De todas maneras, no podía enseñarle la carta, en parte porque a Tito no le gustaba compartir con Domiciano información relativa a los planes de su padre, y en parte porque los términos afectuosos con que estaba escrita habrían suscitado los terribles celos de Domiciano.
Flavio Sabino insistió ahora en que Domiciano no permaneciera en lo que se pudiera llamar la oscuridad, sino que se debía mostrar en público, frecuentar el Foro y los baños y comportarse, en general, como le correspondía al hijo de un distinguido general que era un leal servidor del emperador reinante. Me siento obligado a decir que Domiciano obedeció a regañadientes y de mala gana. Se quejaba de que lo estaban utilizando, pero no consultando, y dijo que no creía que su aparición en público fuera de alguna utilidad para convencer a Vitelio de la lealtad de su padre. Me atrevo a decir que tenía razón en esta aserción. En cualquier caso no pasó mucho tiempo antes de que un oficial de la guardia personal de Vitelio se presentara en la casa de la calle de las Granadas, con una orden demandando que Domiciano se personara en el cuartel general de la policía todos los días al mediodía. Esto era tan alarmante como ofensivo. Flavio Sabino protestó en nombre de su sobrino, pero, durante unas semanas, Domiciano, ruborizándose intensamente y temblando con un temor mal disimulado, hizo lo que se le había exigido.
Mientras tanto, como me había anunciado Tito, los acontecimientos marchaban en Oriente. El prefecto de Egipto, Julio Alejandro, proclamó a Vespasiano emperador el primer día de julio e hizo que las legiones estacionadas allí prestaran un juramento de adhesión. Todo se había preparado bien y no hubo oposición. Dos días después, las legiones destinadas en Judea hicieron lo mismo, aunque su general, Tito, estaba todavía viajando desde Antioquía, donde había estado consultando con Muciano. Hicieron esto, por consiguiente, espontáneamente (o así se dijo después), y vitorearon a Vespasiano como César y Augusto. Pero yo no creo que esta aclamación se produjera de forma espontánea.
Muciano se declaró a sí mismo como residente en Antioquía, como Tito y él, de mutuo acuerdo, decidieron que lo hiciera. Los soldados estaban deseosos de jurar su lealtad a Vespasiano. Pero Muciano quería también que los de las provincias se adhirieran a la causa, sabiendo sin duda que tendrían que pagar mayores impuestos para subvencionar la campaña, y pensando que sería mejor si se les podía convencer para que lo hicieran voluntariamente. Así que se dirigió a una asamblea de dignatarios cívicos y otros hombres de importancia en el salón de actos. Estaba bien equipado para llevar a cabo esta actuación, porque hablaba griego con inusitada elegancia y, aunque los griegos tienen la costumbre de burlarse de los que hablan su lengua imperfectamente, también les halaga que un romano se haya esforzado en aprenderla a fondo.
Es más, les dijo lo que no era verdad: que Vitelio había anunciado su intención de trasladar las legiones germanas a Siria y las sirias a Germania. Eso alarmó y desagradó a los habitantes de las provincias, porque suponían que las legiones que llevaban mucho tiempo en Germania habrían adquirido modales salvajes y hasta brutales tras su estancia 'eh una región tan poco civilizada, mientras que, por otra parte, muchos de ellos estaban relacionados mediante lazos de amistad o parentesco con las tropas que estaban acuarteladas con ellos. Así que les placía pensar que Vespasiano estaría pronto establecido en Roma, en lugar de Vitelio.
Muy pronto también, los diversos reyes-clientes de Oriente expresaron su apoyo a Vespasiano, mientras que la reina Berenice, por supuesto, a causa de su relación amorosa con Tito, promovió la causa de su padre con gran celo y le proporcionó oro de su tesoro.
Así que lo que se podría llamar «la conspiración» fue tomando cuerpo.
Yo creo que Muciano, sacudiéndose su acostumbrada letargia, fue el gran organizador. Una de sus frases favoritas era «el dinero es el vigor de la guerra», y se propuso demostrar que eso era cierto. Sabía que los soldados a quienes se les asegura su salario luchan con más entusiasmo que aquellos a los que no se les paga, y que los contratistas que reciben su paga en el acto (o «en el clavo», como ellos dicen) proporcionarán, como se les pide y en gran cantidad, los efectos sin los cuales no se puede luchar con eficacia en una guerra. Tenía otro lema que decía que «un ejército marcha con su estómago», y se preocupó de que los estómagos de los soldados estuvieran bien repletos. Él mismo contribuyó con considerables sumas de dinero extraídas (le sus propios recursos, y no disminuye su mérito el hecho de que esas sumas estuvieran disponibles sobre todo porque había saqueado «generosamente» al Estado. Otros siguieron su ejemplo, aunque pocos de ellos tenían medios de reembolsarse ese dinero del tesoro público.
Las legiones del Danubio se unieron a la causa. Dos de ellas que habían favorecido a Otón (la décimotercera y la séptima), pero a las que se les había privado de la oportunidad de luchar por él —privado por la precipitación con la que su campaña se había iniciado, sin esperar los refuerzos de que podía disponer—, ahora se manifestaron en favor de Vespasiano. Venían bajo el mando de Antonio Primo.
Tú lo recordarás, Tácito, como un hombre que tenía la fama de ser un bribón, de hecho un criminal, porque había sido condenado en el gobierno de Nerón, acusado de haber modificado un testamento en favor suyo, y se decía por todas partes que éste fue uno de los pocos juicios dictados entonces que no ofendía los sagrados principios de la justicia. Fueran los que fueran sus defectos, era una gran adquisición para un partido inclinado a apoderarse del control del Estado. Era valiente en la batalla, rápido y elocuente, admirado por los soldados. En la paz, podría muy bien ser considerado como el peor de los ciudadanos; en la guerra era un valioso aliado. Vespasiano lo recibió como a tal, y dejó para otra ocasión cualquier duda que pudiera tener sobre su carácter y conducta. Ahora Antonio Primo actuaba en concierto con Cornelio Fusco, un hombre que yo conocí hacía mucho tiempo, como amigo de Lucano. Ocupaba el puesto de procurador de Dalmacia. Ocioso y frívolo en su juventud —hasta el punto de dimitir de su puesto senatorial— había sido un favorito de Galba, que era quien le había dado el puesto que ahora ocupaba. Tenía muchos amigos, por su jovialidad y encanto; escribió cartas a muchas personas que tenían puestos de importancia en las partes más distantes del Imperio, a fin de conseguir apoyos para su nuevo amo. Se mandaron cartas a la Galia, Britania e Hispania y, como consecuencia de su insistencia, mucha gente en estas provincias se declaró en favor de Vespasiano y le retiró su ayuda a Vitelio.
Menciono estos detalles para que puedas comprender lo concienzudos y —si puedo usar la palabra en este contexto— lo profesionales que fueron los preparativos para la guerra que hizo el partido flaviano.
Indudablemente, tú harás uso de toda esta información como te convenga. Yo me aventuro a decir que no encontrarás que se contradice con otras fuentes de información. El apoyo a Vespasiano era considerable y esto les daba confianza a todos sus partidarios.