XVIII
La tarde siguiente, cuando yo regresé de los baños, adonde fui en busca de noticias, a la casa de mi madre, para ver si estaba bien y para asegurarle que yo sí lo estaba, nos interrumpió uno de sus esclavos, que vino corriendo a avisarnos de que un destacamento de soldados había entrado en el patio y estaba preguntando dónde vivía yo. Si hubiera estado solo, creo que habría intentado huir. Pero era inconcebible tanto dejar a mi madre para que contestara por mí como mostrar temor en su presencia. Así que, hablando con la mayor tranquilidad posible, mandé al esclavo que fuera a buscar a los soldados y asegurarme así de que ninguno de nuestros vecinos estaba expuesto a ningún peligro que pudiera amenazarme a mí; porque a mi madre se le tributaba tanto respeto, hasta en su pobreza y penosa situación, que era probable que alguno, al menos, de los que vivían en el edificio pensara en engañar a los soldados, con la esperanza de que se olvidaran de mi madre. Era más probable que hicieran esto, porque yo había entrado en la casa casi a escondidas y pocos podían haber sabido que yo estaba allí.
La expresión de orgullo que resplandeció en los ojos de mi madre fue una recompensa por el peligro que yo supuse había traído conmigo.
Pero el centurión que entró en nuestro apartamento, al mando de un destacamento de sólo cuatro miembros de la Guardia Pretoriana, se comportó inmediatamente de una manera cortés. Le pidió perdón a mi madre por esta invasión de su intimidad, y explicó que en tiempos mejores no habría soñado en entrar súbitamente en la casa de una dama tan preclara. Mi madre recibió estas palabras como si las mereciera y preguntó suavemente que qué querían de mí.
—Órdenes del mismo emperador, señora —respondió el centurión—. Exige la presencia de este joven y la desea con tanta urgencia que me ha mandado a mí con estos hombres para asegurarse de que llega al palacio sin que le molesten, porque hay un gran desorden en las calles y los que guardan el palacio están tan inquietos, si se me permite decirlo así, que parece que se han vuelto locos; así que se ha considerado necesario que vengamos nosotros para actuar de salvaguardia del joven. Y el emperador me ha rogado (me ha rogado expresamente) que os asegure que esto no va a causarle ningún daño al joven, sino todo lo contrario. Yme ha pedido también que os presente (éstas fueron exactamente sus palabras) sus más profundos respetos y que os diga que (esto no lo recuerdo con precisión) espera que estéis bien.
Entonces se enjugó el sudor de la frente con un pañuelo rojo, como si hubiera ensayado su discurso y estuviera muy satisfecho de habérselo quitado de encima.
Mi madre insistió solamente en que yo debía primero lavarme, afeitarme (aunque mi barba era todavía muy rala y apenas necesitaba hacerlo más de dos veces a la semana) y ponerme una toga limpia antes de que ella pudiera considerarme adecuado para presentarme ante el emperador. En su opinión, a pesar de todo lo que sabía que desacreditaba a Otón, el puesto que ocupaba requería respeto y el respeto exigía vestiduras limpias. El centurión asintió y, mientras que yo me retiraba para obedecer las instrucciones de mi madre, ésta le ofreció vino, sin pedirle perdón por el hecho de que su calidad era inferior a la que ella estaba acostumbrada a ofrecer antes de que la desventura posara sobre ella su helada mano; porque el pedir excusas habría sido, en su opinión, rebajarse.
Entonces nos abrazamos, me dio su bendición y me recordó que me comportara de una manera digna de mis antepasados (se refería a su noble familia y no a mi verdadero padre Narciso). Así que nos pusimos en marcha hacia el palacio.
Consideré indigno de mí el preguntarle al centurión si tenía idea de la razón por la que se me mandaba a buscar, pero mientras avanzábamos, sentí que mi sangre fluía con inusitada agitación, como si hubiera entrado al fin en la madurez.
Sin embargo, y a pesar del honor que aparentemente se me confería, se me sometió a un detenido examen en la puerta del palacio, por temor de que llevara un arma que pudiera utilizar contra el emperador.
—Lamento esto, señor —dijo el centurión cuando se me franqueó la entrada—. Las cosas son ahora así, se cachea hasta a los senadores.
Me llevaron por un laberinto de pasillos y en cada esquina había un centinela armado. Recuerdo que pensé que, sin el ovillo de lana de Ariadna, no podría encontrar la ruta para salir de aquel laberinto, si las cosas se ponían mal y trataba de escapar.
Al fin se me mostró una pequeña estancia más allá del tercer patio del palacio, según me pareció. Había de hecho solamente una lámpara y al principio parecía que el cuarto estaba vacío. «¿Va a ser ésta mi prisión?», pensé. Entonces percibí un movimiento procedente de un diván situado al otro lado de la lámpara y por consiguiente en una zona más oscura, y una voz que reconocí como la de Otón le dio las gracias al centurión por sus servicios, le dijo que esperara fuera y me saludó a mí por mi nombre.
El emperador no se levantó. Ni volvió a hablar hasta que el centurión le saludó juntando ceremoniosamente sus talones, y se retiró. Conforme mis ojos se fueron acostumbrando a la mortecina luz, vi que el emperador estaba echado en un diván, suavizado por una gran abundancia de cojines y que se cubría el cuerpo con una manta ricamente bordada.
—Debe de haber vino —dijo— en esa mesa pequeña. Sírvete una copa y dame a mí otra. Su voz sonaba cansada y un poco pastosa, como si hubiera ya bebido.
—Te estarás preguntando por qué te he hecho venir.
—Como no podía adivinarlo, decidí que era inútil especular sobre ello, señor.
—Hablas como un verdadero Claudio, excepto por ese «señor». Yo sentía un gran respeto hacia tu madre cuando vivía en la Corte. Fue muy amable conmigo, siendo yo un muchacho. Te observé anoche. Te comportaste bien en ese (¿cómo lo llamaré?) ridículo y aterrador suceso. De una manera, también, digna de un Claudio. ¿Eres un buen Claudio o un mal Claudio?
Por supuesto comprendí la pregunta, como la comprenderás tú, Tácito, pero tú tendrás que recordarles a tus lectores que se dice que había dos tipos de Claudios, los que servían lealmente a la República y prestaron un gran servicio al Estado, y aquellos que… bueno, no lo hicieron, sino que eran obstinados, dominantes, imprudentes, peligrosos para los demás y para sí mismos.
—No he cumplido aún los diecinueve años —dije—. Es demasiado pronto para saberlo. Se rió.
Creo —dijo— que ésta es la respuesta más franca que se me ha dado desde que empecé a desempeñar este papel; y la más ingeniosa. Habitualmente son sólo los tontos profesionales los que bromean con los emperadores. Ésa, al menos, es una tradición que no se ha abandonado todavía. Así que tu respuesta me agrada. Eres además un muchacho muy apuesto. Ven, siéntate a mi lado.
Yo obedecí, con recelos. «Ahora esto no», pensé. Se volvió a reír, al adivinar lo que yo estaba pensando.
—No tienes nada que temer —me dijo—. No tengo la menor intención de practicar una forma pervertida de la lex primae noctis, costumbre que, incluso en su forma usual, me repugna. A las mujeres hay que conquistarlas, no poseerlas: ésa es mi opinión, como un libertino que se va haciendo viejo, saciado ahora en las filas de Venus. Pero creo que podemos entendernos bien.
Yo permanecí silencioso. Él me preguntó por qué.
—Mi madre me enseñó —dije— que si no tienes nada que decir es mejor no decir nada.
—Buen consejo. Síguelo y serás un político. O un general. El silencio es un arma buena. No hay nada tan desconcertante como el silencio. Desgraciadamente, yo he sido siempre hablador. Y esto me ha perjudicado…
La franqueza es encantadora y debe desconfiarse de ella.
—De todas maneras a mí no me gustaron nunca los jóvenes —continuó—. Cuando has aprendido a disfrutar de una mujer, no hay muchacho que pueda satisfacerte plenamente. ¿Has descubierto ya esto? Ven, no te ruborices. La luz es débil pero a pesar de eso puedo notar tu sonrojo. Hay un brillo especial en tu rostro. Fuiste, me dicen, el amante de Tito, hijo de Vespasiano.
¿Lo eres todavía?
Vacilé, como un hombre en el umbral de una casa oscura, a través de la cual está soplando el viento. El peligro puede no tener olor, no ser corporal, y sin embargo, yo lo había olido a veces. El temor, por supuesto, tiene un olor, el olor del sudor frío, y peligro y temor son hermanos de sangre.
—Éramos muchachos —dije—. Ahora somos hombres.
—Y dicen que Tito jode a una reina oriental, Berenice. ¿Estás celoso?
—Tito es amigo mío. Lo que le hace a él feliz, me place a mí.
—Elijes tus palabras con cautela. Me gusta eso. Mi vida habría sido más afortunada si hubiera poseído esa habilidad.
—Vos sois emperador, señor. ¿Qué más os puede deparar la fortuna?
Podía empezar con el sueño. Sí, soy emperador. Pero ¿por cuánto tiempo? Galba fue emperador. También lo fue Nerón, amigo mío una vez. Y también lo fue Claudio, asesinado por su mujer. Al menos yo no tengo ahora mujer. Tuve una vez una, sabes, y la amé aunque era una puta, disoluta como yo en aquellos (lías. Nerón la mató, lo mismo que un niño enfadado puede matar a un perrillo. Ahora no tengo mujer, ni tampoco un hijo.
«Por Júpiter —pensé yo (esto es genuino, Tácito, te lo juro), ¿no estará a punto de adoptarme, de hacerme su Pisón? No, gracias. Pero ¿cómo podré negarme, si me hace el ofrecimiento?».
—Pero tu amigo Tito tiene todavía una tropa de bailarines, según dice, y no es necesario adivinar lo que hace con ellos. ¿No te sientes celoso de esto tampoco?
—Si no fuerais emperador, señor…
No podía forzarme a llamarle «mi emperador», y dejé la respuesta colgando en el aire perfumado de incienso de la pequeña habitación, que ahora parecía envolvernos a los dos en una nauseabunda intimidad.
—Si yo no fuera emperador, me dirías que me fuera y me ahorcara, ¿verdad? ¿No es así? Está bien, me agrada tu carácter y tus silenciosas respuestas.
Alzó su copa, la vació de un trago, como lo hacen los borrachos o los hombres al borde del dolor o la desesperación, y me la pasó a mí para que se la volviera a llenar.
—Es un oficio solitario el de ser emperador. Lo he descubierto ya en sólo unas semanas. A Nerón le gustaba, por supuesto. Pero Nerón era un necio, un necio listo y a menudo entretenido, pero aun así un necio. Tiberio, que era un hombre sabio, lo odiaba. O eso solía decir mi padre, y él conocía bien al viejo y lo reverenciaba. Solía insinuar que tal vez fuera el hijo bastardo del emperador. Su padre, mi abuelo, era cliente de la gran Livia Augusta. A ella le debía su puesto en el Senado. No quedan muchos hombres en Roma que sepan más de emperadores que lo que sé yo, o de lo que significa estar investido de la púrpura. —Hizo una pausa y volvió a beber—. Sé lo que tú estás pensando: que yo he ido en busca de la corona. Y es así. ¿Quién no lo haría cuando se presenta la oportunidad? Hasta ese aburrido tipo, Pisón, cayó en la tentación. Hasta Vitelio, y de todos los que he conocido, ninguno era menos adecuado. Pero eso no es un impedimento, y ahora, gracias a la energía de sus legados, Valens y Cecina, es un peligro para mí. ¿Qué dices de todo esto?
—¿Qué puedo decir? Se nos educa a todos para ir en pos de la gloria y para competir por puestos de honor. Marco Antonio era mi tío, hace tres generaciones, aunque sólo lo fuera por matrimonio.
¿Es esa respuesta suficiente?
—Me sirve. Hubo dos triunviratos, formados para dominar el Estado. Cada uno de ellos dejó sólo un superviviente, después de terribles guerras: primero César, después Augusto. A mí me gustaría evitar las guerras. Es una bestialidad que los romanos se maten entre sí. La guerra civil enfrenta a hermano contra hermano, destruye la amistad, la cual se nos enseña a valorar. Pero… he enviado embajadores a Vitelio. No han vuelto. Tal vez hayan optado por quedarse en su campamento, tal vez estén detenidos en él. ¿Quién lo puede decir? Pero la conclusión es bien clara. Vitelio (o los hombres que lo controlan) quiere la guerra, con todas sus terribles e incognoscibles consecuencias. Vitelio y yo estamos quizás equilibrados, nuestras fuerzas son iguales en fuerza y valor. Pero hay una tercera fuerza en Oriente, otro gran ejército, cuya influencia puede ser decisiva. Mociano, Vespasiano, tu entrañable amigo Tito… ¿qué es lo que quieren?
—A mí no me lo dicen, señor: no estoy al corriente de sus ambiciones.
—No intentes engañarme, muchacho, no te hagas el tonto…
Una nota como el sonido del metal al golpear la piedra surgió en su voz. Se incorporó para apoyarse en el codo y me miró inquisitivamente.
Sentí su poder, como el viento frío de las madrugadas de invierno.
—Ven —dijo más suavemente—, tratemos de comprendernos mutuamente. No quiero que haya secretos entre los dos. Vivimos tiempos malos, en que la libertad está forzosamente restringida. Tú estás manteniendo una correspondencia regular con Tito. Algunas veces hace uso del correo imperial y entonces sus cartas son rutinariamente interceptadas, se descifran (la clave que utilizáis es sencilla y no les presenta problemas a los agentes imperiales) y se copian antes de enviártelas a ti. Si examinaras los sellos más minuciosamente, habrías sospechado algo. Otras veces te envía mensajes más privados por medio de uno de sus libertos. La semana pasada uno de ellos fue arrestado en Brundisium. La amenaza de la tortura le convenció para que entregara la carta que te llevaba. La he leído. Aunque no sea abiertamente sediciosa, un hombre más propenso que yo a oler conspiraciones a su alrededor habría encontrado suficientes razones para ordenar el arresto e incluso la ejecución de Tito. Aquí está la carta. Como verás, no oculta su decisión de conseguir un día la púrpura, ni sus esperanzas de lograrlo. «Otón no puede durar», dice. «Vitelio es un payaso. El camino se abrirá pronto ante nosotros». No discuto la opinión que tiene de mi rival, Vitelio. Me desagrada enormemente —bebió más vino— considerar a ese hombre mi rival. Pero ¿qué dices tú? Tu amigo es algo imprudente y su precipitación hace juego con su ambición. Y algunos pueden considerar esta actitud desmedida. ¿Cuántos años tiene? Ni siquiera treinta. ¿Veintiséis?
¿Veintisiete? Demasiado joven para ser emperador; demasiado viejo para ser tan tonto. ¿Qué dices?
—Era una carta privada dirigida a un amigo. La gente habla indiscretamente a los amigos. No todo lo que dicen hay que tomarlo en serio.
—Una respuesta cortés, pero tú sabes muy bien que no es muy convincente. —Me cogió la mano, la apretó dos veces y la soltó—. No quiero pelearme —añadió—, y no te he traído aquí para castigarte, ni siquiera para reprenderte por mantener una correspondencia que no se aleja mucho de la traición. Los tiempos están alterados. No es sorprendente que muchos hombres conciban ambiciones que en otros tiempos podrían ser consideradas sediciosas si son expresadas. De hecho, casi admiro a Tito por su audacia. Pero tampoco eso le servirá de nada.
Se mordió las uñas y permaneció callado durante largo tiempo.
—Tres fuerzas —dijo—. En cualquier batalla de tres, hay siempre dos contra uno, a no ser… a no ser que uno de los tres se aparte a un lado y espere para disfrutar de un banquete con la carroña. Ése no será el estilo de tu Tito, yo mismo lo puedo decir. Pero, ¿y su padre Vespasiano? Nadie hizo nunca mucho caso a Vespasiano. Nerón lo tomaba a broma, solía burlarse de su acento, de su costumbre de pronunciar o en lugar de au, provinciana y de clase baja. Ya sabes que desempeñó una vez el oficio de mulero y su amante, Cenis, es aún más vulgar que él. Además, ofendió a Nerón al quedarse dormido durante uno de sus recitales, e incluso roncó, acto que demostró una manera de juzgar más estética que prudente. Pero ha sobrevivido. Es un perro viejo y sarnoso, pero un perro sabio. ¿De qué manera saltará? ¿Se quedará en su perrera? Vespasiano me sorprende y me preocupa. No tengo en cuenta a Muciano, vive para el placer, como hice yo una vez, y sus placeres son pervertidos y degenerados como no lo eran los míos. ¿Pero Vespasiano? Estoy pensando en voz alta, muchacho…
Eso de estar pensando en voz alta era una representación, al menos en parte. Pensé eso entonces, porque supuse que había tomado ya una decisión, a la cual se iba aproximando por esa ruta circular. Aun así, me excitó su aparente franqueza y tuve la sensación de que estaba al borde de alguna gran empresa.
—Necesito a Vespasiano —prosiguió—. Necesito a Tito. Roma los necesita. Lo que Roma no necesita es una guerra prolongada, y lo que Roma tal vez no necesite tampoco es el gobierno de una sola persona. Ésa es la razón por la que te he traído aquí. Te voy a enviar como mi emisario a Vespasiano y a tu amigo. Te proporcionaré la ruta más rápida y fácil. Tendrás cartas que entregar, pero esto es lo que yo quiero que digas, con toda la persuasiva elocuencia de que puedas echar mano: que Otón ofrece una alianza, que estará dispuesto a compartir el gobierno del Imperio con Vespasiano y también, si así lo desean, con Tito y hasta con Muciano, si Vespasiano lo considera necesario, si aceptan aliarse conmigo para derrotar a Vitelio y las legiones germanas. Dirás que, aunque mis fuerzas y las de Vitelio son semejantes, yo tengo confianza en nuestra victoria, porque yo lucharé a la defensiva, pero que Roma desea que esta victoria sea completa, y por consiguiente necesito las tropas de Vespasiano. El Tercer Triunvirato, diles eso…
Hizo una pausa. ¿Se había olvidado —o esperaba que yo me hubiese olvidado— de lo que él mismo había dicho acerca de las dos primeras asociaciones de este tipo?
—Te mando a ti —dijo— precisamente porque no eres mi joven amigo, sino el de ellos, o por lo menos el de Tito. ¿Comprendes que estoy depositando mi confianza en ti? ¿Que yo te he mostrado mi punto flaco? ¿O lo que los hombres pueden creer que lo es? Pero recuerda esto. Lo hago por Roma, que no puede sobrellevar guerras prolongadas y terribles, sino que necesita estabilidad.
—¿Conoce Flavio Sabino vuestras intenciones, señor?
—Sabino es un hombre a quien yo no comprendo y por consiguiente en quien no puedo confiar. Por lo tanto no le dirás nada. En el momento oportuno, cuando reciba la primera reacción de Vespasiano, tal vez entonces se lo consulte a Sabino. De momento todo tiene que ser confidencial. Mi puesto aquí en Roma lo requiere. Ésta es otra razón por la que te he seleccionado a ti para esta misión. Si me perdonas que te lo diga, tú eres, por tu edad, una persona sin importancia. Nadie, por consiguiente, sospechará que tu marcha indica algo.
Yo sonreí.
—Nadie más que mi familia y mis amigos se dará cuenta de que no estoy aquí.
—¡Oh! —dijo—, estoy seguro de que tienes admiradores que te echarán de menos. ¿Tal vez alguna muchacha?
—Tal vez.
Continuó mordiéndose las uñas.
—Vespasiano tiene un hijo más joven, aquí en Roma. ¿Domiciano, no es así? Debo traerlo a palacio y emplearlo de una manera u otra.
No tenía necesidad de decir que Domiciano sería un rehén del éxito de mi misión. Ni tampoco tenía por qué contarme que debía informar a Vespasiano de que Otón tenía ahora a Domiciano, como una especie de incentivo. Así que por mi parte no sentí necesidad de decir que, en mi opinión, a Vespasiano no le había importado nunca un bledo Domiciano, sino que todo su amor se había concentrado en Tito y toda su ambición giraba en torno a él.
—Mi secretario te dará una nota de tus planes de viaje y una especie de pasaporte. Se te escoltará entonces a casa de tu madre y saldrás de Roma por la mañana. No le digas nada a nadie, excepto a tu madre, y a ella no le digas más que lo mínimo que una madre que quiere a su hijo necesita saber. Preséntale mis respetos. Buenas noches y que los dioses te otorguen un buen viaje, y a nosotros un feliz resultado.