XXVII

Tácito, ¿has marchado alguna vez con los restos de un ejército derrotado? Supongo que no.

Es una experiencia degradante. Hasta el caballo que montaba al principio de nuestra retirada murió bajo mis piernas, y me vi obligado a enlodarme, como un soldado ordinario. No se oyeron canciones de marcha, y todas las mañanas, cuando levantábamos el campamento, descubríamos que unos pocos soldados más habían aprovechado la oscuridad para desertar. Pero nuestros efectivos no menguaron, porque a lo largo de la carretera se nos fueron uniendo rezagados, hombres que habían sido separados de sus compañeros y encontraron, entre nosotros, que la compañía de los desalentados era, sin embargo, preferible a la soledad. Cuando los hombres hablaban, que era raras veces, era de sus esposas y madres, nunca de las batallas que acabábamos de librar.

Estaba lloviendo el día que regresé cojeando a Ruina. El agua amarilleaba en los canalones, y había charcos como vados en los adoquinados callejones. La noticia de la derrota y muerte de Otón nos había precedido. La ciudad estaba cubierta por las pesadas nubes que oscurecían el Janículo, como si fueran vestiduras fúnebres. Nadie sabía cuándo llegarían los vencedores, todo el mundo temía su llegada, excepto los partidarios de Vitelio, que habían salido ya de sus escondites y que eran los únicos que hablaban con un tono que rebosaba confianza y seguridad.

Cerca del Panteón, me tropecé con un corpulento caballero ecuestre que amonestaba a un grupo de desaliñados pretorianos. Éstos mantenían las cabezas bajas al oír los insultos y carecían del espíritu o nervio para replicar.

Como ocurre siempre en tiempos de ansiedad, sólo las tabernas y los prostíbulos hacían buen negocio. La mayoría de los puestos de comida se habían quedado sin alimentos porque la gente los estaba almacenando, preparándose para permanecer en sus casas hasta que los tiempos fueran menos arriesgados.

Al fin, el ecuestre, una vez se hubo desahogado, se marchó indudablemente satisfecho de haber tenido el valor de insultar a hombres desalentados. Yo me acerqué a los pretorianos, a uno de los cuales reconocí como a un centurión que había jurado su adhesión a Otón con peculiar insistencia y aparente seguridad.

Les di dinero, sólo unas monedas.

—¿Qué váis a hacer? —les pregunté.

—Beber. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

—Si pudierais tomar un barco hacia Oriente…

—No hay ningún capitán de barco que esté dispuesto a llevarnos, a no ser que tengamos oro que ofrecerle. Y no tenemos oro —dijo el centurión. Recuerdo que su nombre era Frontino.

Le dije que se echara a un lado.

—Encontrad el barco y arreglad lo que sea preciso con el capitán —ordené—. Yo me ocuparé de proporcionaros el dinero. Merecéis escapar y yo os ruego que llevéis una carta al campamento de Vespasiano, para su hijo Tito.

Concerté que nos encontraríamos en la Suburra, a la misma hora, el día siguiente.

¿Era necesario tanto misterio? Yo no lo sabía.

—¿Por qué no viajas con nosotros, señor? —preguntó el centurión antes de que nos separáramos. La tentación era fuerte. Me di cuenta de que tenía miedo, como no lo había tenido antes. Pero, sin embargo, hice un gesto negativo de cabeza. ¿Por qué? ¿Porque Tito me despreciaría como a un cobarde, si me iba corriendo a donde él estaba, como si buscara a mi nodriza? Tal vez. ¿Porque podía servir su causa mejor en Roma? De nuevo era posible, aunque durante los últimos quince días había sentido que mi devoción hacia los Flavios se estaba enfriando, lo mismo que mi respeto y compasión por Otón iban aumentando. ¿Porque alguna curiosidad me retenía en Rama? No podía negar esa razón que, sin embargo, me irritaba.

Fui primero a casa de mi madre y le conté todo lo que había pasado. Le insté, a su vez, a que se retirará al campo, a una de las villas de su hermano.

—Yo no estoy en ningún peligro —dijo—. Además, yo paso todas las guerras en Roma.

Eso sonaba a bravata, a tontería. No había habido nunca guerras en Roma, en toda su vida. Entonces me di cuenta de que hablaba para divertirse a sí misma, atribuyéndose al mismo tiempo un papel: el de la severa madre republicana. Tal vez, también, notó mi nerviosismo —el temor tiene su olor, la aprensión también— y habló para fortalecer mi resolución.

—¿Qué tipo de hombre es Vitelio? —le pregunté.

—Ningún tipo de hombre. El favorito de tres emperadores. Por consiguiente, el tipo de hombre más ínfimo.

—He oído decir que asesinó a su propio hijo, Petroniano o algo así.

—Lo dudo —dijo mi madre—. La otra versión de la historia es que el muchacho preparó veneno para su padre, pero se lo bebió él mismo por equivocación. Tampoco me creo eso. Se dice también que Vitelio era uno de los catamitas de Tiberio en Capri, y esa historia la aceptan aquellos que creen que el emperador, ya viejo, se entregaba a depravados deseos. La verdad es, hijo, que Vitelio ha sido toda su vida el tipo de hombre que ha dado pábulo a rumores, el hombre que es el protagonista de historias sucias y obscenas, simplemente porque es un hombre despreciable. Es un hombre sin ninguna auténtica virtud, pero eso no quiere decir que sea un monstruo. Es simplemente bajo y mezquino. En cuanto a la cuestión del sexo… —Mi madre hizo una pausa; no era éste un tema que hubiera discutido jamás conmigo. Tal vez su deseo de hacerlo ahora era señal de que al fin me consideraba un adulto—. En cuanto al sexo, yo opino que es un proxeneta, un tipo que consiente los deseos de los demás en vez de practicar los suyos. Te sorprende que te hable de esa manera y hasta que yo esté informada de cosas así. Pues bien, debes saber que cualquiera que haya vivido en Roma tanto tiempo como yo sabe mucho de lo que no le gusta hablar. Piensa entonces solamente que ahora hablo de asuntos acerca de los cuales preferiría permanecer callada, pero es conveniente en tu situación que no permanezcas en la ignorancia de la naturaleza del hombre que ahora ostenta (por cuánto tiempo, no te lo podría decir) la púrpura imperial.

Entonces, después de decir lo que quería decir, hizo que el esclavo me trajera un plato de carne de cerdo y judías blancas y una jarra de vino, y me miraba mientras comía y me preguntaba cómo había muerto Otón.

—Siempre supe que había virtud en ese muchacho.

Enojadas palabras que contradecían las de mi madre empezaron a formarse en mi mente, pero no las pronuncié. De nada serviría decirle a mi madre que un suicidio elegante no servía tampoco de nada, sino que era un acto de exhibicionismo y que, en mi opinión, un hombre que se había apoderado del Imperio mediante un acto que los moralistas habrían calificado de criminal debía haber tenido suficiente valor para continuar la lucha por la supremacía o morir en el intento. Así que me comí mis judías y bebí mi vino, y me despedí de ella diciendo que tenía que ir a los baños, porque estaba todavía sucio después del viaje y que sólo mi necesidad de asegurarme de su bienestar me había llevado a su casa en esas condiciones.

Los baños estaban llenos de gente porque, como quedaban aún algunos días para que la vanguardia del ejército victorioso llegara a la ciudad, los hombres habían venido aquí para enterarse de las últimas noticias y alimentarse de los más recientes rumores. Después de permanecer durante algún tiempo en el cuarto del vapor caliente, me recliné en el banco donde Lucano había puesto sus ojos en mí por primera vez y pensé en él, en su amigo Cesio Baso y en ese verso —«El desnudo otoño nos envuelve, al sonido de un viento crujiente procedente del oeste»—, y traté de recordar las otras líneas que me había recitado, en mi habitación del pabellón de entrada. Pero se me habían olvidado. Sentí su penetrante melancolía, su hastío de la vida, y entonces, pasándome los dedos por los muslos, me di cuenta de la admiración con que varios de los otros hombres me miraban, admiración que, siendo yo ahora un hombre, no deseaba ya. Así que me eché boca abajo y me quedé dormido.

Tuve unos sueños horribles, porque en ellos vi a Domiciano violando a mi Domitila. Su resistencia inicial se perdió en los abrazos de su hermano. Los brazos que se habían levantado para defenderse de él se enlazaron en torno a su cuerpo, puso su boca en la de él en un violento juego de lenguas. Sus piernas se enroscaron en torno a sus muslos, y exhaló un grito de gozo doloroso cuando él la penetraba. Yo me desperté con un grito y me quedé tumbado, temblando.

Tal vez los sueños no auguren el futuro, pero pueden predecir el futuro que tememos.

Cuando aquella noche fui al apartamento en la calle de las Granadas donde hermano y hermana vivían con su tía, los observé con cierta sospecha. En cada mirada que se dirigían yo leía una complicidad culpable. Cuando Domitila me hablaba con el afecto que yo estaba acostumbrado a oír en su voz, yo notaba ahora hipocresía y, aunque me decía a mí mismo que era absurdo dejarse influir por un sueño, no me sentí cómodo con ellos.

El propio Domiciano estaba asustado. Tácito no cree cuando le digo (si le mando el informe de estos días, tendrá que ser previamente censurado) que Domiciano no era un cobarde. Porque lo odia y le gustaría también despreciarlo. Pero Domiciano, en realidad, padecía de una imaginación demasiado viva, que le hacía anticipar peligros, siempre más terribles en su posibilidad que en su realidad. Ahora estaba conven¬cido de que, tan pronto como Vitelio llegara a la ciudad, o incluso antes, sus partidarios buscarían al hijo de Vespasiano y lo asesinarían. Le había contagiado sus temores a Domitila y tal vez éste era el nuevo vínculo existente entre ellos que tanto me alteraba a mí.

A la mañana siguiente la atmósfera de excitación en la ciudad era palpable. Aunque ninguno sabía cuándo llegaría Vitelio, muchos juraban que se habían llevado ya a cabo actos de venganza contra los partidarios de Otón. Por lo tanto, los senadores y los caballeros ecuestres que habían prestado lealtad a Otón habían huido de la ciudad o estaban haciendo preparativos para hacerlo. A algunos de los que habían huido se les consideraba ya muertos. Otros deseaban ahora ocultar que habían apoyado al difunto emperador y, o simulaban que no lo habían hecho voluntariamente, o trataban de sepultarlo en un gran cúmulo de halagos dedicados a su sucesor. Me encontré con varios que me aseguraron que Vitelio era un digno sucesor, no de Nerón, para cuyos vicios había servido de proxeneta (según me dijo mi madre), sino del divino Augusto en persona. En resumen, había muchos indicios de que, llenos de alarma y temor, algunos de los hijos de Roma de más noble alcurnia estaban perdiendo la cabeza.

En cuanto a mí, escribí un largo informe de todo lo que había pasado y, al encontrarme con Frontino, el centurión de la Guardia, como habíamos quedado en hacerlo, le entregué mi documento y una bolsa de monedas de oro (que había obtenido en préstamo, con gran dificultad, del banquero de mi madre, primo político mío), y le aconsejé que se apresurara a dirigirse al barco, a cuyo capitán había sobornado. Me dije para mis adentros que había tenido suerte por haber conocido a este hombre. Había pocos en quien habría confiado hasta el punto de entregarle mi carta. Pero tenía cara de ser honrado, y seguía hablando de Otón con respeto y de Vitelio con varonil desprecio.

No había nada más que hacer que esperar, algo muy difícil cuando se espera lo peor. A diferencia de Domiciano, consideré desdeñoso el ocultarme y seguí frecuentando los baños. Aunque no podía lograr ecuanimidad, y aunque nada, según mi experiencia de lo que había oído contar de períodos comparablemente semejantes, me inclinaba hacia la esperanza, mi orgullo —ese insensato orgullo Claudio— me protegía de la desesperación. Lo que tenga que ser, será, me repetía a mí mismo. Siendo las cosas como son, ¿por qué he de engañarme a mí mismo, fingiendo que son diferentes?

En los baños, los hombres hablaban del avance (le Vitelio hacia la ciudad.

Se contaba que había insistido en hacer una visita al campo de batalla de Bedriacum, donde sus lugartenientes le habían ganado el Imperio. Allí vio cuerpos destrozados, miembros arrancados, los cadáveres en putrefacción de hombres y caballos, mordisqueados por las cornejas. La tierra estaba todavía húmeda de sangre. Y más horrible aún, se decía, era esa sección de la carretera donde los ciudadanos de Cremona, deseosos, como de costumbre, de halagar y tratar de agradar al general victorioso (aunque no había tomado parte en ninguna de estas luchas), habían esparcido laurel y rosas en su honor y donde habían levantado altares y sacrificado víctimas, como si hubiera sido algún rey de Asia. Entonces Cecina y Valens le indicaron los puntos más importantes del campo de batalla, tribunos y prefectos se vanagloriaron de sus hazañas bélicas individuales, mezclando ficciones, hechos y exageraciones. También los soldados rasos se salieron de las filas y contemplaron con un sano asombro, según se cuenta, la destrucción y ruina causada por la guerra.

Pero Vitelio, eufórico, extasiado ante la evidencia de lo que sus soldados habían hecho por él y ya, es posible, un poco ebrio, declaró: «Nada tiene un olor más dulce para mí que el cadáver de un rebelde muerto».

Estaba hablando a sus compatriotas romanos, ciudadanos como lo era él.

Al ir aproximándose a Roma, llegó el rumor de sus terribles excesos. Sus soldados saqueaban, impunemente, las ciudades y pueblos por los que pasaban. El emperador, por llamarle así, no prestó la menor atención, divertido como estaba, por las noches, por grupos de comediantes que se habían unido a su ejército, y rodeado siempre por una nube de aduladores eunucos. Se murmuraba que ni Nerón se había comportado tan vergonzosamente o con menos respeto por la dignidad imperial y el decoro de la vida romana.

—Si quieres saber cómo se comportará Vitelio cuando esté instalado en el Palatino —me dijo alguien en los baños—, puedes consultar a un ser llamado Asiático, que tiene una taberna de baja estofa en la calle de los Sapitos, al otro lado del Tíber.

—¿Por qué? —dije yo—. ¿Quién es este Asiático?

—Fue una vez el catamita de Vitelio (un esclavo nacido no sé sabe dónde, pero es de suponer que en alguna parte de Asia, o nacido de padres de esa parte del mundo). Vitelio estaba infatuado con el jovencito, que era ciertamente guapo en aquellos tiempos y también, me dicen, versado en diversas formas de hacer el amor. Entonces Vitelio le concedió la libertad, indudablemente a cambio de repugnantes servicios. Se cuenta que finalmente la criatura se cansó de su amo y huyó. Empezó entonces con el comercio de la taberna, pero Vitelio lo buscó y estaba tan encolerizado que se lo vendió a un entrenador de gladiadores. Esto pudo haber sido su final, pero Vitelio decidió que no podía vivir sin él y se lo compró al entrenador, justo cuando estaba a punto de entrar en la arena, cagado de miedo, me imagino. Entonces Vitelio lo situó en su actual taberna, con la condición de que le procuraría, gratis, cualquier criatura que se le antojara a su antiguo amo. Tal vez sepas que a Vitelio le gustan las vírgenes menores de edad. ¡Oh, sí, nuestro nuevo emperador es el más degradado de los hombres!

Al no conocer al que me informaba, no podía juzgar cuánto de lo que me decía era verdad o cuánto malicioso rumor. Pero es asombroso que hubiera estado tan dispuesto a contarme algo que, de yo divulgarlo, podía ocasionar su arresto y ejecución. Le pregunté por qué era tan atrevido.

—Nada me importa —dijo—. Vitelio traicionó a mis dos hijos entregándolos a la lujuriosa venganza de Nerón. Y ahora lo único que deseo es la muerte. Pero primero me gustaría escupirle en el rostro al así llamado emperador.

—¿Por qué supones que este Asiático, que debe de estar en deuda con Vitelio, me va a contar a mí cualquier cosa en descrédito suyo?

—Porque no es posible para nadie hablar de alguien como Vitelio sin revelar su verdadera naturaleza.