XXIII

Domiciano estaba furioso. Como de costumbre —esto no te sorprenderá, Tácito—, lo que provocaba su cólera eran el resentimiento y la compasión de sí mismo. Había recibido una carta de su padre informándole de que había escrito a Otón pidiéndole que Domiciano no fuera incluido entre los miembros de su personal, sino que se le permitiera permanecer en Roma «para continuar sus estudios». Otón había accedido gentilmente. De todas maneras, Domiciano había empezado a desagradarle; el nerviosismo de su apariencia y la facilidad con que se ofendía eran, como me dijo a mí, «intolerables».

—No es justo —era el estribillo de Domiciano—. No tengo estudios que merezcan ese nombre y, aunque los tuviera, a mi padre no le han importado nunca un bledo. Tú vas a ir a la guerra, con un puesto en el personal de Otón. No es justo.

—Bueno —dije yo, con un tono de voz que esperaba fuera conciliatorio, porque si he de decir la verdad, comprendía en cierta medida el resentimiento de Domiciano—. Olvidas que yo no tengo un padre que haga una petición semejante en mi favor. Es verdad que tengo un tutor, el hermano de mi madre, que tal vez pueda reclamar cierta autoridad teórica sobre mí, pero nunca le ha importado un comino el que yo esté vivo o muerto. Así que no hay razón para que empiece a hacerlo ahora. Pero estoy seguro de que no estás siendo justo con tu padre. Es natural que le preocupe tu bienestar. De hecho, me dijo algo semejante cuando estuve con él recientemente. Y habló muy afectuosamente de ti —mentí.

—No es justo —volvió a decir Domiciano—, y sé a quién echarle la culpa. Es Tito el que ha persuadido a mi padre para que adopte esta actitud. Está celoso de que yo pueda adquirir una fama en el campo de batalla que le podría hacer sombra.

—Eso es ridículo —dijo Domitila—. ¡Como si tú pudieras hacerlo! Todo el mundo sabe que es un héroe. Sus soldados le adoran, ¿no es cierto?

Se volvió hacia mí y, ruborizándose, buscó confirmación de lo que no podía haber sabido pero aun así creía, porque ella adoraba a su apuesto hermano mayor y no podía suponer que Domiciano fuera su igual.

—Es realmente muy popular —dije yo—. Como me atrevo a decir, Domiciano, lo serás tú, cuando llegue el momento. En cualquier caso, tú no puedes por menos de ver que resulta interesante para tu padre (cualquiera que sea la razón que le haya dado a Otón) el que tú permanezcas en la ciudad como su representante.

—¡Bonitas palabras! —dijo Domiciano—, muy bonitas palabras. ¿Crees que soy estúpido?

¿Crees que no sé que mi tío Flavio Sabino se tiene que quedar también en Roma y que será el hombre que recibirá las confidencias e instrucciones de mi padre?

Continuó interminablemente en este tono, hasta que al fin Domitila le dijo que «dejara de ser un niño», un consejo admirable, aunque impracticable, que no consiguió más que enfurruñarle aún más.

En aquel entonces yo compartía su irritación. Después me he preguntado si la manera en que Vespasiano trataba a Domiciano no la incitaba la determinación de Tito de que a su hermano pequeño se le negara cualquier oportunidad para distinguirse en algo. Si éste era ciertamente el caso, entonces el resentimiento de Domiciano estaba justificado. Es lamentable que Roma, y mi propia carrera, tuvieran que sufrir por el hecho de que el resentimiento se convirtiera en su característica dominante.