XIV
Flavio Sabino nos mandó un mensaje antes del amanecer, por el que nos aconsejaba que no saliéramos de casa ese día. Domitila y la tía añadieron sus ruegos a este consejo de Flavio, que era indudablemente bueno. Pero Domiciano y yo éramos jóvenes y atrevidos. En cualquier caso, cada uno de nosotros deseábamos impresionar al otro con nuestro valor, y no obedecimos.
Lo que es extraño es que nunca nos preguntamos por qué Flavio Sabino nos había dado ese consejo. Fue sólo más tarde cuando me di cuenta de que debía de haber estado enterado de la conspiración.
Por supuesto, no es que supiéramos que se estaba fraguando una cosa así, o al menos no con precisión, ni sabíamos la forma que iba a adoptar. Era más que nada que el murmullo del rumor en la ciudad era irresistiblemente perturbador. Durante la última semana y un día tras otro, subsiguientes informes del motín de las legiones germánicas iban aumentando la agitación en el Foro. Aunque era imposible que pudieran haber avanzado ni siquiera hasta los Alpes septentrionales, la gente hablaba como si pudieran entrar en la ciudad en cualquier momento. Los precios del pan, del vino y del aceite aumentaron considerablemente, como si los comerciantes se estuvieran aprovechando de la alarma pública.
Entonces llegó un segundo mensaje de Flavio en el que decía que se había hablado la tarde anterior de apresar a Otón y asesinarlo. Otón, añadió Flavio, estaba desesperado. Se le había oído decir que preferiría que lo mataran sus enemigos en la batalla a que lo hicieran sus acreedores en el Foro. Las calles, escribía Flavio, no eran en aquellos días lugar para nosotros.
Así que, por supuesto, desechando esos temores, salimos de casa. He de decir que Domiciano no mostró la menor señal de cobardía esa jornada.
Nos enteramos en el Foro de que el emperador estaba ofreciendo sacrificios en el templo de Apolo. Se decía que los presagios eran fatídicos. El sacerdote le hizo saber que las entrañas tenían un color siniestro, que un enemigo nos amenazaba y que debía quedarse en casa ese día. Todo el mundo en el Foro parecía saber esto.
—¿Es que han arrestado, entonces, a Otón? —exclamó un obeso individuo de la orden ecuestre.
—No todavía, pero el Senado está a punto de reunirse para declararlo enemigo público.
—Pero, ¿por qué? —intervino otro—. ¿Qué daño ha hecho jamás Otón? Es un verdadero amigo del pueblo romano, de eso no cabe duda.
—Galba, Otón, Pisón… ¿de qué manera pueden cambiar nuestra vida, influir en ella? —preguntó el dueño de la taberna en la que nos habíamos metido—. La cuestión es, simplemente: ¿quién será capaz de impedir que las legiones germánicas entren en la ciudad?
—Dicen que Pisón ha empezado ya negociaciones con ellos, y con plenos poderes para obtener un trato.
—¿Pisón? Ese hombre es un largo chorro de pis, si quieres saber lo que pienso —dijo otro hombre—. ¿Conseguir un trato? ¿Él? Perdóname si me tiro un pedo.
De hecho, como sabemos ahora, el propio Otón había estado en el Templo de Apolo y había visto y oído lo que dijo el sacerdote. Se acercaron a él unos amigos que le dijeron que su arquitecto y los contratistas le estaban esperando. Así que se excusó diciendo que estaba pensando en comprar una propiedad, pero no estando seguro de la condición en que se encontraba, había solicitado un peritaje. Supongo que esto era una broma así como un engaño. Ciertamente, estaba pensando en apoderarse de una propiedad.
No me voy ni siquiera a molestar en adivinar por qué Otón asistió a la ceremonia en el Templo de Apolo. Al hacer esto se expuso a un gran peligro. Pero bien podía ser que, dudoso de si las tropas lo apoyarían, pensó que era menos peligroso ocultar su desafección y asistir. Porque, si no lo hubiera hecho y si las tropas se hubieran negado a moverse de acuerdo con las invitaciones de sus agentes, entonces su ausencia, al ser notada, se habría considerado como una prueba de deslealtad. Pero podía simplemente ser que el arriesgarse a ir gustara a su peculiar sentido del humor: fue siempre un jugador inveterado.
Ahora, al salir del templo, apoyado en el brazo de un liberto para sugerir que no tenía prisa, a pesar de la rapidez de su marcha, pasó por el palacio de Tiberio al Velabro y desde allí al mojón dorado que se encuentra cerca del Templo de Saturno.
Si se hubiera sabido inmediatamente que dos docenas escasas de soldados de la Guardia estaban allí para saludarle como emperador y alzarle para sentarle en una silla dorada, entonces Galba podría haber sofocado la conspiración antes de que se hubiera puesto en movimiento. Pero los agentes de Otón eran activos y se empezó a hablar enseguida en el Foro de que todos los pretorianos se habían rebelado y marchaban hacia el palacio para terminar con su anciano y despreciado emperador.
El rumor le llegó a Galba de manera confusa, de manera que no sabía cuál de los informes debía creer. Se decidió que era necesario poner a prueba la lealtad de la cohorte estacionada en el Palacio. Si estaba implicada en la rebelión, todo estaba perdido. Así que los puso en fila delante del palacio para que Pisón los arengara.
No me cabe duda, Tácito, de que estando a favor de Pisón y deseando honrar su memoria, redactarás un noble discurso atribuyéndoselo a él. Pero yo estaba allí y la verdad es que habló con vacilación y de una manera confusa, como un hombre a quien le han sorprendido acontecimientos que él no comprende. Su única acción sensata fue prometer a los soldados un donativo por su lealtad —más vale tarde que nunca—, pero estropeó estas palabras al añadir que sería al menos tan elevado como cualquiera de los pagos que pudieran recibir por su traición. Esto fue una equivocación. Sembró la idea de la deserción en la mente de cualquiera que no estuviera todavía pensando en ella.
Se mandaron entonces mensajeros a las tropas que pertenecían al ejército de Illyricum y que estaban estacionadas junto al Pórtico de Vipsanio Agripa en el Campo de Marte, y a aquellas legiones reclutadas para servir en la frontera germánica que estaban entonces acampadas junto a la Galería de la Libertad, en el Aventino. Pero dudaron en mandarlos a la legión reclutada de la flota, porque se sabía que estas tropas odiaban a Galba, a causa del ajusticiamiento de los camaradas que habían permanecido fieles a Nerón. Sin embargo, el corto gobierno de Galba había sido tan irresponsable que estos soldados no habían sido desarmados. Se supo, en el espacio de una hora, que se habían puesto a favor de Otón. Finalmente se despacharon tribunos para tratar de hacer volver a los pretorianos a sus obligaciones: un intento sin esperanza, si es que era necesario.
No sé cómo se calentaron las discusiones entre aquellos que estaban en torno a Galba. Pero es probable que algunos prefirieran atrincherarse en el palacio y desafiar a los conspiradores a que lo invadieran. Este plan tenía algo a su favor, puesto que, para aproximarse al palacio, Otón habría tenido que abrirse camino a la fuerza a través de la arremolinada multitud de ciudadanos que se habían reunido para presenciar los acontecimientos del día como si fueran al teatro. Domiciano y yo estábamos entre ellos y, en este momento, sus sentimientos se inclinaban todavía hacia Galba. Un carnicero que estaba a mi lado pedía a gritos, una y otra vez, la cabeza de Otón, y cada vez que lo hacía, sus palabras eran recibidas con vítores. Pero aun entonces yo conocía la veleidad propia de las turbas.
Otros en el palacio estaban inclinados a actuar. Galba debía reunir las tropas que tuviera y emprender la marcha para enfrentarse a Otón.
Nadie sabe cuál de las dos opciones recibió mejor acogida en la mente del anciano emperador. Algunos dicen que el sobresalto que le causó la rebelión dejó a Galba sin habla, otros que se comportó audazmente. Fundándome en el conocimiento que yo tenía de él y en lo que supe después, sugiero que lo más probable es que oscilara entre una opción y otra.
Fuera como fuera, se vio a Pisón saliendo del palacio al frente de un destacamento. La multitud se apartó para dejarles paso, dándole aún ánimos con sus expresiones de lealtad. «Éste es nuestro hombre —gritó el carnicero—. Ve y haz que se vayan de aquí estos hijos de puta». Las masas estarán siempre dispuestas a aplaudir todo lo que tenga la apariencia de una acción decisiva. Pero el rostro de Pisón era una máscara helada.
Apenas se había ido Pisón —al campamento de los pretorianos o a dondequiera que fuera— cuando alguien gritó que Otón había sido asesinado. Lo había visto caer con sus propios ojos. Surgió un sonoro aplauso. A muchos les aliviaba saber que no habría gran derramamiento de sangre.
Domiciano dijo: «Debemos entrar en el palacio y manifestar nuestra lealtad».
Otros se le habían adelantado. Varios senadores y caballeros de la orden ecuestre, que habían estado merodeando vacilantes alrededor de la multitud, ahora hicieron que sus esclavos les permitieran avanzar. Abrieron violentamente las puertas del palacio (Domiciano y yo detrás de ellos) y se amontonaron en torno a Galba, declarando su lealtad y diciendo a gritos que se les había negado la oportunidad de manifestarla y también de vengarse del traidor Otón. Fue una exhibición despreciable.
Honraba a Galba el que no parecieran impresionarle todas estas manifestaciones. Eso es lo que primero me pareció a mí. Después, observando la vacuidad de su mirada y la falta absoluta de expresión en su arrugado rostro, me pregunté si el anciano sabía sin lugar a dudas lo que estaba pasando. Y no es que esto fuera claro.
Alguien, pero no el emperador, dio una orden, y un esclavo empezó a colocarle su coraza. Esto no fue fácil. Galba apenas podía mantenerse en pie. Después, una vez armado, era evidente que corría el peligro de que lo tirara al suelo la turbulencia de la multitud. Cada vez más gente invadía el palacio para manifestarle su eterna adhesión. Entonces, siguiendo una orden de Icelo, fue colocado en una silla y alzado sobre los hombros de cuatro esclavos nubios, por encima de las cabezas de sus súbditos. Estaba en esta elevada posición cuando un miembro de su escolta personal avanzó a empujones hacia adelante, con la espada extendida y chorreando sangre. Este espectáculo silenció el murmullo de las voces.
—¿De quién es esa sangre? —preguntó Icelo.
—Es la sangre de Otón, a quien acabo de matar —dijo el soldado.
Si esperaba una recompensa —y seguramente la esperaba—, experimentó una desilusión.
—¿Quién te dio esa orden? —quiso saber Galba.
—¡Qué viejo tan estúpido! —le dije en un susurro a Domiciano—. Vamos, no es aquí donde debemos estar.
Salió detrás de mí, de mala gana y perplejo.
No lo comprendo —comentó cuando estábamos más allá del palacio. (Yo había tenido que cogerle del brazo y casi arrastrarlo detrás de mí.)—. ¿Por qué no nos hemos quedado? Me habría beneficiado haber tenido una oportunidad de impresionar a Galba con mi lealtad. Ahora me has privado de esa posibilidad.
—Me lo agradecerás algún día —dije, y le hice bajar apresuradamente el tramo de escalones que sirven de atajo para llegar al Foro. Hasta que le metí en una taberna y nos sentamos con una garrafa de Marino frente a nosotros, no estuve preparado para explicarle nada.
—Hay algo que no va bien y no sé lo que es, pero lo hay. En primer lugar ese soldado estaba mintiendo. Tal vez creyera que era Otón a quien había matado. No estoy seguro, pero no creo que lo fuera.
—Estás loco —dijo Domiciano—, y yo he perdido mi oportunidad de impresionar al emperador porque a ti se te ha ocurrido una idea insensata.
—Recuerda el consejo de tu tío —le repliqué— acerca de que nos quedáramos en casa. El día de hoy no ha terminado todavía. Bebamos ahora este vino y esperemos los acontecimientos.
De momento hubo un período de calma. La multitud estaba aún empujando de un lado a otro en el Foro, balanceada por olas de ansiedad. A veces era cierto que Otón había sido asesinado… a veces no. Por el contrario, la Guardia avanzaba ahora desde su campamento, preparándose para una matanza en la ciudad. No, esto no iba a ocurrir, ciertamente venía, pero para manifestar su lealtad a Galba y rendirle homenaje. Pisón había reunido una tropa de caballería y estaba persiguiendo a los últimos rebeldes; por otro lado, a Pisón se le había visto huyendo de la ciudad disfrazado de mujer.
En resumen, se decía de todo y durante un momento todo se creía, aunque lo que se decía después lo contradecía. Así que al no saber nada con seguridad, las masas estaban en un estado de perpetua inquietud.
Se oyeron unos aplausos cuando se vio una litera en la que estaba Galba salir del palacio y empezar a descender hacia el Foro, protegida por la cohorte que había estado prestando su deber en el palacio aquella semana.
—¡Galba ha venido a dar gracias a los dioses por su liberación! —gritaron algunos—. ¡Larga vida al emperador!
Aunque muchos habían venido a verle vencido, todos consideraban ahora prudente celebrar con aplausos esta liberación, y los que más le odiaban eran los que aplaudían y gritaban con más fuerza. Domiciano lo habría hecho también si yo no le hubiera puesto la mano en la boca.
—¡La caballería!
Éste fue el nuevo grito, y el terror se apoderó de la multitud. Yo arrastré a Domiciano al pórtico de un templo, no me acuerdo cuál. Mientras lo hacía, vi al portaestandarte de la cohorte que protegía al emperador coger la efigie de Galba, levantarla para que la gente la viera y después tirarla al suelo. Fue un momento de horror que nos afectó a todos. El populacho huyó del Foro, presa de un pánico repentino, como bajo los truenos de una tormenta. Y, efectivamente, empezó a llover a cántaros y la lluvia, empujada por una ráfaga de viento, azotó los rostros de los esclavos que llevaban la litera. La guardia personal vaciló y después, con un grito unánime, exclamó: «¡Otón emperador!». Los aterrados porteadores corrían de un lado a otro. Cerca del pequeño lago cuyo nombre es Curdo, Galba fue arrojado de la litera. Se quedó en el suelo y ya no lo pude volver a ver, porque estaba rodeado por los soldados que habían jurado protegerlo y ahora le daban golpes con sus espadas en la cabeza y en el cuerpo.
Yo había oído relatos de muertes, visto a menudo a gladiadores asesinados, pero no había visto nunca a nadie importante ser literalmente despedazado. Un soldado le cortó la garganta empujando con el pie su espada. Competían unos con otros para lograr mayor mérito.
También murieron otros. Vinio gritó que Otón no había ordenado que se le diera muerte. Intentó escapar. Un movimiento circular de la espada de un legionario le alcanzó por detrás de la rodilla. Cayó al suelo y otro legionario clavó su cuerpo a la tierra. Esto sucedía justamente a la entrada del Templo del divino julio. Creo que Laco fue asesinado poco después que su señor. A Icelo, puesto que era un liberto, se le reservó para la ejecución pública.
Todo concluyó en menos tiempo del que lleva contarlo. Teníamos un nuevo emperador, Otón, que más tarde, ese mismo día, cuando ya había anochecido, se presentó en el Senado, donde fue recibido con vítores y aclamaciones. Se apresuraron a conferirle el poder tribunicio, lo que convertía a su persona en inviolable.
—Como a Galba —masculló Domiciano.
Pisón sobrevivió hasta casi llegada la noche. Se había refugiado en el Templo de las Vírgenes Vestales y permaneció escondido allí durante algunas horas. Pero en cuanto esto se supo, un soldado perteneciente a la infantería auxiliar británica —y por lo tanto indiferente al delito de sacrilegio— forzó la entrada y, sin hacer caso de las protestas de las sacerdotisas, arrastró a la calle al auxiliar de emperador de esa misma mañana y lo degolló. Se cuenta que Otón recibió la cabeza de Pisón con evidente alegría.
Para entonces Domiciano y yo habíamos vuelto a casa de su tía. Fue por conducto de Flavio Sabino por el que recibí más tarde el completo y exacto informe de estos asesinatos o ejecuciones, llámalos como quieras. Durante el día habíamos estado dominados por la excitación y la temblorosa inquietud de la situación cambiante. Ni siquiera habíamos experimentado el frío temblor del miedo. Luego, a salvo frente al hogar, con copas de vino caliente aderezado con especias entre las manos, mientras escuchábamos las reprensiones de la tía —tenía la voz como el chirrido de una gaviota asustada—, me di cuenta de que no podía dejar de temblar. Domiciano estaba sentado, inmóvil como un monumento, a excepción de un nervio que se le movía en la mejilla derecha. Levantó la mano dos veces como si quisiera parar ese movimiento, pero cuando la bajaba otra vez el nervio seguía crispándose.
Una llamada a la puerta nos hizo ponernos de pie. Mi mano se alargó en busca de un arma. Pero fue Flavio Sabino quien entró. Y estaba sonriendo.