VIII

Confieso que compuse mi última carta con la intención de irritar a Tácito. La simpatía expresada hacia Esporo le enfurecería sin duda alguna. Odia todo lo que huele a degeneración, y a veces habla como si las pobres criaturas como Esporo fueran responsables de su propia desventurada condición. Es realmente ridículo. De hecho, a pesar de todas sus cualidades, su Historia adolecerá de falta de imaginación. No se puede nunca poner en el lugar de otra persona.

Pero ya he dicho suficiente con respecto a Nerón, un tipo desdichado y hortera, a fin de cuentas. Es apropiado hacer un último comentario y debo acordarme de comunicárselo a Tácito en mi próxima carta: Nerón mintió hasta el final al afirmar que con él moría un artista. El caso es que él nunca fue un artista, él simplemente fue artístico.

Ahora Galba.

¿Cuánto le diré de él?

Mucho, porque Galba siempre ha sido una especie de héroe para mi amigo Tácito. En los últimos años, cuando estábamos juntos en el Senado, le he oído hablar de la nobleza de Galba y de sus grandes servicios al Senado antes de que consiguiera la corona imperial. Ha llegado a decir que, si se le hubiera dado la oportunidad y con mejor fortuna, Galba habría sido un gran emperador, siendo en el fondo un republicano y un hombre respetuoso del Senado. No le gustó nada cuando yo hice la observación de que todo el mundo habría considerado a Galba merecedor del Imperio si no hubiera sido nunca emperador.

De todas maneras, aunque no le gustó lo que dije, no podía negar que era verdad. Hasta le vi tomar nota de mis palabras. Sería gracioso que las repitiera en su Historia.

Y no es que me importe mucho que me copie lo que digo. Cuanto más me copie, mejor será su Historia, y yo no tengo deseo de fama literaria. ¿Qué haría con ella aquí?

Pero volvamos a Galba: era exactamente el tipo de gilipollas que despertaría admiración en Tácito. Galba estaba inmensamente orgulloso de su linaje, tan orgulloso que lo adornaba y, en una inscripción pública, lo remontó hasta Júpiter por parte de padre y a Pasifae, la esposa del rey Minos de Creta, por la de su madre. Yo nunca he tenido paciencia con esas tonterías. Su abuelo fue uno de los asesinos de César, que se asoció a la conspiración porque no se le había nombrado cónsul… El abuelo del futuro emperador escribió un inmenso e ilegible libro de historia, pero no recuerdo exactamente el tema. Y su padre era un jorobado. Corría el rumor de que cuando se acostó por primera vez con su futura esposa —creo que se llamaba Acaica y descendía de aquel Lucio Memio que vergonzosamente saqueó Corinto, destruyendo muchas cosas de interés histórico y artístico— se desnudó hasta la cintura, revelando su joroba y diciéndole que nunca le ocultaría nada. Si mantuvo esta promesa, fue un caso único entre el gremio de los maridos…

El futuro emperador nació unos diez años antes (le la muerte de Augusto. Tenía un hermano mayor que se arruinó y se degolló porque Tiberio rehusó darle un puesto de mando en las provincias, que él no merecía, pero con el que había contado para sanear su fortuna, exprimiendo al máximo a los habitantes de la provincia al estilo de los viejos republicanos, tal como lo hacía el archihipócrita Marco Bruto. A Galba le gustaba que corriera la voz de que cuando él era un niño, Augusto le había profetizado un gran futuro, hasta el punto de que finalmente sería emperador. Esto era pura fantasía, porque todo el mundo sabe que Augusto estaba decidido a mantener la sucesión dentro de su propia familia y, en cualquier caso, siempre tenía el cuidado de referirse a sí mismo como princeps, y no imperator, un título que, según él decía, tenía un sentido puramente militar.

De todas maneras, hubo signos de que Galba estaba destinado a realizar grandes cosas. Cuando su abuelo, el historiador, estaba un día llevando a cabo sacrificios, bajó un águila del cielo que cogió las entrañas de sus manos y se las llevó a una encina cargada de bellotas. El jorobado dijo que esto presagiaba un gran honor para la familia. El historiador se mostró más escéptico. «Sí —dicen que dijo—, ¡el día que una mula para!». Más adelante Galba hizo saber que una mula había parido el día que él se enteró de la rebelión acaudillada por Vindex, y decidió que esto le daba la oportunidad de aspirar al Imperio. A esta historia se le otorgó gran crédito, ¡no hay nada como la credulidad!

Alguien le contó una vez a Tiberio que Galba sería finalmente emperador, cuando fuera viejo.

«Eso no me preocupa nada», contestó el verdadero emperador.

Todo esto lo he dicho de paso y no tengo la menor duda de que Tácito conoce ya estas historias y las repetirá, si le conviene.

Una razón por la que mi amigo admira tanto a Galba es que lo veía como un ejemplo de la virtud republicana al estilo antiguo. Por ejemplo, le encantó enterarse de que Galba practicaba la antigua costumbre de congregar a los esclavos de su casa, por la mañana y al atardecer, para que le dijeran buenos días y buenas noches. Una costumbre que carecía totalmente de sentido, en mi opinión.

Galba le hizo la pelotilla a la Augusta, Livia, cuando él era joven y creía que le dejaría algo en su testamento. Algunos decían que era para agradarla, cuando era edil a cargo de los Juegos, por lo que introdujo el espectáculo de elefantes caminando por la cuerda floja. Eso es ridículo; a Livia Augusta nunca le gustaron esas estupideces.

Tuvo una larga carrera dedicada al servicio público y no lo hizo mal, pero nunca tan bien como para suscitar la envidia de los emperadores. El hecho de que sobreviviera a Cayo Calígula y a Nerón es, en mi opinión, prueba de su esencial mediocridad. Pero le gustaba presentarse como un ordenancista de la vieja escuela. Por ejemplo, cuando era gobernador en España, hizo crucificar a un ciudadano romano de quien se decía que había envenenado a su pupilo, aunque se dice que las pruebas fueron suministradas por personas que tenían interés en que se condenara al hombre. Galba respondió a las quejas de los que creían que no se debía crucificar a un ciudadano ordenando que la cruz fuera más alta que las demás y encalada, para hacerla aún más conspicua. Galba se casó sólo una vez. Sentía antipatía por su mujer, que se llamaba también Livia, según recuerdo, y no hacía caso de sus hijos: no se inmutó cuando murieron jóvenes. Pero hipócrita como era, alegó que el amor que le había profesado a su difunta mujer fue la razón por la que nunca se volvió a casar. De hecho, no le gustaban las mujeres, ni ciertamente los muchachos jóvenes, sino los hombres maduros. Como todo el mundo desprecia al hombre que, aun siendo adulto, hace el papel de la mujer en la cama, ocultó esta inclinación lo mejor que pudo hasta que llegó a ser emperador. Entonces cayó presa de tal excitación cuando le llegó la noticia de la muerte de Nerón que cogió a su liberto Icelo, un bruto de tez morena y bien parecido, lo besuqueó y le pidió que se desnudara enseguida y le proporcionara placer. Me pregunto qué consecuencia sacará Tácito de esa historia. Ninguna, me atrevo a decir.