IV
Ahora, aquella litera le parece a Bartch el bien más preciado del mundo. Tiene todo un lado del cuerpo anquilosado, y durante la noche casi se ha muerto de frío, sin haber podido pegar un ojo.
El sol calienta de nuevo sin piedad. En torno a él, el mismo océano desnudo; encima de él, el mismo cielo sin vida. La rodilla de Bartch se ha hinchado más y ni siquiera puede mover la pierna.
Con el calor y el agotamiento, sus ideas empiezan a embrollarse. Trata de desenredarlas.
¿Qué había pasado, después de haberse quedado dormido? Durmió tres horas y media, media hora más que de costumbre.
Apenas despierto, había llamado a Karry.
—Escuche —le había dicho Karry—. Pensándolo bien, no tiene usted ya nada que hacer ahí. Su elemento es el mundo vegetal, ¿no es cierto? Que App y Charlie continúen ocupándose de los elefantes. En cuanto a usted, le ruego que lo deje todo y se dirija inmediatamente a las islas Tuamotu. Acaban de descubrir en ellas un virus que acelera considerablemente el crecimiento del bambú. ¡No sé lo que pasa en nuestro planeta! Tal vez ha llegado hasta nosotros una polvareda viviente procedente de las profundidades del Cosmos... Es la última misión que le confío, luego podrá dedicarse de nuevo a su tántalo.
¿Qué pasó después? Lo sabemos. Bartch había caído sobre aquel islote desconocido. Llevaba casi dos días allí. Pero sólo le obsesionaba una idea: el tántalo. Repasó de nuevo toda la cadena de acontecimientos, examinando minuciosamente cada uno de sus eslabones. Ahora no le faltaba tiempo para reflexionar.
Y, súbitamente, Bartch se sobresaltó como si acabara de morderle una serpiente. Trató incluso de levantarse, pero un agudo dolor en la pierna le obligó a tumbarse de nuevo sobre la roca.
Bartch acababa de comprender de modo absolutamente claro de dónde procedía el tántalo. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Sin embargo, Svensen le había sugerido aquella idea, al hacerle visitar la prisión de microbios y al retenerle por tanto tiempo en la sección de los virus...
Era evidente. El tántalo era el resultado de transformaciones múltiples y rápidas de un virus existente desde hacía mucho tiempo sobre la Tierra. A Bartch le parecía ahora que aquella idea acudió de un modo confuso a su mente durante la visita, mientras contemplaba las innumerables variaciones de los «virus-muelles». Recordó que Svensen no había dejado de observarle mientras permanecieron en aquel laboratorio.
Svensen no había querido comunicarle su opinión. ¿Por qué? ¿Porque deseaba controlarse a sí mismo? ¿O porque temía que si manifestaba su opinión podía apartar a Bartch de otra hipótesis, tal vez correcta? Al igual que todos los sabios, Svensen era muy prudente y nunca se precipitaba en sus conclusiones. Sabía que los caminos de la ciencia no son fáciles, que no se puede rechazar nada, que hay que tomarlo todo en cuenta.
Ahora, una cosa era evidente para Bartch: todos aquellos nuevos virus que armaban tanto ruido eran en el fondo un solo y mismo virus. O, más exactamente, todos procedían del mismo.
Todo empezó, seguramente, con el modesto e inofensivo virus que existía quizá desde hacía millares de años en el fondo de la selva tropical de América del Sur. Aquel virus era el antepasado del tántalo, del virus que había provocado la enfermedad de los elefantes y, muy probablemente, del que aceleraba el crecimiento del bambú. Había que tratar con manganeso, no al tántalo, sino a aquel antepasado, descubierto en la cuenca del Amazonas hacía medio siglo. Entonces se obtendría, con toda seguridad, la forma de virus responsable de la enfermedad de los elefantes.
¡Lástima que aquellas ideas llegaran tan tarde! ¡Maldito bloque universal! Con lo útil que ahora le sería...
Súbitamente, Bartch creyó que estaba soñando: el bloque universal había emitido la señal de «información urgente».
Tomó el bloque e hizo girar febrilmente los botones de sintonización. La lámpara se encendió únicamente cuando la aguja marcaba la longitud de onda de las informaciones urgentes. En el bloque universal, la recepción de aquella onda tenía un canal independiente. El único que, por lo visto, seguía funcionando.
Mientras, decepcionado, pensaba todo esto, el locutor anunció:
«La nave interestelar Venus-8 está en camino hacia la Tierra».
De momento, Bartch no captó el significado de aquella noticia.
«Muy bien —pensó, maquinalmente—. Karbychev no tardará en llegar y me ayudará a desenmarañar esa historia del tántalo...»
Pero inmediatamente todo su ser se vio como sacudido por una descarga eléctrica. ¿Qué le había sucedido a la Venus-8? ¡Su regreso a la Tierra estaba previsto para dentro de diez meses!
El locutor sólo anunció que la nave volaba hacia la Tierra. Las observaciones astronómicas habían permitido establecerlo. Pero aún no había entrado en contacto con el planeta. No podría hacerlo, recordó Bartch, hasta que se hubiera alejado lo suficiente de Venus. Colocó el bloque universal contra un peñasco a fin de poder ver la pantalla sin necesidad de volver la cabeza y fijó el botón en la posición de «recepción».
La noche fue tranquila. Por la mañana, Bartch oyó la voz emocionada del locutor que anunciaba:
«La expedición ha descubierto seres pensantes en Venus».
Bartch se sobresaltó. ¡He aquí por qué regresaban! ¡Qué desgracia la suya, condenado a permanecer aquí en el momento de producirse uno de los mayores acontecimientos del siglo!
El locutor permaneció en silencio durante casi veinticuatro horas. Luego dio las primeras informaciones sobre los «hombres» de Venus. Estaban cubiertos de un espeso pelaje, que recordaba la piel del castor, no sabían lo que eran los vestidos, pero poseían armas para la caza, unos venablos con la punta de pedernal.
Hubo otras informaciones. Pero Bartch se hallaba en un estado rayano en la inconsciencia. Las palabras llegaban a su oído, pero no las comprendía. ¿Cuánto duró aquello? Sin duda mucho tiempo. Luego, oyó claramente la voz de Charlie.
—¡Allo! ¡Bartch! ¿Dónde está usted? ¿Qué le ha pasado?
El rostro de Charlie apareció en la pantalla. Pálido, con un mechón de cabellos negros caído sobre la frente, miraba a Bartch fijamente como si le viera.
—¿Por qué no contesta?
Charlie desapareció y, durante largo rato, Bartch, que estaba como sumergido en una espesa niebla, trató de comprender si había soñado o si efectivamente había visto a Charlie.
Cerró los ojos. Y volvió a abrirlos al oír de nuevo la voz de Charlie, otra vez presente en la pantalla.
—¡Conteste, Bartch! —suplicó—. Transmita al menos sus coordenadas. Estamos desorientados...
Charlie desapareció.
Bartch concentró todas sus energías mentales, tratando de rechazar los pensamientos que le asaltaban. Tenía que dormir. Tenía que resistir hasta el límite de sus fuerzas. Tal vez le encontrarían, a pesar de todo.
Volvió a ver a Charlie como en una niebla. Charlie le miraba con tanta atención que parecía verle. Luego, Charlie dio un paso adelante y Bartch comprendió que no era una imagen en la pantalla, sino el propio Charlie en carne y hueso.
—¡Por fin! —dijo Charlie—. ¿Qué tiene usted en la pierna?
Bartch sólo pudo remover los labios.
—He registrado todo el Pacífico —continuó Charlie—. Su aparato no había confirmado el aterrizaje. Sólo había anunciado que saltó usted en paracaídas, y nos dio unas coordenadas falsas. Ardía ya en el aire...
Bartch esperó a que el rostro de Charlie surgiera de la bruma que lo envolvía, esperó a oír su voz más claramente.
—¡Tántalo! —gritó, reuniendo sus últimas energías—. El mismo que el virus de los elefantes. Y que el del Amazonas...