246—, no había absolutamente ninguna otra cosa que hacer, y aquello podía haber durado horas enteras; ella ni siquiera pensaba en lo que vendría después. Solo había que esperar a que se desprendiese del seno como una gorda abeja.

Hay mujeres, sin embargo, que no pueden amamantar y en las cuales se perpetúa la asombrada indiferencia de las primeras horas, mientras no encuentren lazos concretos con el niño. Tal fue el caso, entre otros, de Colette, a quien no le fue posible amamantar a su hija y que describe con su habitual sinceridad sus primeros sentimientos maternales247:

Lo que sigue es la contemplación de una persona nueva que ha entrado en la casa sin venir de fuera... ¿Ponía yo en mi contemplación bastante amor? No me atrevo a afirmarlo. Ciertamente, tenía el hábito —todavía lo tengo— del asombro. Lo ejercitaba sobre el conjunto de prodigios que es el recién nacido: sus uñas, semejantes en transparencia al combado caparazón de la gamba; las plantas de sus pies, que habían venido a nosotros sin tocar tierra. El leve plumaje de sus pestañas, bajadas sobre las mejillas, interpuestas entre los paisajes terrestres y el sueño azulado del ojo. El pequeño sexo, almendra apenas incisa, bivalva exactamente cerrada, labio con labio. Pero la minuciosa admiración que dedicaba a mi hija no tenía nombre para mí, no la sentía como amor..: Acechaba. De los espectáculos que mi vida había tanto tiempo esperado no extraía yo la vigilancia y la emulación de las madres deslumbradas. ¿Cuándo llegaría para mí el signo que realiza una segunda y más difícil fractura? Tuve que aceptar que una suma de advertencias, de furtivos impulsos celosos, de falsas premoniciones y aun de verdaderas, el orgullo de disponer de una vida de la cual era yo humilde creadora, la conciencia un poco pérfida de dar al otro una lección de modestia, me convirtiese, por fin, en una madre corriente. Empero, no me serené hasta que el lenguaje inteligible floreció en unos labios arrebatadores, cuando el conocimiento, la malicia e incluso la ternura hicieron de un rorro standard una hija, y de una hija, ¡mi hija!

Hay también multitud de madres a quienes espantan sus nuevas responsabilidades. En el curso de su embarazo, no tenían más que abandonarse a su carne; no se les exigía ninguna iniciativa. Ahora, tienen ante sí una persona con derechos sobre ellas. Algunas mujeres acarician alegremente a su hijo mientras están en el hospital, todavía gozosas y despreocupadas; pero tan pronto como entran en su casa empiezan a mirarlo como un fardo. Ni siquiera la lactancia les aporta ningún goce; por el contrario, temen que el pecho se les estropee; llenas de rencor, sienten sus senos agrietados, sus pezones doloridos; la boca del niño las hiere: les parece que succiona sus energías, su vida, su felicidad. Les inflige una dura servidumbre, y ya no forma parte de ellas: se presenta como un tirano; miran con hostilidad a aquel diminuto individuo extraño que amenaza su carne, su libertad, su yo todo entero.

Otros muchos factores intervienen. Las relaciones de la mujer con su madre conservan toda su importancia. H. Deutsch cita el caso de una joven lactante cuya leche desaparecía cada vez que su madre iba a verla; con frecuencia solicita ayuda, pero se siente celosa de los cuidados que otra prodiga a su bebé y mira a este con cierta morosidad. Las relaciones con el padre del niño, los sentimientos que este mismo experimente, ejercen también una gran influencia. Todo un conjunto de razones económicas y sentimentales define al niño como un fardo, una cadena o una liberación, una joya, una seguridad. Hay casos en los cuales la hostilidad se convierte en un odio declarado, que se traduce en una extremada negligencia o en malos tratos. Lo más frecuente es que la madre, consciente de sus deberes, la combata; esa hostilidad engendra remordimientos que provocan angustias en las cuales se prolongan las aprensiones del embarazo. Todos los psicoanalistas admiten que las madres que viven con la obsesión de hacer daño a sus hijos, las que se imaginan horrendos accidentes, experimentan hacia ellos una enemistad que se esfuerzan en rechazar. Lo que en todo caso es notable y distingue esa relación de toda otra relación humana, es que en los primeros tiempos el niño no interviene por sí mismo: sus sonrisas, sus balbuceos, no tienen otro sentido que el que su madre les da; de ella depende, y no de él, que le parezca encantador, único, o, por el contrario, enojoso, trivial, odioso. Por ese motivo, las mujeres frías, insatisfechas, melancólicas, que esperaban del niño una compañía, un calor, una excitación que las arrancase de sí mismas, siempre se sienten profundamente decepcionadas. Al igual que el «paso» de la pubertad, de la iniciación sexual, del matrimonio, el de la maternidad engendra una decepción melancólica en los sujetos que esperan que un acontecimiento exterior pueda renovar y justificar su vida. Es el sentimiento que hallamos en Sofía Tolstoi cuando escribe:

Estos nueve meses han sido los más terribles de mi vida. En cuanto al décimo, es preferible no hablar.

En vano se esfuerza por inscribir en su diario una alegría convencional: lo que nos impresiona es su tristeza y su temor a las responsabilidades.

Todo se ha cumplido., He dado a luz, he tenido mi parte de sufrimiento, me he levantado y, poco a poco, vuelvo a entrar en la vida con un temor y una inquietud constantes respecto al niño y, sobre todo, respecto a mi marido. Algo se ha roto en mí. Algo me dice que sufriré constantemente; creo que es el temor a no saber cumplir mis deberes hacia mi familia. He dejado de ser natural, porque me atemoriza ese vulgar amor de la hembra por sus pequeños y temo amar exageradamente a mi marido. Se afirma que es una virtud amar al marido y a los hijos. Esta idea me consuela a veces... ¡Cuán poderoso es el sentimiento maternal y qué natural me parece ser madre! Es el hijo de Liova; he ahí por qué lo amo.

Pero se sabe que alardea de tanto amor por su marido precisamente porque no le ama; y esa antipatía recae sobre el hijo concebido en medio de abrazos que le repugnaban.

K. Mansfield ha descrito la vacilación de una joven madre que mima a su marido, pero que sufre con repulsión sus caricias. Delante de sus hijos, experimenta ternura y al mismo tiempo una impresión de vacío que ella interpreta con melancolía como una total indiferencia. Mientras descansa en el jardín al lado de su hijo recién nacido, Linda piensa en su marido, Stanley248.

Ya estaba casada con él, e incluso le amaba. No al Stanley que todo el mundo conocía, no al Stanley cotidiano, sino a un Stanley tímido, sensible, inocente, que se arrodillaba todas las noches para decir sus oraciones. Pero la desgracia era... que veía muy raras veces a su Stanley. Había relámpagos e instantes de calma, pero el resto del tiempo tenía la impresión de vivir en una casa siempre presta a incendiarse, o en un barco que todos los días naufragaba. Y siempre era Stanley quien se hallaba en el centro del peligro. Pasaba ella todo su tiempo salvándolo, cuidándolo, calmándolo y escuchando su historia. El tiempo que le quedaba libre, lo pasaba atemorizada ante la idea de tener hijos... Era muy bonito decir que tener hijos es la suerte común a todas las mujeres. No era cierto. Ella, por ejemplo, podría demostrar que era falso. Se sentía rota, debilitada y desalentada por sus embarazos. Y lo más duro de soportar era que no amaba a sus hijos. No vale la pena disimular... No; era como si un viento frío la hubiera helado en cada uno de aquellos terribles viajes; ya no le quedaba ningún calor que darles.

En cuanto al pequeño... ¡Pues bien!, gracias al cielo pertenecía a su madre, a Beryl, a quien quisiera. Ella apenas le había tenido en sus brazos. Mientras reposaba allí a sus pies, le resultaba completamente indiferente. Bajó la mirada... Había algo tan extraño, tan inesperado en aquella sonrisa, que Linda sonrió a su vez. Pero se repuso y dijo fríamente al niño: «No me gustan los bebés.» «¿No te gustan los bebés? —no podía creerlo—. ¿No me quieres?» Y agitaba estúpidamente los brazos hacia su madre. Linda se dejó caer sobre la hierba. «¿Por qué continúas sonriendo? —inquirió severamente—. Si supieses lo que estaba pensando, no te reirías...» Linda estaba asombrada de la confianza que mostraba aquella criaturita. Ah, no; sé sincera. No era eso lo que sentía; era algo enteramente diferente, algo tan nuevo, tan... Las lágrimas danzaron en sus ojos y susurré dulcemente al niño: «Buenos días, mi extraño pequeñín...»

Todos estos ejemplos bastan para demostrar que no existe el «instinto» maternal: en ningún caso es aplicable ese vocablo a la especie humana. La actitud de la madre es definida por el conjunto de su situación y por el modo en que la asume. Como acabamos de ver, es extremadamente variable.

El hecho, empero, es que, si las circunstancias no son positivamente desfavorables, la madre hallará en el niño un enriquecimiento.

Era como una respuesta a la realidad de su propia existencia... Por él aprehendía ella todas las cosas y a sí misma en primer lugar, escribe C. Audry a propósito de una joven madre.

En boca de otra, pone estas palabras:

Gravitaba sobre mis brazos y sobre mi pecho como lo que de más pesado hubiese en el mundo, hasta el límite de mis fuerzas. Me hundía en la tierra, en el silencio y la oscuridad. Me había arrojado de golpe sobre los hombros todo el peso del mundo. Por eso mismo lo había querido. Sola, era yo demasiado ligera.

Si algunas mujeres, que más que madres son «ponedoras», se desinteresan del niño tan pronto como lo han destetado, o desde que ha nacido, y no desean más que un nuevo embarazo, muchas otras, por el contrario, experimentan que es la separación misma la que les da al hijo; este no es ya un pedazo indistinto de su yo, sino una parcela del mundo; ya no acosa sordamente al cuerpo, sino que se le puede ver y tocar; tras la melancolía del alumbramiento, Cécile Sauvage expresa la alegría de la maternidad posesiva:

Hete aquí, mi pequeño amante,

en el gran lecho de mamá;

puedo besarte, tenerte,

sopesar tu espléndido porvenir;

buenos días, mi estatuita

de sangre, de gozo y carne desnuda,

mi pequeño «doble», mi corazón...

Se ha dicho y repetido que la mujer encuentra felizmente en el niño un equivalente del pene: eso es rotundamente inexacto. De hecho, el hombre adulto ha dejado de ver en su pene un juguete maravilloso: el valor que conserva su órgano es el de los objetos deseables cuya posesión se asegura; de igual modo, la mujer adulta envidia al varón la presa que se anexiona, no el instrumento de esa anexión; el niño satisface ese erotismo agresivo al que no colma el abrazo masculino: es el homólogo de esa amante que ella entrega al varón y que este no es para ella; bien entendido, no existe equivalente exacto: toda relación es original; pero la madre encuentra en el niño —como el amante en la amada— una plenitud carnal, y esto, no en la rendición, sino en la dominación; ella capta en él lo que el hombre busca en la mujer: un otro, naturaleza y conciencia a la vez, que sea su presa, su doble. El encarna toda la Naturaleza. La heroína de C. Audry nos dice que encontraba en su hijo.

La piel que era para mis dedos, que había cumplido la promesa de todos los gatitos, de todas las flores...

Su carne tiene esa dulzura, esa tibia elasticidad que, de niña, la mujer ha codiciado a través de la carne materna y, más tarde, por doquier en el mundo. El es planta, animal; en sus ojos están las lluvias y los ríos, el azul del cielo y de la mar; sus uñas son de coral; sus cabellos, una vegetación sedosa; es un muñeco vivo, un pájaro, un gatito; mi flor, mi perla, mi polluelo, mi corderito... La madre murmura casi las mismas palabras que el amante, y, como él, se sirve ávidamente del adjetivo posesivo; utiliza los mismos modos de apropiación: caricias, besos; estrecha al niño contra su cuerpo, le envuelve en el calor de sus brazos, de su lecho. A veces esas relaciones revisten un carácter netamente sexual. Así, en la confesión recogida por Stekel y que ya he citado, se lee:

Amamantaba a mi hijo, pero sin alegría, porque no medraba y los dos perdíamos peso. Eso representaba algo de sexual para mí y experimentaba un sentimiento de vergüenza al darle el pecho. Percibía la adorable sensación de notar el cálido cuerpecito que se apretaba contra el mío; me estremecía cuando sentía que sus manitas me tocaban... Todo mi amor se desprendía de mi yo para ir hacia mi hijo... El niño estaba conmigo con demasiada frecuencia. Tan pronto como me veía en la cama (tenía a la sazón dos años), se arrastraba hacia ella y trataba de subirse encima de mí. Me acariciaba los senos con sus manitas y quería descender con su dedo, lo cual me producía tal placer, que me costaba trabajo apartarle de mí. A menudo he tenido que luchar contra la tentación de jugar con su pene...

La maternidad reviste una nueva figura cuando el niño crece; en los primeros tiempos, no es más que un rorro-standard, solamente existe en su generalidad: poco a poco, se individualiza. Las mujeres excesivamente dominantes o muy carnales se enfrían entonces con respecto a él; por el contrario, es precisamente en ese momento cuando otras —como Colette— empiezan a interesarse por él. La relación de la madre con el niño se hace cada vez más compleja: él es un doble y a veces ella está tentada de enajenarse por completo en él; pero el niño es un sujeto autónomo y, por tanto, rebelde; hoy es cálidamente real, pero en el fondo del porvenir es un adolescente, un adulto imaginario; es una riqueza, un tesoro: es también una carga, un tirano. La dicha que la madre puede encontrar en él es una dicha de generosidad; hace falta que se complazca en servir, en dar, en crear felicidad, como la madre que pinta C. Audry:

Así, pues, gozaba de una infancia dichosa, como en los libros, pero que era a la infancia de los libros como las verdaderas rosas a las rosas de las tarjetas postales. Y esa felicidad suya brotaba de mí como la leche con que le había nutrido.

Lo mismo que a la enamorada, a la madre le encanta sentirse necesaria; la justifican las exigencias a las cuales responde; pero la dificultad y la grandeza del amor maternal radican en que no implica reciprocidad; la mujer no tiene ante sí un hombre, un héroe, un semidiós, sino una pequeña conciencia balbuciente, anegada en un cuerpo frágil y contingente; el niño no ostenta ningún valor, no puede conferir ninguno; ante él, la mujer permanece sola; no espera ninguna recompensa a cambio de sus dones, que se justifican en su propia libertad. Esta generosidad merece los encomios que le prodigan incansablemente los hombres; pero la mistificación empieza cuando la religión de la Maternidad proclama que toda madre es ejemplar. Porque la abnegación maternal puede ser vivida con perfecta autenticidad; pero, de hecho, ese es un caso raro. Por lo común, la maternidad, es un extraño compromiso de narcisismo, de altruismo, de sueños, de sinceridad, de mala fe, de abnegación, de cinismo.

El gran peligro que nuestras costumbres hacen correr al niño consiste en que la madre a quien se le confía, atado de pies y manos, es casi siempre una mujer insatisfecha: sexualmente es frígida o está insatisfecha; socialmente se siente inferior al hombre; no ejerce influencia sobre el mundo ni sobre el porvenir; tratará de compensar todas estas frustraciones valiéndose del niño; cuando se ha comprendido hasta qué punto la situación actual de la mujer le hace difícil su pleno desarrollo, cuántos deseos, rebeldías, pretensiones y reivindicaciones laten sordamente en su interior, se espanta no de que le sean confiados niños indefensos. Como en la época en que, alternativamente, mimaba y torturaba a sus muñecas, sus actitudes son simbólicas: pero tales símbolos se convierten para el niño en áspera realidad. Una madre que azota a su hijo, no solo golpea al niño (en cierto sentido, no lo golpea en absoluto), sino que se venga de un hombre, del mundo o de ella misma; pero quien recibe los golpes es el niño. Mouloudji ha hecho sentir en Enrico ese penoso malentendido: Enrico comprende perfectamente que no es a él a quien su madre golpea tan locamente; y cuando ella despierta de su delirio, solloza llena de remordimientos y de ternura; Enrico no le guarda rencor, pero los golpes le han desfigurado el rostro. Del mismo modo, la madre descrita en L'asphyxie, de Violette Leduc, al desencadenarse contra su hija, se venga del seductor que la ha abandonado, de la vida que la ha humillado y vencido. Siempre se ha conocido ese aspecto cruel de la maternidad; pero, con pudor hipócrita, se ha desarmado la idea de la «mala madre» y se ha inventado el tipo de la madrastra; es la esposa de unas segundas nupcias la que atormenta al hijo de una «buena madre» difunta. En realidad, lo que madame de Ségur nos describe en madame Fichini es una madre contrafigura exacta de la edificante madame de Fleurville. A partir de Poil de carotte, de Jules Renard, las actas de acusación se han multiplicado: Enrico, L'asphyxie, La haine maternelle, de S. de Tervagnes; Vipère au poing, de Hervé Bazin. Si los tipos descritos en esas novelas resultan un poco excepcionales, es porque la mayoría de las mujeres rechazan por moralidad y decencia sus impulsos espontáneos; pero estos se manifiestan, como relámpagos, a través de escenas, bofetadas, cóleras, insultos, castigos, etc. Al lado de madres francamente sádicas, hay muchas que sobre todo son caprichosas; lo que las encanta es dominar; de chiquitín, el bebé es un juguete; si es varón, se divierten sin escrúpulos con su sexo; si es una niña, la convierten en una muñeca; más tarde, quieren que un pequeño esclavo las obedezca ciegamente: vanidosas, exhiben al niño como si fuera un animal sabio; celosas y exclusivistas, lo aíslan del resto del mundo. También es frecuente que la mujer no renuncie a ser recompensada por los cuidados que prodiga al niño: a través de este, modela un ser imaginario que la reconocerá con gratitud como una madre admirable y en quien ella se reconocerá, a su vez. Cuando Cornelia, mostrando a sus hijos, decía con orgullo: «He aquí mis joyas», daba el más nefasto ejemplo a la posteridad; demasiadas mujeres viven con la esperanza de repetir un día ese gesto orgulloso; y no vacilan en sacrificar a ese fin al pequeño individuo de carne y hueso cuya existencia contingente e indecisa no las colma. Le imponen que se parezca al marido, o, por el contrario, que no se parezca, o que reencarne a un padre, una madre, un antepasado venerado; imitan a un modelo prestigioso: una socialista alemana admiraba profundamente a Lily Braunn, cuenta H. Deutsch; la célebre agitadora tenía un hijo genial, que murió joven; su imitadora se obstinó en tratar a su propio hijo como si fuese un futuro genio, y el resultado fue que lo convirtió en un bandido. Nociva para el niño, esa tiranía inadecuada es siempre para la madre fuente de decepciones. H. Deutsch cita otro notable ejemplo, el de una italiana cuya historia siguió durante varios años:

La señora Mazetti tenía numerosos hijos y siempre se estaba quejando de hallarse en dificultades con uno u otro de ellos; solicitaba ayuda, pero era muy difícil ayudarla, porque se consideraba superior a todo el mundo y, sobre todo, a su marido y a sus hijos; se conducía con mucha ponderación y elevación fuera de la familia; pero en su casa, por el contrario, se mostraba muy excitada y provocaba escenas violentas. Procedía de un medio pobre e inculto, y siempre había querido «elevarse»; asistía a cursos nocturnos y tal vez hubiera logrado satisfacer sus ambiciones si no se hubiese casado a los dieciséis años con un hombre que la atraía sexualmente y que la había hecho madre. Continuó esforzándose por salir de su medio, siguiendo cursos, etc.; el marido era un buen obrero calificado, a quien la actitud agresiva y superior de su mujer condujo, por reacción, al alcoholismo; tal vez para vengarse de ella, la dejó encinta numerosas veces. Separada de su marido, después de un tiempo en que se resignó a su condición, empezó a tratar a sus hijos de la misma manera que al padre; durante los primeros años, los hijos la satisficieron: trabajaban bien, obtenían buenas notas en clase, etc. Pero cuando Luisa, la mayor, cumplió dieciséis años, la madre temió que repitiese su propia experiencia: se volvió tan severa y tan dura, que Luisa, en efecto, y por venganza, tuvo un hijo ilegítimo. Los hijos tomaban partido en general por su padre en contra de su madre, que los abrumaba con sus altas exigencias morales; nunca podía ella mostrar un tierno cariño más que a un solo hijo a la vez, poniendo en él todas sus esperanzas; luego, cambiaba de favorito, sin motivo aparente; y eso enfurecía a los niños y los volvía celosos. Una tras otra, las hijas empezaron a frecuentar el trato con hombres, a atrapar la sífilis y a llevar a la casa hijos ilegítimos; los muchachos se convirtieron en ladrones. Y la madre no quería comprender que habían sido sus exigencias ideales las que los habían arrojado a aquel camino.

Esta obstinación educadora y el sadismo caprichoso de que he hablado se mezclan a menudo; la madre da como pretexto de sus cóleras su deseo de «formar» al niño; e, inversamente, el fracaso de su empresa exaspera su hostilidad.

Otra actitud bastante frecuente, y que no es menos nefasta para el niño, es la devoción masoquista; algunas madres, para compensar el vacío de su corazón y castigarse por una hostilidad que no quieren confesarse, se hacen esclavas de su progenie; cultivan indefinidamente una ansiedad morbosa, no soportan que el hijo se aleje de ellas; renuncian a todo placer, a toda vida personal, lo cual les permite adoptar una actitud de víctimas; y de estos sacrificios extraen el derecho a negar al hijo toda independencia; esta renuncia se concilia fácilmente con una voluntad tiránica de dominación; la mater dolorosa hace de sus sufrimientos un arma que utiliza sádicamente; sus escenas de resignación engendran en el niño sentimientos de culpabilidad que, a menudo, pesarán sobre él durante toda la vida: esas escenas son aún más nocivas que las escenas agresivas. Zarandeado, desconcertado, el niño no da con ninguna actitud defensiva: ora los golpes, ora las lágrimas, lo denuncian como un criminal. La gran excusa de la madre consiste en que el niño está muy lejos de proporcionarle esa feliz realización de ella misma que le han prometido desde la infancia: se desquita en él del engaño de que ha sido víctima y que inocentemente denuncia el niño. De sus muñecas disponía a su antojo; cuando ayudaba a cuidar a un bebé, a una hermana o a una amiga, lo hacía sin responsabilidad. Ahora, la sociedad, su marido, su madre y su propio orgullo le exigen cuentas de esa pequeña vida extraña como si fuese obra suya: el marido en particular se irrita ante los defectos del niño como ante una comida echada a perder o ante la mala conducta de su mujer; sus exigencias abstractas pesan a menudo abrumadoramente en las relaciones entre madre e hijo; una mujer independiente —gracias a su soledad, su despreocupación o su autoridad en el hogar— será mucho más serena que aquellas otras sobre quienes pesan voluntades dominantes, a las cuales, le guste o no, debe obedecer haciendo que el niño obedezca. Porque la gran dificultad radica en encerrar en marcos previstos una existencia misteriosa como la de los animales, turbulenta y desordenada como las fuerzas de la Naturaleza, y, no obstante, humana; no se puede adiestrar al niño en silencio, como se adiestra a un perro, ni tampoco persuadirle con palabras de adulto: el niño se aprovecha de este equivoco, oponiendo a las palabras la animalidad de sus sollozos y sus convulsiones, y a las restricciones, la insolencia del lenguaje. Ciertamente, planteado así el problema, resulta apasionante; y, cuando tiene tiempo para ello, la madre se complace en ser una educadora: tranquilamente instalado en un jardín público, el bebé es todavía una coartada, como en los tiempos en que anidaba en su vientre; a menudo, habiendo permanecido más o menos infantil, a la madre le encanta hacer el tonto con él, resucitando los juegos, las palabras, las preocupaciones y las alegrías de tiempos ya enterrados. Pero cuando lava, guisa, amamanta a otro niño, hace la compra, recibe visitas y, sobre todo, cuando se ocupa de su marido, el niño no es más que una presencia importuna, agobiante; no tiene tiempo para «formarlo»; lo primero que hay que hacer es impedir que moleste; el niño rompe, desgarra, mancha, es un constante peligro para los objetos y para sí mismo; se agita, grita, habla, hace ruido: vive por su cuenta; y esa vida trastorna la de sus padres. El interés de estos y el suyo no coinciden: de ahí el drama. Incesantemente agobiados por él, los padres le infligen sin cesar sacrificios cuyas razones no comprende: le sacrifican a su tranquilidad y también a su propio porvenir. Es natural que el niño se rebele. No comprende las explicaciones que su madre trata de darle, y esta no puede penetrar en su conciencia; los sueños del niño, sus fobias, sus obsesiones, sus deseos, forman un mundo opaco: la madre no puede hacer más que reglamentar desde fuera, a tientas, a un ser que experimenta esas leyes abstractas como una violencia absurda. Cuando el niño crece, la incomprensión subsiste: penetra en un mundo de intereses y de valores de donde está excluida la madre; a menudo la desprecia por ello. El niño varón, en particular, orgulloso de sus prerrogativas masculinas, se ríe de las órdenes de una mujer: esta le exige que haga sus deberes, pero no sabría resolver los problemas que él tiene que solucionar, ni traducir aquel texto latino; ella no puede «seguirle». La madre se enerva en ocasiones hasta las lágrimas en esa tarea ingrata, cuyas dificultades raras veces calibra el marido: gobernar a un ser con quien no se tiene comunicación y que, no obstante, es un ser humano; inmiscuirse en una libertad extraña que no se define ni se afirma sino rebelándose contra vosotros.

La situación es diferente según que el niño sea varón o hembra, y, aunque el primero sea más «difícil», la madre se acomoda mejor a él generalmente. A causa del prestigio con que la mujer reviste a los hombres, y también de los privilegios que estos detentan concretamente, muchas mujeres desean hijos varones. «¡Es maravilloso traer al mundo un hombre!», dicen. Ya se ha visto que soñaban con engendrar un «héroe», y el héroe es evidentemente del género masculino. El hijo será un jefe, un conductor de hombres, un soldado, un creador; impondrá su voluntad en la faz de la Tierra y la madre participará de su inmortalidad; las casas que ella no ha construido, los países que no ha explorado, los libros que no ha leído, él se los dará. Por medio de él, poseerá ella el mundo: pero a condición de que posea a su hijo. De ahí nace la paradoja de su actitud. Freud considera que la relación de la madre con el hijo es la relación donde menos ambivalencia se encuentra; pero, de hecho, en la maternidad, al igual que en el matrimonio y el amor, la mujer mantiene una actitud equívoca con respecto a la trascendencia masculina; si su vida conyugal o amorosa la ha vuelto hostil a los hombres, para ella será una satisfacción dominar al varón reducido a su figura infantil; tratará con irónica familiaridad al sexo de arrogantes pretensiones: a veces espantará al niño diciéndole que le raptarán si no es bueno. Incluso si, más humilde y pacífica, respeta en su hijo al héroe futuro, con objeto de que sea verdaderamente suyo, se esfuerza por reducirlo a su realidad inmanente: lo mismo que trata a su marido como si fuese un niño, así trata al niño como si fuese un bebé. Resulta demasiado racional y demasiado simple creer que desea castrar a su hijo; su sueño es más contradictorio: lo quiere infinito, pero en el hueco de su mano; dominando al mundo entero, pero arrodillado ante ella. Le anima a mostrarse delicado, goloso, generoso, tímido, sedentario; le prohíbe los deportes, la camaradería; le hace desconfiado de sí mismo, porque pretende tenerlo en exclusiva; pero se decepciona si, al mismo tiempo, no se convierte en un aventurero, un campeón, un genio del cual pudiera enorgullecerse. Que su influencia es a menudo nefasta —como afirma Montherlant, como lo ha ilustrado Mauriac en Génitrix— está fuera de toda duda. Felizmente para el muchacho, puede escapar fácilmente a esta influencia: las costumbres y la sociedad le animan a ello. Y la madre misma se resigna: sabe muy bien que la lucha contra el hombre es una lucha desigual. Se consuela representando la mater dolorosa o rumiando el orgullo de haber engendrado a uno de los vencedores.

La niña se ve más completamente entregada a su madre; las pretensiones de esta se acrecientan. Las relaciones entre ambas revisten un carácter mucho más dramático. En una niña, la madre no saluda a un miembro de la casta elegida; busca en ella su doble. Proyecta en la niña toda la ambigüedad de su relación propia, y, cuando se afirma la disimilitud de ese alter ego, se siente traicionada. Entre madre e hija es donde los conflictos de los que hemos hablado adoptan una forma exasperada.

Hay mujeres lo bastante satisfechas de su vida para desear reencarnarse en una hija o, al menos, para acogerla sin decepción; querrían dar a su hija las mismas oportunidades que han tenido ellas, y también las que no han tenido, y harán que su juventud sea dichosa. Colette ha trazado el retrato de una de esas madres equilibradas y generosas: Sido mima a su hija en su libertad; la colma sin exigirle nada jamás, porque extrae su dicha de su propio corazón. Pudiera ser que, al dedicarse por entero a ese doble en el que se reconoce y supera, la madre termine por enajenarse totalmente en ella; renuncia a su yo; su única preocupación es la felicidad de su hija; se mostrará hasta egoísta y dura con respecto al resto del mundo; el peligro que la amenaza es el de hacerse importuna para aquella a quien adora, como madame de Sévigné lo fue para madame de Grignan; la hija, de mal humor, procurará librarse de una dedicación tiránica; con frecuencia tiene escaso éxito y, durante toda su vida, sigue mostrándose infantil y tímida ante sus responsabilidades, porque ha sido «incubada» en exceso. Pero es sobre todo cierta forma masoquista de la maternidad lo que amenaza con pesar abrumadoramente sobre la joven. Algunas mujeres sienten su feminidad como una maldición absoluta: desean o acogen a una hija con el amargo placer de reencontrarse en otra víctima, y, al mismo tiempo, se juzgan culpables de haberla traído al mundo; sus remordimientos, la piedad que experimentan de sí mismas a través de su hija, se traducen en infinitas ansiedades; no dejarán a la hija ni a sol ni a sombra; dormirán en la misma cama que ella durante quince o veinte años; la pequeña será aniquilada por el fuego de esa pasión inquieta.

La mayor parte de las mujeres reivindican y detestan, a la vez, su condición femenina, y la viven con resentimiento. El disgusto que experimentan por su sexo podría incitarlas a dar a sus hijas una educación viril: raras veces son bastante generosas. Irritada por haber engendrado una mujer, la madre la acoge con esta equívoca maldición: «Serás mujer.» Espera compensar su inferioridad haciendo una criatura superior de aquella a quien mira como su doble; y también tiende a infligirle la misma tara que ella ha padecido. A veces trata de imponer exactamente a la niña su propio destino: «Lo que era bastante bueno para mí, lo es también para ti; así me han educado, y tú compartirás mi suerte.» A veces, por el contrario, le prohíbe hoscamente que se le parezca: quiere que su experiencia sirva de algo; es una manera de desquitarse. La mujer de vida alegre mete a su hija en un convento, la ignorante la hace instruir. En L'asphyxie, la madre que ve en su hija la consecuencia detestada de un desliz de juventud, le dice enfurecida:

Procura comprender. Si llegara a sucederte algo semejante, renegaría de ti. Yo no sabía nada. ¡El pecado! ¡Eso es muy vago! ¡El pecado! Si un hombre te llama, no acudas. Sigue tu camino. No te vuelvas. ¿Me entiendes? Ya estás prevenida; no es necesario que te suceda eso, y, si llegara a sucederte, no tendría piedad, te dejaría en el arroyo.

Ya hemos visto que la señora Mazetti, a fuerza de querer evitar que su hija cometiese el mismo error que había cometido ella, lo que hizo fue precipitarla al mismo. Stekel refiere un complejo caso de «odio maternal» con respecto a una niña:

Conocí a una madre que no podía soportar a su cuarta hija desde que nació, una hija que era una criaturita encantadora y gentil... La acusaba de haber heredado todos los defectos de su marido... La niña había nacido en una época en que otro hombre le había hecho la corte, un poeta de quien se había enamorado apasionadamente, y esperaba que —como en Las afinidades electivas de Goethe— la niña tuviese los rasgos del hombre amado. Pero, desde su nacimiento, la niña se pareció a su padre. Además, la madre veía en aquella niña su propio reflejo: entusiasmo, dulzura, devoción, sensualidad. Ella hubiera querido ser fuerte, inflexible, dura, casta, enérgica. Mucho más que a su marido, se detestaba a sí misma en la niña.

Al crecer la niña es cuando surgen los verdaderos conflictos; ya hemos visto cómo deseaba afirmar su autonomía frente a su madre: a los ojos de esta, ese es un rasgo de odiosa gratitud; se obstina en someter a esa voluntad que se escabulle; no acepta que su doble se convierta en otra. El placer que el hombre saborea con las mujeres, el de sentirse absolutamente superior, solamente lo experimenta la mujer con sus hijos, y, sobre todo, con sus hijas; se siente frustrada si tiene que renunciar a sus privilegios, a su autoridad. Madre apasionada o madre hostil, la independencia de la hija arruina sus esperanzas. Se siente doblemente celosa: del mundo que le arrebata a su hija y de su hija, que, al conquistar una parte del mundo, se la quita. Estos celos recaen al principio sobre las relaciones de la hija con su padre; a veces la madre se sirve de la hija para atraer al marido al hogar; si fracasa, se siente despechada; pero, si su maniobra tiene éxito, está pronta a reavivar, bajo una forma inversa, sus complejos infantiles: se irrita contra su hija, como en otros tiempos contra su propia madre; se enfurruña, se considera abandonada e incomprendida. Una francesa casada con un extranjero, que amaba mucho a sus hijas, decía un día encolerizada: «¡Estoy harta de vivir con metecos!» A menudo, la mayor, favorita del padre, es particularmente blanco de las persecuciones maternas. La madre la abruma con tareas ingratas, exige de ella una seriedad impropia de su edad: puesto que es una rival, será tratada como una adulta; aprenderá también que «la vida no es una novela, que no todo es color de rosa, que una no hace lo que quiere, que no estamos aquí para divertirnos...» Con mucha frecuencia, la madre abofetea a la niña venga o no a cuento, simplemente «para que aprenda»; tiene empeño, entre otras cosas, en demostrarle que ella sigue siendo el ama: porque lo que más la irrita es que no tiene ninguna superioridad genuina frente a una niña de once o doce años; esta ya puede realizar perfectamente las faenas domésticas, es una «mujercita»; posee incluso una vivacidad, una curiosidad y una lucidez que la hacen en muchos aspectos superior a las mujeres adultas. La madre se complace en reinar sin oposición en su universo femenino; se quiere única, irreemplazable, y he ahí que su joven ayudante la reduce a la pura generalidad de su función. Reprende duramente a su hija si, después de dos días de ausencia, encuentra la casa en desorden; pero sufre accesos de furor si se demuestra que la vida familiar puede proseguir perfectamente sin ella. No acepta que su hija se convierta verdaderamente en doble, en sustituto de ella misma. No obstante, aún le resulta más intolerable que se afirme francamente como otra. Detesta sistemáticamente a las amigas en quienes su hija busca ayuda contra la opresión familiar y que «se le han subido a la cabeza»; las critica, prohíbe a su hija que las vea con demasiada frecuencia y hasta toma como pretexto su «mala influencia» para prohibirle radicalmente que las trate. Toda influencia que no sea la suya, es mala; experimenta una particular animosidad contra las mujeres de su edad —profesoras, madres de camaradas— hacia quienes la niña dirige su afecto, y declara que estos sentimientos son absurdos o malsanos. A veces bastan para exasperarla la alegría, la inconsciencia, los juegos y las risas de la pequeña; se los perdona de mejor grado a los chicos; estos hacen uso de su privilegio masculino, y es natural, porque ella hace mucho tiempo que ha renunciado a una competencia imposible. Mas ¿por qué esta otra mujer gozaría de ventajas que a ella le son negadas? Aprisionada en los cepos de la seriedad, envidia todas las ocupaciones y diversiones que apartan a la niña del aburrimiento del hogar; esta evasión es un mentís a todos los valores a los cuales se ha sacrificado. Cuanto más crece la niña, más roe el rencor el corazón de la madre; cada año que pasa empuja a la madre hacia su declinación; en cambio, de año en año, el cuerpo juvenil se afirma, se desarrolla; ese porvenir que se abre ante su hija, le parece a la madre que se lo roban; de ahí proviene la irritación de algunas madres cuando sus hijas tienen la primera regla: les guardan rencor, porque ya están, consagradas mujeres. A esta que acaba de llegar se le ofrecen, contra la repetición y la rutina que han sido la: suerte de la mayor, posibilidades todavía indefinidas: esas oportunidades son las que la madre envidia y detesta; al no poder hacerlas suyas, trata, a menudo, de disminuirlas, de suprimirlas: no deja salir de casa a la muchacha, la vigila, la tiraniza, la maniata a propósito, le niega todo ocio, se encoleriza salvajemente si la adolescente se maquilla, si «sale»; todo su rencor con respecto a la vida lo vuelca contra aquella joven vida que se lanza hacia un nuevo porvenir; procura humillar a la muchacha, ridiculiza sus iniciativas, la veja. Una lucha abierta se declara, a menudo, entre ellas; normalmente, es la más joven quien gana, porque el tiempo trabaja a su favor; pero su victoria tiene gusto a culpa: la actitud de su madre engendra en ella rebeldía y remordimiento a la vez; la sola presencia de la madre hace de ella una culpable: ya se ha visto que ese sentimiento puede gravar pesadamente sobre todo su porvenir. De buena o mala gana, la madre termina por aceptar su derrota; cuando su hija se hace adulta, se restablece entre ellas una amistad más o menos atormentada. Pero una permanece decepcionada y frustrada para siempre; la otra se creerá a menudo perseguida por una maldición.

Volveremos a ocuparnos de las relaciones que sostiene con sus hijos mayores una mujer de edad avanzada; pero, evidentemente, es durante los veinte primeros años cuando aquellos ocupan el lugar más importante en la vida de su madre. De la descripción que acabamos de hacer resalta con evidencia la peligrosa falsedad de dos prejuicios corrientemente admitidos. Consiste el primero en la idea de que la maternidad basta, en todo caso, para colmar a una mujer: no hay nada de eso. Hay multitud de madres que son desdichadas y están agriadas e insatisfechas. El ejemplo de Sofía Tolstoi, que alumbró más de doce veces, es significativo; no deja de repetir a lo largo de su diario que todo le parece inútil y vacío en el mundo y en ella misma. Los hijos le procuran una suerte de paz masoquista. «Con los hijos, ya no tengo la sensación de ser joven. Me siento tranquila y feliz.» El renunciar a su juventud, a su belleza, a su vida personal, le aporta un poco de sosiego; se siente mayor, justificada. «El sentimiento de que les soy indispensable constituye para mí una gran dicha.» Son un arma que le permite rechazar la superioridad de su marido. «Mis únicos recursos, mis únicas armas para restablecer entre nosotros la igualdad, son los hijos, la energía, la alegría, la salud...» Pero no bastan en absoluto para dar sentido a una existencia roída por el tedio. El 25 de enero de 1905, después de un momento de exaltación, escribe:

Yo también lo quiero y lo puedo todo

El segundo sexo
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