203. He visto a una mujer honesta estremecerse de horror ante la proximidad de su esposo; la he visto meterse en el baño y no creerse jamás lo bastante lavada de la mancha del deber. Esa suerte de repugnancia nos es casi desconocida a nosotros. Nuestro órgano es más indulgente.
Numerosas mujeres morirán sin haber experimentado los extremos de la voluptuosidad. Esa sensación, que yo considero como una epilepsia pasajera, es rara para ellas; pero nunca deja de llegar cuando la llamamos nosotros. La dicha soberana se les escapa entre los brazos del hombre a quien adoran. Nosotros la encontramos al lado de una mujer complaciente que nos disgusta. Menos dueñas de sus sentidos que nosotros, la recompensa es menos pronta y menos segura para ellas. Cien veces su espera es defraudada.
Multitud de mujeres, en efecto, son madres y abuelas sin haber conocido jamás el placer, ni siquiera la turbación; tratan de hurtarse a la «mancha del deber» buscando certificados médicos o recurriendo a otros pretextos. El informe Kinsey indica que, en Norteamérica, un elevado número de esposas «declaran que consideran la frecuencia de sus coitos muy elevada y desearían que sus maridos no quisieran relaciones tan frecuentes. Muy pocas mujeres desean coitos más frecuentes». Ya se ha visto, sin embargo, que las posibilidades eróticas de la mujer son casi indefinidas. Esta contradicción pone bien de manifiesto que el matrimonio, al pretender reglamentar el erotismo femenino, lo asesina.
En Thérèse Desqueyroux, Mauriac ha descrito las reacciones de una joven «razonablemente casada» frente al matrimonio en general y a los deberes conyugales en particular:
¿Tal vez buscaba en el matrimonio más un refugio que una dominación, una posesión? Lo que la había precipitado a él ¿no había sido el pánico? Niña práctica, criatura doméstica, tenía prisa por ocupar su rango, por hallar su lugar definitivo; quería sentirse segura contra no sabía qué peligro. Nunca pareció más razonable que en, la época de su noviazgo: se incrustaba en un bloque familiar, «se casaba», entraba en un orden. Se salvaba. El día asfixiante de la boda, en la angosta iglesia de Saint-Clair, donde el parloteo de las mujeres ahogaba el armonio exhausto y donde sus perfumes triunfaban del incienso, fue precisamente el día en que Thérèse se sintió perdida. Había entrado sonámbula en la jaula y, al oír el pesado estrépito de la puerta al cerrarse, la desdichada niña se despertó de repente. Nada había cambiado, pero tenía la impresión de que, a partir de ahora, ya no podría perderse sola. En lo más denso de una familia iba a cobijarse, semejante a un fuego solapado que sube por las ramas...
... En la noche de aquella boda, mitad campesina, mitad burguesa, los grupos de personas, entre los cuales destacaban los vestidos de las niñas, obligaron al coche de los esposos a disminuir la marcha, y los aclamaban... Pensando en la noche que siguió, Thérèse murmura: «Fue horrible —luego rectifica—: Bueno, no..., no tan horrible.» En el curso de aquel viaje a los lagos italianos, ¿sufrió mucho? No, no; ella jugaba a aquel juego de no traicionarse... Thérèse supo plegar su cuerpo a aquellas fintas, y en ello gustaba un placer amargo. En aquel mundo de sensaciones desconocidas en que un hombre la obligaba a penetrar, su imaginación la ayudaba a concebir que allí habría habido tal vez también para ella una dicha posible; pero ¿qué dicha? Así como ante un paisaje difuminado bajo la lluvia nos imaginamos cómo hubiera sido bajo un sol radiante, así descubrió Thérèse la voluptuosidad. Bernard, aquel muchacho de mirada ausente..., ¡qué fácil era de engañar! Bernard se encerraba en su placer como esos puercos jóvenes y encantadores a los cuales resulta curioso observar a través del enrejado cuando resoplan de felicidad delante del dornajo: «Yo soy el dornajo», piensa Thérèse... ¿Dónde había aprendido él a clasificar todo lo tocante a la carne, a distinguir las caricias del hombre honesto de las del sátiro? Jamás una vacilación...
... El pobre Bernard no era peor que otros. Pero el deseo transforma al ser que se nos acerca en un monstruo que no se le parece. «Me hacía la muerta, como si aquel loco, aquel epiléptico, hubiera podido estrangularme al menor gesto.»
He aquí un testimonio más crudo. Es una confesión recogida por Stekel y de la cual cito el pasaje que concierne a la vida conyugal. Se trata de una mujer de veintiocho años, que ha sido educada en un medio. refinado y cultivado.
Yo era una novia feliz; tenía, por fin, la impresión de estar protegida, era de pronto alguien que llamaba la atención. Era mimada, mi prometido me admiraba, todo aquello era nuevo para mí... Los besos (mi novio no había intentado jamás otras caricias) me habían inflamado hasta el punto de que no veía llegar el día de la boda... En la mañana de ese día, me hallaba presa de tal excitación, que empapé de sudor inmediatamente la camisa. Era la idea de que, por fin, iba a conocer al desconocido a quien de tal modo deseaba. Conservaba la infantil idea de que el hombre tenía que orinar en la vagina de la mujer... Una vez en nuestra alcoba, ya se produjo una pequeña decepción cuando mi marido me preguntó si quería que se alejase. Así se lo pedí, porque verdaderamente tenía vergüenza de hacerlo delante de él. La escena en la que yo me despojaría de la ropa había representado un importante papel en mi imaginación. Él regresó con aire sumamente confuso cuando yo estaba en la cama. Más tarde, me confesó que mi aspecto le había intimidado: yo era la encarnación de la juventud radiante y llena de expectación. Apenas se hubo desvestido, apagó la luz. Y, sin casi besarme, intentó tomarme inmediatamente. Estaba yo muy atemorizada y le rogué que me dejase tranquila. Deseaba estar muy lejos de él. Estaba horrorizada por aquel intento sin caricias preliminares. Lo encontré brutal, y se lo reproché a menudo más tarde: pero no era brutalidad, sino una gran torpeza y falta de sensibilidad. Todos sus intentos fueron vanos en el curso de la noche. Empecé a sentirme sumamente desgraciada, me avergonzaba mi estupidez, me creía defectuosa y mal conformada... Finalmente, me contenté con sus besos. Diez días después, logró, por fin, desflorarme; el coito sólo duró unos segundos y, salvo un leve dolor, no sentí absolutamente nada. ¡Qué gran decepción! Después experimentaba un poco de dicha durante el coito, pero el triunfo era sumamente penoso; a mi marido le costaba todavía un gran esfuerzo alcanzar su objetivo... En Praga, en el piso de soltero de mi cuñado, me imaginaba las sensaciones de este cuando supiese que yo me había acostado en su cama. Allí fue donde tuve mi primer orgasmo, que me hizo muy feliz. Mi marido me hizo el amor todos los días durante las primeras semanas. Todavía alcanzaba yo el orgasmo, pero no me satisfacía, porque era demasiado breve y estaba excitada hasta el borde de las lágrimas... Después de dos partos... el coito resultaba cada vez menos satisfactorio. Raras veces iba acompañado del orgasmo, mi marido lo experimentaba siempre antes que yo; seguía ansiosamente cada sesión (¿cuánto tiempo va a continuar?). Si él quedaba satisfecho, dejándome a medias, le aborrecía. A veces, pensaba en mi primo durante el coito, o en el médico que me había asistido durante mis partos. Mi marido intentó excitarme con el dedo... Eso me excitaba mucho, en efecto, pero, al mismo tiempo, encontraba que era un procedimiento vergonzoso y anormal y no me causaba ningún placer... Durante todo el tiempo de nuestro matrimonio, jamás me ha acariciado ninguna parte del cuerpo. Un día me dijo que no Se atrevía a hacer nada conmigo... Nunca me ha visto desnuda, porque no nos despojábamos de nuestros camisones y mi marido solo efectuaba el coito por la noche.
Esa mujer, que en verdad era muy sensual, fue después completamente dichosa en brazos de un amante.
Los noviazgos están destinados precisamente a crear gradaciones en la iniciación de la muchacha; pero a menudo las costumbres imponen a los prometidos una extremada castidad. En el caso de que la virgen «conozca» a su futuro marido en el curso de ese período, su situación no es muy diferente de la de la recién casada; ella sólo cede porque su compromiso le parece ya tan definitivo como el matrimonio mismo, y el primer coito conserva el carácter de una prueba; una vez que se ha entregado —incluso si no queda encinta, lo cual terminaría de maniatarla—, es muy raro que se atreva a retirar su palabra.
Las dificultades de las primeras experiencias son fácilmente superadas si el amor o el deseo arrancan a la pareja un total asentimiento; el amor físico extrae su poder y su dignidad del gozo que se dan y toman los amantes en la recíproca conciencia de su libertad; entonces ninguna de sus prácticas es infame, puesto que no es padecida por ninguno de ellos, sino generosamente querida. Sin embargo, el principio del matrimonio es obsceno, ya que transforma en derechos y deberes un intercambio que debe estar fundado en un impulso espontáneo; al destinarlos a captarse en su generalidad, da a los cuerpos un carácter instrumental y, por tanto, degradante; al marido le hiela frecuentemente la idea de que está cumpliendo un deber, y la mujer tiene vergüenza de sentirse entregada a alguien que ejerce sobre ella un derecho. Bien entendido, puede suceder que, al principio de la vida conyugal, las relaciones se individualicen; el aprendizaje sexual se realiza a veces a través de lentas gradaciones; desde la primera noche, puede revelarse entre ambos cónyuges una feliz atracción física. El matrimonio facilita el abandono de la mujer al suprimir la noción de pecado, todavía tan frecuentemente adherida a la carne; una cohabitación regular y frecuente engendra una intimidad carnal que es favorable a la maduración sexual: durante los primeros años del matrimonio, hay esposas colmadas de felicidad. Es notable que las mujeres conserven con respecto a esos maridos un reconocimiento que las lleva a perdonarles más tarde todos los desaguisados que puedan cometer. «Las mujeres que no pueden librarse de una unión desdichada, siempre han sido satisfechas por sus maridos», dice Stekel. Ello no impide que la joven corra un terrible riesgo al comprometerse a acostarse durante toda la vida y exclusivamente con un hombre a quien no conoce sexualmente, precisamente cuando su destino erótico depende esencialmente de la personalidad de su compañero: esa es la paradoja que León Blum denunciaba con razón en su obra sobre el Matrimonio.
Pretender que una unión fundada en las conveniencias tenga muchas oportunidades de engendrar el amor es una hipocresía; exigir de dos cónyuges ligados por intereses prácticos, sociales y morales que a todo lo largo de su vida se dispensen una satisfactoria voluptuosidad es un puro absurdo. Sin embargo, los partidarios del matrimonio de conveniencia tienen buenas cartas en la mano para demostrar que el matrimonio por amor no tiene muchas oportunidades de asegurar la felicidad de los esposos. En primer lugar, el amor ideal, que es a menudo el que conoce la joven, no siempre la dispone para el amor sexual; sus adoraciones platónicas, sus ensueños, sus pasiones, en los cuales proyecta obsesiones infantiles o juveniles, no están destinados a, sufrir la prueba de la vida cotidiana, ni a perpetuarse mucho tiempo. Aun cuando exista entre ella y su novio una atracción erótica sincera y violenta, ello no constituye una base sólida para edificar la empresa de toda una vida.
La voluptuosidad tiene en el ilimitado desierto del amor un lugar ardiente y muy pequeño, tan inflamado, que al principio no se ve otra cosa que no sea él —escribe Colette204— En torno a ese fuego inconstante está lo desconocido, está el peligro. Cuando hayamos salido de un breve abrazo o incluso de una larga noche, será preciso comenzar a vivir uno junto al otro, el uno para el otro.
Además, aun en el caso de que el amor carnal exista antes del matrimonio o se despierte al comienzo de as nupcias, es muy raro que dure muchos años. Desde luego, la fidelidad es necesaria para el amor sexual, puesto que el deseo de dos amantes enamorados implica su singularidad; ellos rechazan que a esta se le opongan experiencias extrañas, los dos se quieren irreemplazables el uno para el otro; pero esa fidelidad solo tiene sentido si es espontánea; y espontáneamente la magia del erotismo se disipa asaz pronto. El prodigio consiste en que a cada amante le entrega en el instante, en su presencia carnal, un ser cuya existencia es una trascendencia indefinida: y, sin duda, la posesión de ese ser es imposible, pero, al menos, es conseguido de una manera privilegiada y punzante. Pero cuando los individuos no desean ya alcanzarse, porque entre ellos hay hostilidad, disgusto o indiferencia, el atractivo erótico desaparece; y muere casi con la misma seguridad en la estima y la amistad; porque dos seres humanos que se reúnen en el movimiento mismo de su trascendencia, a través del mundo y sus empresas comunes, ya no tienen necesidad de unirse carnalmente; e incluso esa unión les repugna por el hecho mismo de que ha perdido su significación. La palabra incesto que pronuncia Montaigne es profunda. El erotismo es un movimiento hacia el Otro: ese es su carácter esencial; pero, en el seno de la pareja, los esposos se convierten el uno para el otro en el Mismo; ya no es posible entre ellos ningún intercambio, ningún don, ninguna conquista. Así, pues, si continúan siendo amantes, lo son a menudo vergonzosamente: perciben que el acto sexual ya no es una experiencia intersubjetiva, en la cual cada uno se supera, sino una suerte de masturbación en común. El que se consideren el uno al otro como un utensilio necesario para la satisfacción de sus necesidades es un hecho que disimula la cortesía conyugal, pero que resalta clamorosamente tan pronto como esa cortesía es negada, como, por ejemplo, en las observaciones que el doctor Lagache hace en su obra Nature et forme de la jalousie; la mujer considera al miembro viril como cierta provisión de placer que le pertenece y de la cual se muestra tan avara como de las conservas encerradas en su despensa: si el hombre da esa provisión a la vecina, no quedará nada para ella; examina con recelo sus calzoncillos para ver si no ha malgastado la preciosa semilla. En Chroniques maritales, Jouhandeau señala esta «censura cotidiana ejercida por la mujer legítima, que acecha vuestra camisa y vuestro sueño para sorprender algún signo de vuestra ignominia». Por su parte, el hombre satisface con ella sus deseos sin pedir su opinión.
Esta brutal satisfacción de la necesidad, por otra parte, no basta para dar satisfacción a la sexualidad humana. Por ese motivo, en esos abrazos que se consideran como los más legítimos hay a menudo un regusto de vicio. Es frecuente que la mujer se ayude con fantasías eróticas. Stekel cita el caso de una mujer de veinticinco años que «puede experimentar un ligero orgasmo con su marido, imaginándose que un hombre fuerte y de más edad la toma sin pedírselo y de forma que ella no puede defenderse». Se imagina que la violan, que la maltratan, que su marido no es él mismo, sino otro. El acaricia el mismo sueño: en el cuerpo de su mujer posee los muslos de tal bailarina vista en un music-hall, los senos de aquella pinup cuya fotografía ha contemplado, un recuerdo, una imagen; o bien se imagina que su mujer es deseada por alguien, poseída, violada, lo cual es un modo de devolverle la alteridad perdida. «El matrimonio —dice Stekel— crea transposiciones grotescas e inversiones, actores refinados, comedias representadas entre los dos cónyuges que amenazan destruir todo límite entre la apariencia y la realidad.» En el punto límite, se declaran vicios definidos. El marido se convierte en un mirón: necesita ver a su mujer acostada con un amante o saber que se acuesta con uno, para volver a encontrar un poco de su magia; o se encarniza sádicamente en hacer nacer en ella rechazos, de manera que, al fin, aparezcan su conciencia y su libertad y posea realmente a un ser humano. A la inversa, se esbozan actitudes masoquistas en la mujer, que trata de suscitar en el hombre al amo, al tirano que no es; he conocido a una dama educada en un convento y sumamente piadosa, autoritaria y dominadora durante el día, quien por la noche conjuraba apasionadamente a su marido para que le diese de latigazos, lo cual hacía éste lleno de horror. El vicio mismo adopta en el matrimonio un aspecto organizado y frío, un aspecto serio que lo convierte en un mal menor de lo más triste.
La verdad es que el amor físico no podría ser tratado ni como un fin absoluto ni como un simple medio; no podría justificar una existencia; pero no puede recibir ninguna justificación extraña. Lo cual quiere decir que debería representar en toda vida humana un papel episódico y autónomo. Lo cual quiere decir que, ante todo, debería ser libre.
Del mismo modo, no es el amor lo que el optimismo burgués promete a la joven desposada: el ideal que le ponen ante los ojos es el ideal de la dicha, es decir, de un tranquilo equilibrio en el seno de la inmanencia y la repetición. En ciertas épocas de prosperidad y de seguridad, ese ideal ha sido el de la burguesía entera y, en particular, el de los propietarios de bienes raíces; se proponían estos, no la conquista del porvenir del mundo, sino la conservación apacible del pasado, el statu quo. Una dorada mediocridad, sin ambición ni pasión, días que no llevan a ninguna parte y que recomienzan indefinidamente, una vida que se desliza suavemente hacia la muerte, sin buscar razones; he ahí lo que predica, por ejemplo, el autor del Sonnet du bonheur; esta seudosabiduría, muellemente inspirada en Epicuro y Zenón, ha perdido hoy su crédito: conservar y repetir el mundo tal y como es, no parece ni deseable ni posible. La vocación del varón es la acción; necesita producir, combatir, crear, progresar, superarse hacia la totalidad del universo y lo infinito del porvenir; pero el matrimonio tradicional no invita a la mujer a trascenderse con él, sino que la confina en la inmanencia. Así, pues, no puede proponerse otra cosa que edificar una vida equilibrada en la que el presente, prolongado al pasado, escapa a las amenazas del mañana, es decir, precisamente, a edificar una dicha. A falta de amor, experimentará por su marido un sentimiento tierno y respetuoso llamado amor conyugal; encerrará al mundo entero entre las paredes de su hogar, que ella será la encargada de administrar; perpetuará la especie humana a través del porvenir. Sin embargo, ningún existente renuncia jamás a su trascendencia, ni siquiera cuando se obstina en renegar de ella. El burgués de otro tiempo pensaba que, conservando el orden establecido y manifestando sus virtudes por su prosperidad, servía a Dios, a su patria, a un régimen, a una civilización: ser feliz era cumplir su función de hombre. También la mujer necesita que la vida armoniosa del hogar se supere hacia algunos fines: el hombre será quien sirva de intérprete entre la individualidad de la mujer y el universo, será él quien revista de valor humano esa artificialidad contingente. Al extraer junto a su esposa la energía necesaria para emprender, actuar, luchar, es él quien la justifica; ella solo tiene que dejar su existencia entre las manos de él, que le dará su sentido. Ello supone por su parte una humilde renuncia; pero encuentra en esto su recompensa, porque, guiada, protegida por la fuerza masculina, escapará al abandono original; se hará necesaria. Reina en su colmena, reposando apaciblemente en sí misma en el corazón de su dominio, pero transportada por mediación del hombre a través del universo y el tiempo sin límites. Esposa, madre, ama de casa, la mujer encuentra en el matrimonio, a la vez, la fuerza para vivir y el sentido de la vida. Necesitamos ver cómo se traduce en la realidad ese ideal.
El ideal de la felicidad se ha materializado siempre en la casa, la choza o el castillo; encarna la permanencia y la separación. Entre sus paredes, la familia se constituye en célula aislada y afirma su identidad más allá del paso de las generaciones; el pasado, puesto en conserva bajo forma de muebles y retratos de antepasados, prefigura un porvenir sin riesgos; en el huerto, las estaciones inscriben en legumbres comestibles su ciclo tranquilizador; todos los años, la misma primavera, adornada con las mismas flores, promete el retorno del inmutable verano, del otoño con sus frutos idénticos a los de todos los otoños: ni el tiempo ni el espacio escapan hacia lo infinito, giran sabiamente en redondo. En toda civilización fundada en la propiedad de bienes raíces existe una abundante literatura que canta la poesía y las virtudes de la casa; en la novela de Henry Bordeaux titulada precisamente La maison se resumen todos los valores burgueses: fidelidad al pasado, paciencia, economía, previsión, amor a la familia, al suelo natal, etc.; es frecuente que los chantres de la casa sean mujeres, puesto que su tarea consiste en asegurar la dicha del grupo familiar; su papel, como en la época en que la «dómina» se sentaba en el atrio, consiste en ser «ama de casa». Hoy la casa ha perdido su esplendor patriarcal; para la mayoría de los hombres es solamente un hábitat al que ya no aplasta el recuerdo de las generaciones difuntas y que ya no aprisiona los siglos por venir. Pero la mujer todavía se esfuerza por dar a su «interior» el sentido y el valor que poseía la verdadera casa. En Cannery Road, Steinbeck describe a una vagabunda que se obstina en adornar con tapices y cortinas el viejo tubo abandonado donde vive con su marido: en vano objeta este que la ausencia de ventanas hace inútiles las cortinas.
Esta preocupación es específicamente femenina. Un hombre normal considera los objetos que le rodean como instrumentos; los dispone según los fines para que están destinados; su «orden» —donde la mujer frecuentemente solo verá desorden— consiste en tener a mano sus cigarrillos, sus papeles, sus útiles. Entre otros, los artistas a quienes es dado recrear el mundo a través de una materia —escultores y pintores— se despreocupan por completo del marco en que viven. A propósito de Rodin, escribe Rilke:
La primera vez que fui a casa de Rodin comprendí que para él la casa no era sino una pura necesidad, nada más: un abrigo contra el frío, un techo bajo el cual dormir. Le era indiferente y no pesaba en absoluto sobre su soledad o su recogimiento. Era en sí mismo donde encontraba un hogar: sombra, refugio y Paz. El mismo se había convertido en su propio cielo, su bosque y su ancho río al que ya nada detiene.
Mas, para hallar un hogar en sí mismo, es preciso, en primer lugar, haberse realizado en obras o actos. El hombre sólo se interesa mediocremente por su interior, puesto que accede al universo entero y puede afirmarse en sus proyectos. En cambio, la mujer está encerrada en la comunidad conyugal: para ella se trata de transformar esa prisión en un reino. Su actitud con respecto al hogar está determinada por esa misma dialéctica que define generalmente su condición: toma al hacerse presa, se libera al abdicar; renunciando al mundo, quiere conquistar un mundo.
No sin pesar cierra tras de sí las puertas del hogar; de soltera, tenía por patria a toda la Tierra; los bosques le pertenecían. Ahora se halla confinada en un angosto espacio; la Naturaleza se reduce a las dimensiones de un tiesto de geranios; las paredes impiden ver el horizonte. Una heroína de Virginia Woolf205 murmura:
Ya no distingo el invierno del verano por el estado de la hierba o de los matorrales en las landas, sino por el vapor o el hielo que se forman sobre los cristales de las ventanas. Yo, que antes caminaba por los bosques de hayas, admirando el color azul que adquiere la pluma del arrendajo al caer; yo, que encontraba en mi camino al vagabundo y al pastor..., voy ahora de habitación en habitación con un plumero en la mano.
Pero ella se aplicará en negar esa limitación. Encierra entre sus paredes, bajo formas más o menos costosas, la fauna y la flora terrestres, los países exóticos, las épocas pasadas; encierra allí a su marido, que resume para ella a toda la colectividad humana, y a su hijo, que, bajo una forma portátil, le da todo el porvenir. El hogar se convierte en el centro del mundo e incluso en su única verdad; como observa justamente Bachelard, es «una suerte de contrauniverso o un universo de lo contrario»; refugio, retiro, gruta, vientre, protege contra las amenazas de fuera: y esta confusa exterioridad es la que se hace irreal. Al anochecer, sobre todo, cuando se cierran las contraventanas, la mujer se siente reina; la luz que el sol universal derrama al mediodía, la molesta; por la noche, ya no se siente desposeída, porque anula lo que no posee; ve brillar una luz bajo la pantalla, una luz que es suya y que ilumina exclusivamente su morada: no existe nada más. Un texto de Virginia Woolf nos muestra cómo la realidad se concentra en la casa, mientras el espacio exterior desaparece:
Ahora la noche era mantenida aparte por los cristales de las ventanas, y estos, en lugar de ofrecer una visión exacta del mundo exterior, lo alabeaban de extraña manera, hasta el punto de que el orden, la fijeza, la tierra firme, parecían haberse instalado en el interior de la casa; fuera, por el contrario, ya no había más que un reflejo en el que las cosas transmutadas en fluidas temblaban y desaparecían.
Gracias a los terciopelos, las sedas y las porcelanas de que se rodea podrá la mujer satisfacer en parte esa sensualidad prensora a la que no da satisfacción ordinariamente su vida erótica; también hallará en esa decoración una expresión de su personalidad; ha sido ella quien ha elegido, fabricado, «descubierto» muebles y chucherías; ella quien los ha dispuesto según una estética en la que la preocupación por la simetría ocupa generalmente un amplio lugar; esos objetos le reenvían su imagen singular, al mismo tiempo que testimonian socialmente cuál es su nivel de vida. Por tanto, su hogar es para ella la parte que le ha correspondido en este mundo, la expresión de su valía social y de su verdad más íntima. Como no hace nada, se busca ávidamente en lo que tiene.
A través de las faenas domésticas es como la mujer realiza la apropiación de su «nido»; por ese motivo, aunque «se haga ayudar», tiene mucho interés en intervenir en todo; al menos, vigilando, controlando, criticando, se aplica a hacer suyos los resultados obtenidos por los servidores. De la administración de su morada extrae ella su justificación social; su tarea consiste también en velar por la alimentación, la ropa y, de una manera general, por la conservación de la sociedad familiar. Así se realiza ella, también ella, como una actividad. Pero ya se verá que se trata de una actividad que no la arranca a su inmanencia y que no le permite una afirmación singular de sí misma.
Se ha ponderado en grado sumo la poesía de las tareas domésticas. Es verdad que esas faenas hacen que la mujer se las tenga que haber con la materia y que realice con los objetos una intimidad que es descubrimiento del ser y que, por tanto, la enriquece. En A la recherche de Marie, Madeleine Bourdhouxe describe el placer que experimenta su heroína cuando extiende sobre el horno la pasta de limpiar: percibe en la punta de los dedos la libertad y el poder cuya brillante imagen le devuelve el hierro bien fregado.
Cuando sube de la bodega, le gusta ese peso de los baldes llenos, que pesan más en cada escalón que asciende. Siempre ha tenido el gusto de las materias simples, que tienen su propio olor, su rugosidad o su forma. Y desde entonces sabe cómo manejarlas. Marie tiene unas manos que, sin vacilación, sin un movimiento de retroceso, se hunden en los hornos apagados o en las aguas jabonosas, desenmohecen y engrasan el hierro, extienden ceras, recogen con un solo y amplio gesto circular las mondas que cubren una mesa. Es un entendimiento perfecto, una camaradería entre las palmas de sus manos y los objetos que toca.
Multitud de escritoras han hablado con amor de la ropa blanca, limpia y recién planchada, del esplendor azulado del agua jabonosa, de las sábanas blancas, del cobre reluciente. Cuando el ama de casa limpia y lustra los muebles, «sueños de impregnación sostienen la dulce paciencia de la mano que da belleza a la madera a través de la cera», dice Bachelard. Concluida la tarea, el ama de casa conoce el gozo de la contemplación. Mas, para que se revelen las cualidades preciosas: el pulido de una mesa, el brillo de un candelabro, la albura helada y almidonada de la ropa blanca, es preciso primero que se haya ejercido una acción negativa; es preciso que haya sido expulsado todo principio malo. He ahí, escribe Bachelard, el ensueño esencial al cual se abandona el ama de casa: he ahí el ensueño de la limpieza activa, es decir, de la limpieza conquistada contra la suciedad. Bachelard lo describe de esta forma206:
Así, pues, parece que la imaginación de la lucha por la limpieza necesita una provocación. Esta imaginación debe excitarse con una cólera maligna. ¡Con qué aviesa sonrisa se recubre el cobre del grifo con la pasta para limpiar! Se le carga con las inmundicias de un trípoli extendido sobre el sucio y grasiento trapo de cocina. La amargura y la hostilidad se acumulan en el corazón del trabajador. ¿Por qué trabajos tan vulgares? Pero llega el instante del paño seco, y entonces aparece la maldad alegre, la maldad vigorosa y locuaz: grifo, serás un espejo; caldero, serás un sol... Por fin, cuando el cobre brilla y ríe con la grosería de un buen muchacho, la paz se hace. El ama de casa contempla satisfecha sus victorias rutilantes.
Ponge ha evocado la lucha que se desarrolla, en el corazón de la lavandera, entre la inmundicia y la pureza207:
Quien no ha vivido un invierno, por lo menos, en la amigable compañía de una coladora, ignora todo respecto a cierto orden de cualidades y de emociones sumamente conmovedoras.
Es preciso haberla levantado del suelo con un solo y tremante esfuerzo, repleta de su carga de inmundos tejidos, para llevarla al horno, donde hay que arrastrarla de cierta manera para asentarla justamente en el redondel del hogar.
Hay que haber atizado la leña debajo de ella, removerla progresivamente; hay que haber tanteado a menudo sus paredes tibias o calientes; haber escuchado después el profundo rumor interior, y, a partir de ese momento, haber levantado la tapa varias veces para verificar la presión de los chorros y la regularidad del riego.
Hay que haberla vuelto a abrazar, hirviendo todavía, para depositarla de nuevo en el suelo...
La coladora está concebida de tal forma que, llena de un montón de tejidos innobles, la emoción interior y la hirviente indignación que por ello siente se resuelven en lluvia sobre ese montón de tejidos innobles que le revuelve el corazón —casi perpetuamente—, y todo ello termina en una purificación...
Es verdad que la ropa blanca, cuando la recibe la coladora, ya había sido despojada en parte de su mugre...
No por ello deja de experimentar una noción o sentimiento de suciedad difusa de las cosas en el interior de sí misma, y de la cual, a fuerza de emoción, de hervores y de esfuerzos, logra librarse y librar a los tejidos, de tal modo que estos, aclarados bajo una catarata de agua fresca, van a presentarse revestidos de una blancura extrema.
Y he aquí que el milagro se ha producido, en efecto:
De pronto se despliegan mil banderas blancas —que atestiguan, no una capitulación, sino una victoria—, y que tal vez no son únicamente el signo de la limpieza corporal de los habitantes del lugar...
Estas dialécticas pueden prestar a las faenas domésticas el atractivo de un juego: la niña se divierte gustosa sacando brillo a la plata, frotando los tiradores de las puertas. Mas para que la mujer encuentre en ello satisfacciones positivas es preciso que consagre sus cuidados a un interior del que se sienta orgullosa; de lo contrario, no conocerá jamás el placer de la contemplación, único capaz de recompensar su esfuerzo. Un periodista norteamericano208, que ha vivido varios meses entre los «blancos pobres» del sur de Estados Unidos, ha descrito el patético destino de una de esas mujeres abrumadas de trabajo que se encarnizan vanamente por hacer habitable un tugurio. Vivía con su marido y siete hijos en una barraca de madera, con las paredes cubiertas de hollín, llena de chinches; había intentado «adecentar la casa»; en la pieza principal, la chimenea recubierta de un enlucido de cal de tono azulado, una mesa y algunos cuadros colgados de las paredes evocaban una especie de altar. Pero el tugurio seguía siendo un tugurio, y la señora G..., con lágrimas en los ojos, decía: «¡Ah, cómo detesto esta casa! ¡Creo que no hay nada en el mundo capaz de adecentarla!» Legiones de mujeres sólo comparten así una fatiga indefinidamente recomenzada en el curso de un combate que jamás proporciona la victoria. Hasta en los casos más privilegiados, esa victoria nunca es definitiva. Hay pocas tareas más emparentadas con el suplicio de Sísifo que las del ama de casa; día tras día, es preciso lavar los platos, quitar el polvo a los muebles y repasar la ropa; y mañana todo eso volverá a estar sucio, polvoriento y roto. El ama de casa se consume sin cambiar de lugar; no hace nada: perpetúa solamente el presente; no tiene la impresión de conquistar un Bien positivo, sino de luchar indefinidamente contra el Mal Es una lucha que se renueva todos los días. Es conocida la historia de ese ayuda de cámara que se negaba melancólicamente a limpiar los zapatos de su amo. «¿Para qué? —decía—. Mañana habrá que volver a hacerlo.» Muchas jóvenes todavía no resignadas, comparten ese desaliento. Recuerdo la disertación de una alumna de dieciséis años que empezaba, poco más o menos, con estas palabras: «Hoy es día de limpieza general. Oigo el ruido del aspirador que mamá desplaza por el salón. Quisiera huir. Me juro a mí misma que, cuando sea mayor, nunca habrá en mi casa un día de limpieza general.» La niña ve el porvenir como una ascensión indefinida hacia no se sabe qué cima. De pronto, en la cocina donde la madre friega la vajilla, la niña comprende que, desde hace años, todos los días después de la comida, a la misma hora, aquellas manos se han sumergido en el agua grasienta y han limpiado la porcelana con el trapo rugoso. Y hasta la muerte estarán sometidas a esos ritos. Comer, dormir, limpiar... Los años ya no escalan el cielo, se extienden idénticos y grises en una capa horizontal; cada día imita al que le precede; es un eterno presente, inútil y sin esperanza. En el cuento titulado La potissière, Colette Audry ha descrito sutilmente la triste vanidad de una actividad que se encarniza contra el tiempo:
Al día siguiente, al pasar la escoba por debajo del sofá, recogió algo que en principio tomó por un viejo trozo de algodón o un poco de plumón. Pero era una pelusilla de polvo como las que se forman en lo alto de los armarios que se olvida limpiar, o detrás de los muebles, entre la pared y la madera. Permaneció pensativa ante aquella curiosa sustancia. De modo que no hacía más que ocho o diez semanas que vivían en aquellas habitaciones, y ya, pese a la vigilancia de Juliette, un copo de polvo había tenido tiempo de formarse, de engordar, agazapado en la sombra, como aquellos animales grisáceos que la asustaban cuando era pequeña. Una fina ceniza de polvo delata negligencia, un principio de abandono; es el impalpable depósito del aire que se respira, de los vestidos que flotan, del viento que penetra por las ventanas abiertas; pero aquel copo representaba ya un segundo estado del polvo, el polvo triunfante, un espesamiento que toma forma y de depósito se convierte en residuo. Era casi bonito a la vista, transparente y ligero como copetes de espinos, pero más apagado.
... El polvo había ganado en velocidad a toda la potencia aspiradora del mundo. Se había adueñado del mundo, y el aspirador no era más que un objetotestigo destinado a mostrar todo lo que la especie humana era capaz de echar a perder en cuanto a trabajo, materia e ingenio para luchar contra la irresistible suciedad. Era el desecho convertido en instrumento.
....La causa de todo era su vida en común, sus pequeñas comidas, que dejaban desperdicios, sus dos polvos que se mezclaban por doquier... Cada hogar segrega esas basuritas que es preciso destruir para que dejen sitio a otras nuevas... ¡Qué vida se da una para poder salir con una blusa limpia que atraiga la mirada de los transeúntes, para que un ingeniero, que es vuestro marido, esté presentable! Por la cabeza de Marguerite cruzaban fórmulas y más fórmulas: vigilar la conservación del parquet... Para la limpieza de los cobres emplear... Estaba encargada del mantenimiento de dos seres cualesquiera hasta el fin de sus días.
Lavar, planchar, barrer, sacar la pelusilla agazapada bajo la sombra de los armarios es detener la muerte, pero también rechazar la vida: porque, con un solo movimiento, el tiempo crea y destruye; el ama de casa solo capta su aspecto negativo. Su actitud es la del maniqueísta. Lo propio del maniqueísmo no es solamente reconocer dos principios, uno bueno y otro malo, sino plantear que el bien se obtiene por la abolición del mal y no por un movimiento positivo; en este sentido, el cristianismo es muy poco maniqueísta, pese a la existencia del diablo, porque como mejor se combate al demonio es consagrándose a Dios y no ocupándose de aquel con objeto de vencerlo. Toda doctrina de la trascendencia y de la libertad subordina la derrota del mal al progreso hacia el bien. Pero la mujer no ha sido llamada para edificar un mundo mejor; la casa, las habitaciones, la ropa sucia, el parqué, son cosas fijas: ella no puede hacer otra cosa que rechazar indefinidamente los principios malignos que allí se deslizan; ataca el polvo, las manchas, el barro, la grasa; combate el pecado, lucha contra Satanás. Pero es un triste destino el tener que rechazar sin descanso a un enemigo, en lugar de dirigirse hacia fines positivos; con frecuencia el ama de casa sufre ese destino llena de rabia. Bachelard pronuncia a este respecto la palabra «maldad»; también se la encuentra bajo la pluma de los psicoanalistas. Para estos, la manía doméstica es una forma de sadomasoquismo; lo propio de las manías y de los vicios es comprometer la libertad para que quiera lo que no quiere; como detesta que su sino sea lo negativo, la suciedad, el mal, el ama de casa maníaca se encarniza llena. de furia contra el polvo, reivindicando una suerte que le repugna. A través de los desechos que deja en pos de sí toda expansión viva, ella se adhiere a la vida misma. Tan pronto como un ser vivo entra en sus dominios, sus ojos brillan con fulgor maligno. «Límpiate los pies; no lo pongas todo patas arriba; no toques eso.» Querría impedir que respirase todo su entorno: el menor soplo es una amenaza. Todo acontecimiento implica la amenaza de un trabajo ingrato: un tropezón del niño es un desgarrón que reparar. Al no ver en la vida más que promesas de descomposición, exigencias de un esfuerzo indefinido, pierde toda alegría de vivir; su mirada se hace dura, su rostro aparece preocupado, serio, siempre alerta; se defiende mediante la prudencia y la avaricia. Cierra las ventanas porque con el sol se introducirían también insectos, gérmenes y polvo; además, el sol se come la seda de las cortinas; los sillones antiguos son enfundados y embalsamados con naftalina, porque la luz los ajaría. Ni siquiera encuentra placer en exhibir esos tesoros a los visitantes: la admiración mancha.
Esa desconfianza se torna en acritud y suscita hostilidad con respecto a todo cuanto vive. Se ha hablado a menudo de esas burguesas de provincias que se ponen guantes blancos para asegurarse de que sobre los muebles no queda un polvo invisible: a mujeres de esa especie fue a las que ejecutaron las hermanas Papin hace unos años; su odio a la suciedad no se distinguía de su odio a los criados, al mundo entero y a ellas mismas.
Hay pocas mujeres que elijan desde su juventud un vicio tan tétrico. Las que aman generosamente la vida encuentran en ello una defensa contra semejante vicio. Colette nos dice de Sido:
Era ágil y dinámica, pero no un ama de casa excesivamente aplicada; limpia, aseada, delicada, pero lejos de ese genio maníaco y solitario que cuenta las servilletas y toallas, los trozos de azúcar y las botellas llenas. Con la franela en la mano y vigilando a la sirvienta, que limpiaba despaciosamente los cristales de las ventanas mientras reía con el vecino, se le escapaban gritos nerviosos, impacientes llamadas a la libertad: «Cuando limpio largamente y con esmero mis tazas de China —decía—, me siento envejecer.» Coronaba lealmente su tarea. Entonces, franqueaba los dos escalones de nuestro umbral y entraba en el jardín. Inmediatamente, se esfumaban su excitación taciturna y su rencor.
En esa nerviosidad y en ese rencor es en lo que se complacen las mujeres frígidas o frustradas, las solteronas, las esposas engañadas, aquellas a quienes un marido autoritario condena a una existencia solitaria y vacía. He conocido, entre otras, a una anciana que todas las mañanas se levantaba a las cinco para inspeccionar sus armarios y empezar de nuevo a ordenar las cosas; parece ser que, cuando tenía veinte años, era alegre y coqueta; encerrada luego en una propiedad aislada, con un marido que la descuidaba y un hijo único, se dio a poner las cosas en orden como otros se dan a la bebida.
En la Elise de Chroniques maritales209, el gusto por lo doméstico proviene del deseo exasperado de reinar sobre un universo, de una exuberancia viva y de una voluntad de dominio que, a falta de objeto, gira en vacío; es también un desafío al tiempo, al universo, a la vida, a los hombres, a todo cuanto existe.
Desde las nueve, después de cenar, está lavando. Es medianoche. Yo había dormitado un poco, pero su coraje, como si insultase a mi reposo dándole aire de holgazanería, me ofende.
ELISE. Para hacer la limpieza no hay que temer ensuciarse las manos.
Y la casa estará pronto tan limpia, que nadie se atreverá ya a vivir en ella. Hay lechos para descansar, mas para descansar a su lado, sobre el parqué. Los almohadones están demasiado limpios. Da miedo mancharlos o arrugarlos al apoyar en ellos la cabeza o los pies, y cada vez que piso una alfombra, me sigue una mano armada de un artefacto mecánico o de un trapo que borra mi huella.
Por la noche:
—Ya está.
¿De qué se trata para ella, desde que se levanta hasta que se duerme? De desplazar cada objeto y cada mueble, y de tocar en todas sus dimensiones el parqué, las paredes y los techos de su casa.
Por el momento, quien triunfa es la asistenta que lleva dentro. Cuando ha limpiado el polvo del interior de los armarios, también se lo limpia a los geranios de las ventanas.
SU MADRE. Elise está siempre tan atareada, que no se percata de que existe.
Las faenas domésticas, en efecto, permiten a la mujer una huida indefinida lejos de sí misma. Chardonne dice justamente:
Es una tarea meticulosa y desordenada, sin freno ni límites. En la casa, una mujer segura de agradar alcanza pronto un punto de desgaste, un estado de distracción y de vacío mental que la suprimen...
Esa huida, ese sadomasoquismo en que la mujer se encarniza contra los objetos y contra sí misma, a la vez, tiene a menudo un carácter precisamente sexual. «Las faenas domésticas, que exigen la gimnasia del cuerpo, son el burdel asequible a la mujer», dice Violette Leduc210. Es notable que el gusto por la limpieza adquiera una importancia suprema en Holanda, donde las mujeres son frías, y en las civilizaciones puritanas, que oponen a los goces de la carne un ideal de orden y de pureza. Si el Mediodía mediterráneo vive en medio de una suciedad gozosa, no es solo porque el agua escasee: el amor a la carne y a su animalidad conduce a tolerar el olor humano, la grasa y hasta los parásitos.
La preparación de las comidas es un trabajo más positivo y con frecuencia más gozoso que el de la limpieza. Implica, en primer lugar, el momento de ir al mercado, que para muchas amas de casa es el momento privilegiado de la jornada. La soledad del hogar pesa sobre la mujer tanto más cuanto que las tareas rutinarias no absorben su espíritu. En las poblaciones del Mediodía, es feliz cuando puede coser, lavar, pelar legumbres, sentada a la puerta de su casa, mientras charla con otras mujeres; ir a buscar agua al río constituye una gran aventura para las musulmanas semienclaustradas: en una pequeña aldea de Kabylia he visto a las mujeres destrozar la fuente que un administrador había hecho construir en la plaza; bajar por las mañanas todas juntas hasta el arroyo que corría al pie de la colina era su única distracción. Mientras efectúan sus compras, en las colas, en las tiendas, en las esquinas de las calles, las mujeres entablan conversaciones en las cuales afirman «valores domésticos» y cada una de ellas extrae el sentido de su propia importancia; se sienten miembros de una comunidad que —por un instante— se opone a la sociedad de los hombres como lo esencial a lo inesencial. Pero, sobre todo, la compra representa un profundo placer: es un descubrimiento, casi un invento. Gide observa en su Journal que los musulmanes que no conocen el juego lo han sustituido por el descubrimiento de tesoros escondidos; esa es la poesía y la aventura de las civilizaciones mercantiles. El ama de casa ignora la gratuidad del juego: pero un repollo con buen cogollo o un buen queso de Camembert son tesoros que el comerciante disimula maliciosamente y que es preciso escamotearle; entre vendedor y compradora se establecen relaciones de lucha y astucia: para esta, la apuesta consiste en procurarse la mejor mercancía al precio más bajo; la extremada importancia concedida a la más mínima economía no podría explicarse por la única preocupación de equilibrar un presupuesto difícil: hay que ganar una partida. Mientras inspecciona con recelo los puestos de los vendedores, el ama de casa es reina; el mundo está a sus pies, con sus riquezas y sus trampas, para que ella se haga con un botín. Saborea un triunfo fugaz cuando vacía sobre la mesa la bolsa de las provisiones. Coloca en la alacena las conservas y los géneros no perecederos que la aseguran contra el porvenir, y contempla con satisfacción la desnudez de las legumbres y de las carnes que va a someter a su poder.
El gas y la electricidad han matado la magia del fuego; pero, en el campo, muchas mujeres conocen todavía el gozo de extraer llamas vivas de la madera inerte. Una vez encendido el fuego, he ahí a la mujer convertida en hechicera. Con un simple movimiento de la mano —cuando bate huevos o amasa una pasta—, o por medio de la magia del fuego, realiza la transmutación de las sustancias; la materia se hace alimento. Colette describe el hechizo de esas alquimias:
Todo es misterio, magia, sortilegio; todo cuanto se cumple entre el momento de colocar sobre el fuego la olla, el escalfador, la marmita y su contenido y el momento pleno de dulce ansiedad, de voluptuosa esperanza, en que destapáis en la mesa la fuente humeante...
Entre otras cosas, y llena de complacencia, pinta las metamorfosis que se operan en el secreto de las cálidas cenizas:
La ceniza de madera cuece sabrosamente lo que se le confía. La manzana o la pera alojadas en un nido de cálidas cenizas salen de allí arrugadas, acecinadas, pero muelles debajo de su piel como el vientre de un topo, y por muy bonne femme que se haga la manzana en el horno de la cocina, está lejos de ser esta confitura encerrada bajo su envoltura original, congestionada de sabor y que no ha exudado —si sabéis hacerlo como es debido— más que un solo llanto de miel... Un alto caldero de tres pies contenía una ceniza tamizada que no veía jamás el fuego. Repleto de patatas, vecinas, pero sin tocarse, plantado sobre sus negras patas encima de las brasas, el caldero nos facilitaba tubérculos blancos como la nieve, quemantes y escamosos.
Las escritoras han celebrado particularmente la poesía de las compotas: vasta empresa es casar en los lebrillos de cobre el azúcar sólida y pura con la muelle pulpa de las frutas; espumeante, viscosa, ardiente, la sustancia que se elabora es peligrosa: es una lava en ebullición que el ama de casa doma y cuela orgullosamente en los potes. Cuando los viste de pergamino e inscribe la fecha de su victoria, es su triunfo sobre el tiempo: ha apresado la duración en la trampa del azúcar, ha metido la vida en tarros. La cocina hace algo más que penetrar y revelar la intimidad de las sustancias. Las modela de nuevo, las recrea. En el trabajo con la pasta experimenta su poder. «Lo mismo que la mirada, la mano tiene también sus ensueños y su poesía», dice Bachelard211. Y habla de esa «flexibilidad de la plenitud, esa flexibilidad que llena la mano, que se refleja sin fin de la materia a la mano y de la mano a la materia». La mano de la cocinera que amasa es una «mano feliz» y la cocción reviste aún a la pasta de un nuevo valor. «La cocción es así un gran devenir material, un devenir que va de la palidez al dorado, de la pasta a la corteza212»: la mujer puede hallar una satisfacción singular en el logro de un pastel, de una pasta hojaldrada, porque ese logro no les es concedido a todos: hay que poseer un don especial. «Nada más complicado que el arte de las pastas —escribe Michelet—. Nada que menos se reglamente, que menos se aprenda. Hay que haber nacido. Todo es un don de la madre.»
Todavía en este dominio, se comprende que la niña se divierta apasionadamente cuando imita a sus mayores: con tiza, con hierba, juega a fabricar ersatz; y aún es más dichosa cuando tiene por juguete un verdadero y pequeño horno, o cuando su madre la admite en la cocina y le permite que amase entre sus manos la pasta del pastel o que corte el caramelo recién fundido. Pero sucede con esto lo mismo que con los cuidados de la casa: la repetición agota pronto esos placeres. Entre los indios, que se alimentan esencialmente de tortillas de maíz, las mujeres pasan la mitad del tiempo amasando, cociendo, recalentando y volviendo a amasar las tortas idénticas bajo cada techo, idénticas a través de los siglos, porque las mujeres indias apenas son sensibles a la magia del horno. No se puede transformar el mercado todos los días en una caza del tesoro ni extasiarse ante un grifo resplandeciente. Son, sobre todo, los hombres y mujeres escritores quienes exaltan líricamente esos triunfos, porque ellos no realizan las faenas domésticas o lo hacen raramente. Cotidiano, ese trabajo se hace monótono y maquinal; está acribillado de esperas: hay que esperar que el agua hierva, que el asado esté en su punto, que se haya secado la ropa; incluso si se organizan las diferentes tareas, quedan largos momentos de pasividad y vacío, que transcurren la mayor parte de las veces en medio del aburrimiento; no son entre la vida presente y la del mañana más que un intermediario inesencial. Si el individuo que las ejecuta es un productor, un creador, entonces se integran en su existencia de manera tan natural como las funciones orgánicas; por ese motivo, las servidumbres cotidianas parecen mucho menos tristes cuando son ejecutadas por hombres; para ellos solo representan un momento negativo y contingente del cual se apresuran a evadirse. Pero lo que hace ingrata la suerte de la mujer-sirvienta es la división del trabajo que la consagra toda entera a lo general y a lo inesencial; el hábitat, el alimento, son útiles para la vida, pero no le confieren ningún sentido: los fines inmediatos del ama de casa no son más que medios, no verdaderos fines, y en ellos no se reflejan sino proyectos anónimos. Se comprende que para animarse en esa tarea, la mujer trate de conquistar en ella su singularidad y revestir de un valor absoluto los resultados obtenidos; tiene sus ritos, sus supersticiones, se aferra a su manera de colocar el cubierto, de disponer las cosas de la sala, de hacer un zurcido, de guisar un plato; se persuade de que, en su lugar, nadie podría hacer tan bien como ella un asado o bruñir un objeto; si el marido o la hija quieren ayudarla o intentan pasarse sin ella, les quita de las manos la aguja o la escoba. «No eres capaz de pegar un botón.» Con tierna ironía, Dorothy Parker213 ha descrito el desconcierto de una mujer joven, convencida de que debe aportar a la disposición de su hogar una nota personal y no sabe cómo hacerlo.
La señora de Ernest Weldon erraba por el estudio bien arreglado, dando algún que otro de esos pequeños toques femeninos. No era especialmente experta en el arte de dar toques. La idea era agradable y atrayente. Antes de casarse, se había imaginado que se pasearía dulcemente por su nueva vivienda, desplazando aquí una rosa, enderezando allí una flor y transformando así una casa en un «hogar». Incluso ahora, después de siete años de matrimonio, gustaba imaginarse entregada a tan graciosa ocupación. Pero, aunque todas las noches lo intentaba conscientemente, tan pronto como las lámparas de pantalla rosa se encendían, se preguntaba un tanto afligida cómo se las arreglaría para realizar aquellos minúsculos milagros que hacen un interior completamente diferente... Dar un toque femenino era misión de la esposa. Y la señora Weldon no era mujer que esquivase sus responsabilidades. Con aire de incertidumbre casi lastimosa, tanteaba en la chimenea, levantaba un pequeño jarrón japonés y permanecía de pie, con el jarrón en la mano, examinando la estancia con expresión desesperada... Luego retrocedía unos pasos y consideraba sus innovaciones. Era increíble los escasos cambios que habían introducido en la pieza.
En esta búsqueda de la originalidad o de una perfección singular, la mujer malgasta mucho tiempo y considerables esfuerzos; eso es lo que presta a su trabajo el carácter de una «tarea meticulosa y desordenada, sin freno ni límites» que señala Chardonne y que tan difícil hace apreciar la carga que verdaderamente representan las preocupaciones domésticas. Según una reciente encuesta (publicada en 1947 por el diario Combat bajo la firma de C. Hébert), las mujeres casadas consagran unas tres horas cuarenta y cinco minutos a las faenas domésticas (arreglo de la casa, aprovisionamiento, etc.) todos los días laborables, y ocho horas los días de fiesta, es decir, en total treinta horas por semana, lo que corresponde a las tres cuartas partes de la duración del trabajo semanal de una obrera o de una empleada; es enorme si esa tarea se agrega a un oficio; es poco si la mujer no tiene otra cosa que hacer (tanto más cuanto que la obrera y la empleada pierden tiempo en desplazamientos que no tienen equivalente en este caso). El cuidado de los niños, si son numerosos, hace considerablemente más pesadas las tareas de la mujer: una madre de familia pobre consume sus energías a lo largo de una jornada desordenada. Por el contrario, las burguesas que se hacen ayudar viven casi en el ocio, y el rescate que pagan por ese ocio es el tedio. Como se aburren, muchas de ellas complican y multiplican indefinidamente sus deberes, de manera que se vuelven más fatigosos que un trabajo calificado. Una amiga que había sufrido varias crisis de depresión nerviosa me decía que, cuando su salud era buena, llevaba la casa casi sin darse cuenta de ello y le sobraba tiempo para dedicarlo a ocupaciones mucho más estimulantes; cuando una neurastenia le impedía dedicarse a estos otros trabajos, entonces se dejaba engullir por las preocupaciones domésticas y se las veía y se las deseaba para rematarlas, aunque les dedicase jornadas enteras.
Lo más triste es que ese trabajo no desemboca ni siquiera en una creación perdurable. La mujer se siente tentada —y tanto más cuanto más cuidados le prodiga— de considerar su obra como un fin en sí. Contemplando el pastel que sale del horno, suspira: «¡Es una lástima tener que comérselo!» Es verdaderamente una lástima que el marido y los hijos arrastren los pies llenos de barro por el parqué encerado. Cuando las cosas sirven para algo, o se manchan o se destruyen, y ella se siente tentada, como ya hemos visto, de sustraerlas a todo uso; esta, conserva la compota hasta que la invade el moho; aquella, cierra la salita con llave. Pero no se puede detener el tiempo; las provisiones atraen a las ratas; los gusanos se introducen en ellas. La polilla se come las colchas, las cortinas, la ropa: el mundo no es un sueño de piedra, está hecho de una sustancia sospechosa y, amenazada por la descomposición. La materia comestible es tan equívoca como los monstruos de carne de Dalí: parecía inerte, inorgánica, pero las larvas ocultas la han metamorfoseado en cadáver. El ama de casa, que se enajena en las cosas, depende, como las cosas, del mundo entero: la ropa blanca amarillea, el asado se quema, la porcelana se rompe; son desastres absolutos, porque las cosas, cuando se pierden, se pierden irreparablemente. Imposible obtener a través de ellas permanencia y seguridad. Las guerras, con los saqueos y las bombas, amenazan los armarios, la casa.
Así, pues, es preciso que el producto del trabajo doméstico se consuma; se exige de la mujer una constante renuncia, pues sus operaciones solo terminan con su destrucción. Para que consienta en ello sin lamentarse, hace falta, por lo menos, que esos menudos holocaustos enciendan en alguna parte una alegría, un placer. Pero, como el trabajo doméstico se agota en mantener un statu quo, el marido, al volver a casa, observa el desorden y la negligencia, pero, en cambio, el orden y la limpieza le parecen cosas naturales, que se dan por supuestas. Denota un interés más positivo por una comida bien preparada. El momento en que triunfa la cocinera es aquel en que coloca en la mesa un plato logrado: marido e hijos lo acogen con calor, no solo verbalmente, sino consumiéndolo gozosamente. La alquimia culinaria prosigue, el alimento se convierte en quilo y sangre. El mantenimiento de un cuerpo tiene un interés más concreto, más vital que el de un parqué; de manera evidente, el esfuerzo de la cocinera trasciende al porvenir. Sin embargo, si es menos vano descansar en una libertad extraña que enajenarse en las cosas, no es menos peligroso. Solamente en la boca de los invitados halla el trabajo de la cocinera su verdad; necesita sus sufragios; exige que aprecien sus platos, que repitan; se irrita si ya no tienen apetito: hasta el punto de que ya no se sabe si las patatas fritas están destinadas al marido o el marido a las patatas fritas. Este equívoco se encuentra también en el conjunto de la actitud de la mujer «de su casa»: ella cuida la casa para su marido; pero exige que este destine todo el dinero que gane a la compra de muebles o de un frigorífico. Quiere hacerle feliz, pero de sus actividades solamente aprueba aquellas que entran en el marco de la dicha que ella ha fabricado.
Ha habido épocas en que estas pretensiones eran generalmente satisfechas: en los tiempos en que la felicidad era también el ideal del hombre, cuando estaba apegado, ante todo, a su casa, a su familia, y cuando los hijos mismos optaban por definirse a través de sus padres, sus tradiciones, su pasado. La que reinaba en el hogar, la que presidía la mesa Ira reconocida como soberana; todavía desempeña ese glorioso papel en el hogar de ciertos propietarios de bienes raíces, entre algunos campesinos ricos, que perpetúan esporádicamente la civilización patriarcal. Pero, en conjunto, el matrimonio es hoy día la supervivencia de costumbres fenecidas y la situación de la esposa es mucho más ingrata que antes, porque todavía tiene los mismos deberes, pero no le confieren ya los mismos derechos; tiene que ejecutar las mismas tareas, sin que ello le reporte recompensa ni honores. El hombre, hoy, se casa para anclarse en la inmanencia, pero no para encerrarse en ella; quiere un hogar, pero permaneciendo libre para evadirse de él; se fija, pero a menudo sigue siendo un vagabundo en el fondo de su corazón; no desprecia la dicha, pero no hace de ella un fin en sí misma; la repetición le aburre; busca la novedad, el riesgo, las resistencias a vencer, camaraderías, amistades que le arranquen de su soledad de dos en compañía. Los hijos, aún más que el marido, desean sobrepasar los límites del hogar: su vida está en otra parte, ante ellos; el niño desea siempre lo que es de otro. La mujer trata de constituir un universo de permanencia y de continuidad: marido e hijos quieren sobrepasar la situación que ella crea y que para ellos no es más que un dato. Por eso, si a ella le repugna admitir lo precario de las actividades a las cuales dedica toda su existencia, se ve impulsada a imponer sus servicios por la fuerza: de madre y ama de casa se convierte en madrastra y arpía.
Así, el trabajo que la mujer ejecuta en el interior del hogar no le confiere una autonomía; no es directamente útil a la colectividad, no desemboca en el porvenir, no produce nada. Solo adquiere su sentido y su dignidad cuando está integrado en existencias que trascienden hacia la sociedad en la producción y la acción: es decir, que, lejos de manumitir a la matrona, la sitúa bajo la dependencia del marido y de los hijos; a través de ellos se justifica ella, que no es en sus vidas más que una mediación inesencial. El hecho de que el Código haya suprimido de sus deberes el de la «obediencia» no cambia en nada su situación, que no descansa en la voluntad de los esposos, sino en la estructura misma de la comunidad conyugal. A la mujer no le está permitido hacer una obra positiva y, por consiguiente, hacerse reconocer como una persona completa. Por respetada que sea, no deja de ser una criatura subordinada, secundaria, parasitaria. La pesada maldición que gravita sobre ella consiste en que el sentido mismo de su existencia no está en sus manos. Por esa razón, los éxitos y los fracasos de su vida conyugal revisten mucha mayor gravedad para ella que para el hombre: este es un ciudadano, un productor, antes de ser marido; ella es, ante todo, y con frecuencia exclusivamente, una esposa; su trabajo no la arranca a su condición; por el contrario, es de esta de donde aquel extrae o no su valor. Enamorada, generosamente entregada, realizará sus tareas con alegría; pero se le antojarán insípidas servidumbres si las cumple con rencor. En su destino, no representarán jamás sino un papel inesencial; en los avatares de la vida conyugal, no serán una ayuda. Así, pues, necesitamos ver cómo se vive concretamente esa condición esencialmente definida por el «servicio» de la cama y el «servicio» de la casa, y en los cuales la mujer solo encuentra su dignidad si acepta su vasallaje.
Una crisis ha sido la que ha hecho pasar a la muchacha de la infancia a la adolescencia; una crisis más aguda es la que la precipita a su vida de adulta. A los trastornos que provoca fácilmente en la mujer una iniciación sexual un poco brusca se superponen las angustias inherentes a todo «paso» de una condición a otra.
«Ser lanzada como por un horrendo relámpago a la realidad y el conocimiento por medio del matrimonio, sorprender en contradicción el amor y la vergüenza, tener que sentir en un mismo objeto el arrebato, el sacrificio, el deber, la piedad y el espanto, a causa de la inesperada vecindad entre Dios y la bestia... He ahí cómo se ha creado un enmarañamiento del alma cuyo igual sería vano buscar», escribe Nietzsche.
La agitación del tradicional «viaje de novios» estaba destinada, en parte, a enmascarar esa crisis: arrojada durante unas semanas fuera del mundo cotidiano, rotos provisionalmente todos los lazos con la sociedad, la mujer ya no se situaba en el espacio, en el tiempo, en la realidad214. Pero, tarde o temprano, tenía que volver a ella; por eso siente siempre un sentimiento de inquietud al instalarse en su nuevo hogar. Sus vínculos con el hogar paterno son mucho más estrechos que los del joven. Arrancarse del seno de su familia es un destete definitivo: entonces es cuando conoce toda la angustia del abandono y el vértigo de la libertad. La ruptura, según los casos, es más o menos dolorosa; si ya ha roto los lazos que la unían al padre, a sus hermanos y hermanas, y, sobre todo, a su madre, los deja sin problemas; si, dominada todavía por ellos, puede permanecer prácticamente bajo su protección, el cambio de situación será menos sensible; pero habitualmente, aun cuando deseara evadirse de la casa paterna, se siente desconcertada al verse separada de la pequeña sociedad en la cual estaba integrada, aislada de su pasado, de su universo infantil, de principios seguros y valores garantizados. Solo una vida erótica ardiente y plena podría sumergirla de nuevo en la paz de la inmanencia; pero, de ordinario, se halla al principio más trastornada que colmada; que haya sido más o menos un éxito, la iniciación sexual no hace más que acrecentar su turbación. Al día siguiente de la boda, se dan en ella muchas de las reacciones que opuso a su primera menstruación: con frecuencia experimenta disgusto ante aquella suprema revelación de su feminidad y horror ante la idea de que esa experiencia se renovará. Conoce también la amarga decepción de los «días siguientes»; una vez que aparecía la menstruación, la muchacha se percataba con tristeza de que no era una adulta; desflorada, hela ya adulta: la última etapa está franqueada. ¿Y ahora? Esa inquieta decepción está ligada, por otra parte, al matrimonio propiamente dicho tanto como a la desfloración: una mujer que haya «conocido» ya a su novio, o que haya «conocido» a otros hombres, mas para quien el matrimonio representa el pleno acceso a la vida de adulta, tendrá frecuentemente la misma reacción. Vivir el comienzo de una empresa, exalta; pero no hay nada más deprimente que descubrir un destino sobre el cual ya no se tiene poder alguno. Sobre ese fondo definitivo, inmutable, emerge la libertad con la más intolerable gratuidad. Antes, protegida por la autoridad de los padres, la muchacha usaba su libertad para la revuelta y la esperanza; la empleaba para rechazar y sobrepasar una condición en la cual, al mismo tiempo, hallaba seguridad; trascendía hacia el matrimonio mismo desde el seno del calor familiar; ahora está casada, ya no tiene ante sí ningún otro porvenir. Las puertas del hogar paterno se han cerrado a su espalda: aquello que ahora tiene será toda su parte en la Tierra. Sabe exactamente qué tareas le están reservadas: las mismas que realizaba su madre. Día tras día, se repetirán los mismos ritos. De soltera tenía las manos vacías: pero en esperanzas, en sueños, lo poseía todo. Ahora, ha adquirido una parcela del mundo y se dice con angustia: nada más que esto, y para siempre. Para siempre este marido, esta casa. Ya no tiene nada que esperar, nada importante que desear. Sin embargo, tiene miedo de sus nuevas responsabilidades. Incluso si el marido tiene edad y autoridad, el hecho de que ella sostenga con él relaciones sexuales le quita prestigio: no podría reemplazar a un padre y aún menos a una madre; no puede librarla de su libertad. En la soledad del nuevo hogar, ligada a un hombre que le es más o menos extraño, habiendo dejado de ser niña para convertirse en esposa y destinada a ser madre, a su vez, se siente transida; definitivamente separada del seno materno, perdida en medio de un mundo donde ningún fin la solicita, abandonada en un presente glacial. descubre el tedio y la insipidez de lo puramente artificial, Es una angustia que se expresa de manera conmovedora en el diario de la joven condesa Tolstoi; ha concedido su mano con entusiasmo a un gran escritor a quien admira; después de los fogosos abrazos que ha recibido en el balcón de madera de Iasnaiava Poliana, se siente asqueada del amor carnal, lejos de los suyos, aislada de su pasado, al lado de un hombre con quien ha estado prometida solamente ocho días, que tiene diecisiete años más que ella, un pasado y unos intereses que le son totalmente extraños; todo se le antoja huero, helado; su vida no es más que un sueño. Hay que citar el relato que hace del comienzo de su matrimonio y las páginas de su diario en el curso de los primeros años.
Sofía se casa el 23 de septiembre de 1862 y esa misma tarde deja a su familia:
Un sentimiento penoso, doloroso, me contraía la garganta y me oprimía el pecho. Comprendí entonces que había llegado el momento de abandonar para siempre a mi familia y a todos aquellos a quienes amaba profundamente y con quienes había vivido hasta entonces... Empezaron los adioses, que fueron terribles... Habían llegado los últimos minutos. Había reservado intencionadamente para el final la despedida con mi madre..., Cuando me desprendí de sus brazos y, sin volver la cabeza, fui a sentarme en el carruaje, ella lanzó un grito desgarrador que no he podido olvidar en toda mi vida. La lluvia del otoño no cesaba de caer... Acurrucada en mi rincón, abrumada de fatiga y de pena, di rienda suelta a mis lágrimas. León Nikolaievich. parecía atónito, incluso descontento... Cuando salimos de la población, experimenté en la oscuridad un sentimiento de espanto... Las tinieblas me oprimían. Apenas cruzamos palabra hasta llegar a la primera estación, Biriulev, salvo error. Recuerdo que León Nikolaievich se mostraba muy tierno y tenía delicadas atenciones conmigo. En Biriulev, nos dieron las llamadas habitaciones del zar, unas piezas enormes, con muebles tapizados de reps rojo que no tenían nada de acogedores. Nos trajeron el samovar. Acurrucada en un rincón del sofá, guardaba silencio como una condenada a muerte. «Y bien... —me dijo León Nikolaievich—, ¿qué te parece si lo sirvieras?» Obedecí y serví el té. Estaba confusa y no podía librarme de cierto temor. No me atrevía a tutear a León Nikolaievich y evitaba llamarle por su nombre. Durante mucho tiempo después, seguí llamándole de usted.
Veinticuatro horas más tarde llegan a Iasnaia Poliana. El 8 de octubre, Sofía reanuda su diario. Se siente angustiada. Sufre porque su marido ha tenido un pasado.
En lo que alcanza mi memoria, siempre he soñado con un ser completo, lozano, puro, a quien amaría... y me resulta difícil renunciar a esos sueños de niña. Cuando me besa, pienso que no soy la primera a quien besa de ese modo.
Al día siguiente anota:
Me siento ahogada. He tenido pesadillas esta noche y, aunque no piense en ello constantemente, no por eso dejo de tener el alma agobiada. Ha sido a mi madre a quien he visto en sueños, y me ha dado mucha pena. Era como si durmiese y no pudiera despertar... Algo me abruma. Me parece continuamente que voy a morir. Es extraño eso, ahora que tengo un marido. Le oigo dormir y me lleno de temor, sola. No me deja penetrar en su fuero interno, y eso me aflige. Todas estas relaciones carnales son repugnantes.
11 de octubre: ¡Terrible! ¡Espantosamente triste! Cada vez me repliego más en mí misma. Mi marido está enfermo, de mal humor y no me quiere. Lo esperaba, pero no creía que fuese tan espantoso. ¿A quién le importa mi felicidad? Nadie sospecha que esa felicidad yo no sé crearla ni para él ni para mí. En mis horas de tristeza, a veces me pregunto: «¿Para qué vivir cuando las cosas van tan mal para mí y para los demás?» Es extraño, pero esta idea me obsesiona. Mi marido está cada día más frío, mientras yo, por el contrario, le amo más cada vez... Evoco el recuerdo de los míos. ¡Qué alegre era la vida entonces! En cambio, ahora, ¡oh, Dios mío! ¡Tengo el alma desgarrada! Nadie me ama... Querida mamá, querida Tania, ¡qué buenas eran!
¿Por qué las he abandonado? ¡Es triste, es espantoso! Sin embargo, Liovochka es excelente... En otro tiempo, yo ponía ardor en vivir, en trabajar, en realizar las faenas de la casa. Ahora, eso ha terminado: podría permanecer callada días enteros, cruzada de brazos, machacando mis recuerdos de años pasados... Hubiera querido trabajar, pero no puedo... Me hubiera gustado tocar el piano, pero aquí es muy incómodo... Liovochka me propuso que me quedase en casa hoy, mientras él iría a Nikolskoie. Tenía que haber aceptado, para librarle de mí, pero no he tenido fuerzas para ello... ¡Pobrecillo! Busca en todas partes distracciones y pretextos para evitarme. ¿Por qué estaré en la Tierra?
13 de noviembre de 1863: Confieso que no sé ocuparme. Liovochka es feliz, porque tiene inteligencia y talento, mientras yo no tengo ni la una ni lo otro. No es difícil encontrar algo que hacer; el trabajo no falta. Pero es preciso tomarle gusto a esas pequeñas tareas, obligarse a amarlas: cuidar el corral, aporrear el piano, leer muchas tonterías y muy pocas cosas interesantes, salar pepinos... Me he quedado tan profundamente dormida, que ni nuestro viaje a Moscú, ni la espera de un hijo me procuran la menor emoción, la más pequeña alegría, nada. ¿Quién me indicará el medio de despertarme, de reanimarme? Esta soledad me abruma. No estoy habituada a ella. En casa había tanta animación... Y aquí, en su ausencia, todo es fúnebre. La soledad le es familiar. El no halla placer, como yo, en sus amistades íntimas, sino en sus actividades... Ha crecido sin familia.
23 de noviembre: Cierto, estoy inactiva, pero no lo soy por naturaleza. Simplemente, no sé qué trabajo emprender. A veces, experimento un deseo loco de escapar a su influencia... ¿Por qué me pesa su influencia?.. La acepto, pero no me haré como él. No haría más que perder mi personalidad. Ya no soy la misma, lo cual me hace la vida más difícil.
1.º de abril: Tengo el gran defecto de no hallar recursos en mí misma... Liova está muy absorbido por su trabajo y por la administración del dominio, mientras que yo no tengo ninguna preocupación. No tengo dotes para nada. Me gustaría tener algo más que hacer, pero que se tratase de un genuino trabajo. En otro tiempo, cuando llegaban estas espléndidas jornadas primaverales, experimentaba la necesidad, el deseo de algo. ¡Sabe Dios en qué soñaría! Hoy, no tengo necesidad de nada, ya no siento esa vaga y estúpida aspiración hacia no sé qué, porque, habiéndolo hallado todo, ya no tengo nada que buscar. No obstante, sucede que me aburro.
20 de abril: Liova se aleja de mí cada vez más. El aspecto físico del amor representa para él un gran papel, mientras que para mí no representa ninguno.
Se ve que la joven sufre, en el curso de esos seis primeros meses, a causa de la separación de los suyos, de su soledad, del aspecto definitivo que ha adoptado su destino; detesta las relaciones físicas con su marido y se aburre. Ese mismo tedio es el que experimenta también hasta las lágrimas la madre de Colette215 después de su primer matrimonio, que le habían impuesto sus hermanos:
Así, pues, abandonó la cálida casa belga, la cocina que olía a gas, el pan caliente y el café, dejó el piano, el violín, el gran Salvator Rosa legado por su padre, el bote de tabaco y las finas pipas de arcilla de largo cañón..., los libros abiertos y los periódicos arrugados para entrar, recién casada, en la mansión con escalinata y cercada por el crudo invierno de los países boscosos. Allí encontró un inesperado salón blanco y oro en la planta baja, pero también un primer piso apenas enlucido, abandonado como un granero... Los helados dormitorios no hablaban ni de amor ni de dulce sueño... Sido, que buscaba amigos, una sociabilidad inocente y alegre, no halló en su propia casa más que unos sirvientes y unos granjeros cautelosos... Adornó con flores la espaciosa mansión, hizo blanquear la sombría cocina, vigiló personalmente la preparación de platos flamencos, confeccionó pasteles de uva y esperó su primer hijo. El Salvaje la sonreía entre dos correrías y volvía a partir... Agotadas sus recetas culinarias, su paciencia y el encausto, Sido, enflaquecida de aislamiento, lloró...
En Lettres à Françoise mariée, Marcel Prévost describe el desconsuelo de la joven al regreso de su viaje de novios.
Piensa en el piso materno, con sus muebles Napoleón III y MacMahon, sus felpas en los espejos, sus armarios de ciruelo negro, todo cuanto ella juzgaba tan anticuado, tan ridículo... Todo eso lo evoca un instante su memoria como un refugio real, como un verdadero nido, el nido en donde ella ha sido empollada con una ternura desinteresada, al abrigo de toda intemperie y de todo peligro. Este piso de ahora, con su olor a alfombras nuevas, sus ventanas desguarnecidas, la zarabanda de las sillas, con su aire de improvisación y de partida en falso, no es un nido, no, no lo es. Solo es el sitio del nido que se trata de construir... Se sentirá de pronto horriblemente triste, triste como si la hubieran abandonado en un desierto.
A partir de ese desconsuelo, nacen a menudo en la joven prolongadas melancolías y diversas psicosis. En particular, y bajo la forma de diferentes obsesiones psicasténicas, experimenta el vértigo de su libertad vacía; por ejemplo, desarrolla esos fantasmas de prostitución que ya hemos encontrado en la muchachita. Pierre Janet216 cita el caso de una joven casada que no podía soportar el permanecer sola en su piso, porque se sentía tentada a asomarse a la ventana y echar intencionadas miradas a los transeúntes. Otras permanecen abúlicas frente a un universo que «ya no tiene aire de autenticidad», que solo está poblado de fantasmas y decorados de cartón pintado. Las hay que se esfuerzan en negar su condición de adultas, que se obstinarán en negarlo toda su vida. Como esa enferma217 a quien Janet designa con las iniciales Qi.
Qi, mujer de treinta y seis años, está obsesionada por la idea de que es una niña de diez a doce años; sobre todo, cuando está sola, se deja llevar por el deseo de saltar, reír, danzar, se suelta los cabellos, los deja flotar sobre sus hombros, se los corta en parte. Quisiera poder abandonarse por completo a ese sueño de ser una niña: «¡Qué desgracia que no pueda jugar delante de todo el mundo al escondite ni hacer travesuras!... Quisiera que todos me juzgasen agradable, tengo miedo de ser fea como el Coco, me gustaría que me quisiesen mucho, que me hablasen, me mimasen, que me dijeran a cada momento que me quieren como se quiere a los niños... Se quiere a un niño por sus diabluras, por su buen corazón, por sus gentilezas. ¿Y qué se le pide a cambio? Que os ame, nada más. Eso es lo bueno; pero no puedo decírselo a mi marido, porque no me comprendería. La verdad es que me gustaría mucho ser una niña, tener un padre o una madre que me sentasen sobre sus rodillas, me acariciasen el pelo... Pero no, soy una señora, una madre de familia; hay que cuidar de la casa, ser seria, reflexionar a solas... ¡Oh, qué vida!»
También para el hombre el matrimonio es con frecuencia una crisis: la prueba de ello es que muchas psicosis masculinas nacen en el curso del noviazgo o durante los primeros tiempos de la vida conyugal. Menos apegado a la familia que sus hermanas, el joven pertenecía a alguna hermandad: instituto, universidad, taller de aprendizaje, equipo, banda, que le protege contra el abandono; la deja para comenzar su verdadera existencia de adulto; teme su soledad futura y, a menudo, se casa solamente para conjurarla. Pero es víctima de esa ilusión que mantiene la colectividad y que representa a la pareja como una «sociedad conyugal». Salvo en el breve incendio de una pasión amorosa, dos individuos no podrían constituir un mundo que proteja a cada uno de ellos contra el mundo: eso es lo que ambos experimentan al día siguiente de la boda. La mujer, muy pronto familiar, esclavizada, no enmascara al marido su libertad; es una carga, no una coartada; no le libera del peso de sus responsabilidades, sino que, por el contrario, lo agrava. La diferencia de sexos implica a menudo diferencias de edad, de educación, de situación, que no permiten ningún entendimiento real: aunque familiares, los esposos son, no obstante, extraños. En otro tiempo había entre ellos frecuentemente un verdadero abismo: la joven, educada en un estado de ignorancia, de inocencia, no tenía ningún «pasado», en tanto que su prometido había «vivido» y a él correspondía iniciarla en la realidad de la existencia. A algunos hombres les halagaba ese delicado papel; más lúcidos, medían con inquietud la distancia que los separaba de su futura compañera. Edith Wharton ha descrito, en su novela Au temps de l'innocence, los escrúpulos de un joven americano de 1870 ante la joven que le ha sido destinada:
Con una suerte de terror respetuoso contempló la frente pura, los ojos llenos de gravedad, la boca inocente y alegre de la joven criatura que iba a confiarle su alma. Aquel temible producto del sistema social del cual formaba parte y en el cual creía —la joven que, ignorándolo todo, lo esperaba todo—, se le presentaba ahora como una extraña... ¿Qué sabían realmente el uno del otro, puesto que su deber como hombre galante consistía en ocultar su pasado a su prometida, y a esta correspondía no tenerlo?.. La joven, centro de ese sistema de mistificación superiormente elaborado, resultaba incluso un enigma aún más indescifrable por su franqueza y audacia. Era franca la pobre criatura, porque no tenía nada que ocultar; confiada, porque ni siquiera imaginaba que tuviera que guardarse; y, sin otra preparación, debía ser sumergida en una sola noche en lo que llaman «las realidades de la vida...». Después de girar cien veces en torno a aquella alma sucinta, volvió desalentado a la idea de que aquella pureza ficticia, tan diestramente fabricada por la conspiración de las madres, las tías, las abuelas, hasta los lejanos antepasados puritanos, solo existía para satisfacer sus gustos personales, para que él pudiese ejercer sobre ella su derecho de señor y quebrarla como una imagen de nieve.
Hoy es menos profundo ese foso, porque la joven es un ser menos ficticio; está mejor informada, mejor armada para la vida. Pero todavía es con frecuencia mucho más joven que su marido. Es este un punto cuya importancia no se ha subrayado lo bastante; a menudo se toman por diferencias de sexo las consecuencias de una madurez desigual; en muchos casos, la mujer es una niña, no porque sea mujer, sino porque en realidad es muy joven. La gravedad de su marido y de los amigos de este la abruma. Aproximadamente un año después de su boda, Sofía Tolstoi escribía:
Es viejo, está demasiado absorbido, ¡y yo me siento hoy tan joven, con tantos deseos de hacer locuras! En lugar de acostarme, hubiera querido hacer piruetas. Pero ¿con quién?
Me envuelve una atmósfera de vejez, todo cuanto me rodea es viejo. Me esfuerzo por reprimir todo impulso de juventud; hasta tal punto parecería desplazado en este medio tan razonable.
Por su parte, el marido ve a su mujer como un «bebé»; no es para él la compañera que esperaba y se lo hace notar, la humilla. Sin duda, al salir de la casa paterna, a ella le gusta encontrar un guía; pero también le agrada que la consideren una «persona mayor»; desea seguir siendo niña, pero quiere convertirse en mujer; el esposo de más edad no puede tratarla jamás de modo que la satisfaga por completo.
Aun cuando la diferencia sea insignificante, subsiste el hecho de que la joven y el joven han sido educados, por lo general, de manera completamente distinta; ella emerge de un universo femenino donde le ha sido inculcada una sabiduría femenina, el respeto de los valores femeninos, en tanto que él está imbuido de los principios de la ética masculina. A menudo les resulta muy difícil entenderse, y no tardan en surgir los conflictos.
Por el hecho de que el matrimonio subordina normalmente la mujer al marido, a ella es fundamentalmente a quien se le plantea el problema de las relaciones conyugales en toda su agudeza. La paradoja del matrimonio consiste en que desempeña, a la vez, una función erótica y una función social: esa ambivalencia se refleja en la figura que el marido reviste para la joven. Es un semidiós dotado de prestigio viril y destinado a reemplazar al padre: protector, proveedor, tutor, guía; a su sombra es donde la vida de la esposa debe desarrollarse; es ostentador de todos los valores, garante de la verdad, justificación ética de la pareja. Pero también es un macho con quien hay que compartir una experiencia a menudo vergonzosa, extravagante, odiosa o trastornadora, y, en cualquier caso, contingente; invita a la mujer a revolcarse con él en la bestialidad, a pesar de que la dirige con paso firme hacia el ideal.
Una noche, en París, donde se detuvieron en el camino de regreso, Bernard abandonó ostensiblemente un music-hall cuyo espectáculo le había escandalizado: «¡Y pensar que los extranjeros ven eso! ¡Qué vergüenza! Y nos juzgan de acuerdo con eso...» Thérèse admiraba que aquel hombre púdico fuese el mismo cuyas pacientes invenciones en la oscuridad tendría que sufrir dentro de una hora escasa