En virtud de la maternidad es como la mujer cumple íntegramente su destino fisiológico, esa es su vocación «natural», puesto que todo su organismo está orientado hacia la perpetuación de la especie. Pero ya se ha dicho que la sociedad humana no está jamás abandonada a la Naturaleza. Y, en particular, desde hace aproximadamente un siglo, la función reproductora ya no está determinada por el solo azar biológico, sino que está controlada por la voluntad232. Algunos países han adoptado oficialmente métodos precisos para el control de la natalidad, y, en las naciones sometidas a la influencia del catolicismo, ese control se realiza clandestinamente: o bien el hombre practica el «coitus interruptus», o bien la mujer, después del acto amoroso, expulsa de su cuerpo los espermatozoides. Ello es a menudo una fuente de conflictos y rencores entre amantes y esposos; el hombre se irrita por tener que vigilar su placer; la mujer detesta la servidumbre del lavatorio; guarda él rencor a la mujer por su vientre en demasía fecundo; teme ella esos gérmenes de vida que él se arriesga a depositar en ella. Y a los dos los invade la consternación cuando, pese a todas las precauciones, ella queda encinta. El caso es frecuente en los países donde los métodos anticonceptivos son rudimentarios. Entonces la antifisis adopta una forma particularmente grave: el aborto. Prohibido igualmente en los países que autorizan el control de la natalidad, el aborto tiene en ellos muchas menos ocasiones de plantearse. Pero en Francia es una operación a la cual se ven obligadas multitud de mujeres y que acosa la vida amorosa de la mayor parte de ellas.
Existen pocos temas respecto a los cuales la sociedad burguesa despliegue más hipocresía: el aborto es un crimen repugnante, y aludir al mismo es una indecencia. El que un escritor describa las alegrías y los sufrimientos de una parturienta, es impecable; pero si habla de una mujer que ha abortado se le acusa de revolcarse en la inmundicia y de pintar a la Humanidad bajo una luz abyecta: ahora bien, en Francia se producen todos los años tantos abortos como nacimientos. Se trata de un fenómeno tan extendido, que es preciso considerarlo como uno de los riesgos normalmente implícitos en la condición femenina. El Código se obstina, no obstante, en considerarlo delito: exige que esta delicada operación sea ejecutada clandestinamente. Nada más absurdo que los argumentos invocados contra la legislación del aborto. Se pretende que es una intervención peligrosa. Pero los médicos honestos reconocen con el doctor Magnus Hirschfeld que «el aborto practicado por la mano de un verdadero médico especialista, en una clínica y con las medidas preventivas necesarias, no comporta esos graves peligros cuya existencia afirma el Código penal». Por el contrario bajo su forma actual es como hace correr grandes riesgos a la mujer. La falta de competencia de las «hacedoras de ángeles», las condiciones en las cuales operan, engendran multitud de accidentes, a veces mortales. La maternidad forzada termina por arrojar al mundo hijos enclenques, a quienes sus padres serán incapaces de alimentar y que se convertirán en víctimas de la Asistencia pública o en «niños mártires». Preciso es advertir, por otra parte, que la sociedad, encarnizada defensora de los derechos del embrión, se desinteresa de los niños tan pronto como han nacido; se persigue a las mujeres que abortan, en lugar de aplicarse a reformar esa vergonzosa institución llamada Asistencia pública; se deja en libertad a los responsables que ponen a sus pupilos en manos de semejantes verdugos; se cierra los ojos ante la horrible tiranía que ejercen «casas de educación» o en residencias privadas los verdugos de niños; y si se rehúsa admitir que el feto pertenece a la mujer que lo lleva en su seno, en cambio se consiente que el niño sea una cosa de sus padres; en el curso de la misma semana, acabamos de ver cómo se suicidaba un cirujano convicto de maniobras abortivas y cómo se condenaba a tres meses de prisión con sobreseimiento a un padre que había golpeado a su hijo hasta casi matarlo. Recientemente, un padre ha dejado morir a su hijo de difteria por falta de cuidados; una madre se ha negado a llamar a un médico que viese a su hija, en nombre de su entrega incondicional a la voluntad divina: en el cementerio, unos niños la apedrearon; al manifestar su indignación algunos periodistas, toda una cohorte de gentes honradas ha protestado que los hijos pertenecen a los padres y que todo control extraño sería inaceptable. En la actualidad hay «un millón de niños en peligro», afirma el periódico Ce Soir; France Soir dice que «quinientos mil niños están amenazados de peligro físico o moral». En África del Norte, la mujer árabe no tiene la posibilidad de recurrir al aborto: de cada diez hijos que engendra, mueren siete u ocho, y nadie se preocupa de ello, porque las penosas y absurdas maternidades han destruido el sentimiento maternal. Si a la moral le conviene eso, ¿qué pensar de semejante moral? Hay que añadir que los hombres más respetuosos con la vida embrionaria son también los que más prontos se muestran cuando se trata de condenar adultos a una muerte militar.
Las razones prácticas invocadas contra el aborto legal carecen de peso; en cuanto a las razones morales, se reducen al viejo argumento católico de que el feto posee un alma a la cual se le cierra el paraíso al suprimirlo sin bautismo. Es notable que la Iglesia autorice, en ocasiones, el homicidio de hombres hechos: en las guerras, o cuando se trata de condenados a muerte; pero, en cambio, reserva para el feto un humanitarismo intransigente. Este no es rescatado por el bautismo: en la época de las guerras santas contra los infieles, estos tampoco lo eran, pero se estimulaba ardientemente su matanza. Las víctimas de la Inquisición no se hallaban todas, sin duda, en estado de gracia, como tampoco lo están hoy el criminal a quien guillotinan y los soldados muertos en el campo de batalla. En todos estos casos, la Iglesia se remite a la gracia divina; admite que el hombre no es en su mano más que un instrumento y que la salvación de un alma se juega entre ella y Dios. Así, pues, ¿por qué prohibirle a Dios que acoja en su cielo al alma embrionaria? Si un concilio se lo autorizase, no protestaría más que en la bella época de las piadosas matanzas de indios. En verdad, se choca aquí contra una vieja y obstinada tradición que nada tiene que ver con la moral. Hay que contar también con ese sadismo masculino del cual ya he tenido ocasión de hablar. El libro que el doctor Roy dedicó en 1943 a Pétain es un notable ejemplo de ello; constituye un verdadero monumento de mala fe. Insiste paternalmente sobre los peligros del aborto; pero nada le parece más higiénico que una cesárea. Quiere que el aborto sea considerado como un crimen y no como un delito; y desea que sea prohibido hasta en su forma terapéutica, es decir, cuando el embarazo pone en peligro la vida o la salud de la madre: es inmoral elegir entre una vida y otra, declara; se atrinchera en ese argumento y aconseja sacrificar a la madre. Declara que el feto no pertenece a la madre, que es un ser autónomo. Sin embargo, cuando esos mismos médicos «bien pensados» exaltan la maternidad, afirman que el feto forma parte del cuerpo materno, que no es un parásito que se alimente a sus expensas. Se ve cuán vivo es todavía el antifeminismo en ese encarnizamiento que ponen algunos hombres en rechazar todo cuanto podría manumitir a la mujer.
Por otra parte, la ley que condena a la muerte, la esterilidad o la enfermedad a multitud de mujeres jóvenes resulta impotente para asegurar un aumento de la natalidad. Un punto respecto al cual están de acuerdo partidarios y enemigos del aborto legal es el radical fracaso de la represión. Según los profesores Doléris, Balthazard y Lacassagne, habría habido en Francia medio millón de abortos alrededor de 1933; una estadística (citada por el doctor Roy) elaborada en 1938 estimaba su número en un millón. En 1941, el doctor Aubertin, de Burdeos, vacilaba entre ochocientos mil y un millón. Esta última cifra es la que parece más cercana a la verdad. En un artículo de Combat fechado en marzo de 1948, el doctor Desplas describe:
El aborto ha pasado a formar parte de las costumbres... La represión ha fracasado prácticamente... En el Sena, en el año 1943, 1.300 investigaciones han comportado 750 acusaciones con 360 mujeres detenidas y 513 condenas de menos de un año a más de cinco, lo cual es poco en relación con los 15.000 abortos presumidos en el departamento. En todo el territorio se cuentan 10.000 casos.
Y añade:
El aborto llamado criminal es tan familiar a todas las clases sociales como las políticas anticonceptivas aceptadas por nuestra hipócrita sociedad. Las dos terceras partes de las mujeres que abortan son casadas... Se puede calcular, aproximadamente, que hay en Francia tantos abortos como nacimientos.
Como la operación se practica en condiciones frecuentemente desastrosas, muchos abortos terminan con la muerte de la mujer.
Todas las semanas llegan al Instituto Médico Legal de París dos cadáveres de mujeres que han abortado; muchos de los abortos provocan enfermedades crónicas.
Se ha dicho a veces que el aborto es un «crimen clasista», y, en gran medida, es cierto. Las prácticas anticonceptivas están mucho más difundidas en la burguesía; la existencia de un cuarto de aseo decoroso hace su aplicación más fácil que en las casas de los obreros y los campesinos, privadas de agua corriente; las jóvenes de la burguesía son más prudentes que las otras; en los matrimonios, el hijo representa una carga menos pesada: la pobreza, la crisis de la vivienda, la necesidad que tiene la mujer de trabajar fuera de casa, se cuentan entre las causas más frecuentes del aborto. El caso más frecuente parece ser el de que la pareja decida limitar los nacimientos después de la segunda maternidad; de manera que la mujer de odiosos rasgos que aborta es también esa madre magnífica que mece en sus brazos a dos ángeles rubicundos: la misma mujer. En un documento publicado en Temps modernes, de octubre de 1945, bajo el título de «Salle commune», madame Geneviève Sarreau describe una sala de hospital en la cual tuvo ocasión de vivir y a la que acudían muchas enfermas para someterse a un raspado: de dieciocho de ellas, quince habían sufrido abortos, más de la mitad de los cuales habían sido provocados; la que tenía el número 9, esposa de un forzudo del mercado, había tenido en dos matrimonios diez hijos vivos, de los cuales solamente quedaban tres, y había sufrido siete abortos, de los cuales cinco fueron provocados; empleaba de buen grado la técnica de la «varilla», que explicaba complacida, y también usaba unos comprimidos cuyos nombres indicaba a sus compañeras. La número 16, joven de dieciséis años de edad, casada, había tenido aventuras y padecía de salpingitis a causa de un aborto. La número 7, de treinta y cinco años de edad, explicaba: «Hace veinte años que estoy casada; nunca he amado a mi marido, pero, durante veinte años, me he conducido correctamente. Hace tres meses un hombre me hizo el amor. Una sola vez, en la habitación de un hotel. Y quedé encinta. Entonces, no había más remedio, ¿verdad? Lo tuve que deshacer. Pero se ha acabado; nunca volveré a empezar. Se sufre demasiado... Y no me refiero al raspado... No, no; se trata de otra cosa: es... es el amor propio, ¿saben?» La número 14 había tenido cinco hijos en cinco años; a la edad de cuarenta años, tenía aspecto de vieja. En todas ellas había una resignación hecha de desesperación. «La mujer está hecha para sufrir», decían tristemente.
La gravedad de esta prueba varía mucho, según las circunstancias. La mujer casada que disfruta de una posición social acomodada burguesamente o confortablemente entretenida, apoyada por un hombre con dinero y relaciones, disfruta de muchas ventajas; en primer lugar, obtiene mucho más fácilmente que otras licencia para proceder a un aborto «terapéutico»; en caso necesario, dispone de medios para efectuar un viaje a Suiza, donde el aborto es liberalmente tolerado; en el estado actual de la ginecología, el aborto es una operación benigna cuando la efectúa un especialista con todas las garantías de la higiene y, si es preciso, con los recursos de la anestesia; a falta de complicidad oficial, encuentra ayudas oficiosas que son tan seguras como aquella: conoce buenas direcciones, posee dinero suficiente para pagar cuidados concienzudos, sin esperar a que el embarazo esté avanzado; la tratarán con toda suerte de miramientos; algunas de estas privilegiadas pretenden que ese pequeño accidente es beneficioso para la salud y da brillo a la tez. En cambio, pocas desgracias hay más lamentables que la de una joven abandonada y sin dinero, que se ve forzada a cometer un «crimen» para borrar una «falta» que su entorno jamás le perdonaría: este es el caso todos los años en Francia de unas trescientas mil empleadas, secretarias, estudiantes, obreras, campesinas; la maternidad ilegítima es todavía una tara tan terrible, que muchas prefieren el suicidio o el infanticidio al estado de madre soltera, es decir, que ninguna penalidad les haría retroceder ante la necesidad de «deshacer el niño». Un caso trivial, que se repite millares de veces, es el que se relata en una confesión recogida por el doctor Liepmann233. Se trata de una berlinesa, hija natural de un zapatero y una criada:
Trabé conocimiento con el hijo de un vecino diez años mayor que yo... Sus caricias fueron para mí de tal modo nuevas, que, a fe mía, me dejé hacer. De todos modos, aquello no era verdadero amor. No obstante, siguió iniciándome de todas las maneras posibles dándome a leer libros sobre la mujer, hasta que, finalmente, le entregué mi virginidad. Cuando, después de una espera de dos meses, acepté una plaza de institutriz en la escuela maternal de Speuze, estaba encinta. No volví a tener el período durante otros dos meses. Mi seductor me escribía que era absolutamente preciso que volviera a tener el período bebiendo petróleo y comiendo jabón negro. No soy capaz de describir ahora los tormentos que entonces padecí... Tuve que llegar completamente sola hasta el fondo de toda aquella miseria. El temor de tener un hijo me hizo cometer el acto horrendo. Entonces fue cuando aprendí a odiar al hombre.
El pastor de la escuela se enteró de la historia por una carta extraviada, la sermoneó largamente, y ella se separó del joven; pero la trataron como si fuese una leprosa.
Fue como si hubiese vivido dieciocho meses en un correccional.
Entró luego como niñera en casa de un profesor, y allí permaneció cuatro años.
En esa época conocí a un magistrado. Fui feliz amando a un verdadero hombre. Con mi amor, le di todo. El resultado de nuestras relaciones fue que, a los. veinticuatro años de edad, traje al mundo un niño perfectamente constituido. El niño tiene hoy diez años. No he visto al padre desde hace nueve años y medio... Como yo juzgaba insuficiente la suma de dos mil quinientos marcos, y él, por su parte, se negaba a dar su nombre al niño, renegando así de su paternidad, todo terminó entre nosotros. Ningún hombre me inspira ya el menor deseo.
Con frecuencia es el propio seductor quien convence a la mujer para que se desembarace del niño. O bien la ha abandonado ya cuando está encinta, o ella quiere ocultarle generosamente su desgracia, o no encuentra a su lado la menor ayuda. A veces, ella renuncia al hijo no sin pesar; ora sea porque no se decide inmediatamente a suprimirlo, o porque no conoce ninguna dirección, o porque no dispone de dinero y ha perdido el tiempo probando drogas ineficaces, llega al tercero, cuarto o quinto mes del embarazo y entonces decide librarse de aquel hijo; el aborto provocado será entonces infinitamente más peligroso, más doloroso y más comprometido que si se hubiese efectuado en el curso de las primeras semanas. La mujer lo sabe; intenta librarse de aquello, pero lo hace llena de angustia y desesperación. En el campo, el uso de la sonda apenas es conocido; la campesina que ha caído en «falta» se arroja desde lo alto del granero o se deja caer desde una escalera, y, a menudo, se lesiona sin resultado; así sucede que, en los setos, entre los matorrales o en las letrinas, se encuentra de vez en cuando un pequeño cadáver estrangulado. En la ciudad, las mujeres se ayudan entre sí. Pero no siempre resulta fácil encontrar una «hacedora de ángeles», y aún menos reunir la suma exigida; la mujer encinta pide ayuda a una amiga o se opera ella misma; estas cirujanas de ocasión son a menudo poco competentes, y se perforan rápidamente con una varilla o una aguja de hacer punto. Un médico me ha contado que una cocinera ignorante, pretendiendo inyectarse vinagre en el útero, se lo inyectó en la vejiga, lo cual le produjo atroces dolores. Brutalmente ejecutado y mal cuidado, el aborto provocado, a menudo más penoso que un parto normal, va acompañado de trastornos nerviosos que pueden llegar hasta el borde de la crisis epiléptica, provoca a veces graves enfermedades internas y puede desencadenar una hemorragia mortal. En Gribiche, Colette relata la dura agonía de una pequeña bailarina de music-hall abandonada a las manos ignorantes de su madre; un remedio habitual, dice ella, consistía en beber una solución de jabón concentrada y correr después durante un cuarto de hora: mediante semejantes tratamientos se suprime frecuentemente al niño, pero se mata a la madre. Me han hablado de una mecanógrafa que ha permanecido cuatro días en su habitación, bañada en sangre, sin comer ni beber, porque no se había atrevido a llamar. Es difícil imaginarse abandono más pavoroso que aquel en el que la amenaza de la muerte se confunde con la del crimen —y la vergüenza. La prueba es menos dura en el caso de mujeres pobres, pero casadas, que actúan de acuerdo con el marido y sin estar atormentadas por inútiles escrúpulos. Uña asistenta social me decía que en la «zona» ellas se dan consejos mutuamente, se prestan instrumentos y se ayudan tan sencillamente como si se tratase de extirpar unas durezas en los pies. Pero padecen tremendos sufrimientos físicos; en los hospitales, tienen la obligación de acoger a la mujer cuyo aborto provocado ya ha comenzado; pero la castigan sádicamente, negándole todo calmante durante los dolores y en el curso de la última operación de raspado. Como se aprecia, entre otros, en los testimonios recogidos por G. Sarreau, estas persecuciones ni siquiera indignan a las mujeres, demasiado habituadas al sufrimiento: pero son sensibles a las humillaciones que les infligen. El hecho de que la operación sufrida sea clandestina y criminal multiplica sus peligros y le da un carácter abyecto y angustioso. Dolor, enfermedad y muerte adoptan la figura de un castigo: sabida es la distancia que separa al sufrimiento de la tortura, al accidente del castigo; a través de los riesgos que asume, la mujer se tiene por culpable; y es esta interpretación del dolor y de la falta lo que resulta singularmente penoso.
Este aspecto del drama se siente con más o menos intensidad, según las circunstancias. Para las mujeres muy «independientes» gracias a su fortuna, su posición social o el medio libre al cual pertenecen, y para aquellas otras a quienes la pobreza o la miseria han enseñado el desdén hacia la moral burguesa, apenas hay problema alguno: hay un momento más o menos desagradable que pasar, y no hay más remedio que pasarlo, eso es todo. Pero multitud de mujeres se sienten intimidadas por una moral que conserva a sus ojos todo su prestigio, aunque ellas no puedan amoldar a ella su conducta; respetan en su fuero interno la ley que infringen y sufren por cometer un delito; todavía sufren más por tener que buscarse cómplices. En primer lugar, sufren la humillación de mendigar: mendigan una dirección, los cuidados de un médico, de una comadrona; se exponen a que las reprendan con altanería, o se arriesgan a una connivencia degradante. invitar deliberadamente a otro a cometer un delito es una situación que ignora la mayoría de los hombres y que la mujer vive con una mezcla de miedo y vergüenza. Esta intervención que ella reclama, a menudo la rechaza en el fondo de su corazón. Se encuentra dividida en el interior de sí misma. Puede que su deseo espontáneo sea el de conservar ese niño a quien impide nacer; incluso si no desea positivamente la maternidad, percibe con desazón lo ambiguo del acto que realiza. Porque, si bien es cierto que el aborto no es un asesinato, tampoco podría asimilársele a una simple práctica anticonceptiva; ha tenido lugar un acontecimiento que es un comienzo absoluto y cuyo desarrollo se detiene. Algunas mujeres serán perseguidas por el recuerdo de aquel hijo que no fue. Hélène Deutsch234 cita el caso de una mujer casada, psicológicamente normal, que, después de haber perdido dos veces a causa de su condición física sendos fetos de tres meses, les hizo construir dos pequeñas tumbas que cuidó con gran piedad, incluso después del nacimiento de numerosos hijos. Con mayor razón, si el aborto ha sido provocado, la mujer tendrá a menudo la impresión de haber cometido un pecado. El remordimiento que sigue en la infancia al deseo celoso de la muerte del hermanito recién nacido resucita, y la mujer se siente culpable de haber matado realmente a un niño. Ciertas melancolías patológicas pueden expresar ese sentimiento de culpabilidad. Junto a las mujeres que piensan que han atentado contra una vida extraña, hay muchas que estiman que han sido mutiladas de una parte de si mismas, y de ahí nace un rencor contra el hombre que ha aceptado o solicitado esa mutilación. De nuevo Hélène Deutsch cita el caso de una joven, profundamente enamorada de su amante, que insistió ella misma en hacer desaparecer a un hijo que hubiera sido un obstáculo para la felicidad de los dos; al salir del hospital, se negó a ver nunca más al hombre a quien amaba. Si una ruptura tan definitiva es rara, en desquite es frecuente que la mujer se vuelva frígida, ya sea con respecto a todos los hombres, ya sea exclusivamente con respecto a aquel que la ha dejado encinta.
Los hombres muestran tendencia a tomar el aborto a la ligera; lo consideran como uno de esos numerosos accidentes a los cuales la malignidad de la Naturaleza ha condenado a las mujeres: no calibran los valores que en ello se comprometen.
La mujer reniega de los valores de la feminidad, sus valores, en el momento en que la ética varonil se contradice de la manera más radical. Todo su porvenir moral resulta zarandeado. En efecto, desde la infancia se le repite a la mujer que está hecha para engendrar y se le canta el esplendor de la maternidad; los inconvenientes de su condición-reglas, enfermedades, etc.—, el tedio de las faenas domésticas, todo es justificado por ese maravilloso privilegio que ostenta de traer hijos al mundo. Y he ahí que el hombre, para conservar su libertad, para no perjudicar su porvenir, en interés de su profesión, le pide a la mujer que renuncie a su triunfo de hembra. El niño no es ya, en absoluto, un tesoro inapreciable; engendrar no es una función sagrada; esa proliferación se hace contingente, importuna, sigue siendo una de las taras de la feminidad. La servidumbre mensual de la menstruación se presenta, en comparación, como una bendición: he aquí que ahora se acecha ansiosamente el retorno de ese rojo fluir que había sumido a la muchachita en el horror; precisamente se la había consolado prometiéndole las alegrías del alumbramiento. Aun consintiendo en el aborto, deseándolo, la mujer lo siente como un sacrificio de su feminidad: preciso es que, definitivamente, vea en su sexo una maldición, una especie de enfermedad, un peligro. Llegando al extremo de esa negación, algunas mujeres se vuelven homosexuales después del traumatismo provocado por el aborto. Con todo, en el momento mismo en que el hombre, para cumplir mejor su destino de hombre, exige de la mujer que sacrifique sus posibilidades carnales, denuncia la hipocresía del código moral de los varones. Estos prohíben universalmente el aborto, pero lo aceptan singularmente como una solución cómoda; les es posible contradecirse con un cinismo atolondrado; pero la mujer experimenta esas contradicciones en su carne herida; por lo general, es demasiado tímida para rebelarse deliberadamente contra la mala fe masculina; al considerarse víctima de una injusticia que la decreta criminal a pesar suyo, se siente mancillada, humillada; ella es quien encarna bajo una figura concreta e inmediata, en sí, la falta del hombre; él comete la falta, pero se desembaraza de ella descargándola sobre la mujer; se limita a pronunciar palabras con tono suplicante, amenazador, razonable, furioso, pero las olvida rápidamente; a ella le toca traducir esas frases en dolor y sangre. Algunas veces él no dice nada, se va; pero su silencio y su huida son un mentís aún más evidente de todo el código moral instituido por los varones. No hay que asombrarse de lo que se ha dado en llamar la «inmoralidad» de las mujeres, tema favorito de los misóginos. ¿Cómo no experimentarían estas una íntima desconfianza con respecto a principios arrogantes que los hombres proclaman públicamente y denuncian en secreto? Aprenden a no creer en lo que dicen los hombres cuando exaltan a la mujer, ni tampoco cuando exaltan al hombre: lo único seguro es ese vientre hurgado y sangrante, esos jirones de vida roja, esa ausencia de hijo. En el primer aborto es cuando la mujer empieza a «comprender». Para muchas de ellas, el mundo no volverá a tener jamás la misma figura. Y, no obstante, a falta de la difusión de métodos anticonceptivos, el aborto es hoy en Francia el único camino abierto a la mujer que no quiere traer al mundo hijos condenados a morir de miseria. Stekel235 lo ha dicho muy justamente: «La prohibición del aborto es una ley inmoral, puesto que ha de ser obligatoriamente violada, todos los días, a todas horas.»
* * *
El control de la natalidad y el aborto legal permitirían a la mujer asumir libremente sus maternidades. De hecho, una deliberada voluntad, en parte, y el azar, también en parte, son los que deciden la fecundidad femenina. Como la inseminación artificial no se ha convertido en una práctica corriente, sucede que la mujer desea la maternidad sin obtenerla, sea porque no tiene comercio con los hombres, o porque su marido es estéril, o porque está mal conformada. En cambio, frecuentemente se ve obligada a engendrar a su pesar. El embarazo y la maternidad serán vividos de manera muy diferente, según se desarrollen en la rebeldía, la resignación, la satisfacción o el entusiasmo. Hay que tener muy en cuenta que las decisiones y los sentimientos confesados de la joven madre no siempre corresponden a sus deseos más profundos. Una madre soltera puede sentirse materialmente abrumada por la carga que se le ha impuesto de pronto, desolarse abiertamente por ello y encontrar en el hijo, no obstante, la satisfacción de sueños acariciados en secreto; a la inversa, una joven casada que acoja su embarazo con alegría y orgullo, puede temerlo en silencio y detestarlo a través de obsesiones, de fantasmas, de recuerdos infantiles que ella misma rehúsa reconocer. Esa es una de las razones que hace tan herméticas a las mujeres sobre este tema. Su silencio proviene, en parte, de que se complacen en rodear de misterio una experiencia que es de su exclusiva competencia; pero también se sienten desconcertadas por las contradicciones y los conflictos cuya sede son ellas. «Las preocupaciones del embarazo son un sueño que se olvida tan completamente como el sueño de los dolores del parto»236, ha dicho una mujer. Son las complejas verdades que se les descubren entonces las que ellas se aplican en sepultar en el olvido.
Ya hemos visto que durante la infancia y la adolescencia la mujer pasa, con respecto a la maternidad, por diversas fases. De niña, es un milagro y un juego: encuentra en la muñeca, presiente en el hijo por venir un objeto a poseer y a dominar. De adolescente, ve en él, por el contrario, una amenaza contra la integridad de su preciosa persona. O bien la rehúsa hoscamente, como la heroína de Colette Audry237, que nos confía:
Execraba a cada niño que jugaba en la arena; lo execraba por haber nacido de mujer... También execraba a las personas mayores por tener poder sobre aquellos niños, porque los purgaban, los azotaban, los vestían, los envilecían de todas las maneras posibles: las mujeres de cuerpos muelles siempre prestas a hacer brotar nuevos pequeños, los hombres que contemplaban con aire satisfecho e independiente toda aquella pulpa de mujeres e hijos suyos. Mi cuerpo era exclusiva y enteramente mío, no lo quería más que tostado, impregnado de la sal del mar, arañado por los juncos. Tenía que permanecer duro y sellado.
O bien la teme al mismo tiempo que la desea, lo cual conduce a fantasmas de embarazo y a toda suerte de angustias. Hay jóvenes que se complacen en ejercer la autoridad que confiere la maternidad, pero que no están dispuestas a asegurar plenamente las responsabilidades que se desprenden de la misma. Tal es el caso de esa Lydia citado por H. Deutsch, quien, a la edad de dieciséis años, colocada como niñera en casa de unos extranjeros, se ocupaba de los niños confiados a sus cuidados con la más extraordinaria dedicación: aquello era una prolongación de los ensueños infantiles en los que se emparejaba con su madre para criar a un niño; de manera brusca, empezó a descuidar su servicio, a mostrarse indiferente con los niños, a salir, a coquetear; había terminado la época de los juegos y empezaba a preocuparse por su verdadera vida, en la que el deseo de maternidad ocupaba poco lugar. Algunas mujeres alimentan durante toda su existencia el deseo de dominar a los niños, pero conservan todo el horror al trabajo biológico del parto: se hacen comadronas, enfermeras, institutrices; son tías abnegadas, pero se niegan a alumbrar un hijo. Otras, sin rechazar con disgusto la maternidad, están demasiado absorbidas por su vida amorosa, o por una carrera, para hacerle un sitio en la existencia de ambos cónyuges. O bien tienen miedo de la carga que el niño representaría para ellas o para sus respectivos maridos.
A menudo la mujer asegura deliberadamente su esterilidad, ora hurtándose a toda relación sexual, ora recurriendo a las prácticas del control de la natalidad; pero también hay casos en los que ella no confiesa su temor al hijo y en los cuales es un proceso psíquico de defensa el que impide la concepción; se producen en ella trastornos funcionales que pueden descubrirse mediante un examen médico, pero que son de origen nervioso. El doctor Arthus238 cita, entre otros, un ejemplo notable:
Madame H... había sido muy mal preparada por su madre para su vida de mujer; esta le había predicho siempre las peores catástrofes si llegaba a quedarse encinta... Cuando madame H... se casó, creyó estar encinta al mes siguiente; luego advirtió su error; volvió a creer lo mismo al cabo de tres meses: nuevo error. Al cabo de un año, fue a consultar a un ginecólogo, quien se negó a reconocer en ella o en su marido ninguna causa de infecundidad. Tres años después, fue a ver a otro ginecólogo, que le dijo: «Quedará usted encinta cuando menos hable de ello...» Al cabo de cinco años de matrimonio, madame H... y su marido habían admitido el hecho de que nunca tendrían un hijo. El bebé nació a los seis años de matrimonio.
La aceptación o el rechazo de la concepción están influidos por los mismos factores que el embarazo en general. En el curso de este se reavivan los sueños infantiles del sujeto y sus angustias de adolescente, y se le vive de manera muy diferente, según las relaciones que la mujer sostenga con su madre, con su marido y consigo misma.
Cuando, a su vez, se convierte en madre, la mujer ocupa en cierto modo el lugar de aquella que la alumbró: para ella es una completa emancipación. Si lo desea sinceramente, se alegrará de su embarazo y tendrá empeño en llevarlo a buen puerto sin ayuda; por el contrario, si todavía está dominada y consiente en estarlo, se pondrá en manos de su madre, y el recién nacido le parecerá un hermanito o una hermanita antes que el fruto de su propio vientre; si desea liberarse y, al mismo tiempo, no se atreve, entonces temerá que el niño, en lugar de salvarla, la hará caer de nuevo bajo el yugo: esta angustia puede provocar el aborto. H. Deutsch cita el caso de una joven que, teniendo que acompañar a su marido en un viaje y abandonar el hijo a su madre, dio a luz un bebé muerto; se asombró de no llorarlo más, porque lo había deseado vivamente; pero le habría horrorizado tener que entregárselo a su madre, quien la hubiera dominado a través de él. Ya se ha visto que el sentimiento de culpabilidad con respecto a la madre es frecuente en la adolescente; si todavía se mantiene vivo, la mujer se imagina que una maldición pesa sobre su progenie o sobre ella misma: el niño, así lo cree, la matará al venir al mundo, o morirá él al nacer. Es el remordimiento el que a menudo provoca esta angustia, tan frecuente en las jóvenes, de no poder llevar a feliz término su embarazo. En el siguiente ejemplo, expuesto por H. Deutsch, se ve hasta qué punto la relación con la madre puede adquirir una importancia nefasta:
La señora Smith, último vástago de una familia numerosa en la cual solamente había un varón, había sido acogida con despecho por su madre, que deseaba un hijo; no sufrió demasiado por ello, gracias al cariño de su padre y de una hermana mayor. Pero, cuando se casó y esperaba un hijo, aun cuando lo deseaba ardientemente, el odio que experimentara en otro tiempo contra su madre le hacía aborrecible la idea de ser madre ella misma: un mes antes del plazo normal, dio a luz un niño muerto. Encinta por segunda vez, tuvo miedo de un nuevo accidente; felizmente, una de sus amigas más íntimas quedó encinta al mismo tiempo que ella; tenía esa amiga una madre muy cariñosa, que protegió a las dos jóvenes durante su embarazo; pero la amiga había concebido un mes antes que la señora Smith, que se sintió aterrorizada ante la idea de terminar sola su embarazo; ante la sorpresa de todos, la amiga permaneció encinta durante un mes más del término previsto para su alumbramiento