154.

Un sueño análogo tiene la pobre Prue Sarn155:

Pensaba que no casarse nunca era una suerte atroz. Todas las muchachas se casan. Y, cuando una muchacha se casa, tiene un hogar y, tal vez, una lámpara que enciende por la noche, a la hora en que vuelve su marido; si solamente tiene velas, es lo mismo, porque puede colocarlas junto a la ventana; entonces él se dice: «Mi mujer está ahí: ya ha encendido las velas.» Y llega un día en que la señora Beguildy le hace una cuna de cañas; y otro día se ve en ella a un bebé hermoso y serio, y se envían invitaciones para el bautizo; y los vecinos acuden alrededor de la madre como las abejas en torno a su reina. A menudo, cuando las cosas iban mal, yo me decía: «¡Bah!, no importa, Prue Sarn. Un día serás reina de tu propia colmena.»

Para la mayor parte de las chicas mayores, hayan llevado una vida laboriosa o frívola, hayan estado confinadas en el hogar paterno o se hayan evadido parcialmente, la conquista de un marido —o, si no hay más remedio, de un amante serio— se convierte en una empresa cada vez más urgente. Esa preocupación resulta a menudo nefasta para las amistades femeninas. La «amiga del alma» pierde su lugar privilegiado. En sus compañeras, la joven ve más bien rivales que cómplices. He conocido a una, inteligente y dotada, que había optado por considerarse una especie de «princesa lejana», y así se describía en poemas y ensayos literarios; confesaba sinceramente que no conservaba ningún apego a sus camaradas de la infancia: feas y necias, la desagradaban; seductoras, las temía. La espera impaciente del hombre, que implica a menudo maniobras, ardides y humillaciones, obstruye el horizonte de la joven, que se hace egoísta y dura. Y, si el Príncipe Azul tarda en presentarse, nacen el disgusto y la acritud.

El carácter y las actitudes de la joven expresan su situación: si esta se modifica, la figura de la adolescente aparece también diferente. Hoy le es posible tomar su suerte en sus manos, en lugar de depender del hombre. Si está absorbida por los estudios, el deporte, el aprendizaje profesional, una actividad social y política, se libera de la obsesión del varón, está mucho menos preocupada por sus conflictos sentimentales y sexuales. Sin embargo, tropieza con muchas más dificultades que el joven para realizarse como individuo autónomo. Ya he dicho que ni la familia ni las costumbres favorecen sus esfuerzos. Además, aun cuando elija la independencia, no por ello hace menos sitio en su vida al hombre, al amor. Con frecuencia tendrá miedo de que se frustre su destino de mujer si se entrega toda entera a cualquier empresa. Ese sentimiento permanece con frecuencia inconfesado; pero está ahí, corrompe las voluntades concertadas, establece límites. En todo caso, la mujer que trabaja quiere conciliar su éxito con triunfos puramente femeninos; eso no exige que consagre un tiempo considerable al cuidado de su persona, a su belleza, pero, y eso es más grave, implica que sus intereses vitales queden divididos. Al margen de los programas, el estudiante se divierte con juegos gratuitos de pensamiento, y de ahí nacen sus mejores hallazgos; los ensueños de la mujer se orientan de otra manera: pensará en su aspecto físico, en el hombre, en el amor; no concederá más que lo estrictamente necesario a sus estudios, a su carrera, cuando precisamente en tales actividades lo accesorio es de suma importancia. No se trata aquí de una debilidad mental, de una incapacidad para concentrarse, sino de una distinta participación en intereses que se concilian mal.

Aquí se establece un círculo vicioso: con frecuencia nos asombramos de ver con qué facilidad una mujer puede abandonar la música, los estudios, una profesión, tan pronto como ha encontrado marido; la causa está en que había comprometido demasiado poco de sí misma en sus proyectos para hallar mucho provecho en su realización. Todo concurre a frenar su ambición personal, y, sin embargo, una enorme presión social la invita a buscar en el matrimonio una posición social, una justificación. Es natural que no trate de crearse por sí misma un puesto en este mundo o que lo busque tímidamente. Mientras no se logre una perfecta igualdad económica en el seno de la sociedad y mientras las costumbres autoricen a la mujer a beneficiarse, en tanto que esposa y amante, de los privilegios detentados por algunos hombres, se mantendrá en ella el sueño de un éxito pasivo y frenará sus propios logros.

Sin embargo, de cualquier manera que la joven aborde su existencia de adulta, su aprendizaje no ha terminado todavía. Mediante lentas gradaciones o brutalmente, tiene que sufrir su iniciación sexual. Hay jóvenes que se niegan a ello.

Si su infancia ha sido marcada por algún incidente sexualmente penoso, si una educación torpe ha enraizado lentamente en ellas el horror a la sexualidad, conservan con respecto al hombre su repugnancia de niña púber. Sucede también a veces que las circunstancias conducen a algunas mujeres, muy a pesar suyo, a una virginidad prolongada.

Pero, en la inmensa mayoría de los casos, la joven cumple, a una edad más o menos avanzada, su destino sexual. La manera con que lo afronta está evidentemente en estrecha relación con todo su pasado. Pero hay también ahí una experiencia nueva que se propone en circunstancias imprevistas y ante la cual reacciona libremente. Esta nueva etapa es la que vamos a examinar ahora.

El segundo sexo
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