¿La mujer? Es muy sencillo, afirman los aficionados a las fórmulas simples: es una matriz, un ovario; es una hembra: basta esta palabra para definirla. En boca del hombre, el epíteto de «hembra» suena como un insulto; sin embargo, no se avergüenza de su animalidad; se enorgullece, por el contrario, si de él se dice: «¡Es un macho!». El término «hembra» es peyorativo, no porque enraíce a la mujer en la Naturaleza, sino porque la confina en su sexo; y si este sexo le parece al hombre despreciable y enemigo hasta en las bestias inocentes, ello se debe, evidentemente, a la inquieta hostilidad que en él suscita la mujer; sin embargo, quiere encontrar en la biología una justificación a ese sentimiento. La palabra hembra conjura en su mente una zarabanda de imágenes: un enorme óvulo redondo atrapa y castra al ágil espermatozoide; monstruosa y ahíta, la reina de los termes impera sobre los machos esclavizados; la mantis religiosa y la araña, hartas de amor, trituran a su compañero y lo devoran; la perra en celo corretea por las calles, dejando tras de sí una estela de olores perversos; la mona se exhibe impúdicamente y se hurta con hipócrita coquetería; y las fieras más soberbias, la leona, la pantera y la tigra, se tienden servilmente bajo el abrazo imperial del macho. Inerte, impaciente, ladina, estúpida, insensible, lúbrica, feroz y humillada, el hombre proyecta en la mujer a todas las hembras a la vez. Y el hecho es que la mujer es una hembra. Pero, si se quiere dejar de pensar por lugares comunes, dos cuestiones se plantean inmediatamente: ¿Qué representa la hembra en el reino animal? ¿Qué singular especie de hembra se realiza en la mujer?

* * *

En la Naturaleza, nada está nunca completamente claro: los tipos, macho y hembra, no siempre se distinguen con nitidez; a veces se observa entre ellos un dimorfismo —color del pelaje, disposición de las manchas y mezclas cromáticas— que parece absolutamente contingente; sucede, por el contrario, que no sean discernibles y que sus funciones apenas se diferencien, como se ha visto en los peces. Sin embargo, en conjunto, y, sobre todo, en el nivel más alto de la escala animal, los dos sexos representan dos aspectos diversos de la vida de la especie. Su oposición no es, como se ha pretendido, la de una actividad y una pasividad: no solamente el núcleo ovular es activo, sino que el desarrollo del embrión es un proceso vivo, no un desenvolvimiento mecánico. Sería demasiado simple definirla como la oposición entre el cambio y la permanencia: el espermatozoide sólo crea porque su vitalidad se mantiene en el huevo; el óvulo no puede mantenerse sino superándose; de lo contrario hay regresión y degenera. No obstante, es verdad que en estas operaciones de mantener y crear, activas ambas, la síntesis del devenir no se realiza de la misma manera. Mantener es negar la dispersión de los instantes, es afirmar la continuidad en el curso de su brote; crear es hacer surgir en el seno de la unidad temporal un presente irreducible, separado; y también es cierto que en la hembra es la continuidad de la vida lo que trata de realizarse a despecho de la separación, en tanto que la separación en fuerzas nuevas e individualizadas es suscitada por iniciativa del macho; a este le está permitido entonces afirmarse en su autonomía; la energía específica la integra él en su propia existencia; la individualidad de la hembra, por el contrario, es combatida por el interés de la especie; aparece como poseída por potencias extrañas: enajenada. Por ello, cuando la individualidad de los organismos se afirma más, la oposición de los sexos no se atenúa: todo lo contrario. El macho encuentra caminos cada vez más diversos para utilizar las fuerzas de que se ha adueñado; la hembra siente cada vez más su esclavización; el conflicto entre sus intereses propios y el de las fuerzas generadoras que la habitan se exaspera. El parto de las vacas y las yeguas es mucho más doloroso y peligroso que el de las ratonas y conejas. La mujer, que es la más individualizada de las hembras, aparece también como la más frágil, la que más dramáticamente vive su destino y la que más profundamente se distingue de su macho.

En la Humanidad, como en la mayor parte de las especies, nacen aproximadamente tantos individuos de uno como de otro sexo (100 niñas por 104 niños); la evolución de los embriones es análoga; sin embargo, el epitelio primitivo permanece neutro durante más tiempo en el feto hembra; de ello resulta que está sometido más tiempo a la influencia del medio hormonal y que su desarrollo se encuentra invertido con mayor frecuencia; la mayoría de los hermafroditas serían sujetos genotípicamente femeninos que se habrían masculinizado ulteriormente: diríase que el organismo macho se define de repente como macho, en tanto que el embrión hembra vacila en aceptar su feminidad; empero, estos primeros balbuceos de la vida fetal son todavía muy poco conocidos para poder atribuirles un sentido. Una vez constituidos, los órganos genitales son simétricos en los dos sexos; las hormonas de uno y otro pertenecen a la misma familia química, la de los esteroles, y en último análisis todas se derivan de la colesterina; son ellas las que rigen las diferenciaciones secundarias del soma. Ni sus fórmulas, ni las singularidades anatómicas, definen a la hembra humana como tal. Lo que la distingue del macho en su evolución funcional. Comparativamente, el desarrollo del hombre es simple. Desde el nacimiento hasta la pubertad, crece casi regularmente; hacia los quince o dieciséis años empieza la espermatogénesis, que se efectúa de manera continua hasta la vejez; su aparición se acompaña de una producción de hormonas que precisa la constitución viril del soma. Desde entonces, el macho tiene una vida sexual, que normalmente está integrada en su existencia individual: en el deseo, en el coito, su superación hacia la especie se confunde con el momento subjetivo de su trascendencia: él es su cuerpo. La historia de la mujer es mucho más compleja. A partir de la vida embrionaria, queda definitivamente constituida la provisión de oocitos; el ovario contiene unos cincuenta mil óvulos encerrados cada uno de ellos en un folículo, de los cuales llegarán a la maduración unos cuatrocientos; desde su nacimiento, la especie ha tomado posesión de ella y procura afirmarse: al venir al mundo, la mujer atraviesa una suerte de primera pubertad; los oocitos aumentan súbitamente de tamaño; luego, el ovario se reduce en una quinta parte aproximadamente: diríase que se ha concedido un respiro a la criatura; mientras su organismo se desarrolla, su sistema genital permanece más o menos estacionario: ciertos folículos se hinchan, pero sin llegar a madurar; el crecimiento de la niña es análogo al del niño: a edades iguales incluso es con frecuencia más alta y pesa más que él. Pero, en el momento de la pubertad, la especie reafirma sus derechos: bajo la influencia de las secreciones ováricas, aumenta el número de folículos en vías de crecimiento, el ovario se congestiona y agranda, uno de los óvulos llega a la madurez y se inicia el ciclo menstrual; el sistema genital adquiere su volumen y su forma definitivos, el soma se feminiza, se establece el equilibrio endocrino. Es de notar que este acontecimiento adopta la figura de una crisis, no sin resistencia deja el cuerpo de la mujer que la especie se instale en ella, y ese combate la debilita y pone en peligro: antes de la pubertad, mueren aproximadamente tantos niños como niñas; desde los catorce hasta los dieciséis años, mueren 128 niñas por cada 100 niños, y entre los dieciocho y veinte años, 105 muchachas por cada 100 muchachos. Es en ese momento cuando frecuentemente hacen su aparición clorosis, tuberculosis, escoliosis, osteomielitis, etc. En ciertos individuos, la pubertad es anormalmente precoz: puede producirse hacia los cuatro o cinco años de edad. En otros, por el contrario, no se declara: el individuo es entonces infantil, padece amenorrea o dismenorrea. Algunas mujeres presentan signos de virilidad: un exceso de secreciones elaboradas por las glándulas suprarrenales les da caracteres masculinos. Tales anomalías no representan en absoluto victorias del individuo sobre la tiranía de la especie: no hay medio alguno de escapar de esta, porque, al mismo tiempo que esclaviza la vida individual, la alimenta; esta dualidad se expresa al nivel de las funciones ováricas; la vitalidad de la mujer tiene sus raíces en el ovario, así como la del hombre está en los testículos: en ambos casos, el individuo castrado no solo es estéril, sino que sufre una regresión y degenera; no «formado», mal formado, todo el organismo se empobrece y desequilibra; el organismo no se desarrolla más que con el desarrollo del sistema genital; y, no obstante, muchos fenómenos genitales no interesan a la vida singular del sujeto e incluso la ponen en peligro. Las glándulas mamarias que se desarrollan en el momento de la pubertad no desempeñan ningún papel en la economía individual de la mujer: en no importa qué momento de su vida, puede efectuarse su ablación.

Muchas secreciones ováricas tienen su finalidad en el óvulo, en su maduración, en la adaptación del útero a sus necesidades: para el conjunto del organismo, son un factor de desequilibrio antes que de regulación; la mujer se adapta a las necesidades del óvulo más bien que a ella misma. Desde la pubertad hasta la menopausia, la mujer es sede de una historia que se desarrolla en ella y que no la concierne personalmente.

Los anglosajones llaman a la menstruación the curse, es decir, «la maldición»; y, en efecto, en el ciclo menstrual no hay ninguna finalidad individual. En tiempos de Aristóteles se creía que cada mes fluía una sangre destinada a constituir, en caso de fecundación, la sangre y la carne del niño; la verdad de esta vieja teoría radica en que la mujer esboza sin respiro el proceso de la gestación. Entre los demás mamíferos, ese ciclo menstrual sólo se desarrolla durante una estación del año, y no va acompañado de flujo sanguíneo: únicamente entre los monos superiores y en la mujer se cumple cada mes en el dolor y la sangre12. Durante catorce días aproximadamente, uno de los folículos de Graaf que envuelven a los óvulos aumenta de volumen y madura mientras el ovario secreta la hormona situada al nivel de los folículos y llamada foliculina. En el decimocuarto día se efectúa la puesta: la pared del folículo se rompe (lo que acarrea a veces una ligera hemorragia) y el huevo cae en las trompas, mientras la cicatriz evoluciona de manera que constituye el cuerpo amarillo. Comienza entonces la segunda fase o fase luteínica, caracterizada por la secreción de la hormona llamada progestina, que actúa sobre el útero. Este se modifica: el sistema capilar de la pared se congestiona, y esta se pliega, se abarquilla, formando a modo de encajes; así se construye en la matriz una cuna destinada a recibir el huevo fecundado. Siendo irreversibles estas transformaciones celulares, en el caso en que no haya fecundación ese edificio no se reabsorbe: tal vez en los otros mamíferos los despojos inútiles sean arrastrados por los vasos linfáticos. Pero en la mujer, cuando los encajes endometrales se desmoronan, se produce una exfoliación de la mucosa, los capilares se abren y al exterior rezuma una masa sanguínea. Después, mientras el cuerpo amarillo degenera, la mucosa se reconstruye y comienza una nueva fase folicular. Este complejo proceso, todavía bastante misterioso en sus detalles, trastorna a todo el organismo, puesto que se acompaña de secreciones hormonales que reaccionan sobre el tiroides y la hipófisis, sobre el sistema nervioso central y el sistema vegetativo, y, por consiguiente, sobre todas las vísceras. Casi todas las mujeres —más del 85 por 100— presentan trastornos durante este período. La tensión arterial se eleva antes del comienzo del flujo sanguíneo y disminuye a continuación; aumentan las pulsaciones y frecuentemente la temperatura: los casos de fiebre menudean; el abdomen se hace dolorosamente sensible; se observa a menudo una tendencia al estreñimiento, seguido de diarreas; también suele aumentar el volumen del hígado y producirse retención de la urea, albuminuria; muchas mujeres presentan una hiperemia de la mucosa pituitaria (dolor de garganta), y otras, trastornos del oído y la vista; aumenta la secreción de sudor, que va acompañada al principio de las reglas por un olor sui generis que puede ser muy fuerte y persistir durante toda la menstruación. Aumenta el metabolismo basal. Disminuye el número de glóbulos rojos; sin embargo, la sangre transporta sustancias generalmente conservadas en reserva en los tejidos, particularmente sales de calcio; la presencia de esas sales reacciona sobre el ovario, sobre el tiroides, que se hipertrofia; sobre la hipófisis, que preside la metamorfosis de la mucosa uterina y cuya actividad se ve acrecentada; esta inestabilidad de las glándulas provoca una gran fragilidad nerviosa: el sistema central es afectado; a menudo hay cefalea, y el sistema vegetativo reacciona con exageración: hay disminución del control automático por el sistema central, lo que libera reflejos, complejos convulsivos, y se traduce en un humor muy inestable; la mujer se muestra más emotiva, más nerviosa, más irritable que de costumbre, y puede presentar trastornos psíquicos graves.

En ese período es cuando siente más penosamente a su cuerpo como una cosa opaca y enajenada; ese cuerpo es presa de una vida terca y extraña que todos los meses hace y deshace en su interior una cuna; cada mes, un niño se dispone a nacer y aborta en el derrumbamiento de los rojos encajes; la mujer, como el hombre, es su cuerpo13: pero su cuerpo es algo distinto a ella misma.

La mujer experimenta una alienación más profunda cuando el huevo fecundado desciende al útero y allí se desarrolla; verdad es que la gestación es un fenómeno normal que, si se produce en condiciones normales de salud y nutrición, no es nocivo para la madre: incluso entre ella y el feto se establecen ciertas interacciones que le son favorables; sin embargo, y contrariamente a una optimista teoría cuya utilidad social resulta demasiado evidente, la gestación es una labor fatigosa que no ofrece a la mujer un beneficio individual14 y le exige, por el contrario, pesados sacrificios. Durante los primeros meses, va acompañada a menudo de falta de apetito y vómitos, que no se observan en ninguna otra hembra doméstica y que manifiestan la rebelión del organismo contra la especie que de él se posesiona; se empobrece en fósforo, en calcio, en hierro, carencia esta última que luego será muy difícil de subsanar; la superactividad del metabolismo exalta el sistema endocrino; el sistema nervioso vegetativo se halla en estado de exacerbada excitabilidad; en cuanto a la sangre, disminuye su peso específico, está anémica, es análoga «a la de los que ayunan, los desnutridos, las personas que han sufrido repetidas sangrías, los convalecientes»15.

Todo cuanto una mujer sana y bien alimentada puede esperar después del parto es la recuperación de tales derroches sin demasiadas dificultades; pero frecuentemente se producen en el curso del embarazo graves accidentes o, al menos, peligrosos desórdenes; y si la mujer no es robusta, si su higiene no ha sido cuidada, quedará prematuramente deformada y envejecida por las repetidas maternidades: sabido es cuán frecuente es este caso en el medio rural. El mismo parto es doloroso y peligroso. Es en esa crisis cuando se ve con la máxima evidencia que el cuerpo no siempre satisface a la especie y al individuo al mismo tiempo; sucede a veces que el niño muere, y también que, al venir al mundo, mate a su madre o que su nacimiento provoque en ella una enfermedad crónica. La lactancia es también una servidumbre agotadora; un conjunto de factores —el principal de los cuales es, sin duda, la aparición de una hormona, la progestina— produce en las glándulas mamarias la secreción de la leche; la subida de esta es dolorosa, va con frecuencia acompañada de fiebre y la madre alimenta al recién nacido con detrimento de su propio vigor. El conflicto especie-individuo, que en el parto adopta a veces una figura dramática, da al cuerpo femenino una inquietante fragilidad. Se dice de buen grado que las mujeres «tienen enfermedades en el vientre»; y es cierto que encierran en su interior un elemento hostil: la especie que las roe. Muchas de sus enfermedades no resultan de una infección de origen externo, sino de un desarreglo interno: así las falsas metritis son producidas por una reacción de la mucosa uterina ante una excitación ovárica anormal; si el cuerpo amarillo persiste, en lugar de reabsorberse después de la menstruación, provoca salpingitis y endometritis, etc.

La mujer se hurta al dominio de la especie por medio de una crisis igualmente difícil; entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años, se desarrollan los fenómenos de la menopausia, inversos a los de la pubertad. La actividad ovárica disminuye y hasta desaparece: esta desaparición comporta un empobrecimiento vital del individuo. Se supone que las glándulas catabólicas, tiroides e hipófisis, se esfuerzan por suplir las insuficiencias del ovario; así se observa, junto a la depresión que acompaña a la menopausia, fenómenos de sobresalto: sofocos, hipertensión, nerviosidad; a veces se produce un recrudecimiento del instinto sexual. Ciertas mujeres fijan entonces grasa en sus tejidos; otras se virilizan. En muchas de ellas se restablece un equilibrio endocrino. Entonces la mujer se halla libre de las servidumbres de la hembra; no es comparable a un eunuco, porque su vitalidad está intacta, pero ya no es presa de potencias que la desbordan, y coincide consigo misma. Se ha dicho, a veces, que las mujeres de cierta edad constituían un «tercer sexo», y, en efecto, no son machos, pero ya no son hembras tampoco; y frecuentemente esta autonomía fisiológica se traduce en una salud, un equilibrio y un vigor que no poseían antes.

A las diferenciaciones propiamente sexuales se superponen en la mujer singularidades que son, más o menos directamente, consecuencia de las mismas; son acciones hormonales las que determinan su soma. Por término medio, la mujer es más pequeña que el hombre, tiene menos peso, su esqueleto es más frágil, la pelvis es más ancha, adaptada a las funciones de la gestación y el parto; su tejido conjuntivo fija grasas y sus formas son más redondeadas que las del hombre; el aspecto general: morfología, piel, sistema piloso, etc., es netamente diferente en los dos sexos. La fuerza muscular es mucho menor en la mujer: aproximadamente, los dos tercios de la del hombre; tiene menos capacidad respiratoria: los pulmones, la tráquea y la laringe son también más pequeños; la diferencia de la laringe comporta igualmente la diferencia de voz. El peso específico de la sangre es menor en las mujeres: hay menos fijación de hemoglobina; por tanto, son menos robustas y están más predispuestas a la anemia. Su pulso late con mayor velocidad, su sistema vascular es más inestable: se ruborizan fácilmente. La inestabilidad es un rasgo notable de su organismo en general; entre otras cosas, en el hombre hay estabilidad en el metabolismo del calcio, mientras la mujer fija mucho menos las sales de calcio, que elimina durante las reglas y los embarazos; parece ser que, en lo tocante al calcio, los ovarios ejercen una acción catabólica; esta inestabilidad provoca desórdenes en los ovarios y en el tiroides, que está más desarrollado en ella que en el hombre: y la irregularidad de las secreciones endocrinas reacciona sobre el sistema nervioso vegetativo; el control nervioso y muscular está imperfectamente asegurado. Esta falta de estabilidad y de control afecta a su emotividad, directamente ligada a las variaciones vasculares: palpitaciones, rubor, etc., razón por la cual están sujetas a manifestaciones convulsivas: lágrimas, risas locas, crisis nerviosas.

Se ve que muchos de estos rasgos provienen igualmente de la subordinación de la mujer a la especie. He ahí la conclusión más chocante de este examen: de todas las hembras mamíferas, ella es la más profundamente alienada y la que más violentamente rechaza esta alienación; en ninguna de ellas es más imperiosa ni más difícilmente aceptada la esclavización del organismo a la función reproductora: crisis de pubertad y de menopausia, «maldición» mensual, largo y a menudo difícil embarazo, parto doloroso y en ocasiones peligroso, enfermedades, accidentes, son características de la hembra humana: diríase que su destino se hace tanto más penoso cuanto más se rebela ella contra el mismo al afirmarse como individuo. Si se la compara con el macho, este aparece como un ser infinitamente privilegiado: su existencia genital no contraría su vida personal, que se desarrolla de manera continua, sin crisis, y, generalmente, sin accidentes. Por término medio, las mujeres viven más tiempo, pero están enfermas con mucha mayor frecuencia y hay numerosos períodos durante los cuales no disponen de sí mismas.

Estos datos biológicos son de suma importancia: representan, en la historia de la mujer, un papel de primer orden; son elemento esencial de su situación: en todas nuestras descripciones ulteriores tendremos que referirnos a ellos. Porque, siendo el cuerpo el instrumento de nuestro asidero en el mundo, este se presenta de manera muy distinta según que sea asido de un modo u otro. Por esa razón los hemos estudiado tan extensamente; constituyen una de las claves que permiten comprender a la mujer. Pero lo que rechazamos es la idea de que constituyan para ella un destino petrificado. No bastan para definir una jerarquía de los sexos; no explican por qué la mujer es lo Otro; no la condenan a conservar eternamente ese papel subordinado.

El segundo sexo
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