197.
En su angustia infantil, la niña ha percibido el contraste entre el aparato de la fiesta familiar y el misterio animal del gran lecho cerrado. El aspecto cómico y escabroso del matrimonio apenas se descubre en las civilizaciones que no individualizan a la mujer: en Oriente, en Grecia, en Roma; la función animal aparece allí de manera tan general como los ritos sociales; pero, en nuestros días, en Occidente, hombres y mujeres están sentados como otros tantos individuos y los invitados a la boda ríen socarronamente, porque son este hombre y esta mujer quienes van a consumar, en una experiencia singular, el acto que se disfraza con ritos, discursos y flores.
También hay un macabro contraste, ciertamente, entre la pompa de los grandes entierros y la podredumbre de la tumba. Pero el muerto no se despierta cuando le dan tierra, mientras la recién casada experimenta una terrible sorpresa cuando descubre la singularidad y la contingencia de la experiencia real a la cual la destinaban la banda tricolor del alcalde y los órganos de la iglesia. No solo en los vodeviles se ve a las recién casadas volver llorando a casa de la madre en la noche de bodas: los libros de psiquiatría abundan en relatos de esa especie; a mí me han contado directamente varios casos: se trataba de jóvenes demasiado bien educadas, que no habían recibido ninguna educación sexual y a quienes había trastornado el brusco descubrimiento del erotismo. En el siglo pasado, la señora Adam se imaginaba que su deber consistía en casarse con un hombre que la había besado en la boca, porque creía que aquella era la forma acabada de la unión sexual. Más recientemente, Stekel cuenta a propósito de una recién casada: «Cuando, en el curso del viaje de novios, su marido la desfloró, ella lo tomó por loco y no se atrevió a decir palabra ante el temor de habérselas con un alienado»198. Ha sucedido incluso que la joven fuese lo bastante inocente para casarse con una invertida y vivir largo tiempo con su seudomarido sin sospechar que no se las había con un hombre.
Si el día de la boda, al entrar en casa, pone usted a su mujer en remojo durante toda la noche en un pozo, quedará estupefacta. Por mucho que hubiese experimentado una vaga inquietud...
«Vaya, vaya —se dice para sus adentros—. Con que esto es el matrimonio... Por eso tenían tan en secreto su práctica. Me he dejado coger en esta trampa.»
Pero, aunque está irritada, no dice palabra. Por eso podrá usted sumergirla largamente y muchas veces, sin causar ningún escándalo en el vecindario.
Este fragmento de un poema de Michaux199, intitulado Nuits de Noces, informa con bastante exactitud respecto a la situación. Hoy en día, multitud de jóvenes están más advertidas; pero su consentimiento sigue siendo abstracto; y su desfloración conserva el carácter de una violación. «Desde luego, se cometen más violaciones en el matrimonio que fuera del matrimonio», dice Havelock Ellis. En su obra Monatsschrift für Geburtshilfe, 1889, tomo IX, Neugebauer ha reunido más de ciento cincuenta casos de heridas causadas a las mujeres por el pene durante el coito; las causas fueron la brutalidad, la embriaguez, una falsa postura, una desproporción de los órganos. En Inglaterra, informa Havelock Ellis, una señora preguntó a seis mujeres casadas de la clase media, inteligentes, cuál fue su reacción durante la noche de bodas: para todas ellas el coito había sobrevenido como un choque; dos de ellas lo ignoraban todo; las otras creían saber, mas no por ello resultaron menos psíquicamente heridas. También Adler ha insistido sobre la importancia psíquica del acto de la desfloración:
Ese primer momento en que el hombre adquiere todos sus derechos decide a menudo toda una vida. El marido sin experiencia y sobreexcitado puede sembrar entonces el germen de la insensibilidad femenina y, por su torpeza y brutalidad continuas, transformarla en una anestesia permanente.
En el capítulo precedente se han visto multitud de ejemplos de esas desdichadas iniciaciones. He aquí otro caso expuesto por Stekel:
Madame H. N..., educada muy púdicamente, temblaba ante la idea de su noche de bodas. Su marido la desnudó casi con violencia, sin permitir que se acostase. A su vez, se despojó de toda la ropa y pidió a su mujer que lo mirase desnudo y admirase su pene. Ella escondió el rostro entre las manos. Entonces él exclamó: «¿Por qué no te has quedado en tu casa, especie de témpano?» A renglón seguido, la arrojó sobre la cama y la desfloró brutalmente. Ni qué decir tiene que la mujer quedó frígida para siempre.
Ya hemos visto, en efecto, todas las resistencias que debe vencer la virgen para cumplir su destino sexual: su iniciación exige todo un «trabajo» a la vez fisiológico y psíquico. Estúpido y bárbaro es querer resumir esa iniciación en una sola noche; absurdo es transformar en un deber la tan difícil operación del primer coito. La mujer se siente tanto más aterrorizada cuanto que la extraña operación a la cual se ha sometido es una operación sagrada, y la sociedad, la religión, la familia, los amigos la han entregado solemnemente al esposo como a un amo; además, ese acto le parece que compromete todo su porvenir, puesto que el matrimonio tiene todavía un carácter definitivo. Es entonces cuando verdaderamente se siente revelada en lo absoluto: este hombre a quien está destinada para siempre encarna a sus ojos al Hombre todo entero, y también se le revela bajo una figura desconocida, que tiene una importancia terrible, puesto que será el compañero de toda su vida. El hombre mismo, sin embargo, también se siente angustiado por la consigna que pesa sobre él; tiene sus propias dificultades, sus propios complejos, que le hacen tímido y torpe, o, por el contrario, brutal; hay muchos hombres que se muestran importantes la noche de su boda a causa de la solemnidad del matrimonio. En Les obsessions et la psychasthénie, Janet escribe:
¿Quién no conoce a esos jóvenes casados, avergonzados de su suerte, que no pueden realizar el acto conyugal y que son víctimas por ello de una obsesión de vergüenza y desesperación? El año pasado asistimos a una escena tragicómica muy curiosa cuando un suegro enfurruñado arrastró a la Salpêtrière a su yerno, humilde y resignado: el suegro solicitaba un certificado médico que le permitiese pedir el divorcio. El pobre muchacho explicó que en otro tiempo había podido, pero que, después de su matrimonio, un sentimiento de vergüenza y embarazo lo había hecho todo imposible.
Demasiado ardor asusta a la virgen, demasiado respeto la humilla; las mujeres odian eternamente al hombre que ha gozado egoístamente a costa de su dolor; pero también experimentan un eterno rencor contra quien ha parecido desdeñarlas200 y a menudo también contra quien no ha intentado desflorarlas en el curso de la primera noche o se ha mostrado incapaz de hacerlo. Hélène Deutsch señala201 que ciertos maridos, tímidos o torpes, piden al médico que desfloren a su mujer mediante una intervención quirúrgica, so pretexto de que la mujer está mal conformada; pero este motivo no es valedero generalmente. Las mujeres, dice, guardan un rencor y un desprecio eternos al marido que ha sido incapaz de penetrarlas normalmente. Una de las observaciones de Freud202 demuestra que la impotencia del esposo puede originar un traumatismo a la mujer:
Una enferma tenía la costumbre de correr de una habitación a otra en medio de la cual había una mesa. Arreglaba el mantel de cierta manera, tocaba el timbre para que acudiese la criada, que debía acercarse a la mesa, y la ordenaba que se marchase... Cuando trató de explicar esa obsesión, recordó que aquel mantel tenía una mancha, y ella lo colocaba cada vez de forma que la mancha saltase a los ojos de la criada... El todo era una reproducción de la noche de bodas, durante la cual el marido no se mostró viril. El hombre había corrido mil veces de su habitación a la de ella, para intentarlo de nuevo. Avergonzado al pensar en la criada que haría las camas al día siguiente, vertió tinta roja en las sábanas para hacerle creer que era sangre.
La «noche de bodas» transforma la experiencia erótica en una prueba que angustia a cada cual ante el temor de no saber superarla, demasiado enzarzado en sus propios problemas para tener tiempo de pensar generosamente en el otro; le comunica una solemnidad que la hace temible; y no es sorprendente que a menudo condene para siempre a la mujer a la frigidez. El difícil problema que se le plantea al esposo es el siguiente: si «acaricia con demasiada lascivia a su mujer», esta puede escandalizarse o sentirse ultrajada; al parecer, este temor paraliza, entre otros, a los maridos norteamericanos, sobre todo en las parejas que han recibido una educación universitaria, según observa el informe Kinsey, ya que las mujeres, más conscientes de sí mismas, se muestran más profundamente inhibidas. Sin embargo, si la «respeta», no logra despertar su sensualidad. Este dilema lo crea lo ambiguo de la actitud femenina: la joven quiere y rehúsa el placer al mismo tiempo; exige una discreción que la hace sufrir. A menos de una dicha excepcional, el marido aparecerá necesariamente como un libertino o como un hombre torpe.
No es sorprendente, por tanto, que los «deberes conyugales» no sean a menudo para la mujer más que una repugnante servidumbre.
«La sumisión a un amo que la disgusta es para ella un suplicio», dice Diderot