138. «Me siento entonces tan absolutamente absorbida en deliciosas quimeras, que pierdo por completo la noción de la realidad. Permanezco clavada en el banco, y, cuando despierto, me asombro de hallarme entre cuatro paredes.»
«Me gusta mucho más soñar despierta que hacer versos —escribe otra—, pergeñar en mi mente lindos cuentos sin pies ni cabeza, o inventar una leyenda mientras contemplo unas montañas a la luz de las estrellas. Es mucho más bonito, porque es más vago y deja una impresión de descanso, de recuperación.»
Sin embargo, el culto solitario que se rinde a sí misma no satisface a la joven. Para realizarse, necesita existir en una conciencia distinta. Busca frecuentemente ayuda en sus compañeras. Cuando era más pequeña, la amiga íntima le servía de apoyo para evadirse del círculo materno, para explorar el mundo y, en particular, el mundo sexual; ahora es a la vez un objeto que arranca a la adolescencia de los límites de su yo y un testigo que se lo restituye. Algunas niñas se exhiben unas a otras su desnudez, comparan sus pechos: tal vez se recuerde la escena de Muchachas de uniforme que mostraba unos audaces juegos de internas de pensionado, que intercambian caricias difusas o precisas. Como indica Colette en Claudine à l'école y, con menos franqueza, Rosamond Lehmann en Poussière, casi todas las muchachas tienen inclinaciones lesbianas; esas inclinaciones apenas se distinguen de la delectación narcisista: cada una codicia en la otra la suavidad de su propia piel, el modelado de sus propias curvas; y, recíprocamente, en la adoración que siente por sí misma, está implícito el culto de la feminidad en general.
Sexualmente, el hombre es sujeto; por tanto, los hombres están normalmente separados por el deseo que los impulsa hacia un objeto diferente de ellos; pero la mujer es objeto absoluto de deseo; por eso en los liceos, en las escuelas, en los pensionados, en los talleres, florecen tantas «amistades particulares»; algunas son puramente espirituales, otras intensamente carnales. En el primer caso, se trata, sobre todo, de abrirse el corazón entre amigas, de intercambiar confidencias; la más apasionada prueba de confianza consiste en mostrar a la elegida el diario íntimo; a falta de abrazos sexuales, las amigas intercambian manifestaciones de extremada ternura, y a menudo, mediante un rodeo, se dan una prenda física de sus sentimientos; así Natacha se quema el brazo con una regla calentada al rojo para probar su amor a Sonia; sobre todo, se llaman con mil nombres acariciadores, se escriben ardientes cartas. He aquí, por ejemplo, lo que escribía Emilie Dickinson, joven puritana de Nueva Inglaterra, a su amada amiga:
He pensado en usted durante todo el día y he soñado con usted durante toda la noche. Me paseaba con usted por el más maravilloso de los jardines y la ayudaba a coger rosas, pero mi cestito no se llenaba nunca. Y así, durante todo el día, pido poder pasearme con usted; y, cuando se acerca la noche, me siento dichosa y cuento impaciente las horas que me separan de la oscuridad, de mis sueños y del cestito nunca lleno....
En su obra L'âme de l'adolescente, Mendousse cita un gran número de cartas análogas:
Mi querida Suzanne... Me hubiera gustado transcribir aquí algunos versículos del Cantar de los cantares: «¡Qué bella eres, amiga mía, qué bella eres!» Al igual que la novia mística, era usted semejante a la rosa de Saron, al lirio del Valle, y, como ella, ha sido usted para mí más que una joven común; ha sido usted un símbolo, el símbolo de tantas cosas bellas y elevadas... Y por eso, blanca Suzanne, la amo con un amor puro y desinteresado que tiene algo de religioso.
Otra confiesa en su diario emociones menos elevadas:
Allí estaba yo, con el talle oprimido por aquella blanca manita; la mía descansaba sobre uno de sus mórbidos hombros, mi brazo tocaba el suyo desnudo y tibio y se apretaba contra la dulzura de su seno; tenía ante mí su linda boca entreabierta, mostrando sus dientecitos... Me estremecí y sentí que me ardía la cara