7
Prioridades
Wahêd se tumba en el sofá del salón, pensativo.
De sus incontables apariciones en el mundo humano, sabe que esta será la más peligrosa.
No solo se enfrenta a su deslealtad, sino a algo extraño que recorre su cuerpo inmortal, una sensación inquietante, un desasosiego que lo perturba.
En cuanto la ha visto, ha sabido que esa mujer no es como las demás. Desprende un aura diferente, más poderosa, más vibrante, tan luminosa que le cuesta creer que sea una simple humana. Ha sabido también que le costaría mantener el autocontrol. No solo por la intensidad con que ella lo desea, a eso está acostumbrado, a lo que no lo está es a caer presa del magnetismo que ella emana.
Y no es tan solo una mera cuestión física, no. Es algo más intangible, aunque más poderoso, una atracción incomprensible. Despierta en él un brutal instinto de protección. Y a pesar de haberle dicho que su prioridad eran los deseos de su ama, no es del todo cierto, no en este caso en especial. Pues si ella es la guardiana de la llave, su único deber es para con sus hermanos. Y hay un protocolo muy claro al respecto: recuperar la llave y matar a su portadora.
No obstante, Wahêd tiene su propia premisa: ser fiel a sí mismo por encima de todo. Jamás ha comulgado con los planes de Malik ni con la sumisión de sus congéneres a ese poderoso dao.
Ya ha osado enfrentarse a él en otras ocasiones y a punto estuvo de perder su alma. Es tremendamente poderoso y no está solo. El Gran Sultán y su ejército de fuego, los efret, lo apoyan.
Aún recuerda el último castigo a su rebeldía, aquella celda inmunda en los calabozos de la Ciudad de Bronce. Aún flota en su mente la tortura que sufrió a manos del propio Malik. Tiembla de rabia con solo recordarlo.
Su castigo no sirvió más que para agrandar su rebeldía y agudizar su ingenio. Abiertamente nunca conseguirá abatirse sobre él. Necesita apoyos y una estrategia y esta aparición pone en su mano una baza vital.
Su ama será el detonante de una guerra que lleva siglos forjándose a fuego lento en su reino. El latente encono de Wahêd no es aislado, aunque sí el más audaz. Los detractores de Malik permanecen en silencio, aguardando el momento de alzarse.
Debe hacerse con la llave antes que Malik y para eso solo goza de una gran ventaja: al haber sido invocado por una humana, su presencia en este mundo es doblemente eficaz. Pues goza de sus poderes de genio y de presencia material en este plano. Algo que Malik no puede conseguir por no ser invocado. A lo más que podría aspirar sería a aparecerse como un ser incorpóreo e insustancial. Aunque puede ejercer un mínimo nivel de magia, nada que ver con el poder que irradia en Uughetsean.
Wahêd respira hondo y sonríe. Adora su corporeidad, esa sensación de gravidez y la materia que ahora lo aferra al suelo. Lo fascina la maraña de sentidos y emociones que despiertan en su cuerpo. Desde la suavidad del tapizado de ese cómodo sofá hasta la dureza de su pesada entrepierna en el bajo vientre. Y este efecto no ha desaparecido porque la causante no esté a la vista, porque en realidad lo está.
Aunque se halla en una planta superior, la ha visto en su cama, arrebujada contra su almohada, vestida, si eso que lleva se puede considerar vestimenta, y debatiéndose por correr a la ducha para desprenderse del fogoso deseo que emana de sus pensamientos, como una fuente incesante de imágenes que lo atormentan por el alto contenido sexual de sus fantasías con él.
Si fuera dueño de sus actos, ahora yacería entre los turgentes muslos de esa hembra, completamente entregado a sus más primarios instintos. Pero no lo es y a menos que ella se lo pida, no puede tocarla.
Nunca había lamentado tanto que una mujer luchara con tanto ahínco contra sus más feroces anhelos. Pues puede sentir cómo ella batalla, cómo intenta implantar en sus sueños imágenes de otro hombre, Allan lo llama en su mente.
Wahêd decide dejar de observar sus sueños o su tormento amenaza con romper las reglas, y eso sí le costaría caro.
Cierra los ojos y siente el pulso de la casa, que late con vida propia. Su corazón es indudablemente el desván y en los recuerdos de las paredes ve numerosas invocaciones, ve amor, ilusión, pasión y mucho dolor. Ve una frustrada búsqueda y un sufrido rencor. Y percibe diversos objetos hechizados, entre ellos uno que vibra de un modo diferente, como un rumor lejano, entrecortado y sibilante. Es la llave, está cerca pero no puede verla ni localizar con precisión su ubicación.
De repente, siente algo más.
Se incorpora violentamente y se sienta concentrado a escuchar.
Es él, Malik anda cerca.
Siente el terror de la mujer, que se agita en sueños con un sudor frío que perla su frente. Alza una mano, piensa en ella y al instante se materializa en su cuarto. Justo en ese instante, una niebla negra se disipa por la ventana.
Se acerca a la cama y se sienta lentamente junto a ella.
Dormida, pierde esa fuerte vitalidad que la adorna, esa fiereza y esa adorable desconfianza. Dormida es un hermoso ángel de cabellos de fuego y rostro de alabastro.
Pasa la yema de los dedos por su rostro y el sedoso tacto de su piel lo desconcierta. Ella parece relajarse ante su contacto y dibuja una cándida sonrisa complacida.
Wahêd fija su mirada en la exquisita plenitud de su bien delineada boca y la perfila con sus dedos. Ella se remueve y emite un gemido. Él se retira de su lado con premura y ocupa el sillón de orejas que hay frente a la cama.
«Si fuera libre —piensa—, sería yo su amo».