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Perseguida

Han transcurrido quince años desde aquel fatídico accidente, quince duros años en los que he tenido que arrancarme de encima la capa de autocompasión con que me cubría, para ponerme una coraza de resistencia e indiferencia, de empeño y lucha. Y con esa coraza, y con la venda que oculta los perturbadores recuerdos de mi niñez, me he hecho un hueco en la vida.

He sobrevivido a dos orfanatos, a una casa de acogida, a mi aislamiento, al pánico y al dolor, aferrándome al olvido y a mi fortaleza.

Cuando cumplí la mayoría de edad, a los dieciocho, y me liberaron, lo primero que hice fue visitar la tumba de mi madre.

Recuerdo vívidamente ese día.

Durante todo el trayecto hacia el camposanto sentía una opresión en el pecho, las lágrimas duramente contenidas quemaban mis ojos, y ese cofre donde había encerrado afanosamente todo mi dolor comenzó a abrirse derramando todo un desolador compendio de emociones desgarradoras.

Soy fuerte, soy una superviviente con un único punto débil: los recuerdos.

Y son los que escaparon de mi particular cofre a cada paso.

El viento arremolinaba las hojas caídas en torno a mis pies, el crujido seco bajo mis zapatos reverberaba en el aire, trayendo consigo un rumor de risas envolventes y joviales.

Vi a mi madre correr tras de mí, en el patio trasero del hogar, sentí sus gráciles dedos cosquillear mi cintura y cómo las carcajadas de ambas se mezclaban en la brisa, adornando aquella tarde estival e inolvidable. Todos y cada uno de los aromas de aquel día me golpearon inmisericordes: el olor del suavizante que desprendía la colada que ondeaba en las cuerdas del patio, los apetitosos efluvios de la sublime tarta de manzana que ella dejaba enfriar en la cocina, el perfume de lavanda que emanaba de su piel y de su resplandeciente cabello cobrizo.

A cada paso, mi madre cobraba vida en mi mente y en mi corazón, despertándolo con sensaciones punzantes.

Cuando me detuve frente a la lápida, fría y gris, rodeada de madreselva y hojas, cubierta por el olvido, ya no pude contener el llanto y, rendida, lo dejé brotar.

Caí de rodillas y entre sollozos despejé la tumba, arranqué hierbajos y limpié el polvo de su superficie.

«Ángela Rivero», y dos fechas, nada más. Ni «Amada esposa», ni «Bondadosa madre», ni «Gran mujer». Nada. Y ese vacío me sumió aún más en una pena que ya tiraba de mí. A mi dolor se unió la rabia y una determinación: algún día llenaría aquella lápida de apelativos y aquel dolor de olvido, y sería feliz. Por las dos.

Las nubes cubrían el cielo de plomo y el viento sacudía las copas de los árboles casi con rencor. Sin embargo, cuando me incliné sobre la lápida gris y posé mis labios en ella, las nubes se abrieron de repente, apenas para dejar pasar un dorado rayo de sol que incidió justo en el centro de mi frente, haciéndome sentir de inmediato un extraño calor en ella.

Abrumada, miré llorosa hacia aquel haz dorado que refulgió durante un breve instante y desapareció tan de improviso como había surgido, pero dejando en mi frente y en mi corazón una tibieza reconfortante. Supe entonces que mi madre acababa de besarme, que estaba junto a mí y que jamás me había abandonado, ni lo haría mientras mi corazón latiera.

Tras aquel día conseguí un trabajo, dinero y la posibilidad de obtener una beca para la universidad. Tenía por fortuna el hogar familiar, que era mi única herencia, y así, comencé una nueva etapa.

Tan solo había una premisa que cumpliría a rajatabla, sepultar cualquier reminiscencia paranormal vivida en mi infancia, u objeto que tuviera que ver con magia, hechizos y amuletos extraños.

Pero cuando subí al desván, el día que ocupé de nuevo mi casa, no pude acercarme a aquel baúl. Por lo que decidí cerrar la puerta con llave y olvidarme incluso de que aquella estancia existía.

Fue así como me concentré en mis estudios, organicé mi vida y empecé a vivirla.

Conocí a Allan en el Queen’s University de Kingston, Ontario, hacía ya dos años, y ahora que me he licenciado en Bellas Artes, planeamos juntos nuestro futuro.

Tengo un nutrido grupo de amigos con los que salgo a menudo, o con los que lleno mi casa en frecuentes celebraciones. Ahora me siento orgullosa, plena y feliz.

Colaboro con una galería privada, preparando una conferencia-exposición sobre los colores renacentistas, y necesito completar algunos datos para perfilar debidamente el proyecto, por eso estoy en la biblioteca con un tomo sobre historia del arte veneciano, en particular los grandes pintores del Cinquecento. Cuando estoy inmersa en el estudio de un cuadro, súbitamente percibo una sensación extraña a mi alrededor.

Levanto la vista del grueso volumen ilustrado y la deslizo por los ordenados anaqueles, sin encontrar nada fuera de lo común.

Intento centrarme de nuevo en las páginas y observo con interés una excelsa pintura renacentista del gran Tintoretto, San Marcos liberando un esclavo; me maravilla esa época en particular.

Me sumo concentrada en los brillantes colores, carmín, cobres, dorados, ocres, tierra, en los exquisitos trazos, en la fluidez y perfección de cada detalle, en cómo el claroscuro otorga el volumen adecuado, despegando la pintura del lienzo. La obra en cuestión representa un episodio de La leyenda dorada, de Jacobo de la Vorágine. El servidor de un caballero provenzal había venerado las reliquias de san Marcos y a causa de ello fue condenado a tortura por orden de su señor.

El pintor representaba de manera magistral un plano de un escorzo superior en línea con el inferior, realmente sublime. Pienso en la creativa imaginación de aquellos grandes pintores, cuando de repente siento que alguien susurra en mi oído derecho.

Me vuelvo sobresaltada, pero no hay nadie detrás.

Con el corazón desbocado, miro a mi alrededor pensando que tal vez algún gracioso intenta gastarme una broma, pero ninguno de los graciosos que conozco, y a decir verdad ninguna persona, incluidos los corredores olímpicos, sería capaz de desaparecer tan rápidamente. Lo siguiente que pienso es que lo más probable es que sea obra de mi desbordante imaginación, o, más precisamente, un soplo de aire de alguna de las ventanas abiertas.

Miro en derredor, observo los grandes ventanales de cristal emplomado con arcos de medio punto; están cerrados. Deslizo mi mirada por el techo abovedado, surcado de puntales y rodeado de hermosos frisos. No veo nada, no encuentro explicación plausible a ese sobrecogedor susurro.

Respiro hondo y me aferro a la idea más sensata: falta de sueño.

Paso una página tras otra y voy tomando apuntes, sin quitarme de encima esa sensación de alerta que permanece latente.

Cuando cierro el tomo, siento una mirada fija en mí, me vuelvo y me topo con un individuo alto, envuelto en una gabardina oscura, que me observa con inquietante intensidad a través del hueco de una estantería.

Por alguna razón, mi alarma interna se dispara con un zumbido sordo que recorre cada fibra de mi ser. Siento una sensación de peligro tan ominosa y densa que casi me parece tangible.

Un único pensamiento me asalta desbancando a los demás: huir.

Me vuelvo aceleradamente, libro y bolso en mano, cuando me topo con un cuerpo firme que me desestabiliza, haciéndome trastabillar. Suelto una imprecación y me llevo la mano al pecho para asegurarme de que mi corazón sigue en el mismo sitio y no ha escapado por la boca.

—Cariño, ¿te he asustado?

Miro a Allan e intento acompasar mi respiración, acomodando el bolso en mi hombro y sosteniendo con firmeza el libro.

—¡Por Dios, si casi me da un ataque, pareces un jodido gato!

Allan expande las comisuras de los labios en una sonrisa divertida.

—En este sitio es bueno parecerlo, ¿no?

—Supongo que sí —admito, dejando que me coja del brazo y me acompañe a la salida.

Giro la cabeza temerosa, pero el hombre ha desaparecido.

—¿Vas a llevártelo? —pregunta Allan.

—¿Cómo?

Señala el tomo que abrazo con fuerza, como si fuera un escudo protector, y niego con la cabeza.

—Quién lo diría, a veces pienso que quieres más a Botticelli que a mí.

Me obligo a sonreír y le doy un golpecito cariñoso en el hombro.

—¿Celoso?

—A veces.

—Entonces tendré que compensarte —contesto coqueta—. ¿Qué tal una cena romántica en casa?

—Cena y postre, espero —agrega, mirándome seductor.

—Claro, una panacota de chuparte los dedos —bromeo.

—Y todo lo demás.

Río jocosa. Salgo del recinto sintiéndome aliviada y ligera. Debería hacer algo con esta endiablada imaginación, pienso.


Allan me deja en el Hotel Belvedere, un hermoso edificio frente al lago Ontario, donde trabajo de recepcionista; hoy tengo turno de tarde.

Me despide con un beso y un guiño, con esa expresión pícara y sexy que tanto me gusta de él.

Le mando un beso volátil y le sonrío hasta que arranca el coche y desaparece.

—Cati, llegas tarde otra vez —saluda mi compañera Tessa, arrastrando pesadamente las palabras.

—Ya sabes cómo está el tráfico —me justifico mientras me pongo el uniforme.

Traje chaqueta con falda gris, ribete en negro, serio y formal, camisa blanca y chapita identificativa. Casi siempre me recojo la rebelde melena rojiza en una cola alta o en un apretado moño, esta vez opto por el moño.

—Creo que es el mismo tráfico para todos, guapa, tendrás que inventarte algo nuevo.

—Sí, ¿verdad? —musito sardónica.

Tessa asiente con la cabeza, mientras pasa las hojas de una revista de moda y mastica chicle con la boca excesivamente abierta.

—Ajá —asegura, sin levantar la vista—. Algún día dejarás de ser la favorita del jefe, exactamente el día que comprenda que no hay forma de llevarte a la cama.

Alzo la ceja izquierda y niego con la cabeza.

—Si no lo ha comprendido aún, es que debe de ser más zoquete de lo que pensamos. Y gracias por reducir mis valores como empleada a mi físico.

—No seas tan susceptible, Cati, no niego que eres trabajadora, pero por Dios, no tienes dos dedos de frente. Si yo tuviera tu facha, joder, chata, sería la dueña de este hotel, y sin que ese lameculos me tocara un pelo. Lástima que no manejes el gran arte de la seducción.

—Qué grandes aspiraciones tienes, Tessa: ser una jodida calientabraguetas —me burlo, haciéndome ante el espejo un perfecto rodete de pelo rojo.

—Nunca lo entenderás. Qué injusta es la vida. Yo tengo la capacidad, pero me faltan los medios… otras los tienen…

—Pero tienen principios —la corto, volviéndome sonriente y altiva hacia ella.

—¿Qué mierda es eso?

Ambas soltamos una carcajada casi al unísono.

—Pues eso, una mierda —respondo entre risas.

Tras una última ojeada en el espejo del vestidor para empleadas, me dirijo a la puerta, aún con la sonrisa en los labios.

—No creas que me rindo —me grita Tessa, todavía entre risas—. Aún tengo esperanzas de convertirte en toda una zalamera interesada, calientabraguetas, manipuladora, seductora de zoquetes y mantiene amigas de por vida, vamos, en un putón solidario.

—Cínica —respondo yo saliendo al pasillo.

—No, eso ya lo bordas.

Reprimo otra carcajada y me dirijo al mostrador, mientras me aliso metódicamente la falda. Abro el registro de entrada para cerciorarme de si hay clientes nuevos.

Siento una presencia frente a mí y alzo la vista con una perfecta y cortés sonrisa que se queda congelada en mi rostro. No hay nadie al otro lado del mostrador.

Trago saliva y miro hacia la puerta de entrada, hacia el amplio vestíbulo, donde varios clientes leen el periódico, acomodados en mullidos sillones del siglo XIX. Y aun habiendo comprobado que nadie se halla cerca de la recepción, esa presencia permanece insidiosa y angustiante. Tengo la certeza de que estoy siendo observada; no obstante, nadie me mira.

Dirijo la vista hacia la cámara de seguridad, que recorre lentamente cualquier punto del vestíbulo y de la recepción, pero en ese momento no me enfoca. Y de pronto lo veo, fuera en la calle, en la acera de enfrente. El tipo de la biblioteca, alto, delgado, anodino, de semblante pálido, ojos negros como la noche, gabardina y sombrero, oscuro y misterioso.

Para mi completo estupor, descubro que me está siguiendo.

Un susurro se filtra nuevamente en mi mente y esta vez sí logro entender el mensaje:

—Dame la llave.