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Aceptaciones

Materializado en su apariencia aérea, impelido por una cólera demoledora y un miedo insólito, Wahêd arranca a la mujer de los férreos y letales brazos de Kamil y la saca del lago sostenida por los vientos de sus brazos y la furia de su tormentoso talante.

No se arriesga a perder tiempo en depositarla con suavidad sobre la hierba del parque, así que la lanza todo lo despacio que puede y regresa a las verdes aguas en busca de Kamil.

Si alguien estuviera observando, creería que un misil invisible acaba de impactar en la ondeante superficie del lago.

Se sumerge siguiendo el rastro de la energía ya débil de la ghoula, pero no la halla. Esas vibraciones son tan solo leves vestigios de su presencia. Está claro que ella ha regresado a su mundo, imaginaba que frustrada e iracunda.

Emerge de nuevo, comprobando que no haya nadie en los alrededores, y se materializa en su apariencia humana.

Corre hacia el cuerpo inerte de Catalina, hinca las rodillas en el mullido césped y la toma entre sus brazos. Ese contacto es suficiente para cerciorarse de que la humana no ha sufrido lesiones graves. Deja escapar un suspiro tranquilizador, cierra los ojos, dibuja en su frente con la punta de su dedo índice una T mayúscula, la cruz Tau, un símbolo protector ancestral, que acompaña de unas frases mágicas susurradas en su lengua, la pone de costado y aguarda.

En su mano derecha apretuja indignado el amuleto de ocultación, el ojo de Horus. Lo ha hallado unos pocos metros atrás, tirado sobre el sendero. Supone que se le habrá caído mientras corría, oportunidad que Kamil no ha desaprovechado. Por qué Catalina ha salido de la casa sola escapa a su entendimiento.

Acaricia la húmeda mejilla de la muchacha, apartando un grueso mechón de su brillante cabello rojizo, que el agua ha oscurecido unos tonos, y deja a la vista la delicada línea de su mentón, la altiva nariz y la elegante curva de su pómulo. Esa piel cremosa y aterciopelada, pálida y uniforme, emite todavía ese destello que emana de ella, de su tremenda vitalidad, como la parpadeante llama de una vela que se niega a apagarse ante un seco soplido.

Cuando la ha encontrado bajo las aguas, ya casi inmóvil, envarada y tensa, enfrentándose a la muerte rodeada por un potente halo anaranjado que brotaba de su interior con una intensidad sobrecogedora, ha sabido que hay magia en ella. Algo que por otra parte ya intuía, una magia tan poderosa que ha logrado impresionar a un ser tan maléfico como la oscura Kamil.

Desconoce el motivo del poder que alberga la humana y abriga la esperanza de averiguarlo antes de partir.

Unas toses abruptas sacuden a Catalina con violencia. Su cuerpo se arquea y vomita agua. Wahêd le posa una mano en la espalda, percibiendo con alivio cómo su cuerpo se oxigena de nuevo.

La mujer parpadea repetidamente y cuando logra enfocar la mirada, la clava en él.

—Esta vez… casi lo consigue —musita ella con pesar.

—Y la verdad, me asombra que no lo haya logrado —murmura Wahêd, sombrío—. Tu necedad se lo está poniendo muy fácil.

Levanta entre sus fuertes dedos el colgante, balanceándolo ante ella con el cejo fruncido.

—Me apena descubrir que la estupidez es uno de tus rasgos, te tenía por más inteligente —le dice con aspereza.

—Yinn…

—No —la interrumpe huraño—. Maldición, anoche ya fuiste atacada, ya sabías a lo que nos enfrentamos, y, no contenta con eso, decides exponerte de nuevo.

Los hermosos ojos de la mujer brillan angustiados. Con un mohín arrepentido, baja la mirada, admitiendo su necia osadía. El miedo todavía titila en sus bellas facciones y Wahêd siente el impulso de estrecharla contra su pecho, a pesar de que todavía palpita la furia en él.

—Creía que el colgante me protegía —se justifica ella, con un quebrado hilo de voz.

—Te has confiado, y esa actitud es la más peligrosa de todas, porque te hace bajar las defensas. Tienes que medir y controlar todas y cada una de las contingencias que pueden surgir, para no ponerte en riesgo. Y evitar absolutamente cualquier posibilidad, hasta las más improbables, de quedar expuesta.

Catalina abre mucho los ojos, húmedos de lágrimas acumuladas que resaltan el extraño color violáceo de sus iris, y asiente queda, luchando por mantener la compostura. Esa reacción a él le resulta enternecedora, como una niña que se hace daño, pero se niega a mostrar su dolor por miedo a que la consideren débil.

—Cata, jamás has de separarte de mí y de este condenado amuleto si quieres tener alguna oportunidad, ¿entendido?

—Entendido.

Wahêd comprueba el cierre del colgante y observa extrañado que está en perfectas condiciones.

Lo coloca delicadamente en el cuello de la mujer, sus dedos rozan la seda de su piel fría y ella se estremece. Un único pensamiento se ilumina en su mente, el deseo de calentarla entre sus brazos, de transmitirle el fuego que provoca en él.

—Tenemos que partir cuanto antes —anuncia, alejando deseos incómodos—. Hemos de viajar hacia el Gran Cañón de Nahanni, necesito el consejo de Vanut, un gran sabio que fue desterrado de Uughetsean. Tal vez pueda ocultarte hasta que encuentre el anillo del rey Traidor y arrancarle algunas respuestas.

Catalina tiembla con violencia, el alba apenas despunta y la temperatura es fría.

—¿Deseas que te abrace? —pregunta él, aunque suena más a súplica.

—No, es… estoy bien —responde trémula.

Intenta incorporarse, pero trastabilla hacia delante. Wahêd logra sostenerla antes de que caiga de nuevo al suelo, cuidando muy bien de que el contacto sea preciso y distante.

—Pelirroja, te castañetean los dientes y las piernas no te sostienen, deja de lado tu odio y recelo hacia mí y permite que te abrace.

La mujer lo mira con claro rencor, volcando en él toda la animadversión que siente hacia lo sobrenatural, y niega con vehemencia.

—Ya entraré yo solita en calor, gracias.

Wahêd se encoge de hombros, simulando una indiferencia que no siente.

—Si quieres despedirte de tu gente, tendrá que ser ahora, no podemos perder más tiempo.

La mujer se frota con vigor los brazos y se aleja unos pasos de él.

—Antes he de ir al trabajo y pedirle mis vacaciones al señor Lloyd, despedirme de Tessa y citarme con Allan, preparar la maleta y encomendar mi alma a Dios.

Le sonríe sardónica y él imita su gesto.

—No necesitas maleta, me tienes a mí.

—¡Oh, vaya, qué suerte la mía! —murmura irónica—. Tengo cualquier cosa material que desee, pero me arrebatas la vida que quiero.

—¡Yo no te he arrebatado nada! —objeta malhumorado—. A mí me han invocado, y no por mi gusto, precisamente. Estoy tan atrapado como tú, aún más, para ser sinceros. Soy una herramienta que vosotros los codiciosos humanos usáis a vuestra conveniencia y ahora me toca el papel de escudo de una niñata ingrata que es incapaz de ver más allá de sus narices.

Ella se vuelve airada. Wahêd sabe que las lágrimas que tan duramente ha contenido brotan ahora libres por sus mejillas. No solloza, ni siquiera se estremece, pero ahí, de espaldas, sabe que llora presa de un dolor tan desolador que lo conmueve como hacía tiempo nada lo había hecho.

—Deja de lamentar tu suerte, Cata, aparta el odio y la frustración y lucha por esa vida que tanto anhelas recuperar. Toca batallar, no compadecerse.

—Llévame a casa —pide con voz firme, mientras levanta una mano y se limpia hoscamente las mejillas—. Me secaré, me cambiaré e iremos al hotel. Cuando termine mis despedidas, no antes, iré donde quieras.

Entonces se vuelve hacia él y, a pesar de que sus ojos muestran el húmedo enrojecimiento del llanto, su mirada es altiva y decidida.

—Uno de mis poderes es viajar a través del espacio. Puedo transportarnos hasta la imagen que se cree en mi mente. Si deseas ir a casa, visualizaré tu salón y nos materializaremos allí. Pero para eso debo abrazarte.

La mujer calibra con el cejo fruncido sus palabras, se abraza a sí misma y asiente conforme.

—Abrázame entonces.

Nadie puede saber lo que recorre su cuerpo ante esas dos palabras. Es una sensación tan inverosímil, tan desconcertante y tan absolutamente excitante, que decide no pensar en ella, excepto para atribuirla al efecto físico, a la intensa atracción que ejerce sobre él, devastando su autocontrol.

—Como desees, ama.

Se acerca a ella, e incluso antes de abarcarla entre sus brazos, percibe cómo los temblores se acentúan y la tensión la envara, pero no una tensión fruto del temor, sino de una ansiedad casi idéntica a la de él, una especie de hambre compartida que ambos contienen por diferentes motivos.

Cuando por fin la rodea con sus brazos y la estrecha contra su pecho, resopla, aunque con ese bufido no logra ni un ápice de alivio ni de complacencia. Sorprendido, descubre que tenerla tan cerca, sentir su curvilíneo y sensual cuerpo pegado al suyo, incendia sus sentidos de tal forma que teme infringir las leyes impuestas dada su condición de esclavo y ser castigado de la manera más ignominiosa.

Aprieta los dientes cuando ella abarca su cintura y apoya el rostro en su pecho, relajando al instante su cuerpo, mostrándole su confianza y liberando la tensión que la atenazaba momentos antes.

Permanecen un instante así, abrazados, en silencio, y no es porque él disfrute precisamente del contacto, sino porque su mente está rebosante de imágenes tórridas que debe apartar si desea visualizar el salón de la casa y poder zafarse de ese abrazo que tanto lo mortifica.

Tras una última imagen de ellos dos copulando como bestias insaciables en la alfombra del maldito salón, logra, no sin esfuerzo, centrarse lo suficiente como para transportarla a otra estancia de su casa, una que no tenga incitadoras alfombras, el recibidor.