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Otra vez no

Esto no puede estar pasando de nuevo.

No puedo estar siendo perseguida por un ser mágico otra vez, pienso. No puedo acabar como mi madre, sumida en la desesperación y la angustia. No puedo abandonar mi vida, ni mi buen juicio. Debo aferrarme a mi sensatez, a mi pragmatismo, a mi fortaleza, y meditar objetivamente las opciones plausibles. No huiré ni me dejaré llevar por el pavor irracional que en este preciso momento llama insistente a la puerta de mi razón. No.

Respiro hondo, cierro los ojos y, antes de abrirlos, ya sé que ese tipo se ha esfumado.

Me tranquilizo lo suficiente como para comprobar los servicios extra de algunos clientes, rogando porque esta tarea teñida de cotidianidad aleje cualquier atisbo de pánico.

Mantengo el control, pero la intranquilidad perdura; se ha aposentado en mis entrañas agriando mi bienestar anterior. Incluso siento un sabor acre en la garganta. Tengo que enfrentarme a… eso, para que me deje vivir en paz.

«La llave, dame la llave». ¿Qué llave, maldita sea?

Busca algo de mí, o tal vez me pide ayuda. De cualquier forma, incluso si se la ofrezco, ¿cómo puedo fiarme de uno de esos seres mágicos? ¿Qué garantías de protección puede ofrecerme un ser oscuro como él?

Entonces, un pensamiento se filtra en mi mente, iluminando un recuerdo concienzudamente enterrado: las últimas palabras de mi madre… «Debes liberar al djinn… él te ayudará…»

¿Y romper mi promesa? ¿Trastocar mi bien planificada, organizada y racional vida, liberando lo que quiera que se encuentre en aquel brazalete?

La negación se asienta en mí, tal vez pueda manejar esto yo sola. Entonces recuerdo una cita: «A veces el mal solo puede combatirse con su igual».

Paso el resto del turno inmersa en mis quehaceres, acompañada de esa inquietud que ya se ha instalado en mi fuero interno como un molesto parásito que succiona mi sosiego a cada minuto que pasa.

—Tienes cara de velorio, ¿te aprieta el tanga?

Miro a Tessa, que, inclinada sobre el mostrador, oprime sus pechos contra la lustrosa barra, asomándolos peligrosamente al exterior.

—No, gracias por preocuparte. Y ya he limpiado el mostrador, no hace falta que lo pulas con ese par de pompones.

Tessa estira una de las comisuras de los labios en una mueca burda y suficiente.

—Hank nunca se ha quejado de mi… ayuda.

—Gracias a tu «ayuda», uno de estos días el bueno de Hank va a dislocarse el cuello.

Tessa suelta una abrupta carcajada y palmea repetitivamente la superficie de mármol.

—Nadie le obliga a mirar, es mi uniforme reglamentario —replica, limpiándose las lagrimillas que han asomado a su mirada todavía risueña.

—Claro, por eso, cada día se te descosen misteriosamente los tres botones superiores de la camisa.

—Eres una borde, ¿lo sabías? —murmura Tessa con una luminosa sonrisa.

—Algo se comenta, sí.

—Bueno, al menos lo asumes —se ríe.

Bajo la vista a la pantalla del ordenador, comprobando si quedan requerimientos por cumplir.

—¿Alguna entrada… interesante? —pregunta Tessa, escrutando curiosa a los clientes que permanecen en el vestíbulo.

—Si por interesante te refieres a un cliente joven, guapo, asquerosamente rico y soltero, no, me temo que no.

Los pardos ojos de Tessa chispean divertidos.

—El último requisito no es indispensable —aclara, inclinando ligeramente la cabeza.

—Lo anoto —bromeo—. Cuando se cumplan los requisitos necesarios, sacaré el megáfono y te llamaré.

—Jajajajajaja… ¿Qué hay del WhatsApp? Seamos discretas, socia.

—Creo que lo de la discreción no es tu fuerte, Tessa —respondo, tecleando los servicios extra de un cliente que mañana abandona el hotel.

—Mira, guapa, a esto —se señala sus todavía aplastados pechos— se le llama marketing. Todo producto necesita promoción para darse a conocer y cuanto más luminoso sea el cartel…

—Más moscas atraerá —sentencio, reprimiendo una carcajada.

—Jajajajajaja… puede, hasta que llegue el moscón adecuado. Tú no valdrías para publicista.

—No, no es mi fuerte.

En ese preciso instante, el director, el señor Lloyd, atraviesa la entrada principal y se dirige altivo hacia nosotras. Tessa se envara en el acto y yo planto en los labios una sonrisa formal.

—¿Un día tranquilo? —inquiere, clavando sus oscuros ojos en ella.

—Al menos la tarde lo es —respondo escueta.

—Señorita Rivero, solo faltan dos días para que se instalen el presidente de la más prestigiosa compañía naviera de Ontario y su esposa, pase por mi despacho cuando acabe su turno para ultimar los detalles.

—De acuerdo, señor Lloyd, ¿se le ofrece algo más?

Por la mirada que me regala, adivino meridianamente lo que se le ofrecería con mucho gusto. Mantengo mi expresión seca y cortés hasta que el hombre niega con la cabeza.

—Nada más de momento.

Y se aleja tras una inclinación de cabeza.

Es un hombre de mediana edad, bien parecido, pero estirado, prepotente, soberbio y aburrido.

—Si las miradas desnudaran… —musita Tessa, tocándose su dorado cabello y guiñándome un ojo.

—Las manos golpearían —replico con firmeza, sonriendo burlona.

—Estrecha.

—Ancha.

—Jajajajajajaja… ¿Cuántos años tenemos?

Niego con la cabeza entre risas.

—Los suficientes para que nos despidan si seguimos haciendo el imbécil con una cámara apuntándonos.

Tessa agranda los ojos y gira la cabeza hacia la cámara con expresión asustada.

—¡Has picado!

Ella alarga el brazo para empujarme enfurruñada, mientras río sin parar.

—¡Borde! —Y estalla en una burda risotada.

—Te repites —contesto risueña—. Y ahora mueve el culo, rubia descocada, o la próxima vez no será un farol.

Tessa me saca burlona la lengua y se aleja hacia la terraza exterior, donde pronto los clientes comenzarán a ocupar las mesas del coqueto y encantador jardín trasero. Allí, el mobiliario de hierro forjado, con mullidos almohadones, sombrillas y todo un despliegue de grandes macetas y hermosos faroles, crea una atmosfera íntima y romántica.

En pleno verano la ciudad se torna bulliciosa y chispeante, rezuma vitalidad y segrega una corriente desenfadada que anima cada plaza y callejuela con risas y conversaciones joviales.

La gente navega en el lago, hace excursiones, pasea, llena las terrazas y la música brota de pubs, coches, portales, ventanas abiertas, deshelando el serio rictus de un invierno crudo y aislado.

Adoro esa época del año, que me recuerda a España, mi país de origen. En vacaciones solíamos viajar a Toledo, cuando mi madre conseguía ahorrar el dinero suficiente para el vuelo. Añoro sus gentes, su clima y su encanto.

Me concentro en trabajar, atenta a cuanto pasa a mi alrededor. Cada minuto que paso sumida en mi rutina diaria, se desdibuja esa sensación de estar vigilada. ¿Y si todo es fruto de mi imaginación? ¡Dios, cómo me gustaría que fuera así!

Acabo mi turno, me estiro el uniforme, me arreglo el apretado moño y me dirijo al despacho del director con desgana. Bufo antes de llamar a la puerta.

—Adelante.

Traspaso la ancha puerta de roble americano y me adentro en una habitación amplia y tremendamente recargada, de estilo victoriano. Sobria, elegante, aunque excesiva, tanto que siempre que entro en ella me siento sofocada, a pesar de que posiblemente no sea por el mobiliario.

—Siéntese, señorita Rivero.

—Disculpe, señor Lloyd, pero tengo prisa, si no tiene inconveniente, prefiero estar de pie.

Henry Lloyd me fulmina con la mirada, aprieta levemente los dientes con un evidente disgusto ensombreciendo sus facciones, y respira hondo, como si se preparara para entrar en batalla.

—Esa veta de rebeldía puede que le traiga más de un quebradero de cabeza. ¿Tanto le cuesta tomar asiento? Le prometo ser breve.

Decido transigir y me siento, con las rodillas como si me las hubieran pegado con pegamento de contacto y más tiesa que la vara de un pastor.

El señor Lloyd comienza a hablar del horario programado para la visita de la pareja más influyente del condado.

Tomo notas en mi iPad mini y asiento, concentrada en las palabras del director.

Levanto la vista tras varias anotaciones y mi mirada se queda congelada en el ventanal de enfrente. Me incorporo sobresaltada.

—Aún no hemos terminado —dice Lloyd, contrariado.

Solo soy capaz de mirar con expresión desencajada la maldita aparición. El hombre de la gabardina.

Retrocedo unos pasos, negando con la cabeza.

—¿Le ocurre algo?

Esta vez parece preocupado, mira hacia el ventanal y justo en ese preciso instante, la silueta se disuelve como un retazo de niebla, como los vapores que manan de las alcantarillas, aclarándose de inmediato.

El susurro vuelve a encogerme las tripas… «La llave…»

—Está pálida…

Se acerca a mí y me toma de los hombros.

—Catalina, no me asustes.

Es la primera vez que me tutea, y la primera vez que me toca. Esa inusitada cercanía me confunde más si cabe, acentuando mi malestar.

—Estoy bien, no… no se preocupe. Es… es solo un leve mareo.

Pero él no me suelta.

Me sienta en la silla y me abanica con su pulcro y planchado pañuelo, que huele a almidón y a un denso perfume masculino. Ese olor casi me provoca una arcada.

—Catalina, ¿has comido? Deja que te invite a cenar y charlamos más distendidamente sobre los eventos programados.

Me limito a negar con la cabeza, mientras mi mente elucubra a toda velocidad. Está claro que no es mi imaginación y que no se marchará hasta encontrar la dichosa llave, esa que parece estar en mi poder.

Apenas me doy cuenta de que el director me incorpora y me acerca a él.

Muy amable, bueno, demasiado amable, me coge de la cintura y me frota la espalda con un ademán que pretende ser engañosamente tranquilizador.

—Estoy bien, gra… gracias, necesito irme de aquí.

—Deja al menos que te lleve a casa en mi coche, no me quedaré tranquilo si no lo hago.

—Vendrá mi novio a por mí —miento con toda la seguridad que soy capaz de demostrar.

—Oh… bueno, entonces… tal vez podríamos quedar en otro momento y…

Me libero de los brazos de Lloyd simulando agradecimiento y contengo mi desasosiego.

—En otro momento, sí —acepto, dirigiéndome a la puerta.

Salgo azorada y mareada del despacho, me adentro en los vestuarios, me cambio a toda prisa y atravieso la recepción con apremio.

Necesito aire fresco.

Camino hasta la parada del bus pensando nuevamente en mis opciones y maldigo cada una de ellas.

Y allí tomo aire y una decisión.


Cuando llego a casa, me detengo en la entrada. Algo dentro de mí tira hacia atrás, seguramente es mi sensatez.

En un arrebato, llamo a Allan y le digo que mejor cenamos en su casa. No subiré a ese desván de noche, ni loca lo haría, y menos sabiendo que me persigue una aparición.

El miedo comienza a hacer mella en mi ánimo y a él se le une una furiosa frustración.

Me alejo de mi casa y tomo otro bus. Durante el viaje, un solo objeto puebla mis pensamientos: la maldita llave. Pero ¿cuál de las muchas que tengo?