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Descubrimientos

Nunca olvidaré la cara de Yinn cuando abro la puerta y ve al chico de reparto, aún con el casco de la moto puesto, abriendo su maletín térmico y sacando la caja de la pizza.

Claro que la expresión del pobre muchacho cuando repara en el gigante es para enmarcarla.

—Fiesta de disfraces —justifico sonriente.

—Este lo clava. Es el puto Khal Drogo. ¿No estará por aquí la Khaleesi?

Reprimo una carcajada y niego con la cabeza, mientras le ofrezco un billete.

—No, pero está Hulk Hogan, ¿te lo presento?

El chico se apresura a negar, me da el cambio, se sube a su vistosa moto roja y sale quemando rueda.

—¿Qué…?

—Vamos dentro, se me acaba de ocurrir una cosa —anuncio.

La sonrisa lujuriosa del genio me obliga a fruncir el cejo y negar con la cabeza.

—No va por ahí, Rodolfo Valentino.

—Yinn —insiste, esta vez molesto.

—¿Cuándo fue la última vez que te liberaron?

—Cuando vi a ese Rodolfo en una proyección, vestido de árabe.

Lo observo con asombro. En cierto modo, no hace tanto tiempo, digamos… casi cien años.

—Mira, creo que ambos estamos sedientos de sabiduría, así que, ¿qué tal, si jugamos a quid pro quo?

—Los romanos eran altivos, orgullosos y soberbios, su excesiva confianza influyó en su caída.

Ahora sí se me descuelga la mandíbula. Guau, impresionante fuente de conocimientos históricos de primera mano. Esto mejora por momentos.

—Mira, Yinn, pregunta por pregunta, los deseos son otra cosa, ¿estamos de acuerdo?

El genio asiente distraído, mira la caja de la pizza y la husmea.

—Huele bien.

Intenta abrirla y yo la cierro con un manotazo seco.

—¿Estamos de acuerdo? —insisto, entrecerrando los ojos.

—Acepto el trato, pelirroja —confirma.

—Bien, empezamos a entendernos —murmuro satisfecha, mientras abro la caja y la planto en la mesa, frente al televisor.

Busco el mando y, cuando enciendo la tele, oigo una exclamación de sorpresa.

—¿Tienes una sala de cine en casa?

—Podría llamarse así, pero es un televisor.

Se acerca curioso a la pantalla plana y la palpa con cuidado.

—Parece un… cuadro con imágenes.

—Es exactamente lo que es y por favor, no la toques mucho, estas pantallas LCD son muy delicadas.

—Creo que me va a encantar tu época —musita complacido.

—Ponte cómodo —le aconsejo.

Lleva unos pantalones bombacho, de una especie de satén negro, unas babuchas de cuero marrón y el impresionante pecho tan solo cubierto por un pequeño y ridículo chalequito gris con los bordes trenzados en hilo de plata. Un ancho cinturón de piel ciñe su estrecha cintura y sus antebrazos lucen una especie de tatuaje ritual, con extraños símbolos.

—Ya estoy cómodo —afirma, colocándose de rodillas frente a la mesa baja del salón y sentándose sobre los talones.

Una postura muy oriental, pienso.

Decido imitarlo y me siento frente a él.

Tomo una porción de suculenta pizza cuatro estaciones y se la ofrezco, pero en vez de cogerla con las manos, él acerca la boca y la muerde.

Me quedo prendada de sus labios, bien delineados, mullidos, suaves, perfectos.

Cuando logro despegar la vista de ellos, me encuentro con una mirada penetrante y orgullosa.

Conoce sus poderes el muy rufián, y no solo los mágicos, sino sus masculinos y atrayentes encantos.

—Deliciosa —susurra insinuante, clavando intencionado su mirada en mí.

Ya empieza de nuevo con su artera seducción. Me pregunto si se le habrá resistido alguna vez una mujer. Tengo la certeza de que eso es imposible. Desde esta corta distancia percibo todo el poder de su influjo. Por Dios, si me siento tentada de lanzar la pizza por la ventana y abalanzarme sobre él como una perra en celo.

No solo es guapo a rabiar, es desquiciantemente masculino, derrocha una sensualidad brutal en cada uno de sus gestos, es expresivo y posee un poder latente que fluye de cada poro de su piel.

Parece peligroso, es inteligente, taimado, pendenciero y divertido, lo que cualquier mujer pediría en su carta a Santa Claus al dejar la pubertad, y está a mi merced. ¡Tentaciones, venid a mí! A ver cómo logro controlar mis hormonas y mis más bajos instintos, y lo más peliagudo, ¿cómo narices lo integro en mi círculo? ¿Cómo demonios se lo presento a Allan?

Mastico lentamente, sumida en mis pensamientos. Hasta que una carcajada me saca de mi ensimismamiento.

Yinn ríe a mandíbula batiente viendo el anuncio de un refresco.

—¿Estáis todos locos en esta época?

—Seguramente —admito pensativa.

—No me digas que habéis enseñado a hablar a los perros —dice luego muerto de risa, señalando un anuncio de comida canina.

—No, todavía —contesto sardónica—, pero no lo descarto. Aunque algunos no lo necesitan, ya son más listos que nosotros sin necesidad de hablar.

Yinn ladea la cabeza y me escruta curioso.

Quid pro quo —musito de nuevo.

Do ut des —responde él y, viendo mi expresión confundida, aclara—: «Doy para que me des», es la expresión correcta de la declinación latina.

—¡Joder, eres una fuente de conocimiento! —exclamo admirada.

—Y tú de improperios.

Cruza sus impresionantes brazos, baja ligeramente la cabeza y me mira reprobador, frunciendo el cejo.

—De acuerdo, papi, si te ofenden intentaré moderarme.

—Yinn.

—Jo… lín, qué fijación. Sí, Yinn. Te encanta que te llamen así, ¿eh, gigante?

—Hay cosas que me encantan más —confiesa, regalándome una nueva inspección.

—Apuesto a que las adivino.

—Adelante —me reta con una sonrisa taimada.

—Las mujeres.

Niega con la cabeza.

—No todas.

Comienzo a ponerme nerviosa, respiro hondo y desvío la mirada hacia la vacía caja de pizza.

—¡Vaya apetito! —exclamo asombrada.

—Suelo ser muy voraz con todos mis apetitos.

Empiezo a sentir cada vez más calor y reprimo el gesto de abanicarme con una servilleta de papel.

—Concentrémonos en las preguntas.

Yinn se limita a asentir. Su penetrante mirada me desconcentra. Ese tío, ser o lo que sea, es un pecado con piernas.

—Bien, ¿por qué ese dao me pide una llave?

—Lleva buscando la llave desde que el rey Traidor nos encadenó al reino de Uughetsean. Es una llave mágica escondida en el Plano Material, entre humanos. Se supone que tiene el poder de abrir todos los planos, con lo que todos los seres mágicos tendríamos acceso sin limitaciones a este mundo. —Se pasa la lengua por los labios y ese simple gesto atrae poderosamente mi atención—. Obviamente, cree que la tienes tú.

Abro la boca de nuevo, cuando el genio alza una mano y me detiene.

—Mi turno, pelirroja.

La forma en que pronuncia la última palabra me estremece, es como si su voz, melosa y grave, fuese una mano que acaricia mi piel.

Carraspeo y asiento, aguardando su pregunta.

—¿Cuál es el último invento de la humanidad?

—Pues no sabría decirte, hay muchos. Hemos viajado al espacio, en cohetes. Nos comunicamos por satélites, hay máquinas domésticas que casi lo hacen todo, estoy esperando que quiten ya el casi… y, bueno, pronto nos sustituirán los robots, imagino. Posiblemente los llamen replicantes, gran peli, por cierto, Blade Runner. ¡Ah, y tenemos teles en tres dimensiones!

—¿Bromeas?

—Mi turno, gigante.

Esboza una sonrisa intrigante y se cruza nuevamente de brazos. Admiro su pecho, que más parece una cadena montañosa, por las ondulaciones que emergen de él.

—¿Por qué cree que la tengo yo?

—Es lo que quieres que descubra, ¿no?

—Oh, sí. ¿La puedo cambiar por otra pregunta?

Niega lentamente con la cabeza. Trago saliva. Su expresión juguetona cosquillea mi estómago.

—¿Dónde está la mujer que me invocó?

—Murió, era mi madre.

—Lo lamento —murmura sincero.

—También yo.

Nuestras miradas se enlazan por un largo instante. De algún modo, siento su comprensión, su calor, como si me mandara mentalmente un abrazo reconfortante.

—¿Quién es el rey Traidor?

—El gran Sulaymán, el rey más sabio de cuantos ha habido.

—¿Sulaymán?

Yinn niega con la cabeza, sonríe y se señala altanero.

Bufo y le devuelvo la sonrisa, exagerándola burlona.

—¿Qué es un robot?

—Es una máquina mecanizada, diseñada para que actúe según su utilización. Ya los hay con apariencia humana, pero son todavía un proyecto.

Me levanto, cojo una revista, la abro y le muestro la foto de un robot de juguete.

—¿Quién es Sulaymán?

Yinn no me presta atención, pasa páginas de la revista entre continúas y genuinas exclamaciones de asombro.

Se queda paralizado cuando ve una chica en tanga.

—¿Es esta vuestra ropa ahora?

—Me toca —le recuerdo—. Jajajajaja. Pero voy a ser generosa y te voy a contestar. Esto es ropa interior.

La cara de asombro del genio se troca en una encendida mirada de interés hacia mi entrepierna. Siento el impulso de cubrirme avergonzada.