4
Otra vez sí
Subo al desván como si cada peldaño de la escalera estuviera inclinado en rampa, empujándome hacia atrás. Algo tira de mí, frenando mi determinación. Y es esa manta con la que me he ocultado todos estos años, esa oscura etapa de mi vida. Son los grilletes con los que he esclavizado cualquier recuerdo que pueda remover mi asentado pragmatismo, mi rutinaria realidad.
He luchado con ahínco por arrancar hasta la última brizna, hasta el último esqueje de aquellas invocaciones mágicas que poblaron mi infancia. Jamás me he atrevido a buscar una explicación plausible a los actos de mi madre. No la necesitaba, al contrario, la evitaba.
Sin embargo, ya no puedo más, la magia se obstina en perseguirme. Ese extraño hombre no me dejará tranquila, desestabilizando mi vida indefectiblemente.
El miedo me oprime y la curiosidad, por fin, comienza a despertarse.
Cuando abro la puerta del desván, me detengo.
Por el ventanal del tejado, un dorado haz de luz, en el que flotan brillantes motitas de polvo, ilumina el viejo arcón familiar de mi abuela; como una afamada soprano alumbrada por los focos, reclamando ser el centro de atención y conquistando a su público incluso antes de cantar.
Fijo absorta los ojos en la desgastada madera de roble oscuro, en los remaches oxidados y en la cerradura que, bajo los rayos de un cobrizo ocaso, resplandece con un fulgor casi hipnótico.
Paso a paso, casi con actitud reverencial, me acerco al baúl.
En la mano derecha sostengo la llave del mismo y me pregunto si ese hombre se refiere a esta llave en particular. No obstante, ya he decidido utilizar el escudo apropiado: otro ser mágico.
Me parece que el metal emite una inquietante tibieza que se acentúa a medida que me acerco, hasta aproximarse a una sorprendente y desconcertante calidez.
Respiro hondo, lucho por última vez con las ganas de salir corriendo y me pongo de rodillas ante aquella ancestral pieza. Meto la llave y la giro con suavidad. Oigo un clic y siento que se me seca la garganta.
Abro la pesada tapa y poso los ojos en un gran trozo de terciopelo azul plegado varias veces. Lo tomo entre mis manos y lo desdoblo con sumo cuidado.
Ante mí aparece el brazalete. Me parece hermoso, inquietantemente hermoso. Es de oro, con una flor de brezo grabada en él.
Paso la punta de los dedos por el metal, tan misteriosamente cálido como la llave. A mi mente acude el rostro de mi madre. Dejo escapar el aire contenido y, con un mohín aprensivo, me pongo el brazalete.
Por algún motivo, lo acaricio con inusitada suavidad.
Alzo la muñeca y lo contemplo a través del haz solar.
Su brillo aumenta sobrecogedoramente, hasta convertirse en una especie de joya iridiscente. El metal emite un pulso entrecortado, como los desapacibles latidos de mi corazón. Me muerdo el labio inferior, controlando a duras penas el miedo, hago acopio de toda mi valentía y obcecación y froto con extrema suavidad el brazalete.
El dorado fulgor gana intensidad de forma alarmante. Su brillo cegador me obliga a entrecerrar los ojos. Un sonido extraño comienza a palpitar, como un zumbido molesto que hace retemblar cada centímetro del desván. La luz crece hasta convertirse en una pantalla casi blanca que me fuerza a cerrar los ojos doloridos.
Algo tira de mi muñeca hacia el suelo. Como si la empujara una fuerza invisible, mi brazo dibuja un arco hacia atrás y, de repente, todo se detiene.
Siento el corazón desbocado, un pulso febril golpeteando alocado en mi sien, y el estómago revuelto.
Respiro agitadamente en medio de un acceso de pánico. Siento una presencia antes de abrir los ojos, pero nada me prepara para lo que encuentro cuando los abro.
Mi madre me había hablado de los genios, pero solo fui capaz de imaginarlos como el genio azul de la peli de Disney, un personaje divertido, de aspecto bondadoso y simpáticas maneras. Lo que hay frente a mí me cierra la garganta, dilata mis pupilas y me acelera el corazón.
Ese magnífico ejemplar me corta la respiración.
El nombre de un actor me viene a la cabeza casi al instante: Jason Momoa, el nuevo Conan.
Es asombrosamente parecido. Posee las mismas poderosas hechuras que el actor. Muy alto, fornido, de cabello algo más oscuro, estirado hacia atrás en una cola alta, a su vez sujeta por varias cintas, ciñéndola en varios tramos, y que le llega hasta la mitad de la espalda. Peinado de genio, sin duda. ¿Significa esto que algún director de cine ha conocido a alguno o es mera casualidad? Su piel, de un exquisito tono canela, cubre unos músculos impresionantes, que delinean un cuerpo apolíneo.
Su rostro es cautivadoramente masculino, frente ancha, mandíbula cuadrada, nariz recta y unos ojos subyugantes de un color verdoso con toques dorados, como el jarabe de arce, hundidos bajo unas agresivas cejas perfiladas como V invertidas, una cicatriz profunda divide su ceja izquierda. Una barba casi cónica oculta su barbilla.
El djinn sonríe ladino, su expresión pendenciera y orgullosa rezuma una sensualidad que casi puede palparse.
Estoy tan absorta en su escrutinio que apenas me apercibo que el djinn me dedica la misma concienzuda atención.
—Estoy a vuestra completa disposición, ama.
Y esa voz… esa voz consigue que mi piel se erice y cierta parte de mi cuerpo hormiguee.
—¡Joder con Aladino!
El djinn ladea ligeramente la cabeza, frunce parcialmente el entrecejo, esboza una media sonrisa maliciosa y niega con la cabeza.
—No, ama, mi nombre no es Ala’ ad-Him. Soy un djinn de aire y ahora vuestro más humilde servidor. Pedid y se os dará.
Para ser de aire se lo ve bastante consistente. Siento el irresistible impulso de tocarlo.
—¿Qué eres capaz de hacer? —logro musitar.
Otra vez aquella sonrisa traviesa que me seca la garganta. Solo un ser mágico como este podía ser tan brutalmente hermoso. Exuda una masculinidad tan burda y salvaje que casi puedo oír cómo mis hormonas gimen de necesidad.
—Esa no es la pregunta —aclara—, la pregunta correcta sería: ¿qué no soy capaz de hacer? Al menos, la que tendría una respuesta más breve.
¡Vaya, hermoso, sensual y arrogante! Toda una tentación para los sentidos. Si no tuviera una misión mucho más importante, seguro que mi imaginación se dispararía. Pero tenía que descubrir y detener a la aparición que estaba trastocando mi vida.
—¿Cómo puedo llamarte?
Sé que el nombre de un genio es sumamente secreto, pues se requiere su verdadero nombre para recitar una invocación de alianza con un djinn; ningún genio sería tan necio de darlo.
—Soy un djinn, también me llaman yinn, tal vez este último te sea más fácil de usar.
—Hola… Yinn.
—Es un placer, Cata —murmura con un marcado deje sensual, ronco y grave—, espero.
No solo ha descubierto mi nombre, sino que se atreve a usar con toda la familiaridad del mundo el diminutivo, uno que además nadie más emplea. Esta sugerente presentación me tensa.
—No sé para qué suelen utilizarte —comienzo, aunque lo sospecho. Este ser es una delicia para los sentidos—. Pero sea lo que sea que imagines, seguro que no es a lo que estás habituado.
Me mira con tanta intensidad que tengo que desviar la vista para poder concentrarme en lo que necesito pedir.
—Me persigue un mago, brujo o lo que demonios sea. Necesito que me protejas y lo devuelvas adonde diablos quiera que haya salido.
—Dao.
Elevo confusa las cejas y vuelvo a clavar mi mirada en él.
—¿Perdón?
—Es un dao —aclara—, un genio maligno, y creo saber lo que busca.
—Genial, vas por delante, campeón, he tenido suerte y me ha tocado el boleto ganador —mascullo complacida—. Bueno, pues haz que desaparezca y ya está.
El genio amplía aquella perturbadora sonrisa y arquea una ceja con semblante divertido.
—No es tan fácil, ama. Tienes que camuflarme en tu entorno, tengo que estar constantemente a tu lado sin levantar sospechas y entonces sorprenderlo. Aunque me temo que tengo que enseñarte a pedir deseos.
Lo miro arrugando la nariz. ¿Sin levantar sospechas? Lo dudo, un tipo así es capaz de conseguir que las mujeres le hagan la ola por donde pase. Tiene que ocurrírseme algo.
—Entonces, ¿por dónde empezamos? —murmuro, más para mí misma que para este ser.
—Tengo claro por dónde empezaría yo —afirma rotundo, en tono ronco y lascivo, recorriéndome con la mirada.
De alguna manera, sus ojos hacen hormiguear mi piel allí por donde pasan. Trago saliva. Además tendré que lidiar con esta desbordante energía sexual que desprende, aturdiéndome.
—Pero aquí, guapo, la que manda soy yo.
El genio estira sus labios en una sonrisa cautivadora que me desconcentra momentáneamente.
—Mmmm… con carácter, decidida y segura —masculla malicioso—. Aunque no soy dócil, creo que me gustará someterme a tus caprichos.
Tengo la osadía, o más bien la insensatez, de acercarme altanera a él. Cuando lo tengo enfrente, a menos de un palmo de mi cara, siento tal magnetismo que me veo luchando conmigo misma para resistir el impulso de tocarlo.
—¡Mierda! —exclamo contrariada.
El genio enarca la ceja izquierda y me mira divertido.
—¿Es ese tu primer deseo?
—No, joder.
—¿Y ese el segundo?
El genio inclina ligeramente la cabeza con aquella pícara sonrisa en su rostro.
—¿Te burlas de mí?
—Puede.
Resoplo, me llevo la mano al pelo y, con un ademán casi maniático, me separó la cola en dos y estiro, apretando la goma con tanta fuerza que me duele.
—No serías la primera que se arranca el pelo al verme.
Abro los ojos asombrada y frunzo el cejo.
—Baja, modesto —bufo.
El genio mira al techo con expresión confusa.
No pudo evitar soltar una carcajada.
—Es una expresión, jajajajajaja, en mi tierra, la usamos mucho. —Niego con la cabeza y lo miro con los brazos en jarras—. Eres tan engreído que tu mayor sueño sería que te encerraran en un cofre forrado de espejos.
—Nadie me ha preguntado nunca cuál sería mi mayor sueño.
—Tampoco yo lo haré. No te he traído para hacer amigos, ¿sabes?
—Sé.
De repente, el genio me rodea con parsimonia, escrutando curioso mi vestuario.
Pasea interesado la mirada por mis ceñidos vaqueros de cintura baja y por mi camiseta verde de tirantes. Toca con la punta del dedo índice la tela del pantalón y frunce el cejo.
—Curioso vestuario para dormir.
Tira de uno de mis tirantes, el leve roce de sus dedos me provoca escalofríos.
—No es un vestuario para dormir —le aclaro, dándole un manotazo admonitorio—. Es ropa de calle.
El genio enarca las cejas y despega asombrado los labios.
—¿Sales desnuda a la calle?
—Por todos los santos, estoy vestida. Deberías ir a una playa.
—Puedo ver tu cuerpo —responde, concentrado en mis curvas.
Eso me agita.
—No, no puedes —lo contradigo—. En todo caso, lo intuyes.
—Cúbrete, me robas la concentración. Además, alguien debería decirte que el verde no le sienta bien a las pelirrojas.
Arrugo la nariz y frunzo el cejo combativa.
—Eso no es verdad, a la de Brave le queda de fábula.
El genio se frota confuso la barbilla y su pequeña barba cónica se balancea suavemente.
—¡Olvídalo! —exclamo sacudiendo la mano.
Me alejo de él unos pasos e intento retomar el hilo de mis pensamientos.
—¿Cómo sabes quién es y por qué me persigue ese… dao?
—Tengo hambre.
Resoplo contrariada. Contemplo la expresión expectante del genio y me apiado de él, a saber los siglos que llevará encerrado.
—De acuerdo, te daré de comer, pero después contestarás a mis preguntas y empezaremos con eso de los deseos.
—Si deseas que conteste tus preguntas, eso ya es pedir un deseo.
Pongo los ojos en blanco y suspiro con desidia.
Debo ir con tiento y ser inteligente, o gastaré los deseos en cosas banales.
—Son tres deseos, ¿no? Durante tres días, ¿me equivoco?
—Eso son dos preguntas, separadas de las otras, con lo cual gastarías dos deseos —aclara con una sonrisa inocente, pero en sus ojos brilla una perversa diversión.
—Oye, guapo…
—Yinn.
—Oye, Yinn, te estás pasando de listo. Era una jodida forma de hablar.
—Y tan jodida, pareces el grumete de un ballenero.
Sonrío exageradamente, despidiendo llamas por los ojos.
—Será mejor que te tape la boca con comida hasta que me tranquilice.
—Preferiría que me la taparas con otra cosa, pero antes tendrías que lavártela con jabón.
Al cuerno, pienso, ya agotada la paciencia.
Lo aferro del brazo y lo enfilo hacia la puerta.
Tiene que agacharse para salir del desván. Al menos mide dos metros. Es tan fornido que su cuerpo colapsa la luz emergente del desván, sumiendo la escalera en penumbra.
Cuando quiero darle alcance, ya se ha tumbado en mi cama y resopla complacido.
—¡Qué buenos ratos pasaremos aquí, pelirroja!
—Que te lo has creído, gua… Yinn. Anda, baja, pediremos una pizza.
Yinn salta de la cama con la misma expresión que un niño el día de Navidad, embargado por un impaciente entusiasmo.
—¿Tengo que concederte yo esa… pizza?
—No, tranquilo, esa ya se la pido yo al genio de las motos.
—¿Genio de… las motos? ¿Te burlas de mí?
—Puede.
Sonrío con fingida candidez y giro con el aplomo de un general guiando a sus tropas.
«¡Empate, gigante engreído!», pienso con una sonrisa sobreseída pendiendo en los labios.