Capítulo 44
—Explícame otra vez por qué hacemos esto —susurró Rose.
—Porque, normalmente, cuando dos personas deciden casarse lo tradicional es que sus padres se conozcan —le explicó Simon también susurrando—. Todo saldrá bien —aseguró—. Mis padres te adoran, y estoy convencido de que tu padre les gustará, y en cuanto a Sydelle… ¿qué es lo peor que podría pasar?
En la cocina, la madre de Simon, Elizabeth, miraba el libro de cocina con las cejas fruncidas. Era una mujer baja y rechoncha, de pelo rubio platino y la piel tan blanca como su hijo. Vestida con una falda larga de estampado floreado, una blusa blanca arrugada y un delantal amarillo cuyos amplios bolsillos destacaban con sus rosas de tela, en cierto modo se parecía a una Tammy Faye Bakker (la ex mujer del televisivo evangelista Jim Bakker), aunque judía, de andar por casa y sin las pestañas. Sin embargo, en ese caso, su aspecto engañaba. Enseñaba filosofía en Bryn Mawr con las mismas faldas floreadas y chaquetas de cachemir que llevaba en casa. Era dulce, divertida y de trato fácil… pero, desde luego, no había sido de ella de quien Simon hubiera heredado su talento culinario ni su apreciación de la comida.
—Chalotas —murmuró—. No creo que tenga. De hecho —comentó con una sonrisa mientras su hijo entraba y le daba un beso en la mejilla—, me parece que no sé ni qué es.
—Es una especie de cruce entre una cebolla y un diente de ajo —explicó Simon—. ¿Por qué? ¿Te ha salido en el crucigrama?
—Simon, estoy cocinando —repuso ella con firmeza—. Sé cocinar, ¿sabes? —añadió en tono ligeramente ofendido—. Cuando cocino, soy una excelente cocinera. Lo que pasa es que no suelo hacerlo.
—¿Y has decidido intentarlo esta noche?
—Es lo mínimo que puedo hacer para darle la bienvenida a la familia de Rose —declaró sonriendo a Rose, que le devolvió la sonrisa y se relajó, apoyándose en una encimera; mientras tanto, Simon olisqueaba el aire con suspicacia.
—¿Qué estás preparando?
Su madre ladeó el libro de cocina para que él pudiera leer.
—Pollo asado relleno con albaricoques acompañado de arroz silvestre —leyó Simon, visiblemente impresionado—. ¿Te has acordado de limpiar los pollos?
—Son de la tienda ecológica —contestó ella—. Seguro que estaban bien.
—Sí, pero ¿les has quitado las vísceras? ¿El cuello, el hígado y todo eso? ¿Lo que llevan en el interior envuelto en plástico?
Ahora fue Rose la que olisqueó, también… y notó que la cocina olía intensamente a plástico quemado. La señora Stein parecía preocupada.
—Ya decía yo que había mucha cosa ahí dentro cuando he puesto el relleno —declaró mientras se inclinaba para abrir el horno.
—No te preocupes —la tranquilizó Simon, que extrajo con habilidad la cazuela humeante de pollo visiblemente crudo.
—Se está quemando un paño de cocina —observó el padre de Simon, que entró con precipitación en la cocina.
—¿Qué? —inquirió Simon, cuya atención estaba embargada por el pollo. Alto y delgado, con mechones pelirrojos como Simon, el señor Stein se tragó con calma el queso y las galletas saladas que tenía en la boca y señaló el trapo que había encima de la cocina y que, ciertamente, ardía.
—El paño —repitió—. Fuego. —Se acercó a los quemadores, tiró hábilmente el paño al fregadero, donde silbó y humeó, y le dio un abrazo a su mujer—. ¡Cariño, eres un desastre! —comentó cariñoso. Ella le dio una palmada, todavía concentrada en su libro de cocina.
—No se te ocurrirá comerte todo el queso y las galletas, ¿verdad?
—¡Qué va! —repuso el señor Stein—. Ahora he pasado a las almendras. —Se volvió a Rose, ofreciéndole el plato de queso y galletas saladas—. Un consejo —sugirió en voz baja y tono cómplice—, come hasta hincharte.
Rose le sonrió.
—Gracias —dijo.
La madre de Simon puso los ojos en blanco y se limpió las manos.
—Dime, tu… mmm… ¿Sydelle cocina bien?
—Normalmente le obliga a mi padre a hacer alguna que otra extraña dieta —explicó Rose—. Muchos carbohidratos, pocas grasas, muchas proteínas, dieta vegetariana…
—¡Oh! —exclamó Elizabeth, arqueando las cejas—. ¿Crees que podrán comer esto? Quizá debería haberte preguntado…
—Lo comerán sin problemas —contestó Rose, consciente de que en cuanto Sydelle llegase, la comida sería en lo último que pensaría.
Resulta que los Stein vivían en una casa grande, irregular y un tanto desordenada, ubicada en un terreno de casi una hectárea de enmarañada hierba verde, en una calle llena de viviendas más o menos igual de impresionantes. El señor Stein era un ingeniero que inventaba piezas de avión. Simon le había dicho que hacía muchos años había patentado dos, y de ahí venía gran parte de su fortuna. Ahora tenía casi setenta años, estaba semijubilado, y pasaba mucho tiempo en casa buscando sus gafas, el teléfono inalámbrico, el mando y las llaves del coche. Lo que, probablemente, fuera debido a que la señora Stein, al parecer, pasaba mucho tiempo en casa moviendo cosas de una pila de trastos a otra. Eso, atender el huerto cubierto de malas hierbas y leer el mismo tipo de novelas con heroínas protagonistas de violentas escenas de sexo que Rose siempre había leído en secreto; libros cuyos títulos estaban siempre formados por tres palabras. Her Forbidden Desire lo tenía normalmente encima del microondas, y Rose también había visto Passion's Tawny Flame boca abajo en el sofá del salón. Simon le había contado a Rose que en secundaria le dio a su madre un vale de regalo falso de un libro que no existía y que él había titulado Los pantys húmedos del amor. «Pero ¿estaba loca o qué?», Rose le había preguntado. Simon reflexionó. «Lo que creo es que más bien la decepcionó que el libro no existiera.»
Ahora Simon olisqueó de nuevo el aire con aspecto preocupado.
—Mamá, las nueces —comentó.
—No les pasa nada —afirmó Elizabeth con serenidad, sacando los panecillos del interior de una bolsa de papel y colocándolos en una cesta cubierta con una servilleta, uno de cuyos lados estaba abollado como si le hubiesen propinado una patada—. ¡Oh, Dios! —murmuró—. Está ladeada.
Esto, también, era típico. En lo que concernía a la mesa, los padres de Simon tendían a despreocuparse de las formas. A Rose no la sorprendió ver la mesa con un mantel de lino hecho a mano y platos mezclados. Contó tres platos de la vajilla buena de porcelana con ribete dorado y otros tres de su vajilla de diario, que compraron a piezas sueltas en Ikea. Para el agua había cuatro vasos y dos tazas grandes de café, y para el vino tres vasos de vino, dos copas de coñac y una de champán; y en cada plato una servilleta de papel diferente, en una de las cuales ponía «FELIZ ANIVERSARIO». Sydelle se moriría, decidió Rose y sonrió, porque todo lo encontraba estupendo.
Simon se acercó a ella por detrás con una jarra llena de agua con hielo y dos botellas de vino.
—¿Te puedo dar un consejo? —preguntó mientras le ofrecía un vaso—. Empieza a beber ya.
Apareció un coche por el camino de entrada. Rose distinguió el rostro de su padre, esa frente alta, que tan familiar le resultaba, y su calva, y a Sydelle sentada a su lado, resplandeciente con los labios pintados y perlas. Cogió a su prometido de la mano.
—Te quiero —le susurró.
Simon la miró extrañado.
—Lo sé.
Las puertas del coche se cerraron. Rose oyó saludos, educados «hola», y los tacones de Sydelle golpeteando el parqué rayado de los Stein. «Familia», dijo para sí. Tragó saliva, apretó la mano de Simon y anheló algo a lo que no podía ponerle nombre, anheló desenvoltura y tranquilidad, una broma oportuna y naturalidad, y el traje perfecto. En otras palabras, añoraba a Maggie. Ser Maggie por una noche, o al menos contar con los consejos de su hermana y su presencia. Esta era su familia, la antigua y la nueva, y Maggie debería estar allí.
Simon la miró con curiosidad.
—¿Estás bien?
Rose se sirvió medio vaso de vino tinto y se lo bebió apresuradamente.
—Sí —respondió y lo siguió hasta la cocina—, estoy bien.