Capítulo 17

Maggie Feller pasó la tarde del domingo en la fortaleza blanca de Sydelle, recopilando Información.

El teléfono irrumpió en su resaca, despertándola. «¡Rose, el teléfono!», se había quejado, sólo que Rose no contestaba. Y el monstruo de Sydelle siguió llamando hasta que, finalmente, Maggie descolgó y accedió a pasarse por ahí, y sacar las cosas de su habitación.

—Nos falta espacio —aseguró Sydelle.

«Eso no te lo crees ni tú —dijo Maggie para sí—. Tienes sitio de sobras.»

—¿Y dónde pretendes que lo meta todo? —preguntó Maggie en cambio.

Sydelle había suspirado. Era como si Maggie la estuviese viendo: sus finos labios apretados hasta adquirir el grosor de una hoja de papel, las aletas de la nariz infladas, mechones de su pelo recién teñido de color rubio ceniza que se movían tiesos mientras sacudía la cabeza.

—Pues puedes bajarlo al sótano —fue la respuesta de Sydelle, cuyo tono indicaba que esto había sido una concesión; algo semejante a si le hubiese dicho a su caprichosa hijastra que podía construir una montaña rusa en el jardín de casa.

—Eso es muy generoso por tu parte —comentó Maggie con sarcasmo—. Iré esta tarde.

—Estaremos en el taller de cocina macrobiótica —había dicho Sydelle. ¡Ni que Maggie lo hubiese preguntado! Se dio una ducha caliente, cogió sin permiso las llaves del coche de Rose y viajó a Nueva Jersey.

La casa estaba vacía, exceptuando al idiota de Chanel, el perro (al que Rose había apodado Piérdete), que para variar ladró como si ella fuese un ladrón, y luego intentó copular encaramado a su pierna. Maggie sacó al perro fuera y estuvo media hora trasladando cajas al sótano, con lo que le quedaba otra hora entera para Informarse.

Empezó con el escritorio de Sydelle, pero no encontró nada interesante: algunas facturas, un montón de papeles y sobres para cartas, una cartulina con fotos tamaño carné de Mi Marcia vestida de novia, y una foto enmarcada, veinte por veinticinco, de Jason y Alexander, los gemelos de Mi Marcia; de modo que se dirigió a un terreno de inspección más fructífero, el vestidor contiguo a la alcoba principal, que previamente ya le había proporcionado uno de sus trofeos estrella: un joyero de madera tallada. La caja había estado vacía, a excepción de un par de pendientes de aro, de oro, y una pulsera de estrechos eslabones de oro que cascabeleaban. ¿Serían de su madre? Tal vez, pensó Maggie. No podían ser de Sydelle, porque sabía dónde guardaba Sydelle sus cosas. Había considerado la idea de llevarse la pulsera, pero había decidido no hacerlo. Quizá su padre miraba esas cosas, y si no estaban, se daría cuenta, y a Maggie no le gustaba la imagen de su padre abriendo el joyero y encontrándoselo vacío.

Empezó por el primer estante. Había un montón de viejas devoluciones de impuestos atadas con una goma que cogió, ojeó y devolvió a su sitio. Los premios que ganó Mi Marcia cuando era animadora, los jerséis de Sydelle. Maggie se puso de puntillas, llegando a las filas de camisetas de verano de su padre y pasando las yemas de los dedos por la superficie del estante, hasta que éstas se detuvieron al tocar lo que parecía una caja de zapatos.

Maggie bajó la caja del estante; era rosa, estaba vieja y sus esquinas, peladas. Sacó el polvo de la tapa, sacó la caja del vestidor y se sentó en la cama. No era de Sydelle, porque Sydelle etiquetaba sus cajas de zapatos con una descripción de los zapatos que contenían (la mayoría de ellos carísimos y con punteras dolorosamente puntiagudas). Además, Sydelle tenía un 36 pequeño, y en esta caja, a juzgar por lo que decía la etiqueta, había habido unas zapatillas de ballet de Capezio, color rosa, del número 34, talla de niña. Era calzado infantil. Maggie abrió la caja.

Cartas. Estaba llena de cartas; había al menos dos docenas. En realidad, eran postales con sobres de colores, y la primera que sacó iba dirigida a ella, señorita Maggie Feller, a su antiguo piso, el apartamento de dos habitaciones donde habían vivido hasta que se trasladaron con su padre a casa de Sydelle. En el matasellos ponía 4 de agosto de 1980, por lo que había sido enviada justo alrededor de su octavo cumpleaños (que, si mal no recordaba, había sido un gran acontecimiento en la bolera del barrio, con pizza y helado posterior). Había un marbete en la esquina superior izquierda con las señas del remitente. Ponía que la postal era de alguien llamado Ella Hirsch.

Hirsch, pensó Maggie, notando cómo su pulso se aceleraba ante este posible misterio. Hirsch era el apellido de soltera de su madre.

Abrió el sobre por una esquina sin problemas; tras casi veinte años la goma se soltó con facilidad. Era una tarjeta de cumpleaños, una tarjeta para niños con un pastel de cumpleaños rosa recubierto con azúcar glas y velas amarillas en la parte de delante. «¡FELICIDADES!», ponía. Y, dentro, debajo de las palabras «¡QUE TENGAS UN FELIZ DÍA!», leyó: «Querida Maggie, espero que estés bien. Te echo mucho de menos y me encantaría tener noticias tuyas». A continuación había un número de teléfono y una firma: «Tu abuela», con las palabras Ella Hirsch escritas debajo entre paréntesis. Y un billete de diez dólares, que Maggie se metió en el bolsillo.

«¡Qué raro!», pensó Maggie, que se puso de pie y se asomó por la ventana del dormitorio para examinar la calle por si había algún rastro del coche de Sydelle. Maggie sabía que tenía una abuela; tenía vagos recuerdos de haber estado sentada en el regazo de alguien, oliendo a perfume de flores y notando una mejilla suave contra la suya propia mientras su madre le hacía una foto. Recordaba vagamente a esa misma mujer, su abuela, en el funeral por su madre. Lo que había pasado con la fotografía no era ningún misterio: después de irse a vivir con Sydelle, cualquier objeto que hiciera referencia a su madre había desaparecido. Pero ¿qué habría sido de la abuela? Recordaba que hacía años, en su primer cumpleaños en Nueva Jersey, le había preguntado a su padre: «¿Dónde está la abuela Ella? ¿Me ha mandado algún regalo?» El rostro de su padre se había ensombrecido. «Lo siento —se había lamentado, o al menos eso es lo que Maggie entendió que había dicho—. No ha podido venir.» Y después, al año siguiente, recordó que hizo la misma pregunta y obtuvo una respuesta diferente. «La abuela Ella está en un hogar.»

«Bueno, como nosotros», repuso Maggie, sin entender dónde estaba el problema.

Pero Rose sí que lo había entendido. «No está en este tipo de hogar —explicó mirando a su padre, que asintió con la cabeza—. Está en un hogar para ancianos.» Y ahí se había acabado todo. Pero, aun así, estuviese o no en un geriátrico, su abuela les había mandado estas postales; de modo que ¿por qué Maggie y Rose no las recibieron nunca?

Se preguntó si las postales serían todas iguales y eligió otra del montón; ésta era de 1982 e iba dirigida a la señorita Rose Feller. Le deseaba a Rose un feliz Januká y firmaba de la misma manera: «Te quiero, te echo de menos, espero que estés bien, con amor, tu abuela (Ella)». Y, de nuevo, un billete, ésta vez de veinte dólares, que se unieron a los diez del bolsillo de Maggie.

«Tu abuela. Ella», dijo Maggie para sí. ¿Qué había pasado? Su madre había fallecido y se había celebrado un funeral. Seguro que la abuela había estado allí. Después, al cabo de un mes de la muerte de su madre, se habían trasladado de Connecticut a Nueva Jersey, y por mucho que Maggie buscara en su memoria, no recordaba haberla vuelto a ver o a escuchar nunca más.

Todavía tenía los ojos cerrados cuando oyó que la verja del garaje se ponía en funcionamiento, seguido de unos portazos en el coche. Agregó la postal para Rose junto con el dinero que se había echado a su bolsillo y se puso de pie de un salto.

—¿Maggie? —gritó Sydelle, taconeando sobre el suelo de la cocina.

—Ya casi estoy —chilló Maggie. Volvió a poner la caja en el estante y bajó al piso de abajo, donde su padre y Sydelle descargaban bolsas de comida llenas de diversos brotes y semillas.

—Quédate a cenar —le ofreció su padre, dándole un beso en la mejilla mientras ella se enfundaba el abrigo—. Vamos a hacer… —Hizo una pausa y lanzó una mirada a una de las bolsas.

—Quinoa —intervino Sydelle, pronunciando la palabra con afectado acento latinoamericano.

—No, gracias —repuso Maggie, abrochándose despacio los botones y observando cómo su padre guardaba las provisiones. Costaba creer que antes hubiese sido guapo. Pero había visto fotos suyas de cuando era joven, antes de que sus entradas hubiesen llegado hasta el centro de la cabeza y su rostro se hubiese convertido en un montón de arrugas y resignación. Y, en algunas ocasiones, cuando estaba de espaldas o se movía de un modo determinado, reparaba en la forma de sus hombros y su cara, y veía a alguien que había sido lo bastante atractivo para que una mujer tan guapa como su madre lo quisiera. Quería preguntarle a su padre acerca de las postales, sólo que no delante de Sydelle, porque sabía que ésta se las arreglaría para, en vez de hablar de la misteriosa abuela, preguntarle, en primer lugar, qué hacía exactamente hurgando en su vestidor.

—¡Oye, papá! —empezó diciendo. Sydelle pasó como un rayo por su lado en dirección a la despensa con latas de la misma clase de sopa ultrasosa, sin conservantes ni colorantes, sin sal ni sabor que había encontrado en la cocina de Rose—. ¿Quieres comer conmigo algún día de esta semana?

—¡Pues claro! —respondió su padre en el mismo instante en que Sydelle preguntó:

—¿Qué tal va la búsqueda de empleo, Maggie?

—¡Fenomenal! —contestó ella enérgicamente. «Zorra», pensó.

Sydelle logró estirar los labios pintados de color coral y esbozar una falsa sonrisa de alegría.

—Me alegra oír eso —afirmó, y se puso de espaldas a Maggie antes de volver a la despensa—. Ya sabes que sólo queremos lo mejor para ti, Maggie, y que hemos estado preocupados…

Maggie cogió el bolso.

—Mmm… ¡Me tengo que ir! —anunció—. Tengo que hacer cosas y gente a la que ir a ver.

—¡Llámame! —le pidió su padre.

Maggie hizo un breve y distraído gesto con la mano y se subió al coche de Rose, donde extrajo la postal y el dinero del bolsillo, y los examinó para asegurarse de que seguían ahí, que no se lo había inventado, que significaban lo que creía que significaban. Su abuela. Rose sabría qué hacer al respecto. Sin embargo, cuando Maggie llegó a casa, Rose estaba haciendo las maletas.

—Me voy al despacho para acabar un informe. Volveré tarde, y mañana me voy a primera hora. Tengo un viaje de trabajo —anunció con su estilo mandón y engreído, yendo de un lado a otro con sus trajes de chaqueta y su ordenador portátil. Bueno, cuando Rose volviese a casa, pensarían juntas y resolverían el Misterio de la Abuela Perdida.