Capítulo 7
El lunes por la mañana Maggie bajó del autocar, se colgó la mochila de un hombro y se abrió paso resueltamente por Port Authority. Eran las nueve y media, y las audiciones habían empezado a las nueve; tendría que haber llegado antes, sólo que le había costado decidirse entre unas botas de piel de color tostado de Nine West (con tejanos pirata) o los Mary Janes de Stuart Weirzman (con falda tubo y medias de malla).
Dobló la esquina de la calle Cuarenta y dos, y se le cayó el alma a los pies. Debía de haber unas mil personas frente a las ventanas del estudio del canal MTV, sin dejar un solo centímetro libre en la acera, atestando la estrecha franja de hierba que había en medio de Broadway.
Maggie detuvo a una chica con sombrero de cowboy.
—¿Estás aquí para las audiciones?
La joven puso cara de decepción.
—Estaba. Pero sólo han cogido a los primeros tres mil y le han dicho al resto que se vaya a casa.
Maggie se desmoralizó aún más. Esto no iba bien. ¡No iba nada bien! Apretó el paso entre la multitud tanto como se lo permitieron sus tacones altos y, finalmente, localizó a una mujer de expresión aguileña con un walkie talkie y una chaqueta con el logo amarillo «MTV» en la espalda. «Tranquila», dijo Maggie para sí, y le dio una palmada a la mujer en el hombro.
—He venido para la audición —anunció.
La mujer cabeceó.
—Lo siento, cariño —dijo, sin levantar la mirada de su carpeta de miniclip—. Las puertas ya se han cerrado.
Maggie metió la mano en su mochila, cogió el frasco de Midol que había birlado y lo agitó delante de la mujer.
—Estoy enferma —declaró.
La mujer alzó la vista y arqueó las cejas. Maggie tapó la etiqueta con los dedos, pero no lo suficientemente rápido.
—¿Midol?
—Tengo calambres debilitantes —mintió Maggie—. Seguro que estarás familiarizada con lo que dice la ley sobre las personas con discapacidades.
Ahora la mujer la miraba con curiosidad.
—Nadie puede discriminarme sólo porque tenga el útero mal —añadió Maggie.
—¿Hablas en serio? —gruñó la mujer… Pero Maggie percibió que estaba más distraída que enfadada.
—Mira, sólo quiero una oportunidad —suplicó—. ¡He venido desde Filadelfia!
—Aquí hay gente que ha venido desde Idaho.
Poniendo los ojos en blanco, Maggie exclamó:
—¡Idaho! Pero ¿tienen televisión ahí? Mira —prosiguió—, me he preparado mucho para venir aquí.
La mujer enarcó las cejas.
—Tal vez te interese saber —siguió hablando Maggie— que me he depilado una parte muy íntima de mi anatomía con el logo de MTV.
Durante unos segundos que se hicieron eternos, Maggie creyó que la mujer iba realmente a pedirle que lo quería ver. No obstante, se rió, garabateó algo en su carpeta de miniclip y le indicó a Maggie:
—Me llamo Robin. Sígueme.
Cuando la mujer se volvió, Maggie dio brincos de alegría, taconeó y soltó un grito de felicidad. ¡Lo había conseguido! Bueno, había conseguido una parte, pensó, corriendo detrás de Robin. Ahora era sólo cuestión de meterse al jurado en el bolsillo.
En el interior, los pasillos aún estaban más repletos que las aceras. Había chicos con trencitas y vistosos pañuelos estampados, y tejanos largos hasta el suelo que hablaban entre sí en voz baja, chicas espectaculares con minifaldas y tops minúsculos, que se emperifollaban frente a sus espejos de mano. Maggie dedujo enseguida que la mayoría de ellas acababa de rebasar la veintena, y cuando rellenó el cuestionario que Robin le había dado se quitó cinco años.
—¿De dónde eres? —le preguntó la chica que tenía delante, una chica alta y delgada que iba vestida como Ginger Spice.
—De Filadelfia —respondió Maggie, pensando que no pasaría nada por ser amable—. Me llamo Maggie.
—Y yo Kristy. ¿Estás nerviosa? —quiso saber la chica.
Maggie firmó el cuestionario con afectación.
—No mucho. Ni siquiera sé lo que querrán que hagamos.
—Hablar delante de una cámara durante treinta segundos —repuso Kristy, y suspiró—. ¡Ojalá tuviéramos que hacer otra cosa! Llevo bailando desde los cuatro años. He hecho zapateado y jazz, sé cantar, me he aprendido un monólogo de memoria…
Maggie tragó con dificultad. Ella también había ido a clases de baile —durante doce años—, pero no había estudiado interpretación, y lo único que se había aprendido para la ocasión era la dirección de Rose para que MTV supiera adonde enviar las flores cuando hubiese ganado. Kristy se pasó la mano por el pelo.
—No sé qué hacer —susurró, recogiéndose el pelo encima de la cabeza y luego dejando que cayera de nuevo sobre sus hombros—. ¿Me lo recojo o me lo dejo suelto?
Maggie examinó a Kristy.
—¿Qué tal una trenza? Toma —le dijo y rebuscó en su mochila su cepillo, su laca, unas horquillas y unas gomas de pelo. La cola avanzó un poco. Para cuando le llegó el turno a Maggie, ya habían pasado tres horas y había peinado a Kristy, le había retocado el maquillaje, le había puesto purpurina dorada en los ojos a una chica de dieciocho años llamada Kara, y le había prestado a Latisha, que iba detrás de ella en la cola, las botas de Nine West de Rose.
—¡El siguiente! —gritó el tipo de aspecto aburrido que había tras la cámara.
Maggie respiró hondo, no estaba nerviosa, no sintió más que una seguridad absoluta, una tremenda alegría al entrar en el diminuto cubículo de alfombra azul debajo del círculo de luz candente. Detrás del cámara, Robin sonrió y levantó el pulgar hacia arriba.
—Dinos cómo te llamas, por favor —pidió ella.
Maggie sonrió.
—Maggie May Feller —respondió con voz grave y clara. ¡Dios! Podía verse en el monitor que había encima de su cabeza. Echó una mirada fugaz, ¡y ahí estaba! ¡En la tele! ¡Estaba magnífica!
—¿Maggie May? —inquirió Robin.
—Mi madre me puso el nombre por la canción —explicó Maggie—. Supongo que siempre supo que mi destino era el estrellato musical.
Robin repasó el cuestionario de Maggie.
—Aquí pone que has trabajado de camarera.
—Así es —afirmó Maggie, lamiéndose los labios—. Y creo que eso me ha dado la experiencia necesaria para trabajar con estrellas del rock.
—¿A qué te refieres? —le preguntó Robin.
—Bueno, cuando te has manejado con miembros de una misma organización de estudiantes que se pelean por cosas absurdas ya puedes con todo —aseguró Maggie—. Y, como camarera, ves a toda clase de gente. A chicas que están a régimen y tienen alergias de todo tipo. —Alzó la voz hasta hablar como una irritable soprano—. «¿Esto lleva cacahuetes?» Y no pasa nada, pero es que lo preguntan siempre. Incluso cuando piden té helado. Te encuentras con exigentes vegetarianos ovolácteos, con vegetarianos, con los que hacen la dieta de la Zona, con diabéticos, macrobióticos, diabéticos que siguen la dieta de la Zona para macrobióticos que tienen la presión alta y no pueden tomar sal… —Ahora hablaba deprisa, yéndose por las ramas, ignoró los focos, se olvidó del concurso, incluso se olvidó de Robin y del chico con gorra de béisbol. Sólo estaban ella y la cámara, como siempre había estado escrito—. Después de haberle tenido que tirar un café con hielo a un chico en los pantalones, porque intentaba meterme la propina dentro del escote, no sé, es imposible que te entre el tembleque por estar con Kid Rock.
—¿Qué tipo de música te gusta? —le preguntó Robin.
—Me gusta todo —respondió Maggie. Se pasó la lengua por los labios y se sacudió el pelo—. Mi ídolo es Madonna, excepto con todo eso del yoga. Eso me espanta. Además, yo también canto, en un grupo llamado Whiskered Biscuit…
El chico de la cámara empezó a reírse.
—¿Por casualidad no conoceréis nuestra canción «Chúpame la piel rosa», el single que dentro de poco será un hit? —les preguntó Maggie.
—¿Podrías cantarnos un trozo? —le preguntó el cámara.
Maggie sonrió. Esto era, al fin, lo que había estado esperando. Extrajo el cepillo de la mochila, que usó a modo de micrófono, se sacudió el pelo y aulló: «¡Chúpame la piel rosa! ¡Sírvete una copa! No me cuentes tus problemas, ¿qué soy, tu jodido loquero?» Se preguntó momentáneamente si era apropiado decir «jodido» en la tele, pero concluyó que el daño ya estaba hecho.
—¿Hay algo más que deberíamos saber de ti, Maggie? —quiso saber Robin.
—Solamente que no me importaría aparecer en prime time —explicó Maggie—. Y si Carson Daly vuelve a estar soltero algún día, ya sabéis cómo localizarme. —Le lanzó un beso a la cámara y sacó la lengua en un gesto burlón para mostrar su piercing.
—¡Así se hace! —le susurró Kristy. Latisha aplaudió y Kara señaló con el pulgar hacia arriba; Robin emergió del cubículo, se acercó a la cola, le dio un golpecito a Maggie en el hombro, sonrió abiertamente y la arrastró por el pasillo hasta donde había un grupo de otras doce personas esperando.
—¡Enhorabuena! —exclamó—. Pasas a la semifinal.
—¿Dónde dices que estás? —le preguntó Rose.
—¡En Nueva York! —gritó Maggie por el móvil—. El canal MTV ha convocado unas audiciones para un videoclip, ¡y adivina quién ha pasado a la semifinal!
Al otro lado de la línea hubo silencio.
—¿No me dijiste que tenías una entrevista de trabajo? —inquirió entonces Rose.
Maggie se ruborizó.
—¿Y qué te crees que es esto?
—Una carrera de patos salvajes —contestó Rose.
—¡Dios mío! ¡Podrías alegrarte por mí al menos! —La chica que estaba a su lado, un marimacho de 1,83 m de estatura enfundada en un peto de cuero, la miró frunciendo las cejas. Maggie le devolvió la mirada y se fue a una esquina de la sala de espera.
—Me alegraré cuando trabajes.
—¡Pero si voy a trabajar!
—Ya, ¿estás segura de que MTV te va a contratar? ¿Cuánto te pagarán?
—Mucho —repuso Maggie, malhumorada. La verdad era que no sabía con certeza cuánto se cobraba por ese trabajo… pero tenía que ser un montón. Aquello era la tele, ¿no?—. Más que a ti. ¿Sabes lo que creo? Que estás celosa.
Rose suspiró.
—No estoy celosa. Sólo quiero que te olvides de esta absurda historia de la fama y que busques un trabajo en lugar de malgastar tu dinero en Nueva York.
—¿Para ser como tú? —añadió Maggie—. No, gracias. —Metió el teléfono en el bolso y clavó furiosamente la vista en el suelo. ¡Joder con Rose! En buena hora se le había ocurrido pensar que su hermana se alegraría por ella o que le impresionaría oír cómo había logrado colarse en las audiciones y meterse a todos en el bolsillo. Muy bien, dijo para sí, buscando el pintalabios en el bolso, ¡pues su mierda de hermanita mayor se iba a enterar! Bordaría la audición, conseguiría el trabajo, y la próxima vez que Rose la viera, sería en la pequeña pantalla, en la mismísima tele y el doble de guapa.
—¿Maggie Feller?
Maggie respiró hondo, se dio un último retoque con la barra de labios y se dispuso de nuevo a alcanzar su sueño. Esta vez la condujeron a una habitación más grande, donde había tres deslumbrantes focos colgados de un armazón de acero inoxidable iluminándola directamente. Robin levantó la vista de su carpeta y sonrió a Maggie, señalando un monitor.
—¿Has leído alguna vez de un teleprompter? —le preguntó Robin.
Maggie sacudió la cabeza.
—Verás, es muy fácil —dijo, y le hizo una demostración. Anduvo hasta una cinta adhesiva que había en el suelo y se puso de cara a la pantalla—. ¡Y a continuación… —leyó con entusiasmo en voz alta—, tenemos el prometedor nuevo debut de las Spice Girls! Y no se les ocurra cambiar de canal, ¡porque dentro de una hora podrán ver a Britney Spears!
Maggie se quedó inmóvil mirando fijamente el monitor. Las palabras se deslizaron por la pantalla y luego rebobinaron y volvieron a subir con tal rapidez que Maggie se mareó al instante. Sabía leer. Leía sin problemas. Pero no tan deprisa como otras personas. ¡Y no con las palabras bailando de esta forma!
Se dio cuenta de que Robin la miraba.
—¿Va todo bien?
—¡Oh, sí! —exclamó Maggie. Se acercó a la cinta adhesiva con las piernas temblando. «Y a continuación», dijo en voz baja. Se sacudió el pelo y se lamió los labios. Los focos la iluminaron, le quemaban con la crueldad del fuego. Notó que el cuero cabelludo le sudaba.
—¡Cuando quieras! —exclamó el cámara.
—¡Y a continuación! —dijo Maggie con una seguridad que no sentía. Las palabras empezaron a rodar por la pantalla—. Tenemos… —Clavó la vista en el monitor. Las palabras volvían a escurrirse—. ¡El vídeo debut de las Spice Girls! Y… —¡Oh, mierda! «Debü», susurró—. ¡Debü! —exclamó en voz alta, y se preguntó quizá por enésima vez en su vida por qué las palabras no se escribían como se pronunciaban. El cámara se reía, aunque sin delicadeza. Maggie escudriñó la pantalla, rezando con todas sus fuerzas, «por favor, sólo déjame leer bien esto». Una be. Algo con be y con i griega. Pero ¿qué? ¿Boyz II Men?, conjeturó—. Sí, ¡Motown Philly ha vuelto! Y…
El cámara la miraba fijamente con curiosidad. Robin también.
—¿Estás bien? —le preguntó—. ¿Ves bien la pantalla? ¿Quieres volverlo a intentar?
—¡Y a continuación…! —repitió Maggie gritando demasiado. «Por favor, Señor —rezó con ahínco—. Nunca te pediré nada más, sólo deja que pueda leer esto.» Clavó los ojos en la pantalla, esforzándose al máximo, pero las bes se convertían en des y las enes se ponían boca arriba—. Tenemos un montón de buena música, justo después del anuncio que viene ahora… —Y ahora las palabras se habían desintegrado, eran incomprensibles jeroglíficos, y Robin y el cámara la estaban mirando con una expresión que pudo leer perfectamente: «Lo sentimos».
—¡Y a continuación, tenemos la misma mierda que vieron ayer! —Maggie gruñó mientras se volvía (la miserable de Rose se había salido con la suya) y andaba con torpeza hacia la puerta, cubriéndose los ojos. Corrió por la sala de espera, casi chocando contra miss peto, y llegó a empujones hasta el vestíbulo, pero no antes de escuchar por última vez la voz de Robin, diciendo:
—¡El siguiente! ¡Deprisa, chicos, que aún quedáis muchos por entrar!