10
DESIERTO de Nubia.
Después de una semana allí, Virginia había participado en el primer gran descubrimiento. Como cabía esperar, la excavación mayor, la dirigida por el profesor, había alcanzado suelo firme. Norah Beck había posicionado aquella localización sobre el vestíbulo, posiblemente demasiado cerca del patio. Pero al menos era algo. A partir de ese momento podían trasladar el área, o ampliarla según necesidad. La idea de Bellver era pasar parte de dos equipos a una nueva excavación donde, según los planos, debía de hallarse una de las capillas laterales.
Así que, tras la cena, los cinco miembros del equipo prolongaron la sobremesa brindando con alcohol por el hallazgo. Dante Bellver se encontraba cómodo, cada vez más, y el optimismo rezumaba por cada poro de su piel.
Más tarde, cuando todos se hubieron retirado a sus dormitorios, Virginia y él encontraron un rato de intimidad. Salieron a pasear por el patio interior que formaban las casetas del campamento, bajo la noche estrellada del desierto, y siguieron compartiendo una botella de whisky.
—¿Qué es la Piedra de Ilbet? —preguntó ella.
—Supuestamente, un resto de meteorito que impactó en la tierra hace millones de años. Se llaman "betilos"; una derivación del hebreo Beth-el, que significa algo así como "la casa de Dios".
—¿Y Fitch ha organizado todo esto por un trozo de meteorito?
Él la miró, y sonrió.
—Es algo más que un simple resto del espacio. Los betilos son considerados piedras sagradas en muchas culturas.
—Y en este templo había una. Perfecto. Pero, ¿qué tiene de valioso?
—Éste, en concreto, parece que poseía ciertos... poderes —comentó el profesor con la mirada perdida.
Virginia suspiró notablemente, y luego añadió:
—Dante, me preocupas seriamente. Siempre has sido un hombre de ciencia. Un empirista. Y ahora te crees a pies juntillas los cuentos de un tipo del que ni siquiera te fías... ¿Acaso has visto ese... Libro de Qustul?
—No.
—¿Y el medallón que robó del templo?
Bellver negó con la cabeza y dio un trago de la botella.
—Entonces... ¿por qué crees que esa historia es real? ¿Sólo porque ha invertido una pasta en estas excavaciones?
—No. Le creo porque en estos años me he dado cuenta de una gran verdad que siempre había pasado por alto. Y esa verdad es que sólo vemos lo que conocemos. Creemos en la Historia porque es cabal, coherente con nuestra forma de entender el mundo en el que vivimos. Sin embargo, rechazamos la Leyenda porque incluye factores que la ciencia no aprueba. Sólo aceptamos lo que es demostrable, nada más. Pero estamos equivocados, Virginia. Yo he visto cosas que se escapan a la razón... —Se detuvo en medio del patio y tomó aire antes de concluir—: Por eso te he llamado.
Ella se quedó callada, observando a su viejo amigo defenderse de sus presuntas senilidades. Luego él la encaró, mirándola fijamente a los ojos como cuando era cría y pretendía captar toda su atención, y concluyó:
—Puede que lo que haya bajo este desierto cambie nuestra manera de ver el Mundo. Y mi mayor deseo es compartirlo contigo.
Llevó su mano a la mejilla de su ahijada y le regaló una caricia. Gesto que ella le devolvió con un contundente abrazo.
—Está bien —aceptó Virginia susurrándolo en su oído—. Me has convencido a medias. Confiaré en ti como lo he hecho siempre, y si cuando bajemos no hay nada de lo que crees que vas a encontrar, te meteré una buena patada en ese trasero arrugado y caerás de cabeza en un geriátrico.
Ambos rompieron a reír en el silencio de la noche para terminar sellando su confianza con un trago compartido.
—Quizá sea el momento de que me cuentes de dónde surge la leyenda, ¿no crees? —propuso ella echando a andar nuevamente.
—¿Te interesan las leyendas? Creí que lo tuyo era el empirismo.
—Vamos, viejo carcamal. No te hagas de rogar.
—Está bien, está bien. Cualquier cosa antes de que sigas pensando que estoy perdiendo la cabeza... Todo gira en torno a dos personajes cuya relevancia histórica quedó escondida en papiros perdidos, quemados o, simplemente, olvidados. Uno de ellos es el supuesto creador del templo: el sacerdote Snefer. Durante más de dos siglos, una decena de investigadores se han interesado por esta figura. Fue descubierto por primera vez a principios del diecinueve, en unos papiros rescatados en las excavaciones de la ciudad de Menfis. Hablaban de un valle próximo a Qustul donde en tiempos se ubicó una aldea liderada por un persa, de nombre Mâlik, que había sido decisiva para frenar la expansión del rey Cambises por Nubia y, tiempo después, para preservar la paz en Egipto. En aquellos papiros figuraba el nombre de Snefer y su templo, construido sobre esas tierras. No suponían más que un pequeño fragmento de algo mucho mayor, pero despertó la curiosidad del arqueólogo del que ya te hablé, Baptiste Venard, a finales del mismo siglo. Aquel descubrimiento lo llevó a desenterrar unas tumbas en esa zona de Qustul, donde hallaría el misterioso libro. —Se encaminó hacia la salida del campamento, bebiendo de cuando en cuando de la botella que sujetaba por el cuello—. Sin embargo, la versión de ese libro contrasta con la creencia popular. Posiblemente hubiera mucho más de inventiva y ficción en sus páginas que de realidad, pero tuvo algún seguidor que llegó a contemplarlo como un botín de gran valía. En fin, no quiero aburrirte.
Salieron del campamento y las oscuras dunas se extendieron ante ellos bajo la luz blanquecina. En la distancia, los perfiles abruptos de las excavaciones se recortaban por encima del ondulado terreno.
—El caso es que, según los papiros, el sacerdote Snefer fue un soldado egipcio, valeroso, que siendo joven había tomado el mando de un ejército al servicio del faraón Apries. Y se cuenta que tras una misión en Nubia, de regreso a Menfis, parte de su grupo desapareció, incluyéndolo a él. Se esfumaron como tragados por la tierra, una noche, mientras el resto dormía. Lo curioso es que el personaje reapareció un año después en el palacio de Apries, y dicen que abandonó el ejército y que se retiró aquí, precisamente, donde levantó el templo y acogió a aquellos que le ayudaron a construirlo, creando así una aldea en torno al edificio.
—¿Y dónde estuvo durante aquel año?
—Te recuerdo que los papiros estaban incompletos, querida. El caso es que el tiempo pasó, a Apries le sucedió el faraón Amasis, que también había pertenecido al ejército y al que le unía una estrecha amistad con Snefer, y decidió tenerlo por consejero. Curiosamente, a medida que el mundo evolucionaba, y el faraón y descendientes con él, Snefer lo hacía de modo más lento. Tal fue el caso que a la muerte de Amasis, su hijo Psamético heredó el trono y la leyenda narra que vino al templo a pedir ayuda al sacerdote ante la inminente invasión de los persas, y que éste aún no era anciano.
—Pero eso ya forma parte de la leyenda... —opinó Virginia.
Bellver sonrió de nuevo. A veces se tambaleaba ligeramente a causa de los efectos que el alcohol causaba en él, pero nada que fuera exagerado, a excepción de su excesiva verborrea.
—Se dice que Snefer poseía grandes poderes, y que sus enemigos lo temían. En cuanto a su adversario, cualquier libro de historia te hablará de él, aunque quizá no desde la misma perspectiva del Libro de Qustul. El mago Gaumata. Era la mano derecha del rey de Persia. ¿Sabes algo de Cambises?
Virginia negó con la cabeza.
—Era un rey tirano, que se ganó a pulso el odio de sus súbditos y el de los egipcios tras ser conquistados. Cuentan historias brutales y despiadadas sobre aquel rey, como que mandó matar en secreto a su hermano antes de partir hacia Egipto para que éste no le arrebatara el trono en su ausencia. También dicen que una vez, a su regreso de una campaña nada exitosa, hirió al toro Apis al que adoraban los egipcios como un dios, mofándose así de él y faltando al respeto a todos sus fieles.
—¿Es importante la historia de ese rey? —trató de centrar en el hilo de la conversación al profesor.
—¡Oh! En parte sí. La Historia cuenta que Cambises murió de regreso a Persia, donde un usurpador le había arrebatado el trono fingiendo ser su difunto hermano. Esta versión se ajusta a la que cuenta la leyenda, sólo que en ésta se especifica la identidad de tal usurpador. ¿Adivinas de quién se trataba?
—Del mago —adivinó, más lúcida, Virginia.
Bellver levantó la botella y dio otro trago.
—El mago. Premio para la señorita. Pues bien, la versión oficial cuenta que el rey Cambises enloqueció y que los dioses lo castigaron por haber herido al toro Apis, causándose a sí mismo una herida mortal semejante a la que él propinara al toro. Pero según el Libro de Qustul, lo que ocurrió fue que Gaumata retiró la protección que mantenía sobre su rey para que éste muriera antes de llegar a Persia.
—Tiene sentido... —opinó con retintín.
El profesor la miró y se detuvo.
—Has dicho que confiarías en mí hasta descubrir lo que hay en ese templo... —la amonestó.
—Y lo hago. Simplemente digo que tiene sentido según la versión del libro. Si el mago le había usurpado el trono, es lógico que pretendiera su muerte.
El profesor exhaló un "¡Ay, Dios mío, dame paciencia!", abriendo los brazos hacia el desierto antes de seguir hablando.
—Déjame continuar, ¿quieres? Usurparle el trono al rey del Imperio persa no era un acto benévolo para librar al pueblo de su tiranía. Gaumata era un ser despreciable, incluso peor que Cambises, cuyo fin último era poner todo el mundo bajo sus pies. Y para ello ideó dejar de ser un simple mortal y convertirse en un ser omnipotente. En un genio.
Virginia resopló. Aunque se esforzaba, nada de aquello cabía en su limitada fantasía.
—He leído Aladino —comentó con sarcasmo.
—Siempre has sido mi alumna más aventajada. Te adoro.
Bellver la miró en silencio, con los ojos desorbitados. En realidad, la imagen de Virginia se movía más de lo necesario, y también lo que la rodeaba. Pero el profesor hizo un esfuerzo por centrarla en su ángulo de visión y una fugaz idea le recomendó que dejara de beber.
Virginia se acercó a él y lo sujetó del brazo.
—Será mejor que vayamos a dormir.
—Gracias, querida —susurró él y lanzó un largo suspiro—... Gracias por haber estado siempre a mi lado.
Ella le miró, le arrebató la botella y dio un trago antes de emprender el regreso a las tiendas. Y fue en ese momento de intimidad compartida en el que Virginia Solves cayó en la cuenta de algo que había estado rondando inconscientemente por su cabeza desde el primer día en que se había reencontrado con su viejo amigo: Treinta años atrás, la esposa del profesor había fallecido tras una complicada enfermedad. Todos habían hecho lo posible por salvarla, pero su destino parecía estar escrito. Sin embargo, Bellver asumió un sentimiento de culpa sobre aquella muerte del que no fue fácil liberarlo. Durante el tiempo en que se estuvo martirizando, su actitud fue semejante a la que ahora mostraba; se amparaba en la bebida y siempre parecía tener alzada una muralla entre sus sentimientos y el mundo exterior. Unos años después, superada la crisis —aunque no vencida—, confesó que si bien había sido consciente de no ser todopoderoso para haber salvado a su mujer, sí pudo haberla ayudado más de lo que lo hizo en lugar de volcarse como solía en su trabajo. Se sentía un egoísta irresponsable, y por ello se había condenado.
El profesor no se había vuelto a casar; ni había dejado entrar a ninguna otra mujer en su vida. Y parecía haberse recuperado definitivamente tras abandonar la docencia y embarcarse en su aventura privada. Incluso había dejado el alcohol tras pedir voluntariamente ayuda profesional. Pero ahora, sin duda, volvía a mostrar aquella actitud. La misma, exactamente, que delataba su curioso sentimiento de responsabilidad sobre otras personas.
Y la pregunta que se hizo ella fue: ¿sobre quién?
Pero, en el fondo, aquello no era más que una intuición femenina. Y sabía que el profesor lo negaría si fuese interrogado, amparándose en el exceso de trabajo o en cualquier otra excusa. Así que no merecía la pena intentarlo.
—No tienes que darme las gracias. —Lanzó la botella lo más lejos que pudo y comenzaron a caminar—. Dime una cosa...
—¿El qué?
—¿Cómo acaba el cuento?
—El mago se transformó en Genio. Pero gracias al sacerdote Snefer, a un soldado persa llamado Mâlik y a una guerrera de nombre Raal, lograron vencerlo y reinstaurar el orden en el Imperio —concluyó con tono victorioso.
—¿Vencerlo? ¿Cómo? ¿Con una lámpara maravillosa?
Bellver miró hacia el cielo estrellado, sin detenerse, y eructó.
—Encerrándolo en el Medallón de oricalco...