XLVII
Que había terminado con él para siempre fue la impresión más viva que sacó Hyacinth de su visita a Madeira Crescent. Se fue a casa y se tumbó en la cama, donde el sueño bajó una vez más a consolarle. Pero despertó al amanecer, y el comienzo de un nuevo día sirvió para reavivar su dolor. Se sentía vencido, indeciso, agotado. Recordaba cosas que le había dicho Sholto, y la compasión que madame Grandoni había mostrado por él desde el principio. En Paul Muniment sólo pensaba para preguntarse si lo sabría. Un tremendo deseo de hacerle justicia, por el hecho mismo de verse tentado a hacerle menos de la que merecía, le impedía afrontar a su amigo, aunque sólo fuera con la imaginación. Pensaba vagamente si le llegaría el día de verse sustituido; pero esa posibilidad se desvanecía ante una luz mucho más fuerte, la visión cegadora de algún gran papel de tribuno, que pasaba ante él de vez en cuando y que emborronaba hasta la imagen misma de la princesa. Cuando amaneció del todo se levantó, y la luz de la mañana le trajo, junto con una inquietud que le impedía quedarse en la habitación, el principio de una pregunta que había quedado sin respuesta: «¿Después de todo, después de todo…?», una pregunta que la princesa había dejado allí la noche anterior al hablar con tanta valentía en nombre de la Revolución. «Después de todo, después de todo, puesto que no se intentaba nada ni parecía que fuera a intentarse…». Tenía la sensación de que su espíritu, decidido según creía, iba a volver a derrumbarse; pero a su vez esa sensación se transformaba en un estremecimiento que ya le era familiar, el horror de que en su persona reaparecieran otra vez en público las empapadas manos de su madre. Ese odio a la idea de que pudiera producirse una repetición no había sido muy fuerte, aunque pareciera extraño, hasta el momento de sentir el peso de la mano en su hombro; en todas sus meditaciones anteriores la repugnancia creciente a actuar para el «partido de acción» no provenía del miedo a una deshonra personal, sino de una observación cada vez más anhelante. Pero la idea de una deshonra personal le hacía sufrir muchísimo; parecía ser suficiente para hacer imposible el trabajo. Pasaba ante él, o más bien permanecía, como un golpe dado otra vez a su madre, ya terriblemente desfigurada; permitir que pasara otra vez a primer plano en la vida de su hijo era en cierta manera volver a poner ante los ojos del mundo su deshonra olvidada. La idea que más se repetía en su mente era que tenía tiempo, tenía tiempo; y se sentía agradecido, veía un detalle de delicadeza y de piedad en que le dejaran un margen, que no le condenaran a verse acuciado por el tiempo. Tenía otro día, dos días, podía tomarse tres, hasta podía tomarse varios días. Sabía que iba a estar cansadísimo de ellos antes de que pasaran, pero podía hacer que pasaran en cuanto quisieran.
Volvió a salir a las calles, a las plazas, a los parques, empujado por un inútil deseo de sumergirse otra vez en la ciudad grande e indiferente, que tan bien conocía y a la que amaba tanto, y que guardaba tantas de sus sonrisas, sus lágrimas y confidencias. El día era gris y húmedo, pero no llovía, y Londres nunca le había parecido llevar con tanto orgullo y tan públicamente el sello de su historia imperial. Pasó despacio una y otra vez por el puente de Westminster, y se paró a contemplar las grandes barcazas que navegaban por el río, grande y turbio; miró el enorme palacio que se alzaba allí como una fortaleza del orden social y que él, nuevo David, estaba encargado de atacar con piedra y honda. Por último se dirigió a Saint James Park, anduvo vagando por él, y acabó sentándose. Contempló los cisnes, casi fascinado, y la calle principal que lo comunica con Pimlico. Se paró y volvió otra vez para atrás; luego, sin dejar la calle, desanduvo lo andado para dirigirse al oeste. Miró los escaparates de las tiendas, sobre todo las grandes vidrieras del establecimiento en que a esa hora del día Millicent Henning desempeñaba sus importantes funciones. Su imagen se le había aparecido al salir, y la llevaba siempre delante, se aferraba a él, se negaba a dejarle. La verdad es que tampoco se esforzaba en apartarla; él también se aferraba a ella, y sentía que le murmuraba cosas extrañas al oído. Le había proporcionado tanta alegría el domingo; era una naturaleza tan fuerte y tan simple, tenía un pecho generoso, y estaba absolutamente libre de todos los engaños de la civilización. Todo lo que siempre le había gustado de ella se le presentaba envuelto en una mayor delicadeza, y hubo un momento, mientras estaba parado en el puente que se tiende sobre el lago del parque, absorto aparentemente en contemplar las cabriolas que hacía un pollino en una barcaza, en el que se preguntó si, en el fondo, no había sido ella la que le había gustado más. Intentaba creer que había sido así, quería creer que había sido así, y le parecía ver los ojos que pondría ella si le jurara que así había sido. Algo de eso había pasado ya entre ellos el domingo, pero todo lo que vino después se lo había llevado por delante. Pero el sabor del contento vago y sencillo que le había proporcionado el domingo revivía otra vez, y se preguntaba si podría volver a probarlo de nuevo y de una forma más profunda. Después de haber pensado que ya no podía desear nada, se encontraba con que deseaba creer que Millicent podía hacer algo por él. ¿No podría ayudarle, no podría hasta sacarle del apuro? Estaba mirando un escaparate —no el de la tienda de ella— cuando se le presentó la imagen de una escapada con ella, sin motivo definido y a un lugar no determinado; y se alegró en aquel momento de estar de espaldas a la gente, porque notó que de repente se ponía colorado hasta las orejas. Una y otra vez, a pesar de todo, volvía a pensar que las personas espontáneas y poco educadas tienen muchas veces momentos de inspiración, recursos inesperados. Además, los tuviera Milly o no, podía al menos sentir otra vez la rotundidad de sus brazos que le rodeaban. No sabía muy bien qué beneficio iba a proporcionarle eso ni qué puerta iba a abrirle, pero sí sabía que iba a gustarle. No podía permitirse demorar esa sensación, pero tampoco disfrutarla hasta última hora de la tarde. Él lo había dejado todo, ella estaría ocupada todo el día; pero siempre sería algo, una especie de anticipación, verla antes, poder decirle unas palabras. Luchó contra la tentación de entrar en la tienda, porque sabía que no le gustaba, ya lo había intentado otra vez; las visitas de los caballeros, aunque fueran compradores ostensibles (había gente encargada de vigilar y decir quién era cada uno), la comprometían a los ojos de sus jefes. Claro que aquel no era un caso corriente y, aunque anduvo por allí mucho tiempo, sin acabar de decidirse, molesto y casi avergonzado, terminó al fin por entrar, como empujado por la sola, la última, dolorosa necesidad personal que le quedaba. No haría más que quedar con ella, y una mirada y una sola palabra serían suficientes.
Recordaba el camino a través del laberinto de la tienda; sabía que su departamento estaba en el piso de arriba. Paseó por los almacenes, que estaban atestados, como si tuviera el mismo derecho a hacerlo que cualquier otra persona; y, como al levantarse se había entretenido en ponerse su traje de fiesta, que le sentaba tan bien, nadie sospechó que llevara un propósito más nefando que el de buscar algo bonito para regalárselo a una mujer. Subió y se encontró en una sala grande donde se vendían artículos manufacturados, y donde, aunque había más de veinte personas, le bastó una mirada para comprender que no iba a encontrar a Millicent. Quizá estuviera en la de al lado, a la que pasó por una amplia abertura. Allí había también numerosos compradores, en su mayoría señoras; los hombres eran sólo tres o cuatro, y la venta estaba totalmente encomendada a chicas jóvenes, vestidas de negro y con largas colas. Al principio le pareció que la chica que él buscaba tampoco se hallaba allí, y estaba ya a punto de marcharse para mirar en otro sitio, cuando vio a un hombre alto, de pie en medio de la sala, y que no era otro que el capitán Sholto. En seguida comprendió que la persona que estaba delante del capitán, quieta como una estatua, y con la espalda vuelta hacia él, era el objeto de sus pesquisas. A pesar de no verle la cara, «identificó» a Millicent inmediatamente; reconoció su actitud de tienda, el peinado que llevaba, y las largas líneas de su figura adornadas con la última novedad. Estaba enseñándole aquel tesoro al capitán, que se había quedado extasiado. Ya había estado antes allí con Hyacinth como comprador de pega, pero imitaba a uno de verdad mucho mejor que él, mientras recorría con los ojos la persona de su amiga, los entornaba para apreciarla, y se frotaba despacio el labio inferior con el puño del bastón. Millicent se mantenía asombrosamente quieta, y el aspecto posterior del vestido que lucía era soberbio. Hyacinth, durante un minuto, se quedó tan quieto como ella. Pasado ese minuto comprendió que Sholto le había visto, y le pareció que estaba a punto de hacer que Millicent también le viera. Pero Sholto se limitó a mirarle muy fijo unos segundos, y no le dijo que estaba allí; para darse ese gusto esperaría a que el intruso se marchara. Hyacinth le devolvió a su vez la mirada —lo que los ojos de los hombres se dijeron quizá no requiera explicación— y se marchó.
Esa misma noche, a eso de las nueve, la princesa Casamassima llegaba en un coche a la casa de Hyacinth, en Westminster. La puerta de la casa estaba entreabierta, y había un hombre delante de ella, fumando una enorme pipa y mirando a un lado y a otro. La princesa, al verle de lejos, había tenido la esperanza de que fuera Hyacinth, pero resultó ser un tipo muy distinto a su incondicional amigo. No es que tuviera muy mal aspecto, pero la miró de una forma muy directa cuando ella bajó del coche y se acercó a la puerta. Estaba ya acostumbrada a las miradas más groseras y no le dio importancia; imaginó que sería uno de los inquilinos de la casa. Se apartó un poco para dejarla pasar, y se quedó mirándola mientras trataba de imprimirle un poco de vida al cordón que colgaba a un lado de la puerta. Como no dio respuesta alguna, le dijo:
—Deseo preguntar por el señor Hyacinth Robinson. Quizá pueda usted decirme…
—Sí, yo también —contestó con una extraña sonrisa—. También he venido para eso.
Pareció extrañarse de verle:
—Creo que será el señor Schinkel. He oído hablar de usted.
—Me conoce por lo mal que hablo el inglés —dijo su interlocutor, con una sombra de amable coquetería.
—Su inglés es excelente. Ya quisiera yo hablar el alemán tan bien. No tiene más que un poquito de acento y, desde luego, un vocabulario estupendo.
—Creo que yo también he oído hablar de usted —dijo Schinkel con notable libertad.
—Sí, en nuestro círculo nos conocemos todos, ¿no? Somos todos como hermanos.
La princesa estaba nerviosa, excitadísima, pero aún podía disfrutar aquel número de encontrarse en una especie de suburbio y fraternizando con un tipo que parecía un caballo domado al que le molestara el freno:
—Entonces espero que esté en casa. ¿Bajará a verle?
—Eso es lo que no sé. Estoy esperando.
—¿Han ido a avisarle?
Schinkel la miró, mientras daba chupadas a la pipa:
—Ya le he dado la lata, pero no quiere decir nada.
—¿Cómo que no quiere decir nada?
—Tiene cerrada la puerta. He llamado muchas veces.
—Pues será que está fuera —dijo la princesa.
—Sí, puede que esté fuera —admitió Schinkel, imparcial.
Estuvieron un momento mirándose, y la princesa preguntó:
—¿Tiene alguna duda sobre eso?
—Oh!, es kann sein. Sólo que la encargada de la casa me dijo hace cinco minutos que había venido.
—Pues habrá vuelto a salir.
—Sí, pero ella no le ha oído.
La princesa se dio cuenta de que estaba poniéndose colorada. Sabía lo mismo que Schinkel sobre la situación actual de su amigo, y deseaba ser muy clara con él y que él lo fuera también con ella. Al mismo tiempo se sentía más bien desconcertada al ver que él se mostraba cauto, nada más que cauto. Era educado e inescrutable, como algunos de los grandes personajes —embajadores y ministros— que ella solía encontrar en el gran mundo:
—¿La mujer no se ha movido de la casa en todo este tiempo?
—Sí, salió hace media hora y volvió a los diez minutos.
—Pues debe de haber vuelto a salir en este momento.
—Eso he pensado yo. Por eso he esperado aquí —dijo Schinkel—. No tengo nada que hacer —añadió con toda tranquilidad.
—Yo tampoco —contestó ella—. Podemos esperar juntos.
—Es una lástima que no tenga algún sitio más cómodo —comentó el alemán con simpatía.
—No, basta con éste. Así lo veremos antes cuando vuelva.
—Sí, pero a lo mejor tarda.
—No me importa; esperaré. Espero que no le moleste mi compañía —sonrió ella.
—Está muy bien, está muy bien —respondió Schinkel entre sus humos.
—Entonces voy a despedir el coche.
Fue hacia él y pagó al cochero, que contestó muy expresivo:
—Gracias, señora.
—Le ha dado usted demasiado —comentó Schinkel al volver ella.
—Tenía aspecto de ser buen hombre. Estoy segura de que se lo merecía.
—Es muy caro —continuó Schinkel con la misma amabilidad.
—Sí, y yo no tengo dinero… pero ya está hecho. ¿No había nadie en la casa cuando salió la mujer?
—No, la gente está fuera; sólo tiene hombres solteros. Se lo pregunté. Tiene una hija, pero la hija ha ido a ver a su prima. La madre fue ahí al lado, poco más allá de la esquina, a comprar un poco de leche. Cerró la puerta y se metió la llave en el bolsillo; estuvo en la tienda de comestibles, donde había ido por la leche, hablando con una amiga que se encontró allí. Ya sabe que las mujeres tienen costumbre de hacerlo, nicht wahr? Yo vine media hora después. Me dijo que estaba en casa y subí a su cuarto. Bajé y volví a hablar con ella, y me contó lo que le he dicho.
—Y entonces decidió usted esperar, como he hecho yo —dijo la princesa.
—Sí, quiero verle.
—Yo también, me interesa mucho. —Estuvo un momento callada y luego añadió—: Creo que deseamos verle por el mismo motivo.
—Das kann sein, das kann sein.
Los dos siguieron de pie, en la oscuridad de la noche, e intercambiaron algunas palabras más, todas ellas sin importancia. Pasados diez minutos, la princesa le dijo en voz baja, poniéndole la mano en el brazo:
—Señor Schinkel, esto no marcha. Yo no puedo aguantar más.
—Sí, es lo que suele pasarles a las señoras —contestó el alemán muy juicioso.
—Quiero subir a su cuarto —dijo la princesa—. Tenga la bondad de decirme cuál es.
—No servirá de nada si no está allí.
—Es que no estoy segura de que no esté.
—Bueno, pero si no contesta es que prefiere no tener visitas.
—Es posible que le guste más recibirme a mí que recibirle a usted —sugirió ella con toda franqueza.
—Das kann sein, das kann sein. —Pero Schinkel no hizo movimiento alguno para hacerla entrar en la casa.
—Esta noche no hay nada… ya sabe lo que quiero decir —comentó, sin dejar de mirarle.
—¿Que esta noche no hay nada?
—En casa del duque. La primera reunión es el jueves, y la otra el próximo martes.
—Schön, —dijo Schinkel—. Yo nunca voy a ninguna reunión.
—Ni yo tampoco.
—Claro que ésta es una especie de reunión… usted y yo —dijo con una sonrisa espantosa.
—Sí, y parece que a la dueña de la casa no le gusta.
Los pasos de una celosa patrona empezaban a oírse en el corredor, a través de la puerta abierta, que cerraron desde dentro con un golpazo de desaprobación. Algo que notó en ese ruido pareció avivar de un modo insoportable la impaciencia y el miedo de la princesa. El peligro de verse rechazada le hacía desear más que nunca conseguir lo que había ido a buscar:
—¡Por amor de Dios, señor Schinkel, acompáñeme arriba! Si no lo hace, subiré yo sola.
Se había quedado pálida, y no es necesario decir que estaba hermosísima. El alemán se dio cuenta y, sin decir una palabra, volvió a abrir la puerta y entró, seguido de cerca por la princesa.
En la parte de abajo había una luz que mitigaba la oscuridad de la escalera… hasta el primer piso; todo lo demás estaba tan oscuro, que los dos subían despacio y Schinkel daba la mano a la princesa. Al volver el segundo tramo de la escalera, se le escapó un grito:
—¡Santo Dios!, ¿es ésa su puerta, la que tiene luz?
—Sí, puede verla por debajo. Ya había luz antes —dijo sin perder la calma.
—¿Y cómo no se le ha ocurrido decírmelo?
—Porque pensé que iba a ponerse nerviosa.
—¿Y a usted no le pone nervioso?
—Un poco, pero no hago caso —confesó Schinkel—. Es muy posible que se la haya dejado encendida.
—¡No se deja velas encendidas! —contestó ella impaciente.
Subió corriendo los escalones que quedaban y, al llegar, se paró delante de la puerta, con el oído pegado a ella. Agarró el picaporte y lo movió, pero la puerta no se abría. Gritó, jadeando, a su acompañante:
—¡Tenemos que entrar, tenemos que entrar!
—Pero ¿qué quiere que hagamos si está cerrada?
—Tendrá que saltar la cerradura.
—Resulta muy caro —dijo Schinkel.
—¡Venga, no sea tan miserable! —gritó la princesa—. En una casa como ésta las cerraduras son una porquería; se rompen a la primera.
—¿Y si no está ahí, vuelve y ve lo que hemos hecho?
Le miró un momento en la oscuridad, mitigada sólo por la poca luz que salía de la rendija:
—¡Está ahí! ¡Puedo jurar que está ahí!
—Schon, schon —dijo su amigo, como si empezara a contagiársele el miedo, pero estuviera deliberando y no quisiera perder la calma.
Ella le aseguró que con dos o tres empellones fuertes que diera con el hombro haría saltar la cerradura, que no sería más que un triste pedazo de hojalata, y se apartó para dejarle paso. Él se acercó, y se apoyó contra la puerta, pero sin dar ningún golpe, mientras la princesa esperaba con la mano en el corazón. Schinkel parecía seguir deliberando. Por fin dio un suspiro:
—Sé que le encuentran la pistola; no es más que por eso —murmuró.
Un momento después vio que se balanceaba para tomar impulso. Oyó un crujido y vio que la cerradura había saltado. La puerta se hizo pedazos: habían pasado a la luz; estaban en un cuarto pequeño que parecía lleno de cosas. No había más que una vela encima de la chimenea, y la luz era tan pobre que en el primer momento no pudo distinguir nada. Pero antes de que pasara ese momento, sus ojos se habían fijado en la cama. Había algo encima de ella, algo negro, incierto, una cosa tendida. Schinkel trató de detenerla, pero sólo fue un instante; lo vio todo y, al hacerlo, se lanzó hacia la cama y cayó de rodillas junto a ella. Hyacinth yacía allí como si estuviera dormido, pero había algo horrible, un amasijo sanguinolento en la colcha, en el costado, sobre el pecho. El brazo colgaba a un lado, fuera de la cama; tenía la cara blanca y los ojos cerrados. Todo eso pudo ver Schinkel, pero sólo un momento; la princesa se arrojó sobre el cuerpo, con un movimiento convulsivo y un grito ronco y extraño. Schinkel buscó el arma, la pistola, pero, al lanzarse sobre la cama, ella la había empujado con las rodillas.
—Es una pena que la encontraran… si no la hubieran encontrado… —le dijo a ella en voz muy baja.
Estaba decidido a conservar la calma; por eso, al volverse ante la llegada de la dueña de la casa, que había subido corriendo, pálida y despavorida al oír que reventaban la puerta, pudo decir, muy serio y tranquilo:
—El señor Robinson se ha pegado un tiro en el corazón. Debe de haberlo hecho mientras usted iba a buscar la leche.
La princesa se levantó al oír entrar a otra persona en el cuarto, y Schinkel pudo ver entonces el pequeño revólver, que estaba debajo de la cama. Lo cogió, y lo puso con todo cuidado encima de la chimenea, guardándose para sí, con idéntica prudencia, la idea de que habría sido mucho mejor que estuviera destinado al duque.