XIII
La primera impresión que tuvo al abrir su acompañante fue lo cerca que estaba el escenario, sobre el que había vuelto a alzarse el telón. La obra continuaba, y las voces de los actores llegaban tan claras al palco que era imposible hablar sin estorbarlos. Eso fue al menos lo que pensó al ver cómo su conductor le introducía sin hacer ruido, le señalaba una silla y susurraba:
—Déjate caer ahí; lo verás y oirás perfectamente.
Oyó que se cerraba la puerta, y comprendió que el capitán Sholto se había marchado. Millicent no tendría que estar mucho tiempo sola. Dos señoras estaban sentadas en la parte delantera del palco, tan grande que todavía quedaba un considerable espacio entre ellas; y mientras permanecía allí, donde el capitán Sholto le había dejado —parecían no haberse dado cuenta de que se abría la puerta—, volvieron la cabeza y le miraron. La primera en quien puso los ojos era la extraña señora que ya había visto de lejos, de cerca resultaba todavía más extraña, y le hizo una inclinación de cabeza amistosa y acogedora. La otra estaba tapada en parte por la cortina del palco, corrida hacia delante con intención de ocultarla a las miradas de la gente; era todavía joven, y la forma más sencilla de expresar el efecto que su gesto de bienvenida produjo en Hyacinth, es decir que le deslumbró. Continuaba en el mismo sitio en que le había dejado Sholto, mirando fijo y más bien azorado, y sin osar moverse. La señora joven tendió la mano —era la izquierda, la otra la apoyaba en el antepecho del palco— con la esperanza, como pudo ver con desesperación pero, demasiado tarde, de que el chico le diera la suya. Transformó el gesto en una señal, y le indicó en silencio, pero con gracia, que acercara la silla. Lo hizo, y quedó sentado entre las dos; durante diez minutos no se atrevió a apartar los ojos del escenario, ni siquiera para mirar a Millicent, que estaba arriba, en el anfiteatro. Miraba la obra, pero estaba muy lejos de verla; lo único que sentía era a la mujer que estaba allí sentada junto a él, a la derecha, y que parecía despedir una fragancia de sus vestidos y una luz de toda su persona, que creía verla aunque tuviera la cabeza vuelta para el otro lado. La visión no había durado más que un momento, pero permanecía suspendida delante de él y derramaba una vaga neblina sobre todo lo que ocurría en el escenario. No sabía si debía hablar, volver a mirarla o hacer cualquier otra cosa; pensaba si le tomaría por un payaso o por un idiota, y si sería realmente tan guapa como le había parecido o se trataría sólo de un brillo superficial que desapareciera al verla más de cerca. Mientras él cavilaba, iban pasando los minutos y ninguna de las dos decía una palabra; contemplaban el espectáculo en absoluto silencio, así que se imaginó que eso era lo que había que hacer y que debía permanecer mudo hasta que se dirigieran a él. Poco a poco fue recobrándose, entró en posesión de sus facultades, y dirigió los ojos a la princesa. Ella lo notó en seguida, y le devolvió la mirada con gran benevolencia. Desde luego podía ser una princesa, era imposible responder mejor a todo lo evocado por esa romántica palabra. Era hermosa, resplandeciente, esbelta, con una majestad natural. Su belleza parecía perfecta, asombraba y le elevaba a uno, contemplarla era un privilegio, una recompensa. Si la primera impresión que le había producido a Hyacinth era la de sentirse extrañamente transportado no tenía que achacarla a su sencillez, pues ése era el efecto que la princesa Casamassima producía en personas de mucha mayor experiencia y de mayores pretensiones. Sus ojos, oscuros, pero de un tono que no era castaño, más bien azul o gris, eran tan amables como espléndidos, y tenía una forma de sostener la cabeza que resultaba extraordinariamente noble y graciosa. Aquella cabeza donde brillaban dos o tres diamantes en el pelo, que definía su forma le recordaba a Hyacinth alguna cosa antigua y famosa, algo que había admirado hacía tiempo —el recuerdo era vago— en una estatua o en un cuadro de un museo. Pureza de líneas y formas en las mejillas, los labios, la barbilla y la frente, un color que parecía brillar y vivir, algo que irradiaba gracia, distinción y acierto: todo eso se mostraba en la cara de la princesa, y su visitante, mientras permanecía en la silla, temblando ante la revelación, se preguntaba si estaría hecha de la misma pasta que las otras personas que había visto hasta entonces. Podría ser divina, pero veía que no dejaba de comprender las necesidades humanas, que deseaba se encontrara a gusto y feliz; su amabilidad tenía algo familiar, como si le hubiera visto antes muchas veces. Llevaba un vestido oscuro y rico, un collar de perlas en el cuello, y un abanico antiguo y rococó en la mano. Fue dándose cuenta de todas esas cosas y acabó por decirse que, si no quería nada más de él, se daba por satisfecho, el juego podía continuar; resultaba muy agradable verse entronizado con unas hermosas damas, en un recinto espacioso y en penumbra, que enmarcaba la brillantez del escenario y parecía un espectáculo más dentro de la propia obra. El acto era muy largo, y el reposo en que le dejaban las señoras podía ser una caridad calculada, para que fuera acostumbrándose a ellas y viera lo inofensivas que eran. Miró a Millicent al cabo de un rato y vio que el capitán Sholto, sentado junto a ella, no se comportaba con tanta propiedad, pues le hacía una observación cada pocos minutos. La señorita del anfiteatro se estaba perdiendo la obra igual que él, por no quitarle ojo a su amigo de Lomax Place, cuya posición trataba de calibrar. Se había olvidado totalmente de las complicaciones del Paraguay, y la atención que hubiera podido volver a prestarles pasada media hora se le fue en pensar qué le diría la princesa cuando cayera el telón, o si no le diría nada. La consideración de ese problema, a medida que el desenlace se acercaba, le ponía a galope el corazón. Miraba a la señora de la izquierda y encontraba muy natural que una princesa llevara una acompañante —daba por seguro que era una acompañante— y que la eligiera lo más distinta posible a ella. Aquella vieja señora carecía de gracia o majestad; arrellanada en su asiento, con los labios abultados y las manos cruzadas sobre el estómago, contemplaba solemne la representación. Sin embargo, varias veces volvió la cabeza hacia Hyacinth, y en tales momentos su expresión cambiaba: repetía el mismo gesto jovial, de ánimo y casi maternal con que le había saludado al hacer él una inclinación, y con el que parecía dar a entender que comprendía mucho mejor todo lo anormal de su posición que la serena belleza que tenía al lado. Daba la impresión de decirle que no perdiera la cabeza y que, si sucedía lo peor, allí estaba ella para echarle una mano. Cuando por fin bajó el telón, pasaron todavía unos momentos antes de que la princesa hablara, aunque sonreía a su invitado, como si estuviera pensando qué le gustaría más que le dijera. Podría haber adivinado en aquel momento lo que descubrió más tarde, que entre los defectos de la dama (y estaba destinado a aprender que eran numerosos), no era el menor su miedo a los lugares comunes. Él esperaba que dijera algo sobre la obra, pero lo que dijo, muy gentil y amablemente, fue:
—Me gusta conocer a toda clase de gente.
—No creo que encuentre la menor dificultad para hacerlo —contestó Hyacinth.
—¡Huy! Cuando uno quiere algo de veras, es seguro que resulta difícil. No todo el mundo es tan amable como usted.
Hyacinth no pudo encontrar con rapidez la respuesta apropiada, pero la señora vieja le sacó del apuro, diciendo con acento extranjero:
—Yo creo que ha sido usted extraordinariamente bueno. No creía que viniera a ver a dos mujeres desconocidas.
—Sí, somos dos mujeres extrañas —dijo la princesa pensativa.
—No es verdad que encuentre las cosas difíciles; hace que todo el mundo haga lo que quiere ella —continuó su compañera.
La princesa la miró y luego le dijo a Hyacinth:
—Su nombre es madame Grandoni.
El tono no era familiar, pero tenía un matiz afortunado, como si verdaderamente se hubiera tomado tantas molestias por ellas que estuvieran obligadas a atenderle. Parecía significar también que la aptitud de madame Grandoni para hacerlo resultaba obvia.
—Pero no soy italiana, ¡no! —exclamó la vieja—. A pesar de mi apellido, soy una honrada, fea y desgraciada alemana. Pero celà n’a pas d’importance. Ella, con semejante nombre, no es italiana tampoco. Es pura casualidad; el mundo está lleno de casualidades. Pero tampoco es alemana, la pobre.
Madame Grandoni parecía responder a la idea de la princesa, y Hyacinth la encontraba sumamente pintoresca. Al cabo de un momento comentó:
—La joven que estaba con usted era encantadora.
—Sí, es encantadora —contestó Hyacinth, satisfecho de tener ocasión de decirlo.
La princesa no dijo nada sobre ese asunto, y Hyacinth comprendió que desde el sitio que ocupaba en el palco no podía haber visto a Millicent, pero que aunque la hubiera visto no habría hecho ningún comentario. Por eso preguntó, como si no hubiera oído nada:
—¿Encuentra la obra muy interesante?
Hyacinth vaciló, y acabó por decir la verdad:
—Tengo que confesar que el último acto me lo he perdido entero.
—¡Ay, pobre muchacho! —exclamó madame Grandoni—. ¿Lo ves, lo ves?
—¿Qué es lo que veo? —preguntó la princesa—. Si le aburre estar aquí ahora, le gustará más tarde; eso espero al menos. Estamos muy interesadas en todas las cosas que le preocupan a usted. Sentimos un gran interés por el pueblo.
—¡Ah, perdona, perdona!, y habla sólo por ti misma —le interrumpió la señora—. A mí no me interesa nada el pueblo; yo no los entiendo ni sé nada de ellos. Respeto siempre a cualquier persona honrada, sea de la clase que sea, pero no puedo pretender sentir una gran pasión por las masas ignorantes, porque no la siento. Además, eso no tiene nada que ver con el caballero.
La princesa Casamassima tenía facilidad para ignorar completamente lo que no le apetecía tener en cuenta; no era en absoluto una actitud desdeñosa, sino una ausencia pensativa, tranquila y conveniente, tras la cual volvía al punto que deseaba sacar a luz. No hizo ninguna protesta ante las palabras de su compañera, pero le dijo a Hyacinth, como si comprendiera vagamente que se había metido en un terreno algo absurdo:
—Vive conmigo; ella lo es todo para mí, y la mujer más buena del mundo.
—Sí, afortunadamente, y con muchos defectos superficiales, soy tan buena como el pan —admitió madame Grandoni.
Hyacinth estaba ya un poco menos azorado que al llegar al palco, pero su asombro no era menor. Volvía a pensar si no estarían utilizándole con algún fin inconcebible; le parecía tan extraño que dos ejemplares de otro mundo tan distinto al suyo se tomaran la molestia de hablar una de otra ante un vulgar encuadernador, que no podía comprenderlo. Esa idea le hizo ruborizarse, hubiera debido ocurrírsele que había caído en una trampa. Se daba cuenta de que parecía asustado, y también de que lo había notado la princesa. Eso debió de ser lo que le hizo decir:
—Si se ha perdido tanto de la obra, podría contarle lo que ha pasado.
—¿Y crees que iba a seguirla ahora? —preguntó madame Grandoni.
—Si quisieran decirme… si quisieran decirme…
Hyacinth se paró. Había estado a punto de decir: «Si quisieran decirme qué significa todo esto, sería muchísimo mejor», pero las palabras murieron en sus labios y se quedó allí mirando, porque la mujer que tenía a la derecha era demasiado guapa. Demasiado guapa para preguntarle nada, para juzgarla de acuerdo con la lógica; y además, ¿cómo podía saber él lo que era natural en una persona que encerraba semejante gracia y esplendor? A lo mejor tenía la costumbre de enviar todas las tardes por algún tonto para pasar el rato; quizá fuera lo normal entre la aristocracia extranjera. Su cara no mostraba ninguna dureza, al menos de momento, sólo mostraba una amabilidad luminosa, y además parecía atisbar lo que él estaba pensando. No hizo nada por tranquilizarle, pero había casi un mundo de ternura en el tono con que comentó:
—¿Sabe usted que me temo que se me ha olvidado ya todo lo que estaba pasando? Es horriblemente complicado; no sé, a alguien le tiraban por un precipicio.
—¡Vaya! Sois una pareja brillante —dijo madame Grandoni riéndose—. Yo podría contarlo todo. La persona a quien tiraban por un precipicio es el héroe virtuoso, y veréis cómo, a pesar de todo, en el próximo acto aparece tan campante.
—No nos cuentes nada, tengo que preguntar muchas cosas.
Hyacinth había vuelto la cara con aire suplicante, al verse «emparejado» con la princesa, y notó además que estaba mirándole.
—¿Qué piensa del capitán Sholto? —preguntó ella de repente. Y con gran sorpresa del chico, si quedaba algo que pudiera sorprenderle y, al ver que vacilaba, sin saber qué decir, añadió—: ¿Verdad que es un tipo muy curioso?
—Le conozco muy poco.
Nada más haber pronunciado esas palabras, tuvo la sensación de que eran muy poco brillantes, que resultaban pobres, vulgares y muy poco a propósito para satisfacer a la princesa. En realidad, hasta entonces no había dicho nada que pudiera situarle bajo una luz favorable, por eso continuó, ya a lo que saliera:
—Quiero decir que no le he visto nunca en casa —frase que le sonó mucho más tonta todavía.
—¿En casa? Si no está nunca en casa; está en cualquier lugar del mundo. Esta noche, por ejemplo, podía haber estado en el Paraguay lo mismo que ha estado aquí, aunque ¡menudo sitio para estar! —sonrió—. Es lo que llaman un cosmopolita. No sé si conoce usted esa especie; es muy moderna, cada vez más frecuente y espantosamente pesada. Yo prefiero a los chinos. Me había hablado mucho de la charla tan interesante que tuvieron. Eso es lo que me hizo decir: «¡Huy!, dile que venga a verme. Una pequeña charla interesante siempre es un cambio, ¿no?».
—¡Es muy amable conmigo! —dijo madame Grandoni.
—¡Bah!, tú y yo ya sabes que no hablamos nunca, nos entendemos sin necesidad de hacerlo. —La princesa continuó, dirigiéndose a Hyacinth—: ¿No admiten nunca mujeres?
—¿Que si admitimos mujeres…?
—Sí, en esas sesiones… ¿cómo les llaman?, esas pequeñas reuniones de que me habla el capitán Sholto. A mí me encantaría asistir. ¿Por qué no?
—No he visto nunca señoras. No sé si es una norma, pero no he visto más que hombres —dijo Hyacinth.
Luego, sonrió y, aunque el descuido le parecía más bien grave y no acababa de comprender el papel que estaba haciendo el capitán Sholto ni cómo le habían admitido en el pequeño círculo subversivo de Bloomsbury, frecuentando a personas tan importantes, dijo:
—No estoy muy seguro de que haga bien comentando por ahí lo que hacemos.
—Ya comprendo. Quizá cree que es un espía, un agent provocateur o cosa por el estilo.
—No —dijo Hyacinth—. Yo creo que un espía tendría más cuidado, disimularía mejor. Aparte de eso, lo que ha oído es muy poco, después de todo.
Hablaba como si estuviera más bien divertido.
—¿Quiere decir que no ha estado realmente entre bastidores? —preguntó la princesa, inclinándose un poco hacia delante y dedicándole ya decididamente sus hermosos ojos, como si pensara que a aquellas alturas ya no había de encogerse ante semejante atención—. Por supuesto que no ha estado ni va a estarlo nunca. Él ya lo sabe, y sabe que no puede contar ningún verdadero secreto. Lo que me dijo a mí era interesante, pero no me pareció que hubiera nada que pudiera obligar a intervenir a las autoridades. Lo que más le llamó la atención, y lo que más me la ha llamado a mí, como ya he dicho, fue la conversación que tuvo con usted. Quizá no supiera que le estaba sonsacando.
—Creo que es más bien fácil hacerlo —respondió Hyacinth ingenuamente.
Recordaba que se había hinchado a hablar en Bloomsbury, y que le había parecido muy natural que su camarada le ofreciera puros y diera tanta importancia a las opiniones de un artesano original y listo.
—Yo no estoy tan segura de eso. De todas formas no debe tener miedo del capitán Sholto. En un hombre totalmente honrado en todo lo que hace y, aunque hubiera confiado en él más de lo que parece haberlo hecho, sería incapaz de traicionarle. A pesar de todo, no confíe en él: no porque no sea de fiar, sino porque… —la princesa volvió a coger el hilo—. No importa, podrá comprobarlo. Se ha metido en eso sólo por complacerme. Debiera decirle, aunque sólo sea para que lo entienda, que estaría dispuesto a meterse en cualquier cosa. En fin, eso es asunto suyo. Yo quería saber algo, enterarme de algo para ver qué es lo que pasa. Y para una mujer todo eso es muy difícil, sobre todo para una mujer de mi posición, que es insoportablemente conocida y a quien es seguro que siempre se achacará mala fe. ¡Pobre hombre, ha tenido que meterse en tantas cosas! Lo que yo quería realmente era que se hiciese amigo de alguno de los cabecillas, de los tipos más característicos.
La voz de la princesa era baja y más bien profunda, pero hablaba en un tono perfectamente natural y sin darle importancia, como si quisiera decir que había muchas más maravillas de las que él podía imaginar. Su forma de hablar resultaba absolutamente nueva para Hyacinth. Su manera de pronunciar las palabras y de puntuar las frases eran la revelación de lo que él suponía la sociedad, la mismísima sociedad a cuya destrucción estaba orientado.
—Supongo que el capitán Sholto no creerá que yo soy uno de los cabecillas —exclamó Hyacinth, decidido a que no se rieran más de él, si podía evitarlo.
—Me dijo que era muy original.
—No lo sabe y, si me permite decirlo, no creo que usted lo sepa tampoco. ¿Cómo iba a saberlo? Soy uno de los muchos miles de jóvenes de mi clase (supongo que sí sabe lo que es eso) en cuyo cerebro está fermentando cierto tipo de ideas. Yo no tengo nada de original. Soy muy joven y muy ignorante; y hace sólo unos meses que he empezado a hablar de la posibilidad de una revolución social con hombres que han considerado el asunto mucho mejor de lo que yo podía hacerlo. No soy más que una partícula —resumió Hyacinth— en la gris inmensidad del pueblo. Sólo puedo alardear de mi buena fe y de mi gran deseo de que se haga justicia.
La princesa le escuchaba con toda atención, y su actitud le hacía darse cuenta de lo mal que se expresaba en comparación con una persona acostumbrada a conversar; le parecía que delataba un esfuerzo ridículo, que tartamudeaba y dejaba escapar toda suerte de vulgares sonidos.
Ella durante un momento permaneció callada, sólo mirándole con su deliciosa sonrisa:
—¡Ya veo cómo es! —exclamó por fin—. Para mí es mucho más interesante que si fuera una excepción.
Al oír esas palabras, Hyacinth vaciló un momento; se notó en que bajaba los ojos. Ya sabemos hasta qué punto se consideraba uno más del rebaño. La princesa también debió de notarlo porque en seguida añadió:
—Al mismo tiempo puedo ver que es de sobra notable.
—¿Por qué cree usted que soy notable?
—Bueno, tiene ideas generales.
—Hoy en día todo el mundo las tiene. Y en Bloomsbury las tienen en un grado subido. Tengo un amigo (que entiende de todo esto mucho más que yo) que pierde la paciencia con ellos: dice que son una estupidez y un peligro y que serán nuestra ruina. Unas cuantas ideas muy determinadas (si son las verdaderas) es lo que necesitamos.
—¿Quién es su amigo? —preguntó de sopetón la princesa.
—¡Christina, Christina! —murmuró madame Grandoni desde el otro lado del palco.
Christina no le hizo caso, y Hyacinth, sin comprender el aviso y acordándose de lo personales que son siempre las mujeres, contestó:
—Es un chico joven que vive en Camberwell y que está empleado en un almacén de medicamentos.
Si Hyacinth creía haber puesto en la descripción de su amigo una dosis más fuerte de la que la princesa podía digerir se había equivocado totalmente. Pareció extasiarse ante el cuadro que evocaban sus palabras, y preguntó inmediatamente si el joven también era listo y si tenía esperanzas de llegar a conocerle. ¿No le había visto el capitán Sholto? Y si le había visto, ¿por qué no había hablado también de él? Cuando Hyacinth contestó que probablemente le había visto pero que no creía que hubiera hablado con él, la princesa, con asombrosa naturalidad, preguntó a su visitante si no podría llevar algún día a esa persona para que la viera.
Hyacinth miró a madame Grandoni, pero la digna señora estaba dedicada a contemplar el teatro con la ayuda de unos impertinentes de mango dorado. Ya se había dado cuenta de que a la princesa Casamassima no le gustaban las frases inútiles, y tenía además el buen gusto de comprender que intentar por su parte hacerle algún cumplido a tan gran señora no era lo más indicado:
—No sé si querrá venir. Es un hombre del que no se puede responder en casos como éste.
—Eso me hace desear mucho más que venga. Pero usted sí vendrá, ¿eh?
El pobre Hyacinth murmuró algo sobre tan inesperado honor; después de todo tenía cierta herencia francesa, y se las arreglaba mejor que si sólo hubiera dispuesto de la otra lengua. Pero madame Grandoni, retirando los impertinentes, le quitó las palabras de la boca con una cariñosa exhortación:
—Vaya a verla, vaya a verla una o dos veces. Le tratará como a un ángel.
—Debe de pensar que soy muy especial —dijo la princesa con tristeza.
—No sé lo que pienso. Me llevaría mucho tiempo.
—Me gustaría que se fiara de mí… inspirarle confianza. Y no me refiero sólo a usted, a los otros que piensan como usted. Verían que puedo estar con ustedes… y llegar bastante lejos. Hace un momento yo respondía del capitán Sholto, pero ¿quién hay que pueda responder de mí?
Y su tristeza se transformó en una sonrisa que a Hyacinth le pareció lo más magnánimo y conmovedor que había visto en su vida.
—¡Yo no, hija mía, te lo aseguro! —exclamó madame Grandoni, con una carcajada que hizo que la gente de las butacas mirara hacia el palco.
Su humor era contagioso, y le dio a Hyacinth audacia suficiente para decir:
—¡Yo confiaría en usted si lo hiciera!
Claro que inmediatamente se dio cuenta de que era una forma de hablar que resultaba aún más familiar que si hubiera expresado su falta de confianza.
—Viene a ser lo mismo entonces —dijo la princesa—. Si no fuera una persona respetable no aparecería conmigo en público. Si me conociera mejor, comprendería qué es lo que me ha hecho volver mi atención hacia la cuestión social. Es una historia muy larga, y los detalles no le interesarían mucho, pero quizá algún día, si hablamos más, pueda ponerse un poco de mi parte. Lo digo en serio, ¿sabe?; no me divierto metiéndome en alguna cosa para echar luego a correr. Estoy convencida de que vivimos en un paraíso de idiotas y que el suelo se está moviendo debajo de nuestros pies.
—No es el suelo, hija, eres tú la que está dando volteretas —intervino madame Grandoni.
—Amiga mía, tú tienes la facultad de creer lo que te gusta creer. Yo tengo que creer lo que veo.
—Desea lanzarse a la revolución, dirigirla e iluminarla —dijo madame Grandoni a Hyacinth, hablando con imperturbable seriedad.
—Estoy seguro de que podría dirigirla como quisiera —respondió el chico transportado.
La dignidad con que acababa de hablar la princesa, y que parecía ocultar un temblor de pasión, le aceleraba el pulso y, aunque casi no sabía lo que deseaba decir —sus aspiraciones resultaban aún muy vagas—, su tono, su voz y su maravillosa cara demostraban que tenía el alma generosa.
Ella respondió a su vehemente declaración con una sonrisa seria y un movimiento triste de cabeza:
—No tengo semejantes pretensiones y mi vieja amiga se está riendo de mí. Claro que eso es muy fácil; porque, ¿puede haber algo más absurdo que el que una mujer con título, con diamantes, con coche, con criados y con lo que llaman posición sienta simpatía por la lucha que mantienen los de abajo por subir? «Déjalo todo y te creeremos», tenéis razón en decirlo. Estoy dispuesta a dejarlo en el momento en que sirva para ayudar a la causa; os aseguro que eso es lo menos difícil. No quiero enseñar, quiero aprender, y sobre todo quiero saber à quoi m’en tenir. ¿Estamos en vísperas de un gran cambio o no? Todo eso que está tomando fuerza a escondidas, a oscuras, de noche, en pequeños lugares ocultos, fuera de la vista de los gobiernos, la policía y esos imbéciles «hombres de Estado», que Dios guarde, ¿va a estallar una buena mañana y a pegarle fuego al mundo? ¿O sólo soltarán unos chisporroteos y se consumirá y malgastará en conspiraciones inútiles, en heroísmos que no sirven para nada, y en movimientos aislados y condenados a abortar? Yo quiero saber à quoi m’en tenir —repitió otra vez, mirando a su visitante con los ojos más brillantes que nunca, y como si el chico pudiera decírselo en aquel mismo momento. Euego, de repente, añadió en un tono completamente distinto—: Perdone, tengo idea de que sabe francés. ¿No fue el capitán Sholto quien me lo dijo?
—Lo conozco algo —respondió Hyacinth—. Tengo en las venas sangre francesa.
Le contempló como si le hubiera expuesto un problema conmovedor:
—Sí, ya veo que no es le premier venu. Pero dígame: ese amigo de que hablaba antes es farmacéutico, y usted… ¿en qué trabaja?
—No soy más que encuadernador.
—Eso tiene que ser maravilloso. A ver si me encuaderna a mí algún libro.
—Tendría que llevarlos al taller, y yo allí sólo puedo hacer el trabajo que me manden. Claro que podría hacerlo en casa —propuso Hyacinth con naturalidad.
—Sí, me gustaría más. ¿Y a qué llama usted en casa?
—Al sitio donde vivo, en la parte norte de Londres. Es una calle muy pequeña que nunca habrá oído nombrar.
—¿Cómo se llama?
—Lomax Place, para servir a usted —contestó riéndose.
La princesa pareció comprender su inocente alegría; no le importaba lo más mínimo que notara que le gustaba:
—No, creo que no la he oído nombrar. No conozco muy bien Londres. No he vivido aquí mucho tiempo. La mayor parte de mi vida la he pasado en el extranjero. Mi marido es extranjero, del sur de Italia. No vivimos siempre juntos. Y yo no tengo las costumbres de este país… ni de ninguna otra clase, ¿verdad? ¡Huy, este país! Hay mucho que decir sobre él y mucho que hacer también, como usted sabrá mejor que nadie. Pero quiero conocer Londres; me interesa más de lo que pueda decir… la enorme ciudad, llena de gente y de humo. Quiero decir el Londres de verdad, la gente con sus sufrimientos y pasiones; no Park Lane y Bond Street. Quizá pueda ayudarme, sería muy amable por su parte. Por eso quiero conocer a hombres así. Ya ve que si le he dado tanto la lata esta noche no ha sido en balde.
—Me gustaría muchísimo enseñarle todo lo que conozco. Pero no es mucho y, sobre todo, no es muy bonito —dijo Hyacinth.
—¿Con quién vive en Lomax Place? —preguntó de una forma un poco extraña y a modo de compensación.
—El capitán Sholto se despide de la señorita y vuelve para acá —anunció madame Grandoni, pasando revista al anfiteatro con su instrumento. La orquesta había estado tocando la obertura del próximo acto.
Hyacinth vaciló un poco:
—Vivo con una modista.
—¿Con una modista? ¿Quiere usted decir… quiere usted decir…? —La princesa no continuó.
—¿Quiere decir que es su mujer? —preguntó madame Grandoni, más valiente.
—A lo mejor le alquila unas habitaciones —sugirió la princesa.
—Pero ¿cuántas cree que tengo? Me lo alquila todo o, por lo menos, ha estado haciéndolo hasta ahora. Me ha criado ella; es la mujercita más buena del mundo.
—Más te valdría encargarle un vestido —intervino madame Grandoni.
—¿Y su familia dónde está? —continuó la princesa.
—No tengo familia.
—¿No tiene a nadie?
—Nadie. Nunca he tenido.
—Pero la sangre francesa de que hablaba y que yo puedo ver claramente en su cara (no tiene la expresión o la falta de expresión inglesa), tiene que haberle venido de alguien.
—Sí, de mi madre.
—¿Y ha muerto?
—Sí, hace mucho tiempo.
—Eso es una verdadera lástima, porque las madres francesas suelen representar mucho para sus hijos.
La princesa contemplaba su abanico, mientras lo abría y lo cerraba, y luego dijo:
—Bueno, entonces vendrá cualquier día. Ya lo arreglaremos.
Hyacinth comprendió que la única respuesta era una inclinación silenciosa de toda su persona, y se levantó de la silla. Mientras estaba allí, comprendiendo que ya había estado bastante tiempo, pero sin saber tampoco cómo marcharse, la princesa, con el abanico cerrado, puesto de punta sobre la rodilla y con las manos apoyadas en él, volvió hacia Hyacinth sus encantadores ojos y dijo:
—¿Cree que pronto ocurrirá algo?
—¿Qué va a ocurrir…?
—Que si habrá una crisis, si se harán sentir ustedes.
En la cara de aquella preciosa mujer, y para desconcierto suyo, había una expresión al mismo tiempo inspirada, tentadora y burlona, todo lo cual se unió para hacerle decir tontamente:
—Intentaré comprobarlo —como si le hubiera mandado ver si tenía ya el coche a la puerta.
—No sé de qué están hablando, pero ruego que no se prolongue una o dos horas. Quiero ver lo que le pasa a la «Perla» —interrumpió madame Grandoni.
—Recuerde lo que le dije: lo daría todo, todo. —Y la princesa se quedó mirándole. Luego tendió la mano, y esta vez sí que sabía por qué iba a cogerla.
Cuando dijo adiós a madame Grandoni, la vieja señora le dijo con un cómico suspiro:
—¡Bien, es respetable!
Y en el pasillo, cuando ya había cerrado la puerta del palco, se dio cuenta de que seguía repitiendo mecánicamente esas palabras «¡Es respetable!». Todavía las tenía en los labios cuando se encontró con el capitán Sholto, que volvió a ponerle la mano en el hombro y a sacudirle de aquella manera natural pero insinuante, para la que parecía tan bien dispuesto.
—Querido muchacho, has nacido con buena estrella.
—Nunca me lo había imaginado —respondió Hyacinth cambiando de color.
—¡Hombre! Pues, ¿qué es lo que quieres? Tienes la facultad, la preciosa facultad de despertar interés en las mujeres, ¡menudo interés!
—¿Sí?, pregunte a las del palco. Me he portado como un perfecto idiota —declaró Hyacinth, abrumado al ver las oportunidades que había perdido.
—No dirán eso. ¿Y la señorita de arriba?
—Sí —dijo Hyacinth muy serio—. ¿Qué hay?
—No quería hablar de nada que no fuera de ti. ¿Ya puedes imaginarte lo que me ha gustado?
—A mí tampoco me gusta, pero tengo que subir.
—Sí, está contando los minutos. ¡Una persona encantadora! —añadió el capitán Sholto y, cuando Hyacinth ya se alejaba, gritó—: No temas… Llegarás lejos.
Cuando el joven ocupó su puesto al lado de Millicent, en el anfiteatro, no le saludó ni le hizo ninguna pregunta sobre la aventura que había corrido en la parte más privilegiada de la sala. Se limitó a volver hacia él su linda cara durante algunos minutos y, como él tampoco tenía ganas de empezar la charla, el silencio se prolongó… se prolongó hasta alzarse el telón para el último acto. Era evidente que el ánimo de Millicent no estaba para seguir la obra y, en medio de una escena violenta, que incluía tiros y gritos, dijo por fin a su acompañante:
—Por lo que he sabido, tu princesa es de las buenas.
—¿Sí? Pues haz el favor de decirme lo que sabes.
—Sé lo que me ha contado ése.
—¿Y qué puede haberte contado?
—Pues que es una de las buenas. Hasta su marido ha tenido que echarla de casa.
Hyacinth recordó la alusión que la propia señora había hecho a propósito de su situación matrimonial; le hubiera gustado mucho decir a la señorita Henning que no creía ni una palabra. Estuvo dudando un momento, y dijo simplemente:
—Muy bien, no me importa.
—¿No te importa? ¡Pues a mí sí! —exclamó Millicent.
Y como resultaba imposible, en vista de la representación y de la celosa atención de los vecinos, continuar la conversación en un tono tan alto, después de estar cinco minutos mirando al escenario, se contentó con soltar en clave un poco más baja:
—¡Santo Dios, éste sí que es un bonito asunto!
Hyacinth se preguntaba si habría sido el capitán Sholto quien le había dado la fórmula.