IV
—Bueno, va a tener que adivinar mi nombre antes de que se lo diga —dijo la chica riéndose, al tiempo que se metía en el estrecho vestíbulo y se apoyaba en el papel destrozado de la pared, que representaba bloques de mármol, con los cantos biselados y vetas blancas y grises y que, al no haberse renovado en varios años, revivía para ella del pasado. Cuando miss Pynsent cerró la puerta viendo que la visita era tan decidida, la luz de la calle se filtraba por el cristal estrecho y polvoriento del montante, y Millicent sintió que reconocía hasta el olor mismo de la casa: la impresión de una penumbra mustia, con una escalera pequeña empinada al fondo, que seguía cubierta por la misma tira de hule, y que resultaba un poco menos oscura gracias a la ventana que había en el recodo (podía verse desde el vestíbulo), y en la que había que tener cuidado para no darse con la cabeza contra la casa de al lado. No había cambiado nada, salvo la propia miss Pynsent y la chica, por supuesto. Antes había notado que no habían tocado siquiera el anuncio de la ventana; allí estaba todavía el absurdo anuncio de los «gorritos de moda», como si la pobre modista tuviera alguna idea de ese tipo de adorno, del que miss Henning poseía un conocimiento tan completo. Veía que la artista le estaba mirando el sombrero, una maravillosa composición de flores y cintas; sus ojos habían recorrido a Millicent de arriba abajo, pero descansaban fascinados en el monumental adorno. La chica había olvidado lo pequeña que era la modista; apenas le llegaba al hombro. Había perdido el pelo y llevaba un gorro, que Millicent pensó si sería un ejemplo de lo que consideraba moda. Miss Pynsent la contemplaba desde abajo, como si tuviera seis pies de altura, pero no le extrañaba la admiración, sabía perfectamente que era una joven magnífica.
—¿No me hace pasar a la tienda? —preguntó—. No voy a encargar nada; sólo he venido para preguntar por su salud. ¿No le parece que este sitio es muy incómodo para hablar?
La chica siguió adelante sin esperar el permiso y viendo que la asustada modista no la había reconocido.
—El salón está a la derecha —dijo miss Pynsent en tono profesional y con intención de señalar las diferencias.
Hablaba como si al otro lado, donde el horizonte terminaba en la pared de la casa contigua, hubiera un laberinto de habitaciones. Entró detrás de su visita y encontró a la joven ya instalada en el sofá, el eterno sofá del ángulo derecho frente a la ventana, cubierto por un sudario estrecho y arrugado de una extraña tela amarilla, con un tono que revelaba los muchos lavados que había sufrido y coronado por una estampa de Rebeca en el pozo que hacía juego, en el lado opuesto, con un retrato de la emperatriz de Francia, sacado de una revista ilustrada y enmarcado al estilo de 1853. Millicent miraba a un lado y otro, preguntándose qué tendría que enseñar la modista, y convencida de que nunca una persona tan brillante como ella había pisado aquel lugar. Los viejos instrumentos continuaban encima de la mesa: los acericos y los estuches de agujas, el metro de color rojo, con el que Hyacinth y ella se medían de pequeños, y la misma colección de figurines, arrugados, amarillentos y con huellas de mosca. Toda la delantera del vestido de la modista estaba cuajada de agujas y alfileres, como siempre; parecía casi la piel erizada y rala de un animal enfermo; pero no se veían montones de telas crujientes esparcidos por el cuarto, no había más que la falda de un vestido viejo (el suyo quizá), que sin duda estaba reparando cuando llegó a la puerta, y había lanzado sobre la mesa para ir a abrir. Miss Henning no tardó en comprender que el negocio de su vieja amiga no había prosperado mucho y sintió cierto desprecio firme y gratuito por una persona que sabía tan poco de lo que podía lograrse en Londres. Millicent estaba convencida de que conocía ya perfectamente los recursos de la capital.
—Y dígame, ¿cómo está Hyacinth? Me gustaría mucho verle —dijo, mientras tendía unos pies muy abultados y se sostenía con las manos apoyadas en el sofá.
—¿Hyacinth? —repitió miss Pynsent, absolutamente pasmada y como si no hubiera oído hablar nunca de semejante persona. Veía que la chica estaba cruel y ofensivamente bien vestida y no podía imaginar quién era ni con qué motivo había llegado allí.
—A lo mejor ahora le llama mister Robinson, siempre tuvo usted el afán de colocarle muy alto. Pero cuando le tenga delante voy a llamarle como siempre le he llamado. Ya verá si lo hago.
—¡Válgame Dios! Tienes que ser la terrible Henning —exclamó miss Pynsent, poniéndose frente a ella y estudiándola en todos sus detalles.
—Me alegro de que me haya conocido. Creí que lo haría en cuanto me viera, y yo diría que era terrible, pero creo que no estoy tan mal, ¿eh? —dijo con confianza la chica—. Tenía que hacer una cosa cerca de aquí y se me ocurrió visitarlos. No me gusta perder de vista a los viejos amigos.
—Nunca la habría reconocido, ha mejorado de una manera que yo nunca hubiera podido imaginar —comentó miss Pynsent, con una naturalidad que justificaban sus años y la idea que ella tenía de lo que significaba ser respetable.
—Usted sí que no ha cambiado; siempre estaba diciéndome cosas horribles.
—Pero supongo que ya no le importa, ¿verdad? —dijo la modista, que se sentó también, pero sin volver a coger la labor, pues estaba pasmada ante la grandeza de su visita.
—¡Huy! Ahora estoy estupendamente —declaró miss Henning, con la seguridad de quien no tiene miedo alguno de lo que pueda decir la gente.
—Era una niña muy mona, yo nunca dije lo contrario, pero no podía imaginarme que fuera a transformarse así. Es demasiado alta para mujer —comentó la modista, que vacilaba entre sus antiguos prejuicios y la realidad que tenía delante.
—Disfruto de una salud formidable —dijo la chica—; todo el mundo cree que tengo por lo menos veintidós años.
Estaba tan satisfecha de su tamaño y de su hermosura, que daba la impresión de que fuera a quitarse la chaqueta y dejarle a uno tentarle el brazo para que viera que no había trampa. Era realmente guapa, con un aire natural, descarado y radiante, una cara despejada y expresiva, gran abundancia de pelo castaño y una sonrisa satisfecha de lucir la blancura de sus dientes. Tenía el cuello bonito y fuerte, y una notable riqueza de curvas femeninas en su robusta figura. Llevaba unos guantes que no le cubrían del todo la muñeca y permitían ver, en las partes que quedaban libres entre las numerosas pulseras de plata, que tenía la piel bastante roja, detalle observado por miss Pynsent, que pensó que las manos no eran más delicadas que los pies. No era elegante, y la modista, que no había perdido su afición a todo lo que fuera distinguido, se permitió pensar que era vulgar, a pesar de tanta magnificencia. Pero había en ella algo increíblemente fresco, plenamente logrado y atractivo. Era londinense de pies a cabeza, evocaba el gentío de las calles y el tráfico apresurado de la gran ciudad; había sacado la salud y la fuerza de sus patios mugrientos y sus calles brumosas y había llenado con su ambición todos sus parques, plazas y rincones. Londres la había calado hasta los huesos, le debía el sonido de su voz y la forma de llevar la cabeza; lo comprendía por instinto y lo amaba con pasión; representaba toda su inmensa vulgaridad y todo lo que tenía de curioso, su astucia, su brutalidad, su buen natural y su impudicia, y podría haber figurado, en un desfile alegórico, como la glorificación de la ciudad, la ninfa del desierto de Middlesex, la flor de las parroquias apiñadas, el genio de la civilización urbana, la musa del cockney.
Los distingos que la modista hacía al mirarla le habrían costado menos escrúpulos de haber podido adivinar la impresión que ella misma le hacía a Millicent y hasta qué punto todo aquello le olía a pobreza y fracaso a la flamante joven. La imagen infantil que tenía de su dueña era la de una persona limpia, fina, superior, con grandes bucles pegados a las sienes, y un aire brillante —que le venía de andar siempre manipulando telas ricas, sedas por lo menos— que Millicent miraba con envidia. La mujercita que tenía delante estaba calva, pálida y llena de alfileres; sus ojos, pequeños y desconfiados, y el horrible gorrito que llevaba no podían disimular en qué había parado todo. Miss Henning bendijo una vez más su suerte, que no la había obligado a ganarse la vida cosiendo y cosiendo año tras año, en aquella calle que nadie era capaz de encontrar, y metida en un cuarto triste en el que nada había cambiado, cuando que no hubiera cambios era algo que exasperaba a su robusta y joven naturaleza. Pensó en la suerte que había tenido en pertenecer a una rama del comercio más movida y excitante, y observó también que, aunque ya era casi el mes de noviembre, no había fuego en la rejilla de la chimenea, que aparecía muy limpia y adornada con una composición, en parte arquitectónica y en parte botánica, hecha con el pelo de los padres de miss Pynsent, cubierta por un cristal, y flanqueada por dos jarroncitos con flores de tela.
Si la chica pensaba que la mirada de aquella señora mostraba desconfianza, hay que reconocer que la modista estaba en guardia ante la visita inesperada y poco agradable de alguien que le recordaba uno de los episodios menos honrosos en los anales de Lomax Place. Miss Pynsent estimaba a la gente en proporción al éxito que hubieran tenido al formar una familia, en el caso naturalmente de que tuvieran con qué formarla. Entre los distintos miembros de la casa de Henning el éxito había sido escasísimo, y las trifulcas domésticas de la casa de al lado, cuyas vicisitudes podía seguir sólo con inclinar el oído hacia la pared medianera mientras estaba cosiendo, resultaban especialmente audibles gracias al ruido de cacharros rotos y a las imprecaciones de los lisiados, y habían sido durante mucho tiempo el escándalo de una vecindad humilde pero en buena armonía. Se suponía que el señor Henning ocupaba un puesto de confianza en una fábrica de cepillos, mientras su esposa, que permanecía en casa, se dedicaba a lavar y remendar la ropa de la numerosa prole, compuesta sobre todo de chicos. Pero la economía, la sobriedad y otra virtud todavía más importante no habían presidido nunca la vida familiar. La libertad y frecuencia con que la señora Henning mantenía relaciones con un hombre que pulía estufas más allá de Euston Road no eran ningún secreto, al menos para quien vivía en la puerta de al lado y tenía tal costumbre de levantar la cabeza de la labor que era un milagro que la acabase tan pronto. Los pequeños Henning, siempre sin lavar y sin nadie que les regañara, pasaban la mayor parte del tiempo en la calle, zurrándose unos a otros o corriendo a la tienda de la esquina por un penique de ginebra, y era también algo que provocaba exclamaciones la propensión que sus padres tenían a pedir cosas prestadas. No había un solo objeto de uso personal o doméstico que la señora Henning no hubiera intentado en alguna ocasión sacarle a la modista; desde un colchón, una vez que pensaba que iba a tener que estar mucho tiempo en la cama, hasta unas enaguas de franela o una tetera de estaño. Desde sus umbrales y ventanas, Lomax Place tuvo ocasión de contemplar el embargo de los enseres de tan interesante estirpe por un casero paciente, y el desahucio del grupo entero, que marchó en desbandada y sin amilanarse, entre burlas y descaros que no se ganaron las simpatías de la calle. Millicent, cuya amistad con Hyacinth Robinson siempre había inquietado a miss Pynsent —consideraba que Millicent era una chicuela sucia y temía que le enseñara cosas malas al huérfano inocente—, la niña que se sentaba en la puerta con su mirada burlona, su abundantísimo pelo y su belleza precoz, tenía entonces doce años. Desapareció como desaparecieron sus acompañantes; Lomax Place los vio doblar el cabo, es decir dar la vuelta a la esquina, y volvió a sus ocupaciones, convencida de que iban a naufragar en los arrecifes de fuera. Ni rastro de ellos apareció más por sus antiguos dominios, y se creyó que el pozo sin fondo de la ciudad se los había tragado a todos. Miss Pynsent soltó un suspiro; había pensado siempre que de ninguno de ellos iba a salir nada bueno, y de Millicent todavía menos.
Al reaparecer aquella jovencita, y con muestras de haber sobrevivido más que bien, no pudo menos de preguntarse si semejante fenómeno no representaba pura y simplemente el triunfo del vicio. Estaba alarmada, pero hubiera dado el dedal de plata por conocer la historia de la chica y, entre el susto y la curiosidad, pasó una media hora muy desagradable. Comprendía que la familiar y misteriosa criatura estaba jugando con ella, vengándose de la animadversión anterior, de haber sido humillada e insultada por una solterona curiosa que no pintaba nada a su lado. Si no era el triunfo del vicio era por lo menos el triunfo de la impertinencia, y también el de la juventud, la fuerza, y una mayor familiaridad con el arte del vestir de la que miss Pynsent pudiera alardear, a pesar del ridículo rótulo de su puerta. Veía, o creía ver, que Millicent quería asustarla, hacerle creer que había venido por Hyacinth, que quería atraparle y tentarle o descarriarle de alguna manera. Sentiría imputarle a la señorita Henning cualquier motivo que no fuera el deseo de divertirse, un sábado por la tarde, y dar un buen paseo que sus vigorosas piernas no tenían por qué rechazar; pero hay que confesar también que, al verse tratada como un lobo voraz dispuesto a lanzarse sobre el inmaculado corderillo, estaba riéndose en las mismas narices de miss Pynsent, y lo hacía con buen humor, sin darle importancia y sin soltar una palabra que pudiera aclarar las cosas. Pero si no había venido por Hyacinth, ¿por qué había venido? No era por amor a la modista y sus costumbres. Recordaba al chico y algunos de sus momentos cariñosos, y con la absoluta libertad de que gozaba —y la afición a agarrarse a cualquier pretexto para andar por las calles de Londres y mirar los escaparates— había pensado que podía dedicar una tarde a darse el gusto de revivir el pasado, de visitar otra vez los lugares de su infancia. Consideraba que su infancia había terminado con la marcha de su familia de Lomax Place. Si los ocupantes de aquel mal disimulado suburbio no habían vuelto a saber nada de lo que hubiera sucedido a sus desterrados paisanos, ella sí había conservado una impresión muy viva de aquellos terribles años intermedios. La familia, como tal familia, había rodado, y hasta el fondo mismo, y Millicent no dejaba de preguntarse a veces, en los momentos menos ufanos, qué buena estrella se había interpuesto en su caída y hasta le había permitido volver a subir la cuesta. En los momentos menos ufanos, ya digo, pues por regla general encontraba explicaciones de sobra para toda buena fortuna que le cayera encima. ¿Había algo más natural que el que una chica tan guapa y tan lista pudiera hacer milagros? Millicent sentía compasión por los jóvenes a quienes un destino miserable había concedido uno solo de esos atributos. Era de buen natural, pero no pensaba en satisfacer la curiosidad de miss Pynsent: le parecía que hacía bastante con estimularla.
Le dijo a la modista que tenía un puesto importante en unos grandes almacenes que había cerca de Buckingham Palace; estaba en el departamento de chaquetas y abrigos; se ponía todos esos artículos para enseñárselos a los clientes, y ganaban tanto cuando los lucía ella que todo lo que se pusiera tenía garantizada la venta. Miss Pynsent podía imaginarse lo que se valoraban sus servicios. Acababa de tener una oferta espléndida de otro establecimiento, uno enorme de Oxford Street, y estaba pensando si aceptarlo.
—Tenemos que ir muy bien vestidas —comentó—, pero a mí eso no me importa, porque siempre me ha gustado estar guapa.
La modista, por su parte, muy seria tras las feas gafas que tenía que llevar desde hacía años, daba la impresión, al cabo de media hora, de no saber qué hacer con ella. A propósito de sus padres y de lo que hubiera ocurrido en el intervalo la chica daba pocas noticias, y miss Pynsent pudo ver que el círculo doméstico no encerraba ni sombra de santidad para ella. Contaba sólo consigo misma, y se mantenía bien firme. El que se quedara allí tanto tiempo, que pasara de media hora, demostraba que había venido por Hyacinth, ya que la pobre Amanda no le daba más información que la que juzgaba decente ni le decía nada que pudiera animarla a seguir allí. Se limitó a decir que mister Robinson (ponía cuidado en llamarle así) se había dedicado a la encuadernación, y había entrado de aprendiz en una casa en la que se hacían los mejores trabajos que podían encontrarse en Londres.
—¿Encuadernación? ¡Atiza! —exclamó miss Henning—. ¿Quiere decir que los preparan para las tiendas? Bueno, siempre creí que tendría algo que ver con los libros. Pero nunca pensé que se dedicara a un oficio.
—¿Un oficio? —gritó miss Pynsent—. Tendría que oír a mister Robinson hablar de él. Lo considera algo maravilloso, una de las bellas artes ni más ni menos.
Millicent sonrió, como si conociera muy bien la forma que tenía la gente de considerar las cosas, y dijo que era posible que fuera un trabajo limpio y agradable, pero que no podía creer que tuviera mucho que ver.
—Bueno, a lo mejor sí que hay algo más que ver que aquí —concluyó.
Había encontrado por fin algo irritante que decir, algo que fuera como echarle en cara a la modista su agresiva respetabilidad, que se reducía a pasar años y años sentada en aquel cuchitril oscuro, y sin más panorama al otro lado de la ventana que la perspectiva de Lomax Place. A Millicent le gustaba sentirse fuerte, pero no era bastante fuerte para eso.
A miss Pynsent le pareció cruel aquella alusión a su menguada industria; pero pensó que era natural que insultaran a uno si se dedicaba a hablar con una chica ordinaria. Juzgaba a la joven desde el punto de vista de una persona que no era ordinaria, y si había alguna diferencia entre ellas tenía razón al creer que la diferencia estaba a su favor. El «corte» de miss Pynsent no era realmente elegante, y tampoco podía uno fiarse mucho de ella a la hora de aplicar galones o combinar los colores, pero, desde el punto de vista moral, tenía el mejor gusto del mundo.
—No tengo tanto trabajo como antes —comentó—, si es eso lo que quiere decir. Mi vista ya no es tan buena, y mi salud también se ha resentido con los años.
No sé hasta qué punto le impresionó a Millicent la dignidad con que había hecho esa confesión la modista, pero contestó sin inmutarse que lo que miss Pynsent necesitaba era una ayudante joven, una chica mona y con gusto que animara el negocio y le diera a ella ideas nuevas:
—Sigue usted siempre con las mismas cosas; sólo con mirar cómo ha puesto la trencilla en ese vestido puedo verlo —dijo señalando con su primoroso paraguas, el que la modista tenía en las rodillas.
Luego continuó exasperándola, con el mismo aire de patrocinarla y de darle ánimos y consuelo en la forma más enojosa que había soportado la sensible piel de miss Pynsent. La pobre Amanda acabó por contemplarla como a una actriz que representara algo, una cantante o prestidigitadora, y llegó a pensar también si no sería ella misma la «chica mona» que proponía para dar lustre al empañado letrero. Miss Pynsent, en otros tiempos, había tenido ayudantas; tuvo durante unos meses hasta una «primera oficiala», pero algunas de aquellas damiselas habían resultado ejemplares tan preciosos que conservaba todavía sus andanzas en la memoria. Nunca, sin embargo, ni aun en los peores momentos, había confiado sus intereses a un ejemplar tan extraordinario como el que tenía delante. Por otro lado, no tardó en tranquilizarse con respecto a las intenciones de Millicent, pues veía cada vez más claro que era una persona sumamente ambiciosa y necesitaba un campo mucho más amplio que el saloncito mohoso que en aquellos momentos, y sólo Dios sabía por qué, honraba con su presencia. Miss Pynsent refrenaba su lengua como hacía siempre que se tocaba lo que era el dolor de su vida, la idea del declinar lento e inexorable en que había entrado, casi diez años antes, el día en que sus dudas y escrúpulos se habían resuelto en una espantosa equivocación. La convicción profunda de que había sido un error le había dolido desde aquel día, y había palpitado en ella como una enfermedad incurable. Había sembrado en la mente del niño la semilla de la vergüenza y el rencor; le había señalado su estigma, su punto exquisitamente vulnerable, y le había condenado a saber que el sol no iba a brillar ya para él como brillaba para casi todos los demás. Cuando el chico tenía dieciséis años supo —o creyó saber— el juicio que había formado sobre ella, y vivió durante varios meses un período terrible, una prueba en la que toda su antigua prosperidad se vino abajo. Al darse cuenta de su equivocación, lloró tanto que se desgastó los ojos, y se debilitó de tal manera que parecía que no podría tocar otra aguja en su vida. Perdió todo interés por su trabajo, aquella facilidad de invención de que siempre había estado tan ufana, y su fama de tener las habitaciones más limpias que podían encontrarse en Lomax Place. Un par de comerciantes y un fontanero galés muy religioso, que durante varios años habían vivido en su casa, le retiraron su apoyo alegando que las camas no estaban ya tan bien ventiladas, leyenda que se difundió como una injuria. No volvió a saber, ni a importarle lo más mínimo, cómo se llevaban las mangas, y, en cuestión de nesgas y volantes, no entendía una palabra. Se vio aquejada de una debilidad grave, y más tarde de un estado de languidez prolongado, durante el cual Hyacinth la atendió con tal devoción que hizo que su sentimiento de culpa se volviera aún más agudo, y que llevó a mister Vetch, en cuanto pudo levantar la cabeza, a visitarla y estar con ella en las largas horas de la convalecencia. Al cabo de algún tiempo pudo restablecer hasta cierto punto el alquiler de habitaciones (la otra faceta de su actividad parecía haber quedado en marea baja para siempre); pero nada volvió a ser lo mismo, y ella sabía que era el principio del fin. Así habían ido las cosas, y así veía acercarse el final; tenía que estar muy cerca cuando una chiquilla a la que había conocido tirada en mitad de la calle venía a airearlo envuelta en sedas y lazos. Dio un pequeño suspiro de alivio al ver que Millicent se levantaba y se quedaba de pie, atusando el cilindro brillante de su paraguas.
—Acuérdese de expresarle a Hyacinth todo mi cariño —dijo la chica con una seguridad que dejaba bien claro que no era sensible a protestas tácitas—. No me importa que suponga que, si he estado aquí tanto tiempo, ha sido porque esperaba que apareciera para el té. Si quiere, puede decirle que he esperado una hora entera; no es ninguna vergüenza que quiera ver al novio de mi infancia. ¡Puede enterarse de que le llamo así!
Millicent continuó exhibiendo su sonrisa de escaparate, como pensaba miss Pynsent, y dando un permiso tras otro, como si fueran verdaderas indulgencias.
—Expóngale todo mi cariño y dígale que espero vaya a verme. Pero veo que no va a decirle nada. No sé de qué tiene miedo, pero es igual; de todas formas, voy a dejarle mi tarjeta.
Sacó una libretita de color brillante, y miss Pynsent vio con asombro que extraía de ella un trozo de cartulina impresa; le parecía realmente monstruoso que uno de aquellos miserables Henning pudiera desplegar ante ella semejante emblema de posición social. Millicent, al dejar la tarjeta sobre la mesa, se alegró del efecto que había producido, y soltó otra sonora carcajada al contemplar la cara, entre hambrienta y pasmada, de la modista:
—Pero ¿qué cree que voy a hacer con él? —preguntó—. Podría comérmelo de un bocado.
La pobre Amanda no volvió a echar otra ojeada a la cartulina que estaba sobre la mesa, aunque sí vio que en una esquina llevaba la dirección de su visita, un detalle que Millicent había preferido no mencionar. Se limitó a levantarse, retirando la labor con mano temblorosa y se dispuso a ver marchar a la señorita Henning lo más lejos posible:
—No crea que voy a escabullirme para que no se entere. Pienso decirle que ha estado aquí, y voy a decirle también lo que me ha parecido.
—Por supuesto que dirá algo que fastidie, ya me lo decía cuando era pequeña. Tenía la costumbre de hacerlo, ¿sabe?
—¡Ay!, bueno —dijo miss Pynsent, picada por el recuerdo de una animadversión que a juzgar por el aspecto de la chica había dado tan poco resultado—, ha cambiado mucho ahora, sobre todo cuando pienso de dónde venía.
—¿De dónde venía? —Millicent echó atrás la cabeza y abrió los ojos de par en par, entre un revuelo de plumas y cintas—. ¿Quería que me quedase en este asqueroso sitio para el resto de mis días? Usted sí que ha tenido que quedarse, así que podría hablar mejor de él.
Se puso colorada, alzó la voz y aparecía soberbia en su desprecio:
—Y haga el favor de decirme, ¿de dónde ha venido usted?, ¿de dónde ha venido él, el misterioso «mister Robinson» que nos tenía tan intrigados a todos en Plice? Creía que a lo mejor iba a aclarármelo, pero todavía no me lo ha dicho.
Miss Pynsent se volvió, tapándose los oídos con las manos.
—No tengo nada que decirle. ¡Salga de este cuarto, salga de mi casa! —gritó con voz temblorosa.