XVI

El aspecto de South Street, en el distrito de Mayfair, un domingo por la tarde y en el mes de agosto es muy poco animado, pero el príncipe llevaba diez minutos mirando por la ventana el elegante vacío de la escena; las bajadas persianas de las casas de enfrente, el guardia solitario en la esquina, que ocultaba el bostezo con una mano enguantada de blanco, y hasta la discreta luz que parecía comprender la obligación de observar decentemente el sagrado sábado británico. Claro que nuestro personaje tenía verdadero talento para mantener esa actitud; era una de las cosas que habían exasperado a su mujer; con ayuda de alguna cosa que sostuviera su alta y delgada persona podía quedarse quieto, contemplando con calma y sin dar signos de vida cualquier objeto que tuviera ante él y ofreciera un ángulo favorable a su aristocrática cabeza durante un período de tiempo extraordinariamente largo. Al entrar en la habitación se había fijado un poco en la decoración y en los muebles, y había visto en seguida que eran ricos y variados; algunas cosas las reconocía como a viejos amigos, chismes a los que la princesa tenía cariño y que la habían acompañado en sus numerosos traslados, pero había otras cosas que no eran familiares y le hacían comprender claramente que no había dejado de «coleccionar». Pensó dos cosas: una, que seguía llevando una vida tan cara como siempre, y la otra, que fuera lo que fuera, no había nadie que tuviera tanto gusto para la mise-en-scène, un talento semejante para arreglar una habitación. Dondequiera que estuviese, las suyas eran siempre las más bonitas de Europa.

Su impresión era que hacía sólo tres meses que había cogido la casa de South Street, pero ¡santo cielo, cuánto había podido meter allí! El príncipe se hizo la pregunta sin violencia: no era la línea que debía seguir aquel día. Podía llegar a enfadarse hasta un punto del que él mismo se asustaba, pero creía también que lo hacía únicamente cuando le pinchaban más de lo soportable; normalmente era agradable y de buen carácter, como su extremada urbanidad parecía anunciar. Realmente no había en él nada que pudiera sugerirle a cualquiera que era un noble intratable y vengativo: no tenía las facciones regulares, y el color de su piel era bilioso, pero los ojos, oscuros, saltones e inexpresivos, reflejaban benevolencia y tristeza; inclinaba la cabeza de una manera atenta y considerada; y su pelo, muy corto, combinado con una barba fina y puntiaguda, completaba el parecido con algún viejo retrato de un personaje noble de la época de la dominación española en Nápoles. Aquel día había llegado con ánimo conciliatorio, casi de humildad, y no se permitía ni un murmullo ante la larga espera que había de aguantar. Sabía muy bien que si su mujer aceptaba que volviera, sería sólo después de una prueba en comparación de la cual la espera en el salón no era más que una broma. Pasó un cuarto de hora entero antes de que la puerta se abriera, y no fue la princesa la que apareció sino madame Grandoni.

Su encuentro, en el primer momento, fue una renuncia a las palabras. Fue hacia él con las manos tendidas, cogió la suya y la retuvo un momento, mirándole con afabilidad. Había alargado su colorada y sonriente cara hasta un grado casi cómico y, en su silencio solemne, los dos hubieran podido pasar por conocidos que se encuentran en la casa donde van a celebrarse las exequias de un difunto. En realidad era una casa a la que había bajado la muerte, y él pronto pudo leerlo en la expresión de madame Grandoni; algo había muerto allí para siempre y podía disponerse a enterrarlo cuando mejor le pareciera. Pero su vieja amiga alemana no era la persona indicada para mantener esa nota mucho tiempo y, cuando después de haberle hecho sentarse junto a ella en el sofá, movió la cabeza despacio y varias veces, lo hizo con un gesto en el que aparecía una visión más cordial de los hechos.

—¿Nunca, nunca, nunca? —dijo el príncipe con una voz ronca y profunda, que no estaba nada de acuerdo con su aspecto.

Tenía el aire que puede verse en los últimos descendientes de algunas razas viejas y que hoy día calificamos de caduco, pero el tono de la voz, en cambio, le hubiera servido a algún robusto antepasado para lanzar su grito de guerra.

—Conoces a tu mujer tan bien como yo —contestó ella en italiano, que hablaba con facilidad, pero con un fuerte acento gutural—. He estado hablando con ella: por eso te he hecho esperar. Le he pedido que viniera a verte. He dicho que eso no empeoraría las cosas y que no la comprometía a nada. Pero ya conoces a tu mujer —repitió madame Grandoni con intensidad muy atenuada.

El príncipe Casamassima se miró las botas:

—¿Cómo puede uno conocer a una persona como ella? Esperaba que me viera cinco minutitos.

—¿Con qué objeto? ¿Tienes algo que proponer?

—¿Con qué objeto? Para poner mis ojos en su bonita cara.

—¿Y has venido a Inglaterra para eso?

—¿A qué venir si no? —preguntó el príncipe, al tiempo que volvía su apagada mirada hacia el lado opuesto de South Street.

—En Londres y en un día como éste, già —dijo cariñosamente la señora—. Pues lo siento por ti, pero de haber sabido que pensabas venir te habría escrito para ahorrarte la molestia.

Él dejó escapar un suspiro:

—Me preguntas si tengo algo que proponer. Pues lo que quiero proponer es que mi mujer no siga matándome poco a poco.

—¡Tendría muchas más ocasiones de hacerlo si vivieras con ella!

Cara amica, no parece que te haya matado a ti —contestó con tristeza el aristócrata.

—¡Huy, a mí!, a mí ya no hay quien me mate. Soy más dura que una piedra. Yo pasé mis desgracias hace mucho; sufrí más de lo que tú has sufrido; llegué a desear la muerte muchas veces, pero sobreviví a todo. Las penas no nos matan, principe mio; somos nosotros los que tenemos que matarlas. Yo he enterrado ya unas cuantas. Aparte de eso, Christina me quiere, ¡el diablo sabrá por qué! —concluyó madame Grandoni.

—Y tú eres muy buena con ella —dijo el príncipe, que puso su mano sobre la muñeca, gorda y arrugada, de la amiga.

Che vuole? La conozco desde hace mucho. Y tiene grandes cualidades.

—¿A quién vas a decírselo? —Volvió a mirarse las botas en silencio, y preguntó después—: ¿Cómo está hoy?

—Siempre está lo mismo: igual que un ángel que hubiera caído ayer del cielo y se sintiera un poco desilusionado de su primer día en la tierra.

El príncipe era una naturaleza sencilla, y la metáfora, más bien forzada, de madame Grandoni le gustó. Se le animó un poco la cara y contestó con vehemencia:

—Es la única mujer que he visto no pierda belleza en algún momento. ¡Y está guapísima cuando se enfada!

—Hoy está guapísima, pero no enfadada.

—¿Ni siquiera cuando le anunciaron mi nombre?

—Yo no estaba con ella entonces; pero cuando mandó a buscarme y me pidió que viniera a verte lo hizo sin excitarse. Y cuando yo discutí con ella y traté de persuadirla (ya sabes que eso no le gusta nada) seguía estando tranquila.

—Me odia, me desprecia demasiado, ¿eh?

—¿Cómo voy a saberlo, querido príncipe, si no te menciona nunca?

—¿Nunca, nunca?

—Es mucho mejor que si se burlara o hablara mal.

—¿Quieres decir que puedo tener alguna esperanza para el futuro? —preguntó rápidamente el príncipe.

Su vieja amiga hizo una pausa:

—Quiero decir que es mejor para mí —contestó con una carcajada, cuyo amistoso sonido cubría en lo posible el equívoco.

—Me quieres lo bastante como para preocuparte —murmuró, mirándola con ojos tristes y agradecidos.

—Lo siento mucho. Ma che vuole?

El príncipe, al parecer, no tenía nada que decir, y se limitó a soltar otro triste gemido. Luego preguntó si su mujer se encontraba a gusto en aquel país y si pensaba pasar el verano en Londres. ¿Pensaba quedarse mucho tiempo en Inglaterra y, si podía tomarse la libertad de preguntarlo, cuáles eran sus planes? Madame Grandoni contestó que a la princesa la capital de Inglaterra le había gustado más de lo que podía esperarse, y que tenía tantos planes o tan pocos como siempre. ¿La había visto alguna vez llevar a cabo alguna cosa o hacer algo de lo que había preparado o prometido? En el último momento siempre hacía lo contrario, lo que no parecía tener importancia, y por eso madame Grandoni hacía preparativos por su cuenta. Christina, ya que todo había pasado, se marcharía de Londres en cualquier momento, pero no sabrían adonde iban hasta que hubieran llegado. La señora terminó preguntando al príncipe si a él le gustaba Inglaterra.

Hizo un gesto con los labios:

—¿Cómo va a gustarme? Aparte de eso, ya he estado aquí. Tengo muchos amigos.

Madame Grandoni veía que quería decirle algo más, hacer preguntas, pero vacilaba nervioso, porque temía recibir alguna advertencia, algún desaire, que su dignidad, realmente muy grande, a pesar del mal momento que atravesaba, iba a encontrar difícil de soportar. Echó una mirada a la habitación y dijo:

—Quería ver por mí mismo cómo vive.

—Sí, es muy natural.

—He oído… he oído… —y el príncipe Casamassima se paró.

—Has oído toda clase de porquerías, eso no lo dudo. —Madame Grandoni le vigilaba, como si se temiera lo que iba a venir.

—Gasta una cantidad de dinero tremenda.

—Sí, claro que lo hace.

Madame Grandoni sabía que, aunque se preocupaba por su considerable fortuna, que en tiempos había necesitado muchos cuidados, no era la prodigalidad de su mujer lo que más le pesaba. Sabía también que por muy gastadora que fuera Christina, nunca había sobrepasado la cantidad que el príncipe le asignó al separarse, y que estaba determinada por lo que él estimaba necesario para mantener el rango social que correspondía a su nombre, por el que sentía ilimitado respeto.

—Ella cree que es un modelo de economía, le parece que cuenta cada chelín. Si hay alguna virtud de la que se precie es precisamente ésa. En realidad, es la única cosa por la que tiene algún crédito.

—Ignoro si sabe que yo… —vaciló, luego dijo— no gasto apenas nada. Pero antes viviría a pan seco que consentir que en un país como éste, y en medio de esta gran sociedad inglesa, no hiciera el papel que le corresponde.

—El papel que hace es tan bueno como pueda desearse. Claro que, ¿cómo no iba a serlo teniéndome a mí para ayudarla?

—Tú eres lo mejor que tiene, querida amiga. Mientras estés con ella siento cierta seguridad; y uno de los motivos de mi viaje ha sido obtener la promesa de que no vas a dejarla.

—¡Huy! No nos enredemos con promesas —exclamó madame Grandoni—. Ya conoces el valor de cualquier compromiso que uno pueda tomar con respecto a la princesa. Es como prometerte que voy a quedarme en el baño cuando el agua esté hirviendo. Cuando empezara a escaldarme tendría que saltar afuera, aunque estuviera en cueros. Estaré mientras pueda, pero no me quedaré si hace ciertas cosas.

Madame Grandoni pronunció estas últimas palabras con mucho énfasis, y los dos estuvieron mirándose a los ojos un momento.

—¿Qué cosas quieres decir?

—No puedo decir qué cosas. Es absolutamente imposible predecir lo que haga Christina en cualquier momento. Es capaz de darnos grandes sorpresas. Las cosas que quiero decir son cosas que reconocería en cuanto las viera, y que me harían salir de casa inmediatamente.

—O sea que si todavía no te has marchado… —dijo el príncipe muy serio.

—Ha sido porque he pensado que todavía podía hacer algo si me quedaba.

No pareció muy satisfecho de la respuesta; pero, pasado un momento, dijo:

—Para mí eso es toda la diferencia. Si sucediera algo de lo que dices, más razones habría para que te quedaras. Podrías interponerte, podrías pararlo… —El príncipe se paró también ante su gran mueca alemana.

—Supongo que más de una vez has estado en Roma cuando se desborda el Tiber, è vero? ¿Y qué te hubiera parecido entonces oír decir a la gente, a los desgraciados del ghetto y de la ripetta, cuando estaban con el barro hasta la rodilla, que se interpusieran, que lo pararan?

Capisco bene —dijo el príncipe, bajando los ojos. Por unos momentos pareció que los había cerrado, como si sintiese un gran dolor—. No puedo decirte qué es lo que más me atormenta, lo que hace que algunas veces parezca que se me sube el corazón a la boca. Es un miedo que me persigue.

La palidez de su cara y la respiración agitada podían pasar por las de un hombre que acaba de ver un espectro.

—No necesitas decírmelo. Lo comprendo muy bien, querido amigo.

—¿Entonces crees que hay peligro, que va a arrastrar mi apellido y a hacer lo que no se ha atrevido a hacer nadie? —preguntó casi en un susurro y con voz ronca que producía mucho efecto.

Madame Grandoni pensó si no sería mejor decirle de una vez (ya que debía prepararse a lo peor) que su mujer se preocupaba tanto de su apellido como de las etiquetas viejas de las maletas; pero después de pensarlo un momento se reservó la noticia para mejor ocasión. Además, pensó para sus adentros que el príncipe sabría bien que Christina consideraba que las obligaciones y prohibiciones se derivaban únicamente de su malhadada unión con la raza italiana, ignorante y supersticiosa, a la que despreciaba por provinciana, tacaña e inútil (pensaba que su conversación era el colmo del infantilismo) y de la que se había burlado varias veces en público por el necio concepto que tenían de su importancia en el mundo. Por fin, se limitó a comentar:

—Querido príncipe, tu esposa es una mujer muy orgullosa.

—¿Y cómo podría no serlo? Pero su orgullo no es el mío. ¡Y tiene unas ideas, unas opiniones! Algunas son monstruosas.

Madame Grandoni sonrió:

—No cree tan necesario tenerlas cuando no estás tú delante.

—¿Por qué comprendes entonces mis temores y dices que te imaginas las historias que he oído?

No sé si la buena señora perdió la paciencia al ver que insistía, pero dijo con cierta brusquedad:

—Comprende una cosa, comprende una cosa: Christina nunca te considerará a ti, tu apellido, tus ilustres tradiciones, más de lo que se considera a sí misma.

El príncipe pareció estudiar por un momento aquella ambigua aunque fabulosa frase; luego se levantó despacio, con el sombrero en la mano, y empezó a andar por la habitación, con solemnidad, suavemente, como si le dolieran sus largos pies. Se paró delante de una de las ventanas y volvió a echar otra mirada a South Street; después, preguntó de repente, con una voz en la que era evidente que había tratado de imponer frialdad:

—¿La admiran mucho aquí? ¿Ve a mucha gente?

—Creen que es una persona muy rara, desde luego. Pero ve a quien le apetece. Y con casi todos ellos se aburre de muerte —añadió madame Grandoni convencida.

—¿Por qué me dices entonces que le gusta este país?

La señora se levantó. Había prometido a Christina, que detestaba la idea de estar bajo el mismo techo que su marido, que la visita se mantendría dentro de límites muy prudentes, y aquel movimiento significaba también, con tanta amabilidad como fuera posible, que debía terminar:

—Lo que le gusta es la gente baja —contestó, con las manos cruzadas sobre las sedas arrugadas de su estómago, y con unos ojos que aún sabían fingir—. La clase baja, el basso popolo.

—¿El basso popolo? —preguntó el príncipe, asombrado ante tan fantástica noticia.

—Sí, la povera gente —repitió su amiga, divertida al ver su espanto.

—¿La plebe de Londres… La más espantosa, la chusma?

—Quiere elevarlos.

—Después de todo, es más o menos lo que había oído yo —dijo el príncipe muy serio.

Che vuole? No te preocupes; durará poco.

Madame Grandoni vio que su reconfortante anuncio se perdía; el príncipe había vuelto la cara hacia la puerta, que se había abierto de par en par, y tenía toda su atención puesta en la persona que cruzaba el umbral. Ella miró también hacia el mismo sector y reconoció al mismo artesano a quien Christina, de forma tan extraordinaria y tan característica, había llevado aquella noche al palco del teatro… diciéndole después a su amiga que había mandado a buscarle para que fuera a verla.

—¡El señor Robinson! —anunció el criado, que se sabía bien la lección, en voz alta, pero sin énfasis.

—No durará mucho —repitió madame Grandoni, para consuelo del príncipe; parecía que fuera al señor Robinson a quien iban dirigidas sus palabras.

Hyacinth estaba allí de pie; le hacía señas al criado para que dejara abierta la puerta y esperara, y miraba a la extraña señora, que seguía tan extraña como siempre, y al caballero alto y extranjero (vio en seguida que era extranjero), que parecía retarle, devorarle con los ojos. Se preguntaba si habría cometido alguna equivocación, y necesitaba recordar que llevaba en el bolsillo la nota de la princesa, con el día y la hora tan claros como podía ponerlos su magnífica letra.

—Buenos días, buenos días. Espero que se encuentre bien —dijo madame Grandoni con familiaridad, pero volviéndole la espalda para dirigirse al otro visitante, en el otro idioma, y mientras le tendía la mano—. ¿Y te marchas pronto de Londres, dentro de uno o dos días?

El príncipe no contestó; seguía examinando al encuadernador de pies a cabeza, como preguntándose quién diablos podría ser. A Hyacinth le daba la impresión de que buscaba el hatillo que debía de llevar bajo el brazo y sin el que resultaba incompleto. Sin embargo, el lector puede saber que, vestido con más cuidado que en toda su vida y bajo esa extraordinaria transformación que el domingo británico puede operar sobre el cockney asalariado, con su hermosa cabeza descubierta y la cara encendida por el asombro, el mozo de Lomax Place podía pasar por cualquiera menos por un recadero.

Como precaución, y por si podían reprocharle haberse precipitado, explicó:

—La princesa me escribió, señora, para que viniera a verla.

—¡Ah, sí! Lo supongo. —Y madame Grandoni condujo al príncipe hacia la puerta al tiempo que le deseaba un feliz viaje de regreso a Italia.

Pero seguía allí, tieso, y parecía haber llegado a una negra conclusión sobre el señor Robinson:

—Tengo que volver a verte. Tengo que hacerlo. ¡Es imposible!

—Bueno, pero no en esta casa, ¿eh?

—¿Me concederás el honor de que nos veamos? —preguntó, y al ver que la señora vacilaba, añadió con repentina vehemencia—: Querida amiga, te lo pido de rodillas.

Después de haber quedado en que si le escribía y le proponía día y lugar haría lo posible por verle, el príncipe se llevó a los labios los viejos nudillos de la señora y, sin volver a mirar a Hyacinth, dio media vuelta. Ella dijo al criado que anunciara la otra visita a la princesa, y luego se acercó al señor Robinson, sonriendo y frotándose las manos y con la cabeza muy ladeada. Él sonreía a su vez, vagamente, y no sabía qué iría a decirle. Con gran sorpresa suya, lo que le dijo fue:

—Pobre muchacho mío, ¿puedo tomarme la libertad de preguntar qué edad tiene?

—Naturalmente, señora; tengo veinticuatro años.

—Y espero que sea trabajador, y morigerado en todo, y… ¿cómo dicen en inglés?, juicioso.

—Creo que no soy muy alocado —dijo Hyacinth sin ofenderse. Encontraba a la señora paternalista, pero se lo perdonaba.

—Yo no sé cómo hay que hablar en este país a los jóvenes como usted. A lo mejor me considera impertinente y entremetida.

—Me gusta su manera de hablar —se apresuró a decir Hyacinth.

Le miró, y dijo luego con una dignidad cómica y afectada:

—Es muy amable. Me alegro de que le divierta. No cabe duda de que es inteligente y listo, y sería una pena que se llevara una desilusión.

—¿Qué quiere decir si me llevara una desilusión?

—Bueno, yo diría que cuando viene a una casa como ésta, espera grandes cosas de ella. Debe decirme si le molesto. Estoy muy anticuada y no soy de aquí. Hablo como se habla a los jóvenes como usted en otros sitios.

—¡No me enfado fácilmente! —aseguró Hyacinth en un rasgo de imaginación—. Para esperar algo hay que saber algo y entenderlo, ¿no? Sólo he venido porque una señora que me parece muy guapa y muy amable me ha hecho el honor de llamarme.

Madame Grandoni le examinó un momento, como si le extrañase lo bien parecido que era, la delicadeza que tenía en toda su persona:

—Veo que es muy listo, muy inteligente; no, no es como los jóvenes que yo digo. ¡Con mucho más motivo entonces! —Hizo una pausa y dio un pequeño suspiro; quizá le resultara muy difícil—. Quiero prevenirle un poco, y no sé cómo hacerlo. Si fuera un joven romano sería distinto.

—¿Un joven romano?

—Sí, allí es donde vivo realmente, en la Ciudad Eterna. Si le ofendo, puede explicarlo de esa manera. No, no es como ellos.

—No me ofende, le ruego que me crea; me interesa mucho —dijo Hyacinth, sin darse cuenta de que él también podía parecer paternalista—. ¿De qué quiere prevenirme?

—Bueno, sólo aconsejarle un poco. No renuncie a nada.

—¿A qué puedo renunciar?

—No renuncie a sí mismo. Lo digo en interés suyo. Creo que tiene algún trabajito honrado, se me ha olvidado lo que es. Pero sea lo que sea, recuerde que lo mejor es hacerlo bien; mejor que hacer visitas extraordinarias, mejor incluso que gustar a las princesas.

—¡Ah, sí, ya comprendo lo que quiere decir! —respondió Hyacinth con cierta exageración—. Le aseguro que mi trabajo me gusta mucho.

—Me alegro muchísimo de oírlo. Pues aférrese a él y permanezca tranquilo; sea trabajador y bueno, y siga adelante. La otra noche me pareció entender que era uno de esos jóvenes que quieren cambiarlo todo; creo que hay muchos en Italia y también en mi querida y vieja Alemania, y que hasta opinan que está muy bien tirar bombas sobre muchedumbres inocentes y pegar un tiro a los que gobiernan o a cualquier otra persona. Yo no me meto en eso. A lo mejor parece que estoy hablando de mí misma, y la verdad es que no me preocupo por mí. Soy ya tan vieja que espero no recibir un balazo en los pocos días que me quedan. Pero antes de seguir adelante haga el favor de pensar un poco si tiene razón o no.

—No me parece justo que me adjudique usted ideas que puedo no tener. —Hyacinth se puso muy colorado, pero cada vez sentía más simpatía hacia madame Grandoni—. Habla como le parece de nuestras intenciones y métodos, pero ¡como si no empleáramos más que los que le gustaran a usted! —Sonrió y movió la cabeza dos o tres veces muy significativamente.

—¡A mí me gustaría no tener que ver ninguno! Me gusta que la gente cargue con sus problemas como yo he cargado con los míos. Y en cuanto a injusticia, ya ve si le tengo simpatía cuando vuelvo a decirle que no renuncie a nada, a nada. Voy a encargar que le traigan un poco de té —añadió, mientras salía de la habitación, y le presentaba la espalda, vieja, redonda y encorvada, y la cola del vestido, que arrastraba sobre la alfombra.