X
Varios meses después de que Hyacinth le conociera, se le ocurrió a Millicent Henning que era hora de que nuestro héroe la llevase a algún lugar de diversión de los de primera fila. Él propuso entonces el Canterbury Music Hall, ante lo cual ella movió la cabeza y afirmó que lo menos que podía hacer un joven cuando una señorita había hecho todo lo que ella había realizado por él, era llevarla a pasar la tarde en un teatro del Strand. Hyacinth se hubiera visto perdido para decir con exactitud qué era lo que había realizado por él, pero se había acostumbrado a verla convencida de que tenía grandes obligaciones. Desde el día en que fue a buscarle a Lomax Place había pasado a ocupar un lugar muy importante en su vida, y el asombro reflejado en la consumida cara de la pobre Pinnie había subido varios grados. Todos los pronósticos de Amanda Pynsent se habían cumplido al pie de la letra: el cometa fugaz se había transformado en estrella fija. No le había hablado de Millicent más que una vez, varias semanas después de su entrevista con la chica; y no lo había hecho en tono de reproche, pues se había despojado para siempre de toda prerrogativa materna. La indagación llorosa, trémula y deferente era ya su única arma, y no podía haber nada más humilde o circunspecto que el uso que hacía de ella. No pasaba en casa ni una sola tarde y tenía una misteriosa manera de pasar los domingos, en lo que no entraba para nada la visita a la iglesia. En otros tiempos, después del té, se sentaba muchas veces con la modista junto a la lámpara y, mientras sus dedos volaban, le iba leyendo obras de Dickens y Scott; horas felices en las que parecía haber olvidado el daño que le había hecho y que le permitían a ella llegar casi a olvidarlo también. Pero después se bebía el té de un trago y tan de prisa que apenas tenía tiempo de quitarse el sombrero, y Pinnie, con su buen ojo para todo lo relacionado con el vestir, había observado que se lo ponía con más gracia y más ladeado que nunca y lo elevaba con aire victorioso. Canturreaba, se atusaba el bigote y miraba por la ventana cuando no había nada que ver; parecía preocupado, embarcado en excursiones intelectuales, nervioso unas veces y optimista otras. Durante todo el invierno, miss Pynsent explicó todas las cosas con cuatro palabras entre dientes: «¡Esa mula de carga!». Claro que en la única ocasión en que buscó alivio a sus nervios acudiendo a Hyacinth no se atrevió a designarla por ningún epíteto o mote.
—Hay una cosa que me gustaría saber —dijo, como si se le ocurriera en aquel momento; pero, por su silencio previo y por lo bien que la conocía, Hyacinth ya había leído su pensamiento—. ¿Espera que te cases con ella, hijo mío?
—¿Quién es la que espera? Me gustaría ver a la mujer que lo hace.
—Ya sabes quién digo. La que vino a buscarte —y bien que te enganchó— desde la otra punta de Londres.
Ante el recuerdo de tan insufrible escena, la pobre Pinnie enrojeció de indignación un momento:
—¿No hay ya bastantes tipejos en ese barrio donde vive para que tenga que venir a hacer estragos aquí? Me gustaría saber por qué no puede conformarse con lo que tiene a mano.
Hyacinth también se había puesto colorado al oír la pregunta, y Pinnie vio en su cara algo que le hizo cambiar de tono:
—Prométeme nada más una cosa, hijo mío querido; que si te metes en algún lío con esa pieza se lo digas inmediatamente a tu pobre vieja Pinnie.
—Mi pobre vieja Pinnie a veces me pone enfermo —dijo por toda respuesta—. ¿En qué clase de lío crees que voy a meterme?
—Mira, supón que dice que has prometido casarte con ella.
—No sabes de qué hablas. Tal como ella lo ve, no quiere casarse con nadie.
—¿Y cómo demonios lo ve entonces?
—Pero ¿te imaginas que voy a contar los secretos de una señora? —contestó el chico.
—¡Ay, santo Dios! Si supiera que es una señora, no tendría ningún miedo.
—Toda mujer es señora cuando se ha puesto bajo la protección de uno —declaró Hyacinth con sus pretensiones de hombre de mundo.
—¿Bajo tu protección? ¡Ya digo! —exclamó Pinnie, asombrada—. Y haz el favor de decirme: ¿a ti quién te protege?
Nada más decirlo se arrepintió, porque era precisamente el tipo de pregunta que podía sacarle de quicio. Sin embargo, una de las cosas que más le gustaban de él era que su carácter podía proporcionar grandes sorpresas; tenía de repente reacciones que resultaban muy favorables. No era nada dulce cuando se esperaba que lo fuera, y en cambio era un verdadero cielo cuando no tenía por qué serlo. A Pinnie en esos momentos le daban ganas de besarle, y había intentado muchas veces hacer comprender a mister Vetch los fascinantes rasgos de carácter que descubría a cada paso en su joven amigo. Pero era una característica más bien difícil de describir, y mister Vetch no alcanzaba a ver nada que se pareciera al confuso esquema psicológico trazado por la modista. En aquellos días era para ella un consuelo, casi el único que tenía, comprobar que Anastasio Vetch entendía mucho más de lo que se esperaba entendiese. Además le tomaba en serio, y hasta parecía considerar un deber ocuparse de él. Miss Pynsent llegaba incluso a pensar que el violinista tenía algunos ahorros, y que nadie sabía de ninguna otra persona que tuviera que ver con él. No se lo hubiera dicho a Hyacinth por nada del mundo, por miedo también a una desilusión, pero veía en sueños un pliego guardado en alguna extraña caja de solterón (no podía imaginar qué guardaban los hombres en esos sitios), en el que el nombre del joven se había escrito con letras muy grandes en presencia de un notario.
—Desde luego, no es que esté muy protegido —contestó, sonriendo a su demasiado preocupada compañera—. Pero en todo caso, el peligro no procederá de esa chica.
—No puedo comprender por qué te gusta —comentó Pinnie, como si hubiera dedicado horas enteras a juzgar el asunto con imparcialidad.
—Da gusto oír hablar a una mujer cuando se trata de otra. Eres amable y buena y, sin embargo, estás dispuesta a… —comentó Hyacinth, con un suspiro de hombre experimentado.
—¿Qué estoy dispuesta a hacer? A lo que no estoy dispuesta es a dejar que te engullan ante mis narices.
—Pues no necesitas tener miedo. No me arrastrará hasta el altar.
—¿Cómo? ¿No te considera bastante bueno para una de los preciosos Hennings?
—No lo entiendes, pobre Pinnie mía —dijo con aire cansado—. A veces creo que no hay una sola cosa en el mundo que puedas entender. Va a casarse uno de estos días con un regidor.
—¿Con un regidor… ésa?
—Con un regidor, un banquero, un obispo o cualquier otro pez gordo. No piensa terminar ahora la carrera, piensa empezarla.
—Bueno, ¡a ver si te deja para más tarde!
Hyacinth permaneció callado un momento y luego exclamó:
—Pero ¿de qué tienes miedo? Vamos a ver si aclaramos esto de una vez. ¿Tienes miedo a que me case con una chica de una tienda?
—No lo harás, ¿verdad que no? —dijo Pinnie en tono conciliador.
—¿Crees que voy a casarme con la primera que esté dispuesta a casarse conmigo? Cualquier chica que pueda mirarme a mí es precisamente el tipo de chica a la que nunca miraré.
A Pinnie le dio la impresión de que lo tenía todo previsto, cosa que no la sorprendió, pues estaba acostumbrada a verle llevar las cosas hasta el final desde que era pequeño. Pero se entusiasmaba siempre al oír algo que demostrara su convicción de ser de barro fino, alguna alusión indicadora de que no era lo que parecía. No era lo que parecía, pero, ni aun con la valiosa ayuda de Pinnie había conseguido saber qué era en realidad. Para que pudiera hacerlo, ella había puesto a su disposición un idealismo apasionado que, empleado en algún caso que trajera consecuencias, podría calificarse de verdadero derroche, pero que jamás llevó a la modista a arrepentirse o sentir escrúpulos por haberlo hecho.
—Estoy convencida de que una princesa podría fijarse en ti, y no perdería nada por eso —declaró entusiasmada, pues consideraba que aquellas palabras eran la seguridad más firme que le había dado nunca y bastaban para ponerle a salvo de los peores peligros.
Para la modista el mayor peligro era que se le ocurriera casarse con una persona de su misma clase social, pero como temía al mismo tiempo que su gusto se aplebeyase le pareció conveniente, antes de dejar el tema, decirle que ya sabía que tenía que darse cuenta de todo lo que le faltaba a una chica como Millicent Henning, que estaba bien claro no merecía que se matasen por ella.
—No me preocupo de lo que le falta. Estoy contento con lo que tiene.
—¿Contento? Hijo mío, ¿qué quieres decir? —tembló la modista—. ¿Contento de que sea íntima amiga tuya?
—Es imposible discutir estas cosas contigo —dijo Hyacinth con aire de superioridad.
—Ya lo comprendo. Pero yo creo que algunas veces tiene que aburrirte —concedió miss Pynsent astutamente.
—¡Vaya si me aburre a veces, de muerte!
—Entonces, ¿por qué te pasas toda la tarde con ella?
—¿Y dónde quieres que pase la tarde? ¿En alguna apestosa taberna o en la ópera italiana quizá?
Su amistad con la señorita Henning no era ni mucho menos tan íntima, pero no tenía ganas de demostrar a la pobre Pinnie que sólo disfrutaba de su compañía dos o tres veces a la semana; que otras no hacía más que vagar por las calles (su costumbre desde niño), y que algunas noches recurría a la casa de los Poupin o, si no hacía demasiado frío, charlaba y fumaba una pipa, a la puerta de cualquier casa, con un amigo mecánico. Más adelante, durante el invierno y después de haber conocido a Paul Muniment, su vida había cambiado mucho, pero Millicent siguió muy unida a ella. Odiaba el olor del vino, y más aún el de los sitios donde lo vendían. Las muestras de miseria y vicio que solía uno encontrarse en ellos le aterraban y atormentaban, y le llevaban además a hacerse preguntas que calaban aún más hondo al no encontrarles respuesta. Era para él una bendición, y un inconveniente al mismo tiempo, que el carácter delicado y artístico del trabajo que hacía en Crook, bajo la influencia de Eustache Poupin, fuera como una educación del gusto, y le enseñara a distinguir y reconocer lo escogido y a odiar lo barato. Eso hacía que la decoración brutal, chillona y atosigante de los bares, su diluvio de luces, el brillo de latón y estaño y los horrendos colores y maderas le resultasen odiosos. Era todavía muy pequeño cuando el «palacio de la ginebra» había dejado de parecerle palaciego.
Para aquel joven sin suerte, pero notablemente bien organizado, cualquier molestia o gratificación del sentido de la vista daba color a su pensamiento; y aunque vivía en Pentonville y trabajaba en Soho, aunque era pobre, desconocido, y se sentía atenazado y lleno de deseos imposibles, no había nada en la vida que tuviera para él tanto interés o valor como sus propias impresiones o ideas. Le llegaban de todo cuanto tocaba, le hacían vibrar, le mantenían casi todo el tiempo en una tensión palpitante y constituían además los principales acontecimientos y pasos de su carrera. Afortunadamente eran muchas veces una diversión inmensa. Todo lo que abarcaba su campo de observación le sugería una cosa u otra; todo le chocaba, le penetraba, le conmovía; recibía, en una palabra, y como hubiera podido decir, tantos mensajes de la vida que no sabía qué hacer con ellos; se sentía a veces como un hombre de negocios abrumado, que recibiera demasiadas cartas del correo. Claro que el hombre de negocios podía tener una secretaria pero ¿qué secretaria iba a aclararle a Hyacinth algunos de aquellos extraños mensajes de la vida? Le gustaba hablar de esas cosas, pero sólo algunas podía discutirlas con Milly. Dejaba que miss Pynsent se imaginara que todas sus horas libres estaban dedicadas exclusivamente a aquella señorita, y pensaba además que, aunque le diera cuenta de lo que hacía todos los días de la semana, no serviría de nada tampoco: ella seguiría aferrada a sus sospechas. Y relacionaba esa perversidad con la carga general del error que estaba condenado a soportar durante aquel crítico período de su vida. No importaba que le entendieran a uno un poco mejor o un poco peor. Claro que podía haber recordado que sí le importaba a Pinnie que, después de haberse sentido aliviada al ver la propiedad con que se expresaba sobre los asuntos matrimoniales de Millicent, había visto cómo su cariñosa y flaca carita iba alargándose poco a poco y recobraba su solemnidad acostumbrada. Eso ocurrió a medida que pasaban los días, pues no era mucho consuelo que no pensara casarse con la jovencita de Pimlico si se dedicaba a estar pegado a ella. Pero en aquel momento, y dando muestras de cierta indiferencia moral, la buena modista se limitó a declarar:
—En fin, si la ves tal como ella es, no me importa lo que hagas.
Era una mujer irreprochable, pero hacía cincuenta años que vivía en un mundo rodeado de maldad, y como otras muchas mujeres de Londres, de su misma clase y condición, tenía muy poca dulzura sentimental para su propio sexo, y consideraba que su forma corriente de «pagar» era el arreglo más natural y sencillo. Le parecía un mal menor que Millicent tuviera que lamentarse con tal de que Hyacinth pudiera salir del enredo. Entre una joven que corriera un grave riesgo y un matrimonio prematuro y poco conveniente para su querido niño sabía muy bien lo que prefería. Aparte de eso, consideraba que la capacidad de Millicent para cuidar de sí misma era tan grande que no valía la pena compadecerla por adelantado. Pinnie creía que Hyacinth era el chico más listo del mundo, o al menos de su mundo, pero su estado de ánimo la llevaba a pensar que la jovencita de Pimlico era aún más lista. Su forma de ser parecía excluir el sufrimiento, mientras que la de Hyacinth se sustentaba principalmente en él.
Después de haber disfrutado durante tres meses de la amistad del hermano y la hermana de Audley Court, toda su vida pareció cambiar; se había empapado de un ambiente novelesco que oscurecía, aunque sin llegar en modo alguno a eclipsar, la brillante figura de Millicent Henning. Seguía ocupando un lugar muy alto, y tenía en sus manos la llave de otros horizontes igualmente amplios y frescos. Millicent, por tanto, compartía su dominio, sin saber a ciencia cierta qué era lo que apartaba a su compañero de infancia, ni pretendía pedir cuentas que ella, por su parte, tampoco estaba dispuesta a dar. En lenguaje del círculo en que se movía, Hyacinth era su capricho particular, y se alegraba de ocupar con respecto a él la misma posición eminente y hasta cierto punto irresponsable. Estaba segura de que su amistad era beneficiosa; le quería y le cuidaba como lo hubiera hecho una hermana mayor; le prevenía contra los peligros de la ciudad como nadie podía hacerlo, poniendo su firme sentido común, del que estaba convencida tenía extraordinarias reservas, al servicio de su incurable candidez y cuidándole como nadie lo había hecho jamás. Millicent hacía poco caso de la pobre modista al recordar el mísero pasado de su amigo (Pinnie no valía para ella más que una gata muerta de hambre), y disfrutaba muchísimo con su papel de guía y filósofo. Se sentía más segura que nunca cuando le daba un buen codazo o le decía: «¡Eres muy listo, sí, mucho!». Pensaba de sí misma que era lo mejor del mundo, además de ser una de las mayores bellezas y uno de los talentos más agudos, y consideraba que no había mejor prueba de la bondad de su corazón que el cariño desinteresado que sentía por aquel cachito de encuadernador. Su sociabilidad era realmente inmensa, y eran igualmente grandes su vanidad, su ordinariez, su presunción y su apetito de cerveza, dulces y entretenimientos de cualquier clase. Durante aquel período representaba para Hyacinth el eterno femenino y, si se tiene en cuenta que él era más bien cargante en cuestión de gustos, es de suponer que el juicio no resultaba muy favorable.
No es difícil creer que él mismo criticaba su inclinación, al tiempo que se entregaba a ella, y que se preguntaba muchas veces qué era lo que podía atraerle tanto en aquella chica, en la que, por otra parte, encontraba tantas cosas que condenar. Era vulgar, pesada y de una ignorancia grotesca, y su presunción resultaba comparable, ya que no tenía una pizca de tacto o de agudeza. Pero, a pesar de todo, encontraba en ella algo tan elementalmente libre, sabía llevar tan bien las ventajas que poseía, que su imagen se mezclaba constantemente hasta en las brillantes visiones que se cernían sobre él desde que Paul Muniment le había abierto aquella ventana, extrañamente situada, pero de muy largo alcance. Era decidida, generosa e imprevisible y, aunque ordinaria, no era falsa ni cruel. Reía con la risa del pueblo y si se la hería con fuerza lloraría con sus mismas lágrimas. Cuando él no dejaba volar su imaginación por los dominios de la aristocracia o la ponía a una sombra atávica para leer el último número de la Revue des Deux Mondes, se dedicaba a contemplaciones de muy distinta especie; se absorbía en la lucha y los sufrimientos de millones de seres cuya vida discurría por el mismo cauce que la suya y que, aunque muchas veces provocaran su disgusto, le repelieran y le hicieran volver la espalda, tenían el poder de encadenar su simpatía, de transformarla en pasión y de convencerle, al menos por entonces, de que no había más éxito en el mundo que el de hacer algo con ellos y por ellos. Todo eso, por extraño que parezca, no lo veía nunca tan claro como cuando estaba con Millicent, prueba de su fantástica y cambiante manera de ver las cosas. Porque ella no tenía semejantes ideas; puede decirse que eran las únicas ideas que no tenía. No inventaba teorías para redimir o elevar al pueblo; se limitaba a aborrecerle, con la violencia descarada de quien ha conocido la pobreza y los extraños camaradas que produce, pero en un grado muy distinto del de Hyacinth, educado (con Pinnie echándole azúcar en el té y no permitiendo que le faltaran corbatas) casi como un mocito elegante.
A Millicent, a juzgar por lo que decía, no le importaba más que mantenerse aparte y casarse con un respetable comerciante en té. Mas para nuestro héroe era magníficamente plebeya, es decir, tenía un desprecio absoluto por el peligro y todas las cualidades que pueden lucirse en una pelea callejera. Resumía todo el humor ignorante del habla de las masas, su capacidad para la violencia ofensiva y defensiva, la conciencia instintiva de su fuerza el día en que llegaran realmente a ejercerla; así como su ideal de alcanzar algo acogedor y próspero, donde las manos limpias, el pelo perfumado, las hileras de platos sobre los aparadores, los pájaros disecados cubiertos con un cristal, y los retratos de familia, muy semejantes a ellos, simbolizaran el éxito. No resultaba menos brava por ser en el fondo una descarada filistea y desear poseer delante de la casa un jardincito adornado con rocas artificiales. Conociendo al dedillo la historia de la Revolución francesa, Hyacinth podía imaginársela (si alguna vez había barricadas en las calles de Londres) con un gorro frigio en la cabeza y con su blanca garganta desnuda para cantar a voces La marsellesa del momento. Si la fiesta de la Diosa Razón llegaba a representarse en la capital británica —y Hyacinth podía considerar esta posibilidad sin tomarlo a broma, pues formaba parte de su religión pensar que todo era posible—, si, como digo, esa solemnidad fuera resucitada en Hyde Park, ¿quién más apropiada que miss Henning para figurar en ella, con gran estilo estatuario, como la heroína del momento? Estaba claro que había hechizado de alguna forma a su inconsecuente admirador, que podía asociarla con tales escenas mientras consumía cerveza y bollos a sus expensas. Si tenía alguna debilidad era por los langostinos, y se había pasado el invierno planeando que la llevara a Gravesend, donde semejante lujo era barato y abundante, en cuanto llegara el buen tiempo. Nunca se mostraba tan franca y graciosa como cuando se detenía a explicar los detalles de un proyecto como ése; y Hyacinth tenía entonces ocasión de recordar una vez más la inmensa suerte que suponía para él que fuera una chica tan guapa; si hubiera sido fea, no habría podido escucharla; pero la extraordinaria lozanía y el gran aire de toda su persona realzaban hasta su acento, prestaban a su genio cockney unas luces peculiares y le concedían una amplia y constante impunidad.