XI
Quería elevar por fin su experiencia común a un nivel más alto, disfrutar de lo que ella llamaba una diversión de gran clase. Su amistad se había visto casi siempre condenada a vagar por las calles, calles oscuras y frías, envueltas en niebla, que parecían agrandarse y multiplicarse entre sus brumas perpetuas, y donde todo estaba cubierto por un hollín húmedo con un olor que le encantaba a la señorita Henning. Tenía la suerte de compartir con Hyacinth el gusto de pasear, y era aún más aficionada que él a mirar los escaparates de las tiendas, ante los que hacía largas paradas contemplativas, mientras iba eligiendo todos los artículos que no le hubiera importado ponerse encima. Él calificaba siempre de detestables los objetos que elegía, y no tenía inconveniente en decirle que era la chica de peor gusto de la ciudad. No había nada que pudiera ofenderla tanto, pues sus pretensiones de haber alcanzado un gusto exquisito resultaban ilimitadas. ¿No habían podido beneficiarse sus aptitudes naturales con la vecindad del Palacio de Buckingham (no existía prácticamente nada que no se vendiera en los almacenes de los que ella era un adorno) y el contacto diario con los más recientes productos de la industria moderna? Hyacinth se burlaba todo lo que quería de ese establecimiento y aseguraba que no había en él una sola cosa que pudiera gustarle a un verdadero artista. Ella le contestaba, también en son de burla, si la descripción correspondía a un sujeto de sus pocas pulgadas; pero, en realidad, se sentía tan fascinada como molesta por su actitud de hombre exigente, y por su increíble capacidad para establecer distingos entre las cosas más elegantes. Ella pretendía pasar por persona muy entendida, pero el chico la dejaba con la boca abierta. Cuando de tarde en tarde se dignaba señalar algún objeto que merecía su aprobación (era difícil que sucediera porque las únicas tiendas en que podían hacerse tales descubrimientos cerraban al anochecer), miraba asombrada, le daba un codazo, y decía que si alguien le regalara semejante basura la vendería por cuatro peniques. Una o dos veces le dijo que hiciera el favor de explicarle en qué consistía la superioridad de una cosa; no podía dejar de pensar que tenía que haber algo en sus juicios, y se ponía furiosa por no encontrarse también igualmente segura. Él contestaba que era inútil intentarlo; no iba a entenderlo nunca y valía más que siguiera admirando los insípidos productos de una época que había perdido el sentido de la belleza, frase que ella recordaba y que se proponía emplear en alguna ocasión, aunque le fuera imposible interpretarla.
Cuando su compañero se comportaba así, no era con intención de estrechar los lazos que le unían a su amiga de la infancia: pero el efecto sobre Millicent sí era ése, y la chica se sentía orgullosa de tener un amigo cuyos conocimientos eran de un orden tan superior que no podían explicarse. A pesar de su vanidad, no estaba tan convencida de su propia perfección que no sintiera muchas aspiraciones inalcanzables; le parecía que toda aquella sabiduría podía serle útil en algún momento y, al mismo tiempo, cuando se paraba a contemplar el despliegue iluminado con luz de gas de alguna joyería de Great Portland Street, y Hyacinth permanecía callado durante cinco minutos, mientras ella hacía los comentarios acostumbrados, estaba muy lejos de adivinar los malos pensamientos que le impedían hablar. Podía suspirar por cosas que no era probable que alcanzase; tener envidia de quien las poseía y decir que no era «mal escarnio»; pintar con todo lujo de detalles lo que haría con ellas si las tuviese, y pasar con la misma y sin la menor dificultad a cualquier otro asunto igualmente íntimo y personal. Muchas veces sentía la falta de algo de una forma aguda, pero siempre tenía el remedio a mano. Para su compañero de fatigas el caso era muy distinto, y el remedio siempre resultaba para él muy vago e inaccesible. Estaba expuesto a estados de ánimo en los que la sensación de verse excluido de todo lo que hubiera deseado en la vida caía sobre él como un sudario. Eran momentos de amargura, pero no de envidia, no sentía deseos de venganza o de expoliación imaginaria; eran simplemente estados de tristeza paralizadora, de reflexión infinitamente sombría en los que le parecía que en aquel mundo de esfuerzo y sufrimiento la vida sólo podía soportarse y el espíritu sólo se podía abrir, en las mejores condiciones, y que una lucha sórdida en la que uno se fuera a la tumba sin haberlas probado no merecía la pena, por la miseria que suponía y la desmoralización que tenía que acarrear.
En tales momentos el mundo rugiente e insensible de Londres le parecía una inmensa organización inventada para burlarse de su pobreza, de su vacío; y entonces los adornos más vulgares, los escaparates de las joyerías de tercera clase, un joven con corbata blanca y sombrero, que se dirigía a una fiesta en coche de caballos y estaba a punto de atropellarle, todos esos fenómenos familiares se transformaban en un símbolo, se hacían insolentes, desafiantes, parecían dedicarse a pincharle y a decirle que él estaba fuera de todo eso. Comprendía además que no podía consolarse ni refutar la idea pensando que la mayor parte de la humanidad estaba tan fuera como él y que, a pesar de todo, parecían aguantar el inconveniente bastante bien. Eso era asunto suyo; no quería saber nada de sus motivos ni de su resignación y, si habían elegido no rebelarse ni establecer comparaciones, por lo menos él, entre los desheredados, seguiría con el estandarte en alto. Cuando le daban esos ataques, sus hermanos del pueblo, colectivamente, no salían muy bien parados; no servían más que para representar en masa los intereses serviles que provocaban su desprecio, y el único reconocimiento que les debía era ver que lo ilustraban perfectamente. Todo lo que en una gran ciudad podía tocar la facultad sensible de un chico para quien nada se perdía, contribuía a convencerle de que no había en el mundo bien alguno lo bastante «oculto» que no pudiera apreciar, ningún privilegio, ninguna oportunidad, ningún lujo al que no pudiera hacer justicia. Y no era tanto que quisiera disfrutarlo como conocerlo; su deseo no era que le mimaran, sino que le iniciaran. Algunos sábados, durante los largos atardeceres de junio y julio, se encaminaba a Hyde Park a la hora en que el tropel de coches, jinetes y elegantes peatones estaba en su apogeo y, aunque últimamente Millicent le había acompañado varias veces y sus comentarios eran siempre divertidos y precisos, un tremendo drama se desarrollaba a escondidas en lo más íntimo de su conciencia. Quería ir en todos los carruajes, montar todos los caballos y sentir en su brazo la mano de todas las mujeres bonitas que había. Veía con toda claridad que pertenecía a la clase de gente a quien los «gordos», al pasar, no dedicaban ni un cuarto de segundo. Miraban a Millicent, que tenía garantizado que la mirasen en cualquier sitio, y era una de las chicas más monas donde estuviese, pero sólo servían para recordarle las barreras humanas, los profundos abismos de la tradición, los escarpados diques de los privilegios y las gruesas capas de estupidez que impedían a los que fueran como él cualquier tipo de reconocimiento social.
Y todo eso no era fruto de una vanidad enfermiza ni de una envidia tonta; su malestar personal era resultado de una intensa admiración por lo que había perdido. Había individuos a los que seguía con los ojos, con el pensamiento y hasta con los pies; parecían decirle lo que era ser la flor de una gran civilización. En algunos momentos se quedaba horrorizado al pensar que la causa que había abrazado en secreto, la causa de la que monsieur Poupin y Paul Muniment (sobre todo este último) habían descorrido desde hacía pocos meses la cortina, se proponía precisamente traer un estado de cosas en el que escenas como ésas fueran imposibles. Le daban vahídos de pensar que tenía que escoger; que no podía (con un mínimo respeto para su fidelidad) trabajar clandestinamente para entronizar la democracia y seguir disfrutando, aunque fuera en forma platónica, con un espectáculo basado en una odiosa desigualdad social. Tenía que sufrir con el pueblo, como lo había hecho antes, o ponerse a pedir disculpas a los otros, como a veces estaba a punto de hacerlo consigo mismo, en favor de los ricos, sobre todo teniendo en cuenta que estaba muy cercano el día en que ambas fuerzas poderosas se enzarzaran a muerte. Hyacinth se creía obligado a buscarles razones a sus sentimientos; su intimidad con Paul Muniment, que se había hecho muy grande, cargaba sobre él muchas responsabilidades de ese tipo. Muniment se reía cuando exponía sus razones, pero al mismo tiempo daba la sensación de esperar que las tuviese preparadas, y Hyacinth deseaba siempre complacerle. Había veces en que se decía que su destino podía muy bien ser el de verse dividido de tal forma torturante, desgarrado por simpatías que tiraban de él en sentidos distintos. ¿No llevaba en su sangre dos corrientes extraordinariamente mezcladas y no había visto en lo que le alcanzaba la memoria que una de las mitades estaba siempre jugándole malas pasadas a la otra o saliendo escarmentada de ella?
Aquella nebulosa, terrible y confusa leyenda sobre la historia de su madre, con respecto a la cual lo que Pinnie había podido decirle cuando empezó a hacer preguntas era excesivo por un lado, y demasiado poco por otro…, aquella explicación alucinante le había proporcionado desde entonces un centenar de teorías distintas sobre su identidad. Lo que sabía, lo que adivinaba le ponía enfermo, y lo que no sabía le atormentaba, pero en su ignorancia iluminada había llegado a formar un artículo de fe. Todo eso había ido emergiendo gradualmente desde las profundidades en que se vio sumido al lanzarle un reto a Pinnie —cuando todavía era niño—, un día, tan memorable, que había de transformar la faz de su vida entera. Era una tarde de enero y acababa de regresar de un paseo. Ella estaba, como siempre, sentada con su labor junto a la lámpara, y había empezado a decirle que uno de los huéspedes había recibido una carta en la que su cuñado le contaba que habían entrado unos ladrones en su tienda de Nottingham y se la habían saqueado. Había escuchado la historia de pie, frente a ella, y luego, de repente, en lugar de contestar había hecho la pregunta:
—¿Quién era aquella espantosa mujer a quien me llevaste a ver hace tiempo?
La expresión de su cara, cuando la levantó hacia él, el miedo ante un ataque ya adormecido al cabo de tanto tiempo, aquella extraña mirada amedrentada, era algo que no podía olvidar, lo mismo que el tono con que repitió, casi sin aliento:
—¿Aquella espantosa mujer?
—Sí, aquella mujer de la cárcel, hace años, ya no sé cuántos tenía yo entonces, que se estaba muriendo y que me besó como nunca me habían besado, como no van a volver a besarme jamás. ¿Quién era?, ¿quién era?
Hay que confesar que la pobre Pinnie, cuando recobró el aliento, luchó con todas sus fuerzas, hizo una defensa que duró una semana entera, que iba a dejarla agotada y herida para siempre, y que necesitó la presencia de Anastasio Vetch antes de darse por terminada. Por consejo suyo, se retractó de las mentiras con que hasta entonces había tratado de distraer al chico, y acabó haciendo una confesión y un relato que él creyó era todo lo que sabía. Hyacinth nunca hubiera podido decir por qué la crisis se había producido aquel día, por qué la pregunta había saltado en aquel momento. Lo que más le extrañaba era que el germen de su curiosidad se hubiera desarrollado tan despacio; que la extraña pesadilla que parecía haber rodeado su infancia no se hubiera abierto camino durante tanto tiempo. Poco a poco también fue recobrando sus costumbres, en medio de su nueva y más punzante conciencia; y poco a poco fue reconstruyendo sus antecedentes, tomándole la medida, en lo que fuera posible, a su herencia. El valor de desenterrar de las páginas de The Times, en la sala de lectura del Museo Británico, el informe del juicio de su madre por el asesinato de lord Frederick Purvis, que era prolijo, pues había sido en su día una cause célèbre, y su decisión de sentarse bajo aquella espléndida bóveda, con la cabeza baja para ocultar sus ojos, y recorrer sílaba a sílaba el espeluznante relato, había sido una hazaña relativamente reciente. Pinnie sabía algunas cosas que le apabullaban, y había otras por las que hubiera dado una mano para aclararlas, y que le encogían el corazón al comprobar que ella las ignoraba totalmente. No llegaba a comprender qué clase de favor deseaba hacerle mister Vetch (como compensación por la bonita parte que había desempeñado en el asunto años antes) cuando se permitió juzgar a la familia del desgraciado noble por no haberse preocupado de alguna forma del hijo de la asesina. ¿Por qué iban a ocuparse si era evidente que se habían negado en redondo a reconocer la responsabilidad de su señoría? Pinnie tuvo que admitirlo ante el bombardeo de preguntas de Hyacinth; no podía pretender que lord Whiteroy y los otros hermanos (habían sido nada menos que siete y la mayoría vivían) hubieran dado muestra alguna, durante el juicio, de creer las afirmaciones de Florentine Vivier. Eso era asunto de ellos; hacía mucho tiempo había comprendido que el suyo era muy distinto. Uno no podía creer lo que quisiera, y en aquel caso, afortunadamente, no necesitaba hacer ningún esfuerzo porque, desde el momento en que empezó a considerar los hechos (por escasos, pobres y odiosos que fueran), dio por seguro que era hijo del pusilánime y sacrificado lord Frederick.
No tenía necesidad de aducir razones; su pulso y sus nervios hablaban para atestiguarlo. Su madre era hija del bravo pueblo francés, y todo lo que Pinnie podía decirle de su parentela era que había oído contar a Florentine que cuando ella era muy pequeña su padre había muerto en las ensangrentadas calles de París, en una barricada y con el fusil en la mano; pero, por otro lado, era un aristócrata inglés quien tenía que dar cuenta de él, aunque se tratara de un ejemplar de muy escaso relieve según todas las apariencias. Todo eso, con las ulteriores implicaciones que suponía, se convirtió en su artículo de fe. La idea de que era un bastardo significaba igualmente que era un caballero. Se daba cuenta de que no odiaba la imagen de su padre, como parecía natural que lo hiciera; y suponía que se debía a que lord Frederick había pagado con un tremendo castigo. La prueba moral residía para él en la exacción de ese castigo; su madre no se hubiera armado por injuria alguna que no fuera la circunstancia de la que su miserable hijo era la imagen viviente. Se había vengado porque se había visto abandonada y la amargura del daño residía en que él, desventurado chico, estaba en su regazo. Era él realmente a quien habían de sacrificar, se hacía esa observación muchas veces. Que su juicio sobre todo el asunto era apasionado y personal, y que no quería tener en cuenta ningún dato que le obligara a cambiarlo, lo prueba la importancia que daba a cosas como el nombre por el que su madre le había dicho a la pobre Pinnie (cuando esa bendita criatura decidió adoptarlo) deseaba que se le llamara. Hyacinth había sido el nombre de su padre, un relojero republicano, mártir de sus opiniones, cuya memoria veneraba; y cuando lord Frederick había dado señales de aparecer en su vida, había tenido motivos para preferir que le llamaran simplemente mister Robinson, motivos que, a pesar de la luz arrojada sobre ellos en el juicio, era ya muy difícil aclarar al cabo de tantos años.
Hyacinth no sabía que mister Vetch hubiera vuelto a preguntarle a Pinnie, como lo había hecho una vez, por qué si su querella contra aquel calavera elegante era cierta no había preferido que el niño llevara su verdadero nombre en lugar de uno falso; pregunta a la que la modista había contestado con cierta ingenuidad, diciendo que no podía llamarle igual que al hombre a quien había asesinado, pues era de suponer que no querría publicar a los cuatro vientos que tenía algo que ver con un crimen del que tanto se había hablado. Si Hyacinth hubiera asistido a esa pequeña discusión se habría puesto del lado de la modista; pero que su juicio era independiente lo probaba el hecho de que los indiscretos y tímidos intentos de condolencia por parte de Pinnie no le hicieran rechazar con mal humor su propia versión. Al tener una revelación completa fue cuando comprendió las románticas alusiones que habían rodeado su infancia y que nunca había llegado a entender; le habían parecido una de las facetas de la vida profesional de la pobre mujer, tanto cortar y poner adornos, tanto dar forma, bordar, cambiar y rematar las cosas. Cuando se dio cuenta de que le había transformado en tonto ante sí y los demás, durante años enteros, le dieron ganas de pegarle, de pena y vergüenza; pero antes de administrarle la reprimenda hubo de recordar que ella sólo hablaba (aunque aseguraba que había estado muda) de un asunto, sobre el que él pasaba nueve décimas partes del tiempo meditando con aire sombrío. Cuando intentó consolarle del horror de la historia materna cantando las glorias de los Purvis y recordándole que estaba emparentado con la aristocracia de media Inglaterra, le dio la impresión de que estaba transformando la tragedia en una farsa monstruosa y, sin embargo, siguió aferrado a la idea de que era caballero de nacimiento. No le permitía decirle nada de la familia en cuestión, y aquella negativa rotunda fue uno de los motivos de la profunda desolación de sus últimos años. Si le hubiese permitido idealizarle un poco ante sí mismo, Pinnie habría creído que compensaba con ello su gran equivocación. Algunas veces veía el nombre de la familia de su padre en el periódico, pero arrancaba la página. No tenía nada que pedirles y deseaba probarse a sí mismo que podía ignorarlos (a los que estaban dispuestos a dejarle morir como una rata) tan absolutamente como le habían ignorado a él. Estaba una y mil veces a favor del pueblo y de toda posible venganza que el pueblo pudiera tomarse ante tan vergonzoso egoísmo; pero se alegraba al mismo tiempo de llevar en sus venas una sangre que podía responder de sus más elevados sentimientos.
No tenía dinero para pagar entradas en un teatro del Strand, pues Millicent Henning había dejado bien claro que en aquella ocasión esperaba algo mejor que la platea.
—¿Te gustaría el palco real o un par de butacas a diez chelines cada una? —le preguntó, con la ironía que solía ser base de todo cuanto decían.
Ella contestó que se conformaría con el anfiteatro del segundo piso, pero en la primera fila y, como esa entrada estaba todavía más allá de sus fuerzas, esperó una noche a mister Vetch, a quien ya había recurrido otras veces en momentos de apuro. Sus relaciones con el cáustico violinista eran de lo más extraño y resultaban mucho más fáciles en la práctica que en teoría. Mister Vetch le había explicado —mucho antes y sobre todo por defender a Pinnie— la parte desempeñada por él en el momento de la crisis cuando decidieron llevarle a ver a mistress Bowerbank, y Hyacinth, al enterarse, había preguntado con cierta pedantería por qué demonios tenía que meterse el violinista en sus asuntos privados. El vecino había contestado que no lo miraba como asunto suyo sino de Pinnie, y el chico se había olvidado de ello, pero sin llegar a reconciliarse del todo con tan oficioso crítico. Por supuesto sus sentimientos habían cambiado mucho al pensar las molestias que se había tomado mister Vetch para meterle en el taller de Crook; y en el período de que hablamos ya se había dado cuenta de que al responsable de su empleo no le importaba un comino lo que pensara de su consejo en las horas negras, y hasta le divertía mucho «seguir» la carrera de un mozo que estaba dotado de tan extraordinarias piezas. Era imposible que Hyacinth no comprendiera que la atención del violinista era bienintencionada, y el chico por aquel entonces prefería saber la verdad, por espantosa que fuera. El abrazo de su desgraciada madre parecía proporcionarle una reserva inagotable de estímulos y era siempre un apoyo para él. Lo que más le molestaba de mister Vetch era que siguiese considerándole un chico muy joven; se habría entendido mucho mejor con él si empezara a tratarle como a hombre de mundo. El oscuro virtuoso sabía muchísimo de la sociedad, y parecía saber aún más porque nunca alardeaba, había que ir descubriéndolo poco a poco; claro que eso no justificaba que quisiera dar la impresión de que lo que más le divertía del mundo era tomar un poco a broma la conversación de su joven amigo. Hyacinth creía que había demostrado tener mucha paciencia cuando de tarde en tarde tenía que ir a pedir media corona a su vecino de Lomax Place. Las circunstancias los habían unido de alguna forma y, aunque al encuadernador le molestara en parte, no dejaba de conmoverle también. Algunas veces, cuando el violinista le exasperaba, había resuelto el problema pidiéndole un favor sustancioso. Mister Vetch no se lo había negado nunca. Recordarlo le daba ánimos a Hyacinth cuando iba a llamar a su puerta, después de haber esperado a que volviera del teatro. Conocía muy bien sus costumbres: sabía que nunca se iba derecho a la cama, se quedaba una hora junto al fuego, fumando en pipa, preparando un grog y leyendo algún viejo libro. Hyacinth sabía por la luz de la ventana cuándo debía subir. Podía verla por el patio de atrás.
—Sí, ya sé que hace mucho tiempo que no vengo a verle —dijo en respuesta a la observación con que le había saludado su amigo—. Y podría decir también inmediatamente lo que me ha traído hoy… además del deseo de preguntar por su salud. Quiero llevar a una señorita al teatro.
Mister Vetch llevaba una bata muy desastrada, y la habitación olía a la bebida que estaba tomando. Despojado de sus galas nocturnas, Hyacinth le encontró tan marchito y desplumado como para presentar sus quejas el día que llegara la liquidación social; no cabía duda de que también era acreedor.
—Me temo que encuentres a tu señorita un poco cara.
—Lo encuentro todo caro —dijo Hyacinth para terminar el asunto.
—Sí, supongo que sobre todo tus sociedades secretas.
—¿Qué quiere usted decir con eso? —preguntó el chico algo nervioso.
—¡Hombre! En otoño me dijiste que ibas a unirte a unas cuantas.
—¿Unas cuantas? ¿A cuántas le parece a usted? —el chico se contuvo—. ¿Se imagina que iba a decirlo si fuera en serio?
—¡Huy, hijo, hijo! —suspiró mister Vetch—. ¿Quieres llevarla a mi teatro, eh?
—Siento decir que no quiere ir allí. Quiere algo en el Strand: ese es el caso. Está empeñada en ver La Perla del Paraguay. Yo no querría pagar nada a ser posible. Siento decirle que estoy sin un penique. Pero como usted conoce gente en los otros teatros y le he oído decir que a veces se hacen unos a otros pequeños favores, à charge de revanche, se me ocurrió que a lo mejor podía darme una invitación. Hace mucho tiempo que ponen la obra, y casi todo el mundo, menos los pobres diablos como yo, debe de haberla visto. No creo que haya lleno.
Mister Vetch escuchó en silencio y dijo:
—¿Quieres un palco?
—¡Huy, no! Algo más modesto.
—¿Y por qué no un palco? —preguntó el violinista en un tono que el chico conocía bien.
—Pues si quiere saberlo, porque no tengo el traje que la gente lleva a esos sitios.
—¿Y tu señorita lo tiene?
—Supongo que sí, parece que tiene de todo.
—¿De dónde lo saca?
—¡Ah, no lo sé! Trabaja en una tienda muy grande, tiene que estar bien vestida.
—¿Quieres fumar una pipa? —preguntó mister Vetch, acercándole una vieja petaca; y mientras el chico cogía tabaco, siguió fumando en silencio—. ¿Qué va a hacer contigo?
—¿Qué va a hacer conmigo quién?
—Tu gran belleza, la señorita Henning. Estoy enterado de todo por Pinnie.
—¡Entonces ya sabe lo que va a hacer conmigo! —respondió Hyacinth, riendo con cierta sorna.
—Sí, pero después de todo, tampoco importa demasiado.
—No sé de qué está hablando.
—Bueno, y ahora lo otro, ¿cómo lo llaman: el Subterráneo? ¿Estás muy metido en eso? —continuó el violinista como si no le hubiera oído.
—¿También se lo ha contado Pinnie?
—No, nuestro amigo Puppin me ha hablado mucho. Sabe que has metido la cabeza en algún sitio. Además, no hay más que verlo —dijo mister Vetch.
—¿Y cómo lo ve, si hace el favor?
—Porque se te han puesto unos ojos que hablan. Cualquiera puede decir, sólo con mirarte, que has hecho algún maldito juramento, que te has metido en una banda terrible. Parece que vayas diciéndole a todo el mundo: «Ni con martirio lento van a obligarme a decir dónde se reúne».
—¿Entonces no va a darme las entradas? —dijo Hyacinth en seguida.
—Hijo mío, te ofrezco un palco. Me tomo por ti el mayor interés.
Fumaron un rato en silencio, y Hyacinth dijo:
—No tiene nada que ver con el Subterráneo.
—¿Es peor todavía, más ferozmente secreto? —preguntó su compañero con toda seriedad.
—Creía que se consideraba un radical —contestó Hyacinth.
—Sí, y lo soy, pero de los anticuados, de los constitucionales, de los pasados por agua y de poca monta. No soy exterminador.
—Nosotros no sabemos lo que seremos cuando llegue la hora —observó Hyacinth, más sentenciosamente de lo que deseaba.
—¿Así que va a llegar, amigo mío?
—No creo que tenga derecho a hacer otra cosa más que prevenirle —sonrió nuestro héroe.
—Pues es muy amable de tu parte hacerlo, y presentarte aquí de madrugada con ese motivo. Entretanto, en las pocas semanas, meses o años que puedan quedar, quieres acumular la mayor cantidad de diversión posible con las señoritas. Me parece una inclinación muy natural —comentó mister Vetch, y añadió como si no tuviera importancia—: ¿Ves a muchos extranjeros?
—Sí, bastantes.
—¿Y qué te parecen?
—¡Uf, muchas cosas! Creo que prefiero a los ingleses.
—¿El señor Muniment, por ejemplo?
—Sí, ¿y qué sabe usted de él?, pregunto yo.
—Le he visto en casa de los Puppin. Ya sé que sois uña y carne.
—Se distinguirá algún día —dijo Hyacinth, que estaba encantado y realmente orgulloso de que le creyeran amigo íntimo de un hombre tan original.
—Es muy probable, sí, muy probable. ¿Y qué va a hacer contigo? —preguntó el violinista.
Hyacinth se levantó, y los dos se miraron muy serios:
—Consígame dos entradas para el segundo anfiteatro.
Mister Vetch respondió que haría lo que pudiera, y tres días más tarde entregó a su joven amigo el deseado encargo. Aprovechó la ocasión para decir:
—Sería mejor que te divirtieras lo más posible, ¿sabes?