I
—Pues sí, yo creo que puedo encontrar al niño, si quiere usted verle —dijo miss Pynsent.
Tenía un nervioso deseo de asentir a cualquier sugerencia que hiciera su visitante, a quien miraba como a un elevado y más bien terrible personaje. Para buscar al niño salió de la pequeña salita, que se avergonzaba de haber tenido que mostrar en tal estado de desorden, con patrones de papel sobre los muebles y recortes de tela esparcidos por la alfombra. Salió de aquel hasta cierto punto mal ventilado santuario, dedicado a un mismo tiempo a las relaciones sociales y al simple arte al que había consagrado su vida y, abriendo la puerta de la casa, dirigió sus ojos arriba y abajo de la calle. Iba a ser la hora del té, y ella sabía que en momento tan solemne Hyacinth estrechaba siempre el círculo de sus vagabundeos. Estaba ansiosa e impaciente, febril de excitación y deseos de complacer; no quería hacer esperar a mistress Bowerbank, aunque ésta permanecía sentada, solemne y respetable, como si pensara quedarse, y se preguntaba al mismo tiempo si el objeto de sus pesquisas tendría la cara sucia. Mistress Bowerbank había manifestado con tanta claridad que encontraba extraordinario por parte de miss Pynsent haberse hecho cargo de él gratuitamente y durante tantos años, que la humilde modista, cuya imaginación se echaba a volar con cualquier persona menos consigo misma y que nunca se había ufanado de mostrar una benevolencia ejemplar, empezó de repente a parecer tan absolutamente entregada al niño como había estimado su visitante, y pensaba lo que le gustaría que viniese tan fresco, natural y guapo como a veces se mostraba. Miss Pynsent, que parpadeaba confusa mientras vigilaba el exterior, estaba además muy sofocada, en parte por la agitación que le había causado lo que había dicho mistress Bowerbank y en parte porque, al ofrecer a la señora un refresco después de tan larga expedición, ella había contestado que no tomaría absolutamente nada si miss Pynsent no la acompañaba también. El chiffonnier, como Amanda siempre tenía cuidado de llamarlo, entregó una pequeña botella, que había contenido primero agua de colonia y exhibía entonces medio cuartillo de un líquido bellamente dorado. Miss Pynsent era muy delicada; vivía a base de té y berros, y guardaba la botellita para casos de apuro. No le gustaba el coñac con agua caliente y uno o dos terrones de azúcar, pero tomó también medio vasito en aquella ocasión, que era tan extraordinaria. El niño a esa hora solía estar plantado frente a la confitería que había al otro lado de la calle, un establecimiento donde lo mismo se vendían revistas que pastillas correosas y caramelos, y en el que se exhibían también tentadores libros de canciones y láminas coloreadas tras los cristales pequeños y sucios del escaparate.
Solía quedarse allí media hora entera, deletreando la primera página de las novelas del Family Herald y del London Journal, y admirando sobre todo la obligada ilustración en la que los nobles personajes (siempre de altísima cuna) estaban representados para los ojos carnales. Cuando tenía un penique, gastaba sólo una parte de él en un caramelo rancio; con la otra mitad siempre se compraba una canción, con un cromo llamativo en la parte de arriba. Pero en aquel momento no estaba en su puesto de contemplación ni aparecía tampoco por lugar alguno ante la mirada impaciente de miss Pynsent.
—Millicent Henning, dime: ¿has visto a mi niño? —miss Pynsent dirigió estas palabras a una niña pequeña que, sentada a la puerta de la casa de al lado, cuidaba a una muñeca sucia, con un sombrero de paja roto y un verdadero derroche de pelo oscuro.
La niña levantó la vista mientras mecía a la muñeca y, después de lanzar una mirada en la que el desconcierto era claramente exagerado, contestó:
—No, miss Pynsent, no le veo nunca.
—¿Pues no andas siempre trasteando con él, niña mala? —replicó la modista con aspereza—. ¿No estará ahí, en la esquina, jugando a las canicas o brincando por algún sitio? —añadió miss Pynsent, tratando de animarla.
—Le aseguro a usted que no juega nunca a nada —dijo Millicent Henning con un aire de persona mayor, que echó a perder al añadir—: Y no sé tampoco por qué tiene que llamarme niña mala.
—Pues si quieres que te llame niña buena, haz el favor de ir a buscarle y dile que está aquí una señora que quiere verle ahora mismo.
Miss Pynsent esperó un momento para ver si se cumplía su mandato, pero no obtuvo más satisfacción que una nueva mirada circunspecta que le hizo comprender que la perversidad de la niña era tan grande como la belleza, algo sucia y deslucida, de su insolente carita. Con una exclamación de impaciencia entró de nuevo en la casa y, en cuanto hubo desaparecido, Millicent Henning se levantó de un salto y echó a correr calle abajo, en dirección a una bocacalle. No podrá decirse que me aprovecho de la inocencia de la niñez si digo que el motivo de que la señorita echase a correr no era el deseo de complacer a miss Pynsent, sino la tremenda curiosidad que le inspiraba aquella visita en que deseaba ver a Hyacinth Robinson. Quería participar, aunque sólo fuera con la imaginación, en la entrevista que podía tener lugar, y sentía renacer un súbito afecto por el niño, de quien se había separado hacía media hora con notable violencia. No era una criatura demasiado cariñosa ni se sentía muy apegada a ninguno de los que formaban su círculo familiar, mas le gustaba besar a Hyacinth cuando no la rechazaba de un empujón y le decía que era odiosa. Eran precisamente esa acción y ese epíteto los que se había permitido media hora antes, pero comprendió en seguida (mientras fingía ante miss Pynsent) que después de todo era lo peor que había hecho en su vida. Millicent Henning no tenía más que ocho años, pero sabía muy bien que podía haber en el mundo cosas bastante peores.
Mistress Bowerbank, con tranquilidad y dando un rodeo, había llegado hasta aquel lugar de la tierra para visitar a su hermana, mistress Chipperfield, y estaba contando a miss Pynsent, entre sorbo y sorbo de un segundo vasito, toda la historia de su cuñado, que tenía tendencia a la hidropesía, además de una funeraria, negocio que había resultado una bendición porque siempre se podía contar con él. Era una mujer imponente, de hombros altos y aire macizo y dominador, tanto que Amanda pensaba para sus adentros lo difícil que sería hacerle un vestido, y casi le daban vahídos al considerar el número de alfileres que necesitaría. Su hermana tenía nueve hijos y ella siete, y dejaba al mayor encargado de los otros cuando iba a trabajar. En la cárcel sólo trabajaba de día; tenía que estar allí a las siete de la mañana, pero pasaba las tardes en casa, con toda comodidad. Miss Pynsent se asombraba de que hablara de comodidad con una vida semejante, pero comprendía muy bien que se alegrara de no tener que ir por la noche, porque a esas horas la cárcel debía de ser mucho más espantosa.
—¿Y no tiene miedo de ellas… alguna vez? —inquirió mirando a su visitante con la carita sofocada.
Mistress Bowerbank, que era muy lenta, la contempló tan detenidamente antes de responder, que la hizo sentirse, hasta un grado alarmante, en presencia de la ley, porque, ¿quién podía estar más próximo a la administración de justicia que una mujer carcelera, y más si era tan alta y majestuosa como ella?
—Espero que sean ellas las que tengan miedo de mí —declaró al fin, y fue una idea que a miss Pynsent no le costaba nada comprender.
—Y supongo que por la noche se enfurecerán de un modo espantoso —sugirió la modista, que tenía el vago presentimiento de que las cárceles y los manicomios venían a ser la misma cosa.
—Bueno, si lo hacen, las hacemos callar —replicó mistress Bowerbank, más bien amenazadora.
Miss Pynsent acudió otra vez a la puerta por ver si aparecía el niño, pero no obtuvo resultado, y comentó con su huésped que era verdaderamente raro que el niño no viniese, porque casi todos los días de la semana sabía muy bien cuándo era la hora del té. A lo que respondió mistress Bowerbank, poniendo otra vez ante su compañera el astro de la justicia:
—¿Y viene a tomar el té así, como un caballerito?
—Bueno, yo trato de servírselo como es debido y a la hora conveniente —se disculpó miss Pynsent—, y podría decirse que en lo tocante a eso, es un verdadero caballero —añadió esforzándose por suavizar las cosas, aunque pronto pudo darse cuenta de que las había complicado mucho más.
—Hay personas tan tontas que son capaces de decir cualquier cosa. Si son los padres los que establecen tu posición social, el niño no tiene mucho que agradecer —añadió mistress Bowerbank, como mujer acostumbrada a mirar las cosas de frente.
Miss Pynsent era muy tímida, pero adoraba la aristocracia, y había algunos detalles en la vida del niño que no pensaba sacrificar ni siquiera ante una persona que tenía el poder de hacer rechinar cerrojos y resonar cadenas.
—Creo que no debemos olvidar que su padre ocupaba un lugar preponderante —observó casi suplicante y estrujando con las manos la falda.
—¿Su padre? ¿Y sabe alguien quién era su padre? Supongo que no pretenderá tener un padre, ¿verdad?
—Pues claro que sí, ¿no se demostró que lord Frederick…?
—Querida señora lo único que se demostró fue que ella le pegó a su señoría una puñalada en la espalda con un cuchillo muy largo, que murió a consecuencia de la cuchillada y que a ella la condenaron con todas las agravantes. ¿Qué quiere usted que sepa de padres una pieza como ésa? Cuanto menos se hable de los antepasados del niño, mejor.
Esa versión del caso dejó a miss Pynsent sin aliento, porque echaba abajo de golpe todo el edificio que había montado durante años. Por eso, al oírlo desplomarse, no pudo evitar un intento de salvar al menos parte de los materiales:
—Sí, sí —jadeó—, la verdad es que ella nunca tuvo nada que ver con nadie si no era con la nobleza.
Mistress Bowerbank contempló a su huésped con una mirada inexpresiva:
—Querida señorita mía, ¿qué puede saber un cuerpecito tan respetable como el suyo, que se pasa el día con la aguja y las tijeras, de los manejos de una extranjera baja y perversa y que anda por ahí con un cuchillo? Yo estaba allí cuando la llevaron y sé en qué había acabado. Le aseguro que su conversación era escogida.
—¡Huy! Todo esto es espantoso, pero yo no conozco ningún detalle —dijo miss Pynsent temblando—. Ella no era una persona baja cuando trabajábamos juntas en el mismo sitio, y me dijo muchas veces que no haría nada por nadie que no estuviera en la cumbre.
—Pues podía haber hablado de algo que fuera mejor para las dos —comentó mistress Bowerbank, mientras la modista se sentía increpada en pasado y en presente—. ¡En la cumbre, pobrecilla! Pues ha ido a parar a lo más bajo ahora. Si no era una persona baja cuando trabajaba, es una lástima que no se quedara quietecita en su trabajo; y en cuanto a lo de estar orgulloso de su cuna, le recomiendo a su amigo que deje ese capítulo para otros. Más le valdría a usted creerme a mí, que soy una mujer de mundo.
Y vaya si lo era, pensaba miss Pynsent, para quien todo aquello resultaba cruel, metiendo la fría ley del sistema penal sobre un tema tan confuso, pequeño y querido. Se preocupaba por el niño porque tenía instinto maternal, y aquélla era la única manera en que la fortuna le había permitido ser madre. Había tenido ella misma tan pocos recursos como el niño, y le parecía que podía darle cierta importancia, en el pequeño mundo de Lomax Place y, mientras nadie supiera de dónde venía, contribuir a su mantenimiento. Su propio aislamiento la llevó hacia el niño y, en el curso de los años, su soledad compartida se vio poblada de un centenar de imágenes consoladoras, gracias al romanticismo de la modista. El niño no daba tampoco señales de ser un réprobo o un zoquete, pero lo que más la encariñaba con él era saber que pertenecía, «por la mano izquierda», como había leído en una novela, a una estirpe antigua y orgullosa, cuyos anales había recorrido, ávida y temblorosa, en un voluminoso libro rojo, un día que fue a llevar un vestido a una señora y la dejaron sola en la salita. Inclinó la cabeza ante la lógica abrumadora de mistress Bowerbank, pero seguía sintiendo en lo más íntimo que no iba a prescindir del niño sólo por no poder contestar a unas palabras —a las que desde luego no podía contestar— ni iba a dejar de creer en él o de reconocer y venerar las cualidades de quienes eran mejores que ella. Para miss Pynsent creer en Hyacinth significaba creer que era hijo de lord Frederick, hombre sumamente inmoral. Desde que era muy pequeño le había hecho comprender que había grandeza en su pasado, y como era seguro que mistress Bowerbank no iba a dar su aprobación a tales aberraciones rezaba porque no hiciera preguntas sobre esa cara del asunto. Eso no significaba que la modista no supiera mentir cuando llegaba el caso; era una criatura de lo más bueno e inocente, pero soltaba trolas con la misma facilidad con que ponía trencillas. Pero no había sufrido nunca un interrogatorio ante un emisario de la ley, y su corazón empezó a latir con más fuerza cuando mistress Bowerbank, en tono profundo y un poco de sopetón, preguntó:
—Y dígame, miss Pynsent, ¿el inocente niño lo sabe?
—¿Que si sabe algo de lord Frederick? —balbució miss Pynsent.
—¡Deje en paz a lord Frederick! Que si sabe algo de su madre.
—¡Huy! Eso no puedo decirlo. Yo nunca se lo he contado.
—Pero ¿se lo ha contado alguna otra persona?
La respuesta de miss Pynsent a esa pregunta fue más rápida y segura; tuvo al contestar la agradable sensación de haberse portado con una sagacidad y un tacto extraordinarios:
—¿Cómo iba a saberlo nadie si yo nunca he dicho ni una palabra?
Mistress Bowerbank no manifestó elogio alguno, se limitó a depositar el vaso vacío y a limpiarse la boca con mucha propiedad y detenimiento. Luego, como si fuera la más reconfortante idea que pudiera expresar, comentó:
—Bueno, ya podrá recibir más adelante toda la información que desee.
—Pido a Dios que pueda vivir y morir sin llegar a saberlo —exclamó con vehemencia miss Pynsent.
Su compañera la contempló con cierta paciencia profesional:
—No sabe usted lo que dice. ¿Cómo va a ir a verla si no tiene que enterarse?
—¿Quiere usted decir que a lo mejor se lo cuenta ella? —suspiró miss Pynsent.
—¡Decírselo! Si no va a necesitar que se lo digan en cuanto le coja y le dé… lo que a mí me dijo.
—Lo que dijo… —repitió miss Pynsent con los ojos de par en par.
—El beso que ha estado deseando darle durante todos estos años.
—¡Ay, pobre mujer! —murmuró la modista, que volvía a sentirse invadida por la pena—. Desde luego se dará cuenta de que le quiere —comentó con naturalidad, y añadió luego en un momento de inspiración más brillante—: Podríamos decirle que es su tía.
—Si le apetece, podría usted decirle que es su abuela, pero no vamos a adelantar nada; todo queda en la familia.
—Sí, eso es verdad —dijo miss Pynsent casi sin darse cuenta, y preguntó luego buscando desahogarse—: ¿Y seguirá hablando francés? En ese caso no la entendería.
—Un niño entiende a su madre hable lo que hable —replicó mistress Bowerbank, que no estaba dispuesta a administrar consuelos; pero añadió luego otra cosa, algo que abría la puerta a una decisión, no exenta de peligros—: Claro que todo depende de usted. No necesita llevar al niño si no quiere. Habría muchas que no lo harían. No es obligación.
—¿Y no me harían nada si no lo hiciese? —preguntó la pobre miss Pynsent, que no podía librarse de la idea de que era el brazo de la ley el que estaba extendido frente a ella.
—Lo único que podría pasar es que él se lo echase en cara más tarde —observó la dama de la prisión desde un sombrío punto de vista.
—Sí, claro, si se enterara de que se lo había impedido.
—Es seguro que se enterará cualquier día de éstos. Lo vemos muchísimas veces, las cosas son así —comentó mistress Bowerbank, que parecía tener provisión de alegres contingencias—. Tiene usted que pensar que es su último deseo y que puede caer sobre su conciencia.
—Eso no podría nunca soportarlo —exclamó la modista con énfasis y temblando visiblemente; luego se puso a recoger los trozos de tela y papel esparcidos y empezó a enrollarlos a toda prisa—: Es espantoso no saber qué hacer… si está segura de que se está muriendo.
—¿Quiere decir que finge? De ésas tenemos muchas, pero sabemos cómo tratarlas.
—¡Santo Dios! Eso ya me lo imagino —murmuró miss Pynsent.
Mistress Bowerbank siguió diciendo que la infortunada por quien había emprendido tan solemne peregrinación podía vivir una o dos semanas, pero que si vivía un mes entero violaría todas las leyes de la naturaleza porque se había quedado en los huesos y no tenía más deseo que el de ver a su hijo.
—Si tiene miedo de que hable, la verdad es que no va a ser mucho lo que pueda decir. Y no vamos a permitirles que estén con ella más de unos ocho minutos —prosiguió mistress Bowerbank, en un tono que parecía reflejar una disciplina de hierro.
—Estoy segura de que no voy a necesitar más, y aun voy a tener de sobra para muchos años —dijo miss Pynsent conciliadora. Luego añadió, en otro momento luminoso—: ¿Y no cree usted que podría echarme en cara que le hubiera llevado? Podrían hablarle de ella más tarde, pero si no la había visto, también podría no creerlos.
Mistress Bowerbank meditó unos segundos como si se tratara de un intrincado argumento, y dijo por fin fiel a su línea pesimista:
—Hay una cosa de la que puede estar segura: sea lo que sea lo que decida hacer, en cuanto crezca le hará desear a usted haber hecho lo contrario.
—Pues entonces me alegro de que falte mucho tiempo.
—El tiempo que tarde en metérsele en la cabeza. En todo caso, debe hacer lo que mejor le parezca, pero tiene que tener en cuenta que si va tiene que hacerlo antes que sea demasiado tarde.
—Es imposible decidir.
—Claro que lo es —afirmó mistress Bowerbank con soberbia serenidad.
Y mostraba una expresión más tranquila y severa que nunca al envolverse en su chal y decir a miss Pynsent que le estaba muy agradecida por su amabilidad y que se sentía muy reconfortada, algo de lo que su visita había privado sin remedio a la modista. Miss Pynsent expresó toda su perplejidad al exclamar:
—Si pudiera esperar un poco y ver al niño, estoy segura de que podría juzgar mejor.
—Querida señora, yo no quiero juzgar; eso no es asunto nuestro.
No había terminado de decir estas palabras cuando se abrió la puerta y apareció en la habitación un niño que se quedó mirándola. La señora fijó en él los ojos un momento y luego, de forma inesperada, dejó escapar un grito:
—¿Es éste el niño? ¡Ay, Dios misericordioso, no le lleve!
—¿No le parece tímido y cariñoso? —preguntó miss Pynsent que se había lanzado sobre él y apelaba ansiosa a su visitante, manteniéndole a cierta distancia—: ¿No es un niño distinguido y delicado, digno de figurar en cualquier sitio?
Por delicado que fuese, la modista le sacudió de lo lindo por haber sido travieso y por no estar allí cuando hacía falta, y le condujo después ante aquella señora de cara cuadrada y voz profunda que ocupaba con su volumen la mitad de la habitación. Pero mistress Bowerbank no le puso la mano en la cabeza; se limitó a dejar caer su mirada desde tan formidable altura, dando la impresión de que se abstenía de tocarle en honor de aquella fragilidad en la que tanto insistía miss Pynsent, y manifestando, al no perder la calma, que comprendía perfectamente que la pobre mujer no supiera qué hacer con él.
—Háblate a la señora, dile que sientes mucho haberla hecho esperar.
El niño se mostraba dudoso e inspeccionaba también con interés a mistress Bowerbank; después, con una indiferencia consciente y fría, que miss Pynsent reconoció en seguida como aristocrática, comentó:
—Yo creo que no ha podido tener mucha prisa.
Había ironía en sus palabras, porque es necesario decir que, a sus diez años, Hyacinth Robinson era ya irónico; pero la aludida, que no era muy aguda, pareció no saber interpretarlas y se limitó a decir a miss Pynsent:
—Es su misma cara, aunque la constitución es distinta.
—¿La cara de ella? ¿Y qué me dice usted de la de lord Frederick?
—¡He visto lores que no eran tan exquisitos!
Miss Pynsent había visto a poquísimos lores, pero se agarró a la generalización con entusiasmo, dominándose algo porque sabía que el niño las cazaba al vuelo, pero empleando al mismo tiempo un tono edificante para dejar bien claro que podría resultar mucho mejor si tuviese la cara un poco más limpia.
—Habrá sido Millicent Henning la que me ha manchado la cara cuando me dio un beso —comentó muy serio, sin dejar de mirar a mistress Bowerbank. No mostraba el menor indicio de estar asustado.
—Millicent Henning es una niña muy mala y va a acabar mal también —dijo miss Pynsent con su habitual decisión y, si tenemos en cuenta que la señorita había sido el mensajero, con notable ingratitud.
El niño protestó en seguida contra ese calificativo:
—¿Por qué es mala? Yo creo que no es mala; a mí me gusta muchísimo.
Le parecía que se había dado demasiada prisa en cargar sobre sus hombros la culpa de que él no ofreciera buen aspecto, y quería reparar la traición. Comprendía vagamente que sólo una acusación como ésa podía haberle llevado a hacerlo, porque odiaba a la gente que ofrecía muy pocos espacios limpios, demasiados tiznones y huellas. Millicent Henning solía llevar por lo menos dos o tres, se los prestaba su muñeca, contra la que se frotaba la nariz continuamente y que tenía una suciedad contagiosa. Era inevitable que dejara la marca debajo de su nariz cuando reclamó la recompensa por haber ido a decirle que una señora quería verle.
Miss Pynsent apretaba al niño contra la rodilla para presentarle en debida forma y que mistress Bowerbank reconociera que se le notaba la estirpe. Era un niño diminuto aún para su edad y, aunque no llamara la atención por su aspecto enfermizo, parecía llevar escrito en su personilla que no sería nunca alto ni realmente fuerte. Tenía los ojos de un azul oscuro y más separados de lo normal, lo que aumentaba la belleza y dulzura de su cara, y el pelo, largo, abundante y rizado, tenía ese tono dorado que lleva a las señoras a lanzar exclamaciones de entusiasmo cuando hacen el inventario de una criatura. Con sus facciones correctas y su cabeza sostenida por un cuello delgado y recto tenía una expresión seria y limpia, que mostraba a un mismo tiempo viveza e ingenuidad. En conjunto, dentro de su delgadez, era un pequeño personaje interesante y atractivo.
—Sí, es de los que se acuerdan de las cosas —comentó mistress Bowerbank, comparándole mentalmente con los burdos miembros de su propia pollada que jamás habían podido acordarse de nada, como no fuera el medio penique que a veces lograban quitarle.
Sus ojos descendieron luego a los detalles del vestido: sus pantalones, cuidadosamente remendados, los calcetines largos y de colores, que ella podía apreciar bien, y el lazo de cinta brillante que la modista le había puesto en el cuello y que la señorita Henning había arrugado con su abrazo. Claro que miss Pynsent no tenía que cuidar más que de uno, pero su visitante se vio obligada a reconocer que, en cuestión de botones, no se podía llegar más lejos.
—Le pone usted que da gusto verle —dijo, al ver los ingeniosos remiendos de los zapatos del niño que, en su opinión, estaban tan bien arreglados como los de un pequeño aristócrata.
—Es usted muy amable —observó miss Pynsent, en un estado de verdadera exaltación—. Jamás ha entrado en su ropa una aguja que no fuera la mía. Eso es lo que me da miedo: que la impresión iba a ser muy fuerte.
—Pero ¿sólo me querían para mirarme? —preguntó Hyacinth con una ingenuidad que aunque no fuera estudiada resultaba otra vez satírica.
—¡Si es una amabilidad por parte de la señora llegar a verte! —exclamó su protectora, dándole un ligero meneo—. No abultas más que una pulga; hay muchos que no podrían distinguirte, ni las mismas pulgas podrían hacerlo.
—Ya verá cómo se hace mayor cuando empiece a crecer —observó mistress Bowerbank tranquilamente.
Luego añadió que ya que le conocía comprendía mejor que había que tener en cuenta a la otra parte. En su esfuerzo por mostrarse discreta delante del niño (que no perdía detalle) empezaba a volverse enigmática; pero miss Pynsent comprendió lo que quería decir, que era que el niño iba a darse cuenta de todo, pero que precisamente por ser tan atractivo era casi un pecado no recompensar a la pobre mujer que, si supiera cómo estaba, no perdonaría jamás a la que había ocupado su puesto, por no dejárselo ver.
—Desde luego, le aseguro que yo, en su lugar, me moriría más a gusto si hubiese visto esos rizos —declaró en un rapto de imaginación maternal que la dejó plenamente satisfecha.
Miss Pynsent, por su parte, veía que a ella iba a dejarla literalmente arada, pero sin una mala semilla capaz de fructificar. Envió al niño arriba, a prepararse para el té y, al acompañar a su visita hasta la puerta, le rogó que tuviera un poco más de paciencia, que esperara uno o dos días a que lo pensara mejor, y que escribiría diciendo lo que había decidido.
Mistress Bowerbank continuaba moviéndose en una región muy por encima de la que ocupaba la pobre miss Pynsent con todas sus vacilaciones y timideces, y aquel despego de su visitante le hacía tener una idea aún más alta de su respetabilidad. Las cosas se suavizaron un poco cuando, ya en el umbral, Amanda volvió a gemir inútilmente:
—¿No es una lástima que sea tan mala?
La imponente dama de la prisión recobró aquellos tonos profundos que parecían destinados a resonar por los corredores de piedra:
—¡Le aseguro que hay muchas bastante peores!