XXXVI
Cierto domingo de noviembre, más de tres meses después de haberse ido a vivir a Madeira Crescent, fue tan importante para la princesa que ha de ser tratado con cierta extensión. A primeras horas de la tarde oyó que llamaban muy fuerte a la puerta; era una llamada resuelta, casi desafiante, que le hizo levantar la vista del libro y escuchar. Estaba sola, sentada junto al fuego, leyendo un grueso volumen sobre el trabajo y el capital. No eran todavía las cuatro, pero ya tenía encendidas las velas; una niebla densa y negruzca oscurecía la luz del día, y no se sabía si lo que la naturaleza se había propuesto era velar el aburrimiento sabático o hacerlo más profundo todavía. No estaba cansada de Madeira Crescent; habría rechazado indignada esa idea, pero no le molestaba nada la posibilidad de recibir una visita, que hasta podría ser la de un embajador, un ministro o cualquier otro personaje eminente de los que habían estado en relación con ella antes de que se dedicara a la vida ascética. Desde entonces, no eran muchos los que habían llamado a su puerta, y eso por varias razones: estaban fuera de Londres, y ella había hecho lo posible para hacerles creer que se había marchado de Inglaterra. Ésa era la impresión prevaleciente, la que ella había deseado, pero olvidaba ese detalle siempre que con cierta sorpresa, incluso con cierta irritación, veía que la gente no se encaminaba a Madeira Crescent. Estaba logrando el descubrimiento, en el que tenía muchos predecesores, de que ocultarse en Londres es un juego demasiado fácil. Godfrey Sholto tenía la costumbre de anunciarse de esa forma cuando reaparecía después de los intervalos que ella le obligaba a guardar; era algo estúpido en un hombre como él, dar tanta importancia a demostrar que podía llamar confiado, que tenía el mismo derecho que otro cualquiera. Esa tarde habría aceptado su visita; estaba ya muy alejada del mundo frívolo y superficial en que él vivía, pero al mismo tiempo su renunciación era demasiado reciente para no disfrutar con recuerdos y comparaciones, con poder probarse a sí misma lo acertada que había estado al hacer lo que estaba haciendo. No se le ocurrió pensar que quien estaba a la puerta pudiera ser Hyacinth Robinson, pues habían quedado de acuerdo en que no fuera a verla más que por la noche salvo en casos especiales. Al salir a abrir la criada, oyó en el hall una voz que no reconoció de momento, pero en seguida la puerta de la habitación se abrió y oyó pronunciar el nombre del señor Muniment. No le molestó nada oírlo, pues había deseado saber algo más del extraordinario amigo de Hyacinth y al mismo tiempo lo daba ya por perdido, pues las probabilidades de que fuera a verla parecían escasísimas. Tres meses antes le había dicho a Hyacinth que se alegraba de que no quisiera ir; pero ya que había ido se alegraba más aún.
En esos momentos estaba sentado frente a ella, al otro lado de la chimenea, con las piernas cruzadas, y sin saber qué hacer con sus grandes manos, enfundadas en unos guantes muy nuevos y de una piel muy roja, que se ajustaba y alisaba como si le hicieran daño. En cuanto al tamaño de sus extremidades, y hasta su actitud y movimientos, podía haber pertenecido a su antiguo círculo. Con los detalles de su traje algo borrosos por la luz de la lámpara que iluminaba sobre todo su cabeza noble y poderosa, podía haber sido uno de los hombres más importantes que había conocido. Lo primero que le dijo fue que le extrañaba mucho qué era lo que le había decidido por fin a presentarse, pues cuando ella se lo propuso quedó bien claro que la idea le atraía muy poco. Desde entonces no le había visto más que una vez, el día en que llegaba a Audley Court y en el momento en que ella salía de visitar a su hermana, y suponía que recordaría que ese día no había vuelto a invitarle.
—Entonces no hubiera servido de nada que lo hiciera —contestó Muniment con su natural jovialidad.
—Sí, lo noté; mi silencio no fue casual —contestó la princesa con el mismo buen humor.
—Ahora sólo he venido (ya que me lo pregunta) porque mi hermana me ha estado machacando semana tras semana, metiéndome en la cabeza que debía venir. ¡Ha sido un tormento! Si me hubiera dejado en paz, no habría venido.
La princesa se puso algo colorada al oír esas palabras, pero no porque le molestaran o le dieran vergüenza, sino más bien por la alegría que le producía oír hablar de una manera tan espontánea y original. No había recibido nunca una visita que mostrara tan absoluta franqueza o que tuviese una historia tan curiosa que contar. No había tenido nunca un fracaso tan rotundo, y ese fracaso le interesaba muchísimo, sobre todo cuando parecía empezar a transformarse en éxito. Siempre había tenido éxito con todo el mundo y a la primera, y la señal que todos le daban era un homenaje de lo más monótono. Hasta el pobre Hyacinth había intentado decir grandes cosas al principio. Aquel tipo tan distinto parecía estar pensando en cualquier cosa menos en florituras de lenguaje; y estaba encantada con la esperanza de que se apartara cada vez más de semejante artificio.
—Recuerdo que me preguntó que de qué iba a servirle. No pude decírselo entonces y, aunque he tenido mucho tiempo para darle vueltas, no lo he pensado todavía.
—Bueno, mas espero que me sirva de algo. Todo el mundo quiere tener alguna recompensa cuando ha hecho un esfuerzo grande.
—A mí ya me está sirviendo —dijo la princesa con naturalidad también.
—Claro, las cosas que digo le divierten. Pero no las digo para eso, sólo para que se forme una idea.
—Pues me está proporcionando muchas ideas. Además, sé mucho de usted.
—Supongo que por el pequeño Robinson —dijo Muniment.
Ella tardó un poco en contestar:
—Más bien por lady Aurora.
—¡Huy, no es mucho lo que sabe de mí! —protestó el joven.
—Es una pena que lo diga, porque ella le aprecia mucho.
—Sí, me aprecia mucho —admitió el joven tranquilamente.
La princesa vaciló otra vez:
—Y espero que usted también la aprecie.
—¡Ah, sí, es una vieja estupenda!
La princesa comprendió que su visitante no era un caballero como Hyacinth; pero eso no le hizo cambiar de actitud. La esperanza de que lo fuera no tenía nada que ver con el interés que sentía por él, y que estaba basado en que probablemente tampoco le importaba nada al joven.
—Creo que no hay en el mundo otra persona a quien envidie tanto —dijo. Afirmación que no obtuvo respuesta de su visitante—. Ha sabido resolver mejor que nadie el problema que, a poco sentido que tengamos, todos tratamos de resolver, ¿no es verdad? El de salir de nosotros mismos. Ella ha sabido hacerlo mejor que ninguna otra persona que yo haya conocido. Se ha entregado por completo a hacer algo por los demás. Por eso es por lo que la envidio —concluyó la princesa, con una sonrisa aclaratoria por si acaso no la entendía.
—Es una diversión como otra cualquiera —dijo Paul Muniment.
—No, no como otra cualquiera. Lleva la luz a muchos sitios; hace que mucha gente desgraciada se sienta menos desgraciada.
—¿Cuántos cree usted? —preguntó, no como si tuviera ganas de discutir, sino más bien como si le divirtiera siempre hacerlo.
Pero la princesa no acababa de comprender por qué quería discutir a costa de lady Aurora:
—Pues, para empezar, a una persona que le toca a usted muy de cerca.
—Sí, es muy buena, bonísima, realmente maravillosa. Pero es Rosy la que le hace a ella mucho menos desgraciada —añadió Muniment.
—Es muy probable, desde luego; y lo mismo me pasa a mí.
—¿Puedo preguntar qué la hace a usted desgraciada?
—Pues nada. Y eso es lo peor. Pero soy ahora mucho más feliz que antes.
—¿Y también por nada?
—No, por un cambio habido en mi vida. He podido hacer unas pocas cosas.
—Para los pobres, me imagino que quiere decir. ¿Se refiere a los regalos que le ha hecho a Rosy? —preguntó el joven.
—¿Los regalos? —Parecía no acordarse—. ¡No!, eso son cosas sin importancia. No es nada que uno haya podido dar. Son algunas conversaciones que ha tenido, algunas convicciones a que ha podido llegar.
—Las convicciones son una fuente de placer muy inocente —dijo Muniment, sonriendo a su interlocutora con la mirada resuelta y agradable que tenía, y que parecía llegar más allá y con más fuerza que la de cualquiera otra persona.
—Tenerlas no es nada. Lo que hace falta es obrar de acuerdo con ellas —contestó la princesa.
—Sí, no cabe duda de que también está bien.
Siguió mirándola con toda tranquilidad, como si le gustara pensar que a lo mejor le había llamado para eso. Y como no decía nada más, la princesa continuó:
—Claro que es mucho mejor si uno es hombre.
—Pues no lo sé. Las mujeres se las arreglan muy bien para hacer lo que quieren. Mi hermana y usted se las han arreglado para traerme aquí.
—Sospecho que ha sido más bien su hermana, no yo. Pero, después de todo, ¿por qué iba a disgustarle tanto venir?
—Bueno, ya que me lo pregunta —dijo Paul Muniment—, voy a decírselo francamente, aunque no quiero decir que no acabo de entenderla.
—A casi todos les pasa lo mismo —contestó la princesa—. Pero generalmente corren el riesgo.
—¡Ah, muy bien! Es que yo soy el más prudente de los hombres.
—Estaba segura de eso; y era una de las razones por las que deseaba conocerle. Conozco algunas de las ideas que tiene; me lo ha dicho Hyacinth Robinson; y uno de los motivos de que me interesen es que piensa siempre con mucho cuidado todo lo que se propone hacer.
—Sí, eso sí que lo hago… —admitió Muniment.
El tono podía haber resultado casi indigno por una especie de reserva muy del norte que había en él, pero aparecía atenuado por la expresión de su rostro, por su juventud y su fuerza, y por la mirada de sus ojos, que casi eran los de un soldado.
La princesa reconoció la astucia y la naturalidad al contestar:
—Hacer algo con usted sería muy seguro. El éxito estaría garantizado.
—Eso es lo que cree el pobre Hyacinth.
Le extrañó que pudiera aludir con tanta ligereza a la confianza que su amigo había puesto en él, teniendo en cuenta las consecuencias que tal confianza pudiera acarrearle; pero aquella curiosa mezcla de cualidades sólo podía hacer que su visitante, como tribuno del pueblo, le resultara aún más interesante. De momento, se abstuvo de tocar el tema de la especial posición de Hyacinth, y preguntó:
—¿No le ha hablado de mí? ¿No le ha explicado un poco cómo soy?
—¡Uf, menudas son sus explicaciones! —rompió a reír Muniment—. Es un número cuando se pone a hablar de usted.
—No me traicione —dijo ella con dulzura.
—No hay nada que traicionar. Usted sería la primera en admirarse si lo viera. Aparte de eso, yo no traiciono —añadió.
—Yo le quiero mucho —dijo la princesa; y ni el hombre más cínico hubiera podido reírse ante la forma en que hizo esa declaración.
Paul la aceptó con respeto:
—Es muy buen chico y, dejando aparte a su señoría, es la verdadera alegría de nuestra pobre casa.
Hubo una pausa después de aquel intercambio de amabilidades, a la que puso fin la princesa preguntando:
—¿No podría cualquier otro hacer su trabajo tan bien como él?
—¿Su trabajo? No sé por qué, he oído decir que es un maestro.
—No me refiero a la encuadernación —dijo la princesa—. No sé si lo sabe, pero yo mantengo correspondencia con cierta persona. Si me entiende algo, sabrá de quién hablo. Conozco a muchos de nuestros más importantes hombres.
—Sí, ya lo sé. Me lo ha dicho Hyacinth. ¿Lo menciona como garantía, para que pueda comprender que es persona segura?
—No, no exactamente, sería una debilidad, ¿no? Mi seguridad debe estar en mí misma, algo que pueda usted apreciar a medida que me conozca mejor; no en lo que diga ni en quienes puedan ser mis fiadores.
—No voy a conocerla mejor. ¿Qué tiene que ver eso conmigo?
—Quiero ayudarlos —dijo, y al pronunciar esas palabras se le transformó la cara: expresaba un anhelo apasionado pero purísimo—. Quiero hacer algo por la causa que representan; por los millones de personas que se están pudriendo bajo nuestros pies; por todos esos millones que se pasan la vida al borde de la inanición y que, con un poco que los empujen, están perdidos. Póngame a prueba; pídame que me ocupe en algo, que demuestre que tengo tanto interés como los que ya lo han demostrado. Sé muy bien de qué hablo, con qué tengo que contar, y con lo que puedo encontrarme, y conozco la naturaleza y la importancia de su organización. No estoy bromeando. No, no estoy bromeando.
Paul Muniment siguió mirándola con la misma sonrisa hasta que terminó ese repentino estallido:
—Me temía que fuera usted así… que iba a abrir la espita y a soltar los fuegos artificiales.
—Permítame creer que no pensaba nada de eso. No hay razón alguna para que le molesten mis fuegos artificiales.
—Siempre he tenido miedo a las mujeres listas.
—Comprendo… es parte de su prudencia —dijo la princesa pensativa—. Pero precisamente es usted la clase de hombre que debía saber cómo tratarlas.
No contestó nada de momento; por la forma en que la miraba daba la impresión de no fijarse mucho en lo que decía, sino de estar más bien ocupado con otras cosas que no tenían mucho que ver: su belleza, su gracia, y el espectáculo de una clase y una forma de comportarse completamente nuevas para él. Al cabo de un rato comentó:
—Temo ser muy ordinario.
—Sí que lo es, pero eso no importa. Lo que más me molesta es que no conteste a mis preguntas. ¿No podría hacer otro el trabajo de Hyacinth Robinson tan bien como él? ¿Es necesario acudir a una naturaleza tan delicada y tan intelectual como la suya? ¿No sería mejor reservarle para algo más refinado?
—¿Más refinado que qué?
—Que lo que van a mandarle que haga.
—Y haga el favor de decirme: ¿qué es? —preguntó el joven—. No sabe nada de eso, ni más ni menos que yo. Además, si había otro que pudiera hacerlo, no hubo nadie que se ofreciera. En cambio, da la casualidad de que Robinson sí lo hizo.
—Sí, y ustedes le echaron el guante —contestó la princesa.
Esa expresión le hizo reír a Muniment:
—No me cabe duda de que puede quedarse con él si le apetece.
—Lo que querría es hacerlo yo en su lugar, eso es lo que me gustaría —dijo la princesa.
—Digo que no sabe de qué se trata.
—Puede que no sea nada —continuó ella, sin apartar los ojos de Paul—. Me atrevería a decir que cree que quería verle para rogarle que le dejaran. Pero no era por eso. Es un asunto suyo y usted no tiene nada que hacer. Pero ¿no podría representar alguna diferencia que hayan cambiado sus opiniones?
—¿Sus opiniones? Si no ha tenido nunca opiniones —contestó Muniment—. Él no es como usted y como yo.
—Bueno, pues sus sentimientos, sus preferencias. Ya no tiene el entusiasmo por el triunfo de la causa popular que tenía cuando le conocí. Ahora es mucho más tibio.
—¡Muy bien! Tiene razón.
La princesa le miró asombrada:
—¿Quiere decir que usted también abandona…?
—Un conservador bien convencido es una cosa que yo comprendo perfectamente —dijo Paul Muniment—. Si yo estuviera arriba, me agarraría con todas mis fuerzas.
—Veo que no tiene usted una mente estrecha —dijo ella convencida.
—Le ruego que me perdone, sí que la tengo. Yo a eso no le llamo tenerla amplia. Hay que ser estrecho para penetrar.
—Sea lo que sea, tendrá éxito —dijo la princesa—. Hyacinth no lo tendrá, pero usted sí.
—Todo depende de lo que entienda por éxito —dijo el joven, y en seguida, antes de que ella pudiera replicar, comentó mirando la habitación—: Tiene usted una casa muy bonita.
—¿Bonita? Señor mío, es detestable. Por eso me gusta —se apresuró a explicar.
—Pues a mí me gusta, aunque quizá no sé por qué. Creí que había dejado todas sus cosas, que las había tirado por la ventana para armar la gran arrebatiña.
—Sí, eso he hecho. Tenía que haberme visto antes.
—Me habría gustado —sonrió con timidez—. Me gusta ver la riqueza sólida.
—¡Bah! Vale usted tan poco como Hyacinth. Aquí la única firme soy yo —contestó la princesa.
—Pues le queda todavía mucho para ser una persona que lo ha tirado todo.
—Es que estas abominaciones no son mías, si no ya las habría tirado también —contestó ella con toda naturalidad.
Paul se levantó de la silla, sin dejar de mirar la habitación:
—Pues daría yo una mano por tener un sitio como éste. En fin, sea lo que sea, no se ha quedado usted en la miseria.
—No, todavía me queda un poco… para ayudarle.
—Me apostaría cualquier cosa a que le queda bastante —declaró Paul con su acento de campesino del norte.
—Podría conseguir dinero… podría conseguir dinero —dijo ella muy seria.
Se había levantado también y estaba delante de él.
Los dos estaban frente a frente, sus ojos volvieron a encontrarse e intercambiaron una mirada profunda para intentar escudriñarse mutuamente. Parecía que cada uno de ellos estuviera sondeando la mente del otro. Luego, una expresión rara e inesperada para la princesa apareció en la cara de su visitante; contrajo los labios como si hiciera un gran esfuerzo, empezó a ponerse colorado, y al cabo de un momento estaba tan azorado como un chiquillo. Bajó los ojos y se quedó mirando la alfombra mientras repetía:
—No me fío de las mujeres, no me fío de las mujeres listas.
—Pues lo siento, pero después de todo también lo comprendo —dijo ella—; en vista de eso no voy a insistir en que me deje trabajar con usted. Pero sí voy a pedirle una cosa: ayúdeme un poco a mí, ayúdeme.
—¿Qué quiere decir ayudarla? —preguntó al tiempo que levantaba los ojos, que habían recobrado la calma.
—Que me aconseje, usted sabrá cómo hacerlo. Estoy preocupada… he ido muy lejos.
—¡Eso no lo dudo! —contestó Paul riéndose.
—Quiero decir con algunas de esas personas que están fuera. No tengo miedo, pero me preocupa. Me gustaría saber qué hacer.
—No, desde luego no tiene miedo —contestó Muniment pasado un momento.
—Pero estoy metida en un buen lío. Creo que usted podría sacarme de él. Ya le daré los detalles, pero no ahora, porque nos van a interrumpir, oigo a mi vieja amiga en la escalera. Tiene que volver otra vez.
Mientras estaba todavía hablando se abrió la puerta, y apareció madame Grandoni con muchas precauciones y casi sin hacer ruido, como si no supiera qué podía estar pasando en el salón.
—Sí, volveré —dijo Paul, en voz baja, pero con suficiente claridad.
Salió de la habitación, se cruzó con madame Grandoni en la puerta, y no se acordó de dar la mano para despedirse. Se paró un momento al oír que se acercaba la princesa, y pudo comprender que no había salido para hacerle cumplir con ese rito, sino para decirle una vez más, en voz baja, de forma que no pudiera oírla su amiga:
—Podría conseguir dinero, podría hacerlo.
Él se pasó la mano por el pelo y, como si no lo hubiese oído, comentó:
—Por fin no he dicho nada de lo que me había encargado Rosy.
—Bueno, eso no importa —contestó la princesa, y volvió al salón.
Madame Grandoni estaba en medio de la habitación, envuelta en su viejo chal, mirando a todas partes, y las dos oyeron que se cerraba la puerta.
—¿Podrías decirme quién es ése? ¿No es una cara nueva?
—Es el hermano de esa chica a quien te llevé a ver, la inválida que habla tanto y se maneja tan bien.
—¡Ah, tenía un hermano! ¿Entonces por eso ibas tú?
Fue una cosa rara que la princesa acogiera con tan buen humor esa salida más bien grosera, que sólo podía escapársele a madame Grandoni porque estaba ya cansada con sus muchos años, y porque sentía una antipatía cada vez mayor por Madeira Crescent y todo lo que saliera de allí. Christina le dedicó una sonrisa caritativa a su vieja compañera y contestó:
—Era muy probable que no le hubiésemos visto. Estaba trabajando, como es natural.
—¿Y cómo quieres que lo sepa yo, hija mía? ¿Es un sustituto?
—¿Un sustituto?
—Sí, del encuadernador.
—Mia cara —dijo la princesa—. Comprenderás lo absurda que es tu pregunta cuando te diga que es su mejor amigo.