XXIX

El bulevar estaba animadísimo, brillante con las iluminaciones, la variedad y alegría de la gente, los cafés abiertos y las tiendas deslumbrantes con sus inmensos escaparates, los vestíbulos encendidos de los teatros, las luces de los carruajes, el alboroto de alegría y prosperidad, el difuso murmullo de las conversaciones y toda la magnificencia de un atardecer de junio en París. Hyacinth había estado andando horas y horas —en los siete días que llevaba en París no había parado de andar de la mañana a la noche— y sentía un gran cansancio, una tremenda dejadez, que no carecía de encanto por la plenitud que significaba, en el momento de sentarse a una mesa enfrente de Tortoni, y no tanto para descansar como para disfrutarlo. Había visto tantas cosas, había sentido, aprendido, vibrado, reído y palpitado tanto durante aquellos días, que veía por fin el peligro de llegar a armarse un lío y comprendía la necesidad de hacer balance.

Esa noche se había detenido en seco; estaba sentado a la puerta del café más dandy de París, y recapitulaba sus impresiones. Había intentado entrar en el teatro de las Variedades, que brillaba al otro lado de la avenida, entre las luces de la calle y el follaje claro de los árboles, poco favorecidos por el asfalto. Pero la impresión de Chaumont… eso lo dejaba por el momento; era un aliciente más de la situación pensar que disponía todavía de mucho tiempo para ver el succès du jour. Su decisión de pedir una marquise le produjo el mismo efecto cuando el camarero, cuya soberbia pechera y patillas emergían del cilindro de un delantal blanco, acudió a servirle. Sabía que el brebaje era caro, se había enterado en el momento en que por primera vez lo había oído nombrar, que había sido la noche antes, mientras estaba sentado en su butaca durante un entr’acte de la Comédie Française. Un señor que estaba a su lado, un hombre joven vestido con traje de etiqueta, hablaba con un conocido de la fila de atrás y le recomendaba refrescarse con esa delicia al salir del teatro: no había nada como eso para tomarlo al aire libre en una noche de calor. El camarero le trajo un vaso alto de champaña en el que había un trozo de hielo, y el chico pensó que no había esperado una cosa menos sensacional al buscar una mesa libre en la terraza de Tortoni. Había muy pocas mesas vacías, y él creía que las otras estaban ocupadas por grandes celebridades; en cualquier caso, eran los tipos que había esperado y querido encontrar cuando la oportunidad de marchar fuera con los bolsillos llenos (era aún más extraordinaria que su encuentro con la princesa) se le había hecho realidad en Lomax Place. Conocía Tortoni por las novelas francesas, y al estar allí sentado tenía la vaga sensación de estar fraternizando con Balzac y con Alfred de Musset: quedaban en el aire ecos y recuerdos de sus obras perdidas entre exhalaciones indefinidas, la extraña mezcla de olores, en parte agradables y en parte impuros, del bulevar. «Espléndido París, encantador París», ese estribillo fragmento de una invocación, principio sin fin, eran las únicas palabras articuladas que se le habían metido en el himno de alabanza que su imaginación había estado dirigiendo a la capital de Francia desde el mismo momento de su llegada. Reconocía y saludaba entre palpitaciones el lugar de sus antepasados maternos, y se sentía orgulloso de estar unido a tantas pruebas de una civilización que no parecía tener tacha. Tenía momentos de perplejidad, y hasta llegaba a sentir repugnancia cuando se le ocurría pensar que la ciudad más fabulosa del mundo era también la más sangrienta; pero predominaba la sensación de entender y de sentirse atraído, y ese entendimiento le daba alas, parecía transportarle a campos de conocimiento más amplios, a sensaciones aún más elevadas.

En otros tiempos, en Londres, había pensado una y otra vez en su abuelo, el relojero revolucionario que había conocido el éxtasis de las barricadas y lo había pagado con la vida, y sus sueños apenas se habían resentido del hecho de no saber casi nada de él. Le daba forma en su imaginación a ese mítico antepasado, y estaba convencido que era tan bajo como él, tenía el pelo rizado, un gran talento para hacer su trabajo y una extraordinaria elocuencia natural, junto a muchas de las más atractivas cualidades del carácter francés. Pero era también temerario y un poco chiflado, y probablemente un fresco; tenía líos y deudas y unas pasiones irrefrenables; su vida había sido una pura fiebre, y su trágico fin la consecuencia más natural de ella. De todos modos, hubiera sido maravilloso oírle hablar, sentir el influjo de una alegría que ni la locura política podía apagar; porque su nieto tenía la teoría de que hablaba un francés antiguo, delicioso y atractivo en su expresión y acento, y libre de la bajeza de la jerga moderna. Ese personaje, nebuloso pero vivo al mismo tiempo, se transformó en el compañero de Hyacinth desde el día de su llegada; iba de un lado para otro con el hijo de Florentine, se sentaba a cenar con él en la mesa del restaurante, se acababa con él la botella, y hacía subir la cuenta, además de darle consejos y revelarle un sinfín de descubrimientos. Conocía el secreto del joven sin que se lo dijera y parecía mirarle desde el diminuto mantelillo en que estaba el gran trozo de pan, un poquito apartado para dejar sitio a los codos… A Hyacinth le sorprendía que el pueblo de París hubiera podido sentir alguna vez la furia del hambre, teniendo unas barras de pan tan enormes; le miraba con ojos brillantes de profunda comprensión, y con labios que parecían decirle que cuando uno iba a morir al día siguiente debía comer y beber y halagar sus pobres sentidos todo lo que pudiera. En esa presencia impalpable y edificante no había nada venerable, nada que impusiera o pareciera desaprobar; el joven consideraba que Hyacinthe Vivier era un hombre de su tiempo, que podía comprender perfectamente todas sus alegrías y sus penas. Se había preguntado muchas veces dónde habría estado la barricada en que cayó su abuelo, y por fin quedó satisfecho al llegar a la conclusión —es imposible saber a través de qué deducciones— de que se había alzado en la rue Saint-Honoré, muy cerca de la iglesia de Saint-Roch. Los dos habían recorrido juntos todos los museos y jardines, y las principales iglesias —el mártir republicano era fácilmente conformable en ese punto—; habían paseado por las callejas y soportales, por las grandes avenidas y, sobre todo, una y otra vez, por la orilla del río, donde los muelles eran una diversión inagotable para Hyacinth, que se paraba media hora ante los puestos de los libreros de viejo y se llenaba los bolsicos de volúmenes de cinco peniques, mientras las industrias del Sena brillaban allá abajo y al otro lado del Louvre se extendía glorioso a lo largo de una legua. Hyacinth disfrutó tanto del Louvre como si le hubieran invitado a ir allí, igual que le habían invitado al pobre y ya olvidado Medley; los primeros días anduvo rondando el museo, no se cansaba de mirar algunos cuadros y de contemplar el brillo de los suelos, en los que se reflejaban los frescos del techo. París entero le parecía sumamente artístico y decorativo; tenía la sensación de haber vivido hasta entonces en un mundo oscuro, sucio y filisteo, un mundo donde predominaba el gusto de Little Peddlington y donde la distribución artística nunca se había tenido en cuenta. En la ciudad de sus antepasados ese sentido artístico había estado presente desde el principio, y por eso su sensibilidad respondía en seguida, y volvía a repetir el estribillo siempre que la belleza de los monumentos le sorprendía bajo la luz plateada o cuando los veía aparecer al final de alguna soberbia perspectiva entre tonos azulados de una gran delicadeza. Le daba la impresión de que la ciudad se expresaba por sí misma, y que lo hacía en gran estilo, mientras que Londres resultaba vago, borroso, mudo y sin relieve. ¡Espléndido París, encantador París, en verdad!

Eustache Poupin le había dado cartas para tres o cuatro amigos demócratas, devotos ardientes de la cuestión social que habían escapado por milagro a la crueldad del exilio o sufrido la vergüenza del perdón y que, a pesar de los mouchards republicanos, no menos infames que los imperiales, y de las redadas periódicas de un despotismo que sólo había cambiado los botones y los sellos, conservaban viva la chispa sagrada que algún día se transformaría en llama abrasadora. Pero Hyacinth no había pensado en entregar esas cartas de presentación; las había aceptado por el alborozo y la solemnidad que Poupin había puesto al escribirlas, y porque no se atrevía a decir a la pareja de Lisson Grove que desde aquella horrible noche en casa de Hoffendahl sus sueños habían cambiado mucho. No le había servido para concentrarse, sino para relajarse, y tenía poco sentido que se dedicara a buscar a los amigos de Poupin —uno de ellos vivía en Batignolles y los otros en el faubourg Saint-Antoine— para hacerles creer que se preocupaba por lo que se preocupaban ellos y en la forma en que ellos lo hacían. Lo que realmente le ocupaba en ese momento no era la idea de cómo debía destruirse la sociedad, sino el sentido de las maravillosas cosas que había producido, la fábrica de belleza y poder que había levantado. Que estaba destinada a ser destruida era algo evidente que él conocía y los otros también; pero desde que esa verdad se había alzado ante él en toda su magnitud, comprendía que se había producido un traslado, al menos parcial, de sus simpatías; el mismo cambio de que había dado síntomas al decirle a la princesa que a quien compadecía era a los ricos, a los que pasaban por felices. A medida que transcurría la noche, mientras seguía sentado en Tortoni, la última emoción que iba a visitarle sería el arrepentimiento por no haberse puesto en contacto con los pobres amigos de Poupin, por no haberse molestado en conocer a gente que tomaba las cosas en serio.

Claro que después de todo, ¿quién lo tomaba más en serio que él o quién había dado más pruebas aunque fueran secretas de hacerlo? El sentimiento con que había aceptado los avances de mister Vetch, la idea de que si estaba destinado a morir en la flor de la edad tenía derecho de hacer una escapada a ese mundo hermoso y horrible, no le había abandonado. Esa idea era muy natural, pero lo que resultaba extraño era lo que había empujado al violinista, su deseo de hacer algo que le gustara, de engatusarle y mandarle fuera. Y lo más raro era que mister Vetch no parecía tomar en consideración que el chico aquel año ya se había divertido como no podían hacerlo los artesanos de Londres. Ésa fue una de las muchas cosas en que pensó Hyacinth; pensó en otras que venían a cuento y en otras que no venían a cuento; era casi la primera vez que se sentaba con la tranquilidad suficiente para ponerse a pensar. Un centenar de reverberaciones confusas del pasado reciente se le agolpaban en la cabeza y veía que había vivido más en los seis meses anteriores que durante el resto de su vida. La sucesión de acontecimientos acabó por estirarse y él recreó los momentos más raros, más inesperados. Sobre todo su última semana en Medley se había transformado en una fábula lejana, en el eco de una canción. Podía leerla entera como una novela encuadernada en pergamino y oro, contemplarla como hubiera contemplado algún precioso cuadro. Su visita a Medley había sido perfecta hasta el fin, y ni siquiera los tres días comprometidos por la presencia de Sholto habían roto el encanto, porque los otros tres que pasaron antes de su marcha —cuando la propia princesa le había indicado que se fuera— resultaron los más importantes de todos. Fue entonces cuando le hizo ver con claridad que lo tomaba en serio, que estaba dispuesta para cualquier sacrificio. Comprendía que ella era su término de comparación, su autoridad, su medida, su perpetua referencia; y al tomar posesión de su mente la había renovado por completo. Era un término nuevo y, estando en un país extranjero, veía lo mucho que su conversación, tan extranjera ella misma, le había preparado para entenderlo. En París vio por supuesto muchísimas mujeres y se fijó en casi todas ellas, sobre todo en las actrices, comparando sus movimientos, su manera de hablar y de vestir con los de su extraordinaria amiga. La encontraba muy por encima de ellas en todos los aspectos, aunque una o dos de las actrices parecían imitarla.

El recuerdo de los últimos días que había pasado con ella le emocionaba como el roce de una mejilla mojada por las lágrimas. En sus últimos momentos de intimidad, en la más extraordinaria y rica de las revelaciones, había llorado por él, y sospechaba que tenía la secreta intención de impedir que cumpliera el juramento que había hecho a Hoffendahl, a todo lo que Hoffendahl representaba. Pretendía que lo aceptaba, y decía únicamente que cuando hubiera hecho la parte que le correspondía, ella se esforzaría en salvarle, en cubrirle con una nube como la diosa madre del héroe de Troya solía hacer en el poema de Virgilio para escamotear a Eneas. Pero él tenía la impresión de que lo que realmente se proponía era no dejarle hacer nada. Lo tomaba en serio para ella, pero no para él. El principal resultado de su intimidad con ella, en la que, sin rebajarse, había conseguido elevarle más y más hasta alcanzar el punto más alto, había sido hacerle creer que era lo bastante bueno para cualquier cosa. Al preguntarle el último día si le podía escribir, contestó que sí después de dos o tres semanas. Le había escrito para comunicar la muerte de Pinnie y otra vez en el momento de marcharse, y al hacerlo había tenido en cuenta otra de las cosas que le había dicho: que no empleara frases vagas ni hiciera protestas o cumplidos; quería saber lo que hacía, los detalles más pequeños, personales e íntimos de su vida. Por eso le comunicó el desmantelamiento de Lomax Place incluida la venta del mobiliario renqueante, y otros pormenores igualmente sórdidos. Le había dicho lo que sacó de la transacción, una mísera cantidad pero suficiente para pagar algunas deudas, y le había informado también de que una de las maneras empleadas por mister Vetch para despacharle a toda prisa hacia París había sido incitarle a coger treinta libras de las que tenía ahorradas, completando así la suma heredada de Pinnie, que en forma que ninguno de los amigos de Hyacinth podía considerar frugal o siquiera respetable, dedicaba a una mera excursión. Confesó que había terminado por aceptar las treinta libras, añadiendo que temía que su especial situación —ella sabría lo que quería decir— le empujara a uno a mostrar falta de dignidad: le dispusiera a echar mano de lo que pudiera caer, o cuando menos le hiciera muy tolerante ante los caprichos que tomaban la forma de alivio voluntario.

Lo que no le dijo a su deslumbrante amiga fue cómo le habían recibido Paul Muniment y Millicent Henning al volver de Medley. El recibimiento de Millicent había sido de lo más extraño, sorprendentemente amable. No le había hecho ninguna escena y parecía haber abandonado la línea de recriminarle cuando se quejaba de sus equívocas andanzas. Le trató como si estuviera encantada de verle metido entre los encopetados; como apreciaba tanto el éxito, iba a tratarle con mayor ternura al verle triunfante. Intentó hacerle contar el estilo de vida que se llevaba en una casa donde le invitaban a uno a estar allí por las buenas y sin tener que pagar; y le sorprendió, casi tanto como le agradó, ver que no soltaba sus acostumbradas indirectas contra la princesa. Fue pródiga en exclamaciones al contestar él a algunas de sus preguntas, exclamaciones que olían a Pimlico, «¡Pero bueno!» y «¡Cielos!» y le molestó más que nunca con su detestable costumbre de decir «Pues claro, ésa es la cuestión», siempre que él decía algo a lo que quería asentir de buena gana y con talento. Pero no se burló del carácter de la princesa; contuvo la sátira cuando tenía la puerta abierta para hacerlo. Hyacinth pensó que había sido una suerte para ella: no hubiera podido soportarlo (nervioso y angustiado como estaba por causa de Pinnie) si en momentos como aquellos hubiera tenido el mal gusto de ser grosera o descarada. Bajo la tensión que sufría, le habría molestado demasiado y habría roto completamente con ella. Ya le ponía de bastante mal humor con las vulgaridades que decía. Dos o tres cosas muy corrientes que repetía con frecuencia la degradaban ante sus ojos mucho más de lo que podía esperarse, como cuando decía «relleno» por lleno o «liquidado» por vendido, o cuando comentaba que suponía que iba a «darle la patada» a su trabajo en el taller de Crook. Era lo mismo que pedirle que hablara mejor que una señora elegante. Esas frases, por otra parte, le habían herido antes los oídos cientos de veces, pero después le resultaban tan insoportables como para armar una bronca a causa de ellas. Y no es que tuviera ganas de hacerlo, pues de haber llevado la cosa adelante habría tenido que reconocer que su intimidad con la princesa le privaba de todo derecho sobre Millicent. Por otra parte, Millicent se mostraba discretísima; estaba claro que quería darle a entender que lo mejor para los dos era respetar la libertad de cada cual. Lo que deseaba la señorita Henning era un acuerdo amistoso, y Hyacinth tampoco se aventuraba a preguntar qué era lo que se proponía hacer con su libertad. Durante el mes transcurrido entre la muerte de Pinnie y su visita a París la había visto varias veces, porque la decisión de respetar la voluntad de cada cual no significaba que dejaran de verse, y además era natural que ella estuviera muy cariñosa en aquel mal momento. Hyacinth había sentido mucho la muerte de Pinnie, y Millicent era lo bastante lista para comprenderlo, por eso le trataba con más cariño que nunca. Le hablaba casi como si fuera su madre y él un niño convaleciente; le decía que era su ojo derecho, le llamaba pillín y amigo verdadero y predilecto; se dedicaba a sermonearle y se abstenía de beber cerveza (hasta que supo que había heredado una fortuna), y una vez que Hyacinth comentó (pasándose también un poco) que cuando se muere una persona querida nos persigue el recuerdo de las veces que fuimos poco cariñosos o bondadosos con ella, respondió con tanta dignidad, que sus palabras fueron casi una contribución al punto de vista filosófico: «Pues claro, ésa es la cuestión».

Al ver su comportamiento durante aquella temporada, Hyacinth bahía llegado a pensar si llevaría en la cara alguna señal de hombre predestinado, algo que traicionara el compromiso en que le había puesto Diedrich Hoffendahl; empezó a temer que estuviese otra vez en marcha aquel «repugnante enternecimiento» que había observado desde hacía mucho tiempo entre la gente favorecida por las indiscreciones de Pinnie. La compasión que Millicent sentía por él nunca había sido una de las razones de quererla; por suerte, había podido contrarrestarla al tener la virtud de ponerla furiosa. Aquella noche, sentado en el bulevar y viendo pasar la interminable sucesión de caras, una de las cosas que pensó fue lo raro que era que le gustara todavía; porque bien sabía Dios que le gustaba muchísimo más la princesa y hasta entonces había creído siempre que cuando un sentimiento de esa naturaleza era tan fuerte que llegaba a poseerle a uno, barría todas las otras predilecciones menores. Pero estaba bien claro que seguía existiendo para él como una realidad femenina de amplio aliento, que en modo alguno podía pensarse que estaba cansado de ella ni ella de él y que, a pesar de tener tantas otras cosas que admirar, recordar su robusta belleza y sus sentimientos primitivos seguía siendo algo muy grato. Hyacinth se acordaba de ella lo mismo que un bárbaro joven y listo que peregrinara a Roma se habría acordado de la amante dacia o ibérica que esperaba su vuelta en las costas de alguna provincia aún sin civilizar. Si Millicent consideraba que su visita a una «mansión» campestre era una prueba del éxito que le esperaba —cómo conciliaba esa idea con la sospecha de que veía, como una corona entretejida entre sus bucles, la luz de su espeluznante destino, la aureola del martirio, le habría sido muy difícil de explicar—, si a la vuelta de Medley la señorita Henning consideraba que había pasado a ocupar su puesto en el lado de los vencedores, era muy natural que le pareciera muy bien que Hyacinth emprendiera el viaje; y la verdad es que llegado el momento hablaba de su participación en ese privilegio de las clases elevadas como si fuera ella quien lo había inventado y hasta hubiera sido quien había aportado los fondos necesarios. Según ella decía sólo podía gustarle la gente que tenía clase, y Hyacinth jamas había tenido tanta clase como al marcharse al extranjero con una sombrerera como el mister Vetch de antaño. Podía pensar sin amargura que Millicent aprovecharía su ausencia para mejorar sus relaciones con Sholto; sin embargo, en aquel momento, cuando su cara inglesa y lejana eclipsaba a las más próximas, a las lívidas parisienses, no era la sombra romántica de ese caballero la que se interponía entre ellos. Quizá fuera el brillo de París lo que le hacía ver las cosas tan claras; pero, en cualquier caso, recordaba con ternura algo que le dijo la última vez que le vio y que le emocionó mucho en ese momento. Se le había ocurrido comentar con ella que muerta ya Pinnie, y exceptuando a mister Vetch, ella era la persona que le conocía desde hacía más tiempo. Millicent contestó que mister Vetch no podría vivir siempre, y que ella entonces tendría la satisfacción de ser su más vieja amiga.

—Bueno, pero yo tampoco viviré siempre —dijo Hyacinth.

Cuando ella le preguntó si estaba enfermo del pecho, el chico contestó:

—Que yo sepa, no, pero a lo mejor me hacen papilla en una reyerta.

Millicent se enfadó y habló con desprecio de su manía de tomarlo todo a broma, como si se tratara de saber lo que le gustaba a un vendedor ambulante o a cualquier otro tipo del East End, y él aprovechó para preguntarle si estaba satisfecha con las condiciones sociales y si creía que no debía hacerse nada en favor de una gente que, después de estar toda su vida ganando un salario de hambre, no podía esperar más recompensa que el espantoso asilo y la fosa común.

—Si fuera a costa tuya, no estaría satisfecha con nada —contestó con toda naturalidad y mirándole con su hermosa intrepidez. Luego añadió—: Puedo decirte una cosa, Robinson, que como alguien te luciera una mala pasada…

No terminó la frase y echó hacia atrás la cabeza con el aire de un jefe coronado de plumas y, al preguntarle Hyacinth qué ocurriría en ese caso, añadió:

—Pues que todavía quedaría aquí una para tomar el relevo. En el tono con que hizo esa declaración había algo valiente y decidido. A Hyacinth se le antojó un extraño destino —aunque no más extraño que las circunstancias de su nacimiento— que su memoria llegara a estar representada por la chica de una tienda que llevaba los brazos cubiertos de pulseras falsas; pero se acordó también de que Millicent era un hermoso ejemplar de mujer y de un tipo nada quejumbroso por cierto, y que su temperamento fuerte y libre era capaz de conciliar muchas disparidades.