XXXIV
Cuánta razón tenía la princesa al pensar que lady Aurora quedaría fascinada en el primer momento se demostró tan pronto como Hyacinth fue a Belgrave Square, una visita que se consideraba obligado a hacer por lo bien que se había portado su señoría cuando la muerte de Pinnie. La encontró en las mismas condiciones en que la había encontrado en su visita del año anterior; estaba pasando aquella temporada considerada tan poco elegante en la vacía casa de su padre, entre muebles enfundados y ecos de conversaciones desvanecidas. La había visto tanto durante la enfermedad de Pinnie, que tenía la sensación —o la había tenido entonces— de que la conocía casi íntimamente, de que se habían hecho verdaderos amigos, casi camaradas, y que podía ir a verla sin reserva ni ceremonia alguna. A pesar de todo, se mostró tan espantada y perdida como la primera vez: no distante, pero sí hecha un lío entre roda suerte de timideces, y sin darse cuenta, al parecer, de qué era lo que podía haber sucedido para acercar el uno al otro. A Hyacinth, sin embargo, siempre le gustaba estar con ella, porque no había otra persona en el mundo que le tratara con tanta delicadeza y tanta naturalidad como si fuera un señor, y como si no pusiera en duda que lo era. No se había permitido nunca las libertades aduladoras y agradables que había escuchado de labios de la princesa, y no le había dicho nunca lo que pensaba de él; pero su timidez abierta, que daba toda igualdad por algo absolutamente natural, era un homenaje a la idea que él tenía de su buena condición. Fue así como conversó con él de sus viajes por el extranjero, y cómo Hyacinth se encontró discutiendo en Belgravia, igual que cualquier cosmopolita criado entre esos lujos, las directrices políticas de París y las teorías de Ruskin sobre Venecia. Claro que tampoco tardó mucho tiempo en darse cuenta de que a lady Aurora le importaban poco todas esas cosas; la sonrisa deferente con que le escuchaba, con la cabeza inclinada hacia adelante y con sus largas manos cruzadas sobre el regazo, era más bien mecánica, y toda su actitud puramente de cumplido. Cuando le dio su opinión sobre algunas de las arrière-pensées del señor Gambetta —porque estaba convencido de que no carecía de originalidad—, no le interrumpió, porque no interrumpía nunca a nadie, pero aprovechó la primera pausa para preguntar aunque no fuera de eso de lo que estaban hablando:
—¿Volverá la princesa Casamassima a Audley Court?
—No me cabe duda de que irá si les gusta que lo haga.
—Espero que vaya. Es realmente maravillosa —dijo lady Aurora con entusiasmo.
—Sí es maravillosa. Creo que a Rosy le dio una gran alegría.
—Rosy no sabe hablar de otra cosa. Sería un gran bien para ella que pudiera repetirse la experiencia. ¿No le parece que es completamente distinta a todas las personas que uno ha conocido? —Pero su señoría, sin esperar la respuesta, añadió—: A mí me gustó de un modo extraordinario.
—Pues usted le gustó lo mismo a ella. Sé que tendría una gran alegría si fuera a verla —dijo Hyacinth.
—¡Qué sorpresa! —exclamó su señoría.
Y le pidió en seguida su dirección, que anotó en un cuadernillo algo desastrado. Comentó que la tarjeta que le había dado la princesa en Camberwell no tenía dirección, y Hyacinth justificó tan extraño detalle diciendo que era muy descuidada. Luego le preguntó con cierta vacilación:
—¿Le importan realmente los pobres?
—Si no le importaran —contestó el chico—, no comprendo qué interés puede tener en simularlo.
—Pues si le importan, es un caso muy especial… Merece todos los honores.
—A usted sí que le importan. ¿Por qué va a ser ella entonces un caso más especial? —preguntó Hyacinth.
—¡Huy, es muy distinto! Ella es una mujer muy atractiva.
Ésa fue la única alusión a su propio aspecto que Hyacinth iba a oírle hacer en su vida. Se dio cuenta en seguida, y añadió para borrar esa impresión:
—Me gustaría hablar con ella, pero tengo miedo. Es terriblemente lista.
—Lo que es «terriblemente» ya lo verá en cuanto la conozca —se le escapó decir a Hyacinth.
Su señoría le miró, y exclamó con cierta vaguedad:
—¡Qué interesante! —Después añadió—: Podría hacer muchas cosas. Podría entusiasmar al mundo.
—Le entusiasma haga lo que haga —sonrió Hyacinth—. Todo va unido, y son cosas que no se estorban.
—Eso es lo que quiero decir: que habría mucha gente que estaría encantada… con lo guapa que es. Tiene mucho mérito dejar alguna cosa.
—Ha conocido mucha gente mala y ahora quiere conocer a algunos buenos. Por eso no lo dude, y vaya a verla pronto.
—Pues da la impresión de no haber conocido nada malo desde el día en que nació —dijo lady Aurora, entusiasmada—. No puedo imaginármela yendo a todos esos sitios tan espantosos adonde tendrá que ir.
—Usted también ha ido y no le han hecho ningún daño.
—¿Y cómo lo sabe? Mi familia cree que sí me lo han hecho.
—Pues entonces me alegro de no tener familia —dijo Hyacinth.
—¿Y la princesa… tiene familia?
—Sí, tiene a su marido. Pero no vive con él.
—¿Es uno de los malos? —preguntó lady Aurora con el mismo interés que un niño que estuviera escuchando un cuento.
—Bueno, no me gusta hablar mal de él, es un hombre vencido.
—Si yo fuera hombre, me enamoraría de ella —declaró lady Aurora—. Me gustaría saber si podríamos trabajar juntas.
—Eso es precisamente lo que ella espera.
—Pero yo no voy a enseñarle los peores sitios —comentó con aire malicioso lady Aurora.
—Espero que haga lo que han hecho todos los demás… que es precisamente lo que ella quiere —respondió Hyacinth.
Antes de despedirse de ella, le preguntó:
—¿Sabe si a Paul Muniment le gustó también la princesa?
Su señoría lo pensó mucho antes de contestar:
—Yo creo que sobre todo la encontró extraordinariamente guapa, la persona más guapa que había visto en su vida.
—¿Y sigue creyendo que es una farsante?
—¿Sigue…? —preguntó lady Aurora como si no le entendiera.
—Ésa parecía ser la impresión que le hizo cuando le hablé de ella el invierno pasado.
—¡Ay!, estoy segura de que la considera una mujer de muchos arranques.
Y eso fue todo lo que consiguió saber Hyacinth de lo que a Muniment le había parecido la princesa.
Pocos días después volvió a Madeira Crescent por la tarde, única hora que tenía libre, pues la princesa le había invitado a tomar el té con ella, con cierta regularidad. Le parecía que debía ser discreto, pero no le faltaban tampoco razones para ir con frecuencia y temprano. Tenía un miedo especial a que se cansara de él y llegara a aburrirse en su compañía; pero al mismo tiempo le parecía que debía aburrirse también sin él en aquellas largas tardes de verano, en las que hasta los que vivían en Paddington se marchaban de Londres. Quería saber qué hacía, quiénes la visitaban, cómo se entretenía y qué era lo que podía impedir que mandara de repente a paseo todo el asunto en que andaba metida. Recordaba que había una parte de su vida casi desconocida para él —lady Marchant y sus hijas, y tres o cuatro personas más que habían aparecido por Medley eran su única referencia— y no sabía hasta qué punto conservaba sus antiguas amistades a pesar de tan gran transformación; veía alzarse como una amenaza el día en que se diera cuenta de que lo que había encontrado en Madeira Crescent era menos notable que lo que había dejado. Pero al volver allí por segunda vez vio que había sido injusto con ella: tenía multitud de recursos y no había sido nunca tan feliz; encontraba tiempo para leer, escribir, tocar el piano y, sobre todo, tenía tiempo para pensar y sentirse muy a gusto, desligada de toda la tontería del mundo que había conocido hasta entonces. Lo único que interrumpía su felicidad eran las muchas notas que recibía de sus antiguas amistades, las constantes llamadas para que diera alguna razón de sí, dijera qué había sido de su vida, y fuera a pasar unos días con ellos en el campo. Con esas supervivencias de su pasado adoptó una decisión tajante: quemar las cartas sin contestarlas. Nada más llegar Hyacinth, le dijo que lady Aurora había ido a verla dos días antes, que no la había encontrado en casa y que le había mandado recado inmediatamente para que fuera a tomar el té cualquier día a las ocho de la tarde. Así era como se trataba la gente en Madeira Crescent —la princesa estaba ya enterada de todo e impaciente por comunicar sus conocimientos—, y además suponía que para lady Aurora las ocho de la tarde era una hora mucho mejor, ya que se pasaba el día dedicada a sus buenas obras y a sus peregrinaciones de caridad. Su señoría llegó diez minutos más tarde que Hyacinth; le aseguró a la princesa que su invitación había sido hecha de una forma tan halagadora para ella, que no había querido esperar más de un día para responder. Fue presentada a madame Grandoni, y el té se sirvió en seguida con todos los honores, mientras Hyacinth se sentía muy agradecido por la forma «considerada» en que lady Aurora evitó asombrarse de encontrarle allí. Sabía que iba con frecuencia, y había sido testigo de su encuentro con la princesa en Audley Court; pero podía asustarse al comprobar por sí misma la confianza de que disfrutaba. Todo lo que dijo o hizo la princesa, y fuera el que fuera su propósito, tuvo el mismo efecto: dar la impresión de que era aún más singular y agradable; y pocas veces había disfrutado tanto Hyacinth al ver el arte con que se ganaba la confianza de lady Aurora y se ponía bajo la influencia pura y ennoblecedora de la aristocrática solterona. Supo hacerse pequeña y sencilla; habló de sus esfuerzos y aspiraciones; acertó a pedir consejo y convencer; y puso su mano sobre la de su invitada, mirándola con un interés totalmente sincero, pero que hacía mucho más efecto por el contraste que ofrecían su belleza y toda su persona con los horribles problemas de la miseria y el crimen. Fue emocionante y lady Aurora se conmovió; saltaba a la vista al verlas sentadas en el sofá y oír a la princesa que lo único que quería saber era qué hacía su amiga —qué había estado haciendo durante años— para hacer ella lo mismo. Hacía preguntas personales tan directas —Hyacinth desde el primer día había visto que tenía esa costumbre— que a veces resultaban embarazosas, y su anhelante invitada, aunque encantada y con una gran excitación, no acababa de sentirse a gusto al verse sondeada y puesta a prueba en público. El público lo formaban madame Grandoni y Hyacinth; pero la señora, cuya comunicación con la visita había consistido casi exclusivamente en mirarla con mucha curiosidad, se levantó y se fue y, como los tabiques que se usaban en Madeira Crescent eran muy delgados, se notó que iba a su habitación. A Hyacinth le pareció que por delicadeza debía marcharse también, y estaba dispuesto a hacerlo de un momento a otro. Lady Aurora ya le había dicho de sí misma —y a la segunda vez de estar con ella— todo lo que podía esperar que le dijera. Después de aquel fugaz relámpago de egotismo, no había vuelto a oírla hablar de sus sentimientos o sus condiciones.
—¿Y se queda así, en la ciudad, durante esta época de verano, para atender a su trabajo? —preguntó la princesa.
Había cierto desengaño en el tono con que hizo la pregunta, como si le apenara un poco ver que la que ella había hecho no era tan original como había supuesto.
—El señor Robinson me ha hablado de la gran casa que usted tiene en Belgrave Square; tiene que permitirme que vaya a verla allí. Nada podría alegrarme tanto como que me permitiera ayudarla un poco… por poco que fuera. ¿Le gusta que la ayuden, o prefiere hacer las cosas sola? ¿Es usted independiente o necesita acudir a otro, apoyarse en alguien? Perdone si le hago preguntas impertinentes; en Roma, donde he pasado la mayor parte de mi vida, más bien tenemos la costumbre de hablar así. La idea de que está sola, en esa casa tan grande y tan aburrida, me impresiona; me parece algo extraño y emocionante, como si se tratara de una novela inglesa. Las mujeres inglesas son muy completas, ¿no? Yo, realmente, soy extranjera y, aunque he vivido aquí, ya sabe que le supone a una cierto tiempo llegar a comprender esas cosas au juste. ¿Entonces su labor con el pueblo es sólo una de sus ocupaciones o lo es todo, algo que le absorbe completamente? Eso me gustaría a mí. ¿A su familia le parece bien que se dedique a todo esto con tanto ardor o ha tenido que desafiar algún ridículo? Me atrevería a decir que ha tenido que hacerlo; pero ése es el fuerte de los ingleses; desafiar el ridículo. Lo han hecho muchas veces, ¿no es verdad? No sé si yo sería capaz de hacerlo. No lo he intentado nunca… pero creo que con usted me atrevería a desafiar cualquier cosa. ¿Su familia es inteligente y agradable? ¿No, lo que suelen ser las familias? Bueno, tenemos que formar nosotras una pequeña familia. ¿Y lo hace usted porque sí o tiene alguna fe, alguna gran idea que la anime? ¿Es muy religiosa, par exemple? ¿Trabaja en conexión con alguna fundación piadosa, algún movimiento, cualquier misión o curas o hermanas? Yo soy católica, ¿sabe?, pero la verdad es que no lo parezco. No tendría inconveniente en unirme a cualquiera que estuviera haciendo algo verdaderamente útil. No me expreso muy bien, pero creo entenderá lo que quiero decir. Acaso ignore que soy una de esas personas que suponen factibles grandes cambios y que las cosas no podrán ir peor de lo que están. En una palabra, creo en la acción del pueblo por sí mismo, pues no hay que esperar que los otros lo hagan por ellos; y estoy dispuesta a actuar con ellos, siempre que sea de una forma inteligente o inteligible. Si le extraña, me llevaré una tremenda desilusión, porque hay algo en la impresión que me hizo, que me dice que no tiene los prejuicios corrientes, y que no se asustaría si ciertas cosas sucedieran. Es bastante tímida, ¿no?, pero no cobarde. Me imagino que si pensase que la desigualdad, la opresión y la miseria, que son universales, constituyeran parte esencial de la vida y duraran siempre, no le interesarían personas como esas que viven al otro lado del río (esa chica inválida y su hermano); porque Hyacinth me ha dicho que son socialistas y de ideas muy avanzadas, al menos el hermano. Quizá pueda decirme que no es él quien le importa, y que en su opinión la más extraordinaria es la chica. Verdad que ella es una perfecta femme du monde, y habla mucho mejor que muchos de la alta sociedad. Espero que no le importe que diga esto, porque me da la impresión de que no pertenece a la sociedad. ¡Ya puede imaginarse si perteneceré a ella yo! ¿No la ha juzgado igual que yo y ha decidido abandonarla? ¿No le pone mala la egolatría, la estupidez, la mezquindad, la hipocresía, la frivolidad y la inmoralidad que tiene? ¿Y no le parece que nuestra situación es muy semejante? No me refiero a nuestro modo de ser, porque es usted mucho mejor de lo que yo voy a ser en mi vida. Porque usted es extraordinariamente buena, ¿no? Cuando veo a una mujer así (y no las veo muchas veces), intento ser menos mala. Usted ha ayudado a cientos, a miles de personas: ¡tiene que ayudarme a mí!
Naturalmente, todas estas preguntas que he puesto juntas, no salieron de los labios de la princesa como si se tratara de una corriente ininterrumpida; se vieron cortadas por frecuentes respuestas inarticuladas y por numerosas protestas. Lady Aurora se encogía ante ellas aunque le fueran muy favorables, hacía guiños y se movía nerviosa bajo el enfoque directo de la deslumbrante simpatía de la princesa. No necesito repetir sus contestaciones, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría no llegaron a completarse, sino que se deshicieron en risas nerviosas, en miradas desviadas y dirigidas al techo, al suelo, a las ventanas, como dirigidas a algún poder superior y oculto, capaz de interceder por ella y de hacer que la conversación se volviera un poco más impersonal. En respuesta a la alusión de la princesa a las convicciones de la familia Muniment, dijo que el hermano y la hermana no tenían las mismas ideas sobre las cuestiones públicas, pero que estaban de acuerdo en lo que se refería a las personas de clase alta que se interesaban por los trabajadores, que intentaban meterse en su vida: lo consideraban un completo error.
Al oír esas noticias, la princesa se mostró desilusionada; quería saber si los Muniment consideraban imposible que les hicieran bien alguno.
—¡No!, quiero decir un error desde nuestro punto de vista —dijo lady Aurora—. Que ellos en nuestro lugar no lo harían; les parece que haríamos mejor ocupándonos de nuestras propias diversiones.
Al ver que su nueva amiga miraba asombrada sin acabar de comprender, añadió:
—Rosy cree que tenemos derecho a pasarlo bien en cualquier circunstancia, y por muy mal que lo pasen los pobres; y su hermano opina que como es probable que no disfrutemos de esa ventaja mucho tiempo, somos unos verdaderos idiotas si no nos aprovechamos de ella.
—Comprendo, comprendo. Es una cosa muy seria —murmuró la princesa, como si le preocupara mucho.
—A mí también me lo parece. Pero creo que, venga lo que venga, uno tiene que hacer algo.
—¿Entonces cree usted que va a pasar algo?
—Sí, yo diría que habrá unos cambios inmensos. Pero no pertenezco a nada, ¿sabe?
La princesa lo pensó mucho antes de contestar:
—Yo tampoco. Pero hay mucha gente que sí; como el señor Robinson, por ejemplo.
Dirigió su preciosa mirada a Hyacinth, que se puso muy colorado y exclamó:
—¡Uf! Como los cambios dependan de mí…
Lady Aurora adoptó la postura de no considerarse con derecho a intervenir en los asuntos de Hyacinth; miró vagamente hacia el piano y le dijo a la princesa:
—Estoy segura de que toca estupendamente. Me gustaría mucho oírla.
Hyacinth comprendió que a su amiga aquello le parecía banal. No había invitado a lady Aurora a pasar la tarde con ella para volver otra vez a las mismas tonterías de siempre. A pesar de todo, contestó que tendría mucho gusto en tocar, pero que había algo que le gustaría mucho más: que lady Aurora le contase su vida.
—¡No hable de la mía, por favor; de la suya, de la suya! —exclamó lady Aurora muy nerviosa, y permitiéndose por primera vez desde su llegada la libertad de poner su mano sobre la de la princesa.
—Con tantas confidencias en el aire, creo que lo mejor que puedo hacer es marcharme —dijo Hyacinth.
La princesa no puso objeción a que lo hiciera. Parecía evidente que ella y lady Aurora estaban a punto de iniciar una gran intimidad y, mientras daba vueltas en la cabeza a esa idea al ir por la calle, se sentía triste por alguna razón extraña y vaga que no hubiera podido explicar.