XVII
Mister Vetch le había advertido lo que podían hacerle las mujeres brillantes; fue sólo una palabra en boca del viejo violinista, pero la palabra había hecho su efecto. Paul Muniment también le había prevenido, y volvía a hacerlo una persona que no podía estar mejor situada para saberlo: todo había contribuido a aumentar su emoción durante aquellos tres días y le había hecho respirar más de prisa. Pero la emoción no le hacía temer consecuencias remotas; al contemplar el salón de la princesa Casamassima y respirar el aire increíblemente delicado y dulce que lo envolvía, tenía esperanzas de soportar la aventura mucho mejor de lo que la vieja señora parecía sospechar. Estuvo mirando las distintas sillas, canapés y otomanas que había en la habitación —decidido a sentarse en la más suntuosa— y escogió por fin una tapizada de brocado rosa y con las patas y el respaldo como si fueran de oro puro. Se quedó allí sentado, muy quieto, aunque con el corazón latiendo con más fuerza de lo normal, y volvió a pasar revista a todos los objetos. Los esplendores y sugerencias del apartamento del capitán Sholto resultaban pálidos ante el cuadro que tenía frente a él, y como la princesa no tuvo inconveniente en hacerle esperar veinte minutos (el criado entró durante la espera y dejó sobre una mesita un fulgurante servicio de té), Hyacinth tuvo tiempo de contar los innumerables bibelots que rodeaban a una mujer elegante (algunos ni siquiera imaginaba que existieran), y comprender que su belleza y originalidad revelaban no sólo mundos enteros de arte, sino refinamientos por parte de su dueña, complicaciones de espíritu y hasta casi, casi aterradoras honduras de temperamento.
Cuando por fin reapareció el criado y abrió la puerta con la amplitud necesaria para dar paso a una persona tan importante como su señora, la impaciencia de Hyacinth se hizo muy aguda. Era algo muy parecido al sentimiento que experimentaba cuando estaba en el teatro y aguardaba la entrada en el escenario de una actriz famosa. En este caso, la actriz iba a dar una representación para él solo. Pasó todavía un momento antes de que llegara y, cuando entró, iba vestida con tanta sencillez —además de que podía verla de cuerpo entero—, que parecía una persona completamente distinta. Se le acercó de prisa, con cierto envaramiento y timidez, pero en la forma en que le dio la mano había un deseo evidente de mostrarse natural. Podía haber sido otra persona, pero esa persona tenía una belleza aun más radiante; la hermosura de su cara brillaba ante él como para disipar cualquier duda o desconcierto que sobre la realidad de la visión hubiera podido dejarle la entrevista anterior. Y en presencia de su peculiar y extraordinaria gracia, no habría podido decir si era su orgullo o su amabilidad lo que más le chocaba.
—Le he hecho esperar mucho tiempo, pero generalmente mi salón no suele parecer un mal sitio; hay varias cosas que mirar, ya se habrá dado cuenta. Allí, en aquel lado, por ejemplo, hay una colección de miniaturas bastante curiosa.
Hablaba de prisa y atropellada, como si comprendiera que la reunión podía resultar un poco rara, y tratara de encontrar en seguida, para conjurar el otro elemento, la nota que les permitiera sentirse a gusto. Se sentó también de prisa ante la mesita de té y le sirvió una taza, que le entregó sin preguntar si deseaba tomarla. Él la cogió con mano temblorosa, aunque no le apetecía nada; estaba demasiado nervioso para tragar el té, pero le parecía imposible rechazarlo. Cuando comentó que naturalmente había mirado ya todas las cosas, pero que harían falta horas enteras para apreciar semejantes tesoros, ella le preguntó si le gustaban las obras de arte, pero añadió inmediatamente que temía que no tuviera muchas ocasiones de verlas, si bien quedaba el recurso de las colecciones públicas, abiertas para todos. Él respondió con toda verdad que algunos de los ratos más felices de su vida los había pasado en el Museo Británico y en la Galería Nacional, cosa que pareció interesarle mucho y le hizo pedir que le expusiera su opinión sobre algunos cuadros y obras antiguas. Fue así como, en un espacio de tiempo que le pareció cortísimo, se encontró discutiendo sobre Baco y Ariadna y los mármoles Elgin con una de las mujeres más notables de Europa. Verdad que ella era la que más hablaba, pasando precipitadamente de una cosa a otra, haciendo preguntas sin esperar respuesta, dando opiniones y expresando sentimientos por medio de unas frases que él no había oído nunca antes, y que le parecían iluminadoras y felices, como cuando preguntó si el arte, después de todo, no era más que una síntesis hecha en interés del placer, o cuando dijo que Inglaterra no le gustaba nada, pero que en cambio la quería muchísimo. A él no se le pasó por la cabeza que tales distingos pudieran ser pedantes. De repente, comentó:
—Me ha dicho madame Grandoni que vio a mi marido.
—¡Ah! ¿El caballero era su marido?
—¡Desgraciadamente! ¿Qué le parece?
—¡No puede parecerme nada! —dijo el pobre Hyacinth.
—Me gustaría decir lo mismo. Hace casi tres años que no le veo. Quería verme hoy, pero me negué.
—¡Ah! —exclamó asombrado, sin saber cómo recibir tan inesperada confidencia. Luego, como lo que sugiere la inexperiencia es a veces lo mejor, soltó lo que tenía en la cabeza—: La ha puesto muy nerviosa, claro.
Más tarde, cuando ya había salido de la casa, se asombraba de haberse atrevido a hacer una observación tan familiar.
Pero ella la acogió con una carcajada de sorpresa:
—¿Cómo lo sabe? —Antes de que tuviera tiempo de contestar, añadió—: Que lo diga, que lo diga de esa manera, me demuestra cuánta razón tuve al decirle que viniera. Dudaba, ¿sabe? Demuestra que entiende las cosas. Lo adiviné la otra noche en el teatro. De no haberlo hecho, no le habría llamado. Es posible que me equivoque, pero me gusta la gente que entiende lo que se le dice y también lo que no se le dice.
—No crea que entiendo demasiado; es posible que exagere —declaró honradamente Hyacinth.
—Confirma plenamente mi primera impresión —la princesa sonrió de una forma que mostraba que le divertía—. Vamos a descubrir los límites de su comprensión. Estoy terriblemente nerviosa. Pero se me pasará. ¿Cómo está su prima la modista? —preguntó de repente.
Y cuando Hyacinth dando informe de la pobre Pinnie, había dicho que, en lo que cabía, estaba relativamente bien, pero se encontraba vieja, cansada y sin mucho éxito, ella exclamó impaciente:
—¡Bueno, no es la única! —y volvió al tema anterior—. No es sólo la visita de mi marido —completamente inesperada— lo que me ha puesto nerviosa, sino la idea de que ahora que ha tenido la amabilidad de venir pueda pensar por qué tenía yo tanto empeño, y que hasta pueda parecerle insuficiente cualquier explicación que le dé.
—No necesito ninguna explicación —dijo Hyacinth con gran presencia de ánimo.
—Me encanta que lo diga, y voy a tomarle la palabra. Las explicaciones, generalmente, sólo sirven para poner peor las cosas. De todos modos, no quiero que crea, como podía haberlo hecho la otra noche, que deseo tratarle como si fuese únicamente un bicho raro.
—No me preocupa cómo me trate —sonrió.
Hubo un silencio más bien largo, y ella dijo después:
—Todo lo que le pido a mi marido es que me deje en paz. Pero no quiere. No quiere oponerme la misma indiferencia.
Hyacinth pensaba qué respuesta debía dar a un anuncio como ése, y le parecía que un mínimo de educación pedía que dijese como podía decir con entera convicción:
—Es que no debe de ser fácil sentirse indiferente con usted.
—¿Por qué no, si soy odiosa? Puedo serlo, no lo dude. Sin embargo, puedo decir honradamenre que con el príncipe he sido de lo más razonable, y que casi todos los errores, los graves, los que han estropeado el asunto proceden de él. Claro que puede objetarme que eso es lo que pretenden todas las mujeres que se equivocan en el matrimonio. Pero pregunte a madame Grandoni.
—Podría decirme que no es asunto mío.
—Sí, es verdad —volvió a reír la princesa—. Y tampoco sé por qué le doy la lata con mis preocupaciones domésticas; salvo que he estado preguntándome qué podría hacer yo para infundirle confianza, ya que ha mostrado tanta conmigo. Como esto de la separación de mi marido es lo que más me ha trastornado por haberse presentado tan de repente, lo he comentado, aunque el asunto es bien aburrido. Además, debería decirle que siento muy poco respeto por las distinciones de clase, a las que dan tanta importancia en este país. No hay duda de que en algunos aspectos son convenientes; pero cuando uno tiene algún motivo, alguna razón sensible para saltárselas, y no lo hace por cualquier superstición estúpida sobre el lugar que uno ocupa u ocupa el otro, entonces creo que es algo innoble. Además, siempre tiene uno derecho a no ser desgraciado. Me imagino que si es socialista tiene que estar de acuerdo conmigo; y en el caso de que el sentido de esas diferencias, que es la religión inglesa, haya podido borrarle toda noción (aunque cada vez estoy más segura de que es usted poco más británico que yo), en fin, si a pesar de su teórica democracia pueden chocarle algunas de las aplicaciones que yo, que amo el credo, soy capaz de hacer con él, permítame decirle, sin esperar, que no vamos a entendernos y que sería mejor que nos separásemos antes de seguir adelante.
Hizo una pausa lo bastante larga para darle tiempo a Hyacinth a declarar que él no se asustaba fácilmente, y luego, nerviosa, empezó a hablar con ansiedad, como si eso la aliviara, y como si pensase que cuanto más hablara, menos extraño iba a resultar su encuentro, para acabar declarando que lo que ansiaba era conocer al pueblo, conocer a los que trabajaban, luchaban y sufrían, porque creía que eran la porción más interesante de la sociedad.
—¿Podría haber algo de peor gusto por mi parte que emprender una cosa así con la pretensión de hacerlo con mayor delicadeza o con maneras más finas? Si lo hago así, más vale que no me preocupe. Pero no puedo: me empujan, me obsesionan, me fascinan. Y eso es todo; en realidad muy sencillo: quiero conocerlos y quiero que usted me ayude.
—La ayudaré con mucho gusto y lo mejor que pueda dentro de mis humildes posibilidades. Pero va a llevarse una desilusión espantosa —dijo Hyacinth.
Le parecía muy raro que en el espacio de pocos días dos señoras de tan alto rango hubieran tenido ocasión de expresarle tan misterioso anhelo. No cabía duda de que soplaban sobre la aristocracia vientos de un cuadrante inesperado. De todos modos, aunque el entusiasmo que había puesto la princesa Casamassima recordaba mucho el expresado por lady Aurora, y aunque se sintiera inclinado a desanimarla como había hecho con la otra, la fuerza que la impulsaba se le antojaba una mezcla muy distinta a las tímidas, escrupulosas y acongojadas herejías de la amiga de Rose Muniment. El temperamento de las dos mujeres era tan distinto como lo era su aspecto y manera de comportarse, y eso hacía que su curiosidad resultase mucho más significativa.
—No me cabe la menor duda —respondió la presente investigadora—. No hay una sola cosa en el mundo con la que no me haya llevado una espantosa desilusión. Pero, desilusión por desilusión, prefiero ésta. No podrá convencerme nunca de que entre la gente de que hablo, el modo de ser, las pasiones y los motivos no son más naturales, más completos, más naïfs. Las clases elevadas son mortalmente banales. La ascendencia de mi marido se remonta al siglo V, y es el hombre más pesado de Europa. Mi matrimonio me condenó a vivir entre esa clase de gente. Si supiera las cosas que he tenido que aguantar, comprendería que cualquier mecánico inteligente (por supuesto no quiero conocer a ningún idiota) sería un agradable cambio. Con alguien tenía que empezar, ¿no? Pues por eso empecé con usted la otra noche.
Nada más haber dicho esas palabras la princesa trató de arreglarlo; se le notaba en la cara el error, pero a los ojos de Hyacinth su hermosura resultaba más noble y conmovedora que nunca.
—La única objeción que puedo hacerle individualmente es que no tiene nada de pueblo, hoy ni siquiera el traje. —Le miró de arriba abajo, y aquel reconocimiento le azoró—. Me hubiera gustado que viniese con la ropa de trabajo.
—¿Lo ve? Me mira como a un bicho raro —contestó él.
Quizá fue para hacerle cambiar de opinión por lo que al cabo de un momento empezó a hablar otra vez de sus asuntos domésticos. Debía saber quién era, a menos que no se lo hubiera dicho ya el capitán Sholto. Habló de su ascendencia, americana por parte de su madre e italiana por su padre, y de que había llevado una vida bohemia y errante, desde que era pequeña, en mil sitios distintos (siempre en Europa, no había estado nunca en América y sabía muy poco de ella, aunque tenía muchas ganas de cruzar el Atlántico), pero sobre todo en Roma. La habían casado por conveniencia, para lograr una fortuna y un nombre, y el resultado había sido tan malo como pudiera desearlo su peor enemigo. Sus padres habían muerto, por suerte para ellos, y no tenía a nadie excepto a madame Grandoni, que no era parienta pero la conocía desde pequeña, y se sentía unida a ella (¿cómo llamarlos?) por sus inquietos pero inocentes años. Y no es que hubiera sido nunca inocente; había tenido una educación desastrosa. Sin embargo, había conocido también algunas personas buenas, gente a la que respetaba, pero la única que se había quedado con ella era madame Grandoni. Estaba también expuesta a dejarla cualquier día; la princesa parecía dar a entender que su destino podía llevarla a dar algún paso que fuera una prueba demasiado dura para su vieja amiga. Le llevaría mucho tiempo explicarle todas las etapas que la habían conducido a su estado de ánimo actual: el descontento con muchos aspectos del orden social, la rebeldía contra la corrupción, el egoísmo, la iniquidad, la crueldad y la estupidez de quienes tenían en Europa la sartén por el mango. Si hubiese podido ver lo que era su vida, el milieu en que se había visto condenada a vivir durante años, la evolución de sus opiniones (a Hyacinth le entusiasmó que empleara ese término) le parecería absolutamente lógica. Se había visto humillada, ofendida y torturada; consideraba que era también una de las muchas personas a las que sólo una revolución podía poner en un estado tolerable. De todas maneras, conservaba cierto respeto por sí misma, creía que podía acrecentarlo y no veía mejor forma de hacerlo que entregarse a algún esfuerzo que le hiciera olvidar sus propios problemas y comprender las inquietudes y esfuerzos de los demás. Hyacinth escuchaba al principio con asombro, poco después con una entrega total; la encontraba natural, expresiva, exquisitamente generosa y sincera. Después de pasar media hora con él había conseguido que la situación resultara completamente normal, y cualquiera que hubiese llegado en aquel momento no habría encontrado nada que le llevara a pensar que la amistad entre encuadernadores y princesas napolitanas no era algo que se presentaba todos los días en Londres.
Hyacinth había conocido a muchas mujeres que hablaban de sí mismas y de sus asuntos privados —temía que esa desagradable tendencia fuera una de las características del sexo—, pero no tardó en darse cuenta de que la gran señora que se molestaba en descubrir su alma ante él no era una charlatana; que más bien debía de ser todo lo contrario, una persona orgullosa, irónica, reservada, que en opinión de muchos podía pasar por poco agradable. Era probable que fuese caprichosa, pero el hecho de que sus simpatías y curiosidades pudieran ser un capricho no ofrecía a los ojos del joven ningún aspecto siniestro. ¿Por qué no había de ser un capricho noble e interesante, y por qué, en último caso, no iba a aprovechar él aquel rayo de luna que arrojaba en su camino? Debe advertirse también que distaba de comprender todo lo que decía; algunas de sus alusiones eran difíciles de interpretar y servían más que nada para mostrarle lo limitado que era su conocimiento de la realidad. Eso sucedía, sobre todo, al hablar de su vida en Italia, en las posesiones de su marido, y de sus relaciones con su familia, que consideraba le habían hecho un gran honor al permitirle entrar en su augusto círculo (poniendo al mal tiempo buena cara) después de haber revuelto cielo y tierra para impedir que ingresara en él. La posición que ocupaba entre aquella gente y lo que había tenido que sufrir por el ambiente familiar, sus opiniones y costumbres (aunque quedasen muy vagas para el oyente), era evidente que habían impreso en su alma un resentimiento y desprecio duraderos; y Hyacinth comprendía que la reacción y el deseo de venganza podían llevarla muy lejos, hacerla moderna, democrática y herética à outrance, y animarla a creer en Darwin, Spencer y todos los iconoclastas científicos o en el espíritu revolucionario. No necesitaba haber sido tan sensible ante los puntos débiles de la princesa, pues sospechaba que la pasión personal había tenido mucho que ver en la formación de sus puntos de vista. Pero esa deducción, en la que no había dureza, no hacía que dejara de parecerle una criatura dotada de los más sutiles elementos: brillante, delicada y complicada, pero complicada con algo divino.
Hasta después de haberse marchado no se dio cuenta de que le había hecho hablar, a pesar de hablar ella tanto. Dio un suspiro de alivio al ver que no había resultado tan bruto como podía esperarse; le había salvado aquel estremecimiento de interés y admiración que sentía, y que no se le había subido a la cabeza para empujarle a demostrar que en su pequeña escala él era también una persona notable, sino que le había tenido en un estado de ansiedad y de tensión consciente, como si el momento fuera de gran solemnidad, como si aquella iniciación resultara más formal que cualquiera de las que se practicaban en los más horrendos círculos clandestinos. Sí que había dicho más de lo que podía al preguntarle por sus afiliaciones «radicales»; había hablado como si el movimiento fuera algo vasto y maduro, cuando, en realidad, en lo que a él concernía y en lo que podía atestiguar por conocimiento personal, se limitaba a las horrorosas paredes empapeladas del cuartito del Sol y Luna. Se reprochaba haber tenido ese descuido, pero no por orgullo. Sentía miedo de desilusionarla demasiado, de hacerle decir: «Entonces, ¿a qué ha venido usted a verme si no tiene algo más interesante que enseñarme?», pregunta para la que sí tenía respuesta, pero que no podía contestar, pues no iba a decir que no era él quien había pedido ir ni que era ella quien tenía la culpa. Le importaba demasiado volver otra vez para decirlo. Sin embargo, cuando ella exclamó, cambiando de asunto como hacía siempre: «Me gustaría saber si volveré a verle», él contestó, con toda sinceridad, que le era casi imposible imaginar que algo tan maravilloso pudiera repetirse; que había momentos de felicidad que muchas personas no llegaban a conocer nunca y que otras sólo disfrutaban una vez. Luego dijo:
—Pero la verdad es que eso fue lo que sentí al despedirme de usted la otra noche en el teatro. Y, a pesar de todo, ¡aquí estoy!
—Sí, aquí está —dijo pensativa la princesa, como si la cosa fuera aún más grave y complicada de lo que había supuesto—. Yo no encuentro que haya nada que haga realmente inconcebible que vuelva a verle; pero lo que sí podría ocurrir es que no volviera a encontrarlo tan agradable. Quizá sea que la felicidad sólo llega una vez. De todas maneras, me marcho.
—Sí, claro, todo el mundo se va —dijo Hyacinth, a tono con el momento.
—¿Usted también, mister Robinson? —preguntó la princesa.
—Bueno, generalmente no. Pero es posible que este año pase tres o cuatro días en la costa. Me gustaría llevar a mi tía. Ya lo he hecho otras veces.
—¿Y salvo esos días estará trabajando siempre?
—Sí, pero comprenda que me gusta mi trabajo. Para un joven como yo es una bendición tenerlo.
—Y si no lo tuviera, ¿qué haría? ¿Se moriría de hambre?
—¡No!, no creo que me muriera de hambre —contestó convencido.
Pareció un poco disgustada, pero en seguida dijo:
—Me gustaría saber si iría a verme al campo, en cualquier sitio donde esté.
—¡Ah, estupendo! —exclamó Hyacinth casi sin aliento—. Es usted tan amable, que no sé qué hacer.
—No sea banal, por favor. Así son los demás. ¿De qué me sirve buscar algo espontáneo en otra parte si usted también se vuelve banal? Lo que pregunto es si iría.
En aquel momento no hubiera podido decir si se alzaba por los aires o caía de cabeza:
—Sí, creo que iría. No sé cómo podría hacerlo… habría varios obstáculos; pero a dondequiera que me llamase, iría.
—¿Quiere decir que no puede dejar su trabajo así como así? ¿Que podría perder el trabajo y se quedaría sin dinero y lo pasaría mal?
—Sí, habría pequeñas dificultades de esa clase. Ya ve que en la práctica aparecen toda suerte de obstáculos y complicaciones cuando se trata de que una persona como usted se haga amiga de otra persona como yo.
—Así es como me gusta que hable —dijo la princesa con una dulzura compasiva que a su visitante le pareció realmente sagrada—. Después de todo, tampoco sé dónde estaré. Tengo que hacer varias visitas estúpidas, y lo único que me consuela es pensar que voy a hacerles pegar un bote. Aquí todo el mundo cree que soy muy rara, y la verdad es que lo soy. Y podría serlo mucho más si usted me ayuda un poco. ¿Por qué no voy a tener yo mi encuadernador? De acompañante, ¿eh?… Sería de lo más chic. Podríamos divertirnos muchísimo, ¿no le parece? Llegará, llegará. De todas maneras, volveré a Londres en cuanto haya terminado con esa corvée. El próximo año estaré aquí. Entretanto no me olvide —dijo levantándose—. Acuérdese de que espero que me lleve a los suburbios, a sitios muy malos.
Por qué la imagen de esas escenas de miseria le iluminó la cara es más de lo que puede explicarse; pero le sonrió a Hyacinth (que era algo más bajo que ella) con todo su extraordinario esplendor. Luego, de forma igualmente inesperada, se refirió a lo que había dicho un momento antes:
—Me doy perfecta cuenta de los obstáculos que hay en la práctica, como usted dice; pero aunque no soy perseverante por naturaleza, y en realidad me desanimo fácilmente, no los creo insuperables. Existen por mi parte también, y si me ayuda a vencerlos, yo haré lo mismo con usted.
Esas palabras, repetidas una y otra vez en su interior, parecían prestarle alas, ayudarle a flotar y remontarse cuando salía aquella tarde de South Street. Tenía en casa una edición de las poesías de Tennyson, en un volumen, a dos columnas, y en un estado bastante aceptable, a pesar del mucho manejo. Lo deshizo aquella misma noche, y a la semana siguiente, en sus horas libres y en su pequeña habitación, con las herramientas que tenía en casa y un trozo de piel de Rusia azulado que había sacado del taller de Crook, se dedicó a encuadernar el libro con toda la perfección de que era capaz. Trabajó con entusiasmo, religiosamente, y logró una obra maestra de acabado, que tenía en tanta estima como monsieur Poupin cuando, pasada una semana, le enseñó el fruto de su trabajo. El viejo Crook dio también su aprobación, pero con menos entusiasmo, pues tenía demasiada vista para crear precedentes. Hyacinth llevó el volumen a South Street, como una oferta a la princesa, y con la esperanza de que estuviera todavía en Londres, en cuyo caso pediría al criado que se lo entregase, junto con una nota que había tardado en escribir toda la noche. Pero el majestuoso mayordomo que tenía a su cargo la casa, aunque salió a abrir la puerta, le miró como si lo hiciera desde un segundo piso, dejó sin vida sus proyectos y levantó ante él un muro ciego. La princesa estaba ausente desde hacía varios días; su representante tuvo la amabilidad de informar al joven de que había ido a un lugar lejano del país para visitar a un duque. Se ofreció a recogerlo e incluso a mandárselo, si el joven deseaba dejarlo, pero nuestro héroe sintió un miedo repentino a lanzar su humilde tributo al mundo ignoto y posiblemente frío de un círculo ducal. Decidió quedarse de momento con el paquetito; dijo que se lo daría cuando volviera a verla, y se marchó sin entregarlo. Más adelante pasó a ser una especie de vínculo material entre él y la princesa, y al cabo de tres meses ya casi no parecía que el primoroso libro friera un regalo de sus manos, sino que la más notable mujer de Europa fuera quien lo había puesto en ellas. Sensaciones e impresiones extrañas, momentos de gran felicidad, que en él casi siempre eran retrospectivos, se volvieron más bien míticos y legendarios; y aquella obra maestra que había hecho después de verla por última vez, bajo el calor inmediato de la emoción, se transformó en la prenda y prueba virtual, como si un fantasma al desvanecerse de la vista hubiera dejado una reliquia palpable.