XXIV

—Puedo darle el nombre de su amigo… a la primera. Es Diedrich Hoffendahl.

Habían estado paseando por la mañana cada vez más despacio, y la princesa, al hacer esa declaración, se había parado ya del todo, debajo de un haya grande, mirándole a los ojos, y con las manos llenas de primaveras. Se había desayunado a las doce con ella y con madame Grandoni, pero por suerte la vieja señora no había querido acompañarlos en el paseo que la princesa le propuso dar por el parque. Le dijo que su venerable amiga, en las primeras horas de la mañana, había declarado que encontraba de pésimo gusto que no le dejara marchar en paz, a lo que ella había contestado que sobre gustos no hay nada escrito y que otras veces tampoco habían estado de acuerdo sin que por eso pasase nada. Hyacinth expresó su confianza en que no discutieran por culpa de él, que sería lo peor que podía imaginarse, y la princesa le aseguró que ella nunca discutía por nada. Creía que había otras maneras de arreglar las relaciones con la gente; y él comprendió que lo que pensaba era que si el desacuerdo era muy grande, las rompía completamente. Por lo tanto, había muy pocas probabilidades de que ellos llegaran a discutir: sus relaciones serían una gran amistad o no serían nada. La princesa de hora en hora les daba más ese aire, y puede imaginarse lo seguro que se sentiría su invitado, cuando empezó a contarle lo que le había sucedido tres meses antes en Londres, durante una noche, o más bien una madrugada, que había alterado toda su vida, podía decirse que había cambiado los términos en que estaba basada. Comprendía que no sabía muy bien lo que quería decir con esta última frase; pero bastaba para explicar el sentimiento nuevo que se había apoderado de él durante aquel interminable y agotador recorrido bajo la lluvia.

La princesa había llevado la conversación hacia ese tema en cuanto dejaron la casa; y compensó el no hablar de ello el día antes al decir de repente:

—Bueno, dígame ahora lo que pasa con sus amigos. No quiero decir sus amigos mundanos, sino sus colegas, sus hermanos. ¿Où en êtes-vous en este momento? ¿Hay algo nuevo, se va a hacer algo? Me temo que no hacen más que perder el tiempo y hablar en balde.

Hyacinth pensaba que desde hacía mucho no había perdido el tiempo ni hablado en balde; pero antes de que pudiera lanzarse a refutar la acusación, ella dijo en un tono completamente distinto:

—¡Qué lata es que no pueda preguntarle nada sin darle derecho a pensar para sus adentros: «¿Después de todo, yo qué sé? ¿No podría estar pagada por la policía?»!

—Eso no se me pasa por la cabeza —protestó Hyacinth muy galante.

—Pero podría pasársele; con lo cual quiero decir que puede ocurrir en cualquier momento. En realidad, creo que debería ocurrir.

—Si estuviera pagada por la policía, no se machacaría la cabeza conmigo.

—Sí, claro, le haría creer que no. Eso sería lo primero que hiciera. Pero en fin, si no tiene que darme la lata con sospechas, mucho mejor —dijo la princesa, que volvió a pedirle que le dijera algo de lo que había entre bastidores.

A pesar de no tener duda alguna sobre su honradez —estaba seguro de que no iba a pasársele por la cabeza la peregrina idea de que era un agente del otro bando— no descubrió inmediatamente todo lo que sabía; pero, pasada media hora, le dijo que el acontecimiento más importante de su vida había tenido lugar poco tiempo antes y de la forma más inesperada. Y para explicar en qué había consistido, dijo:

—Me he comprometido por todo lo más sagrado.

—¿Y a qué se ha comprometido?

—Hice un juramento —un juramento solemne y terrible en presencia de cuatro testigos.

—¿Y sobre qué era ese juramento?

—Aposté mi vida —sonrió Hyacinth.

Le miró de reojo, como si quisiera comprobar si era capaz de mantener una afirmación así; pero no dio muestras de tomarlo a broma. Dieron unos pasos más, cambiando una mirada en silencio, y ella dijo:

—Entonces, aún me alegro más de que se quedara.

—Ése fue uno de los motivos.

—Preferiría que hubiera esperado a estar aquí —comentó la princesa después.

—¿Por qué hasta haber estado aquí?

—Porque a lo mejor no se habría jugado la vida. Podría haber encontrado varias razones para conservarla —contestó ella, que así se ponía a la altura de Hyacinth en punto a intrepidez.

Él dijo que no le cabía duda de que su influencia resultaba muy tranquilizadora, pero la princesa no hizo caso de sus palabras y añadió:

—Tenga la bondad de decirme de qué está hablando.

—No le tengo miedo a usted, pero no daré nombres —repuso Hyacinth, y contó lo que había ocurrido en ese sitio que él conocía en Bloomsbury y durante la noche de que ya se ha tratado.

La princesa le escuchaba con atención mientras paseaban, haciendo ahora numerosas paradas, bajo los árboles en flor. Desde que la primera pareja buscó la soledad por aquellas lomas verdes y aquellos valles cubiertos de helechos, los viejos robles y hayas no habían florecido nunca bajo el sol ni habían perdido la hoja en noviembre siendo testigos de una serie tan grande de confidencias. Hyacinth, entre otras cosas, dijo que ya no iba al Sol y Luna; comprendía lo que debía haber comprendido hacía tiempo: que aquel templo suyo de la fe, a pesar de todas las maquinaciones que pretendían fraguarse en él, era pura filfa. Había necesitado ser tonto para tomarlo en serio. Lo había hecho principalmente porque un amigo suyo, en el que confiaba, parecía darle ejemplo; pero resultaba que ese amigo (era Paul Muniment, por supuesto) siempre había creído que todos los que iban allí eran un hato de embusteros y los estaba probando, sólo por probarlo todo. No había uno solo a quien se pudiera considerar hombre de primera fila, exceptuando a otro amigo suyo, un francés llamado Poupin, y el mismo Poupin era un hombre magnífico, pero no de primera fila. Hyacinth sabía ya a qué atenerse después de haber visto a un hombre que era la encarnación de la fuerza. Uno comprendía, nada más verse en su presencia, que aquél sí que era un tío de verdad.

—¿En presencia de quién, señor Robinson? —preguntó la princesa.

—No sé si debo decírselo por mucho que confíe en usted. Hablo de ese hombre extraordinario con quien me comprometí.

—¿A dar la vida?

—A hacer lo que en determinado caso pudiera necesitar de mí. Puede necesitar mi pobre pellejo.

—Esos planes «fuertes» están expuestos a fallar… desgraciadamente —murmuró la princesa, pronunciando más de prisa la última palabra.

—¿Eso es un consuelo o una lamentación? —preguntó Hyacinth—. Éste no va a fallar… en lo que de mí dependa. Necesitaban un joven voluntario y, como la plaza estaba vacante, me presenté yo.

—No dudo de que tiene razón. Debemos pagar por todo lo que hacemos. —Expresó esa dura ley con calma y con frialdad, y luego dijo—: Creo que conozco a la persona en cuyas manos se ha puesto.

—Es posible, pero lo dudo.

—¿No puede creer que haya llegado tan lejos? ¿Por qué no? Le he dado bastantes pruebas de que no me quedo atrás.

—Si conoce a mi amigo, ha ido lejos de verdad.

Pareció que la princesa estaba a punto de pronunciar un nombre; pero se contuvo y, en lugar de decirlo, preguntó con repentina impaciencia:

—¿No quieren por casualidad también una joven voluntaria?

—He visto que mi hombre no tiene una gran opinión de las mujeres. No confía en ellas.

—¿Y por eso le considera de primera clase? Pues casi me lo ha descubierto.

—¿Se imagina que no hay más que uno que sea de esa opinión? —preguntó Hyacinth.

—No hay más que uno que la tenga y siga siendo un hombre superior. Es una opinión muy difícil de reconciliar con otras que es importante tener.

—Schopenhauer lo hizo y con éxito.

—¡Cuánto me gusta que conozca al viejo Schopenhauer! —exclamó la princesa—. El caballero que tengo yo en la cabeza también es alemán.

Hyacinth lo dejó pasar sin desafiarla, porque no quería que ella le desafiara a su vez, y la princesa prosiguió:

—Por supuesto que un compromiso como ese de que habla tiene que hacer que todas las cosas resulten muy distintas.

—Para mí ha hecho que tenga ahora una idea muy diferente de la que tenía antes sobre la realidad y la solidez de lo que se está preparando. Yo andaba sólo por fuera, me quedaba en las escaleras del templo, entre los ociosos y charlatanes, pero ahora he estado en lo más recóndito del santuario. Sí, he visto el sancta sanctórum.

—¿Y es muy deslumbrante?

—¡Huy, princesa! —exclamó el joven arrobado.

—¿Entonces es real, es sólido? Pues de eso es precisamente de lo que yo he estado tratando de convencerme desde hace tanto tiempo.

—Va más allá de cuanto yo pueda decir. Nada está a la vista, pero hay todo un mundo oculto poblado por mil formas de entusiasmo y devoción revolucionarias. Lo que me asombró fue la forma en que está organizado. Yo lo sabía o creía que lo sabía de un modo general, pero la realidad fue una revelación. ¡Y la sociedad vive encima de todo eso tan tranquila! La gente va y viene, compran y venden, beben, bailan, hacen dinero y hacen el amor, y dan la impresión de no saber nada ni sospechar nada ni pensar en nada; y florece la iniquidad y se habla de la miseria de medio mundo como de un «mal necesario», y generaciones enteras se pudren y se mueren de hambre en medio, y todo sigue adelante como si estuviéramos en el mejor de los mundos. Eso no es más que la mitad del asunto; la otra mitad es que todo está condenado. En silencio, a escondidas, pero debajo de los pies de cada uno de nosotros, la revolución vive y trabaja. Es una inmensa y fabulosa trampa sobre la que la sociedad representa sus payasadas. Una vez que la maquinaria esté a punto habrá ensayo general. Para ese ensayo es para lo que me quieren a mí. Los hilos invisibles e impalpables están en todas partes, pasan por todas las cosas y están atados a algunas en donde a nadie se le ocurriría buscarlos. ¿Puede haber algo más extraño e increíble que existan aquí mismo?

—Me hace creérmelo —dijo la princesa, pensativa.

—¡Da igual qué uno se lo crea o no!

—Ha tenido una visión.

—¡Pardieu, si he tenido una visión! También la hubiera tenido usted de haber estado allí.

—¡Me gustaría haber estado! —declaró ella.

La princesa respondió de una manera tan ambigua que Hyacinth, al darse cuenta, replicó en seguida con una carcajada incongruente:

—¡No!, lo hubiera estropeado todo. Me hizo ver, me hizo sentir y me hizo hacer todo lo que se le antojaba.

—¿Y por qué se le antojó usted precisamente?

—Pues nada más que porque le pareció que era la persona indicada. Eso es cosa suya: yo no sé que decir. En cuanto encuentra a la persona indicada la ficha. Yo estaba sentado en la cama. No había más que dos sillas en aquel cuartucho, y tenía el abrigo colgado delante de la ventana a modo de cortina. Él no estaba sentado, estaba apoyado en la pared, justo enfrente de mí, y con las manos atrás. Me dijo algunas cosas y mostraba una calma extraordinaria. Yo creo que también estaba muy tranquilo; en realidad, el pobre Poupin fue el único que armó un escándalo. En parte fue por culpa mía: creía que no nos dábamos bien cuenta; quería llamar la atención sobre lo sublime de mi gesto. No tenía nada de sublime, no pude contenerme, sencillamente. Él y el otro alemán estaban sentados en las dos sillas, y Muniment encima de un baúl muy viejo y extraño, forrado de piel, un chisme rarísimo.

Hyacinth no se había dado cuenta de la pequeña exclamación que soltó la princesa al oírle pronunciar en la última frase la palabra «otro».

—¿Y qué dijo el señor Muniment? —preguntó.

—Dijo que estaba muy bien, claro. Ya lo pensaba, naturalmente, desde el momento en que decidió llevarme. Sabía lo que andaba buscando el otro tipo.

—Sí, comprendo —y la princesa añadió después—: Tenemos una manera muy curiosa de quererle.

—¿A quién se refiere al decir «tenemos»?

—A sus amigos. Al señor Muniment y a mí, por ejemplo.

—A mí me parece tan bien como a cualquiera. Pero creo que usted no piensa lo mismo. No sé por qué me parece que lo siente.

—¿Qué es lo que siento?

—Que me haya dejado atrapar.

—¡Vaya!, eso es casi un desaire. ¡Y yo que creía que lo disimulaba tan bien!

Reconocía que su distinción había sido injusta, porque por un momento creyó notar lágrimas en su voz. Ella miró hacia otro lado, y fue entonces cuando se paró de repente y dijo:

—Su nombre es Diedrich Hoffendahl.

Hyacinth se quedó con la boca abierta:

—¡Pues está usted más metida de lo que suponía!

—Ya sabe que no se fía de las mujeres —sonrió ella.

—¿Qué podía yo aclararle entonces si resulta que ha estado en relación con él?

Ella vaciló un momento:

—Usted es muy distinto. Me gusta más.

—¡Ah, si es por eso!

La princesa se puso colorada, como ya la había visto antes, y el que eso pudiera ocurrirle, aunque fuera por segunda vez, era algo inesperado, muy conmovedor.

—No trate de cargar mis inconsistencias sobre mí. Tengo muchas, por supuesto, pero siempre será más amable por su parte pasarlas por alto. Además, en este caso no son tan serias como parece. Como producto del «pueblo» y de ese extraño mundo oculto en fermentación (y es verdad lo que dice), me interesa más y tiene más que decirme que el mismo Hoffendahl, por muy maravilloso que sea, y no dudo de que lo es.

—¿Le importaría decirme cómo y dónde le conoció? —preguntó el invitado.

—A través de un par de amigos míos de Viena, dos de los afiliados; hombres inteligentes y revolucionarios apasionados los dos. Son napolitanos, poveretti como usted, y emigraron hace años en busca de fortuna. Uno de ellos es maestro de canto, el hombre más sabio y completo en su género que he conocido. El otro, si no le parece mal, es pastelero. Hace la pâtisserie fine más deliciosa del mundo. Me llevaría mucho tiempo decirle cómo los conocí y cómo llegaron a ponerme en relación con el Maestro, como ellos le llamaban y del que hablaban casi sin aliento. No es de ayer (aunque parezca que no pueda creerlo) mi interés por esas cosas. Le escribí a Hoffendahl y recibí varias cartas de él; el maestro de canto y el pastelero salieron fiadores de mi sinceridad. Al año siguiente tuve una entrevista con él en Wiesbaden; pero no puedo explicarle las circunstancias de nuestra entrevista en ese lugar, porque hay otra persona implicada y, al menos por ahora, no tengo derecho a darle una pista. Hoffendahl me causó una impresión tremenda; me pareció el auténtico Maestro, el verdadero genio de un nuevo orden social, y comprendo perfectamente que le impresionara a usted. Cuando estuvo en Londres hace tres meses lo supe, y sabía también adonde tenía que escribirle. Escribí y le pregunté si quería verme en algún sitio. Le dije que me reuniría con él en cualquier parte, en el escondrijo que fuera y quisiera elegir. Me contestó con una carta encantadora, que le enseñaré porque no tiene nada de comprometedora, pero no aceptó mi ofrecimiento, alegando que estaría muy poco tiempo y tenía muchos compromisos. Se atreve a escribirme, pero no quiere confiar en mí. ¡Ya lo hará algún día!

Hyacinth quedó totalmente trastornado al ver el mucho camino que había andado la princesa, y las cosas no mejoraron demasiado cuando, al preguntarle por qué no había exhibido antes sus títulos, dijo por toda explicación:

—Me pareció que la mejor manera de hacerle hablar a usted era callarme.

No era ya nada difícil hacerle hablar y, antes de terminar el paseo, le había contado todo lo que pedía Hoffendahl. Pedía sencillamente que durante los próximos cinco años debía estar dispuesto en todo momento a hacer algo que probablemente le costaría la vida. Lo que tendría que hacer no estaba aún decidido pero podía imaginarse lo que sería al saber que estaba castigado con la muerte. Lo único que se había convenido era que tenía que hacerlo inmediatamente, sin escrúpulos, sin poner condiciones ni hacer preguntas y en la forma que se lo ordenaran desde el cuartel general. Era muy posible que se tratara de matar a alguien, a algún farsante de los que ocupaban un alto puesto; pero si el individuo se lo merecía o no se lo merecía, no había de ser asunto suyo. Si él reconocía siempre la sabiduría de Hoffendahl —y la otra noche le había parecido que brillaba como una espléndida aurora boreal—, no tenía sentido que fuera a discutirla en aquel preciso momento. Había hecho voto de obediencia ciega, el voto de los padres jesuitas al director de su orden. Gracias a que los jesuitas habían cumplido sus votos (y a haber tenido también grandes organizadores), su organización había sido poderosa, y era a conseguir esa clase de poder a lo que las personas que pensaban como Hyacinth y la princesa debían dedicarse. No era seguro que le mataran después de dar su coup, como tampoco estaba seguro de cargarse a su hombre; pero era algo que había que pensar muy en serio, con lo que desde luego contaba y lo que en realidad prefería. Probablemente no se molestaría mucho en salvar su pellejo, y no intentaría nunca escapar, esconderse o renegar de su promesa. Si acertaba a colocar la bala, se merecería lo que pudiera ocurrirle. Cuando uno hacía esas cosas era una indelicadeza no estar dispuesto a pagarlas, y él al menos estaba completamente dispuesto. No le correspondía juzgar, sólo le tocaba ejecutar. No pretendía decir qué beneficio iba a derivarse de su trabajito o qué portée pudiera tener; no tenía datos para saberlo y se limitaba a creer que en el cuartel general sí sabían muy bien lo que tenían entre manos. La cosa formaba parte de un plan muy amplio cuyo alcance no podía calcular, algo que iba a hacerse simultáneamente en una docena de sitios distintos. La impresión dependería en gran parte de esa enorme coincidencia. Era de esperar que no lo estropeara algún imbécil. En todo caso, él no iba a dormirse hicieran lo que hicieran los otros. No lo decía porque Hoffendahl le hubiera hecho el honor de contarle el asunto, pero creía que el Maestro sabía elegir a sus hombres. Era seguro que antes de eso no sabían nada de él; los que andaban siempre buscando gente se lo habían propuesto de la noche a la mañana. El caso era que, en cuanto tuvo a Hyacinth delante, reconoció que era el que necesitaba, uno que pudiera pasar por una abertura muy pequeña. Tenía dividida y clasificada a toda la humanidad con auténtica perfección germánica, y por supuesto también desde el punto de vista de la revolución, según pudiera adelantar o entorpecer la causa. El trabajito de Hyacinth era una pequeña parte de lo que Hoffendahl había venido a hacer en Inglaterra; tenía en sus manos muchos otros hilos. Hyacinth no sabía nada de ellos ni tenía grandes ganas de saberlo, como no fuera para admirar la forma maravillosa en que los manejaba sin enredarlos. Tenía sobre ellos el mismo dominio que un gran músico, el mismo que tenía la princesa sobre las teclas del piano, y trataba todas las cosas, personas, instituciones e ideas como si fueran las notas de su gran matanza sinfónica. Llegaría el día en que —allá lejos en la nota más baja de la escala— uno se sentiría tocado por el dedo del compositor, y durante un segundo su voz se dejaría oír de todos con un chasquido pequeño y agudo.

Era imposible que el chico no se diera cuenta de que al cabo de diez minutos había entusiasmado a la princesa y había acaparado su atención: le escuchaba como no le había escuchado nunca. Él disfrutaba con el efecto que producía en ella, y la noción de lo tenue que era el hilo del que pendía su futuro le llevaba a pensar que todo lo que pudiera gozar, cualquier migaja que pudiera arrancarle al festín de la vida, era algo que añadía a la cuenta de su experiencia joven y ávida. El lector puede juzgar si había tenido que contener el aliento y escuchar los latidos de su corazón después de aparecer sobre esa nueva base de persona útil al mundo; pero esa emoción ya se había consumido a través de cien formas de desasosiego, conjeturas vanas y períodos de entusiasmo que alternaban con otros de desesperación, y que conseguía ocultar con mayor éxito del que suponía. Odiaba la idea de que su compañera pudiera notar que le temblaba la voz al contar su historia; pero aunque había llegado a acostumbrarse al peligro y se había entregado, podría decirse, a su consagración, y aunque no podía dejar de resultarle agradable ver que producía escalofríos, como una famosa novela, no podía adivinar lo extraordinarios que le parecían a la princesa su compostura, su lucidez y su buen humor en tales circunstancias. Es verdad que ella trataba de ocultar su asombro, porque no quería dejar de dar la impresión de que incluso una persona como ella estaba preparada para un sacrificio tan completo. Ella tenía el aire —o intentaba al menos tenerlo— de aceptar para él todo lo que él mismo aceptara; sin embargo, había algo forzado en la sonrisa (por otra parte encantadora) con que le contempló mientras decía:

—Es muy serio… realmente es muy serio, ¿no?

Él dijo que la parte seria aún tenía que llegar; pasear por aquel parque tan hermoso y charlar con ella del asunto no le resultaba tan horrendo; y ella comentó que quizá Hoffendahl no llegara a avisarle nunca y que le mantendría todo el tiempo sur les dents, en una incertidumbre falsa. Él admitió que eso sería como engañarle, pero que de cualquier forma iba a resultar engañado, aunque fuera de otra manera, y que, en todo caso, habría cumplido con la gran regla de la religión, vivir como si cada hora fuera la última.

—¿Con santidad, quiere decir, en gran recueillement? —preguntó la princesa.

—No, no; sencillamente dando gracias por cada minuto añadido.

—Bueno, probablemente va a haber todavía muchos minutos buenos.

—Cuantos más mejor, si son tan buenos como éste.

—Ése no sería el caso con muchos de los de Lomax Place.

—Le aseguro que desde esa noche Lomax Place ha mejorado.

Hyacinth sonreía, con las manos en los bolsillos y el sombrero echado hacia atrás.

La princesa parecía considerar esa extraña verdad con gran curiosidad intelectual, así como el encanto de su aspecto y de la postura que adoptaba:

—Si después de todo no le llaman, habrá sido realmente feliz.

—Sí, habré tenido algunos buenos momentos. A lo mejor todo el plan de Hoffendahl es sólo para eso; puede que Muniment se lo haya propuesto.

—¿Quién sabe? En todo caso, conmigo debe seguir adelante como si nada hubiera cambiado.

—¿Cambiado de qué?

—Desde la primera vez que nos encontramos en el teatro.

—Yo seguiré en la forma que a usted le guste —dijo Hyacinth—. Sólo que la verdadera diferencia estará ahí, ¿sabe?

—¿La verdadera diferencia?

—Sí, que habrá dejado de preocuparme lo que le preocupa a usted.

—No lo entiendo —confesó ella con toda la inocencia de su hermosura.

—¿No basta con que entregue mi vida a la maldita causa sin que tenga que darle también mi simpatía?

—¿La maldita causa? —murmuró la princesa con los ojos de par en par.

—Por supuesto que sigue siendo tan sagrada como siempre; lo que pasa es que la gente a quien compadezco son los ricos, los felices.

—Ya comprendo. Es usted extraordinario. Es estupendo. A lo mejor, a quien compadece ahora es a mi marido —añadió.

—¿Le considera uno de los felices? —preguntó Hyacinth mientras empezaban de nuevo a andar.

Pero ella repitió sin contestar:

—Es extraordinario. Sí, es estupendo.

A lo que contestó él:

—¡Bueno, eso quiero ser!

He transcrito la conversación entera porque representa un capítulo muy importante de la historia de Hyacinth, pero no podemos seguir todas las etapas ni reproducir los pasos por los que quedó confirmada la amistad entre la princesa Casamassima y el muchacho a quien había convertido en su encuadernador particular. Transcurrida una semana, el arreglo que había establecido para sustituir a las desechadas conveniencias había pasado a ser la cosa más justa y conveniente; y durante aquel período, temporada de extrañas revelaciones para el chico, sucedieron muchas cosas. Una de ellas fue el viaje a Broome con su protectora y la visita a lady Marchant y sus hijas, episodio que pareció proporcionarle verdadero alborozo a la princesa. Cuando volvieron, le preguntó a la princesa por qué no les había dicho a las señoras quién era. Si no lo sabían, ¿dónde estaba la gracia? Ella contestó:

—Pues sencillamente porque no se lo hubieran creído. Ése es el defecto que tiene usted.

Era la misma observación que había hecho ya el tercer día de su estancia allí, una tarde en que el tiempo se había puesto lluvioso y tuvieron que quedarse en casa. De repente, y sin venir a cuento, había exclamado:

—¡Qué raro que conozca a ese viejo y querido «Schop»!

Él contestó que estaba visto que no podía acostumbrarse a ver que tenía algún talento, y eso los llevó a tener una larga conversación, más larga aún que la ya transcrita, y en la que su confianza quedó mucho más afianzada. Nunca había disfrutado como entonces del placer de la conversación, para él el más grande de los que conocía. La princesa admitió con toda franqueza que él era una persona que necesitaba muchas justificaciones y comentó que sin duda él estaba acostumbrado, pero que debía dar tiempo a los que fueran más tontos:

—He estado observándole continuamente desde que vino, atenta a todos los detalles, y cada vez estoy más intriguée. No le he oído ni una sola entonación vulgar, no tiene ni un gesto ordinario, no comete nunca una equivocación, lo hace y lo dice todo justo como debe decirlo. Ha salido de ese pobre cuchitril que me ha descrito, y podía haberse pasado la vida en residencias campestres. ¡Resulta mucho mejor que si lo hubiera hecho! Jugez donc por la forma en que le hablo. No necesito hacer una sola concesión, ni la más pequeña. He conocido italianos que tenían ese tacto y elegancia naturales, pero no sabía que pudiera encontrarse nunca en un anglosajón, si no se había cultivado en él y a costa de mucho gasto; salvo quizá en algunas mujeres americanas espantosamente «refinadas».

—¿Quiere decir que soy un caballero? —preguntó Hyacinth, en un tono muy especial y mirando hacia el jardín mojado.

Ella vaciló un poco y luego dijo:

—¡Soy yo la que comete equivocaciones!

Cinco minutos más tarde dejó escapar una exclamación que le conmovió más que nada de lo que había hecho hasta entonces, formó la más alta opinión de su delicadeza y simpatía y le pintó ante sí mismo con sus palabras mejor de lo que pudiera haberlo hecho con un retrato:

—¡Hay que ver qué destino tan raro y tan amargo! Ser como es, darse cuenta de sus cualidades, como tiene que dársela, y tener que contemplar todas las cosas buenas de la vida a través únicamente del cristal del escaparate de una confitería.

—Cada clase tiene sus propios placeres —sentenció él, sin tener en cuenta la emoción de la princesa.

Pero esa observación no enturbió su mutuo entendimiento, que debía alcanzar alturas mucho mayores, y aquella misma tarde, antes de separarse, le contó las cosas que no habían salido nunca de sus labios, las cosas de que se había enterado el día en que le hizo explicarle a Pinnie su visita a la cárcel. En resumen, le contó lo que era.