XXV

Hyacinth había dado varios paseos fuera del recinto del parque y por los alrededores de la comarca, paseos en los que no dejaba de pensar en la «extrañeza» general de su destino, pero que le dejaban también tiempo para disfrutar de la penumbra de los caminos, casi cubiertos por las ramas de los árboles de los senderos que comunicaban los distintos portillos, que eran numerosísimos y parecían tener la llave de la felicidad pastoril, de algún secreto de los campos; contemplaba los bordes cuajados de flores, asombrosamente comunes, pero cuyo nombre ignoraba, el pintoresquismo de los cottages con sus tejados de paja, el misterio y la dulzura de las lejanías azuladas, el color de los campesinos, la anticuada costumbre de las niñas pequeñas que le saludaban con una reverencia (homenaje que nunca había imaginado), y sentía el placer de pisar la hierba, cuando sus pies sólo le habían dolido de andar sobre las piedras de las calles. Una mañana, cuando volvía a casa después de un largo paseo, oyó el ruido de los cascos de un caballo, volvió la cabeza y vio a un señor que iba a alcanzarle y que seguía el mismo camino en dirección a Medley. Continuó andando y, al llegar el caballo junto a él, se dio cuenta de que el jinete reducía el paso; miró otra vez y reconoció en el personaje a su pimpante y ocasional amigo el capitán Sholto. El capitán se detuvo, y le saludó con una sonrisa y un movimiento de la fusta. Hyacinth quedó sorprendido: no sabía que la princesa le esperara. No tardó en comprender que efectivamente no le esperaba, y al mismo tiempo observó que todo el equipo de montar de Sholto era el de un «entendido»: las polainas, las espuelas, el puño de la fusta y un curioso chaleco era un nuevo aspecto de los muchos que ofrecía el capitán y que no había tenido ocasión de contemplar hasta entonces. Le pareció estar a una altura tremenda, subido en aquel gran caballo castaño, y observó además que, aunque el caballo estaba acalorado, el jinete se mantenía fresco.

—Buenos días, querido muchacho. Suponía que iba a encontrarte aquí —exclamó el capitán—. Ha sido una suerte haberte encontrado antes de ir a la casa.

—¿Y quién le dijo que iba a encontrarme aquí? —preguntó Hyacinth, preocupado por una suposición tan oportuna y pensando al mismo tiempo, al contemplar a su hermoso amigo a caballo sobre tan hermoso animal, que sería una gran cosa saber montar.

En los dos días que había pasado en Medley había observado que conocer el lujo y ampliar el campo de sus sensaciones engendraba en él el deseo de placeres más osados.

—Bueno, yo sabía que la princesa era capaz de llamarte —dijo Sholto— y me dijeron en el Sol y Luna que no habías estado allí desde hacía tiempo. Por otra parte, sabía que sueles ir con frecuencia. Até cabos, y llegué a la conclusión de que no estabas en Londres.

Todo era claro y directo y podía satisfacer sus exigencias a no ser por la irritante alusión a que la princesa era «capaz de llamarle». Sabía tan bien como el capitán que había sido una tremenda excentricidad hacerlo, pero últimamente se había producido en él cierta transformación y le molestaba que fuera otra persona quien se lo dijera, y mucho más un caballero que pocos meses antes le había dado motivos para pensar mal de él. No había vuelto a ver a Sholto desde la noche en que una extraña combinación de circunstancias le había llevado, de una forma más extraña todavía, a escuchar canciones cómicas sentado entre la señorita Henning y su admirador. El capitán no había ocultado su asombro; Hyacinth tenía su propia opinión y creía que lo hacía para resultar más inocente. Cuando aquella noche acompañó a Millicent a su casa (se habían separado de Sholto al salir del Pavilion) la situación entre la muchacha y su amigo de la niñez era tensa. Se lo demostró en seguida, y le echó una reprimenda, que sin duda quería que fuese memorable, por haber sospechado de ella y haberla insultado ante uno del ejército. El tono que adoptó y la magnífica valentía con que tomó el asunto le dejaron desarmado; acabó por contemplarla con algo de la tensión con que hubiera contemplado a una actriz inteligente, pero poco refinada, mientras ella se entregaba a una exhibición de furia que él creía que era ficticia. Dio más crédito a sus celos y al asunto en general que a los argumentos con que intentaba refutarlo, aunque lo hiciera en voz alta y animado por movimientos de cabeza y grandes sacudidas de faldas. Hyacinth estaba desconcertado, se sentía provocado y recurrió al sarcasmo, que sólo sirvió para aumentar sus burlas, buscando por fin la solución en una de esas asquerosas salidas francesas, como Millicent les llamaba, y con las que le acusaba de plagar su conversación.

La atmósfera no llegó a aclararse, aunque el motivo de la disputa se olvidó más tarde, pero Hyacinth se propuso vigilar en adelante a su camarada como nunca lo había hecho. Ella también le hizo saber que no le quitaba ojo, y hay que confesar que al poner en práctica el derecho de supervisión Hyacinth se sentía siempre en desventaja desde la noche del teatro. Poco importaba que fuera ella quien le había empujado hacia el palco de la princesa (ella no había tenido celos entonces; tenía demasiadas ganas de saber qué se proponía una persona así, y esperaba quizá atisbar algo) ni que sus relaciones con la gran señora fueran sólo en honor de la humanidad doliente. Fuere como fuere, la atmósfera estuvo cargada de tormenta durante varias semanas y, ¿qué importancia podía tener entonces de dónde vinieran los truenos? Hyacinth estaba muy sorprendido de ver que podía importarle que Millicent le engañara o no, e intentaba convencerse de que no le importaba; pero era como si sintiese que la afinidad personal que había entre ellos era más profunda que cualquier diferencia, y que iba a resultarle un tormento mayor no verla que tener que asistir a uno de esos ataques de furia con los que intentaba encubrir sus andanzas. Algo parecía decirle que su mezcla de belleza y ordinariez, su vitalidad popular, el espíritu de contradicción, y al mismo tiempo el cariño que encontraba en ella habían terminado por hacérsela imprescindible. Le aburría tanto como le irritaba; pero si tenía tan mal gusto estaba también llena de vida, y sus murmullos, su charla, sus maravillosas historias, su mala gramática y buena salud, su sed insaciable, su sagacidad en algunos momentos y sus grotescas opiniones, sus meteduras de pata y sus aciertos eran ya parte de la música familiar de su pequeño mundo. Podía decir para sus adentros que representaba mucho más para él de lo que él representaba para ella, y eso le ayudaba a creer, aunque la deducción no tuviera mucho fundamento, que no estaba divirtiéndose a su costa. Si andaba realmente con un tipo tan encopetado no comprendía que pudiera interesarle conservar a un encuadernador. Hacía tiempo que había dejado de dar importancia a las ambigüedades de Millicent, porque aunque él anduviera por Medley en honor de la humanidad doliente, comprendía que decirlo (en caso de que lo preguntara) iba a resultar tan poco convincente como algunos de los cuentos de la muchacha. En lo referente a Sholto, estaba en una posición muy incómoda, pues le había dado ventaja al aceptar su hospitalidad y sus amabilidades, y no podía pelearse con él como no le diera un nuevo pretexto. El capitán parecía haber tenido cuidado de no dárselo y, después del triple encuentro en la calle, Millicent le había dicho que había hecho que se marchara de Inglaterra ese pobre señor a quien había insultado con sus vulgares insinuaciones casi más (Hyacinth no comprendía por qué «casi más») de lo que le había ofendido a ella. Cuando le preguntó qué sabía de las andanzas del capitán, ella no tuvo inconveniente en decirle que había ido a la tienda para hacer una pequeña compra (unos tirantes de seda, si no recordaba mal, y reconocía que no era más que un pretexto) y le había preguntado con gran interés si su avispado amigo (eso fue lo que le llamó la atención: podía ver lo que pensaba de él) seguía todavía enfadado. Millicent dijo que se temía que sí y que peor para él, a lo que contestó el capitán que no importaba porque iba a marcharse por varias semanas, y que Hyacinth (le había llamado Hyacinth) suponía que no podría preocuparse de un hombre que estaba en el extranjero, y que esperaba que cuando volviera esa nubecilla se habría disipado. Sholto añadió que era mejor que le hablara con franqueza de su visita a la tienda, y le recomendó también que fuera buena con su delicado amigo. Su inocencia y sus precauciones le parecían muy bien; a pesar de ello, Hyacinth se dedicó dos o tres noches a pasar una y otra vez por la calle Queen Anne para ver si descubría alguna señal de que estuviera en Londres. No había luz alguna en las ventanas, y Hyacinth se sintió algo más a gusto al decidirse por fin a llamar a la puerta y preguntar por el inquilino, para ser informado por el soberbio criado a quien ya conocía, y que además tenía todo el aire de llevar una chaqueta de su amo, de que el caballero en cuestión estaba en Montecarlo.

—¿Todavía estás un poco picado? —preguntó el capitán sin ningún rencor.

Y en un momento pasó su larga pierna por encima de la silla, desmontó y empezó a andar al lado de su amigo, llevando al caballo de la brida. Hyacinth fingió no entenderle, pues le pareció que después de todo y aunque no hubiera perdonado todavía al capitán su supuesta traición, estando como estaba a los pies de la princesa, no podía mostrar celos de otra mujer. Pensaba que en un principio la princesa había sido en cierto modo propiedad de Sholto y si, en fin de compte, deseaba pelearse con él a causa de Millicent tenía que dejar de dar la impresión de que invadía los dominios del capitán. También se le ocurrió pensar si no habría intentado hacer un cambio, pero en las dos ocasiones en que la princesa había aludido a su amigo militar no había dado señal alguna de reconocer los derechos de ese caballero.

Sholto le dijo que estaba en Bonchester, a siete millas de allí; había venido de Londres y se había instalado en la fonda. Por la mañana había salido a dar un paseo en un caballo alquilado (Hyacinth creía que era un animal magnífico, pero Sholto hablaba de él como de un jamelgo infernal), y de repente le había apetecido ir a ver qué tal le iba a su amigo.

—Me va muy bien, muchas gracias —dijo Hyacinth con cierta sequedad; no comprendía que el capitán tuviera que meterse en eso.

—Supongo que comprendes el interés que siento por ti, ¿no? Soy hasta cierto punto responsable, fui yo el que te empujó.

—Hay muchísimas cosas en el mundo que no entiendo, pero creo que lo que menos entiendo es su interés por mí. ¿Qué demonio…? —Hyacinth cortó la pregunta, estaba casi sin aliento por la fuerza que había puesto—. Yo, en su lugar, no daría dos peniques por una persona como yo.

—Eso demuestra lo distintos que somos. Pero no lo creo, chico; eres demasiado generoso para eso.

La imperturbabilidad de Sholto parecía aumentar en proporción al mal humor que producía, y era invulnerable al resentimiento provocado por su falta de tacto. Esa falta de tacto se hizo patente una vez más al decir:

—Quería verte aquí con mis propios ojos. Quería ver qué impresión producía la nueva situación doméstica… y realmente es bien extraña. Ya entiendes lo que quiero decir, aunque siempre andas tratando de que te den explicaciones. Yo no me explico bien en ningún sentido, y por eso sólo voy con personas inteligentes que no necesitan explicaciones. Es algo muy grande haberte traído.

—Muy grande, sin duda, pero poco sorprendente si se tiene en cuenta que, como dice, fue usted quien me impulsó.

—¡Huy, eso es una gran cosa para mí, pero no significa nada para ella! —contestó Sholto—. Hay cosas que pueden importarle por sí mismas, pero eso nunca querrá decir que pueda importarle lo que yo haya pensado de ellas. Hoy por ti, mañana por mí. ¡Quisiera que pudieras tú empujarme!

—No le entiendo y no creo que quiera entenderle —dijo Hyacinth, mientras seguían andando.

Sholto le puso la mano en el brazo, y los dos se pararon y estuvieron mirándose un momento:

—Mira, querido Robinson, creo que no estarás echado a perder al cabo de una semana… ¿cuánto tiempo ha sido? No es posible que estés celoso.

—¿Celoso de quién? —preguntó Hyacinth, que en medio de la extrañeza general, no calibraba muy bien la alusión.

Sholto le miró y se echó a reír:

—No me refiero a la señorita Henning.

Hyacinth se apartó y el capitán volvió a acercarse a él, le cogió por el brazo y pasó por el suyo la brida del caballo:

—¡Qué valor, qué insolencia, qué crânerie! No hay otra mujer en toda Europa que sea capaz de hacerlo.

Hyacinth guardó silencio un momento, y luego dijo:

—Pues eso no es nada. Tenía que haberme visto el otro día en Broome, en casa de lady Marchant.

—¡Santo Dios!, ¿te llevó allí? Habría dado diez libras por verlo. ¡No hay otra como ella! —exclamó el capitán, contento, con verdadero entusiasmo.

—Creo que no hay otro como yo, quiero decir… por ir.

—¿Por qué, no lo pasaste bien?

—Demasiado, demasiado bien. Tales excesos son peligrosos.

—Yo te apoyaré —dijo el capitán, y luego, reduciendo el paso, preguntó—: ¿Hay alguna probabilidad de que la encontremos? No quiero entrar en el parque.

—¿No piensa ir a la casa? —preguntó Hyacinth asombrado.

—No, hijo, no mientras estés tú allí.

—Bueno, le preguntaré a la princesa por usted y terminaremos de una vez.

—¡Golfillo afortunado con tus charlas caseras! —suspiró el capitán—. ¿Dónde se sienta ahora por las noches? No va a decirte nada, salvo que soy un pelmazo inaguantable; pero aunque quisiera tomarse la molestia de arrojar alguna luz sobre mí, tampoco serviría de gran cosa, porque ella es la primera que no me entiende.

—Entonces es usted la única persona del mundo de quien pueda decirse eso —contestó Hyacinth.

—Pues sí, me atrevería a decir que lo soy y estoy más bien orgulloso de ello. Mientras no se trate más que de la cabeza la princesa lo entiende todo. Ya te dije cuando te presenté que era la mujer más inteligente de Europa, y sigo creyendo lo mismo. Pero hay ciertos misterios en los que no se puede penetrar a menos que se tenga ese pequeño y conveniente sentimiento humano que suele llamarse un poquito de corazón. A la princesa semejante cosa no le estorba nada, aunque es seguro que en estos momentos tú crees que es justo lo contrario. Ya lo verás uno de estos días. A mí no me importa un pito la cantidad de corazón que tenga. Me ha hecho tanto daño que no puede hacerme más, y el interés que siento por ella no tiene nada que ver con eso. Mirarla, adorarla, ver la vida que lleva y cómo se manifiesta su extraordinaria naturaleza, mientras no me dedica más atención que si fuera el cartero que llama varias puertas más allá: eso es lo único que me importa. No saco el menor provecho, pero a pesar de todo es mi principal ocupación. Puedes creerme o no; no tiene la menor importancia, pero soy el ser humano más desinteresado que existe. Ella te dirá que soy el mayor de los asnos, y por supuesto lo soy. Pero eso no es todo.

Esta vez fue Hyacinth quien se paró, detenido por algo que era nuevo y natural en el tono de su compañero, una emoción sencilla que hasta entonces nunca había asociado con él. Se quedó un momento mirándole y pensando una vez más que su destino parecía ser el de recibir las más insospechadas confidencias de la gente distinguida. ¿Qué podían ver en él para rendirle semejante tributo? Era un honor del que podía prescindir muy a gusto; pero al mirar a Sholto veía algo en sus extraños ojos claros —una especie de fidelidad cansada— que hacía que la aventura de aceptar su amistad pareciera menos fantástica:

—Continúe —dijo en seguida.

—Bueno, lo que acabo de decir es el único y verdadero motivo de todo lo que hago. El resto no son más que las palabras que dice el prestidigitador para realizar sus trucos y que no se vea la trampa.

—¿Y qué entiende usted por el resto? —preguntó Hyacinth pensando en Millicent Henning.

—¡Uf!, toda la paja que uno come para engañar el apetito; todas esas tabarras en que uno se mete por ver si conducen a algo, y que luego nunca conducen a nada; todas las monsergas que hemos escuchado juntos en Bloomsbury y las que yo mismo he soltado, ¡demonio!, con una seguridad digna de mejor causa. ¿No recuerdas lo que te he dicho (todo como si fuera opinión mía) sobre el inminente cambio en las relaciones entre las distintas clases? ¡El hundimiento inminente de la corteza terrestre! Yo creo que los que están encima del montón se hallan mejor que los que están debajo, que tienen intención de quedarse allí, y si no son un hato de gallinas, van a quedarse.

—¿Entonces la cuestión social no le importa nada? —preguntó Hyacinth, con aire de no entender nada, del que se daba perfecta cuenta.

—Me dediqué a eso porque se dedicaba ella únicamente. Y no me ha servido para nada —sonrió Sholto—. Querido Robinson, no hay más que una cosa que me importe: mirar a esa mujer cuando puedo hacerlo, y cuando no puedo, acercarme a ella en la forma en que estoy haciéndolo ahora.

—Pues es una forma bastante rara.

—Claro que lo es; pero si es buena para mí debería ser buena para ti también. Lo que quiero que hagas es esto: que la convenzas para que me invite a cenar esta noche.

—¿Que la convenza? —repitió Hyacinth.

—Que le digas que estoy en Bonchester y que no sería más que un acto de caridad.

Siguieron andando hasta llegar a la verja, y entonces Hyacinth preguntó:

—Se dedicó a la cuestión social porque lo hacía ella. Pero ¿sabe por casualidad por qué se dedicó ella?

—¡Ay, amigo mío!, eso tienes que averiguarlo tú. Yo te he buscado la plaza, pero no puedo hacerte también el trabajo.

—Ya comprendo, ya comprendo. Pero quizá pueda decirme otra cosa: si hace un año podía ir a verla cuando quisiera, llevarla al teatro y todas esas cosas, ¿por qué no puede hacerlo ahora?

Los ojos de Sholto volvieron a tener una expresión rara:

puedes hacerlo ahora, chico, pero me temo que eso no significa que puedas hacerlo dentro de un año. Entonces ya estaba cansada de mí, y ahora está mucho más cansada, por la sencilla razón de que soy más pesado. Me ha mandado a paseo, pero quiero volver unas horas. Ya ves lo consideradísimo que soy; no quiero cruzar la verja.

—Le diré que me he encontrado con usted —dijo Hyacinth, y luego, aunque no tuviera mucho que ver, preguntó—: ¿Es por eso por lo que dice que no tiene corazón?

—¿Por tratarme como me trata? ¡No, por Dios! Por tratarte a ti como lo está haciendo.

Eso sonaba más que raro, pero no le impidió a Hyacinth dar la vuelta para acompañar a su amigo —porque lo más extraño de aquel encuentro era que la esperanza de hablar un poco con él, si tenía algo de suerte, había sido el motivo no sólo de que Sholto se marchara a Medley, sino de que fuera allí y se quedara en la vecindad, y en una fonda vieja de una ciudad pequeña y aburrida—, no le impidió, como digo, acompañar al capitán a lo largo de una milla en su camino de vuelta. El joven siguió hablando algo más del mismo tema, y descubrió otro par de razones para admirar la naturalidad con la que se había desenmascarado, así como cuál era su interés por la idea revolucionaria, después de haberle preguntado de repente qué le había pasado por la cabeza cuando el verano anterior se encaminó aquella tarde —y no parecía que hubiera vuelto con tanta frecuencia como prometió— a casa de Muniment, en Camberwell. ¿Qué era lo que buscaba, a quién había ido a buscar allí?

—Buscaba cualquier cosa que pudiera salir, que pudiera chocarle a ella. ¿No comprendes que siempre estoy buscando? Hubo un tiempo en que me dediqué con entusiasmo a los misales miniados, y otro en el que coleccionaba horribles historias de fantasmas (se le había antojado creer en fantasmas) y todo por ella. El día en que vi que empezaba a dedicar su atención a la naciente democracia empecé a coleccionar pequeños demócratas. Fue cuando te conocí a ti.

—Entonces Muniment le entendió perfectamente. ¿Y encontró algo que le sirviera en Audley Court?

—Hombre, pensé que la mujercita de los ojos saltones (me recordaba a un saltamontes metido en la cama) serviría. Y también tomé nota de la otra, la virgen vieja de la gran nariz, la aristocrática hermana de la caridad. Las tengo en reserva para mi próxima ofrenda propiciatoria.

Hyacinth hizo una pausa:

—¿Y el propio Muniment? ¿Puede hacer algo con él?

—¡Huy, hijo mío!, comparado contigo no vale nada.

—Ésa es la primera tontería que ha dicho. Pero no importa portille le gusta tan poco la princesa (lo que sabe de ella) que no consentirá nunca verla.

—¡Ah!, ¿lo toma así? Pues entonces me servirá —dijo Sholto.