XLIV

Hyacinth había bajado la escalera corriendo y había salido de la casa, pero no tenía la menor intención de perder de vista a Schinkel. El extraño comportamiento de los Poupin constituía una sorpresa y un fastidio, y estaba deseando verse libre de ellos. Se asombraba con la mayor candidez de la alarma que habían sufrido por causa de él, ya que había creído siempre que el compromiso que había firmado con Hoffendahl no iba a dejar de presentarse. ¿Qué había dicho, qué había hecho, después de todo, que pudiera darles derecho a acusarle de apostasía? Siempre había tenido libertad para criticarlo todo, y era natural que en algunas ocasiones hubiera hablado con esa misma libertad en el saloncito de Lisson Grove; pero sólo con la princesa se había permitido burlarse de sus mugrientos «inferiores» y dar toda la medida del escepticismo que sentía. Le habría parecido una falta de delicadeza mostrar desprecio por las opiniones de sus viejos amigos extranjeros, a quienes le unían una serie de recuerdos que los hacían venerables, además de que, para Hyacinth, un cambio de ideas era más bien ocasión para evitar toda publicidad y guardar una reserva retrospectiva: no podía llevarle a uno a la agresión o al júbilo. Cuando se acababa de descubrir lo que podía decirse desde el lado contrario, uno no tenía ganas de jactarse de su agudeza, ni siquiera en el caso de que las nuevas convicciones arrojaran sombras que pudieran parecer fantasmas del pasado.

Anduvo dando vueltas por la calle a cierta distancia de la casa, vigilando la salida de Schinkel y dispuesto a esperar hasta el amanecer si fuera necesario. Le había dicho al nervioso trío que la forma en que le llegara la comunicación que miraban con tanto recelo no era en modo alguno asunto suyo, podía llegarle por las buenas o por las malas. Eso no dejaba de ser verdad en teoría, pero en realidad tenía un tremendo deseo de saber qué había querido decir madame Poupin al aludir a una carta sellada, que iba destinada a él y estaba en posesión de Schinkel, alusión que el propio Schinkel había confirmado al reconocerlo virtualmente. En realidad era esa misma impaciencia la que le había hecho salir de la casa, porque tenía motivos para creer que el alemán no le fallaría, y le irritaba ver que los atolondrados Poupin trataban de interponerse y hacer que la misiva no siguiera su curso. Esperó y esperó, con la confianza de que Schinkel estaría tratando con ellos con su estilo germánico, categórico y lento, y sólo le reprochaba no haber confiado en él desde el principio. ¿Por qué no había acudido directamente a él —fuera el que fuera el misterioso documento— en lugar de ir a hablar con aquellos franceses cabezas de chorlito? Eran muy pocas las personas que pasaban a esa hora por Lisson Grove, y casi todas las luces estaban ya apagadas; no había nada que mirar como no fueran las casas bajas y negras, la débil luz de las farolas espaciadas, los gatos que salían de caza y cruzaban como flechas la calle, y las lejanas y misteriosas estrellas, que le daban más que nunca la impresión de contemplar nuestro desamparo y no dar síntomas de prestar ayuda alguna. Resonaron los pasos de un policía al otro lado de la calle, que se le quedó mirando al pasar, y se detuvo unos minutos en la esquina como si no quisiera perderle de vista. Hyacinth tuvo ocasión de pensar que quizá no estuviera lejos el día en que un policía no iba a quitarle los ojos de encima y con muy fundados motivos, y que podría pasear arriba y abajo, y pasar y repasar por delante mientras montaba la guardia.

Le pareció que Schinkel tardaba muchísimo en salir de la casa, pero probablemente no había pasado más de media hora. En el silencio de la calle oyó la voz de Poupin que acompañaba a Schinkel, y se refugió en el quicio de una puerta del mismo lado, de forma que el francés no pudiera ver que estaba esperando. Tuvo que aguardar allí bastante tiempo, porque los dos se quedaron hablando en el umbral de la puerta, sin que Hyacinth alcanzara a entender lo que decían. Poupin por fin volvió a entrar, y Schinkel echó a andar calle abajo hacia donde estaba Hyacinth, que ya suponía iba a tomar esa dirección, por ser el camino de su casa. Después de cerciorarse de que Poupin había entrado, el alemán se paró y miró a un lado y a otro. Indudablemente creía que Hyacinth estaba esperándole. El joven salió del escondrijo en que se había metido, fue derecho hacia él y los dos hombres se encontraron cara a cara en la calle oscura, sórdida y desierta.

—No les habrá dejado que se queden con la carta.

—No, no, la tengo —contestó Schinkel, con unos ojos que parecían más que nunca dos puntitos invisibles.

—¿Y no sería mejor que me la diera?

—Ya hablaremos de eso, ya hablaremos.

Schinkel no daba muestras de querer complacerle; tenía las manos en los bolsillos del pantalón, y un aire desesperante de suponer que disponían de una noche entera. Para ser uno de los «peligrosos» tenía una afición inaguantable al orden.

—¿Para qué tenemos que hablar? ¿No ha hablado ya bastante con esa gente toda la tarde? ¿Qué es lo que tienen ellos que decir? ¿Qué derecho tiene usted a retener una carta que me pertenece a mí?

Erlauben Sie: voy a encender la pipa —contestó el alemán simplemente.

Y se dedicó a hacerlo de una forma metódica, mientras la cara pálida y agitada de Hyacinth quedaba iluminada por la cerilla que ardía sobre la barandilla herrumbrosa que tenían junto a ellos.

—Hasta que no se la haya dado no es suya —dijo Schinkel echando a andar de nuevo—. Tenga paciencia y se lo contaré —añadió, cogiendo del brazo a su compañero—. Éste es el camino de su casa, ¿no? Vamos bajando hacia el parque.

Hyacinth intentaba mostrarse paciente, y escuchó con interés cuando Schinkel comentó:

—Ella trató de cogerla; me atacó con sus propias manos. Pero yo no había ido allí para dársela.

—¿Está loca? No puedo reconocerlos —Hyacinth hablaba como si estuviera escandalizado.

—No, pero le quieren.

—Entonces, ¿por qué tratan de difamarme?

—No les parece que sea difamación si ha cambiado.

—Eso por parte de ella está muy bien; pero es penoso tener que pensarlo de él, y debo declarar que me sorprende.

—Bueno, él acudió…, me ayudó a resistir. Le dio un empujón a su mujer. Fue una primera impresión —dijo Schinkel.

—Pero no debía haberlos impresionado, amigo mío —comentó Hyacinth.

—Yo también estaba impresionado, no podía evitarlo.

—¡Caramba, qué impresionables son todos! —Hyacinth cada vez se sentía más seguro de la superioridad que todavía era capaz de mostrar.

—Lo toma muy bien. Yo lo siento mucho. Pero es una buena oportunidad —dijo Schinkel, mientras seguía fumando.

Parecía que de momento estaba absorto en su pipa; Hyacinth esperó en silencio y dijo:

—Tenga la bondad de recordar que yo entretanto sigo sin entender ni una palabra de todo lo que dice.

—Bueno, pues fue hoy, a primera hora de la mañana —comenzó el alemán—. Ya sabe que en mi país no nos levantamos tarde, y lo que hacen en mi país trato de hacerlo en todas partes. Creo que eso es muy bueno. En invierno, por supuesto, me levanto mucho antes de salir el sol, y en verano lo hago casi al mismo tiempo. Podría ver lo bonita que es la salida del sol, si uno pudiera ver en Londres. Los domingos, lo primero que hago es fumarme una pipa en la ventana, que está en la parte de delante, ya sabe, y da a una calle pequeña y sucia. A esa hora no hay nada que ver allí; ustedes, los ingleses, tardan mucho en salir de la cama. No es que haya mucho que ver a ninguna hora; la callejuela en que vivo es poco importante. Pero esa primera pipa es la que más disfruto. No pido nada más cuando puedo darme ese gusto. Miro la luz nueva y clara —aunque en Londres no es demasiado clara—, y pienso que es el principio de un día más. Me pregunto qué traerá ese día, si nos traerá algo bueno a los pobres diablos que somos nosotros. Pero son ya muchos los que he visto pasar, y no han traído nada. Esta mañana, doch, sí que trajo algo, algo al menos para usted. Al otro lado de la calle vi que había un chico parado justo enfrente de mi casa y mirando a mi ventana. Me miraba directamente, sin ninguna ceremonia, y yo seguía fumando mi pipa y mirándole también. Me preguntaba qué querría, pero no hizo ninguna señal ni habló una palabra. Era un chico muy bien arreglado; tenía gafas y llevaba un paraguas. Yo creo que estuvimos así, mirándonos cara a cara, casi durante un cuarto de hora, hasta que por fin sacó un reloj —tenía reloj también—, y se quedó con él en la mano, mirándolo cada cinco minutos, como para darme a entender que no iba a dedicarme el día entero. Entonces fue cuando se me ocurrió que deseaba hablarme. Usted lo habría adivinado antes, pero nosotros, los alemanes, somos lentos. Eso sí, cuando entendemos, actuamos; por eso le hice una seña con la cabeza para decirle que iba a bajar. Me puse la chaqueta y los zapatos, porque sólo llevaba la camisa y los calcetines —bueno y los pantalones, claro— y bajé a la calle. Al verme llegar se fue acercando despacio, pero un poco más allá me esperó. Al acercarme a él vi que realmente era un chico muy bien arreglado, muy joven y con una cara muy agradable. Llevaba guantes, y su paraguas era de seda. Me gustó mucho. Dijo que tenía que dar la vuelta a la esquina, así que los dos dimos la vuelta. Yo creía que habría allí alguien esperándonos; pero no había nada, sólo las tiendas cerradas, y la luz de la mañana, y una neblina primaveral que anunciaba haría buen día. Yo no sabía lo que quería; quizá fuera algo relacionado con nuestros asuntos —eso fue lo primero que pensé— o quizá no fuera más que un juego. Por eso tuve mucho cuidado; no le dije que entrara en la casa. Lo que sí le dije fue que me perdonara por no haber entendido antes que quería hablar conmigo; y al decirle eso, contestó que no tenía importancia, que habría esperado todo el día para verme. Yo le dije que me alegraba de que no hubiera sido así, y tuvimos una conversación muy cortés. Era un chico muy agradable. Pero lo único que quería era entregarme una carta en la mano; como él dijo, sólo era un buen cartero privado. Me dio la carta, que no llevaba dilección y, después de haberla cogido, le pregunté cómo lo sabía y si no sería una pena que resultase que no era yo el hombre a quien iba destinada. Pero no se asustó lo más mínimo; me dijo que sabía todo lo que necesitaba saber, que sabía todo lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. Creo que es un elemento muy valioso. Le pregunté si la carta requería una respuesta, y me dijo que no tenía nada que ver con eso; lo único que él tenía que hacer era entregármela. Me recomendó que esperase a estar de nuevo en casa para leerla. Hablamos un poco más, siempre con mucha cortesía, y comentó que había venido tan temprano porque temía que me marchara si venía más tarde, y también porque tenía mucho que hacer, y necesitaba aprovechar los momentos libres. La verdad es que daba la impresión de tener mucho que hacer, de tener una colocación muy buena. Debo decirle que me habló durante todo el tiempo en inglés, pero no era inglés; pronunciaba las palabras como si las hubiera aprendido muy bien. Todo lo había aprendido muy bien. Supongo que no es alemán; en ese caso me habría hablado en alemán. Pero ¡hay tantos de todos los países! Yo le dije que si tenía tanto que hacer no iba a entretenerle; que me iría a mi habitación y abriría la carta. Dijo que no tenía importancia; y entonces le pregunté si no quería venir a mi habitación para descansar. Le dije que no era muy bonita, porque él daba la impresión de ser un chico que tenía una casa muy buena. Luego comprendí que lo que quería decir era que no hacía falta que siguiéramos hablando, y se marchó sin darme siquiera la mano. No sé si llevaría más cartas que entregar, pero se marchó como un buen cartero que está de servicio, y sin darme ninguna información más.

Schinkel necesitó mucho tiempo para contar esta historia, su minuciosidad calmosa y concienzuda no hacía concesiones a la impaciencia y curiosidad que pudiera sentir el que le escuchaba. Iba paso a paso, tratando cada uno de los puntos con claridad, como si todos ellos tuvieran el mismo interés para su acompañante. Hyacinth no intentó darle prisa, y realmente le escuchó con toda paciencia; porque estaba de verdad interesado, y además veía cada vez con más claridad que podía estar seguro de Schinkel, que le daría plena satisfacción cuando llegara el momento, y no iba a marearle poniendo condiciones, a pesar de la equivocación, después de todo muy disculpable, que había cometido al ir a discutir el asunto a Lisson Grove. Llegado el momento, Hyacinth supo que al volver a su casa y abrir el paquetito que le habían entregado, el señor Schinkel se había encontrado ante dos cosas distintas: una carta sellada dirigida al chico, y una hoja de papel en la que en tres líneas se le comunicaba que pasados dos días después de recibirlo, debía entregar la carta al «joven Robinson». Las tres líneas en cuestión iban firmadas con las iniciales D. H., y la carta estaba escrita de propia mano. Schinkel decía que conocía la letra; era la buena letra —buena hasta en sus menores detalles— de Diedrich Hoffendahl.

—Bien, bien —dijo apoyándose en su brazo como para tranquilizarle—. Le acompañaré hasta la puerta de su casa y se la daré allí. A menos que prefiera que me quede con ella hasta mañana por la mañana, para que pueda dormir tranquilo, quiero decir en el caso de que contenga algo desagradable para usted. Pero probablemente no es nada; probablemente es sólo para decirle que no necesita pensar más en su encargo.

—¿Por qué eso?

—Porque probablemente habrán oído que usted se ha enfriado.

—¿Que me he enfriado? —Hyacinth le hizo detenerse; acababan de llegar a la parte alta de Park Lane—. ¿A quién le he dado yo motivo para decir eso?

—¡Ah, bueno!, si no lo ha hecho, tanto mejor. Entonces puede que sea por otra razón.

—No sea idiota, Schinkel —dijo Hyacinth mientras echaban otra vez a andar—. ¿Por qué demonios fue entonces a chismorrear con los Poupin?

—Porque pensé que les gustaría saberlo. Aparte de eso, me sentía responsable; creí que lo haría mejor si lo sabían. Y además yo soy como ellos… le quiero.

Hyacinth no dijo nada ante esa confesión, pero pasado un momento preguntó:

—¿Por qué el chico no me entregó la carta directamente a mí?

¡Ah, no se lo pregunté! La razón probablemente no era nada complicada sino muy sencilla: que los que la escribieron sabían mi dirección pero no sabían la suya. Además, ¿no era yo uno de los que le respaldaban?

—Sí, pero no el más importante. El más importante era Paul Muniment. ¿Por qué no se me ha comunicado nada a través de Paul Muniment? —Y al hacer esa pregunta le pareció que resultaba cada vez más chocante cuanto más se pensara.

—Querido Robinson, usted quiere saber demasiadas cosas. Puede estar seguro de que siempre habrá buenas razones. Yo hubiera preferido, sí, hubiera preferido que fuera Muniment. ¡Pero si no se la mandaron a él…! —la lucidez de Schinkel terminó ahí, y se perdió en una nube de humo.

—Bueno, ¿si no se la enviaron a él…? —insistió Hyacinth.

—Es usted muy amigo suyo, ¿qué quiere que le diga?

Hyacinth le miró con cierta desconfianza, y vio una expresión ambigua y evasiva en los dulces ojillos de su amigo:

—Si hay algo en contra suya, el hecho de ser su amigo hace que sea precisamente yo quien tenga que oírlo. Puedo defenderle.

—Bueno, cabe la posibilidad de que no estén satisfechos.

—¿Qué quiere decir con que no estén satisfechos?

—Qué quiere que le diga, que no confíen en él.

—¿No confían en él? Y en cambio confían en mí.

—Muchacho, puede estar seguro de que hay buenas razones —contestó Schinkel. Luego añadió—: lo saben todo, todo. Son como el Dios de los creyentes: saben ver en los corazones; y no sólo en los corazones, conocen todo lo que hay en la vida de un hombre: sus días, sus noches, las palabras que dice y las que se calla. ¡Van derechos y llegan muy adentro!

Los dos continuaron su camino e hicieron la mayor parte de él en silencio. Hyacinth estaba muy intrigado con unas palabras que se le habían escapado a su amigo al preguntarle él qué había dicho Poupin al enterarse aquella tarde del motivo de su visita. Il vaut du galme… il vaut du galme: ésa era la versión que daba el alemán de las palabras del francés; y Hyacinth se las repetía una y otra vez, y casi con la misma pronunciación. Tenían cierto efecto calmante. En realidad, el bueno de Schinkel resultaba de algún modo saludable, según pensaba Hyacinth cuando por fin llegaron a la puerta de su casa, en Westminster, y se quedaron allí, cara a cara, mientras el joven esperaba, seguía esperando. Gran parte de su impaciencia había desaparecido, y contemplaba sin perder la calma la forma amorosa en que su colega sacudía la ceniza de la pipa que se había fumado —que se había fumado con tanta vehemencia— y la metía a descansar en su sepulcro. Fue una vez terminada esa operación, hecha con tanto cuidado como siempre, cuando dijo:

También, y ahora la carta —y, metiendo la mano en su viejo chaleco, sacó la misteriosa misiva.

Pasó en seguida a manos de Hyacinth, que se la metió en el bolsillo sin mirarla. Le pareció ver cierto desencanto en la cara fea y bondadosa de Schinkel ante esa indicación de que tampoco él, a pesar de tenerla tan a mano, iba a enterarse de su contenido; pero prefirió que fuera así antes que tener que volver a atribuirle, tontamente, un sentido tranquilizador. Schinkel tuvo la picardía o el buen gusto de no volver a intentarlo, mientras que Hyacinth, al sentir la presión de la carta sobre su corazón, veía cada vez con más claridad que aquello no era ningún bálsamo para sus preocupaciones, sino un cuchillo que se le clavaba sin remedio. Pasado un momento, su amigo dijo:

—Ahora que ya la tiene, estoy contento. Me resulta más fácil —y el alemán intentó una mueca triste y forzada.

—¡Ya me lo imagino! —exclamó Hyacinth—. Si no hubiera hecho su trabajo tendría que pagarlo.

Schinkel masculló unas palabras como para ponerse a tono, y luego, mientras se volvía de espaldas para meter la llave en la cerradura, añadió:

—Y si usted no hace el suyo le va a pasar lo mismo.

—Sí, como dice usted, van derechos. Buenas noches.

El pasillo y la escalera no tenían nunca luz, y los inquilinos o bien se abrían camino a tientas, con la seguridad infalible que da la práctica, o encendían una cerilla en la pared, la cual, en la penumbra más amable del día, producía un efecto lacerante. La habitación de Hyacinth estaba en la parte de atrás del segundo piso y, al acercarse a ella, se asustó al ver que salía un poco de luz por la rendija de la parte baja de la puerta, que no encajaba bien, y que acabó de darle una impresión de miseria. Se paró a considerar aquel nuevo aviso de su crisis, pues su primer impulso fue relacionarlo con lo que le había dicho Schinkel, ¿qué podía ser ya todo lo que tuviera que ver con él sino una parte del mismo asunto? Era lo más natural del mundo que le esperara allí una nueva maravilla. Por otra parte, se le ocurrió pensar que al marcharse para ir a ver a lady Aurora después del té podía haberse dejado un cabo de vela encendido, y que eso demostraba lo fresca que era su patrona, tan tacaña para sí, pero incapaz de entrar a apagarla. Luego pensó que podía haber tenido alguna visita durante su ausencia, y que el visitante había tomado posesión de su apartamento mientras volvía, y había acudido a los pocos recursos que ofrecía. Al abrir la puerta, comprobó que esa última suposición era la acertada, aunque la persona que estaba allí no era ninguna de las presencias amenazadoras que había imaginado. Mister Vetch estaba sentado junto a la mesita en la que escribía Hyacinth; parecía cansado, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la mano. Pero levantó la vista al aparecer el joven.

—No te he oído entrar; eres muy silencioso.

—Cuando vuelvo tarde entro sin hacer ruido, por los inquilinos; aunque estoy por decir que soy el único huésped que se toma esa molestia. Aparte de eso, me parece que estaba dormido.

—No, no estaba dormido —contestó el viejo—. No duermo mucho ahora.

—Entonces estaba sumido en hondas meditaciones.

—Sí, he estado pensando.

Luego le dijo que la patrona se había negado a dejarle entrar antes de dar toda clase de seguridades sobre sus buenas intenciones, y de explicar que era el más viejo amigo que el señor Robinson tenía en el mundo. Llevaba una hora allí; había pensado que podría encontrarle si iba tarde.

El señor Robinson dijo que se alegraba mucho de que le hubiera esperado, que estaba muy contento de verle, y que sólo sentía no haber sabido antes que iría para tener algo que ofrecerle. Se sentó en la cama, vagamente expectante, no comprendía qué era lo que le había llevado al violinista tan lejos y a una hora tan fuera de lo normal. Pero no hizo más que decir la verdad al decir que se alegraba de verle. Hyacinth había subido con tanta angustia y tal deseo de encontrarse a solas con la revelación que llevaba en el bolsillo que la presencia de su visitante le proporcionó un verdadero alivio al obligarle a retrasar la soledad. El sitio en que había colocado la carta parecía latirle en el costado, pero le agradecía a su viejo amigo el forzarle a seguir así.

—He estado mirando tus libros —dijo el violinista—; tienes tres o cuatro ejemplares que son una maravilla. Reconozco tu mano en cuanto la veo; tiene siempre algunos toques más delicados que los de los demás. Yo diría que es el estilo de un maestro. Con un gusto tan bueno, y con unas manos así, tu futuro está asegurado. Puedes ganar una fortuna y hacerte famoso.

Mister Vetch se inclinó como para bosquejar esa visión del futuro, tenía las manos apoyadas en las rodillas y miraba al chico como desafiándole a discutir una afirmación tan alentadora y sobre todo tan de fiar. Pero el efecto que produjo en Hyacinth lo que veía en su cara fue hacerle pensar que el violinista sabía algo aunque no pudiera adivinar cómo había llegado a saberlo. Los Poupin, por ejemplo, no habían tenido tiempo de comunicarse con él, aun suponiendo que fueran capaces de semejante bajeza, cosa que para Hyacinth resultaba inconcebible, a pesar de que una hora antes los había visto quedar muy por debajo de lo que esperaba de ellos. Ante esa sospecha, le invadió un tremendo deseo de fingir sin reparos: se imaginaba lo que quería el viejo, pero no pensaba darle ninguna satisfacción, todo lo más la satisfacción de hacerle creer que sus sospechas eran una pura idiotez. Hyacinth echó una ojeada a los libros que había sacado del estante, y admitió que era un trabajo que valía la pena, y que tener la habilidad necesaria para hacer tales cosas, mientras uno no se quedara ciego o tullido, podía considerarse un recurso muy seguro. Luego, de repente, al seguir mirándose el uno al otro, la presión que ejercía la curiosidad del viejo, la expresión inquisitiva y suplicante de sus ojos, que en los últimos tiempos habían cambiado completamente, llegaron a hacérsele tan insoportables que el joven adoptó una actitud agresiva y le preguntó sin rodeos si había hecho una peregrinación nocturna sólo por contemplar su trabajo, después de haber tenido siempre a su disposición media docena de ejemplares en Lomax Place.

—Querido amigo, usted tiene algo metido en la cabeza, algún fantástico temor, una idée fixe completamente equivocada. ¿Por qué le ha dado esta noche más fuerte que nunca? Sea lo que sea, eso ha sido lo que le ha traído aquí, a una hora tan poco normal y bajo un impulso que no puede o no quiere decir. Por supuesto, tendría que estar agradecido a todo lo que le traiga aquí, y lo estoy, porque siempre me agrada verle; pero lo que ya no puede gustarme es ver que le hace a usted desgraciado. Parece una madre nerviosa que tiene al niño acostado en el piso de arriba y sube y baja cada cinco minutos para ver si está bien, si no se ha destapado o se ha caído de la cama. No se preocupe, querido mister Vetch, no se preocupe, estoy muy bien tapado y todavía no me he caído de la cama.

Se oyó decir esas palabras como si estuviera escuchando a otra persona; la frescura que denotaban le sonaba rara en unas circunstancias tan crueles. Pero se creía al borde de emprender una acción en la que la frescura había de desempeñar una parte considerable, y le parecía que podía ir preparándose sin esperar más. La forma en que vigilaba el viejo podía indicar que él también se daba cuenta de toda su maldad, que creía que mentía, al estar allí sentado diciendo que no pasaba nada, mientras tenía un flamante encargo revolucionario echando chispas en el bolsillo. Pero, pasado un momento, mister Vetch dijo con toda dulzura y como si realmente se hubiera tranquilizado:

—Es asombroso cómo puedes leer mis pensamientos. No confío en ti, y creo que hay unas posibilidades aterradoras. En cualquier caso, no es verdad que venga a verte cada cinco minutos. No sabes la cantidad de veces que he tenido que resistirme a mis miedos, lo que he tenido que forzarme para dejarte en paz.

—Sería mejor que me dejara ir a vivir con usted, como le propuse hacerlo después de la muerte de Pinnie. Así me tendría siempre delante de los ojos —sonrió Hyacinth.

El viejo saltó de su asiento al oírlo y, como Hyacinth también se había levantado, le puso las manos en los hombros y le abrazó:

—¿Querrías hacerlo, hijo mío? ¿Te vendrías esta noche?

—¿Esta noche, mister Vetch?

—Esta noche me he puesto más nervioso que nunca. No sé por qué. Después de tomar el té me fumé una pipa y me tomé un trago, pero no podía parar. Me sentía muy mal, muy mal. Me dio por acordarme de Pinnie… parecía que estuviera en el cuarto. Tenía la sensación de que podía extender la mano y tocarla. Si creyera en fantasmas, en señales o mensajes de los muertos, creería que la había visto. Y no estaba allí porque sí; estaba para añadir sus temores a los míos y para hablarme de ti. Intenté hacerla callar pero fue inútil, acabó por echarme de casa. A eso de las diez cogí el sombrero y el bastón y me vine para acá. Puedes imaginarte si me parecería importante que… alquilé un coche.

—¿Y por qué se gasta el dinero de una manera tan tonta? —preguntó Hyacinth en tono cariñoso.

—¿Te vendrás esta noche? —respondió su compañero sin dejar de agarrarle.

—Yo creo que sería más sencillo que se quedara usted aquí. Veo que se encuentra mal y que está muy nervioso. Puede dormir en la rama y yo pasaré la noche en la silla.

El violinista lo pensó un momento:

—No; me vas a tener odio si te obligo a hacer una cosa tan molesta; y eso es precisamente lo que no quiero que hagas.

—Las cosas no van a cambiar porque vayamos a su cuarto. Tanto allí como aquí voy a tener que dormir en una silla.

—Tomaré otra habitación. Así podremos estar juntos —dijo el violinista.

—¿Que va a coger otra habitación a estas horas de la noche, en una casa que está llena hasta los topes y con toda la gente durmiendo? ¡Por Dios, Anastasio, usted está muy mal! Ha perdido la cabeza —dijo Hyacinth en tono jocoso.

—Bueno, pues la cogeremos mañana. Me cambiaré a otra casa que tenga dos habitaciones que estén juntas.

Era evidente que el tono del joven le calmaba.

Comme vous y allez! —exclamó Hyacinth—. Permítame recordarle que en caso de dejar este sitio tengo que avisar con quince días de antelación.

—¡Huy, ya empiezas a echarte atrás! —dijo mister Vetch retirando sus manos.

—Pinnie no habría dicho eso. Si actúa y habla por mandato de su espíritu puro, haría mejor en actuar y hablar como lo habría hecho ella. Ella me habría creído.

—¿Creerte? ¿Creer qué? ¿Qué es lo que hay que creer? Si me hicieras una promesa, me lo creería.

—Le prometeré lo que quiera —dijo Hyacinth.

—Cualquier promesa que te pida, no es lo que yo quiero. Lo único que quiero es una pequeña prueba muy particular, y para eso es para lo que he venido aquí esta noche. De repente se me ocurrió que había sido un burro al no pedírtela antes. Dámela ahora y me volveré a casa tan tranquilo, y te dejaré en paz.

Hyacinth, que ya había asentido, volvió a rogarle que formulara su petición, y entonces mister Vetch dijo:

—Bueno, prométeme una cosa (por tu honor, y como del hombre que eres, Dios te ayude, al hombre que soy yo): de que nunca, bajo ninguna circunstancia, vas a «hacer» nada.

—¿«Hacer» nada?

—Nada de lo que esa gente espera de ti.

—¿Esa gente? —repitió Hyacinth.

—Mira, no me atormentes, con lo nervioso que estoy ya pretendiendo que no me entiendes —gimió el viejo—. Ya sabes a quién me refiero. No puedo dar sus nombres porque no los sé. Pero tú sí lo sabes, y ellos saben quién eres tú.

Hyacinth no tenía el menor deseo de atormentarle, pero se daba cuenta de que darle a entender que le comprendía iba a ser lo mismo que traicionarse:

—Me imagino que sé a quién se refiere —dijo—, pero me temo que no acabo de entender para qué hace falta tanta solemnidad.

—¿No necesitan echar mano de ti?

—Ya veo lo que quiere decir. Cree que me necesitan para volarles un tren. Bueno, pues si es eso lo que le quita el sueño puede dormir tranquilo. No pienso hacerles nunca ningún trabajo.

La cara del violinista se puso radiante; parecía asombrado ante semejante milagro:

—¿Me lo juras? ¿No vas a hacer nunca nada, nada, nada?

—Nada de nada.

—¿Quieres jurármelo por la memoria de esa buena mujer de quien hemos estado hablando y a la que los dos queríamos tanto?

—¿Por la memoria de mi pobre Pinnie? Claro que sí.

Mister Vetch se derrumbó en la silla y se tapó la cara con las manos; un momento después Hyacinth vio que estaba sollozando, y diez minutos más tarde estaba dispuesto a despedirse y Hyacinth le acompañó para buscarle otro coche. Encontraron un viejo coche de cuatro ruedas, que estaba parado en un cruce y antes de meterse en él el violinista pidió al chico que le diera un beso. Hyacinth se lo dio, acompañado de un buen abrazo, y a la manera extranjera en ambas mejillas, y luego esperó a que el vehículo arrancara y marchara haciendo ruido. Vio que doblaba la esquina, y se acercó a la farola de gas más próxima para sacar del bolsillo del chaleco la carta sellada que le había dado Schinkel.