XLII
No tenía intención de ir más tarde a Madeira Crescent, y por eso, antes de separarse, preguntó a Millicent si podría volver a verla después del té. Las noches eran más amargas para él y las temía de antemano. La oscuridad se había transformado en un motivo de pesadilla; le traía visiones que pasaban ante sus ojos aunque los tuviera cerrados: dudas crueles, y miedos y sospechas, sugerencias de mal y revelaciones de dolor. Necesitaba compañía para aliviar su tristeza, y eso era lo que le había hecho volver a Millicent, aunque fuera de una forma que no estaba muy de acuerdo con el respeto que todavía creía deberle a su parte más noble. Ya no se sentía con derecho a presentarse en el Crescent, y trataba de convencerse, en el caso de que su desconfianza fuera exagerada, de que sus razones eran razones magnánimas. Si Paul estaba de verdad ocupado con la princesa, si tenían entre manos un trabajo que requería toda su atención (y el domingo tenía muchas probabilidades de ser el día elegido: eran muchos los domingos que habían pasado juntos) su ausencia podía obedecer a un motivo superior al de dejarle el campo libre a su amigo. Había para él algo sumamente significativo en la forma en que ese amigo había decidido de repente volver a entrar en la casa, después de haber estado un rato fuera de ella con su dueña, y en el momento en que él y el príncipe estaban mirando a través de la niebla. Aquella escena se repetía en su memoria innumerables veces, y le sugería cosas que le resultaba insoportable saber. Hyacinth tenía miedo de estar celoso aún después de haber llegado a estarlo, y para demostrarse a sí mismo que no era verdad había ido a ver a la princesa un día de entre semana. Si durante meses y meses había deseado que Paul la conociera, ¿cómo iba a alimentar un sentimiento tan vil ante la primera manifestación de una intimidad que descansaba, por ambas partes, en aspiraciones que él respetaba? Aquel día la princesa no estaba en casa, y Hyacinth se había marchado sin preguntar por madame Grandoni: no había olvidado que en su anterior visita se le había ocurrido una disculpa para no quedarse en el salón. Después que la doncellita de Crescent le dijera que su señora había salido se había marchado de allí con una viva curiosidad; una curiosidad que, de haberla escuchado, le habría llevado a coger el primer ómnibus que pasara en dirección a Camberwell. ¿También estaría fuera Paul Muniment, que en general resultaba un tipo raro para eso de quedarse en casa por las noches, y le apetecería en ese caso a Rosy —que por fuerza tenía que saberlo— decir adonde había ido? Hyacinth dejó pasar el ómnibus, pues en seguida se dio cuenta de que estaba a punto de convertirse en espía. Desde entonces no había vuelto a ver a Muniment, porque quería mantener su curiosidad insatisfecha. Lo que sí se permitía observar era que la princesa no le había escrito ni una palabra de consuelo, como solía hacerlo en otros tiempos cuando llamaba a su puerta sin encontrarla. Eran ya dos veces seguidas que no la encontraba, y no había dado muestra alguna de sentirlo, de sentirlo al menos por él. Eso le decidió a esperar todavía un poco más: era prueba de que sus ocupaciones la tenían absorbida. Lo que Hyacinth había podido ver de ella mientras hablaba con su amigo —más bien con el suyo— a la vuelta de la excursión descrita por el príncipe, la imagen obsesionante de Paul cruzando el umbral una vez más, no dejaba lugar a dudas sobre el grado de absorción alcanzado.
Por otra parte Millicent no se mostró muy propicia al proponerle que terminaran el día juntos. Sonrió, desde luego, y sus maravillosos ojos se posaron en los suyos con una expresión de indulgente asombro: parecían preguntar si valdría la pena, dada la probable incredulidad de Hyacinth, mencionar la verdadera razón de no tener el gusto de acceder a su demanda. Si era seguro que iba a burlarse de la explicación, ¿no podría inventar cualquier excusa, algo que pudiera tomar a broma sin herirla? No es posible afirmar qué fue lo que decidió la señorita Henning; pero acabó por confesar que era una lástima que hubiera un obstáculo que les impidiese encontrarse más tarde, la promesa que había hecho de ir a ver a una amiga, la directora de su departamento, que tenía que quedarse en casa y no sabía cómo pasar el rato. Le había prometido pasar la noche con ella, y no era persona que pudiera faltar a esa clase de promesas. Hyacinth no hizo ningún comentario; escuchó la declaración en silencio, mirando con tristeza a la chica.
—Ya sé lo que estás pensando —dijo Millicent de repente—. ¿Por qué no lo dices para darme la oportunidad de contradecirte? No debía importarme, pero sí me importa.
—¡Calla, calla, no discutamos! —Hablaba en un tono cansado y suplicante; nunca le había oído hablar así.
Millicent se limitó a comentar:
—Estoy tentada de hacerle una jugada. Es una verdadera señora, muy bien relacionada, y la mejor amiga que tengo (sin contar a los amigos, claro), y no haría una cosa así por nadie en el mundo, a no ser por ti.
—No, cumple tu promesa; no le hagas jugadas a nadie —dijo Hyacinth.
—Muy bien, eres un caballero —contestó con una dulzura especial que a veces aparecía en su voz.
—Especialmente… —empezó a decir Hyacinth, pero sin terminar la frase.
—¿Especialmente qué? Apostaría cualquier cosa a que es alguna indecencia. ¿Especialmente porque no me crees?
—¡Que no! ¡No nos peleemos! —volvió a decir Hyacinth.
—¿Pelearnos, amor mío? Yo me pelearía por ti —declaró Millicent.
Después del té, se ofreció a sí mismo la elección entre una visita a lady Aurora o una peregrinación a Lisson Grove. Albergaba algunas dudas con respecto al primer experimento, pues le parecía que la familia de su señoría podía estar ya de vuelta en Belgrave Square. Pensó, sin embargo, que ésa no era una razón para no ir a verla; sus relaciones con ella no tenían nada de misteriosas, y le había invitado a visitarla cuando quisiera. Si sus linajudos padres estaban en casa, lo más probable era que cenara con ellos, pero podía correr el riesgo. Ya lo había hecho otras veces, y sin resultados desastrosos. Estaba decidido a no pasar la noche solo, y reservaría la visita a los Poupin como alternativa más segura, en el caso de que lady Aurora no pudiera recibirle.
Nada más ver abrirse ante él las grandes puertas de Belgrave Square comprendió que la casa estaba concurrida y animada, si es que podía hablarse de animación en un lugar que hasta entonces siempre le había parecido un magnífico mausoleo. Estaba llena de luz difusa y de criados altos; se vio contemplando una especie de columnata de sirvientes colosales, un despliegue aún más imponente que el séquito de la princesa en Medley. La pregunta se le murió en los labios, y se quedó allí de pie, luchando con su mudez. Estaba claro que se celebraba una fiesta por todo lo alto, y su presencia en ella no podía ser más que un borrón; y cuando un criado alto, que no llevaba librea, se inclinó hacia él en espera de una voz que no salía, y le dijo en una forma no desalentadora que quizá era a lady Aurora a quien deseaba ver, contestó imparcial y desesperado:
—Sí, sí, pero veo que es imposible.
El criado no se molestó en rechazar esa suposición verbalmente; dio media vuelta con aire majestuoso como para conducirle y, como en ese mismo momento otros dos criados cerraron tras él las dos hojas de la puerta, Hyacinth comprendió que aquello era la señal de que debía seguirle. De esa forma, después de atravesar un corredor, donde entre el perfecto silencio de los criados oía resonar el crujido de sus plebeyos zapatos sobre el suelo de mármol, se vio introducido en una habitación pequeña, alumbrada por una lámpara, en la que su guía le dejó solo, sin decirle una palabra más, y que pronto reconoció, aunque estaba mucho más adornada, como el sitio en que había tenido lugar una de sus primeras entrevistas. Lady Aurora le hizo esperar un poco, pero apareció por fin entre un revuelo de incoherentes disculpas. Su aspecto había sufrido la misma transformación que la mansión paterna: llevaba un vestido de color claro, más bien arrugado y ligeramente crujiente, la cabeza adornada con una pluma lánguida, que terminaba en unos puntitos color de rosa, y un par de guantes blancos en la mano. Toda su ansiedad reprimida se reflejaba en su cara, y sonreía como queriendo anticiparse a cualquier escrúpulo o embarazo que pudiera sentir el visitante; sin ocultar que se sentía disfrazada y que el verla con tanto aderezo podía desconcertarle. Hyacinth le dijo que comprendía que debía haberse marchado al ver que había vuelto su familia, que sabía que eso debía representar una gran diferencia en su vida. Pero le habían metido allí a pesar de sus protestas, y comprendía que la había interrumpido mientras estaba cenando. Ella contestó que no se despedía nunca a alguien que preguntara por ella a cualquier hora que fuese; había conseguido que se hiciera así, y estaba muy contenta del éxito. Normalmente no cenaba; eran muchos y llevaba mucho tiempo. Muchos de sus amigos no podían ir en horas de visita, y no estaría bien no poder recibirlos. En aquella ocasión sí había estado cenando, pero ya había terminado; se había quedado allí porque había de ir a una fiesta. Sus padres cenaban fuera, y ella estaba en el salón con algunas de sus hermanas. Cuando estaban solas la cena no duraba tanto tiempo, aunque lo que sí duraba mucho era lo que venía después. Pero todavía no era hora: el coche tardaría casi media hora en ir a buscarlas. No había asistido a una fiesta desde hacía meses y meses, pero algunas veces había que hacerlo. Lady Aurora expresó la idea de que había que ser amable con todo el mundo, y que los deberes de cada uno no eran siempre de la misma especie; en ocasiones se presentaban algunos que eran completamente distintos. Había que cumplirlos todos, y por eso estaba dispuesta a ir esa noche. No era nada importante, sólo una reunión familiar, como las que solían hacer los domingos en una de sus casas. Era allí donde estaban cenando sus padres. Como le habían dado aquella habitación para la hora que ella quisiera —y realmente era estupenda—, había decidido asistir de cuando en cuando a una fiesta, como una señorita respetable, porque sabía que les gustaba; aunque lo que no podía imaginar era por qué producía semejante conmoción el verla en algún sitio. Suponía que quizá fuera para evitar que algunos pensaran que estaba loca y que campaba por sus respetos, cosa que desde luego no le gustaba a la gente que hicieran sus allegados. Lady Aurora daba explicaciones y se extendía sobre el tema con un anhelo desbordante; hablaba sin parar, como nunca lo había hecho ante Hyacinth, y el chico comprendía que no acababa de estar, por así decirlo, en sus cabales. Le parecía poco probable que estuviera tan excitada ante la simple idea de volver a meterse en el gran mundo que ella misma había abandonado, y no tardó en comprender que era él quien la había trastornado. Su sentido era lo bastante fino para darle a entender que existían asociaciones y heridas que su presencia revivía y agudizaba. De repente dejó de hablar, y los dos se quedaron callados, mirándose el uno al otro, en una extraña y oculta comunidad de sufrimiento. Él hizo algunas observaciones mecánicas, intentó explicar por qué había ido, y al cabo de muy pocos minutos, sin que tuviera nada que ver con esas observaciones, tuvo la impresión de que había una confianza profunda, una increíblemente profunda confianza entre los dos. Una confesión tácita iba y venía una y otra vez, y los dos comprendían la situación del otro. No hablarían nunca de ella, estaba claro que no lo harían; porque había algo en la conciencia de ambos que no se avenía con la rudeza de la acusación. Además, el dolor de cada uno de ellos era sólo una aprensión, un instinto del alma, no un daño claro y definido apoyado en una prueba. Era algo que estaba en el aire, que aparecía latente en su inquietud, no en algo que pudieran mostrar o de lo que pudieran quejarse para consuelo. Por extraño que pareciese, tenía la impresión de que la historia de cada uno podía ser la contrapartida de la del otro. ¿Qué había hecho cada uno de ellos sino perder lo que él o ella no habían llegado a tener nunca? Las cosas habían ido mal para ellos; pero aunque hubieran ido bien, aunque la princesa no se hubiera puesto de acuerdo con su amigo en aquella forma que le acongojaba y que producía el mismo efecto en el corazón de lady Aurora, aun en ese caso, ¿qué habrían podido proporcionar el acierto o el éxito? Habrían resultado estériles. Estaba seguro de que aquella singular persona que tenía ante él no habría tenido nunca la oportunidad de dar el paso sin precedentes que estaba dispuesta a dar aunque le costara tener que salir de Belgrave Square para siempre; Hyacinth había comprendido que los deseos que Paul Muniment tenía de semejante complicación eran muy pequeños, y había empezado a compadecer a su señoría desde hacía mucho tiempo. Y cuando sentía más que nunca la dulzura de su simpatía, se preguntaba qué habría imaginado para él en el caso de no haber sido suplantado, qué seguridad, qué promoción tan completa, qué consecuencias honrosas y satisfactorias. Se sentían desgraciados porque eran desgraciados, y tenían razón en no quejarse.
—Me alegro de verle, me gusta hablar con usted —fue todo lo que comentó ella.
Estuvieron hablando un cuarto de hora, y la visita que Hyacinth le hizo fue la que un caballero cumplido podía hacerle a una gentil señorita. Hicieron comentarios sobre el retraso de la primavera, sobre la exposición celebrada en Burlington House —por la que Hyacinth había pagado un chelín—, sobre la cuestión de abrir los museos en domingo, y sobre el peligro de mimar demasiado la legislación en favor de las clases trabajadoras. Él declaró que se alegraba mucho de ver que se divertía un poco, que era antinatural no hacerlo, y que esperaba que ya que se había decidido seguiría adelante. Ella, al oírlo, sonrió, contempló sus moderadas galas y dijo:
—A lo mejor empezaré a ir a algún baile, ¿quién sabe?
—Eso es lo que piensan nuestros amigos de Audley Court, ya sabe que el mayor error que puede cometerse es no apurar la copa mientras se tiene.
—¡Entonces lo haré, lo haré por ellos! —exclamó lady Aurora—. Me atrevería a decir que, en lo referente a todo eso, no los he escuchado todo lo que debía.
Ésa fue la única alusión que se hizo a propósito de los Muniment.
Hyacinth se levantó; le parecía que había estado bastante tiempo si ella tenía que marcharse y, en el momento de darle la mano, tuvo la sensación de que era una heroína. Iba a intentar cultivar las diversiones propias de su clase si les parecía bien al hermano y a la hermana de Audley Court, hasta iba a intentar convertirse en una mujer elegante para consolarse. Paul Muniment no se preocupaba de ella, pero era capaz de pensar que quizá fuera su deber regular su vida de acuerdo con el mismo consejo que abría un abismo entre los dos.
Hyacinth no creía en el éxito de ese intento; ante su imaginación pasaba el cuadro de la pobre lady volviendo a casa y quitándose las plumas para siempre, después de haber pasado la noche contemplando la agitación de la sala de baile, desde el extremo del círculo y con cara de no entender una palabra.
—Comamos y bebamos, que mañana moriremos —dijo Hyacinth riendo.
—A mí no me importa morir.
—Creo que a mí sí —declaró Hyacinth, mientras se disponía a salir.
No se había mencionado para nada a la princesa.
Todavía era bastante pronto para arriesgarse a hacer una visita a Lisson Grove; suponía que los Poupin aún estarían levantados. Cuando llegó a la casa comprendió que la suposición estaba justificada; el brillo de la luz que se veía en la ventana parecía anunciar que madame tenía una reunión. Subió en seguida la escalera —el visitante tenía permiso para abrir por sí mismo la puerta— y, después de llamar, obedeció la invitación a entrar de la dueña. Poupin y su mujer estaban sentados con otra tercera persona en torno a una mesa que había en el centro de la habitación, alumbrada por una lámpara de petróleo cubierta por un globo de cristal, que despedía una luz muy viva, y cuya transparencia estaba mitigada por una cenefa de racimos de uvas. La tercera persona era su amigo Schinkel, que era uno de los miembros del pequeño grupo que había ido a visitar a Hoffendahl aquella noche negra y lluviosa. Ninguno de los tres dijo nada, pero se levantaron en silencio y le miraron como él había creído notar que le miraban en otras ocasiones, sólo que nunca de un modo tan inconfundible.