II

Capua estaba de gala, en la cúspide de su fama, su gloria y su prosperidad, limpia ya de las manchas de la rebelión de los esclavos. Sobre las murallas de la ciudad flameaban mil doscientas banderas. Las siete puertas de la ciudad estaban abiertas de par en par, pues había paz en la tierra y nada la turbaba. Las noticias de su llegada se les habían anticipado y un grupo de dignatarios de la ciudad les esperaba para darles la bienvenida. La banda cívica de ciento diez instrumentos, entre bronces, pífanos y tambores, lanzó al viento su estruendo y las cohortes de la ciudad, ataviadas con lujosas armaduras de plata, les dieron escolta por la vía Apia. Las muchachas se emocionaron mucho y hasta Cayo, que simulaba indiferencia, se sintió conmovido por la poco común y pintoresca bienvenida que compartían con su famoso acompañante. Una vez dentro de la ciudad, se separaron de Craso y fueron a casa de sus parientes; pero pocas horas más tarde les llegó una invitación del general, en que pedía a Cayo, a su hermana, a la amiga de ésta y a sus familiares que asistieran en calidad de invitados suyos al banquete oficial que iba a celebrarse esa misma noche. Cayo se sintió muy orgulloso por la atención que les dispensaba el general, y durante el prolongado y tedioso banquete Craso no perdió ocasión de hacer un aparte para tener con ellos todo género de atenciones.

Cayo, Claudia y Helena apenas si probaron unos pocos de los cincuenta y cinco platos servidos como prueba de distinción y homenaje hacia el general. Capua seguía fiel a la remota tradición etrusca de preparar con gran habilidad platos con insectos, pero Cayo no podía hacerse a la idea de saborearlos, ni aun disueltos en miel o presentados en delicados pasteles con langosta picada. Uno de los números de la velada fue un baile creado especialmente en honor a Craso. Tenía como tema la violación de una doncella romana por parte de unos esclavos sedientos de sangre, y la representación, que se prolongó durante una hora, se realizó con extraordinario realismo. Cuando finalmente los esclavos recibían la muerte, desde el techo de la gran cámara comenzó a caer, como copos de nieve, una lluvia de pétalos de flores blancas.

Helena advirtió que a medida que pasaba la noche y los centenares de invitados al banquete se embriagaban desmedidamente, Craso bebía cada vez menos. Apenas si probaba el vino y ni siquiera saboreó el famoso aguardiente de ciruelas, por el que tan célebre era Capua, y que destilaban allí con tanta pericia como la que empleaban para fabricar sus perfumes, famosos en todo el mundo romano. Era una extraña combinación de austeridad y sensualidad. A menudo ambos se miraban el uno al otro a esas alturas de la noche, y ambas cualidades aparecían en sus ojos. Cayo y Claudia, por otra parte, estaban bastante borrachos.

Ya era muy tarde cuando terminó el banquete, pero Helena sentía un extraño e imperioso deseo de ver la escuela de Léntulo Baciato, el lugar mismo en que había comenzado la rebelión de los esclavos, y preguntó a Craso si quería llevarles allí y ser su guía y mentor. Era una gloriosa noche, fresca y balsámica, plena con el perfume de los capullos primaverales que florecían por doquier en la ciudad. Comenzaba a levantarse en el cielo una enorme luna amarilla, a cuya luz esa noche no habría dificultad para encontrar el camino.

En la plaza del foro había una multitud en torno al general y, además, se planteaba la cuestión diplomática de separar a las dos muchachas de la familia de Helena, pero ésta insistió en que Cayo actuara como acompañante de ellas. Tan ebrio estaba que aceptó de inmediato. Se puso de pie tambaleando levemente y miró a Craso con ojos de adoración. El general arregló los detalles oficiales y poco después los cuatro se hallaban instalados en las literas en dirección a la puerta Apia. Los guardias apostados a la entrada saludaron al general y éste estuvo un momento bromeando con ellos, entre quienes distribuyó un puñado de monedas de plata. También les pidió que lo orientaran.

—¿Así que usted nunca estuvo allí? —preguntó Helena.

—No. Nunca he estado en ese lugar.

—¡Es muy extraño! —hizo notar Helena—. Me parece que si yo fuera usted habría querido verlo, al menos por la forma en que se entrelazan en ese lugar su vida y la vida de Espartaco.

—Mi vida y la muerte de Espartaco —comentó Craso con calma.

—El lugar no es gran cosa ahora —les dijo el capitán de la guardia—. El viejo lanista hizo allí una tremenda inversión y todo parecía encaminado a que se hiciera millonario. Pero después de la rebelión pareció como si la mala suerte le pisara los talones, y cuando uno de sus esclavos lo mató, el sitio quedó clausurado, en litigio. Y no ha vuelto a abrirse desde entonces. Las otras grandes escuelas de gladiadores se mudaron dentro de la ciudad. Dos de ellas ocuparon casas de vecindad.

Claudia bostezó. Cayo dormía en su litera.

—En cuanto a la historia del levantamiento, en la que escribió Flacio Monaaia —prosiguió alegremente el capitán— se dice que la escuela de Baciato estaba ubicada en el centro de la ciudad. Ahora llevamos allí a los visitantes. Pero créanme, mi palabra no tiene importancia frente a la palabra del historiador. La escuela de Baciato es fácil de encontrar. Sigan ese sendero al costado del arroyo. Con esta luna se ve tan claro como si fuera de día. Es imposible que no encuentren el circo. El palco de madera lo corona.

Mientras hablaban, pasó por la puerta un grupo de esclavos con espadas y picos. También llevaban una escalera y una canasta de mimbre. Fueron hasta donde se levantaba el gran crucifijo, el primero y más simbólico de los símbolos de castigo, la primera de las seis mil cruces que señalaban la ruta hacia Roma. Al colocar la escalera junto a la cruz, una bandada de cuervos revoloteó graznando.

—Pero ¿qué están haciendo? —preguntó de pronto Claudia.

—Están matando a un perro para que podamos poner a otro perro en su lugar —respondió despreocupadamente el capitán de la guardia—. Por la mañana el superviviente de la munera sine missione recibirá los honores a que tiene derecho. Allí morirá el último de los esclavos que estuvo con Espartaco.

Claudia se estremeció.

—Me parece que no tengo deseos de ir con vosotros —le dijo a Craso.

—Si quiere volver a casa, puede hacerlo… ¿Puede ordenar que la acompañen dos de sus hombres? —preguntó al capitán.

Cayo, que roncaba confortablemente, permaneció con ellos. Helena deseaba caminar y Craso asintió y dejó la litera para hacerle compañía. Las literas iban delante, y el gran financiero y general y la joven las siguieron a la luz de la luna. Cuando pasaron frente al crucifijo, los esclavos estaban bajando los restos deshechos, picoteados por los pájaros, ennegrecidos por el sol, del hombre que había muerto allí. Otros esclavos cavaban en la base de la cruz y metían cuñas para ajustaría y mantenerla firme.

—¿No hay nada que le desagrade? —preguntó Craso a Helena.

—¿Por qué habría de desagradarme una cosa así? Craso se encogió de hombros.

—No lo he dicho en tono de crítica, como se imaginará. Me parece que es digno de admiración.

—¿El que una mujer no se comporte como mujer?

—Yo acepto el mundo en que vivimos —respondió Craso sin comprometerse—. No conozco otro mundo. ¿Y usted?

Helena movió la cabeza sin hablar y siguieron caminando. No había mucha distancia hasta la escuela, y el paisaje, hermoso de día, se convertía a la luz de la luna en un mundo verdaderamente irreal. En ese momento vieron frente a ellos los muros del circo. Craso indicó a los lecticiarios que podían dejar allí las literas y permanecer junto a ellas hasta que regresaran. Luego prosiguió caminando junto a Helena.

Vacío, el lugar resultaba pequeño y sórdido. Gran parte de la verja de hierro que circundaba el campo de ejercicios, había sido robada. Las construcciones de madera estaban ya en mal estado y media pared del circo se había desmoronado. Craso y Helena fueron hasta la pista de arena y desde allí miraron el palco. El lugar parecía reducido y estaba lleno de maleza, pero la arena relucía como plata bajo la luz lunar.

—Oí a mi hermano hablar de esto —dijo Helena—, pero lo describía de tal forma que ahora me resulta insignificante.

Craso intentó relacionar los campos de la muerte, las sangrientas batallas y las interminables y agotadoras campañas con aquella pequeña escuela destartalada, pero no pudo. Para él nada significaba ni nada le inspiraba.

—Quiero subir al palco —dijo Helena.

—Por supuesto. Pero tenga cuidado. La madera puede estar podrida.

Subieron hasta el palco que había sido el orgullo y la felicidad de Baciato. El toldo a rayas colgaba hecho jirones y de entre los restos de los viejos almohadones escaparon algunas ratas. Helena se sentó en uno de los divanes y Craso lo hizo a su lado. Entonces Helena dijo:

—¿No siente usted nada hacia mí?

—Pienso que usted es una joven dama muy hermosa e inteligente —respondió Craso.

—Y yo, gran general —dijo ella en voz baja—, pienso que usted es un cerdo.

Él se inclinó hacia ella y ella le escupió en pleno rostro. Pese a la tenue luz, pudo ver ella cómo se le encendían de ira los ojos.

Éste era el general; ésta era la pasión que nunca se había manifestado en palabras. Él la golpeó y el golpe la arrojó fuera del diván y la hizo caer sobre la podrida empalizada, que se desmoronó bajo su peso. Allí estaba ella, tendida a medias sobre el borde del palco, con la pista de arena seis metros abajo de ella, pero pudo rehacerse y volver a su lugar, y el general no hizo el menor movimiento. Inmediatamente se lanzó sobre él cual si fuera una gata salvaje, arañandolo y mordiéndolo, pero él la sujetó por ambas muñecas y la mantuvo a distancia, mientras con una fría sonrisa le dijo:

—La realidad es diferente, querida. Lo sé.

Una vez hubo pasado el acceso de ira y de furia, Helena se echó a llorar. Lloraba como una niña malcriada, y, mientras ella lloraba, él le hizo el amor. Ni se resistió ni se alegró, y cuando él hubo terminado aquel acto carente de pasión o urgencia, le preguntó a ella:

—¿Era eso lo que querías, querida?

Ella no respondió, sino que ordenó sus ropas y su cabello, limpió las manchas de lápiz labial que cubrían su rostro e hizo desaparecer las sombras de tinte de los ojos que se habían deslizado por las mejillas. Salió delante de él en dirección a las literas y se introdujo silenciosamente en la suya. Craso prefirió caminar; los lecticiarios volvieron por el sendero a Capua, y Cayo aún dormía. La noche casi había terminado y la luna estaba perdiendo su radiante luminosidad. Una nueva luz asomó sobre la tierra y de pronto una nube gris iba a unir la luz lunar con la claridad del día. Craso, por algún motivo, sintió una renovada vibración de vida y pujanza. Se apoderó de él un sentimiento raramente experimentado, una sensación de vitalidad y fortaleza en tal medida que casi le hacía creer las viejas leyendas según las cuales algunos escasos elegidos de la humanidad son engendrados en mujeres mortales por los dioses. Pensó si no sería posible que él fuera uno de aquellos seres. Bastaba con considerar la forma en que había sido favorecido. ¿Por qué, entonces, no habría de ser uno de tales semidioses?

La litera de Craso avanzaba paralela a la litera de Helena, y ésta lo miró de forma extraña y preguntó:

—¿Qué es lo que usted quiso expresar antes cuando me dijo que la realidad era diferente? ¿Acaso yo no soy real? ¿Por qué dijo una cosa tan terrible? —¿Fue tan terrible?

—Usted sabe lo terrible que fue. ¿Qué es la realidad?

—Una mujer.

—¿Qué mujer?

Su frente se ensombreció y movió la cabeza. Luchó fuertemente por retener su sensación de esplendor y lo logró en gran parte. Al llegar a la puerta Apia, dejó su litera y se dirigió al capitán de la guardia, luchando aún por seguir considerándose como un elegido de los dioses. Y con bastante sequedad le dijo al capitán:

—¡Envíe rápidamente un destacamento que la acompañe hasta su casa!

El capitán obedeció y Helena fue llevada a la ciudad sin siquiera recibir las buenas noches. Craso se quedó cavilando en la profunda obscuridad de la puerta. El capitán y las tropas de guardia lo observaban con curiosidad. Entonces Craso preguntó:

—¿Qué hora es?

—La última hora casi ha pasado. ¿No se siente fatigado, señor?

—No, no estoy fatigado —dijo Craso—. No siento fatiga alguna, capitán. —Y dulcificando algo la voz, agregó—: No hace mucho tiempo, yo montaba guardias cómo esta.

—Las noches son muy largas —admitió el capitán—, pero dentro de media hora el lugar se verá de manera muy diferente. Comenzarán a llegar los vendedores de verduras, los lecheros con sus vacas, los transportistas, los pescadores y todos los demás. Ésta es una puerta muy transitada. Y hoy por la mañana van a poner al gladiador allí. —Y con la cabeza señaló la cruz, que emergía vaga y gris, a medias visible en la penumbra del amanecer.

—¿Habrá mucha gente? —preguntó Craso.

—Bueno, señor, no tanta como al comienzo, pero la habrá a medida que transcurra el día. Tengo que admitir que hay una fascinación peculiar en observar cómo se crucifica a un hombre. A mediodía las puertas y los muros de los alrededores estarán cubiertos de gente. Pensará usted que habiéndolo visto una vez, basta, pero parece que no es así.

—¿De quién se trata?

—Eso no podría decirlo. Un gladiador, simplemente. Uno muy bueno, supongo, y casi siento lástima por el pobre diablo.

—Guárdese su compasión, capitán —le dijo Craso.

—No quise decir eso, señor. Me refería a que uno siempre siente algo así por el último de un munera.

—Si le interesan las probabilidades matemáticas, ese munera comenzó hace mucho tiempo. Y alguno tenía que ser el último hombre.

—Me imagino que sí.

La última hora había pasado. Con la luz del día comenzó la hora primera. La luna había empalidecido y el cielo adquirió un color de leche sucia. La niebla matutina lo cubría todo, excepto allí donde se extendía hacia el norte la obscura línea de la gran ruta. Contra la creciente luminosidad del cielo se destacaba rígida y desvaída la forma de la cruz, y, hacia el este, un leve resplandor rosáceo anunciaba la salida del sol. Craso estaba satisfecho de haber decidido no dormir. Su estado de ánimo era adecuado al amargo dulzor del comienzo del amanecer. El alba es siempre una mezcla de pena y deleite.

Un niño de unos once años llegó al paso, llevando una jarra en sus manos. El capitán apostado en la puerta lo saludó y tomó la jarra.

—Es mi hijo —explicó a Craso—. Todas las mañanas me trae vino caliente. ¿Quisiera usted saludarlo, señor? Para él eso tendrá enorme significado. Después lo recordará. Su nombre gentil es Lichto y su nombre propio, Mario. Sé que es un atrevimiento de mi parte pedirlo, señor, pero significará tanto para él y para mí.

—Salud, Mario Lichto —dijo Craso.

—Yo lo conozco —le dijo el niño—. Usted es el general. Ayer lo vi. ¿Dónde está su pectoral de oro?

—Era de bronce, no de oro, y me lo quité porque es muy incómodo.

—Cuando yo tenga uno, no me lo quitaré nunca.

«Así vive Roma y así vivirán eternamente las glorias y las tradiciones de Roma», pensó Craso. La escena, en cierto sentido, lo emocionó mucho. El capitán le ofreció la jarra.

—¿Quiere usted beber, señor?

Craso movió la cabeza. A la distancia se oyó el redoble de tambores y el capitán entregó la jarra al niño e impartió órdenes a la guardia de la puerta. Los soldados formaron en línea junto a las puertas abiertas de par en par, con los escudos apoyados en tierra a su lado y las pesadas lanzas esgrimidas hacia delante en presentación de armas. La posición era incómoda y difícil y Craso se sintió molesto, ya que sospechaba que de no haber estado allí no se habrían esmerado en efectuar aquel despliegue de armas. El redoble de los tambores se hizo más intenso y por una amplia avenida que se extendía de la puerta al foro aparecieron las primeras filas de una banda militar. El sol naciente iluminaba ya la parte superior de los edificios más elevados y casi al mismo tiempo aparecieron algunas personas en las calles. Avanzaban hacia la puerta y en dirección al sonido de la música marcial.

La banda estaba formada por seis tambores y cuatro pífanos; luego venían seis soldados, y, tras ellos, el gladiador, desnudo y con los brazos fuertemente atados a la espalda; luego, una docena más de soldados. Era un despliegue considerable para tan sólo un hombre, y éste no tenía el aspecto de ser ni muy peligroso ni muy fuerte. Mas luego, cuando estuvo más cerca, Craso cambió de opinión: era peligroso, sin duda… Hombres así son peligrosos. Se les ve en el rostro. En su cara no había nada de esa abierta cordialidad y franqueza que se advierte en el rostro de un romano.

Tenía rostro de halcón, nariz combada, la piel fuertemente estirada sobre sus salientes pómulos, labios finos, y los ojos verdes e impregnados de odio como los de un gato. Su rostro rezumaba odio, pero odio inexpresivo, como el odio de un animal, y el rostro era una máscara. No era demasiado alto, pero sus músculos parecían estar constituidos de cuero y tralla. Tenía sólo dos heridas recientes en el cuerpo, una en lo alto del pecho y otra en el flanco, pero ninguna de las dos era muy profunda y la sangre se había coagulado sobre ellas. No obstante, bajo las heridas y cubriéndole todo el cuerpo había un verdadero tapiz de cicatrices. En una de las manos le faltaba un dedo y le habían cortado una oreja al ras.

Cuando el oficial que dirigía el destacamento vio a Craso, levantó el brazo para hacer que sus hombres hicieran alto y luego avanzó y saludó al general. Evidentemente, era totalmente consciente de cuan significativo era ese momento.

—Jamás soñé que tendría el honor y el privilegio de verlo aquí, señor —dijo.

—Es un accidente afortunado —asintió Craso.

Tampoco él pudo escapar a la ajustada yuxtaposición de su persona y la del último representante del ejército de los esclavos.

—¿Lo va a poner ahora en la cruz?

—Ésas eran mis instrucciones.

—¿Quién es? Me refiero al gladiador. Es evidente que se trata de un viejo conocido de la arena del circo. Tiene marcas de espada en todas las partes del cuerpo. ¿Sabe usted quién es?

—Es muy poco lo que sabemos. Era oficial y comandaba una cohorte o tal vez algo más que eso. Además, parece ser judío. Baciato tenía varios judíos, que algunas veces son mejores que los tracios en el manejo de la sica. En realidad, Baciato presentó una denuncia referente a un judío llamado David que, juntamente con Espartaco, fue uno de los dirigentes iniciales de la insurrección. Puede que sea éste, aunque puede que no. Jamás quiso hablar desde que se lo trajo aquí para participar en el munera. Peleó muy bien… Juro que nunca vi un trabajo igual con la daga. Peleó en cuatro parejas y ahí lo tiene, con sólo dos cortes en el cuerpo. Yo vi a tres de las parejas, y jamás presencié nada mejor con la daga. Al final supo que iría a parar a la cruz, pero siguió luchando como si la victoria fuera a ser sellada con la libertad. No puedo comprenderlo.

—No… Bueno, la vida es un asunto extraño, joven.

—Sí, señor. Estoy de acuerdo con eso.

—Si éste es el judío David —dijo Craso pensativo—, entonces existe una justicia irónica, después de todo. ¿Puedo hablar con él?

—Por supuesto… por supuesto… No creo, sin embargo, que logre satisfacción alguna de parte de él. Es hosco, un bruto silencioso.

—Creo que lo intentaré.

Fueron hasta donde estaba el gladiador, rodeado ya por la creciente multitud que los soldados debían contener. Con cierta pomposidad el oficial anunció:

—Gladiador, se te honra singularmente. Éste es el pretor, Marco Licinio Craso, y condesciende a dirigirte la palabra.

Cuando se anunció el nombre, la multitud rompió en aclamaciones, pero el esclavo debía de ser sordo en vista de la reacción que tuvo ante tales palabras. Inmóvil, permaneció con la vista clavada hacia delante. Los ojos le brillaban como trozos de piedra verde, pero ningún otro indicio de vida asomó a su rostro.

—Tú me conoces, gladiador —dijo Craso—. ¡Mírame! El gladiador desnudo continuó inmóvil, y el oficial al mando del destacamento avanzó entonces y le cruzó el rostro con una bofetada.

—¿Quién te está dirigiendo la palabra, cerdo? —le gritó. Volvió a pegarle. El gladiador no intentó eludir el golpe, y Craso comprendió que si aquello continuaba, poco iba a conseguir.

—Es suficiente, oficial —dijo Craso—. Déjelo tranquilo y prosiga con lo que tiene que hacer.

—Lo siento muchísimo, señor. Pero no ha hablado. Es posible que no pueda hablar. Ni sus propios compañeros lo oyeron hablar nunca.

—No tiene importancia —dijo Craso. Los observó mientras se dirigían hacia el crucifijo a través de la puerta. Pasaba por ella una corriente ininterrumpida de gente, que se instalaba a lo largo del camino, desde donde podía observarse sin obstáculo alguno todo el procedimiento. Craso marchó cruzando por entre la multitud hasta la base de la cruz, intrigado a su pesar por ver la reacción del esclavo. La reticencia inconmovible del hombre se había convertido en una especie de desafío, y Craso, que nunca había visto a un hombre, fuere cual fuere su fortaleza, ir a la cruz en silencio, comenzó a imaginar el tipo de reacción que en este caso provocaría.

Los soldados estaban habituados a la tarea de las crucifixiones, y se dedicaron a su trabajo rápida y eficientemente. Pasaron una cuerda por debajo de los brazos del esclavo, que seguía maniatado a la espalda. Tiraron de la cuerda hasta que ambos lados fueron iguales en longitud. La escalera, que los esclavos habían dejado allí la noche anterior, fue apoyada en la parte posterior de la cruz. Los dos extremos de la cuerda fueron lanzados por encima de los brazos de la cruz, y un par de soldados los sujetaron. Luego, con rápida destreza, el gladiador fue levantado casi hasta el brazo horizontal. Otro soldado montó por la escalera y sostuvo al gladiador mientras los de abajo tiraban de las cuerdas. Ahora colgaba con los hombros apenas debajo de la intersección de los brazos de madera. El soldado que se hallaba en la escalera saltó sobre la cruz y otro, que portaba un martillo y varios clavos largos de hierro, subió por la escalera y se colocó a horcajadas sobre el lado opuesto del brazo horizontal.

Entretanto Craso observaba con interés al gladiador. Aunque el cuerpo desnudo de éste se encogió cuando lo subieron pegado a la rústica madera de la cruz, su rostro continuó impasible, impasibilidad que mantuvo aún ante la dolorosa mordedura de la cuerda. Colgaba inmóvil e inerte mientras el primer soldado dio una vuelta de cuerda alrededor de su pecho y por debajo de los brazos, para terminar atando la cuerda sobre la barra de la cruz. Entonces la primera cuerda fue lanzada a lo largo y hacia atrás hasta llegar al suelo. A continuación cortaron la cuerda que le sujetaba las manos y cada uno de los soldados levantó uno de sus brazos y lo sujetó con un trozo de cuerda al extremo del brazo de la cruz. El gladiador no dio muestras de dolor hasta después que el segundo soldado le abrió y mantuvo abierta la palma de la mano, colocó en ella un clavo y lo hundió en la madera con un fuerte golpe de martillo. Ni aun entonces dijo palabra ni gritó, pero su rostro hizo una contorsión y el cuerpo se encogió espasmódicamente. Otros tres golpes de martillo hicieron entrar el clavo unos trece centímetros en la madera, y el golpe final torció la cabeza de éste, con el fin de que la mano no pudiera deslizarse hacia afuera. A continuación el mismo proceso se repitió con la otra mano, y nuevamente el gladiador hizo una contorsión de dolor y nuevamente su rostro se contrajo a la par que el clavo pasaba por los músculos y tendones de su mano. Pero siguió sin gritar, aunque rodaron lágrimas de sus ojos y la saliva escapó de su boca entreabierta.

La cuerda en torno a su cuerpo fue cortada, de modo que colgaba enteramente de las manos, con el solo soporte de la cuerda en torno a cada muñeca para aminorar el peso soportado por los clavos. Los soldados descendieron por la escalera, que fue retirada, y la multitud —constituida en esos momentos por centenares de personas— aplaudió la habilidad con que se había crucificado a un hombre en apenas unos minutos…

Entonces el gladiador se desmayó.

—Siempre se desmayan —explicó el oficial a Craso—. Es a causa de la conmoción producida por los clavos. Pero siempre recuperan la conciencia y a veces transcurren veinte o treinta horas antes de que se desvanezcan de nuevo. Tuvimos a un galo que permaneció consciente durante cuatro días. Perdió el habla. No podía gritar más, pero continuaba consciente. Nunca hubo nada parecido, pero aun él se desmayó cuando le clavaron los clavos en las manos. ¡Dios mío, cuánta sed tengo! —Abrió una petaca, bebió con ansias y se la ofreció a Craso—: ¿Agua de rosas?

—Gracias —dijo Craso.

De pronto se sintió fatigado y sediento. Bebió cuanto quedaba en la petaca. La multitud aumentaba, y señalándola con un movimiento de cabeza, Craso preguntó:

—¿Se quedarán aquí todo el día?

—La mayoría permanecerá tan sólo hasta que recobre el conocimiento. Quieren ver qué es lo que hará entonces. Hacen cosas curiosas. Muchos gritan llamando a su madre. Usted nunca había imaginado que los esclavos hicieran eso, ¿verdad?

Graco se encogió de hombros.

—Tendré que despejar ese camino —prosiguió el oficial—. Bloquean el tráfico. Usted puede pensar que tienen el suficiente sentido común como para dejar despejada una parte del camino, pero se equivoca; nunca lo hacen. Siempre actúan igual. La multitud no tiene sentido alguno. —Y destacó a dos soldados para que despejaran el camino lo suficiente para que pudiera pasar el tráfico.

—Quisiera saber —le dijo a Craso—, quisiera saber si podría formularle una pregunta, señor. Es posible que sea algo que a mí no me incumba, pero tengo una enorme curiosidad por saber por qué dijo usted hace un rato que, si éste era el judío David, había de por medio una irónica justicia. O algo por el estilo…

—¿Yo dije eso? —preguntó Craso—. Francamente no sé qué es lo que quise decir o intenté decir.

Ya se había hecho todo, y la mayor parte del pasado debía permanecer en la más absoluta calma y discreción. Escasa gloria había en vencer a esclavos. Los triunfos y las grandes devociones eran para otros; para él sólo quedaban pequeñas satisfacciones como la carnicería de los crucifijos. ¡Qué cansado estaba de matanzas, de muertes y de torturas! Pero ¿dónde ir para escapar de aquello?

Cada vez más la sociedad que estaban creando era la de la vida reposando en la muerte. Jamás en toda la historia del mundo la matanza en masa había sido elevada a tal plano de precisión y cantidad. ¿Y dónde iría a parar y en qué terminaría? Recordó entonces un incidente ocurrido poco después de que hubiera asumido el mando de las derrotadas y desmoralizadas fuerzas de Roma. Había entregado tres legiones a su amigo y compañero de infancia, Pilico Mummio, hombre que ya había participado en dos importantes campañas, y le había dado instrucciones de hostigar a Espartaco y tratar de separar parte de sus fuerzas. En lugar de lograrlo, Mummio cometió el error de caer en una celada, y sus tres legiones, enfrentadas sorpresivamente a los esclavos, emprendieron una huida ciega y fueron presa de un pánico tan vergonzoso como jamás había ocurrido en la historia de los ejércitos romanos. Recordaba el indescriptible vapuleo verbal que había propinado a Mummio; recordaba los insultos que le había dirigido y cómo lo había tratado de cobarde. Pero no podía extralimitarse con un hombre como Mummio. Con las legiones era distinto. Cinco mil hombres de la séptima legión fueron puestos en fila y de cada diez se separó a uno y se lo ejecutó por cobardía. «Deberías haberme matado a mí», le había dicho Mummio tiempo después.

Lo recordaba ahora perfectamente bien, ya que eran precisamente Mummio y el ex cónsul Marco Servio por la suerte que habían corrido, quienes habían hecho que anidara en él el más profundo odio hacia los esclavos. Recordaba un relato al respecto, pero como en todos los relatos provenientes del campo de los esclavos, era difícil separar la verdad de la mentira. Marco Servio era responsable, en cierta medida, de la muerte de un galo de nombre Crixo, uno de los más queridos compañeros de Espartaco, a quien había logrado separar del grueso del ejército, hasta rodearlo, y allí murió con sus tropas. De modo que, mucho tiempo después, cuando Servio y Mummio fueron hechos prisioneros por Espartaco y juzgados ante un tribunal de esclavos, se dijo que un judío llamado David había hecho objeciones a la muerte de ambos, o tal vez el judío llamado David había hecho objeciones a la forma en que se les iba a dar muerte. Craso no estaba seguro. Habían muerto luchando como pareja de gladiadores. A aquellos dos líderes de ejércitos romanos, de mediana edad, se les desnudó, se le entregó un puñal a cada uno y se les condujo a una pista de arena para que se enfrentaran en un combate a muerte. Ésa fue la única vez que Espartaco hizo una cosa así, pero Craso no la olvidó ni la perdonó nunca.

Por cierto que nada de eso podía contárselo al oficial, allí a la sombra del crucifijo.

—Francamente no sé qué es lo que quise decir —dijo Craso—. No tenía importancia.

Estaba fatigado, y decidió regresar a su residencia y dormir.