CAPÍTULO 36
ESTOY en el parque que hay frente a mi apartamento, leyendo la extraña carta que Aquene me ha dejado en el buzón, mientras Héctor columpia a Zoé y ella lo mira embobada. Es evidente que mi sobrina adora a Héctor, y desde luego, ese sentimiento de adoración es mutuo, porque él la trata como si fuese su hija consentida.
Querida Sara: Sé que le prometiste a mi abuela que cuidarías de mí y me ofrecerías una familia, pero en estos momentos, estoy demasiado conmocionada para abrirme a otras personas. Estoy segura de que algún día podré tratar a Zoé como mi sobrina, pero en estos momentos, no puedo observarla sin recordar a mi hermano, por el que como ya sabes, no siento ningún aprecio .
Me voy lejos de aquí. Volveré cuando esté preparada. Espero que me entiendas, Aquene. ─ Has leído esa carta varias veces. Apuesto a que te la sabes de memoria─me dice Héctor, sentándose a mi lado. Aprovecho que mi sobrina está jugando con otros niños de su edad para hacerlo partícipe de mis inquietudes. Desde que hemos vuelto juntos, no le oculto nada. Y él me ofrece su consejo y comprensión, lo cual es un alivio. Sé que haga lo que haga, Héctor estará a mi lado sin sentir la necesidad de juzgarme. ─Estoy confundida por la decisión que ha tomado Aquene. Por más que me pongo en su piel, no soy capaz de comprenderla. Zoé es la hija de Goyathlay, pero los hijos no son los culpables de los crímenes de sus padres. Si Aquene la hubiera conocido... ─me lamento. ─Entiendo que te sientas así, Sara. Para mí Zoé es la niña más increíble del mundo. Pero en cierto modo, puedo comprender a Aquene. Te aseguro que sólo necesita tiempo para asimilar las cosas. ─¿Sabes qué es lo peor? Que yo estuve a punto de cometer el mismo error con mi hermana. En cuanto supe de su existencia, sentí tal rencor que le dije a mi padre unas cosas horribles. Me avergüenzo de haber dicho y pensado unas cosas tan horribles, y creo que soy una mala persona por ello. Si pudiera retroceder en el tiempo, no lo haría. ─Eres humana, y es normal que sintieras frustración al conocer la existencia de otra hermana, cuando lo único que deseabas era tener a Érika contigo. Pero rectificaste, y eso es lo importante. ─No sé cómo actuar con Adela...A veces creo que me supera... ─Tiene el mismo genio de su hermana─bromea él. Lo fulmino con la mirada, pero él me acerca hacia su pecho y me acoge entre sus brazos. Entonces lo veo. A mi padre, observando desde la distancia a Zoé. Me tenso de inmediato, y la leona protectora que hay en mí hace acto de presencia. ─Llévate a Zoé a casa. No quiero que él se acerque a ella. ─Sara, es tu padre. Su abuelo. ─Me importa una...─rectifico a tiempo, y me muerdo el labio. Supongo que tiene razón, aunque me pese. No soy nadie para negarle a Zoé tener una relación con su abuelo. Mi padre se acerca hacia nosotros, y estudia a Héctor con curiosidad, como si quisiera darle su aprobación. Ni que a mí me importara eso... ─Tú debes de ser Héctor─lo saluda, con un apretón de manos. Héctor se lo devuelve. ─Supongo que quieres conocer a tu nieta...─le digo. Mi padre asiente, y ensancha una sonrisa al observar a la niña. ─Se parece tanto a tu hermana y a ti...nunca imaginé que fuera tan preciosa. Sé que no soy nadie para reclamar una relación, pero me gustaría visitarla de vez en cuando, consentirla como hacen los abuelos, llevarla al colegio, al parque de atracciones... ─Claro que eres alguien. Tienes todo el derecho, eres su abuelo. Me alegro de que por una vez estés haciendo las cosas bien. Héctor me observa orgulloso. Me acerco hacia donde está mi sobrina, y me agacho para estar a su altura. Le sonrío de oreja a oreja, y ella me devuelve la sonrisa. ─Zoé, quiero que conozcas a alguien muy especial. Es tu abuelo...y mi padre. ¿Quieres conocerlo? Ella frunce el entrecejo, y sé que esto la ha pillado desprevenida. Al final, asiente poco convencida, y yo la cojo de la mano para ir hacia donde Héctor y mi padre nos están esperando. ─Hola Zoé, soy tu abuelo Alberto─se presenta él. La pequeña lo estudia con detenimiento y desconfianza, hasta que se esconde detrás de mis piernas y se niega a saludarlo. Mi padre pone tal cara de tristeza, que incluso a mí logra darme pena. ─Tiempo al tiempo, seguro que dejará de rehuirte─le aseguro. ─Gracias Sara. De verdad que estoy muy sorprendido de que hayas tomado esta decisión. ─Lo mejor para Zoé es lo primero para mí─le aseguro. ─Respecto a Adela... ─Lo sé, me gustaría volver a verla, pero no sé cómo actuar. Tienes una hija muy difícil. ─Tú también eres difícil ─replica él. Héctor trata de mediar entre nosotros. ─¿Por qué no la invitas a cenar? Una de las dos tiene que dar el primer paso, y tú eres la hermana mayor─me anima Héctor. ─Supongo─me encojo de hombros. Soy reacia a que funcione, pero por intentarlo... ─La traeré a las diez─acuerda mi padre─; y Sara, gracias por contarme que Adela faltaba a clase. Ya no ha vuelto a hacerlo, y aunque no te lo creas, estaba tan arrepentida que ha dejado de relacionarse con esas amistades y ha empezado a aprobar las asignaturas. No sé lo que le has dicho, pero ha surtido efecto. A mí nunca me hacía caso. Me despido de él con un apretón de manos, y sé que me va a ser imposible tener la relación padre e hija que él espera de mí. Una relación cordial es todo lo que puedo ofrecerle, pues la separación de todos estos años lo ha convertido en un extraño al que no siento interés por conocer. Héctor se queda toda la tarde en mi apartamento, ayudándome a preparar la cena. Es decir, yo lo ayudo a cocinar mientras él carga con toda la responsabilidad. Por más programas de Karlos Arguiñano que veo, no soy capaz de freír un huevo sin que el aceite salpique. ─¿Sabes si tu hermana es alérgica a algo?─me pregunta. Joder, menos mal que él siempre está atento a todo. ─Al gluten. ─Pues voy a tener que ir a comprar harina sin gluten. No quiero que se lleve una mala impresión de su cuñado─bromea, quitándose el delantal. Está tan ridículo y sexy al mismo tiempo con el delantal rosa, que me muerdo el labio y le suelto una cachetada en ese trasero duro y redondo que tanto me gusta. Él me lanza una mirada iracunda, y me promete que piensa cobrárselo esta noche, en la cama. ─Yo voy a comprar, así me hago una idea de lo que nos espera en esta cena─le digo. ─No seas dramática... Antes de que pueda decir nada más, lo acerco a mí y lo beso en los labios. En unos segundos estamos apretados contra la pared, devorándonos la boca y con las manos del otro en todo nuestro cuerpo. Me acaloro, y le permito un pleno acceso en el cuello, soltando un gemido cuando él me clava los dientes en la piel, para luego saborearme con la lengua. ─¡Que me cierran la tienda!─lo separo de un empujón. Héctor suelta un resoplido. ─Sara ─me llama disgustado. Al volverme, su expresión compungida me da risa. ─¿Te he dicho ya lo mucho que me gustan tus pechos? ─Ajá...un montón de veces─respondo yo, toda orgullosa. ─Pues bájate la camiseta. A esas sólo las veo yo─me ordena, echándole una mirada burlona a mis pechos desnudos. Me sonrojo y me bajo la camiseta, soltando una risilla. ─Que te lo has creído, ¡con lo que me gusta a mí hacer topless en la playa!─le suelto, para molestarlo. Él abre mucho los ojos, pero yo salgo corriendo antes de que me pueda decir nada más. ─¡Sara, eso tenemos que angustiado. Hombres... Voy caminando hacia la expresión angustiada de Héctor, me río tontamente, a pesar de que mucha gente se me queda mirando, como si estuviera loca. ¿Será que ellos no saben lo que es estar enamorado? ¡No saben lo que se pierden! Al llegar a la tienda, me encuentro con que el dueño está echando la persiana, y voy corriendo hacia él, hasta que llego con el corazón acelerado y la lengua hacia afuera. hablarlo!─lo oigo exclamar, muy
tienda, y cada vez que recuerdo la ─ ¿Está cerrado?─ante la mala cara que me ofrece, decido seguir otra estrategia─. Sólo será un minutito. Necesito harina sin gluten. Es una urgencia.
─ Pues haber venido antes─me espeta, echando la persiana y dejándola caer sobre la acera de mala manera, provocando un gran estruendo.
─ Pero si no le cuesta nada... ─Está cerrado─repite, señalándome el cartel de mala manera. ─¿Tiene usted un familiar celiaco?─le pregunto, intentando darle
un poquito de pena. El tipo se cruza de brazos, y suelta un bostezo en toda mi cara. Menudo irrespetuoso. ─¿No? ¡Pues que le den morcilla!─le suelto, y me voy corriendo hacia un supermercado que se encuentra a un kilómetro de distancia de donde vivo. Al final, logro llegar antes de que cierren, y compro varios kilos de harina sin gluten, por si algún día vuelve a hacer falta. Espero que sí. Prefiero pensar que no será la última vez que Adela venga a cenar a casa. Camino de vuelta al apartamento, con una sonrisa de oreja a oreja y sintiendo que por primera vez desde hace tiempo, estoy haciendo las cosas bien. Héctor y yo nos lo contamos todo, bueno, ya sabes, de vez en cuando hay algún que otro secretillo, cosas sin importancia que no tienen por qué decirse... Me quedo paralizada al contemplar a Mike a lo lejos, y durante unos segundos, no sé si echar a correr o pedirle a Dios que me convierta en la chica invisible. Y entonces él me ve. Durante unos segundos, nos quedamos quietos, apenas a unos metros el uno del otro. No tengo ni idea de lo que está haciendo en España, pero lo único que sé con certeza es que la fecha del concierto que sería decisiva para nosotros pasó hace un par de días. Con una incomodidad palpable, camino hacia donde está y al llegar a su encuentro, le sonrío. Él parece tan asombrado como yo de habernos encontrado por casualidad. ─Hola Mike─lo saludo, y le doy un beso en la mejilla con cierta torpeza. Él quiere devolvérmelo, y sin querer me echo hacia atrás. Al darme cuenta de mi falta de cortesía, me inclino hacia él, ladeo la cabeza y nuestros labios se rozan tímidamente. Me sobresalto yéndome hacia atrás, y pongo las manos entre nosotros, con la intención de separarnos. Joder, mantén la calma. Dile lo que le tengas que decir y vuelve con Héctor. ─Qué sorpresa, Sara─me dice, un tanto irritado. Sí, es evidente que no se alegra de verme. ─Pensaba llamarte, Mike─le aseguro. ─¿Ah sí? Por la cara que has puesto, es evidente que esto ha sido un imprevisto─me suelta, con acritud. ─Creí que estabas en Alemania, y no te merecías que te diera una explicación mediante un mensaje de texto o una llamada. Habría sido lo más fácil, pero no lo más justo, ¿no crees?
Él asiente, y por primera vez, relaja la expresión. ─ Esperaba que vinieses a ese concierto, pero supongo que ya no tiene importancia. ─De verdad que lo siento. Intenté que funcionara, pero supongo que no estamos hechos el uno para el otro─le digo, siendo totalmente honesta─. Eres encantador, divertido y lo he pasado tan bien contigo que jamás lo olvidaré, pero estoy enamorada de otra persona, y no he podido olvidarlo. ─¿Habéis vuelto juntos? ─exige saber. Asiento sin vacilar, porque no quiero mentirle. Pero esta situación es incómoda para mí. Lo último que necesito es hacerle daño a Mike. ─Vaya...eso sí que no me lo esperaba─comenta con resignación. ─¿Qué haces aquí, Mike?─me intereso. ─He vuelto hoy. Tengo una semana libre antes de retomar la gira por el resto de Europa, y ya sabes que me encanta este país para perderme. No te iba a pedir explicaciones, si es lo que te estás preguntando. Eres libre de hacer con tu vida lo que quieras, y me alegro de que seas sincera. ─Gracias Mike. No sabes lo que significa para mí que me comprendas. ─¿Comprenderte? No lo hago. Simplemente respeto tu decisión. Pero nunca entenderé por qué lo elegiste a él, pudiendo quedarte conmigo ─me suelta con descaro, y me guiña un ojo. Me río sin poder evitarlo, y me alegro de que él no pierda ese carácter suyo que lo hace tan especial. ─Me olvidarás rápido─le aseguro. Y él lo sabe. Se encoge de hombros, como si eso no importara. ─Dicen que las cosas que valen la pena se hacen sin pedir permiso ─me asegura. Antes de que le pueda preguntar a qué se refiere, él me planta un beso que me deja sin palabras. Cierro los ojos y doy un respingo. Siento sus labios suaves sobre los míos, y antes de que pueda separarme y decirle que no debe hacer eso, él se separa de mí, me dedica una sonrisa ladeada y se marcha. Siempre será Mike Tooley.