CAPÍTULO 20
─ ¡Sara, te ordeno que te sientes a quince metros de distancia!─me grita Mónica, muy cabreada cuando le tiro el café hirviendo encima de su blusa blanca de Luis Vuitton.
Le paso un fajo de servilletas, y me termino mi cruasán relleno de chocolate en completo silencio. Hoy no es mi día. Hace una hora, he conseguido sacar de quicio a Janine al tropezarme con el bonsái que hay frente a la puerta de su despacho y arrancarle la mitad de las hojas.
Siempre he dicho que una oficina no es sitio para un bonsái. Mónica no me dirige la palabra durante el resto del día, aludiendo a que mi mala suerte es contagiosa y que deberá vacunarse antes de volver a comunicarse conmigo. Respecto al resto de mis compañeros, mi falta de ánimo es tan visible que nadie se dirige a mí en las sucesivas horas. De vez en cuando echo un vistazo al reloj, deseando que sean las tres y media para salir de la oficina, correr a mi apartamento y meterme bajo llave durante los próximos quinientos años, y honestamente no creo que vaya a vivir tanto tiempo. Lo extraño de todo esto es que, si reparo en mi discusión con Mike, me doy cuenta de que en realidad pienso en Héctor. Cuanto menos, es curioso. Ni siquiera tengo fuerzas para sentirme culpable, porque mi desgana se debe al hecho de que estoy empezando a darme cuenta de que lo mío con Héctor ha muerto definitivamente, y eso me aterroriza. Sí, he tenido demasiados meses para echarlo de menos y lloriquear sobre mi propia autocompasión, pero es ahora, cuando debería ir a pedirle perdón a Mike, que me doy cuenta de que disculparse cuando lo que en realidad quiero es volver con Héctor está fuera de lugar. Bienvenido a la vida de Sara Santana. Contradicciones, dificultad para llegar a fin de mes y un montón de problemas más. Mi móvil reposa silencioso sobre la mesa de mi despacho. No hay ninguna llamada. No hablo con Mike desde hace seis días, y respecto a Héctor, no ha respondido a ninguna de mis llamadas. Mañana, Mike se marchará a Alemania por dos meses. Podría ser práctica, y hacerle saber con mi ausencia que lo nuestro no tiene ningún futuro. O podría ser valiente, e ir a decirle a la cara que me gusta, pero que a veces eso no es suficiente. Porque estoy enamorada de Héctor, aún no lo he olvidado y ninguno de los dos se merece ser engañado. O podría inflarme a helado de chocolate, lo cual no solucionará lo que siento, pero me daría el efímero placer que necesito durante unos minutos. A las tres y media, voy a recoger a mi sobrina y pasamos la tarde jugando al Monopoly. La dejo ganar, y me siento tan bien conmigo misma al verla sonreír que me lleno de una inquietante euforia nerviosa. A la una de la madrugada soy incapaz de pegar ojo, por lo que le ato la correa a Leo y lo saco a dar un paseo. Cuando bajo las escaleras del portal, me encuentro con la silueta desgarbada e inconfundible de mi padre. Pienso en dar la vuelta, pero como en el fondo me ofende a mí misma el hecho de ser una cobarde, abro la puerta y lo saludo. ─¿No puedes dormir?─lo saludo. ─Por lo que veo, tú tampoco. Me encojo de hombros, sin ganas de ofrecerle una respuesta. ─Iba a darle un paseo al perro, si quieres acompañarme... No sé por qué he dicho eso, pero antes de que pueda rehacer mis palabras, papá asiente con una sonrisa y me acompaña caminando a mi lado. Durante unos minutos no hablamos. Después de tantos años de ausencia, siempre creí que al ver a mi padre tendría muchas cosas que decirle. Ahora soy consciente de que es un extraño, y no me apetece compartir con él los problemas que me atañen. ─He dejado a mi mujer ─anuncia, sorprendiéndome. ─Te duran menos que un suspiro, eh─suelto sin pensar. Al ver su expresión compungida, y como yo no soy la más idónea para criticar las relaciones amorosas ajenas, añado con suavidad─: No sé, tal vez sea mejor así. No se te veía muy feliz. ─A ti tampoco. ─No estamos hablando de mí. ─Pero si quieres podemos hacerlo─me anima, poniéndome una mano sobre el hombro. ─Se suele decir que a veces hablar con un extraño es más fácil que con un conocido ─respondo, con ironía. Papá me quita la mano del hombro, y pone mala cara. No sé qué es lo que espera de mí. ─Me alegra ver que hay personas que no cambian. ─Te sorprendería lo que han cambiado las cosas en quince años ─replico yo. Mi padre se detiene, y yo hago lo mismo. ─Si me vas a atacar, sólo tienes que pedirme que me vaya. Me he ido de casa durante un par de horas, pero tendré que volver para pasar unas semanas allí hasta que encuentre un sitio en el que vivir. Los ánimos estaban muy caldeados, y no sé por qué, he sentido la necesidad de ir a visitarte. ─Si es para desahogarte, has venido al sitio equivocado. Te adelanto que ya tengo suficiente con mis problemas como para escuchar los de los demás. ─Qué franca eres, hija. ─Es uno de mis múltiples encantos─respondo, enseñándole una sonrisa afilada. ─Pero yo no he venido a contarte mis problemas. Más bien al contrario. Llevo un tiempo observándote sin que te dieras cuenta, y me da pena ver cómo te consumes sin hacer nada por evitarlo. ─Y ahora viene la parte en la que me dices que conocer a mi hermana me hará sentir mejor conmigo misma. ─Puede ser. ─Pues no hace falta que me convenzas de nada. He estado pensándolo y, definitivamente, los hijos no tenemos la culpa de los errores de nuestros padres. A mi padre se le ilumina el rostro, a pesar de que no ha salido muy bien parado con mi comentario. ─¿Y entonces la vas a conocer? ─Por supuesto, ¿qué te crees, que soy una mala persona? Aquel día estaba furiosa, eso es todo. ─Nunca he creído que seas una mala persona. Sólo eres difícil de tratar. ─Ah, pues me quedo más tranquila. ─Ya sabes a qué me refiero. ─No lo sé, explícamelo. ─Hija...no te enfades otra vez. Me da la sensación de que haga lo que haga no soy capaz de acertar contigo. Le sonrío con desdén. ─No haberte largado hace quince años. Antes de que pueda responderme, cojo a Leo en brazos y me voy a mi apartamento. Me rechinan los dientes cuando abro la puerta, y tengo que hacer un esfuerzo para relajarme y dejar de pensar en lo que él me ha dicho. No sólo aparece quince años después, sino que además se toma la libertad de juzgarme, como si él fuese tan perfecto que le vayan a otorgar el diploma al padre del año. Con que soy una persona difícil de tratar...¡Lo que hay que oír! Me tumbo boca arriba sobre la cama y miro hacia el techo. Por si fuera poco, he perdido las últimas palabras de Érika. Hay que ser imbécil para perder la carta que tu hermana asesinada te escribió en vida. La he buscado en todos los cajones, abrigos, bolsos, bolsillos... pero parece haberse esfumado. Esto no me habría pasado si la hubiese leído en su momento, sin embargo, soy demasiado pusilánime para aceptar las palabras que puedo encontrarme. Supongo que ya es demasiado tarde para lamentarse. Mi teléfono móvil vibra al recibir un mensaje. Alterada, estoy a punto de caerme de la cama por alcanzarlo. Cuando lo tengo entre las manos, estoy tan nerviosa que me tengo que obligar a relajarme antes de leerlo. No es Héctor. Paso del entusiasmo a la decepción más absoluta en cuestión de segundos. Estoy a punto de lanzar el teléfono por la ventana, pero recuerdo que la última vez lo estampé contra la acera, y que aquello no me solucionó nada, por lo que leo el mensaje, y me convierto en roja de ira por dentro. Querida Sara, estás tan empeñada en desperdiciar tu vida que no miras a tu espalda. Ten cuidado. D. Tras el inicial arranque de rabia, la mujer sabia que hay dentro de mí reaparece y se santigua repetidas veces sobre el pecho. Asustada, marco el número de teléfono de Erik, y me desespero cuando él no contesta. ─¿Sabes qué hora es?─responde la furiosa voz de Erik. Qué chico tan antipático, ni siquiera saluda. ─Muy tarde, ¿te he despertado? Lo oigo maldecir. ─¿Qué quieres, Sara? ─Alguien me está amenazando...otra vez. ─Otra vez─repite, haciéndome sentir estúpida. ─Sí ─respondo, con voz temblorosa. ─Hay cuarenta y siete millones de personas en España, ¿qué has hecho para ganarte el odio de toda esa gente? ─No sé...¿Tú me quieres? ─En este momento no. Llámame a primera hora de la mañana. ─¡Pero Erik! ─No te voy a solucionar nada a las dos de la mañana. Pero si quieres saber algo, no eres el centro del universo. Buenas noches. Me cuelga, dejándome con la palabra en la boca. Pongo el despertador a las siete en punto de la mañana, ya no sólo porque estoy preocupada, sino por el simple hecho de fastidiar a Erik tras lo maleducado que ha sido conmigo. Por supuesto que no soy el centro del universo, ¿no?